miércoles

Reseña de Inconcreta desdicha realizada por Alberto Ávila

Entre el haloperidol y la risperdona


Alberto Masa publica "Inconcreta desdicha", una encrucijada de cuento, novela y poesía que levita en una zona de nadie

Masa1Hace casi un año le dediqué una reseña al poemario “Roberto Alcázar, supongo”, de Alberto Masa  , primer libro del autor (con permiso de una edición de libro artístico muy difícilmente rastreable). Hoy le toca el turno a su primera novela, “Inconcreta desdicha”. Al igual que su precedente, la dedicatoria de este libro tiene mucho de memorable: “A los/as bedeles que creen en su trabajo” y deja bien claro que el tono sardónico y heterodoxo de su primer trabajo va a seguir siendo la seña de identidad de esta novela.
Quizás me haya adelantado a la hora de tildarla de novela; lo cierto es que se trata de un trabajo que bordea los géneros, los traspasa y los pone en entredicho. Hay en “Inconcreta  desdicha” una encrucijada de cuento, novela y poesía que deja al texto levitando en una zona de nadie, en una convulsión estilística que se agita al dictado de una conciencia que se redime bordeando los contornos de la ficción.
Pero quizás deba contar por encima de qué trata este libro, “Inconcreta desdicha”, cuyo título se debe a la descripción de los efectos que produjo el Haloperidol sobre Antonio Escohotado: cuenta de manera más o menos novelizada las experiencias de su autor en el psiquiátrico. La esquizofrenia, las enfermeras, los bedeles, los análisis de heces, las antiguas amantes, los doctores, la paranoia, las cámaras de vídeo, las duchas frías y la Risperidona se enseñorean de un mundo cerrado pero a la vez lleno de pequeñas grietas por donde se asoman extraños fogonazos que vienen de otros universos.
El libro comienza como un catálogo de experiencias dispersas que, poco a poco, van adquiriendo forma, o más bien, van tomando dirección. La novela se va afilando, condensando como las nubes de tormenta antes de descargar. Las desventuras del protagonista/autor se acaban erigiendo como una fábula a la que le han extirpado el ingrediente moral. La realidad siempre es puesta en duda y su palpitante amargura queda siempre en suspenso por un sentido del humor grotesco y destructor.
Alberto Masa es un escritor confesional, que se sueña en sus textos, que construye imágenes perturbadoras y próximas y que, como dije hace casi un año, tiene muchas cosas que decir.

* “Inconcreta desdicha” . Alberto Masa. Ediciones Eolas. (Madrid, 2014).
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jueves

Reseña de la revista Leer

Sim­pá­ti­cas ama­po­las, árbo­les que nos abo­rre­cen, mone­das que nos pro­por­cio­nan inver­sio­nes en ale­gría. El uni­verso del poeta niño indaga el alma entre las vís­ce­ras de las ratas que deca­pita, arro­pado por el espanto de dos pri­mos chi­llo­nes. Ver­sos psi­quiá­tri­cos de un prac­ti­cante de lo humano. Sus par­ti­cu­la­res fuen­tes del Nilo son las del ado­les­cente refu­giado con­tra la edad adulta que el escri­tor ali­menta con folios, mien­tras que las bajas pasio­nes de don Teo­doro se nutren solas, salvo el cargo de con­cien­cia que com­pensa con una paga esti­pu­lada en sugus. Este Jun­ta­ca­dá­ve­res de Alu­che, Alberto Masa, ha rene­gado de la tribu de los lite­ra­tos en bien de la lec­tura y de ese dios que no res­ponde, por­que se le ha ago­tado la bate­ría. Él sin embargo quiere “comu­ni­car a la huma­ni­dad” desde la buena infor­ma­ción que pro­pi­cia su para­noia, con la que los pája­ros le hablan a la hora del desa­yuno, mien­tras él hace llo­rar a un Prin­ci­pito en paro y dedi­cado a des­vir­gar pro­fe­so­ras de inglés, pen­sando que a quien des­flo­raba era otra.
ALICIA GONZÁLEZ
ROBERTO_ALCAZAR_CUBIERTAROBERTO ALCÁZAR, SUPONGO
Alberto Masa
Eolas. León, 2014
74 pági­nas. 12 €

martes

Un día muy especial

Hoy, día 15 de julio de 2014, hace 50 años que mi padre llegó a la capital dispuesto a encontrar trabajo. El lugar adonde fue acogido era la casa de su tía, un diminuto habitáculo donde procuraban coexistir aproximadamente 15 personas. Mi padre, Ángel, encontró trabajo de inmediato, primero en la madera, y cotizó desde entonces. Antes de eso había ayudado a mi abuelo Teodoro, a quien el tiempo se llevó antes de que yo naciera, a cuidar de las ovejas en el monte. Contando mi padre con 7 años, mi abuelo, las veces en que debía dejarlo solo, le decía que, ante la más que probable visita de algún lobo, se metiera en el centro del rebaño para protegerse. Hoy es uno de los días más especiales en nuestras vidas por mucho que se sepa que, de alguna forma, no parará quieto. Hoy Ángel, mi padre, que tanto orgullo me regala, ese currante gruñón, profesional donde los haya, al fin cuelga las botas y se jubila. Hoy mi padre, a lo mejor sabe, por mucho que, conociéndolo, no lo crea, que es hora de descansar y vivir de nuevo.

6/VII/2014

En un día como hoy, 6 de Julio, mi abuela Ciriaca, que vivió conmigo toda mi vida y la suya una vez nacido yo, hubiera cumplido 90 años. Hoy lo hemos recordado en familia y no he podido dejar de leer la parte de atrás de un cuadro que le regalé cuando cumplió los 80. Allí yo puse que esperaba a que cumpliera los 90 para regalarle otro, a lo que añadí "salerosa", pero no ha podido ser. Cómo se va el tiempo. 7 años y medio sin ella en lo que tardo en fregar un tenedor. Siempre la querré.

lunes

Vanidades (Facebook, the wall)

Celan y Ponge me matan. Beben de mi cuerpo refrescos calientes. Celan parece un puzle de 2000 fichas sin hacer, todas desperdigadas en un verano en que mi chica no está. Ponge es también una especie de puzle, pero en blanco. Sólo acierto con ellos a nivel humorístico. Reconozco que, para segundo de la ESO, son mejores lecturas que Calderón de la Barca, pero hasta ahí.
 
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He de reconocer que 100 años de soledad cambió la literatura hispana bastante. Me refiero a Cela, entre otros. Pero más aún a los que teníamos que leerlo por obligación en 1º o 2º de BUP. Poco después mi rechazo se convirtió en Bukowskis y Burroughs, que leía en las tardes tumbado en la cama. Los demás chicos del barrio tenían novias que les hacían pajas en el parque a cambio de cinco duros (literal). En la lectura de colegio "El guardián entre el centeno" descubrí que uno podía sentarse en un libro y ver la vida pasar. Hoy estoy leyendo a pachas a Delillo y Fante. Y son lo que soy y expreso. Al lado de esto, algún gracioso te preguntará si has leído los 4 dramas fundamentales, y tú responderás que a veces.

 
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En una ocasión me preguntaron que quién era para mí el escritor total y dije, sin vacilar, que, si alguien debía serlo, para mí sería Robert Walser. Sus páginas abofetean con una ternura extrema. Son el oro que encontré en la biblioteca de Aluche. Antes lo había intentado con Borges, a quien no me arrepiento en absoluto de haber abandonado en una década en que mi sufrimiento se derretía en las manos de Jakob von Gunten, del que sigo aprendiendo, al igual que Holden Caulfield.
 
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Odio la figura del escritor. En mí debería darse siempre, a nivel de osamenta, la vida y muerte de Agota Kristof. Es donde entiendo al escritor que, de paso, soy yo. No entiendo la pose, la boutade, la tontería. No entiendo la colección de zapatos de Espido Freire, ni la intentona televisiva de Lucía Etxebarría, ni la escopeta naviera de Pérez Reverte, ni el rictus pedófilo de Armas-Marcelo, ni la negritud que queda en el aire de Ana Rosa Quintana, ni el eterno monólogo desde la playa ante las cámaras de Thomas Bernhard, ni siquiera, aunque concibo más aceptable, la esquizofrenia del recientemente desaparecido Leopoldo María. Yo necesito al hombre que no existe. Robert Walser detiene su camino para hacer una bonita bola de nieve mientras, en las librerías, huele a puro y se exhibe Louise Button. ¿Dónde estás, Agota? ¿Dónde estás para salvarnos?
 
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Me da que mi oficio es hacer listas. No es una cosa tan tonta como parece. Podría salirme una obra magna como Las cosas, de Georges Perec. En mi monólogo interior y anterior a este, meto a la Ana Rosa Quintana con Thomas Bernhard y me quedo tan ancho. A Leopoldo María, aunque tuviera con él un encuentro desastroso que finalizó en una enfermera limpiándole las babas, tampoco le entiendo en esa lista. Por lo demás, Pérez Reverte me parece un articulista curioso y Armas-Marcelo un comedor de brasas adorable que gusta de ver a jóvenes masturbarse (esto me lo dijo él, no es una invención mía). Adoro meter El gran cuaderno entre las tetas de Belén Esteban. Quiero decir, me gusta la vida porque Kafka existió en ella. Y para retratos de famosetes ya estuvo la magnífica pluma de mi maestro Umbral.
 
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En febrero publiqué un libro de poesías en prosa y verso y ya (me dicen) está en imprenta mi novela sobre una vida vegetal inspirada en los frenopáticos que he visitado. No sé. A lo mejor ya me puede entrevistar Risto Mejide. Me cae muy mal esa furcia, aunque es bastante probable que sea prejuicio mío observar esto y anotarlo. No existo y eso, creo, se deja ver en cualquier escrito mío. Quiero abrazar a mi chica, pasarme la vida enredado en ella. Quiero leer a Néstor Sánchez y releer a Biéli. Quiero dar largos en una piscina por donde las estaciones del año sean tan difíciles de encontrar como los libros que he escrito.
 
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Hoy he soñado que Lezama Lima entraba en mi cuarto de baño y dejaba un zurullo flotando en el váter. Escribirlo no tiene tanta gracia como vivirlo, lo sé. Acto seguido me he levantado y todo estaba limpio. Quizá por ello se me ha ocurrido fingir sueños de suciedad, para hacer mejores despertares. Vivir y morir por todo eso. Se me ocurre que este estado pudiera, por una pluma más exigente, prologar la palabra "realidad".
 
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Acampadas donde esperábamos que las setas hicieran efecto mientras escuchábamos a Stevie Ray Vaughan. Yo ya era feo entonces, antes de convertirme en un cisne dorado (y también patoso). No quiero regresar a esa época. Quiero el no retorno al tiempo que abrazo el no futuro. Se lo he dicho a los hombros de Cecilia esta madrugada, aunque estaba dormidita. No quiero que le echen cacahuetes a mi cerebro por mucho que ahí dentro sólo pueda encontrarse un mono. También, por otro lado, procuro escribir Autorretrato con radiador de nuevo. Funciona. Está claro que puedo porque ya lo he hecho. Pero lo que escribo, en verdad, son las vivencias de un asesino con tres años de edad mental (como Richard Ramírez, pero sin violaciones). Sólo quiero permanecer, aunque no sepa ni dónde ni por qué. Esa pesadilla de los entierros, cuando el sonido de la arena sobre el ataúd se convierte en una hipnosis donde sólo cabe la palabra "nada".
 
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Para mí lo mejor que salió de los labios de Groucho Marx fueron las palabras: El que se aburre es porque es tonto. Y aquí estoy, facebookeando durante todo el mediodía. Una especie de miedo me mete en el cubo de la santa habitación en cuyas paredes vive el color mate de los libros. Leo y después intento escribir. Algo me vacía en el acto. La hora, abajo-derecha de la pantalla del ordenador, se encabrita. El afán me libera de cosas como Hay que ir a ver de nuevo a los Rolling e idioteces así. La vez que fui (hace 15 años) dije a cierta gente que no tenían derecho a asistir. Fran y yo nos reservamos el chiringuito y bebimos bien de ron mientras nos mirábamos y decíamos: Se necesita ser jilipollas para haber acabado aquí.
 
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Apenas éramos visibles para la demás gente. Nuestra idea de la diversión se centraba en fumar porros en unos baños donde casi no cabíamos e intercambiar libros (Henry Miller, Céline, Bukowski, Kafka, Burroughs, Ken Kesey, Nabokov...). Terminadas las clases a las que no asistíamos nos permitíamos, en Cascorro, una caña o dos, según el dinero que tuviéramos. Éramos casi felices en esos ratos. No nos importaba mucho el tiempo que hiciese. Alguno se echaba novia y un par de semanas después lo habían dejado. Tras nuestras charlas cogíamos metros y autobuses por separado. Recuerdo que, aparte de esta tribu que formaba con los compañeros de artes y oficios, cuando estaba solo, la gente quería pegarme. No soportaban mi aspecto o qué sé yo. Pensaban que les robaría cuando jamás he robado a nadie. Otras veces se acercaban a mi oído para pedirme costo. Recuerdo que era excepcional lcuando me duchaba. Con el tiempo intentarían matarme. Pasarían dos años hasta que me corregí. Lo hice por lo poco que yo entendía de la eternidad, no por mí ni por mi familia.
 
 
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viernes

III

Ya no le queda nada de inocencia a nuestro amor.
Ya el cielo, con sus noches, hizo desaparecer el rito
demasiadas palomas han muerto por eso.
Con mirarnos, lo único que hacemos
es enterrar nuevas.
Intuyen, creo, que tan sólo han de dejarse llevar
encontrarse con nosotros en el punto muerto
donde nuevos amaneceres...
bailan medio borrachos.
Hemos asistido a la ceremonia
donde el tú y el yo desaparecen
de la cola donde el pan es un regalo.
Hoy, tras verte ser yo de alguna extraña manera
ha renacido en mis venas una orquídea
a cuyo centro he colocado de apodo tu santo nombre.



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Hubo un tiempo en el que la luz y tú
erais mi taciturno encuentro con una vida
que sólo sabía decirme la palabra Dios.
Admito que tuve miedo y me sometí
enseñando un gorrión que procuraba
resarcirse de mi mano.
Hubo un tiempo en que fuimos los herederos
de la noche....
Las voces de los muertos
guiaban somnolientas
nuestros pasos,
que no eran otra cosa que un Yo me busco
entre tus heridas,
en su dolor vi que era alguien.
Yo, sin ti, esperando volver a nacer,
volver a los primeros pasos y
caídas sobre la moqueta
de la casa materna.
Yo me vi reflejado en tu lástima.
No se me pasó en seguida,
al menos dediqué cinco días a llorar.
A veces sigo allá
preguntándome si me habrás encontrado.



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Anduviste olvidada de miedos
por el interior de la caverna.
Sabías que yo te esperaba donde siempre
con un alacrán de mascota
comiendo lo que yo le doy.
Anduviste segura
por sobre las puntiagudas rocas
y yo te decía aun antes de que llegaras
que el amor es escupir el cadáver de una mosca
a varios metros de profundidad....
Me olvidaste,
o bien no diste con el lugar
donde yo guardo mi cetro
de insalvable cabezón
que pelea con monstruos que no existen.

jueves

Los afortunados

Don Marcelo había tenido lo que para él era un sueño de justicia. Se despertó el 22 de diciembre con la firme idea de que la lotería le había tocado. Se duchó, perfumó, afeitó y peinó meticulosamente. El tiempo era algo que ya no debería preocuparle. La tienda donde vendía hamburguesas había sido cerrada para siempre. No tenía herederos y su esfuerzo adquirió una casa cerca del trabajo. Se vistió con el mismo traje que solía llevar a las bodas de sus amistades, precisamente en el día en que las amistades, al menos para él, habían terminado. Además de ello se armó con su bastón preferido. En el ascensor coincidió con una absoluta desconocida a la que preguntó quién era, a lo que se le respondió un “¿A quién se refiere a mí o a usted?”. Casi le entraban ganas de agarrar de la pechera a esa descarada cuando tomó aliento y decidió calmarse. Al salir a la acera, don Marcelo se aseguró de que guardaba el inventado billete en la cartera. Así era, lo cual le calmó. Marcelo tocaba las losas del suelo señalando con su bastón cuales de ellas compraría. La calle era suya y él establecía no sólo las leyes de la calle sino también teorías baratas del universo leídas en sus ratos libres que, ay, siempre fueron tan pocos. Al fondo suyo vio a dos homosexuales besándose. Como no se podía decir de don Marcelo que fuera una persona integrada en los tiempos en que vivimos enseguida sospechó que podían robarle su billete y cambió de acera. Casi le atropellan, le dijo un limpiador de zapatos. Él pensó que se trataba de una señal. Efectivamente necesitaba una limpieza de zapatos. ¿Desde cuándo un hombre de su categoría no podía permitirse ese lujo? El limpiador de zapatos le dijo que el precio eran 8 €. Él sacó su cartera y los pagó. Mientras lo hacía le preguntó al limpiador dónde estaba la sucursal de lotería más cercana ¿Cómo podía haberlo olvidado? El limpiador le indicó confusamente hasta que Marcelo se hizo una idea equivocada de las calles que debía atravesar. Si su billete premiado era inventado ¿Acaso no podía haber sido inventada la sucursal donde lo adquirió? Lo más importante era el ejercicio. Una vez le vino el hambre decidió entrar a un McDonalds donde todo el mundo parecía mirarle. ¿Qué pasa? ¿Es que nunca habíais visto a un marqués? El caso es que don Marcelo no era consciente si era una frase recién salida de su boca o de su pensamiento. No se veía tirando un farol así, así que lo más probable era que lo huera pensado, por mucho que esto quedara invalidado al respecto del alejamiento de caras observándole. Pidió una Cocacola y la hamburguesa más grande que tuvieran. La gente le miraba mientras él pensaba que todos esos vasallos, probablemente, deberían ser castigados por osar verle comer como un auténtico cerdo. ¿Seguiría en su sitio el billete de lotería? Se relajó en cuanto echó de nuevo mano a su cartera. De paso observó que le quedaban 20 €. ¿Y si los dedicaba a hacer un acto de caridad? Él sabía que los ricos, algunos al menos, hacían actos de caridad. ¿Y si se los diera al primer mendigo que viera por la calle? Dejémoslo para otro rato, pensó mientras retomaba su rumbo hacia la sucursal. Se decía para sí que el aire de la calle le despejaba de una posible idea de siesta. ¿Podría comprarlo acaso con su nueva fortuna? No tardó mucho en ver un anuncio en una parada de autobús donde salía su fotografía por encima de las palabras: Este hombre está loco. Entonces recordó lo bien que sabía reírse cuando un chiste de veras merecía la pena. Quedaba recibir la fortuna y que esas malditas voces salieran sacudidas de su cerebro. Entró entonces en una tintorería preguntando por una sucursal de la lotería nacional. Por fin, buenas noticias. Y estas se basaban en está en esta calle, 20 números más arriba. Andó 10 números y se detuvo. Luego continuó. ¿Y si esto era sortear la locura? Se dijo que ya veríamos las caras de los responsables de darle su dinero. Al fin llegó. Le tocó esperar bastante cola. Por fin, llegado su turno, decidió escabullirse corriendo de todo ese misterio. Nada se sabe del recorrido que llevó a Marcelo a su casa salvo un pequeño detalle: Los 20 € que llevaba encima en el bolsillo de un niño. Al parecer se lo gastó todo en caramelos. Pero esa es otra historia.

sábado

Video "ELLA"

ELLA from nomadmill on Vimeo.

Roberto Alcázar, supongo (mi libro) Una crítica de Alberto Ávila Salazar para la revista El pulso

Roberto Alcázar y Stanley Alberto Masa debuta con "Roberto Alcázar, supongo", una colección de poemas que diseccionan la vida cotidiana con todo su horror y su humor.

“Roberto Alcázar, supongo” comienza con una dedicatoria que pone a las claras el tono del libro: “A mamá, a papá, a tía Pepa y a los chavales jóvenes”. Como si el título no fuera suficiente para guiarnos al interior de un poemario que se adivina insólito, este preámbulo nos prepara para sumergirnos en una experiencia literaria donde lo sagrado y lo profano se hacen una sola cosa, lo ridículo se funde con lo terrible y la normalidad se muestra con matices imposibles. No es tan sencillo como parece rastrear las influencias de este libro. Puede engañar su formato de poemario, porque la verdad es que se aproxima más a una prosa lírica y confesional. Siguiendo esta premisa, podemos atisbar toda una heterogénea tradición de escritores que han desnudado su intimidad en la literatura, como Jean Genet, Charles Bukowsky o Witold Gombrowicz. Y Francisco Umbral o Leopoldo María Panero, por citar a dos españoles que, incluso, aparecen invitados en las páginas de “Roberto Alcázar, supongo”. Todo ello nos lleva a un libro que funciona como una radiografía emocional de su autor, quien nos conduce por los entresijos de un universo espiritual y desquiciado. Nos sugiere un viaje horizontal, lleno de pequeños y domésticos puntos de referencia sobre los que bascula una personalidad de rotundidad literaria. El estilo de Alberto Masa es torrencial y excesivo, a veces se vuelve subterráneo y otras celestial. El suyo es un afán como de viejo y acrobático aviador embelesado por sus propios bucles. “Roberto Alcázar, supongo” es la puerta por la que se asoma un escritor que tiene muchas cosas que decir. * “Roberto Alcázar, supongo” . Alberto Masa. Ediciones Eolas. (Madrid, 2014).


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domingo

3 poesías

Nos llevaba mi tío
a mi pequeña prima y a mí
a ver las acrobacias de los delfines
desde la alambrada.
Recuerdo que yo me subía a un árbol
para poder disfrutar mejor
del espectáculo.
Esos eran nuestros domingos.
Algún día iríamos de verdad a ver el espectáculo
(de verdad quiere decir: desde dentro)....
Mi prima y yo teníamos envidia
de esos otros niños sentados en butacas,
tanto que hicimos un pacto:
Nunca más seremos pobres.
Nos hicimos a la idea de que
si lográbamos entrar
también veríamos monos y serpientes que
serían nuestros amigos de por vida
inmortalizados en la foto.
Seríamos ganadores,
pero no los que hoy somos,
unos ganadores que se levantan temprano
para ir a trabajar
y que no falte el pan en casa
ni cocacolas para nuestros hijitos
que, definitivamente,
no tienen el poder de sentirse héroes
al lado del gran oso panda.
 
 
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Volvíamos mi padre y yo
de negociar un rótulo
en el sur de Portugal
cuando, en esa vuelta,
el coche iba a toda velocidad,
e hizo un aguaplaning
que nos llevó a andar
cerca de 50 metros bocabajo
en una cuneta.
Nos ha salvado el cinto, dijo mi padre...
cuando conseguimos salir.
Él tenía una raja en la nariz
y yo no tenía nada.
Nos miramos y luego
volvimos nuestros ojos
hacia el siniestro.
Allí estaba el Mercedes
con el que había soñado
toda una familia
listo para el desguace.
Nos cruzamos de brazos.
Yo estaba un poco en shock.
Entonces mi padre me miró y dijo:
Habrá que empezar de nuevo.
 
 
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Estábamos locos,
se nos podía ver sentados en los bancos del parque
esnifando todo tipo de sustancias
y fumando un peta tras otro.
La gente procuraba evitarnos,
éramos un grupo de cinco que ni siquiera éramos amigos.
Simplemente la amistad no existía,
sólo la droga y la pelea.
Todos llevábamos por lo menos una navaja
por si el otro se ponía pesado....
Terminaríamos durmiendo en búnkeres
de granjas de desintoxicación
donde volveríamos a aprender a leer y escribir.
Una noche Sergio el Zumbado se me puso chulo,
sacó su navaja y me la metió en el estómago
¿Por qué no te mueres, hijoputa?
Y yo qué sé, dije.
Yo qué coño sé, repetí.
Aún hoy no lo sé
y poco me importa.
 
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sábado

El invierno

Corría el aire densamente
en mi pequeño pueblo.
Para refugiarme decidí ir corriendo
a la piscina climatizada
y allí hacer los largos
que mi cuerpo me pidiera.
La encargada puso una equis
en uno de mis diez viajes
y me señaló las duchas.
Mientras me cambiaba...
tenía miedo de que
los demás perdedores
se fijasen en mi polla
que se encontraba encogida
como con miedo.
Un hombre alto entró
y me saludó con voz de barítono.
Respondí al saludo tímidamente
mientras me colocaba el bañador.
El resto fue milagroso,
el agua estaba tibia
y tenía una fila para mí solo.
Tras el quinto largo comencé a toser
y volví a las duchas.
Los calcetines no me entraban
mientras otro anónimo
silbaba al tiempo que se repartía jabón.
Después salí a la calle con la cabeza
en ninguna parte en concreto,
fui al bar de Toni y
me tomé tres whiskies.
Reparé, ya en el bar,
en que nadie me miraba.
El agua, probablemente,
me había vuelto invisible.
No, no era el agua.
Así era cada día de mi puta vida
en los inviernos de esa época.
Volví a casa corriendo.
Todo acababa resultando una lucha
contra el frío, recuerdo hoy.
Al llegar, mi abuela me preparó un huevo
y poco después me llevé un libro a la cama.
Habría de dormir bien
para soportar un nuevo día
idéntico al anterior.
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