domingo

Si tú y yo caminamos juntos ¿A quién de los dos le perseguirán los paranoicos?

He vuelto a poner el título antes de lo que sea que escribiré a continuación, que no sé lo que será. Sé que el título impone. Huele a utopía, y eso me invita a pensar que pronto será solamente cinismo. Como el calendario decía que era domingo me he duchado y cambiado de pijama. Veo mi reflejo en el espejo negro del ordenador. Recuerdo que la semana que se acaba acudí a cortarme el pelo a donde Javi, el peluquero. Dije: cortito. Dijo: ¿Mucho? Dije: Medio. Recordé buenos tiempos hablando con él. Me dijo que había estado en la final de Lisboa. Su esposa está haciendo corrección de estilo a textos de médicos. Le dije que le llevaría algún libro mío, si los encontraba. Me dijo que cuanto más loco fuera que mejor. Él sabe que ese es mi rollo, yo también, aunque no sepa por qué. Lo dije un día, luego me arrepentí de haberlo dicho y, por eso mismo, lo repetí más alto. “Reconocerás la dicha / al verla morir”, escribió Bataille mientras follaba con David Beckham. Beckham luego se fue con otra chica, y Bataille, el autor de Lo imposible, se pegó un tiro. Dejó mal (por debajo de él) a Van Gogh en el artículo de una revista, luego lo sacó Adriana Hidalgo, junto con otros de sus artículos, bajo el título de La conjuración sagrada, donde se olvidó de “ser poeta”. Regresando a casa pasé por la plaza del pueblo, donde Luis (autor del bar ese que hay en la plaza) me llamó guapo. Luego dijo: Ya no saludas. Dije: No te vi. Tomé dos whiskies y luego me arrepentí y, por ese mismo motivo, por el que hubiera pedido otro, pedí una cerveza sin alcohol. Luego llamé por teléfono a Laura y hablé con ella. De amor, supongo. De la libélula que se muere por hacer de sí luz y alumbrar el viejo pantano por donde asoman enormes sapos que a veces lloran. Cosas de esas. Noté frío. Fui a casa de papá. Me dijeron guapo. Me dijeron que me sentase con ellos, que estaban viendo una película sobre la vida real, pero desde inicio de 2015 no se puede fumar en el salón de la casa de mamá. Dije a papá y a mamá que gracias y que los quería. Subí a la habitación de la boca. Tecleé “amateur” en el google y me masturbé por compromiso con el impulso que me había llevado a teclear “amateur” en lugar de “Facebook” o mi nombre. Mi amor dice que si hacemos el amor (si ella me folla, si yo la follo y si, mejor visto, follamos juntos) se acabará el mundo. Yo la creo porque ella es tan hermosa. Luego se me olvida y luego lo vuelvo a recordar. Hola Alb. Hola, amor, quería “oírme” en tu voz. Al día siguiente cogí un autobús y me planté en Ópera, apenas se veía nada en la cafetería La buena vida, donde Manuel Astur presentaba un libro que había escrito bajo el título “Seré un anciano hermoso en este gran país”. Cerrado. Fui a los Austrias y tomé dos whiskies. La camarera sonreía. Pensé que la felicidad era una camarera sonriendo y un whisky en la mesa. Luego llamé a mi amor, a preguntarle si estaba bien. Pensé que la soledad era una pulga de jamón y queso sin tener hambre y pedí una, pero no había. La camarera sonriente fue sustituida por otra que también sonreía, pero menos. Le pregunté si era muy atrevido por mi parte pedirle que se sentase enfrente de mí y que hablásemos de la música que le gustaba. Me dijo que “no podía” y me llamó “amable” y “usted”. Pedí perdón por tener nombre y cara, pero lo hice en voz lo suficiente bajita para no ser oído por nadie. Antes de que se acabara la cobertura escribí en Facebook: Hola señores, soy la mamá de Alberto. Dejó una nota en la que me pedía que escribiera aquí en el caso de que se hubiera muerto y que añadiera Llueve en Aluche, Valseca, La Calera y Brunete. Y: Aunque no llueva. Aunque haga un día de sol espléndido en las terrazas de Preciados, en la florecita que hay a la entrada del mercadillo de Antón Martín. Suena el teléfono:

- Albertito, seguro que estás follando, eh cabronazo!
- ¿Quién es usted?
- Yo eh, yo ¿Es usted Albertito? ¿Don Alberto? eh... ¿Alberto Ochoa?


Envío un Whatsapp a mi amor: Le digo que estoy muerto, que la quiero, que creo que la necesito más que a nadie y nada.

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“Con qué cara llorar en el teatro”

8:06. Desayuno una magdalena. Antes he bebido una Coca-cola (nevera del sótano, quedan tres). Poner el título antes de escribir el post condiciona. Poner el título antes de escribir el post es tratar de ofrecer sentido al título. Hacer de detective cuando lo que hay es que las palabras, como mejor hacen, es cuando hacen lo que les da la gana. Son así. Un texto condicionado supone pensar algo en el baño del bar y, una vez lavadas las manos, salir por la puerta y soltar lo pensado (barra o mesa) nada más llegar. Poner el título antes de escribir el post es trabajo, porque implica someterse, como en los trabajos, a ese título. Implica manipular las palabras para ajustarlas a una ¿idea? que has tenido a las 8:06. Implica saber qué estás diciendo antes de decirlo. Tener memoria y hasta respetarla. Creer en ella, incluso (hay quien llega a concederla cuerpo, que es eso que Benjamin -me lo dijo Javi el otro día- llamaba “arquitectura del texto” y ahora se llama “novelizar”. Ejemplo en cuanto a Literatura castellana y Vidas de “santos”: Novelizado en tres grandes novelas, que yo haya leído, “Las máscaras del héroe”, “Fabulosas narraciones por historias” y “Manual de literatura para caníbales”. Estaba en crónica bajo pretexto del yo -en este caso un Umbral a veces pasado por Ruano y otras no- ¿De verdad había que novelizar eso? No lo sé, pero si alguien quiere volver a hacerlo deberá saber que existen tres novelas muy buenas sobre ello y que, quizás, es difícil “mantener, como mínimo, la estatura”). Pues eso: Mimarla antes de producirla, cuando se produce sola… porque ella va a su bola. Es como tú y como yo. Quiere vivir porque no sabe para qué lo hace y mientras no sabe para qué lo hace… vive. Es una planta de interior, es decir, hay que echarle agua del grifo de vez en cuando y, si no lo haces, la planta se acaba. No creo que sea lo que la planta quiere, para nada, porque, como tú y como yo, quiere vivir, sin más. Otro ejemplo de chico leído, ocioso si lo prefieres: El libro llamado Nadja, de Breton. Nació bajo una excusa, la escritura automática (era una “pose” que ya había ejercido Tzara -que era de filos- algunos años antes con los versos de El hombre aproximativo). Por alguna razón, no les salió bien a ninguno de los dos, ni al original (mucho menos pretencioso y sí con más “tejido”) ni al wannabee (que pasó como inquisidor gracias a sus mejores obras, solemnes -probablemente mucho- retratos de artistas de su entorno). La “sensación” de leer Nadja es sólo ¿Quién es el tonto aquí? ¿El autor? ¿El que te ha regalado el libro? ¿Tú por comprarlo? ¿Tú por leerlo? ¿La protagonista, esto es, Nadja?... Sólo recuerdo una imagen (que el autor no concluye porque, claro, como a esto lo he llamado Escritura automática, cómo voy a osar traicionar mi genial idea consistente en hacer bien lo que alguien antes había hecho de otra manera -y más cuando Duchamp, que se ha ido a Nueva York a jugar al ajedrez, ha dicho algo así como que el primero en comparar el cuerpo de una mujer con un florero era un genio y el segundo un idiota-), la imagen, vuelvo, era la de una tela de araña (donde anteriormente había mencionado “locura” dirigiéndose a una cosa que ni siquiera era la tal Nadja). Ok, macho. Bien. Es usted un psicoanalista cojonudo (Freud pasado por William James) y un “egotista” mayor que ese tal Schopenhauer, y no sólo visto por Schopenhauer, sino por Stefan Zweig que, tras una larga noche escribiendo un ensayo sobre Montaigne (muy digno), le dijo a su señora: Ey, maja, que me he dado cuenta, así de repente, que no tenemos patria (la autoridad alemana del momento mandó quemar sus novelas y biografías -mejores que sus novelas-, best sellers de la época y… ahí siguen, en Acantilado) y, sigo, como no tenemos patria, tronca, pues nos suicidamos y eso junticos aquí por los Brasiles (voz de cómico quemado). Lo hicieron. ¿Me estoy yendo demasiado por las ramas? Serán las pastillas, no lo sé. La locura, quizá, pero no la mía, sino la de Nadja. Cualquier cosa de esas del no dormir. ¿“Con qué cara llorar en el teatro”? A ver si al final no lo vamos a saber. Yo lo descubrí citado por Reig (Poemas humanos, de César Vallejo). El verso anterior trataba acerca del balance falseado de un banquero. Lluvia en jueves, París con aguacero, precursor pobre que viene de un país que nadie (bueno, tú sí, lector) sabría localizar en un mapa. Pasó, en mí, por la insistencia de algunos intelectuales con Trilce, al que sigo sin pillar el rollo salvo en el estilo, que el autor hizo más en sus ejercicios con la prosa. Y ya está. ¿Hace otra magdalena?

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sábado

¿Quién es aquí el individuo?

Lo mismo esa “cosa” que proyecto en los demás soy yo, si es así, sólo puedo agachar la cabeza y pedir perdón. Es aburrido, sí. Muy visitado, es demasiado lo mismo de siempre. ¿Qué sé de mí aparte de lo que encuentro aquí? Poco. He hecho por vivir en la honradez (y hasta en la verdad), pero fue porque me lo enseñaron así de niño y, quizás, me he quedado en eso. En ese sentido sí es comprensible que deba agachar la cabeza y pedir perdón. No pasa nada. Me quiere todo el mundo, como al Campanilla. Luego lo encontraron ahorcado en el Parque del Oeste y dijeron “es que estaba muy solo”. Resulta que el hombre sabía hacer un nudo en una cuerda. Yo no. Mi amada enfermera me ha dicho que se necesita valor para hacer algo así. Es tan hermoso escucharla, hablarla. O no. Quizás soy masoca y sólo me es hermosa porque se niega a los dudosos encantos de mi pichurrilla. Cuando llevaba el órgano-piano (regalo de comunión) a La Calera, las de la edad de mi abuela Bastiana venían a esa cueva y yo les tocaba las canciones que escuchaba en las cintas del Ford Fiesta, luego Ford Sierra, luego Mercedes (Los Relámpagos y Los Pekenikes) y ellas decían: Este chico es más listo que Quevedo. Puede ser que el “exotismo” de España proceda de las novelas picarescas, las únicas que he leído (no sé si han quedado más) que son El buscón y el Lazarillo y, mucho después, en mi niñez, Fray Perico y su borrico. He vuelto a ver Pink Flamingos. No sé si soy yo (una cosa mía más, de mierda) o lo que me rodea, pero he descubierto que lo que ayer era humor (blanco, negro, rojo o amarillo), hoy es sociología pura. Durkheim, en cambio, es humor (o vergüenza "ajena"). A veces me digo a mí mismo (como si pudiera hacerlo) que me alegro que sea así. Pero no. Hoy decidí (cuenta propia) bajarme el antidepresivo (que hizo de mí un honorable hombre delgado) a la mitad, quizás sea ese el hecho de que no quepan palabras ni emoción en mí. Sólo tristeza (no creo que sea una diferente a la que el común de las personas tiene, sino típica, digamos, poco interesante). Hoy, mi puto muro de Facebook: "Odio a las mujeres guapas ¿Por qué? Ejem, no sé, bueno sí, quizás, yo creo que deberían ser más feas" (Heidegger), "Hoy es sábado ¿Qué novedad es esa?" (Dalai Lama), "No, no voy a meterme esa mierda ¿Por qué? Porque me conozco" (Derrida) y "Yo fui un puto genio ¿Por qué? Porque lo fui sólo durante un pequeño ratito" (Ludwig Wittgenstein citado por David Wittgenstein). Whatsapp de Sebi: ¿Estas biendo el futbol? Respuesta de Alberto: Yo ya no hago eso, Sebi, corazón. Nuevo Whatsapp de Sebi: Crei que lo stabas biendo con tu padre. Respuesta de Alberto: Un abrazo muy fuerte, Sebi. A veces he logrado contentarme mirando fútbol, sí. Muchas veces. Antes (y puede que mañana o pasado). Acabo de poner en Facebook: Aburres, le dijo Platón a Diotima. Bajo a ver a mi padre y dice que el Barça le ha ganado al Madrid en el Bernabéu y que Benítez no se va a comer el turrón. En el barrio, Chiky era el puto Café Gijón (Ruano llamaba a preguntar por sí mismo y se corría la voz: ¿Está el Sr. González-Ruano?). En Chiky me guardaban la tarta de cumpleaños siempre. Madre decía: Mira, Alber. La que nos la tendía era una señorita flaca muy amable que fumaba mucho y me contaba chistes. Fue llorada cuando se fue. Era la madre de Baudelaire, pero en versión cristianísima. Cuando se quedaba sin dinero, el versionista de la contracultura francesa de antes, iba a Chiky y le ponía la mano. Ella (han pasado muchos años, creo que se llamaba Nati) sacaba su monedero y le daba cinco o veinte duros. Luego nos contaba que su hijo no era tan majo como yo, Albertito, que él estaba todo el día jugando a las maquinitas, ahí, por los bares. Quedó bien en el citado (y algo cruel) Ruano. En La folie Baudelaire de Calasso sólo quedó Calasso (y bien merecido que se lo tiene, por sabelotodo -y coñazo-). Laura, llamada en este texto “mi amada enfermera” ya no está aquí. (Recházame otra vez. Recházame mejor).


Había una casa, el olor a abuelo, la colonia y trajes beiges; el tabaco. Había el primo mayor y el que uno era, y una casa a la que hacer más pequeña. Había un barrio, el clima en los domingos, la salida de la iglesia. Había el vermú en el bar de abajo con los hombres, el ruido de las máquinas, los coches. Había el ford fiesta de mamá, robado cuatro veces en las calles y siempre oliendo a la misma cosa vieja, el sonido del motor, ese aliento del humo, ese chatarro. Había un caballo en la terraza, pequeñito. Sus ojos eran desgracia, si la había. No recuerdo la desgracia. Siquiera recuerdo si acaso ojos tenía, el caballo perdido, blanco, de madera con plástico, de birria que nunca supo del corcel que ganó al trote batallas contra los americanos indios. Había un coche, también, hecho de palos, regalos en navidad, el medio vino, y otra vez la colonia y el tabaco. Un piso alquilado, un parqué mate, la cocina. Habían los amigos y el cole, cerca de casa, el barrio; de la mano de tía, su trabajo y las chucherías de luego. Bajar a por el pan. El pan blanco, como una hostia que quedaba para el día del traje de marinerito, aunque luego uno fuese con un lacoste de lana negra y grises pantalones lisos. Había un balcón por el que mirar un pino, un jardín, las explanadas. Había la prisa en los cromos, el gordo del colegio. Había el bocata del patio (patio de lo muy particular, pero no de casa alguna). Había las luchas de judo, muy pocas chicas y escondites preferidos; y había antepasados que te daban la propina a cambio, como supimos más tarde, de no volver más cara a su recuerdo.

Whatsapps a Laura: 1: No sé por qué me quieres, Laura. 2: Y siempre necesito oír por qué.

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viernes

Bohemian Rapsody

Me he levantado a las ocho a la voz de papá y he llamado a Lauri (con ese simple gesto, estaba diciendo de mí: ¿Ves, Lau, qué machote soy que ayer estuve -treinta y dos horas, eran- despierto y hoy con siete horas de sueño me vale a pesar de haber tomado dos pastillas de esas nuevas y un par de ansiolíticos -está mal visto el cáñamo en casa-?). Ella va a venir esta tarde a este pueblo a verme (hora y diez de autobús más metro) porque, de alguna manera, quiere verme. Yo también quiero verla. Lo sabe. Va a traer un par de libros que me compró a un euro en Moyano (todavía no sé cuándo los leeré, pero lo terminaré haciendo, creo, porque es algo que suelo hacer siempre, aunque es muy cierto que otras veces no lo he hecho porque no me ha apetecido lo suficiente o algo así). Artículos de Larra y el Sexus, de Henry Miller, que compré en francés, reconozco la tristeza, allá por 1997 y luego, como no sabía qué hacer con él debido a que nunca he estudiado el idioma francés, se lo regalé a mi prima Arantxa (que ha formado una familia -Guille y Marco, de quien soy padrino- y trabaja todos los días -Recursos humanos, al igual que Laura, que viene esta tarde-). Iremos al pueblo de al lado, seguramente (Villanueva de la Cañada) en autobús (línea directa), y charlaremos de esto y aquello ante quizás una hamburguesa, y luego, posiblemente, alguna copita (he contado 42 € en el monedero -de mi pensión por esquizofrenia, una enfermedad con cada vez menos glamour en España, explotada aquí en el panorama literario por la caricatura llamada Leopoldo María Panero, mejor en sus cuentos, véase Palabras de un asesino o El lugar del hijo, que me dijo una vez, ante mi saludo en la feria, que quién era yo para hablarle y dos años más tarde se murió-). Echo de menos a Fernando en esta mañana, todavía no sé muy bien si vive todavía, pero a veces recuerdo que, desde hace tres semanas y un día o dos, ya no lo hace. Ya no estará avivando mis aburridas tertulias llenas de cachondeo, ni al teléfono cuando llamaba a mamá y le decía que me lo pasara. Siempre le pregunté si se leía mis libros (saqué dos, que pronto serán tres) y me decía que no entendía por qué no regresaba a mis dibujos (él tenía unos cuantos, y siempre me los pagó en mano). Nunca le respondí la razón de por qué no lo hacía o, en todo caso, me iba por la tangente. Le decía que no me realizaban, que antes los hacía para evitar el estrés, pero que siempre me parecían el mismo y no me sentía tan realizado como escribiendo. Está más cercano a la verdad que los hice para mostrar que no fui un simple sobrino en Bellas Artes, como me llama cierta gente de allí con tendencias no poco elitistas. En aquella época yo solía estar muy enfermo y me quedaba en casa dibujando siempre las mismas telas de araña (como las llegó a llamar alguien a quien no pedí explicación -ni antes ni después de haberme escupido su bonita imagen literaria-). Estuvo bien, gané dinero (más que con mis escritos, y me fui a Roma, a casa de Fran, a gastármelo con él en vinos y pizzas, por hacer algo, supongo, no porque fuera Roma -ni siquiera fui a ver la puta tumba de John Keats, y ni falta que hace-). Cuando vi demostrado que no había sido sólo un puto sobrino (al menos en mí e independientemente de que la gente libre, como yo, opine, como es natural, lo que le dé la gana -no sé si estoy pecando de cierta chulería al decir esto, pero guardo copias de calidad de unos cuantos de esos cientos de dibujos, que terminé regalando, en una carpeta en la cual añadí una pegatina de esas de las cintas de audio en la que puse Dossier y mi nombre y primer apellido-). No sé por qué no hice caso a Fernando y seguí haciendo dibujos, aunque creo que es porque algunos amigos míos lo hacían mejor que yo y cogí cierto recelo, el mismo motivo por el cual dejé de jugar al ajedrez, porque me daba rabia cuando perdía. Sólo gané alguna partida cuando me defendí mucho con mis piezas y, tímidamente, como en mi vida (no hablo sólo de mis juerguitas o mujeres, que son pocas), pasaba a atacar, despacio, sin prisa, poco a poco, como con cierto “sentido de la justicia”. Laura vendrá (le falta media hora para salir del trabajo). Yo esperaré. Miraré cosas en el ordenador (casas de famosos, por ejemplo, o poesías de Susi Underground y otros blogs de interés personal donde a veces comento). Pasaré a limpio unas cuantas hojas de mi último borrador, algo inspirado en Encomio de un tirano, de Manganelli, que dejé a medias y de cuyo título ya ni me acuerdo, aunque, de alguna manera, sí espero encontrar en mis carpetas del ordenador. Comeré un poco de tortilla española dentro de un rato, y el resto será fiesta y celebración. Llegará la hora en que Laura, que mañana tiene cosas que hacer, se vaya, y yo volveré a casa, de nuevo, en el autobús, tomaré mi nueva medicación (he comprobado que si has tomado una cantidad de alcohol suficiente caes dormido de inmediato). Soñaré con algo (es otra manera de ver el más allá), y al día siguiente esperará un temporal de justicia, haga el día que haga. Cuando me levante, seguramente, lo primero que haré será mirar si mi tía se ha acordado de comprarme (y traer) el tabaco. Pijama y vida contemplativa de un gran artista.

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jueves

Tears in heaven

Van a ser las cuatro de la madrugada. Ni un bar abierto por estos lares cuando necesito un whiskey y mirar alrededor. Calculo las tomas de medicamentos (vida tranquila). El mundo se desmorona y Charlie Sean pilla el VIH. Protagonismo en la hora de los protagonistas. Identidad en la hora de los estilos de vida (lo barato es caro, se dice). Información y juicio. Guapos y guapas que buscan ser más guapos y más guapas. Hora en la que se repite demasiado eso de “quien esté libre de culpa…”. FJ falleció hace tres semanas. Mi madre actúa tal y como cree él la ve desde alguna parte. Planes de futuro en Meetic o sucedáneos. Follamigos y follamigas. Utopistas sin seso y poetas. Bauman, ya desactualizado, lo llamó “amor líquido”. Banalidad del Yo (que era otro en Rimbaud). Amistad líquida (demasiado spotify). Selecciono paz en mi ventana abierta a la red. Fotografías en las que aparecemos la familia Velasco entera en las terrazas del parque Arias Navarro, a quien Umbral llamó a su muerte La llorandera de España. Demasiado silencio en los quioscos. Demasiada sentencia en los informativos. Te regalo la nada si es lo que buscas (que es lo que buscas y yo bien lo sé). Agencias de viajes, fútbol, primicias, macroeconomía, dinero ficticio. He llegado a pagar por trabajar (lunes a viernes, 6 h, jardinería). Nuevos pobres. Azar. Operaciones de labios y páginas webs. Es tiempo de volver sobre las sencillas verdades de Pascal. Miedo, ataques de pánico, boticas, consejos, velocidad, presidentes del gobierno, policía. Quien mucho duda acaba robándote. Quien va a los bares acaba bebiendo. Se ha sustituido el Quién por el Qué. Echo de menos la plaza del pueblo (allí uno se sentaba y simplemente veía, no buscando concreciones). Echo de menos darle una colleja al Carolo en el patio y la comida preparada por abuela. Duelos y farlopilla en los tanatorios, donde también te dan sándwich mixto, café y cerveza (12 € el lote). Coaching  que te ayudan a dar de ti la sonrisa perfecta, la sonrisa Duchenne (mi trabajo en las letras era la amabilidad y estaba muy mal pagado). Mi abuelo (murió a los 61 años) le prometió a mi abuela un Mercedes, lo estrellamos mi padre y yo a la vuelta de medir un rótulo en Faro (Sur de Portugal), 50 metros bocabajo en una cuneta. Yo vestía de vagabundo por aquel entonces y era conocido en los pueblos limítrofes como El salvaje. Valseca, La Calera, nuevos habitantes que huyen de la conexión a internet y el whatsapp. Bedel, cablista, monitor de cocina, jardinero, novelista y poeta, crítico, respirateur. Hoy los chicos hemos terminado siendo Jack Kerouac y Neal Cassady. El bueno de Jack terminó sus días bebiendo tragos de cerveza enfrente del televisor, muy solo, con su madre (no se soportaban). Ya nadie lee a los beatniks (exceptuando los experimentos de Burroughs, de quien sale una nueva “rareza” -y vaya si es “rareza”- al año). Nos conformamos con ser ellos. Los libros que había por casa (C/ Illescas, nº 44), heredados de mis tíos (círculo de lectores), Dostoievski, Mann, Böll… La biblioteca de san Bruno, donde yo cogía Bukowskis de Anagrama. Beber para olvidar, beber para recordar. Un maldito lo es a base de quejarse. La queja no es muy recomendable como estilo de vida. Pregúntaselo a Billy (que se puso Jr), hijo de Burroughs y esa refugiada a la que asesinó, la mitología dice que sin querer (Maldito desde la cuna, Dirty Works). Ese chico no estaba preparado para la política, muy cierto. Bloody Marie´s en el In dreams, ese maravilloso tema de Roy Orbison que Terciopelo azul hizo un poquito más conocido. Sacarse sangre en el Puerta de hierro. Ea, mi niño, ea. Para qué los bares si puedes estar en casa leyendo por qué san Agustín renunció a sus vicios (puterío y alcohol) en Las confesiones, decía mi maestro. Centros de desintoxicación, antipsicóticos… Buñuel nos retrata como nadie en su última cinta y pasó como padre cinematográfico del surrealismo. Rumanitas y guineanas en Montera. Papá y mamá tiraron hace cinco años (ayer) todo el licor que había en la casa. Tengo escondido un aguardiente. Hace tres semanas que murió FJ y mi madre actúa tal y como cree él la ve desde alguna parte. Demasiado sofá. Demasiada noticia. Demasiado aeropuerto. Las ciudades no son nada. En el espejo puedes verlas todas, agarrándose a eso, tu vida, con todas sus fuerzas. Amanece (que no es poco), cuento cinco cigarrillos en el cenicero. Mañana volverá a pasar. Tiembla, Imperio.

lunes

Tengo sed

No sé si soy esquizofrénico o no. Sé que lo digo desde que me lo diagnosticaron y que me creen, pero no sé si yo me creo, si creo en el tribunal médico, incluso, si creo en el primer diagnóstico. Dime tú qué crees, si quieres, por si te creo. Sé que tomo antipsicóticos. Me quitan libertad y me creo que es por ello que los tomo. Me quitan pensamiento. El amor tiene sentido cuando los tomo. Me creo que soy capaz de vivir en la mentira sólo para ser feliz. Pero los abandono y todas las piezas cuadran, las personas (mi mezquindad se remeda con la suya). Bebo. Tengo amigos otra vez. Empiezo de cero. Trabajo. Saco novela (yo tampoco sé para qué), ahorré unas pelas e inicio la aventura “página web” (gracias Javi) y sigo acá, y no apenas tengo hambre, ni tampoco sueño. Me comería un tripi contigo, incluso, si te animas. Me traiciono a mí mismo una y otra vez. Me pongo trampas y sé que lo hago porque quiero creer en la grandeza de los domingos. Leo diarios (Tolstoi, Musil, Kafka, Bloy, Gombrowicz) e inicio nuevos míos, adoptando estilos diferentes (si no me aburriría y mi abuela, influida por Groucho, me dijo que cuando uno se aburre es porque es tonto). Voté (por dinero) al Aznar de la España va bien y no volví a votar. En España si eres Anti-sistema te llaman facha. Le pasó a Mariano “El zurdo” y luego volvió sus pasos hacia eso de escribir sobre rock, que era de donde él venía. No me gusta el poder porque no me gusta tenerlo. Constantino Bértolo (creó el estilo de El editor de hoy, aparte La cena de los notables, que es buena) no me miraba porque yo trabajaba de mayordomo y el marxismo leninismo nos ve como colaboracionistas. Decadente. Reig vende carpetas y mochilas en Cercedilla porque es comunista. Todos quisimos ser Reig. En menos de un año todos nos cambiamos al vaso ancho (irish con hielo) porque él bebía en vaso ancho. Aportó actitud (resumible en pasar de la solemnidad) e hizo alguna buena novela, aparte de su blog, que era el mejor, y sus columnas. En su última entrevista le veo quemado, pero sabe que sigue vivo y que hay whiskey. ¿Soy esquizofrénico, Reig? A ti te creeré si me dices que no. Toda la sala esa de los Jacintos se descojonaba de mi puto texto. Yo sólo quería matar la solemnidad de Gonzalito Escarpa, que iba de guapo por la vida (dos tías por noche) y escribía basura (Enrique me regaló un poemario suyo porque se lo había recomendado para mí la de los libros de Segovia y lo leí, y luego lo tiré a la piscina). No quiero dolerme. Yo no tengo piscina. Ni falta que hace. Mi tía Pepa sí. Voy por el niño. Nietzsche dijo que nadie podía contra las alas de la alegría. No hizo de su vida un ejemplo, precisamente. Pero eso es así. Con la puta alegría te comes el mundo, si es que optas por comerte eso, si es que ese “eso” te sabe a algo. A mí no, de eso estoy seguro. Me sabe quien se acerca a este puto tigre dolorido que tengo por cerebro y le lleva la contraria. Me sabe Laura. Soy monógamo y ahora mismo me acostaría con cinco. Es broma. Vivo con mis padres y no sé quiénes son. Mi madre acaba de entrar y me ha dicho que no queda otra que vender mi puto Seat 600 (regalo de un amigo que se muere). La he dicho que vale, que yo para qué lo quiero. No saber conducir me ha librado de muchas muertes. Alberto Masa sale con amigos y bebe y ríe hasta el día siguiente (días inolvidables de los que no recuerda nada), aunque a sus papás no les guste y aunque a quienes les gusten sus papás tampoco les guste. Eso es Alberto Masa y si no quieres aceptar nada de eso olvídate de ese cabrón. El otro día llegué tarde a la presentación en Valverde y luego compré el libro (De Orfeo a David Lynch), que he encontrado esta mañana. Se me olvidó pagar las copas. La camarera amó mi alegría y el resto fue hablar de la vida (de si se nos pone dura o no) con Hugo y Alberto (san Mateo, 6). El editor habló de la belleza y yo inventé no sé qué en boca de Diotima. Mi editor, Héctor, me llamó ayer y me preguntó qué tal me iba. Le dije que creía que estaba enamorado del amor, por influencia de Marian y Los Aklepios. Y de Laura y su alegría. Volveré mañana a escribir más sereno, porque he visto que es lo que hacen los escritores y eso. Ahora me voy a comer algo que me han dejado en la cocina.

jueves

Odio mucho. Y es por envidia.

Ya nadie me cree. Pero no tiene ninguna culpa ese nadie. Yo tampoco me creo y, ya ves, aquí, tan pancho. No hay solución porque no hay problema. Esto de la vida es un puto Ready made, ya ves, salvo cuando uno descubre que hace una hora que se ha quedado sin tabaco. Ese maniático de Jasper Jones (las cosas que la mente ya conoce) quiso comprar el botellero “de Duchamp” y las cosas que no conocía su mente era que costaba lo mismo que en el lugar que Duchamp lo había adquirido en la tienda de la esquina, cuando las casas de este pueblo donde vivo, en 2003, costaban “lo que el comprador estuviera dispuesto a pagar por ellas”. Muchos años antes (con la excusa de Sr. Mutt) ya había escrito Apollinaire algo así como que Duchamp (que gastó su herencia en vida de quienes heredó) era el único artista de ese momento cercano a acercar arte y pueblo. Leí esa biografía (Calvin Tomkins, Anagrama) hace ochocientos años, y aún lo recuerdo todo, no sé para qué, pero es una cosa que no me pasa mucho con las historias, salvo cuando me paro a recordar porque no hay tabaco desde hace una hora y cinco minutos e intento aspirar humo escribiendo. Hoy la he tenido que decir a una gachí que no voy a ir esta tarde a su pueblo de los cojones porque me hiere follar por compromiso. No voy a médicos. Ni me creen ni les creo. Si me da un aviso de cólico echo mano de Buscapina (una, dos o incluso, en una ocasión, tres) y luego bebo agua y meo. Joder, qué buena era la biografía de Calvin Tomkins. Se te queda y aprendes que se te ha quedado. Ese tal irlandés de Ian Gibson (Lorca, Darío, Dalí, Buñuel) sólo cuenta cosas que la mente ya conoce (dianas y números pop), anecdotarios como la posibilidad de que Lorca le abriese el culo a Dalí. No me importa. Ni que la Gala esa se los tirase de cinco en cinco con todos los agujeros ocupados (incluyo los de la nariz). Me la pela. En Rostros ocultos, Avida Dollars (Destino) ya está el mejor Cela, el de Mazurca para dos muertos (que es el que a mí me gustó). De eso decían en la granja escuela que era una mala copia de García Márquez. Me da lo mismo. Me entró mucho mejor que 100 años de soledad, que se lo han leído todas las verbeneras del Meetic, alternándolo con Federico Moccia. La de su pueblo (Collado Villalba, AnaFrank_17) acaba de volver a llamar y la he dicho que me deje, que estoy ocupado trabajando en la literatura. La verdad es que llevo tres años subiéndome los elevadores de serotonina porque consigo eliminar la libido y estoy muy a gusto así, sin hacer cosas que cansan. Otra vez. No, si al final me la voy a tener que follar. Qué pereza. Con lo guay que era trabajar en el molino, allá, en el lejano Valseca, por ayudar y gratis, de ocho de la mañana a cuatro de la tarde. Las cervezas de luego (en ca Marcial) tenían sabor.  Ahora me quieren curar el hígado. Mamá y papá lloraron en la consulta. Fue una noticia horrenda porque ahora tengo que levantarme para esa mierda muy temprano y sin desayunar los días que me digan, uno tras otro. ¿Por qué la gente quiere curarse? Ya paro. Sólo me leen mis criadas. Y ahora esta penca ya no llama. Ahora que en verdad la necesito para relajarme del estrés no llama la muy pendona… Como decía aquel tebeo: La vida es una mierda y luego, encima, te mueres. ¿Muy Malherido, no? Cojonudo. Él, en cambio, plagia “porque Alberto Olmos plagia lo que le gusta”. Sí, señor, distinción… lo que las chiquitas de Valseca que estudian en la Carlos III y, por el camino, se echan un amigo gay entienden por modernidad, estilo... Eso que las hace aparecer bien derechas cuando regresan al pueblo y, mientras su padre cuida a los marranos, dicen en el bar: He estado en Chueca. Paso de esta pava, antes me voy a por un Tranxilium.

viernes

Es mejor comer gachas

Sólo sé de mí que soy optimista. Es la única cosa que he sido siempre, desde que tengo recuerdos. Me creo todo aquello de lo que soy capaz, hasta a personas. El resto es información y, desde luego, no poca envidia. Mucha. Han llegado a ofenderme hasta las buenas intenciones y, sin embargo, soy “capaz” de traicionarme a cambio de un abrazo en el cual crea (hoy Laura, mañana quién sabe qué). Si no quiero volver al barrio es porque sé que no podría evitar visitar la parroquia (donde fui feliz) y ya nadie sabría quién soy. No tienen ninguna culpa y, por otro lado, yo tampoco sé quién soy. Por eso escribo y leo (no por vanidad, como dice la élite bajo la excusa de que alguien que escribe se sitúa entre sí mismo y el mundo para explicarse no ante sí mismo, sino ante el mundo, dudosos de que ambas cosas son una misma cosa -lo hacen hasta los ferreteros y, la mayoría de las veces, ganan más-). El sufrimiento también tiene mucho de: Mira, lo hago mejor (más intensamente) que tú, y la incomprensión también (mira qué inteligente soy que nadie me comprende). En la vida de las letras madrileña (española) mi trabajo era ser amable. Se paga poco por eso. A mí me daba lo mismo porque había dinero en casa (toda herencia es culpable, aunque sea “con el tiempo”). Mi amigo, que me llamaba su hermano, no me perdonó que le rechazara el Caja Madrid. Admito que no lo hice por principios. Si me lo hubiera pedido por favor lo hubiera cogido pero, en su lugar, me dijo que me estaba hablando de la vida real. En el Yojimbo de Kurosawa (después Leone), Toshiro Mifune perdona la vida a un pobre diablo a quien, en su camino, vio contándole a su madre que estaba harto de vivir en casa plantando coles y comiendo gachas, que él quería ser samurái y tener aventuras; lo que a día de hoy es ir al Starbucks de la plaza de Los Cubos, a que te traten con distinción (cara) y te den café malo (caro). Es el final de la cinta; Mifune, que se los había cargado a todos (murieron como samuráis, que no era poco) le dio una colleja a este chiquillo y le dijo que se fuera a casa, que era mejor comer gachas. Ya dijo el manco de Lepanto que se conformaba con poco, aunque deseaba mucho. Hoy hacen negocio con sus huesos y, sobre el tema, en televisión discutieron sobre lo relativo (que fueran de su marca o no), y esas cosas siempre redundan en opinión (publicidad). Nabokov dijo que el Quijote olía a juguete antiguo. Orson Welles no sabía qué hacer con sus protagonistas y metió a Sancho y Quijote a vivir en el Madrid de la charanga, la pandereta y los toros, permitiéndoles confundirse entre los demás, cosa que hicieron (entre la crítica popular de entonces vieron en ello un chiste, yo vi, poco le importa al mundo, sociología). Era lo mejor que podía hacer Orson (hombre bueno). Es probable que yo lleve un año sin ver ninguna película. Las historias (también novelas) sólo me han gustado para relacionarme. El resto ha sido mirarme el ombligo, cosa que desemboca en catatonía, esto es: multiplicidad de interpretaciones en la asimilación vegetal del cuerpo, lo que Artaud, a quien sacaban de Rodez y cambiaban de calzones para salir en programas de cultura, llamó Cuerpo sin órganos; luego Deleuze y Guatari escribieron el Anti-Edipo y Mil Mesetas, reclamo entre estudiantes de Bellas Artes “Ávidos de cultura”, sobre el tema, cabe decir que Zizek se hizo comprender un poquito mejor. Yo (influencias, 1977) pasé del Vonnegut de “Madre noche” (Moyano, 300 ptas) a todo eso. Ayer me arreglé (y hasta me lavé los dientes) y salí a los bares de Brunete a preguntar si necesitaban un trabajador. Descubrí, sin mucha sorpresa, que es una cosa muy mal mirada (me hubiera dado igual con tal de haber obtenido éxito). En el pueblo en el que vivo se vota por tradición y la corrupción está bien vista (hasta se llega a decir del que la lleva a cabo que no era tan tonto como “a lo mejor” parecía). Resultado: Mesa para treinta los domingos en El quiosco (carta). Ya al bar donde me dejaba caer, el Runaway de Tony, BG, actual alcalde, chaleco heredado y corbata nueva, asistía diciendo que era filósofo (efectivamente tenía la carrera). Me hicieron dedicarle un libro que terminaron no leyendo ¿Por qué? Porque era mío (orgullo, 1977). A Lord Byron, en su labor de diplomático, le hicieron presenciar en Francia (reunión multitudinaria) la justicia de una guillotina. Se puso sus lentes, y lo hizo porque era inglés. Al final todo el mundo acaba siendo algo, eso es lo que a Valverde se le olvida decir en su best Seller “El estilo del mundo”, que he retomado esta mañana y en esas sigo, contento, por decir algo. Pero sin perder el optimismo. 

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lunes

El barrio

Es lunes y llueve. Preparo café (para otros), abro el periódico de ayer por una página al azar y leo que llevo demasiado tiempo sin conciliar el sueño. Bebo zumo de limón y he renunciado a comer hace ya tres días (salvando una tortilla de un huevo). Me las enseñó a hacer José Antonio Lorenzo, que ya no me devuelve las llamadas. El sábado, Óscar, el portero del piso donde viví mi infancia y primera adolescencia (Aluche, Illescas 44) junto con mi abuela, se comunicó conmigo a través de Whatsapp. Preguntó que qué tal estaba (y yo qué sé, me abstuve de escribir como respuesta). Le pregunté por sus hijos sin saber si son tres o dos y me dijo que estaban en el colegio (Gamo Diana) haciendo cosas de deporte. A la pregunta de si iría a verle no contesté y ese fue el punto final de la conversación. Ya lo haré, le escribiré: Mañana, quizás, algún día. Lo que pienso hoy es que no me apetece volver, sin más, quizás nunca. Óscar, de familia gallega, en su manera “tan” inconsciente, también me plagió la vida. Yo hubiera quedado muy bien como portero de mi bloque. Se casó con una obesa (bebía y fumaba con compulsión durante su primer embarazo, en una visita que me hicieron y se me ocurrió llevarlos al bar). Una moza, descendencia (colegio público), un sueldo coherente (salami en lugar de recebo), algo de vino (Cuneo en lugar de Marqués de Cáceres) y vida contemplativa. ¿Para qué más? Su tía, madre de Cristián, quería siempre llevarnos a los tres al parque de atracciones. La última vez que la vi, aproximadamente cinco años después de eso, en medios susurros y ladeando la cabeza me preguntó quién era yo. Yo era el del sexto, joder, el nieto de la Ciriaca, mi madre, la de los luminosos y mi tía Pepa, la de Bernal. Poco después nada se supo. Sobredosis. A Javi, llamado el Pintor, del bloque 46, melena de príncipe negra y camiseta (blanca) de los Ramones, le pasó lo mismo poco más tarde. Yo iba, de mañanita, camino de la ruta que me conducía a mi nuevo colegio (bilingüe, afueras de Madrid) y me encontraba con esa chica del Liceo Castilla (peluquín y Opus Dei) a quien tanto le brillaban los ojos, de la que, secretamente, estaba enamorado, venir hacia mí luciendo sonrisa plateada, y yo me hacía el loco y agachaba la cabeza (acné juvenil). La última vez que la vi fue desde un taxi, por los alrededores de Chiky, empujando con visible -casi cínica- desgana un carrito con dos bebés. Llevaba gafas de sol y era un día gris otoñal como hoy (no recuerdo el año). Recuerdo el colegio, un día vi ese par de patios junto con Fernando y Alfredo, fumando un porrillo y acordándonos de cosas. Qué pequeños eran ahora esos dos patios. Fútbol y collejas a Carolo, dos canastas, el Rojas (última fila) jujándosela en clase y Ricardo (halitosis y diplomas) comiéndose los “calastros”. Reme, con quien aún hoy hablo a menudo, me salvó de un temprano fracaso escolar a base de clases particulares en casa de Juan Díaz, que estaba cojito y hacía las cuentas ayudándose de un ábaco. Mi postura habitual se la dedicaba al pasillo, me devolvía la mirada en el azulejo oscuro que quedaba a la altura de mi cara, normalmente risueña (el resto de los azulejos eran blancos). Siempre estaba castigado, cosa que no me importaba salvo si el castigo incluía el Recreo. Tuve una infancia feliz. Las distancias, ahora, se recorren a mayor velocidad. No, caro Óscar, no voy a volver al barrio. ¿A qué?

domingo

De Jim Morrison a Manuel Fdez-Cuesta


Hace poco, en una de estas entradas, hablé de que la vida podía llegar a ser gratificante antes de la influencia. Hablaba de mi sociedad (o muy bien llevada soledad, gracias), de mis amigos, esto es, de aquellos que me cogían el teléfono cuando yo (vida de ocioso, 1977) llamaba.  En otoño de 2015, como ayer mismo, hasta el más osado de nuestros sueños (adquirir cierta marca -caché- o, simplemente, un epitafio, ejemplo: Escupid sobre esta tumba. Aquí yace Spinoza) puede proceder de un recuerdo, por vago que este sea, (aquellos que poco han leído a Proust hablan de “el olor de una magdalena”; no pienso por ti, respecto al autor sólo he leído Por el camino de Swann -edición de periódico-, y lo he hecho recientemente, no a los cinco años, como tantos otros a quienes ya he leído lo mucho y bien que se expresan a través, como hago yo -jovencito esquizoide probablemente homo-erótico de 38 años-, de las redes sociales). Mis sueños -hace veinte años era escritor de epitafios, todos propios, pero también de otros, que son los que de verdad mueren. Duchamp era un tipo sobradamente educado y, durante una fiesta en su casa, ya cumplida una edad, se fue al baño a morir solo- no han sido pocos ni exentos de delirio. ¿Pero tú te has mirado alguna vez en el espejo? Le decía mi maestro, el fotógrafo y profesor de Artes y Oficios, aparte de incansable lector, Antonio Gómez, a una jovencita, encargada de la clase de cuyo nombre no me acuerdo. Sí me acuerdo de que había leído un libro de Schopenhauer, presumía de ser atea (Nadie puede saber si es creyente o no -dijo por ahí el poeta E. M. Cioran, llamado Cantamañanas por Godard en su “monumental” Histoires du Cinema-) y basaba su “ideología” en la lectura del Fotogramas y otras ciencias esotéricas. Con el tiempo, la Mari, que suele asistir a mis cumpleaños junto con Alfredo, su acompañante de toda la vida, me dijo de esta buena moza, que vivía por Malasaña con una y, a veces, paraba por no sé qué bar. Yo me miraba bastante en el espejo, como aconsejaba Antonio (marxista) a esta chicuela. Mi intención era quererme a mí mismo dentro de lo que fuera posible (amar mi propio “cerdo primordial”). Ser guapo, en resumidas cuentas (poco relevante es si, pasado el tiempo, lo conseguí o no, que seguramente no, salvo a ojos de mis familiares). Mi espejo estaba dibujado por la parte de atrás: Cristo crucificado. Yo quería ser una estrella del rock porque, a mi libre y algo aburguesado entender de entonces, me molaban esas criaturas, quiero decir: follaban mucho y se metían droga en condiciones. Algunos de ellos eran realmente buenos: Keith Moon, Brian Jones, Jimi Hendrix (que mató a Dios)…- pero perdieron la batalla de lo que exigía, ya entonces, la muchedumbre, sociedad del espectáculo en la que se veían envueltos (Me vuelve muy sentimental, y de paso llega a excitarme -de una manera leve-, leer a Lucía Etxebarría citando a Debord en los títulos de sus libros-). Y es que mi generación era mucho más hípster que la que actualmente echa kikis, como Dragó, en los baños del Jose Alfredo. Nos crecía más el pelo que la barriga y leíamos a Morrison (en su tumba, en Peré Lachaise, reza: Poeta, al igual que en la de Wilcock, buen amigo de Pasolini, en Roma, cerquita de la de John Keats) y a la Patti Smith de Babel (ahora más leída ella), por mucho que sacáramos poco de esos pajotes de entendimiento difuso. Se trataba más bien de conquistar el mito del cartel rodeado de neón, de ser protagonistas del anuncio resumido en los cinco minutos de fama de los chicos que pululaban por La Factory de Warhola, a que el anfitrión, también reina de Inglaterra, les diera su comunión de diseño santificado en la boca. O, en su defecto, les sacase en un vídeo. Esa fue la muerte (viva) del actor Jordi Mollá (La buena Estrella, 1997, firmada por Ricardo Franco) el día en que fue seducido, en una sala VIP madrileña, por una mujer, suponemos, muy bella. Al chiquillo le pillaron masturbándose compulsivamente ante el espejo del baño a la voz de “Soy el mejor” y no se lo perdonaron (no todos, en este país, somos Pedro Jota). Y es que el exceso de muchedumbre invita a la masturbación compulsiva (o a polvos demasiado rápidos en lugares inhóspitos -y no me miren a mí, que llevo mucho sin darle-) y luego está que cada uno practica Gestalt a su manera (ya sea una Gestalt promocionada por la revista Vivir, o es que son tan raros que se han molestado en leer a Rudolf Arnheim). Armas-Marcelo, escritor y columnista medio malo que no quiere aceptarme como amigo en Facebook, no se cortó en hacer un comentario muy jocoso a la entrada de clase de Periodismo (había sido invitado) impartida por Irene Lozano (hoy cuarta del PSOE) a quien quise. El muy bestia dijo, así como haciendo una boutade, refiriéndose a lo que llamó escritores jóvenes “Les ves con cámaras ocultas y sólo hacen masturbarse”. Sólo yo (con razones personales para hacerlo) mantuve la mirada y saqué, con el respeto que nos es debido, de su sitio a través de la conversación. ¿Cámaras ocultas? Cuando este blog presumía de un número de visitas amplio, hubo quien me decía en comentarios aquello de Exhibicionista. Yo solía responder a todos y, ante una cosa así, decía: Eres libre para entrar o no. Fui respondido: Oye, yo entro donde me da la gana. Los vecinos de esta “sociedad líquida”, no contentos consigo, prefieren, ya no solamente mirar, sino poseer la intimidad del otro. Ser el otro (decía Bob Dylan en ese infumable documental de Scorsese algo así como que era necesario ser otros, precisamente para ser). ¿Que qué otros soy? Soy alguien que una vez, a los cinco o seis años, le quitó un airgamboy a una amiguita mía con la que jugaba a médicos. Cuando le conté la hazaña a mi padre, me pegó bien fuerte en el culo y mi madre me castigó sin cenar. Por supuesto: Aprendí la lección. Eso sé.

En una de esas fiestas de Gatsby en casa de Vanessa Herrero (descanse en Paz), comenté a Fdez-Cuesta que me habían concedido la paga por "esquizofrenia paranoide". Me dijo que me habían arreglado la vida. A continuación alcé mi copa, pero él no aceptó el brindis. Después seguimos hablando (con Manuel hablar era una celebración por sí misma) como si tal cosa. También aprendí esa lección. La noticia de su muerte me la dio mi amigo, si es que lo sigue siendo, César González Álvaro, flamante ganador del premio Tiflos de cuento, y yo, con una jarra de cerveza en la mano con la que no sostenía el móvil, bajo el solazo veraniego de la plaza de mi pueblo, eché a llorar como un niño. César me dijo: ¿Lloras? No me acuerdo si contesté. Pero sí (maricón debe ser uno). La razón era que había muerto mi maestro.

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sábado

Luz, más (y mejor) luz

Hace diez años, si entrabas en cualquier bar de esos que llaman “de viejo”, podías verme, si te fijabas, al fondo, tomando un whiskito (que solían ser unos cuantos) y observando cómo la vida iba pasando de un personaje a otro de entre los clientes que asociaba fijos en el tugurio. Nunca la vida me trató tan bien como en aquel entonces (hoy en día las únicas que me escuchan son mis criadas, a cambio, me cuentan las cosas que les recetan los médicos, donde siempre están cuando no están en mi casa). No puedo saber dónde estabas tú hace diez años salvo que me lo cuentes (al oído, por favor, sin que se entere nadie más que no sea yo -odio a esas personas que te hablan a ti con la excusa de que les escuche el de al lado-).

Hoy en día regreso al whisky, el más sano de los venenos, cierro los ojos y pienso, sin más. Si quieres llamarme haré lo posible para explicar contigo eso que pienso. Será un placer para mí que pensemos juntos, que “destrocemos” eso que algunos llaman vida entre los dos.

Hace diez años yo era llamado bedel en una Escuela de “ideas”. Me llamaban Albertito y mi oficio consistía en servir. Se ve mucho cuando te dedicas a servir. Se vomita mucho cuando te dedicas a ver. El resto era sonreír ¿Ahora comprendes por qué estaba tan mal pagado? A veces, si la chica con la que salía, incluso con quien vivía por aquel entonces, no tenía otro plan (otro mancebo), salíamos de copas, nos acostábamos y nos levantábamos juntos. En aquella casa no iba muy bien el termostato y era recomendable ducharse con prisa. Todo se acabó cuando ya no quería conmigo. Me dijo que es que yo era “su maestro”. Ella lloraba tanto. El resto era pura falta de comunicación. Yo creo que cuando nos rechazamos en la vida seguramente se debe a algo que no habíamos hablado, a algún tipo de malentendido con el que luego cargamos al caminar por la Gran Vía, anónimos entre anónimos y, en ocasiones, una lluvia que, lo creas o no, puede ser una gran compañera hasta el intercambiador de Moncloa (resfriados aparte).

Hace diez años alguien tuvo la genial idea de abrirme este blog, que titulé La semejante criatura. Yo, mientras iba en el metro, pensaba ¿Qué escribiré esta noche? ¿Citaré al ruso Biely…? Hoy sólo pienso. ¿Me leerá Marian? ¿Me leerá Jose? ¿Me leerá María? ¿Me leerá Laura? Qué maravillosas son las tardes de otoño si hay whisky. Él me acompaña. Un Sinatra ya entrado en años hacía un pequeño parón en sus conciertos para servirse un bourbon, después hacía un leve brindis con el público y bebía un trago. A continuación decía: Jack Daniel´s, el único amigo que nunca me ha fallado.

Hace diez años mi abuela murió de pronto y a continuación lo hizo el más pequeño de mis primos. En el tanatorio las señoras que acompañaban a mi tía Maripaz se acercaban a mi llanto ante el cadáver de Nico y procuraban tranquilizarme con sus remedios aprendidos de la caridad. Lloro poco y, cuando lo consigo, me lleno de paz, siempre que no haya gente dándome remedios y consejos (molestándome) en ese momento. Son momentos, como casi todos en los que hay whisky, donde no conviene la muchedumbre. Va a hacer una semana que murió Fernando. Mis padres acudieron a tanatorio e incineración. Yo me quedé en casa, prefería poder pensar, esto es, adivinar cuánto de muerte mía cabe en la suya. Mucha, sin duda. Venía a todas mis exposiciones en público. Siempre lo miraba a él y lo hacía para saber si la cosa iba bien. Nunca me equivocaba si Fernando no lo hacía.

Hace diez años, yo no apostaba por eliminar mi vida (antipsicóticos a mamporro durante el amanecer para estar despierto en la noche, junto con Charly -a veces llamaba a un amigo que trabajaba en un pub al que, aún hoy, sigo yendo a menudo-). No apostaba por eliminar mis ganas de ¿vivir?, Decía, a sabiendas de que sentirse más vivo que nunca guardaba su precio. Pero, por lo menos, no había problema en que yo bebiera en casa. Si te dedicas al pensamiento uno no conoce ebriedad ni resaca. Yo bebí para provocar a mi virus C. Quería morir de placer, de pensamiento, como los poetas malos. Esas cosas son, al menos, las que decía que yo trataba de hacer en periodos de abandono, cuando yo iba a Alcohólicos anónimos a ligar con viejas calentorras, borrachas sin remedio, a quienes un pensamiento les fastidiaba un día que procuraban arreglar bebiendo. Esa es una manera equivocada de disfrutar del brillante “oro que arde” (así lo llamó Musil en El hombre sin atributos).

Hace diez años pasaron muchas cosas, algunas las recuerdo, otras no.


Hoy estoy en mi habitación de los libros, pensando, esperando que los hielos estén preparados. Si quieres tomar un whisky conmigo y charlar me encantará. No traigas a nadie más, sólo quiero estar contigo y, por supuesto, con mi whisky.
Lo mejor del mundo será brindar por ambos, aunque sea en silencio. No lo dudes ni un solo momento.
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jueves

Mirarse al espejo (3)

Conviene aferrarse a la banalidad, una banalidad muy espontánea, dicho sea de paso, para adentrarse en eso que entendemos por “gusto”. Edmund Burke lo definía muy bien. Leído hoy conviene traducirlo más convenientemente a como lo hizo TRG: Tiene que ver con el “elitismo”. El bueno de Edmund habló de “artes elegantes” que decía no entender muy bien. Trataba de comprenderse, y es por eso por lo que no está muy desactualizado (al menos “no del todo”, se le sigue leyendo entre la elegantísima clase académica y otros sitios donde no entienden a mi padre, Ángel Masa, que, trabajador desde los siete años, hoy, jubilado, intenta entenderse a sí mismo y, por influencia del “cabroncete” de su hijo esquizofrénico, se ha puesto a escribir).

Sobre la literatura de Ángel Masa: Habla de sus recuerdos (con muchas faltas de ortografía que, en alguna ocasión, me pide que le corrija) y, en ellos, procura entender qué es para él “lo importante”. A veces mira fotos de la gente que ya no está, los abuelos, la familia, etc… y se dice: ¿Qué coño hago yo aquí?

A lo que voy: A mí me gusta la literatura de mi padre. Y sé que la vida y el pensamiento de las “personas anónimas” es mucho más “interesante” que el de las personas populares en los medios o, incluso, “de élite”. ¿Qué entiendo por “interesante” y por qué lo he entrecomillado?: Lo he entrecomillado para expresarme a continuación y entiendo por ello el lugar que puedo seguir desde un marco de la realidad adaptado a mi pensamiento práctico (que admito, probablemente por comodidad, escaso en mi biografía), me explico, un lugar que tenga que ver conmigo mismo, que me sirva para entenderme desde mi yo, mi economía, mis aspiraciones de cara a un “futuro aparente”, mi sociedad y la casa donde vivo. ¿Para qué? Pues para “ser” (renunciaré a pronunciarme sobre conspiraciones hegelianas).

¿Qué entiendo por “ser”? Demasiadas cosas, resumibles en una: Esto de aquí. Ahora mismo: Esto que teclea.

También: Esta “cosa” que se niega a ser un tronco de madera. Esto que piensa, joder, que piensa mucho.

¿Para qué?: Para vivir, esto es, sacar un dinerejo, salir con Laura al cine, llevar a Marco a la guardería, tomar un café con la tía Maripaz, etc… (no todo va a ser follar, como decía Krahe) en resumidas cuentas: ir tirando.


Regreso. ¿Qué entiendo por “gusto”?: Respeto, entendimiento y verdad. Y, a través de ahí, verás cómo terminamos topándonos con la “belleza de las cosas” (y hasta de los yoes). 

PD: Cambiado el diseño y comentarios arreglados. Cosa que saco de esto segundo: A ese profesorado tan cojonudo de bellas artes que entra a "reírse" de el puto loco de El sobrino de Parés: ¿Por qué no ponéis algo para que pueda reírme yo también? A lo mejor terminamos riéndonos todos juntos. No sé, quizá, algún día. Se os quiere.
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miércoles

Mirarse al espejo (2)

A lo largo de mi aprendizaje (esto es: vida, e incluso biografía…),  ha habido y hay muy pocas personas con las que puedo expresarme, como quien dijera, de manera libre; responder salvajemente a mi Yo como en la infancia. Me explico: mostrarme, ser lo que sea que soy, que nunca puedo saber qué es, en el momento en el que coincido con alguien. Uno siempre lo intenta, en el sentido de que eso, precisamente, es vivir, y lo que implica no está exento de cierto sacrificio. Yo, como los empiristas, creo en el vaso de agua, en eso de que a la gente nos condiciona el lugar geográfico donde nacemos, y, por otro lado, también sé que España, por poner por caso el país donde nací, es un sitio donde hay mucha gente que, a su vez, se proyecta en mucha otra gente, por poner un ejemplo que, tras haberlo puesto, me parece que me acerca a lo que voy, cosa de tener que decir algo y también cosa de tener algo que decir, de lo que nunca estoy muy seguro. España me es desquiciante, esquizofrénica, como yo, que soy Sancho Panza llevándose la mano a la frente, como los niños, cuando le duele la cabeza, cuidándose de que no lo apaleen como a su lastimeramente inevitable señor (lo sé por los dibujos animados que veía cuando niño); soy el amén del Padrenuestro, que no puedo saber qué significa. Y soy tú, también, siempre que tú quieras y, si no quieres, pues no. Quién puede vivir “desde el conocimiento” (de eso iban enseñanza, planes de estudio, etc...) Yo no puedo ¿Tú puedes? Hace un par de semanas dejé de auto-medicarme, de conceder exclusividad a la cocina, la noche y Charly, mi loro, en cuyos ruiditos me reinventaba una vez tras otra, sin descanso apenas, y hasta no leía, ni siquiera en los bordes de los azulejos blancos a los que iba echando humo de los cigarrillos; me cuidaba de ver, pero no lo hacía por miedo, sino que buscaba en ello cierto regusto, cierta nada capaz de darme brío, así, a cambio de también nada (la misma u otra) que ofrecer a ese “eso” que es un “yo”, además del resto de habitantes de esta casa y las personas con quienes hablo a través del teléfono.

Antes, al menos, los antipsicóticos (oí, no sé si sin querer, que ya no los llaman neurolépticos) provocaban en mí cierta tentación de despellejarme, de “no parar de moverme” sin importarme en qué dirección lo hacía (aparte taquicardias y síndrome de Párkinson). Me notaba como me noto hoy, de una manera siempre aparente, siempre “en el mundo” ante, por ejemplo, un café o un colacao, que eran cosas bien vistas en casa, en España, etc…


¿Se trataba sólo de mostrar talento y fe en lo que uno hace, en lo que uno, digamos, vive? No lo puedo saber. ¿Para qué hago esto? Pronto no tendré la más mínima idea (ahora tampoco). Escribir puede ser peligroso.

Un ex-amigo mío me preguntó, en cuanto a mis papeles, si procuraba dar pena. No respondí. Me encogí de hombros solamente. 
Lo único que quería y sigo queriendo era y es comprender el mundo. Desde una muerte propia. Desde una vida personal.

sábado

El Inem y Hume

Situación: Mi chica se ha ido a una despedida. Yo no suelo, desde hace bastante, entrar en el facebook, pero estoy haciendo por pasar la tarde y me veo cumplido con mi reflexión de la anterior entrada, en la que uso como excusa al escritor Bernhard, sobre el que he vuelto un rato, para contar lo que a mí me ha interesado de ese regreso, sumadas dos reflexiones de escritores que aprecio y que, menos o más, viven de la literatura: Una antigua de Jesús Ferrero, ejemplar en su modo de pensar en voz alta, y otra, también antigua, del bien ocurrente bloguero, sobradamente conocido entre los jóvenes, Alberto Olmos; a quienes no nombré y ahora, debido a una ocurrencia de Facebook que me ha hecho pensar en el trabajo, lo hago.

Pasa que Txema Arinas, un escritor vasco que pasa de estas cosas de los escritores, a veces, me lee, porque le mola, si no de qué. Yo había puesto ahí, al alcance de esas cucarachas del Facebook, una entrada antigua mía llamada La Gaya Ciencia, de cuando yo hacía el amor con cucarachas en un búnker de Lavapiés donde viví (currando) y me sentí libre (escribiendo y tomando algún que otro chato con amigos artistas). Pasa que en eso de la Gaya ciencia yo hablo de que me leen los del Inem y se asustan. Y es cierto.

Antes me leía la de los cursos. Una mujer rubia como la cerveza y eso, muy maja, sonrisa plena, buenos pechos y viva, con presencia, etc… Mi madre le dijo que yo estaba muy malito de la mente y eso y la chica se encariñó. Yo sólo pensaba en hacer el ñascañuscu allí mismo. Mi madre le dijo que yo escribía en un blog que se llamaba La semejante criatura. A ella le salió su, llamémoslo, lado humano y creo que, efectivamente, se asustó un poquejo. Y dejaron de llamarme. Luego yo me busqué las castañas para escribir de amor, por si acaso. Eso hizo que el grueso de los lectores de La semejante criatura decayera en un 90%.
Agradezco que me lea alguien como Txema, la verdad. Otros escritores del Facebook que admiro y con los que he intentado contactar son Luis Acebes (recreativo en el estilo castellano) y Yolanda Regidor (recreativa en el exceso).

Abordo eso de tener curro: Yo, menos o más, he vivido de ser un mantenido y, últimamente, de ser esquizofrénico. Diagnóstico primero: Socialmente de tipo Paranoide. Luego eso se acabó, he ido desarrollando todos los aspectos de la esquizofrenia y la medicación antipsicótica llegando a abarcar, según un experto en psiquiatría amigo mío, “un poquitín de todos sus tipos”. Es decir, soy un freak, aparte de “un tío cojonudo”. Me gusta jugar a la play y fumar petas, vamos.

Abordo eso de tener curro (de verdad): He pasado por diferentes trabajos (de los de ganar algo de dinero): Monitor de cocina en una Granja escuela (donde lo pasaba deputamadre), bedel en una Escuela de “ideas” (así fue publicitado de inicio el bluff Hotel Kafka), repartidor de salchichones, espárragos y bollos, cablista y payaso. Lo que he de admitir: siempre hay otros que lo hacen mejor que yo.


De lo de la literatura: Saqué dos libros en Eolas ediciones. Me gusta porque mi editor, Héctor Escobar, está loco, y es por eso por lo que me llevo muy bien con él. Pero aún más me gusta porque no requiero entretenerme con galeradas y otras cosas de esa gente guapa como Lucía Etxebarrilla. Cuando la conocí, en el entonces emporio de las letras Club Kafka de Aravaca (tendente hacia una especie de comisaría afgana que, en la actualidad, dice haber recaído en un nuevo cambio de residencia) hasta quiso de follarme. Y yo comprendía, poco a poco, por aquel entonces, que la gente de alta cultura como Lucía era así.
A lo que voy: he vuelto al conocimiento de mí y lo que me rodea (que es lo mismo) y, hasta hace poco, traté de resumir lo entendido de Hume aquí, en La Semejante Criatura, de cuyo estudio aprendí no poco en el campus, cuando yo era vivaracho estudiante de cosas en las que vi mi verdad, en la que, afortunadamente, sigo trabajando cuando puedo.  

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Mi visión actual acerca de Thomas Bernhard y sus escritos

Thomas Bernhard, ese austriaco tristón, del que tras su muerte reían unos literatos alemanes la posibilidad de que fuese homosexual (cosa que es muy poco relevante), lo comprendió temprano, conviene el aprendizaje de las propias palabras que salen de uno hacia la vida. Conviene “entrevistarse” a sí mismo porque, seguramente, no existe un “sí mismo”. Su literatura incita a la negación y, con ello, a la duda. Por eso es recurrente. Porque se renueva todo el rato. Formalmente, y acá hay que añadir que está muy bien traducido al español por el “misterioso” Thomas Sáenz (autor también de una biografía de Bernhard que publicó Siruela cuando molaba), brilla por un estilo “malabarista” -acoge un tema y lo va haciendo desaparecer entre, en ocasiones, hasta cinco, con los que termina haciendo lo mismo, uno por uno-, propio (y con ello aparentemente fácil de imitar), etc…

Sobre mí: Lo del estilo me la trae floja como tema de aprendizaje. Dejen que lean, si quieren. Y que escriban, si quieren. De ambas cosas (escribir, leer) uno puede, diré, autoayudarse. Si vuelvo a Bernhard es porque me acerco a esa negación, con briznas de “echarse a vivir”, a los modos de vida (estilos de compra-venta) de las grandes ciudades, como la Viena de Bernhard, a la que privó de su lectura tras su muerte (esto también me la trae floja). Me gusta que la joven Agota Kristof eligiera la lectura de “Sí” (según ella era un “No” a la vida), o al menos lo explica así en La analfabeta, en una redacción de clase en la que tenía que hablar de Stalin. La historia de “Sí” es una historia de campo, necesariamente lúgubre, en la cual atrapa cierta tensión sexual no llevada a cabo. Por lo demás, una obra menor del austriaco.

Conversaciones con Thomas Bernhard (de uno que se llama Hofmann) es otra novela más del autor, definitivamente aprendido y autodestruido. Bernhard (salvando las elecciones de edición de este libro) hablaba igual que escribía (se ve cuando lo grababan en Benidorm o por ahí). Hace gracia su pose de dandi. El tema lo elige él independientemente de las preguntas del entrevistador, y es la muerte (una muerte donde se intuyen vida y literatura juntas).

Veía su foto en las contraportadas y quería abrazarle. Quería pedirle que fuera mi amigo. Yo sería él y renunciaría a follar, como él hacía. Renunciaría a las pajitas. Nos enseñaríamos la pilila en el baño. Jugaríamos al dominó. Y le pediría perdón por mi vergüenza de haber hablado, casi sin cesar, de amor en mi blog, una debilidad por la que renuncié a conocerme, como él, a amar “en su manera”, en la manera de Bernhard.


Luego, ya lo he dicho, murió.

miércoles

Mirarse al espejo

Hace, no me acuerdo cuánto hace, 4 o 5 años, impartí unas clases de cuento en el Excmo Ayuntamiento de Brunete (Biblioteca Dulce Chacón, que era o es una escritora de Anagrama que vivía o vive en el pueblo de Brunete, como yo que, igualmente, vivía o vivo en el pueblo de Brunete). Intentaba, ya digo, vivir (me nacía, vaya, o, al menos, me tentaba) e hice esfuerzos para pasar el protocolo. El día que más personas asistieron fueron siete, lo que no está nada mal teniendo en cuenta que Brunete es un pueblo pequeño y paletoide y mal gobernado (ya abriré otra entrada sobre lo que yo entiendo por eso) y yo era o soy el sobrino de la Pepa.

Fue lastimero porque la conclusión que de ese trabajo, por el que no cobré, fue que lo único que aprendía era escuchándome a mí mismo, que es, salvo por una chiquilla, amiga mía en la actualidad que seguramente nunca leerá esto, es lo que todos asistimos a hacer allí (Burroughs, más interesante en la información que en su afán por el experimento, llegaba a decir en El almuerzo desnudo que se aprende más hablando que escuchando). El problema es que esa actitud conlleva no poco aburrimiento. Yo lo solventaba juntando alcohol y antipsicóticos no atípicos. Parecido encontrado: Éter. Efectos: Búscalo en el Google.

¿Por qué? Pues lo encuentro en una cosa que puse en el Facebook ese, que fue otra manera de abrir frentes hace un tiempo:

Porque fuimos vivos antes de la noche
Porque fuimos en el agua
Porque antes del nacimiento ya habíamos descubierto La tierra
Por eso creo en los proyectos extravagantes.

Supongo que en esta especie de poesía (inspirada en un libro seguramente muy recomendable del que ya no recuerdo título ni autor) hoy, que regreso a una especie de pensamiento que quiero despojado de locura y necesariamente coherente, resucito que lo que entiendo por Yo es un proyecto excesivamente extravagante en el que, en ese momento, uno supone, creí. Y creo, porque lo contrario es negarse, cosa que he hecho y está muy bien, pero mucho más facilona y acomodaticia.

Me explico (aquí he de mencionar la influencia de Marian, mi psicóloga y coach): He de recuperar mi cara y enfrentarme, de nuevo, al espejo. Lo estoy intentando. Me cuesta muchísimo. Incluso me veo expuesto (¿En una representación? Dirás). Me explico: Vivo, como durante mi infancia. Miedo: Soy todos y, cuando uno vive, empieza y termina siendo juzgado. Más: Cuando uno se expone se arriesga a que lo crucifiquen. Más: Cuando uno se siente puede olvidar el pensamiento, incluso aquello que dice. Ciclo: Volver o no volver hacia drogas conocidas con el fin de provocar cierta artificie. Conclusión que veo: Estética Vs Anestesia. La felicidad en El Otro: ¿Anestesia? Entiéndeme: La imagen que recibe El Otro: ¿Yo? O, incluso, la imagen que recibo yo: ¿Yo? Recuerdo de Candilejas cuando alguien se excusa de depositar una propina en su bombín: No se preocupe. No tengo amor propio. Recuerdo del principio de El libro del desasosiego: Si el corazón pensase, se pararía. A lo que quiero llegar es a que todo en lo que nos proyectamos, o es nada, o es necesariamente contradictorio. No va a ser menos si “yo” me proyecto en “ti” (o, al revés, que es lo mismo).


Admito más conclusiones que no le interesan a nadie excepto al mundo: No soy nada (no digo “nadie”, eso poco importa al mundo). Esto es: No soy ni siquiera un niño, salvo en el juego (salvo en la vida) y eso no cura de cierta tentación por “llevarse bien con los demás”, “leer”, hasta “mirarse en el espejo” que, ya digo, puede llegar a ser (a serme) difícil. Nuevo por qué fácil: Porque implica ser. Claro, Laura me dice: Piensa que los demás no somos de goma. Y yo entro al trapo. ¿Por qué? 

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martes

Ya no veo ningún deporte, ni siquiera mi atleti

Me interesaba eso de “El proceso creativo”. Me explico: Yo he sido dibujante y esas cosas y la gente me preguntaba en mis exposiciones (y otras concesiones “de estado”) qué significaba esto o lo otro. Era una especie de diplomático “a qué se debe”. En cuanto a lo que significaba (incluso a lo que era) uno, por una especie de automatismo, indicaba que lo que usted quisiese que fuera o significase, y eso era exclusivamente la madre del pato (y hasta del paté de oca). Pero ¿Por qué? Esto sí nos interesa y se debe, me parece, porque nos interesa todo lo que hable de nosotros mismos. El sexo sólo nos interesa porque habla de nosotros mismos, por hablar de algo que, sin duda, nos interesa a todo el mundo (el resto tiene que ver con pasar el rato y, claro, que dé mucho gustito y se relama uno un poco de la cosita, reproducción aparte, es decir, representación, es decir, un dibujito o un librito, for example, para regalar en una cena romántica a alguien con quien te gustaría compartir un poco de “cosa de esa”). Regreso: Uno se reproduce incansablemente cuando se realiza con un fin que responde a un proceso creativo. 
Más: Los hilos conductores de cada historia están en la cabeza del protagonista (leer, ya lo dije, es una manera privilegiada de crear) y poco importa para eso, creo, lo obtuso o garrulo que pueda llegar a ser el prota, que también soy "yo", es un "yo". Más: Llega a ser constructivo dejar “cosas en el tintero” porque puede ser útil para recaudar información acerca de una cosa que explica por qué mola eso de “El proceso creativo”, el “A dónde coño nos dirigimos”. Mira por dónde, la cruz del huevo que, como los huevos, no tiene cruz. 
Esta idea, por llamarla de alguna manera, resume los aprendizajes u obras completas de carismáticos amantes del gran poeta Juan Carlos Suñén (hoy cabeza casi visible de un partido político de moda hasta hace poco) como Gabi Ramírez o Edu Vilas, olvidados, por fortuna, autores de novelas de cabecera para quienes gastábamos la herencia de la abuela en coquetear con cosas de gente culta y eso, más bien con la idea en la cabeza de ligar un poco.

“A dónde coño nos dirigimos”: No puedo saberlo. Se encuentran ejemplos allá donde diriges la mirada. La página en blanco es una fortuna que se acaba cuando le confías palabras. Acabo de ver la planta que me regalaron mis amigos agonizando y la he regado haciendo uso de un optimismo que no entiendo (he llegado a dudar si tirarla a la basura). Lo único que sigue erguido de ese tejemaneje son las dos flores que quedan (eran tres).

Ya sé que Freud empezó con esto y se murió diciendo que no quería morirse.

Mis amigos delegaron en mí, que delegué a quienes cuidan mi hábitat, proteger algo vivo. Así me lo dijeron. Yo acabo de verme en esa planta. Eso de “proyectarse” da mucha ansiedad. Uno lo hace continuamente cuando se dedica a lo de crear cosas, historietos… o a amar (léase Spinoza). Dedicarse obstinadamente al dibujo o a la literatura (o al amor que deviene en amarlo) equivale a olvidar al completo la vida e incluso, usé las palabras subrayadas de Umbral en Los cuadernos de Luis Vives, a no haber vivido. La conclusión de esto tiene que ver con el prólogo de Artaud a su sobrevalorado libro El teatro y su doble: Poco importa adónde nos dirigimos creativamente cuando tenemos hambre.

Y es que la vida mola antes de la influencia.

(Sobre esto último me gustaría añadir una cosa que me pasa en este blog: Es mi blog de siempre y pienso en voz alta cuando no me dedico a glosar insignificancias como: Odas al amor en pos de una mujer bella. Me dicen los amigos (y mi pizpiretilla) que me envían comentarios que no modero. No tengo acceso a ellos. Lo repetiré en otras entradas si hace falta porque entiendo los mosqueos. Lo que escribís no sé adónde va. Se queda en el limbo desde que se fueron las fotografías y aparezco como colaborador -en lugar de prota- del blog. Fue por un virus que me entró por entrar a ver fotos de animales, coches y casas de famosos. Y tal.)

Yo hacía tebeos. Empezaba una historia y la contaba en seis viñetas… Luego en cuatro (la misma), luego en dos (la misma) y luego en una. Los regalé todos y hubo un día hasta que me fui a buscar droga. Me gustó cómo definía Eloy Tizón (presentando un libro de otro) su manera respecto a sus cuentos (de los que esperamos nuevos): Todo empieza por un sonido, una especie de música, eso, u otra cosa relacionada con eso, va creando una atmósfera…

Así sí.


Cuando yo ponía fotos (que se fueron) por acá, había dibujos míos. Son un embrollo de imágenes hechas a boli o pilot. Varias veces me preguntaron: ¿Por dónde lo empezaste? 

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viernes

Ya no escucho música

Whatsapps de hoy:


“El loco es todas las personalidades del eneagrama. Todos necesitamos un norte. Y todos seguimos siendo la misma persona.”

“Creo que te necesito. Pero ahora mismo no sé quién soy y temo que eso influya en no saber quién es nadie. Al final todo bicho muere solo.”

“El amor reconforta. El sexo reconforta. Cielo e infierno reconfortan. Hasta el mundo reconforta y, de ser así, un libro también. Pero uno sigue eligiendo y no para de equivocarse.”

“Estoy con Clamoxil y mierda de esa.”

“Mañana seré el padrino de Marco.”



Lo que no escribí:


Existir es serio (ya hasta escribir es serio; total, también puede serlo existir). Razón (según destinatario): Mañana seré el padrino de Marco.  

Mis amigos escritores se pitorrean de que escribo sobre amor relacionado con mi sexo opuesto (no por sexo opuesto sino, en este caso, por amor -que es sexo-). El amor es el vacío, el sexo, la muerte. Y molan ambos, en parte porque son lo mismo.

Intermitentemente he confiado cierta dosis de fe (cierta locura) a los surrealistas, a Breton, el cascamoñas, un médico con ínfulas, que hablando sobre Freud era un pesadito (y también lo fue hablando sobre enteógenos) y del que salvo su diletante paseo por el humor negro y eso de Los pasos perdidos (que va de lo mismo) en esa ley francesa (como Madame Bovary) del coño de la mujer única y el Te deseo que seas locamente amada que salen en El amor loco, que es un puto coñazo sin ocurrencias. PD1: ¿Se nota que desde bien jovencito he tenido mucho tiempo libre?
Realidad: Tengo un trancazo de cojones y tomar cocaína no me gusta porque me pone nervioso y hace que pierda coco e interés en cosas importantes como lo nombrado al inicio: Existir es serio. Razón: Mañana seré el padrino de Marco.

¡A veces amo, coño! Es lo que yo digo. Sobre los amigos que tuve: Tanta ostia y al final sólo querían ver cómo de pequeña tenía la pilila.

Tema: ¿La amistad existe? Sí, porque, como dijo el otro: Menos mal que existen estos momentos. Cosas pensadas desde mi firme renuncia a antipsicóticos y alcohol (en esto último sólo puedo afirmar que es “de momento” porque a veces hago el moñas con el puto alcohol – que es puto y una mera excusa que tiene que ver con el mero “Renovarse” que, concebido desde mis rutinas, viene a ser casi redimirse ¿Recuerda alguien los grabados de ese tal, muy diver escritor por otra parte, Bruno Schulz? Cosa que saco de esto: La gente que confunde mi redención con sometimiento me la pela y: Se está muy a gustico en casica con los pies en el brasero): No fui capaz de follar con amigos y amigas ¿Por qué? Quién sabe. Yo no tengo ni puta idea de por qué. 
Mi idea de la felicidad, entiéndase, al minuto es echar chorros de lefa. Razón: Mola. Prejuicio: Una vez, cogí y… No, eso no lo voy a contar. Más cosas: Nadie tenemos ni puta idea de sexo ni felicidad, pero ¿Qué es una idea? ¿Para qué coño sirve? Yo poco sé de eso, sólo sé que quiero ser alguien feliz en esta vida en la que aguantas y luego vas y te mueres. 
Pero esto último dejaré que Marco lo averigüe por sí solo, no se lo pienso contar. Quiero que él también sea feliz, al menos en su niñez… luego ya da lo mismo. Él me hace sentir bien. Hoy ha venido corriendo hacia mí para que lo cogiera en brazos, por ejemplo. Esas cosas salvan de la locura y yo soy loco porque lo dijeron unos que, probablemente, tenían mucha idea. Hoy son mis amigos. A veces quieren tener sexo conmigo. Otras veces no. Otras veces no entiendo la felicidad esa de al minuto. Esto es una cosa que pasa y ya está. Como todo lo demás. Y mañana seré el padrino de mi Marco.



Lo que no me apetece tener que escribir otra vez:


Estoy muy solo (sobra el como todos) y tengo mucho más miedo de volverme loco (¿Otra vez?, dirán) que de morirme.    

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miércoles

L.

Son las tres y treinta y ocho. Así lo diría ella. La que a cambio de su esencia más íntima, donde uno, al acercarse, atisba a ver ramilletes de nobleza, me pide que duerma en las noches, que no quiere que sea su centinela, me dice, como si no fuera un acto egoísta por mi parte. Yo sé que tú abres los ojos a esa hora sin necesitar despertador, pues debes apañarte para ir a un trabajo que yo no logro. Yo soy el idiota a quien Macho man puso una multa un viernes y otro por consumir alcohol en la calle y me encuentro con que, a medio metro, te echabas la culpa a ti misma por mi culpa. Pero si eres tú, te digo (y no dejaré de decírtelo) la que inventa unas llaves para el techo en el que moro y el que me mora, escondiéndome de una vida real que, con tu permiso, representas, donando, como lo haces, inteligencia, humildad y flores a cada mañana siguiente. Tú, que me pides que, por mi bien (y es así) corrija mis trabajos tirados por la habitación. Cómo homenajear tu leve rastreo, cómo si, a tu lado, nada sé, más que tu bondad me sujeta y tu belleza se deja encontrar cerca de mí. No hay nadie más guapa que tú por mucho que te empeñes en no saberlo. Un beso tuyo es la llamada de un ángel (yo lo he visto), todo lo que se esperaba de El dorado cabe en un beso tuyo. La alegría es tu signo, chica febril y enérgica, amante de la tragedia del sol, el pobre amigo no sabe reflejar tu rostro en él, cobarde que se atreve a brillar cuando sonríes, bella, mostrando a la salida del metro esa dentadura tan blanca que acompaña tus logros, tu dolor (siempre intenso), tu imaginación (siempre viva) y tus recuerdos (donde arrancas una raíz al oro). No quiero escribir, quiero escribirte (Rembrandt no ha sabido dibujarte). Y el trabajo es fácil porque me lo das todo hecho. ¿Y yo qué hago? Dímelo tú si sabes quién eres. Soy el centinela de la más poniente de las lunas. Yo solamente estoy acá, como sabes, fingiendo que nada quiero de algo tan siniestro y perdurable como el amor salvo a ti, azul de todos los azules, el punto recto del horizonte donde coinciden un cielo sano y tu belleza, que son todos los mares de La Tierra. Me queda mucho trabajo, amiga del cierzo y la rosa. Yo quise ser tú.
Te ama,
A.

viernes

E la nave va (con un intermedio en donde pido a Dios)

Deseo, no más, que ser, acá, ni cerca ni lejos tuyo, el hombre tranquilo a quien le da lo mismo estar o no en el sitio que, un buen día, pensó era suyo por correspondencia.
Me pregunto por tu sitio (y te informo de que mi psicoanalista es millonario). Eres el que le ríe las gracias a un borracho que no deja de caer en la desgracia de su eterno palique, eso eres… y yo te veo bien así, brillando bajo una luz blanca del restaurante donde coincidimos. Tú, alegría de mi ser. A mí,... de reconocerte en estos folios en algún momento de la vida, puedes llamarme dolor o infierno o Mefisto o como te dé la gana. Quizás deba guardar todo esto bajo llave en el escritorio, ya que sé que vendrás en su búsqueda sin falta, robusto héroe trágico; cada una de las ondulaciones de tu barriga es una muerte mía, repetida y pobre, cercana a nuestros amigos los insectos (en el revés de mi cuerpo los he oído caminar buscando casa).

(Sobre las once de la noche he recibido una mala noticia. Se trata de la detección de un cáncer a un amigo. En principio me dijeron que es probable que lo hayan cogido a tiempo.
Últimamente estaba recuperando el sueño, que me regala cosas como pasar más tiempo con mi ahijado y ese dulce frescor de apenas la mañana quién sabe si con un libro entre las manos. Me decanté por música y café, lo cual me llevará a cama quién sabe cuándo. Decidí pensar en lo que él atraviesa en este momento y el calor que siempre me ha ofrecido su compañía. Al final la única verdad que tengo es esta cocina. En ella también me vienen a la mente amigos vivarachos que o bien siguen acá o ya se han ido. En lugar de entristecer he decidido dar un gracias a la vida por toda persona que me da y continúa dándome, siempre para seguir aprendiendo, siempre para seguir caminando, hasta que ya, sencillamente, no se pueda.)

En vano, intento separarme del grillete que hace de ti compañía mía. Tú eres aquel chico del poema de Lorca que quería jugar con ese otro que quiso cortarse el corazón en alta mar. Eso es, nada más y nada menos, lo que, creo, intuíste en mí, que apenas sé mantenerme en el agua y quien gusta poco de mares con sus barquitos y playas e, incluso, sístoles y diástoles.
Adonde quiero llegar es a preguntarme dónde en mí viste tragedia. Probablemente notaste mi titubeo de mortalidad ...y miedo entre chiste y chiste o, eres tan raro, en el corcho derramado de una botella semivacía de sidra en nuestro mantel, allá, en ese guateque donde cruzaste ojos y labia conmigo.
A momentos, los estertores de mi condición de vida estallan. No eres tú solamente, vida mía, mi vida. A mi alrededor pululan accidentes de tráfico, cánceres o infartos, tanatorios y entierros, como en la de cualquiera ¿Por qué tú? Sí, he amado. He buscado un mundo donde liberar quién sabe qué.

lunes

Carne

Soy alimento de abejas,
Un polvo malo que echasteis,
La promesa de alguien que cuidaría vuestras plantas
Y sonreiría a la salida del sol.
Soy una nube gris que os rodea
En la hora de vuestro programa favorito.

jueves

La higiene íntima, de Javier Palencia


Ya se va viendo, al menos en bares de mala muerte, el gran libro de cuentos de mi amiguete Javi Palencia, titulado con acierto La higiene íntima. Un gran libro, sobre todo para degenerados como yo (y como tú que lees esto ¿O crees que no sé quién eres, mamoncete?).

En la presentación lo pasamos pipa. Yo no puedo beber en presencia de Barb, que es mi amiga y la aprecio, pero cuando se fue (porque mi amiga trabaja, no como otros abisinios) ya me puse con las absentas, de pura alegría de estar con Javi Reta, Yara Martínez, Alberto Ávila y el propio Javi Palencia, y empecé a romper farolas con la cabeza y esas cosas (lo típico de todas las presentaciones, vaya). Y, luego, al día siguiente ya empecé a mirar el libro, primero tocándolo con alevosía, como pensando ¿Qué habrá hecho el Javi? ¿De veras será este libro de cuentos tan cerdete como promete? Y, al día siguiente, me puse a leerlo con las dos manos ocupadas (para no dejar huellas). Pues es muy bueno. Se ve que a Javi le mola el rollo de Carver y de Ford, por ejemplo, pero también de Colette. Un relato lleva a otro (esto de “un relato lleva a otro” admito que es una frase que ha hecho que me estruje los sesos, no como otros que la usan sin estrujarse los sesos ni nada, los muy desgraciaos). El sexo es bueno porque es sucio, pero es mejor por sucio que por sexo. La vida de las relaciones anda fatal por estos pagos porque los mozos y las mozas, al contrario que en mi pueblo, no son decentes, y luego pasa lo que pasa, pues que las cosas no funcionan y uno de ambos se tiene que quedar con el perro. Mucha golfería. Y este libro, proeza de Javier Palencia, es canonizable porque hace que te preguntes: Si sigo así ¿Adónde voy? Y mi opinión es que, en realidad, amamos demasiado hasta que ese demasiado hace que, por cosa del peso, nos olvidemos de amar. Amar, quizá, sólo sea folletear (bien con una pareja, bien con una vecina), pero luego qué queda, pues eso… te quedas mirando un huevo y dices: ¿Lo frío o lo cuezo? Javier Palencia, en sus relatos, sin duda, lo fríe y, una vez frito, se dice: Joder, otra vez le he hecho caso a mi puto cerebro (y encima no hay pan para mojar la yema, ni pan ni amor). Si para Burroughs el amor era una mezcla de sexo y sentimentalismo, para mi amigo Javi es una mezcla de huevo duro y pan de ayer, reseco pero ¿Con estas pintas cómo voy a bajar a la calle a por una barra si no me apetece ducharme y además no tengo un puto euro? Y luego está que él, en su vida real, está con una chica fantástica… pero eso son cosas suyas, volvamos al libro: Léelo, préndete de historias de amor de pan duro sin dejar a un lado el estilo que, en ocasiones, tiene algo de tradición francesa (esto no es un puto chiste, coño), porque el libro tiene chispa. Yo lo vi, joder, en su primer libro (titulado Cristo en Uyuni): Javi Palencia es un escritor de “chispa”. Si encima le añades todo lo que incluye el pack “La higiene íntima”, la cosa se pone seria, porque crece a niveles extraordinarios. No, si al final un día nos vamos a meter tú y yo, Javi, ese chinete de Caballo loco escuchando al Hendrix, ya verás. Un libro muy recomendable que el autor mueve como primera obra (aunque no lo sea), pacientemente y sin esperar gran cosa de su “bonito” regalo al mundo. Brindo por estos relatos!

Apuntes (1)

En esta noche atravieso desiertos verticales. Sólo son horas de facebook, donde proceder a contar historias imposibles a improbables lectores. Las dunas no obedecen a la gravedad y, por mucho que pretenda seguir la estrella de Belén, no alcanzo más que la representación de mi sombra en los azulejos de la cocina. No avanzo mi novela, que es una regresión inédita de un recuerdo fácil. Dicen que el aire comprimido de una escopetilla mata. Es un bluff.
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Me agarro bien fuerte a la vitalidad de Eugene Thacker. De pequeño creía que Cioran era Dios en lugar de un poeta tirando a bueno. Gibran y Tagore son esa basura invertida. Los hijos mayores de un idiota como el bueno de Jorge Bucay. Me gustaría ser él en los momentos en los cuales Bataille follaba con Beckham.
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En el XIX gente como Dickens en Inglaterra o Schniztler en Austria eran celebrados e invitados a galas de buen yantar por sus lectores. En el XX Kafka sólo vio atisbos de vida en cartas de señoras y murió tan anónimamente como curró en esas putas oficinas que le volvían majara. En el XXI me da que veremos al calvo de Sálvame devorando escritos de su hermano, el salvador. Y no nos enteraremos de nada porque bastante hay con salvar Europa. No. Nada se sabrá de DeLillo ni de Coetzee. Ni p falta que hace.
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100 de personas en el fb son una eternidad que sólo se acaba cuando a uno se le pira la pinza. Cuando tenía miles de personas todo resultaba menos trascendente, más de plástico y eso. Pues con la tontería resulta un símil de la actualidad europea. Te amo, Grecia.
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