domingo

3 poesías

Nos llevaba mi tío
a mi pequeña prima y a mí
a ver las acrobacias de los delfines
desde la alambrada.
Recuerdo que yo me subía a un árbol
para poder disfrutar mejor
del espectáculo.
Esos eran nuestros domingos.
Algún día iríamos de verdad a ver el espectáculo
(de verdad quiere decir: desde dentro)....
Mi prima y yo teníamos envidia
de esos otros niños sentados en butacas,
tanto que hicimos un pacto:
Nunca más seremos pobres.
Nos hicimos a la idea de que
si lográbamos entrar
también veríamos monos y serpientes que
serían nuestros amigos de por vida
inmortalizados en la foto.
Seríamos ganadores,
pero no los que hoy somos,
unos ganadores que se levantan temprano
para ir a trabajar
y que no falte el pan en casa
ni cocacolas para nuestros hijitos
que, definitivamente,
no tienen el poder de sentirse héroes
al lado del gran oso panda.
 
 
...........................
 
 
Volvíamos mi padre y yo
de negociar un rótulo
en el sur de Portugal
cuando, en esa vuelta,
el coche iba a toda velocidad,
e hizo un aguaplaning
que nos llevó a andar
cerca de 50 metros bocabajo
en una cuneta.
Nos ha salvado el cinto, dijo mi padre...
cuando conseguimos salir.
Él tenía una raja en la nariz
y yo no tenía nada.
Nos miramos y luego
volvimos nuestros ojos
hacia el siniestro.
Allí estaba el Mercedes
con el que había soñado
toda una familia
listo para el desguace.
Nos cruzamos de brazos.
Yo estaba un poco en shock.
Entonces mi padre me miró y dijo:
Habrá que empezar de nuevo.
 
 
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Estábamos locos,
se nos podía ver sentados en los bancos del parque
esnifando todo tipo de sustancias
y fumando un peta tras otro.
La gente procuraba evitarnos,
éramos un grupo de cinco que ni siquiera éramos amigos.
Simplemente la amistad no existía,
sólo la droga y la pelea.
Todos llevábamos por lo menos una navaja
por si el otro se ponía pesado....
Terminaríamos durmiendo en búnkeres
de granjas de desintoxicación
donde volveríamos a aprender a leer y escribir.
Una noche Sergio el Zumbado se me puso chulo,
sacó su navaja y me la metió en el estómago
¿Por qué no te mueres, hijoputa?
Y yo qué sé, dije.
Yo qué coño sé, repetí.
Aún hoy no lo sé
y poco me importa.
 
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sábado

El invierno

Corría el aire densamente
en mi pequeño pueblo.
Para refugiarme decidí ir corriendo
a la piscina climatizada
y allí hacer los largos
que mi cuerpo me pidiera.
La encargada puso una equis
en uno de mis diez viajes
y me señaló las duchas.
Mientras me cambiaba...
tenía miedo de que
los demás perdedores
se fijasen en mi polla
que se encontraba encogida
como con miedo.
Un hombre alto entró
y me saludó con voz de barítono.
Respondí al saludo tímidamente
mientras me colocaba el bañador.
El resto fue milagroso,
el agua estaba tibia
y tenía una fila para mí solo.
Tras el quinto largo comencé a toser
y volví a las duchas.
Los calcetines no me entraban
mientras otro anónimo
silbaba al tiempo que se repartía jabón.
Después salí a la calle con la cabeza
en ninguna parte en concreto,
fui al bar de Toni y
me tomé tres whiskies.
Reparé, ya en el bar,
en que nadie me miraba.
El agua, probablemente,
me había vuelto invisible.
No, no era el agua.
Así era cada día de mi puta vida
en los inviernos de esa época.
Volví a casa corriendo.
Todo acababa resultando una lucha
contra el frío, recuerdo hoy.
Al llegar, mi abuela me preparó un huevo
y poco después me llevé un libro a la cama.
Habría de dormir bien
para soportar un nuevo día
idéntico al anterior.
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