miércoles

Idiot prayer

Soy feliz sentado en el porche a la espera de la primavera. Me echo por encima un albornoz y contemplo a los insectos que vienen hacia mí e intentan, en vano, traspasar mi piel a la altura de mis desnudos tobillos. En otra época lo conseguían, cuando yo tomaba drogas alucinógenas, es decir, drogas de verdad, a la par, por supuesto, que los opiáceos. El pasado sábado tomé cocaína después de unos tres años sin probarla (y antes de esos tres años otros dos o tres). Siempre me ha parecido una droga para maricones que, nomás, te hace sentir así como más eufórico. Mi rechazo total convino al tiempo que descubrí que la empatía se veía muy disminuida en virtud de un jolgorio o envalentonamiento que no me interesaba lo más mínimo. La tela de araña que había junto a la lámpara de la casa del pueblo no desaparecía a no ser que uno pasase un paño. No sé si me explico. Esto sólo lo digo por si entran en mi blog algunos presumidos, gente como con la que estoy algunas veces. Ya no digo por ahí que tengo un blog. Mientras estoy sentado en un ladrillo del porche en contacto con los insectos a la espera de la primavera veo a mi blog como una migaja que he situado entre el tiempo y el espacio, por mucho que se encuentre en la red, invisible para mis amigos los insectos e intocable para mí. Representa sólo que tenga o no ganas de escribir. Contar lo que sucede con la casa, con Dios y el resto de enfermos mentales que la habitamos, incluidas mis salidas, últimamente poco habituales. Es mejor la ficción. Mi relación conmigo acá únicamente me proyecta de cara a la nada que, ya dije, es la red. Contar los pasos de uno mismo es algo parecido a hacer de cura, y la mayoría de los que he conocido no me han interesado demasiado.
Escribo poco porque no sé qué contarme. Si quisiera contarle algo al mundo hablaría de la rosa (como Juan Ramón). En muchas entradas hay de eso mientras mi ideal de vivir en permanente contacto con los locos ha desaparecido rotundamente hace tiempo. Me quedaré aquí, en albornoz, con mi pobre pensión para cigarrillos y alguna manzana. Sólo cuando necesitaba alcohol todos los días mi vida se iba por el desagüe, yo veía en mi vómito una especie de camino a seguir. Esto es cierto. Una borrachera invalidaba la del día anterior y los días se iban casando unos con otros en la parodia de un vaso ancho con hielos. Al menos me duchaba para ir al supermercado. Es otra manera de verlo.
Ya he dicho que no tengo amigos. Odio a esos apestosos que me recuerdan todo el rato que no puedo beber. Sí puedo si quiero. Que se metan con lo suyo. Además de todo eso tengo mi libido bajo control. No necesito mucho en mi vida, ni siquiera mendigar. Ella cierra los ojos. Se me había olvidado de que la había llamado para que viniese a tomar un café conmigo. Le confieso que mi polla se encuentra a muchos kilómetros de este porche, así, como quien fuera a cortar el hielo, o el fuego, según se mire. Ya sabe que, cuando me percato de una situación, suelto una incoherencia y, la verdad, siempre que acepta un café en mi casa, lo hace para llevarse música o libros. He terminado Bella del señor, le digo. Hay un capítulo que me recuerda a las naderías que escribo. Solal, el protagonista masculino y cuyo nombre se remonta a la primera novela de Albert Cohen, escrita muchos años antes, se encuentra caminando por París. No hace nada, tan sólo camina, alrededor suyo tampoco ocurre demasiado, sólo cosas “típicas de la ciudad”. Puede hacer cualquier cosa porque, entre otras cosas, es rico, pero no hace nada, anda, se sienta, alguna vez se toma algo en una cafetería u hojea algún periódico... bien, pues así, le digo. Como no dice nada le informo que sucede en el último cuarto del libro, que es un tocho. Por fin dice algo así como ¿Y qué pasa, que me lo recomiendas? No, no. Insisto. Bueno, o sí, digo. ¿Qué más da? Dice que se tiene que ir a yoga. No entiendo de veras por qué va y le digo que no creo que haya mayor yoga que permanecer aquí. Mientras se levanta me dice que por qué tiro la colilla al suelo teniendo un cenicero al lado. Es para que jueguen los bichos, además mañana viene la asistenta.
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martes

Bajo la mesa del pollo y con una edificante cara de subnormal

El día en que me descubrí a mí mismo debajo de la mesa sobre la que iba a comerme un pollo asado observando el aterrizaje de las tórtolas al lado de las migas que mi yo sentado dejaba caer al suelo de la terraza colindante me vi cara de 18 años, acaba de superar el acné juvenil y me drogaba a menudo y me acostaba con una chica que no recuerdo en absoluto en hostales de mierda que pagaba ella (con tarjeta) me saludé como si tal cosa acto seguido de atarme el mantel al cuello y observar si cada cubierto estaba colocado en su correspondiente sitio. Poco después de ese estar bajo una mesa yo perdería la cabeza y fácilmente hubiera sido una leyenda (de hecho lo fui) si mi muerte hubiese venido de verdad y no sólo como una invención de gente que solía regodearse ante otros de mi amistad. Que yo sepa nunca he tenido amigos. Poco después, equipados con neceseres del programa Los libros de la 2 de TVE, llenarían mi casa de cámaras ocultas. Juancho Armas-Marcelo, ese escritor de mierda, me lo diría en el Hotel Kafka de mierda y yo le diría que ya lo sabía. Al parecer a él lo que le llamó la atención de mí videado hacía más de diez años era la obsesiva manera que tenía de masturbarme. En el año 2011 perdí la libido debido a unas medicinas venidas de la granja de desintoxicación (alcohol) y pude librarme de ello. Desde entonces hasta ahora, que abandoné mi relación con droga y alcohol, pasé a desentenderme del pasado. Los niños venían y se agarraban de mi dedo para cruzar la calle. Decían: gracias señor. Yo caminaba solo por Madrid. El resto era mi pensión mensual y leer. Eso soy ahora. Pedí vinagre para el pollo y procedí a comerlo. Me gusta salir a comer de menú una vez cada dos semanas, a veces lo hago acompañado, pero en esta no era el caso. Enfrente mío había unos albañiles a la izquierda y una pareja cuarentona a la derecha. Demasiadas voces en ese restaurante. Como mis problemas con el alcohol ya habían acabado definitivamente le dije al barman que me trajera un whisky con hielo, que me daba igual la marca. Empecé a escribir compulsivamente a la edad de 16 años. Entre mis obras está la vida del psiquiatra que atiende a Holden Caulfield en El guardián entre el centeno. Me ofrecieron un par de premios literarios que rechacé para no tener que seguir comiendo pollas durante el resto de mi vida escribiendo, porque era algo que tampoco iba a dejar de hacer por las buenas. Hace poco un amigo, en su entusiasmo heavy metal, me digo "pero si tú ya eres Samuel Beckett ¿Para qué vas a escribir?". Joder, yo leo a Lope como todo el mundo, le dije. Yo leo a Lope, ese es el santo y seña de nosotros, los escritores de la nada. Me llamaban genio, al igual que en mi etapa de dibujante, cuando era estudiante de la nada en la facultad de bellas artes de la universidad complutense. Tomaba (y aún sigo) química bloqueadora de los neurorreceptores. Difícilmente podía dibujar lo que veía bien fuera dentro o afuera de mi propia cabeza absorta bajo la mesa del restaurante con terraza. He sido homenajeado varias veces como artista y existe una persona en Mountain View, California, que ha leído cada maldita entrada de este diario (que supera las 400) al igual que otro desconocido, demasiado torpe, que quiere existir en mi mente como bulto. Mis padres leen mis entradas, también en las que asesino mujeres (en alguna mientras la horca hace su efecto meto mis dedos, definidos como grasientos, en su cosita y cosas por el estilo mientras permanezco atento al momento en que la vida abandona sus pobres cuerpos). No son cosas que no haría en la vida real si dejase, como en tiempos, decidir a mi esquizofrenia. Saco la cabeza a menudo a la superficie para hacer alguna broma, como quien sale a fumar un cigarro en horario de oficina, la mezclo con el payaso y con el niño, con el genio y con los inexistentes amigos del genio, promotores todos de su figura de hombre amenazada por un niño armado mascando un chicle que también es ese hombre. Todo torpezas, viajes, confusión. Bajo la mesa hay un hormiguero que tapo con el culo del vaso (ya vacío). Pido otro whisky. Es para celebrar que estoy curado. Tampoco puedo quejarme de las sesiones de alcohólicos anónimos. Allí me invadía la paz de Dios. Dios es bueno con la gente que juega a redimirse, pero redimirse es injusto para con la propia persona, para con la idea. A nivel individual es lo que extraje de mi lectura del Manifiesto comunista. Hice un trabajo sobre ello a la edad en que aparezco bajo la mesa, pero aquellos profesores de sociología eran todos una panda de engreídos. También leí a Hitler (aburrido), El Leviatán de Hobbes y alguna cosa más. Creía que mi inteligencia asimilaría con el tiempo esas ideas de administración y gobierno sobre las que el mundo giraba, pero nada de eso sucedió. Me desbordó mi imaginación de nuevo. Para quien no lo sepa es un barco hecho de papel que naufraga una y otra vez contra el mismo islote. El islote es una negativa a la experiencia y finalmente te ves recluido, imposibilitado para leer La montaña mágica (por poner un ejemplo de la época) en un parque de atracciones donde te han recluido para mejora de tu salud mental. La cobaya en la que te conviertes empieza a tragar las migajas de las tórtolas de principio de este texto y no ves más allá de alguien que está enfrente procurando que memorices unas cuantas reglas. Quedaba agarrarse a algún nervio remoto y escribir. Nada de eso se aprende en el exterior. Una vez escrito lo que sea se lo tiendes al recién adolescente de debajo de la mesa e interpreta. Tú no. Tú estás sobre el escenario, decidiendo si recaer o no en la travesura que, a buen seguro, crece en su cabeza extendiéndose como una gangrena sobre las idas y venidas de esos amigos que, en alguna ocasión, te han llamado para decirte lo siento por la muerte de tu abuela, la mujer de tu vida.
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viernes

Going home

A veces me siento enfrente de la ventana e imagino que pasan aviones que viajan hacia insospechados destinos, las caras de los pasajeros se me aglutinan en la traquea y no sé distinguir una de otra en la hora en que las azafatas reparten los utensilios para la comida. Será un viaje largo. Algunas veces estoy yo dentro del avión. Viajo hacia Morelia (México) con un libro en la mano (la biografía de Beckett escrita por Klaus Birkenhauer y traducida al español por Federico Latorre) que he comprado para regalar a cualquier ser inventado que vaya a esperarme. En el cartel que sujetará mi anfitrión fantasma, al lado de mi nombre, mal escrito, se leerá “Se aceptan propinas”. Anochece y la sábana preñada de azúcar sobre la vitrocerámica sustituye esa visión por la de unas crías de pájaro durmiendo. Han anidado en el jardín de mi casa y, las veces en que no imagino aviones en esa sucia ventana del tejado, les visito en lo que llega la madre que, en un principio, huye de mi manera de irme y así dejarles crecer en este aeropuerto de churruscados Ícaros comestibles. Soy bueno y hago los recados de la casa. En la panadería digo los buenos días y me atienden muy bien. En los días festivos de las grandes recepciones oigo el llanto de las langostas mientras se cuecen, pero hago como que no y, en lo que ese chirrío de llanto ultimísimo genera un tren descarrilado en mis imaginaciones, me abstraigo hablando con la novia de un primo venido de Grecia y que ha aprendido a decir Fresa tierna con perfecto acento segoviano. El cochinillo ya sangra sobre los platos de la mesa del salón y un invitado cuyo nombre no conozco y cuya cara ya se me ha olvidado bendice los alimentos. En un acto de ligera provocación echo mano del queso antes de terminado el pertinente rezo. Es de cabra. Poco después un tío lejano mío reparte el vino (cosecha del 96) en los anchos vasos. Vuelvo a la habitación, mi cuerpo está troceado en la maleta que usaré para mi viaje a Morelia, a saber aún cuando. Me gusta mirar esos trozos visitar comisarías, hacer preguntas sobre la consecución del pasaporte. Tras esas visiones toco los trozos para oír cómo crujen. Apenas noto dolor porque mi cabeza se encuentra viviendo en un tiempo pasado, remoto, rodeado de las tumbas de mis desaparecidos compañeros de camino. En Morelia (México) la vida es idílica y el clima maravilloso. La gente apenas se suicida allí (para eso ya está Austria, como se sabe, por ejemplo). Desde el avión veo el pequeño trozo que es España y disparo últimas balas sobre seres queridos que aún viven y crecen en la misma inocencia y viento que las crías de pájaro que habitan en el jardín de mi casa. Aprenden a cantar canciones que yo nunca conoceré. Abriré la biografía de Beckett que en realidad me he regalado a mí para mi viaje y leeré por encima en lo que llega el primer whisky en vaso de plástico a 5´50 eu. No olvidar: Chicles de nicotina. Atrás, agarrado en toda su forma por barro, queda un corazón aún latiendo, revoloteando de orgullo sobre la ponzoñosa charca, pues he tenido que inventarme un corazón nuevo. Compulsar el carné de identidad a mi llegada a la embajada tres días después. Comprar una pistola. Mi lista de cosas por hacer roza el ciento y pico mil. Ahora, por favor, dejar de pensar en eso. Concentrarse por ejemplo en alguna muchacha del avión o el libro o la película que saquen en las pantallas. Estaré mirándome, como hace un rato mis trozos dentro de una maleta, con harapientas ropas, aunque perfumado, sosteniendo un tercer whisky en vaso de plástico y chupando la boquilla de un plástico de mentol. El amor es muy agradecido. En el portátil llevo íntegra mi obra literaria (escribir, no escribir, escribir, no escribir. Esta margarita tiene cuarenta y pico mil pétalos). En ella residen a la manera de una composición de Juan Gris mis venas, que son un camino que desemboca en el océano que habrá abajo. En el trozo llamado España se queda mi borgiana biblioteca repleta de colecciones de música negra, son mi regreso, junto con Charly, mi loro, que no hablará y a saber si vive aún. Yo he prometido trabajar a mi llegada... en algo. Mientras, la novia de mi desconocido primo griego, vestida toda ella de felpa, me aborda en el pasillo de la mansión Masa y me pregunta en inglés cómo se dice felación en castellano. Imagino. Claro que... yo no estoy aquí. Y en una pared cerca de la casa leo "Mi domicilio exacto son los sueños".
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sábado

Dream a little dream of me

Ella estaba enfrente mía esta tarde. Hablábamos en inglés (my poor english) mientras tomábamos café en un bar chic del centro. Al salir de los baños había un espejo gigante. Cuando ella salía de hacer sus cosas se miraba en él ladeando las caderas, se ajustaba la mini y la visión de sus medias estrangulaba la noción, cada vez más creciente, de que yo era feo a mis propios ojos por quedarme parado, sin dar un paso hacia delante ni hacia atrás. En las fotos que hicimos con mi móvil aparece mi cara junto a la suya. No parece infeliz. Yo salgo con los ojos cerrados debido al flash. La despedida ha sido floja. En el autobús he cerrado los ojos tan fuerte que han caído hacia dentro dejando las cuencas al aire. Ahora comen de mis intestinos junto con otros animales, pequeñas criaturas ciegas. Al lado suyo los pájaros lloran. Yo no puedo olvidar, pero sólo recuerdo un tiovivo donde cantaba, de niño, mi crecimiento, con todas sus vicisitudes a flor de piel. En un descuido la he robado un beso que no ha sabido a nada. Después se ha reído, ocultando sus dientes extra-blancos con la mano. He salido a la calle a encender un cigarro que tampoco ha sabido a nada. Mientras se consumía podía ver cómo gemía últimas palabras. No he querido hacerlas caso y he vuelto a mi hogar frente a ella. Yo era un paleto recién salido de su choza del pueblo. Me cuesta escribir, ya he dicho que sólo recuerdo un tiovivo, pero la imagen del cigarro acabándose me ha venido bien y no me apetece meterme en la cama, al menos hasta que las drogas que he usado empiecen a surtir efecto. En mi inglés no había hueco para escritores favoritos, la belleza me pedía perdón de rodillas. Sólo asesinarla podría ahorrarme la vergüenza de que sólo existo a los ojos de la caridad. Mi tía, mi padre, mi loro, los putos libros y la música, que no suele servir para nada. Las top models filipinas doctoradas en turismo son muy simpáticas. He intentado reírme de algo que no fuera mi cara de nada y, al no conseguirlo, he pedido otro whisky calculando que tenía dinero suficiente para pagarlo todo. Me han subido en diez euros la ayuda del estado (dos whiskies en honor a nuestro gobierno). Mi enferma mente ve en eso la posibilidad de ahogarse en uno de esos vasos anchos. Ella jugueteaba con su aparato móvil mientras yo era la mosca que se ha metido dentro de mi vaso y no sabe salir, pero mis lágrimas todavía estaban allí en mi intento de no hacerlas demasiado caso. Luego me ha dicho que me enseñaría a bailar. Me ha acompañado a la librería, luego se ha marchado y mis rotas piernas, que debían desplazarse hacia otro lado, decoraban, en un visón improvisado, su cuello en lo que yo buscaba que se girase para mirar mi existencia por última vez, aunque hayamos quedado para otro día. A mí me gusta darles la patada yo a las chicas guapas, pero no he sabido. Comprimir en mi mente su cara y someterla a la muerte por ahogamiento, todo repentino. Un infarto de cara y al día siguiente al bar del tanatorio a beber con mis demás amigos, también humillados. La humillación une tanto. Quizás no debía decir que mi pene no cabe en sus putas islas, que tienen que adherirlas todas con pegamento imedio para que yo pueda sacármela y mear en tierra firme. El pobre océano ha dicho mi nombre y yo he despertado, con los ojos hacia dentro, en el autobús que me conduce hacia mi pueblo de mierda, hacia mi casa de mierda, con sus buenos días y buenas noches y, gracias a dios, el café y estos malditos cigarros que se consumen diciendo incoherencias. Mañana tengo cosas que hacer como sacar basura del porche, arreglar flores. Quedaré dormido junto a un tallo y soñaré con unos monstruos amables que se coman mi corazón sin que, al menos, no salga ni una sola palabra de su boca. Hoy no me he enterado de las noticias. Con una pequeña muerte caminando delante de mí es suficiente. Es tarde, pero me gustaría decirle unas palabras a la vida, que es cualquier cosa que se encuentre enfrente tuya. Me gustaría decir hola de nuevo, coger el vaso ancho con el pulgar y el índice de la mano derecha y después, después qué sentido tiene hablar. La noche ha caído sobre mí y mis recuperados ojos están en medio de su oscuridad pidiendo auxilio. ¿Mancillar otro cadáver? Quizás otro día, cuando regrese.
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domingo

El animal despierta solo como el invierno (entrada nº 400)

Me desperté poco antes de que Alicia viniese, recuerdo el olor de mi orín que parecía whisky escocés y que me vestí rápido con la ropa del día anterior, abrí la ventana y entró a la casa una melodía de coches roncando, al mirar el reloj vi que había entrado bien el mediodía y también noté que, afuera, el frío cortaba. Me preparé una ensalada facilona y la comí mirando la hora, luego fregué el cuenco y oí las campanadas del viejo reloj de madera de roble que, en su esquinita del salón, escrutaba los demás rincones de la casa con medido cálculo. Al entrar Alicia me dio dos besos y luego se quitó sombrero y guantes de lana dejándolos encima de una silla de la entrada. En realidad me acabo de levantar, confesé, no hay nada que hacer salvo esperar momentos como este, lo que por otro lado me colma. En verdad la noche anterior, antes de echarme, estuve viendo estúpidos anuncios de teletienda mientras abría cervezas sin alcohol. Le pregunté si quería café antes de que hiciésemos el amor. Era una broma, dije después, y puse café para dos. Nos sentamos en la cocina, cerca de Charly, mi loro, a quien ella veía muy exótico. Pero ya te he dicho que sólo habla conmigo, le advertí. Me preguntó si picaba y le dije que efectivamente, salvo a mí, y no sólo eso, enganchaba, rebanaba y, finalmente, comía, tranquilo, como si todo aquello resultase parte de su vida de animal encerrado de por vida, con la escasa libertad de hacer a veces equilibrios por encima de mis hombros recogiendo carantoñas que yo le hacía a falta de un bocado mejor con el que entretener mi cuerpo de mendigo. Así dije, palabra por palabra. Alicia me preguntó si no tenía sacarina para el café. Yo le dije que tendría que buscarla. Déjalo, dijo, también me gusta amargo. Yo me eché dos cucharadas de azúcar moreno. ¿Cómo van los recuerdos? Me preguntó. Vacilé por un momento, dije que algunas cosas me resultaban muy confusas todavía y que algunas palabras me costaban, pero que procuraba ensayar a menudo cuando me metía en la cama o en las horas muertas. Alicia y yo nos conocimos antes de que yo me abriese el cráneo al caer por las escaleras de un cuarto piso. Al abrirme el cráneo salieron algunas cosas y una de mis ocupaciones era hacerlas retornar para luego, después, en una tarea aún más difícil, colocar cada nuevo elemento en su correspondiente lugar. Esto exigía terapias de observación y ejercicios de memoria. Escribir me sigue ayudando, le dije. Ella y yo nos conocimos en un seminario sobre fotografía en un pueblito de Ciudad Real, luego resultó que vivíamos en la misma ciudad y, en fin, como cualquier cosa que pasa en la vida, nos hicimos colegas a pesar de que no fuera precisamente la fotografía en particular ni tampoco nada en general lo que nos uniese salvo el reconocimiento mutuo, algo que podría considerarse cariño por ambas partes. He vuelto a dejar la bebida, le dije. Me dijo que mejor ni la viese. A partir de ese momento intenté que no toda la conversación resultase en mí y, menos aún, en mi recuperación cerebral. Le pregunté dónde se había comprado la camisa y dijo que era un regalo de su hermano por navidad. Después todo era silencio y yo recordaba las veces en que conocía a alguna muchacha en la pubertad. Oye, si vamos a estar callados mejor hacemos el amor, dije. Ella fingió que mis palabras habían salido de mi boca con cierta socarronería. Aquí no hay nada, le dije refiriéndome al pueblo, cuatro vacas, dos caciques y dos moros que las ordeñan para ellos. Ah, y cinco gallinas, pero no sé dónde están, dije. Ella dijo que no sabía dónde estaba y que le había dejado el novio, que no recordaba si me lo había dicho. No lo sé, dije e intenté animarla imitando a un mono subiéndome encima de la silla y dando saltos ¿Qué haces? Me preguntó. Comprendí la seriedad de su pregunta. Yo le dije que sólo pretendía animarla y acto seguido le ofrecí un cigarrillo que no aceptó. Yo sigo fumando, dije. En los dibujos del humo podía descifrar escenas de mi pasado tras el accidente, me inventé. En realidad no sé muy bien de dónde procedía el cariño que depositaba en mí Alicia. Éramos dos personas de humores muy distintos, casi me atreví a comentárselo esa misma tarde. Bueno ¿Y puedo ser yo tu novio? Pregunté. Tú no me gustas, Alberto, dijo riéndose como si la broma fuese suficiente. Yo le pregunté si había que gustarse y le dije que en verdad veía aquello del amor como una casa, un par de cómplices sonrisas y algún que otro revolcón. Le aseguré que para mí la belleza de las cosas era un baúl cerrado con nada dentro en un descampado rodeado de césped olvidado. Al mirarla fijamente vi que las ventanillas de su nariz temblaban, toqué con los ojos sus labios pintados por una cereza y sus comisuras blanquísimas y me repetí mentalmente las palabras “cereza” y “comisuras”. Por supuesto que hay más café, dije sin que ella dijera nada. Mi vida aquí es esto, cariño, le dije, si te pasas por mi habitación verás que hay muchos libros, también veo la tele, mis padres llegan sobre las nueve, la informé y, bueno, tampoco tengo dinero como para permitirme mucho más y, lo que es trabajo, poco que sea agradecido, aunque sí, a veces tengo alguno. Ella entonces me habló de la oficina y de que siempre tenía que coger muchas llamadas. Le pregunté si no salía por ahí a tirar fotos en sus ratos libres aunque conocía la respuesta de que había dejado completamente la cámara de lado. Le dije que yo guardaba la mía, aunque a saber para qué. Y ella dijo algo que me sorprendió en ella, algo que era simplemente “esos cacharros terminan cogiendo polvo en cualquier sitio”. Sí, dije, como entendiendo más bien que esas palabras que, quizá sin ton ni son, me habían sido tan extrañas en ella hubieran salido de su boca. Bueno, cambió de tema, te veo como siempre. Claro, dije. Tú estás bien ¿No? Y volví a lo del novio ese, ¿Qué es que te dejen hoy en día? A mí también me han dejado, dije. Siempre como quien no quiere la cosa, añadí. Eso o simplemente he tenido que desaparecer yo, y nunca dejé nota, la verdad. En realidad yo creo -continué- que, respecto a todo ese tipo de cosas estamos rodeados de tonterías, otros males que han sucedido antes nuestro y que se repiten en nosotros ¿De veras se puede evolucionar acerca de un tema tan raro como el encantamiento? Sucumbir, dije, es para mí ser feliz aquí con el loro, regresando de mi accidente, contemplando tonterías como un atardecer de enero. Y seguí, cuando todo va mal es cuando oímos nuestro pulso, una pulsación tras otra, la sensación siempre es que no cabemos en nuestro cuerpo, y seguí monologando. Ella no sé en qué orilla de la mesa estaba exactamente mientras yo hablaba. Luego dijo que había muchos cambios repentinos en su vida y que, bueno, por otro lado tampoco dejaba de ser ella misma, según notaba. Me permití resultar cansino y le dije que si nos acostábamos. Yo, le dije, podría estar haciendo el amor todo el rato que me quede de vida, y le informé de que eso también lo entendía como una tontería más. No hay nada que hacer en el mundo, sentencié. Eso nos pasa. Luego dijo que se marchaba porque quería ir a la peluquería. Mientras se ponía los guantes, no sé a qué son, me llamó animalito. Le acompañé hasta la puerta y nos dimos un abrazo y dijimos que nos veríamos, como siempre terminábamos haciendo, por otra parte, aunque de año en año. Al cerrar la puerta un puño golpeó mi pecho desde dentro, pero no abrí. Regresé a la cocina y, antes de ponerme a fregar, me puse otro café, miré a Charly en su jaula no decir, como yo, nada en absoluto, y bebí con la intención de ahogar a las bestias que, desde mi interior, querían mostrarse, aunque fuera sólo para decir que no estaban de acuerdo con la vida que llevaba, o con la que podría llevar.
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martes

El gordo (la primera semana en la taberna)

Hace menos de dos años estuve trabajando durante casi veinte días en una taberna. Entré por cosa de un tío mío y me hubiera quedado trabajando allí más tiempo si no me hubiese resentido de un virus C que conozco en mí desde que el mundo es mundo y yo puedo observar lo que en él acontece, incluidas asquerosas pruebas médicas y cosas por el estilo. El trabajo en la taberna era bueno para mí. Entraba a las tres de la tarde y salía entre la una y las dos de la madrugada y libraba los fines de semana. Era un trabajo fácil. En el segundo día ya conocía a la casi totalidad de asiduos y entre ellos había muchos chicos y chicas guapas, así como una pareja de viejos que apenas mantenía pellejo entre la multitud de sus caras pasadas por agua. En verdad no sé cómo hacía esa pareja para lograr un afeitado completo. Ella tenía muchos pelos debajo de las uñas y él apenas conservaba alguna de las caras que formaban entre ambos. Aún así debo de decir que ambos eran muy educados y, cuando les llegaba la voz para hacerlo, impartíamos conversaciones acerca de los animales de compañía. La señora prefería, recuerdo, los gatitos. Él decía que tenían muchos en casa y que les daban atún. A él, parecía, le gustaban menos los gatos que a ella, pero no le importaban. A veces vienen a dormir, decía, y se meten entre los dos. Cuando me pagaba con monedas podía contar entre ellas algún trozo de carne que al buen anciano se le había desprendido de alguno de los dedos. Y luego estaba el gordo. El gordo solía hacer aparición en la taberna a eso de las nueve. Iba siempre impecablemente vestido y vestía un anillo enorme que brillaba tanto como su calva. Fue lo primero que me llamó la atención de él. Luego supe que bebía gintonic. Lo pedía muy educadamente. De Beefeater, por favor. Y, cuando ya estaba puesto, pedía una hamburguesa de la casa, consistente en carne, lechuga, tomate, cebolla, queso, beicon y huevo frito. Le encantaba la mostaza, observé, al gordo. ¿Quiere más mostaza? Y el gordo decía: sí, por favor, si es tan amable. Le chorreaba por las manos hasta el suelo la mostaza, sí, al gordo. Luego bebía, sin haberse limpiado los morros, del gintonic, y una marca de mostaza enorme quedaba en el vaso. También le gustaba el ketchup, pero menos. Soy Sergio, me dijo el gordo el tercer día, miércoles. Sergio el gordo siempre tomaba lo mismo. En la televisión estaban echando un partido. Me preguntó si era de la copa de Europa. Dije que sí porque lo ponía en una pizarra que había leído a la entrada. El Real Madrid, dije. Le dije si quería un gintonic y una hamburguesa de la casa. Sí, dijo, por favor. Cuando le serví la hamburguesa le tendí muchos plásticos con mostaza. Me encanta la mostaza, dijo Sergio el gordo, muchas gracias. Era un día de jaleo en la taberna debido al partido, pero mientras limpiaba vasos y mesas no quité ojo a cómo se comía el gordo su hamburguesa, su anillo me brillaba en la cara cuando lo giraba de acuerdo con alguna de las luces de la barra. Por momentos incluso deseaba a toda costa que no se manchase su traje ni los pantalones y, efectivamente, era en el suelo donde aterrizaba toda esa mostaza que le escurría por la mano, no llegando a los puños de la camisa. Cuando le puse su segundo Beefeater me dijo que ya se estaba yendo el invierno. Yo dije que todavía se notaba algo de frío, pero que sí. Él dijo que la primavera le daba alergias y dio un primer sorbo a su segundo gintonic. Entonces, al unísono, un tipo vino a preguntarme dónde estaba el baño y marcó el Real Madrid. Dije que al fondo y fui al otro lado de la barra a atender a un joven que pidió cuatro cervezas más con el dinero en la mano. Al día siguiente el ambiente en la taberna era más relajado que la noche anterior. Observé que eran las nueve y media y que Sergio el gordo no había llegado, pero estaban los viejitos cuya carne era una incógnita. Eran muy amables cuando podían hablar. Él me dijo que lo primero que había hecho ese día había sido bajar a por churros. Él bebía mosto y ella clara de cerveza. En esos cuatro días no habían pedido nada de comer. Ni siquiera probaban los pinchos que yo les ponía, consistentes en una rodaja de chorizo o queso con pan, aceitunas o frutos secos. Al día siguiente, viernes, hablé de nuevo con Sergio el gordo, que volvió a pedir gintonic y hamburguesa de la casa. Me planteé si preguntarle o no, finalmente solté casi sin querer: ayer no vino. Me dijo que había librado, pero que había tenido un día malo, que su hija se había caído de una canasta y tuvo que estar en el médico del colegio. Pero no había sido nada finalmente. Ah, dije, esas cosas, como si a mí me hubiera pasado algo por el estilo alguna vez. Al parecer Sergio el gordo era un padre separado o algo así. Poco después Sara, la chica de la cocina, me dijo que Carlos (el jefe) y ella iban a tomar algo después de cerrar, que si quería ir con ellos. Le dije que una mientras miraba a Sergio el gordo comerse como un cerdo la hamburguesa especial. Yo no tenía nada en contra de comer como un cerdo y siempre que he estado solo lo he hecho, creo, no sólo miraba ese comer como un cerdo, podía ver cómo se juntaba esa manera de comer con lo orondo de Sergio y cómo se terminaba no manchando y cómo relucía su anillo y sus maneras al dirigirse a mí con su voz de niño y la expresión de niño en los ojos pequeños que tenía y su carne, tan blanca y, ahora, su hija en el colegio y su puta mierda de vida que no me interesaba realmente lo más mínimo. Ese día Sergio se tomó cuatro gintonics, miró su reloj y se fue como cualquier día. Yo me arrepentí un poco de haberle dicho a Sara que saldría con ella y con Carlos, que no me gustaba demasiado al igual que Sara, que tomaría una con ellos al cerrar, pero no había marcha atrás y tampoco manera de haber dicho que no, creo, cuando tuve oportunidad. Quiero decir que, debido a las versiones de mi tío, Carlos podía saber ya que yo no tenía excesiva vida social como para haberme inventado algo o, en todo caso, yo qué sé. Recuerdo que eran las dos y media cuando cerramos y el caso es que, efectivamente, fuimos a tomar algo. En el camino hacia el pub que les gustaba noté que había entre Sara y Carlos mucha complicidad, cosa que no mostraban en absoluto en el trabajo o, al menos, las horas en que yo estaba, si bien es cierto que a esas horas Carlos me había contratado precisamente para poder ausentarse él. ¿Qué tal lo hace Alberto? Preguntó a Sara en el camino. Ella dijo que me defendía. Yo les dije que tenía mucho sueño y que me tomaría sólo una. Mírale, dijo Sergio, y eso que mañana tiene el día libre. No como otros, dijo Sara. Ya en el pub pedí un whisky con hielo y fui notando poco a poco cómo iba desapareciendo mi presencia de la de mis acompañantes, que hacían chistes entre ellos y se tocaban las manos sin problema, como dos antiguos novios o lo que fuera. Acabé mi vaso antes que ellos y decidí quedarme absorto en mis pensamientos. Pedí otro y luego otro hasta que Carlos dijo que se iba y Sara se quedó conmigo. No lo entendí porque me parecía que no nos caíamos muy bien. Estoy pedo, le dije a Sara y Sara dijo que ella también. Y se rió muy histriónicamente. Vomité y ella dijo: Mierda, qué asco. Lo siento, dije. Te vas a tener que ir a casa, dijo. Sí, dije. ¿Quieres que te pida un café? Me dijo. Yo la dije que le estaba muy agradecido, pero que no se preocupase porque yo siempre llegaba a casa. Me dio un pañuelo. Le dije que gracias, que se lo devolvería limpio el lunes. Me dijo que se había quedado conmigo porque no quería irse con Carlos, que era un cabrón. ¿Sí? Le pregunté. A mí me explota, me explicó. Pedí un café y me serené un poco mientras uno de los camareros limpiaba la vomitona con una fregona. Lo siento, dije. No pasa nada, me dijeron. Y allí estuve con Sara, la cocinera, que me contó su vida desde que había venido de Rumanía y que Carlos era un cabrón. Se me pasó por la cabeza preguntarle si se habían acostado, pero logré contenerme. Sara me abrazó y yo iba a abrazarla cuando, al notarlo, se separó. Tú eres un típico chico normal, me dijo. Sí, dije. Un buen chico, añadió. No sé, sí, puede ser, dije. Luego pedí otro whisky y Sara un martini con limón. La noche era tan joven, a pesar del dolor, a pesar de Sara explotada, a pesar de las vomitonas y todo eso que tuve un pequeño momento de alegría y le dije a Sara: Tú eres una tía libre, colega, igual que el tío ese gordo que se come las hamburguesas cada noche. Rió. Qué gordo es, me dijo. Sí, dije.
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