La semejante criatura

blog dedicado a Mongolia, a Valseca también, y también salen fotos mías de pequeño y personas.

domingo

Kárate a muerte en Bangkok


Estimado Dr. Becerril Marcos o, en su defecto, hijo/a

Mi preocupación principal durante este domingo es, no ya su actitud escapista, sino la posibilidad de que usted sólo adquiera existencia en esa actitud.
Le diré, empiezo a entender que usted apenas se entera de nada -y, por favor, no lo entienda como una provocación-, que el edificio, durante los fines de semana, se queda prácticamente vacío.
Aquí, y esto se lo digo porque creo que usted no es que no se entere de esto sino que intuyo ni siquiera lo pregunta, los fines de semana sólo nos quedamos una bedel, una monja, tres ancianos, la niña que da gritos, el niño afrancesado que siempre lleva el Mein Kampf bajo el brazo y las hormigas. Ni siquiera están las mancebas, aunque he empezado a sospechar que son sólo fruto de mi entusiasmo durante mis –maravillosos, así como, por ello, dados a la confabulación- primeros días. Lo mejor, en definitiva, es que los familiares de los jovencitos que entran en mi habitación a robarme las esponjas vienen en su búsqueda para llevárselos de camping.

Perdone que le increpe, lo hago para mejora de mi salud. Ayer fue, debido principalmente al motivo de recogida de pacientes, el mejor día en lo que llevo interno. Por supuesto, nada más marcharse toda la chusma me dije Eureka, este será el tiempo que usaré para dedicar parcialmente a mi tesis. Y así fue como comencé a escribirla, le diré, del tirón, apenas finalizada una carta que debía dirigir al Sr. director de este edificio, Pons Andujar, a quien le hablé de usted poniendo por las nubes su labor de corrector en lo que a mi tarea respecta.

Como bien le he dicho, permítame que hoy me dirija a usted como Colgajo de mono con lepra, no sólo ayer sábado fue el mejor día desde mi ingreso sino también el día en el que al fin arranqué mi tesis. Una vez empezadas las primeras líneas puse todo mi empeño en ello, convencido de que era mi tesis lo único a lo que podía agarrarme, supongo bien ayudado por lo que era una total desconfianza en lo ateniente a la voluntad de mis supuestos benefactores (Colgajo de mono con lepra y plantilla).

Apenas llevaba un grosor de 60 páginas, fue en ese entonces cuando mi puerta sonó (al principio creí que era usted e incluso levanté las manos victorioso) y, al abrirla, vi que era la monja.
Me llamó Señor y me dijo que debía ayudarla por mucho que cosas importantes estuviera llevando a cabo. Y vaya si estaba llevando a cabo cosas importantes, mi tesis, nada menos, Sr. de dudosa existencia Becerril Marcos al que hoy me permito llamar Colgajo de mono con lepra para mejora de mi salubridad.
Le explico, no obstante, Sr., debido a que no podía temer por la desaparición de mis chismes me presté a acompañar a la monjita pensando, inocente, en que me vendría bien airearme aunque fuera cantando canciones de flores a la virgen para volver a atacar más tarde el capítulo ocho de mi tesis. La monjita entonces me informó que sólo yo podía salvarlos.

Nada más salir al comedor allí estaba la niña que grita, señor, gritando, claro, pero esta vez con un crucifijo en la mano señalando directamente a la frente de la bedel, que se encontraba atada a una silla con un esparadrapo puesto en la boca. Los ancianos reían a carcajadas junto al niño afrancesado del Mein Kampf, que permanecía callado con las piernas cruzadas, un albornoz y un tetrabrick de zumo pequeñito con pajita en la mano izquierda.
¿Y qué me dijo que quería que hiciese? Pregunté a la monja. Entonces ella sacó un martillo de su bolsita y me lo dio diciendo: Señor, tienes que acabar con el caos.
Volví a mi habitación casi asustado, aún hoy domingo no he salido de mi silla y cama por mucho que apenas haya parado de oír murmullo y jaleo.

Me he concentrado solamente en leer lo que llevo de tesis. Durante la mañana no entendía nada de lo que había escrito pero, echando una última lectura, estoy seguro de que le va a encantar.
Es tipo Kárate a muerte en Bangkok.

Suyo a pesar de mis rebeliones internas que me llevan a coquetear con el insulto,
A.
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sábado

Estimado director de este edificio, Sr. Pons Andujar.


Escribo lo siguiente con el afán de informarle acerca de mis avances en la tesis (cuyo título he dejado a expensas de las lecturas -son varias- de mi tutor acá y benefactor, el doctor Becerril Marcos). Hasta ahí bien, pero mis avances son nulos.

Permita que me explique a modo de anecdotario con el ejemplo de lo sucedido el día miércoles de esta primera semana de febrero.

Me encuentro mejorado desde que comencé un periplo de ayuno, lo que no evita que me levante al toque de mañana media hora antes de la reunión para desayunar con el resto de pacientes. No obstante el miércoles pasado integré los timbres por error en lo que, supuse, estaba soñando, no despertándome hasta pasada una hora. Inmediatamente de darme cuenta de mi error, me levanté, corriendo, a lavarme la cara observando en el espejo que mi aspecto era muy similar al de una cría de osezno toda con mugre. Calculé que era poco probable que me diera tiempo a asearme para mi visita -le aseguro, de una trascendental importancia para mí- al Dr. Becerril, (como ya les hice saber en un primer momento, responsable absoluto de esta segunda oportunidad que me ha dado la vida para restablecerme, informándoles, en mi tesis, de mis atisbos de existencia. Por supuesto, dedicada a ustedes, egregios especialistas en el campo de la desaparición).

Sabía que no podía visitar a mi benefactor con una notable apariencia de andrajoso, así que encendí la ducha sin dudarlo a sabiendas de que el calentador tarda en hacer efecto y me introduje en el agua fría. Fue entonces cuando no encontré el jabón, Sr. Pons, y tampoco estaba la esponja. Me quedé quieto, aunque tiritando, bajo el agua. Y, de repente, en el momento en que ya no podía esperar ningún milagro, empezó a salir hirviendo el chorro. Como me abrasaba, cerré el grifo. Tardé en acomodarme a una temperatura estable y, al mirarme de nuevo al espejo, noté que la cría de osezno con mugre no había mejorado. No obstante, me vestí de nuevo el pijama de interno recogiéndome el pelo al mismo tiempo y salí por la puerta.
A la salida, en el pasillo, justo enfrente de mi habitación -muy confortable- encontré a seis pacientes, todos ellos jóvenes, que decían querer hablar conmigo. Les dije que tenía prisa y me dirigí inmediatamente al despacho del Dr. Becerril. Al pasar por el comedor observé que todas las mesas estaban recogidas. Una monjita de caridad me dijo: Buenos días, señor ¿Se encuentra usted bien? Le pregunté si sabía algo del Dr. Becerril Marcos y me dijo que el buen doctor había impartido consultas como cada miércoles, pero que ya se había marchado. Lástima, dije, no me dio tiempo a arreglarme. Ella me dijo que no me preocupara por eso, que me parecía tanto, tanto insistió, a nuestro señor.

Hasta hoy, día sábado, no le di importancia alguna y lo supuse como algo típico de estas ancianas ociosas que vienen a rezar con los pacientes que ya no tienen remedio. Fui educado y le dije hasta luego pensando en que había empezado muy mal mi día.
A pesar de eso, me dije que me tranquilizase y respiré hondamente en mi regreso a mi habitación. Allí escribiría una carta a mi amigo el doctor Becerril Marcos disculpando mi ausencia e informándole sobre todo lo que había estado madurando el día anterior.

Al llegar, Sr. Director Pons Andujar, los jóvenes pacientes seguían sentados en el suelo del pasillo, enfrente de mi habitación. Desde lejos les oí decir: Ya viene, ya viene. Antes de abrir mi puerta pregunté en alto quién tenía mi jabón. Y ante esas mis palabras, estoy seguro, esos jóvenes quedaron callados y vacíos. Sólo entrado ya en mi cuarto a la búsqueda de mi portátil comencé a oír algunas risitas.

Agradecido con usted y ciertamente temeroso de que me roben el resto de mis pertenencias incluidas las que posibilitan mi trabajo, (por favor, sepa disculpar la extensión de esta carta.)
Suyo afectísimo,
A.
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miércoles

Estimado amigo, Dr. Becerril Marcos

Hoy he estado guardando cola, cumplido el horario de desayuno, en la puerta de su despacho para agradecerle en persona que me hiciera llegar, a través de Dora, los ejemplares que sugerí en recepción, ya que considero fundamentales estas tesis para ordenar la mía y cumplir con ello de la mejor manera que sepa la obligación que me propuse desde que fui trasladado a este edificio y a la que usted, superados los primeros (así como pequeños) malentendidos, ha tenido la generosidad de mostrar su colaboración y apoyo.

Permítame proceder a informarle de algunos datos de posible interés acerca de mis avances:
En primer lugar mi ánimo se ha visto mejorado por la práctica del ayuno. Le aseguro que el primer sorprendido de que esta técnica haya funcionado en este sentido he sido yo, reconozco haberme equivocado rechazando en un primer momento la propuesta y, por favor, tenga en cuenta que mi rectificación no poco le debe a las conversaciones -cordiales en todo momento- con Juan, el bedel del turno de tarde (he llegado a realizar algunas anotaciones fechadas respecto a esta y otras situaciones que espero sirvan de testimonio, el cuál estimo completamente necesario integrar a la tesis).

La medicación apenas está alterando mi sobriedad, hecho que en un principio no cotejaba como posible y, aunque de consideración suficiente, los efectos secundarios apenas se acercan a la cota de mis experiencias -le aseguro, notablemente dolorosas- acaecidas durante finales de los años noventa.
Otro de los asuntos a reseñar muy positivamente es la integración de las mancebas. En mi estimación he de reconocerme sobradamente grato a la par que sorprendido por el correctísimo funcionamiento de sus trabajos, si bien le animo a barajar la inclusión de modelos de mozas menos agraciadas. Su distracción mejora mi salubridad así como, al tiempo, me hace descansar mejor; si bien, desde que fue iniciada la continuidad de las tomas, aún no he sido capaz de recobrar un apetito sexual moderado.

Otra cosa de la que quería informarle personalmente atiende a que he desechado apuntarme al régimen de paseos pactados tras el horario de comedor. Se debe, como comprenderá, a que son esas las horas que, he notado, mejor convienen a mi tarea, quedando libre para la partida de dominó a la que he sido apuntado por otros pacientes, permítame, cuya rehabilitación estimo cuando menos dudosa, aunque cuya compañía le informo libre de altercados.
Entiendo su tiempo muy limitado, no obstante espero poder tener ocasión de visitarlo en una siguiente consulta en la que usted tenga menos ajetreo que durante esta mañana. Cuelgo esto aquí con la esperanza que lo lea durante alguno de sus ratos libres y, por favor, haga extensivos los agradecimientos de mi parte que crea oportunos, así como, sin omisión alguna, a toda su plantilla.


Sinceramente suyo,
A.

lunes

Los juguetes, por Telsio Ramírez


En los colegios para enfermos siempre hay amores lo suficientemente raros. Están a tu lado, sentados en sillas giratorias, buscando en google maps dónde coño está su casa. Las casas se mueven y, sin embargo, los colegios para enfermos simplemente desaparecen y ya está. Así me lo dijo mi amigo un día que le vi por la calle. Supe que era mi amigo en el momento en que me lo dijo. Le dije que llevaba suelto. Me dijo que se alegraba de verme. Le dije que también tenía billetes, que cuánto quería y él dijo que me los metiera por el puto culo. Ya nada me separaría de él. Nos drogaríamos y violaríamos juntos a las mancebas y los mancebos. Lo otro no tenía ningún sentido igual que no lo tenía ninguna casa donde hubiera un piano en el salón.

En el primer Okey de chocolate estuvimos hablando de los bedeles. Qué gente más horrible. Decía. Le mordí a uno la cara hasta que sonó clok. Eso me dijo. Y yo pedí otros dos Okey de chocolate. Dije que no recordaba nada porque una cara y otra cara son una mera anécdota.

Al salir del colegio para enfermos no sabían qué hacer conmigo y he de reconocer que tampoco puse demasiado de mi parte. Dije, y entonces él me interrumpió. Dijo que ahora se dedicaba a no sé qué. No le hice ni caso. Tenía esa confianza extraña que consiste en decapitarse. Son esos los momentos que se recuerdan como los más hermosos de tu vida, en serio. Él hablaba y hablaba y, una de las veces en que me coloqué de nuevo la cabeza, oí la palabra “mecánico”, por ejemplo. Todo era maravilloso. Los recuerdos sólo pueden ser bellos aunque estés en un bar de mierda y con un amigo que huele a chochomono.

De los colegios para enfermos recordaba bien los grifos. Nos desnudaban unos bedeles y nos metían debajo. Nadie podía comprender de dónde venían esas costumbres ancestrales. Estaba a punto de decirlo, de contarle eso y también que aún no se me había pasado el vicio de chupar paredes, pero noté que mi amigo seguía hablando de algo importantísimo y me callé. Fue cuando la cabeza volvió a pegarse cuando no supe qué hacer.
Dije que cuánto se debía, pero la señorita no oía nada. Entonces mi compañero dijo: La mejor droga es mear en los cables de alta tensión. Sí, dijo, a mí esos hijos de puta me hicieron beber no sé cuántos litros en una letrina hecha toda de cables. Y se reían. Eso decía mi amigo. Y luego repetía: pues esa es la mejor droga. Pregunté ¿Qué? Dijo: Nada. Le dije que la camarera estaba sorda. Dijo que no se conformaron con joderle de abajo, que luego le hicieron mirar al sol. Dijo: Primero me colocaron piedras encima del pecho. Apenas me entraba un chorro de aire a la hora en los pulmones, podía oír que mi corazón no paraba y recuerdo que fue entonces cuando me pusieron las pinzas en los ojos y encendieron esa luz. No sé cuántos días pasaron, concluyó.
Quedó callado y me miraba la ropa o algo y volví a decapitarme, jugué un rato al fútbol con mi cabeza por entre las mesas. Estaba todo bien. Fue cuando volví a colocarla el momento en que miré que afuera era ya de noche. Mi amigo seguía ahí. Dije que la vida era no sé qué. Puede ser, dijo. Asentí con la cabeza sobre los hombros creo que incluso a sabiendas de que estaba allí.

Antes de abrir la cartera vi que la señorita estaba barriendo y miré de nuevo a mi amigo, pero esta vez con intención de decirle algo importante. No alcanzo a entender por qué empezó a reír largamente. Parecía un recién nacido. Aquello no tenía ni pies ni historia. Se lo dije entonces, pero no he vuelto a cruzarme.
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Como quien besa un labio muerto antes de acostarse.


Hay varias cosas encima de la mesa. He pensado que podría enumerarlas. Voy a ir de cerca a lejos, primero hay un cenicero de agua con colillas, luego un pañuelo de tela blanco arrugado, más allá está mi impresora -un amor quizá algo extraño, pero nada comparable al de otras especies de animales-. A su derecha hay carcasas vacías de cedés y, cerca de ellas, unos trece o quince separados -algunos vueltos- todos, compruebo, señalados por mí con fechas y que, salvando ese dato, no tengo ni idea qué contienen (y menos ganas aún de comprobarlo). Al fondo del todo hay unos libros -bolsillo- apilados. El de arribota es Desgracia, de Coetzee, en la edición con foto de la película -un regalo, seguramente- y que no he leído aún salvo sus primeras cinco páginas. Debajo hay otros libros, todos de los que me trae mi tía del kiosco y, abajo de todos ellos, el escáner, que no estoy seguro de si funciona o no.

Mañana se cumple un mes de mi nuevo inicio a la habitación. Observo algunas fotos -todas ellas suficientemente antiguas- y las uso como una brújula para ver por dónde he de dirigir este nuevo escrito o año o lo que sea.
He empezado bien. He ganado 60 millones de euros a la lotería de El niño y el elevador de serotonina que mi especialista me ha recomendado -Esertia- me aplaca la ansiedad de una manera muy efectiva. Mi apetito por las cucarachas etc se ha esfumado y, salvo quizá alguna pequeña hormiga de la cocina, ya diría que casi puedo presumir de no comer insectos. Apenas bajo al sótano y, si lo hago, es casi básicamente para eliminar la suciedad. Libero a las polillas de los armarios y observo plácidamente cómo desaparecen a través de la ventana. Distingo en su vuelo -torpe- señales típicas del destino como la fecha en la que moriré (en otro de los vuelos interpreté que era asesinado, por error, de un seco balazo, pero no un suicidio de esos, sino un niñato gilipollas que, quizás al igual que su víctima, se había confundido de dirección).
Un día que salí -cobro típico con su consecuente papeleo- me perdí en la ciudad durante un tiempo de aproximadamente doce cigarros extra-largos, resultando en la parada de autobús que, creo, suelo usar para después aparecer en la puerta de mi casa. Al meterme la mano en el bolsillo di con una llave y después, como de costumbre, no supe desde dónde narices escribía esta frase que termina aproximadamente aquí. Como no sabía qué hacer con ella la colgué en el facebook. Me hice socio o como se diga hará un año y me tiene algo enganchado.

Esertia es un planeta típico que contiene los mismos monstruos de siempre, pero todos, como el propio, están a lo suyo, con sus trabajos, titis y eso. He salido ganando. Llevo una vida sana y jamás se me ocurre pensar en Wilhelm Reich cuando como una coliflor. Tampoco escribo, o casi no, es decir, lo mínimo y para otros/as. Tres hormigas al mes es una dieta más que suficiente. Otro día salí a pedir tortitas con nata. Ahora quiero ser como las solteras de mi barrio. Pienso en Chiky, en el café de Chiky y en el día en que se murió de cáncer la señora que me guardaba la tarta de nata y turrón en mis cumpleaños.
Dudo si enumerar más cosas o idear un alejandro para titular este primer post del año. La verdad, no se me ocurre una manera de acabarlo.
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martes

Ch. 2

El mundo va mal. Ayer compré un calendario de Camboya porque el niño de la portada era yo de pequeño. Mi identidad se perdió sola en despachos de psiquiatría y doctores. Yo no fui. La esquizofrenia no existe. En el país de los ciegos el tuerto es un colaboracionista. El taxista -tuve que coger taxi- que me acercó ayer a Cuatro Vientos me dio una lección sobre el llamado efecto invernadero. España son las Españas que caben en un Palacio de los deportes. El mundo imita lo que ve en facebook o twitter. Cuando llego a casa me meto en el pijama porque veo en él el calor de una familia que ya no existe. La navidad es un añadido de haloperidol sobre la voz de intereconomía y luego está la lluvia, que tanto se agradece. Las calles son un vicio ya de vacío en la era del uno. La persona se parece al malo de Terminator 2. Me he dado cuenta de que soy burgués porque aún no me he pasado al tabaco de liar. En el trabajo, la recepcionista me atiende con amabilidad porque no sabe, como yo, porqué sonrío. Es el puto niño de Camboya, creo, que quiere sustituirme. En los últimos tiempos lo más apasionante que he hecho ha sido abrir un paraguas. Echo de menos dar miedo por la calle a los ancianos. Voy limpito para no quedar mal y no reconozco a mis amigos. Decidí marcharme de la facu el día en que, en un despacho, procuraba explicar la justicia de un puto aprobado. Dije a la maestra que me suspendiera, por favor, y que gracias por su tiempo. El tiempo es un avión y las hélices aspiran a vencer la velocidad de los átomos. Hace dos años, cuando iba para el autobús, me hice amigo de dos vagabundos que me pidieron tabaco y así siguió hasta que decidí esquivarlos, ir por otras escaleras. Ayer los vi jugando a los chinos. Uno dijo hasta luego. Me llaman el hijoputa. Dentro del pijama a veces no aguanto el calor. El pijama me trae a cuando me lo tenían que poner porque llegaba a casa baldado y sangrando, recuerdo, en Valseca. En Valseca, por semana santa y verano, nos íbamos a una cuesta en bici, nos dejábamos caer y perdía el que se despeñaba. Había que derrapar al pasar la gravilla. Acostumbré a llegar a casa con heridas. Nunca me rompí nada, ni cuando me patearon la cabeza. La esquizofrenia es un mito moderno medio urbano. El coronel Truman no existe. Le he estado buscando en la guía. Quiero ser cura. Antaño al cura del pueblo le eran permitidos la mala ostia y hasta el pegamento imedio. Mientras preparábamos los utensilios nos bebíamos el vino, fumábamos sentados en el altar, los monaguillos, antes de dar las campanadas diciendo: como entre ahora... El frío existía más a menudo que el hombre del tiempo, aunque el hombre del tiempo haya desaparecido. Pero todo eso era un prólogo de la nada. Ayer otro. Hoy es ver una cima en mitad de una montaña que nunca ha asomado, el sol tiene sobredosis de serotonina al igual que el Papa y Rambo contempla mecerse una zarza en un arroyo. La gente que lo ve dice: parece un lama. Bambi es dios. Asegúrate de follar con las que tosen, decían en la peli. Las mascotas han tomado el poder y van siempre con un puerta de un pub. Me pregunto si tengo dinero y años para hacer una carrera, para volver a ser Pocoyó y morirme, tosiendo, en el camino, pero de verdad, no en coña, y que nadie se entere. El soldado Ryan también sueña con algo. Los solipsistas parecen asnos y caminan entre las bombas en busca de un sitio donde hacer un pis.
Todo esto es lo que me dicta Charly. Después lo leo, a ver si veo algo que sea yo. A casa hoy ha llegado por correo ordinario una felicitación de los chicos apadrinados por mi madre en Madagascar. Deben de tener ya veinte años. Quiero que se vengan a vivir conmigo y que salgamos a la noche, a meternos y follar.
A vuelta de correo les voy a enviar una novela de Benjamín Prado.
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Ch.

Me es habitual desde hace muchos años sentarme en todas las cocinas que conozco para hablar con Charly. Es el loro. Tiene apenas los años que yo y me ha enseñado todas las palabras que se sabe. Sólo con él logro mantener conversaciones fluidas que además llegan a puerto. Mi vida consiste en preparar café mientras él cita aquello de que para la felicidad son menos nefastos los males que el aburrimiento.

En una de las ocasiones en que perdí la demencia abrí su jaula y le dije que marchase. Pero sólo se marcha a/en mí. Viene hacia uno de mis hombros mientras yo, que tan sólo imito su vida, marcho al otro, y en ese columpio echamos la mañana, el mediodía y la noche hasta que, en una ida de olla, me sé dueño y lo acerco, en un vadeo, adonde duerme. Así es al menos en estos días que van del 24 al 31 de diciembre, y también durante muchos otros.

Hoy está en mi hombro mientras yo vuelvo a la cocina -altas horas- a ver si hay un poco de tisana. Cuando me siento al ordenador me dicta las cosas que tengo que escribir y luego me desparasita los oídos, con el pico, me he preguntado si acaso de otras voces. (Otras voces son unos niños en un parque lleno de juguetes y chicas -verbeneras-paseando perros.)
Cuando se cansa, por lo que sea, salta de mi hombro y busca, bajo el mueble, hacerse de noche. Me suelo dar cuenta tarde porque sigo metido dentro de su dictado y es cuando ya no encuentro salida alguna entre sus palabras el momento en que le llamo y le digo que salga o le zumbo.
Como los mejores soldados, nunca hace caso a la primera.
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