martes

Julio Iglesias y yo


¿Sabes, Masa?

Tanto Julio Iglesias por aquí y Julio Iglesias por allá

y mírame ¿Qué soy, Masa, amigo?

¿Qué soy más que una sucesión

De hijos que hacen el ridículo por la tele?

Yo no soy el que cantó a Gwendoline

ni a Manuela ni a Nathalie,

ni el tercer portero del Real Madrid.

Yo sólo soy mis ex, los relojes, Miami

y la sucesión de hijos que te he contado

entre los que se encuentra papuchi,

que en gloria esté,

también fue hijo mío, amigo Masa.

Me miro en el espejo y me digo a mí mismo:

Han pasado casi 40 años

y aquí estoy, wea, con esta rubia impresionante

bebiendo champán y comiendo marisco.

Dios mío, ya nada me sabe a nada.

¿Ves esas criaturas mías que juguetean entre los columpios

Y la arena?

A veces me pregunto si existen, y sí

sé que terminarán como todos los demás

diciendo que quieren a papi.

Cada mañana me miro al espejo e

imagino mi Galicia tierna

con sus prados verdes,

recuerdo que tuve una niñez y que me convertí

en el nexo entre España y lo que nos mola de verdad,

pero no soy nada,

sólo quiero vivir contigo y con Ceci.

Sé que estás haciendo este poemario para que sea tuya

para siempre.

No llores, Julito, le dije

y me abracé a él llorando.

lunes

Dios y yo


Era una noche cerrada,
hacía frío
y dios estaba junto a mí.
Le dije que estaba cansado de tanto
cargar latas de conserva.
Él me dijo: Al menos tú tienes el amor
de Cecilia.
Yo ando con el camión de Lugo a Parla
y eso es todo lo que tengo.
Pero eres Dios, le dije.
Todo lo que tengo es ese camión, me dijo.
Me costó una pasta y eso que era de segunda mano.
Yo le dije que en efecto yo era afortunado
por llegar ahora a casa y disfrutar de los cariños
y el amor de una mujer como Cecilia.
Él dijo que se iba a dormir al camión,
ya que tenía que estar en la carretera en cinco horas,
me dijo que, por suerte,
había encontrado una manta nueva en la basura
que no tenía tantos rotos como la anterior.

martes

Señores y señoras de esta especie


Recuerdo la belleza de dos trozos de rata separados y moviéndose tras un atinado sartenazo de la abuela Bastiana. Ahí estaban ante mis tempranos ojos una mañana de verano, a ambos lados de una cocina antigua que contenía, en su fondo, la amplia sonrisa de mi abuela la Bastiana. Luego íbamos al río. Había serpientes y sapos. Una tarde me caí por el llamado Cerro al aire y los chicos mintieron al decirle a mi abuela que había sido mía la idea de lanzar nuestras bicis por ese terraplén que era todo cuesta. Yo sólo recuerdo que se me torció el manillar, haciendo ambas ruedas un derrape y que caí de cara llenándola de heridas que salían de la mayor, sito en la frente. Me llevaron en moto hasta la Bastiana, que me acostó llamándome de todo. Si todos me vieran ahora, el arte con el que no soy nadie. Una persona vestida con un traje de bibliotecario gris marengo ante un cielo gris marengo, perdido entre los edificios del cielo de Madrid y dando alguna que otra señal de humo proveniente de un cigarro de vez en cuando. Llevo tres años sin beber, para lo que hube de recuperarme en un hospital donde mezclaron una enfermedad remota mía como la esquizofrenia con el hecho de beberme una botella y cuarto de whiskey al día, lo que tampoco es mucho para algunos que he conocido. Dejé el trabajo consistente en atornillar cosas (otro trabajo que me dura menos de 4 meses, pensé) y dediqué mi vida a la salud en un tugurio donde yo era el único que no quería ser nada en esta vida (me viene a la cabeza un buen amigo que quería ser eremita y contestaba a todas las preguntas que le hacías con retazos de El Credo). Más tarde me dediqué al fulaneo y luego fue cuando Cecilia acarició mi corazón con la palabra (qué fácil es agarrar el amor de un agudo de Miles traspapelado a la partitura de un bajista y convertirlo en un pensamiento dedicado a ella, a la que quiero por siempre). Quien no la conoce no sabe quién deja ciegos, mirada con mirada, a los hipnotizadores de los elefantes.

Con ella preferiblemente vuelvo a esos pueblos perdidos de la mano del Señor donde aún se apedrean a los gatos. Con ella preferiblemente voy a los sanatorios donde la mano del Señor es sustituida por la batuta de unos dictadores en ocasiones humanos.

Escucho el Monk´s dream de Thelonious, escucho el Bass on top de Paul Chambers, escucho el Big Fun de Miles Davis, escucho el Largo de Brad Mehldau, escucho el Soultrane de Coltrane, escucho el Portrait in jazz de Bill Evans, escucho el From to soul de Joe Lovano, escucho el The new Tristano de Lennie Tristano, escucho el Juju de Wayne Shorter, escucho los standars de Clifford Brown, escucho el Stereo de Chet Baker, escucho el disco que hicieron a la par Ben Webster y Coleman Hawkins... y todo me devuelve a Ella. Con ella…

Recuerdo deslizarme por un pozo y subir como si nada, pero quien me vea ahora, alejado de efebismos, con tripa, tarareando Bird on a wire, dirá, seguramente, no te aceptaremos para este trabajo.

He perdido, lo reconozco, tanto con las mentes enanas como con las mayores. He sido la mente. Ni siquiera eso. La verdad es que sólo he sido Alberto, Albertico, Albertillo…

He servido canapés a gente que no tiene ni puta idea de lo que es dejarse las tripas escribiendo (En las cabeceras de muchos autores debería advertir junto a su fotografía "Este libro se lo debo a una mamada". Nos haríamos mejor idea del mundo donde vivimos y todo lo que podemos encontrar en susodicho libro que con una reseña de the new york times). He sido un artista del hambre. Cada cosa que he escrito se lo he debido a un estómago enfurecido, que ruge sin parar por la serie de injusticias que es la persona que muevo de un lado a otro (Y luego sé que no seré yo quien escriba un nuevo Los detectives salvajes o El cantante de Gospel o Filosofía a mano armada). Pero lo cierto es que hay mucha gente que anda así, así pues, lo suyo es dejarse de quejas y seguir escuchando (algo se aprenderá ¿No crees?).
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jueves

Una lección maestra


Era noviembre de 2010 cuando una egregia profesora de grado en español me invitó a dar una clase magistral sobre creación literaria. Entonces, después de dejarme ser presentado, propuse a los alumnos (a quienes traté de ustedes) que cogieran un folio en blanco y escribieran en él una narración sobre el sabor del ajo. Como veía que algunos se atrevían a iniciarlo dije que no quería una narración de besos en la boca, que quería el aroma de ajo, sentirlo en el papel, así, como si fuera posible. Hubo manos levantadas. Yo dije: Soy basura. Pueden ustedes hablarme cuanto se les antoje en el orden en que se les antoje. Ninguna de las preguntas merece una mención vaga salvo la que hizo una chica gordita y tímida a la que seguramente no hubieran follado en su puta vida: ¿Es eso realmente posible? No, coño, no. Te has ganado chupármela, estuve a punto de decir. Podéis probar también con el aroma de las lentejas, de las judías, de los tallarines ¿Alguien de aquí odia la comida china? Como todos callaron intuí que me habían cogido miedo. Qué clase de loco es este, debían de preguntarse. Y entonces me senté en la mesa y les dije que mi único pecado era beneficiarme a su maestra. Que no se lo contaran a su marido. Lloré. Grité. Les dije que en la actualidad de 2012 mi novia y futura madre de mis hijos se llamaba Cecilia y que quería congelar esa actualidad. Les dije que temía que esa actualidad se viera interrumpida por un marido celoso y una pistola o… ¿Se me entiende? Luego les dije que cerraran los ojos y se tocaran las caras los unos a los otros si querían saber algo de literatura. Les dije que no hicieran ni p caso al profesorado con el que se entrometieran en esa p facultad, incluida la maestra que acababa de presentarme y marcharse, creyendo que les haría a ustedes sentir un orgasmo con mis palabras de joven y viejo detestable y hecho mierda. Les dije: Yo, si falla lo de mi Ceci, terminaré en 2015 en una villa con pavos, gallinas y cerdos en Toulouse. En efecto, heredaré la finca del tío Jean Pierre y no saldré jamás salvo a talar árboles. Cuando pase el tiempo suficiente entonces empezaré a cargarme con la misma sierra de las talas a todos mis animalitos (no sé si antes o después de follármelos, aclaré) y después empezaré a hacer visitas a los vecinos y cuando ya haya muchas cabezas cortadas la policía vendrá a detenerme. Habrá periodistas y tele. Me preguntarán por qué lo he hecho y yo, sonriendo a la cámara, diré: Es que soy así. Y terminé mi clase maestra diciendo ¿Veis cómo hay que concederle al aroma del ajo una oportunidad? Los aplausos fueron interminables. Después hice entrar a la maestra y les dije a todos: esta señora es una santa. Aprended mucho de ella. Recogí mis bártulos y me fui a la calle. El resto del día lo pasé buscando un banco lo suficientemente cómodo como para poder dormir.

La fiebre de Cecilia, y yo al lado


Hoy te he visto reflejada en una gota de agua. Ha llovido toda la tarde y, al entrar en casa, me he secado el pelo pensando en esa imagen tuya. Estás dormida, como probablemente ahora, y tienes en el pecho como una rosa que a veces tiembla de frío. Yo te toco la frente para comprobar que tu fiebre no es demasiada y luego me tumbo desnudo junto a esa imagen tuya. Quiero contagiarme. Padecer junto a ti los “viruses” de la mierda. Quiero besarte, que entre nuestras bocas se crucen y vean luz ya adentro de ambos. Te quiero, Cecilia. Hace mucho que no puedo escribir. Ayer soñé el día en que murió mi primo pequeño. Unos primos segundos me llevaban al hospital como engañado y allí entré en la sala donde otros enfermos (pero de vida) se repartían sus órganos. Mi tía lloraba agarrada a su mano y la sombra de los edificios se entrometía en la salita. Les di un beso y no pude evitar llorar. Lloré mucho. Quise huir y poco después encontraría un trabajo de mierda en una escuela de ideas, muy separado de lo que, en justicia, merecía y de lo que, en justicia, había recibido mi jefe de un lugar parecido. Lloro Cecilias. Son flores que vienen a mí, que no he perdido. Te veo encogiendo tu carne tan blanca entre las sábanas y mirando de reojo la oscuridad que se cierne en tu largo imperio. Quiero estar allí. Hoy me han dado los resultados de los análisis ¿Qué decirte? Tengo triglicéridos, colesterol y transaminasas altas. He pensado que llegará mi final no más tarde de lo que ayer calculaba. Me cuidé. Pasé estos tres últimos años de vida sin beber. Quiero que, con todas las fuerzas que te queden, menees la cuna donde este viejo se muere despacio. Porque sumado lo anterior al hecho de que no estés esta muerte sólo puede ser lenta. Me veo en la pantalla apagada del ordenador y me digo buenas noches sin ganas para el sueño. Me digo mañana será otro día. He de bajar de peso. Estoy cansado, joder. Bailo a solas, que es la única manera en que me gusta bailar, el Little girl blue versionado por Hank Mobley en su disco Messages. Bailo agarrado a ti e incluso sigo el ritmo cuando me cercioro de que no estás. Bebo brebajes para mi salud. No olvido mi pasado vicioso y hoy veo el deterioro de mi cuerpo ante un espejo que me devuelve una imagen de leñador amable. Sé que muchos de los que leen mi blog, a diferencia de mí, quieren que muera. Yo no les deseo la muerte, quiero que vivan. Les daría un nuevo besito en la frente. Y luego me iría contigo donde tú eligieses. Tú mereces dejar de trabajar y yo dejar de dormir. Perdona que escriba incoherencias (no sé dónde ando esta noche). Van a ser las cinco. Cuando ibas al hospital y daban estas horas yo esperaba hasta las siete y media para poder hablar cinco minutos contigo antes de que salieras pitando. No sólo te echo de menos a ti. Me echo de menos a mí en esos días. Tú estabas (y estás) en mis brazos, pero no sé qué le ha pasado a mi espera (esperanza). Mi esperanza se convierte a veces en un reloj que no funciona, y todo lo que espero es verte junto a mí, hacernos otra foto juntos, ir a comer un helado a una terraza…

Te espero en tu enfermedad, en las mías… quiero coger el tallo de tu flor y colocarlo sobre mi cabeza. ¡Luz, más luz! (bendita sea tu sonrisa, porque me hace pensar que nada acaba.)
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sábado

Room full of mirrors

A Jose Antonio Lorenzo, (la mano amiga que busco para huir de mi cobardía)
 
La verdad es un tipo sentado en su cuarto, encendiendo un cigarrillo tras otro y preguntándose por qué no está muerto. El sanatorio le devuelve la mirada desde el paso del tiempo, en cuya cabeza hay una corona de plástico. El cuarto está lleno de espejos desde donde él se refleja. Porciones de yo le amenazan. Si con algo quisiera acabar es con el yo. La idea de dios simplemente es aburrida. Aturde hasta la extenuación. Aparece igualmente multiplicada. Sus añicos es el alimento del pobre carroñero que aparece en uno de esos espejos. El resto es alguien que no se quiere dejar matar más que por mano propia. Nociones como el amor se pierden en juegos de juventud donde un espejo le devuelve la imagen del rechazo de cada mujer. El no de sus pupilas le despioja. El único pensamiento posible antes de dejar la habitación (más allá se encuentra el último paso del pensamiento y también, cómo no, de la imaginación, pongamos, la belleza) es el dorado que va cayendo sobre un hielo roído por ratas (el pensamiento al que me estoy refiriendo es el uso de la garrafa). Ni siquiera es estimulación suficiente. Se concibe en otro espejo más tarde podrido en la cama esperando que la daga llegue. Pero la daga no llega. Los espectadores que siguen la historia están rígidos como ante un semáforo en rojo. La basura es el cobijo idóneo. Recoger los trozos restantes en bolsas y echarse al cubo, del que terminan ocupándose camiones oficiales. España va bien. El esquizofrénico sólo es una cría de cuervo que abre el pico para que los enfermeros coloquen el medicamento. El aturdimiento provocado, ese vegetalismo, es una manera de vida propia donde, por mucho que socialmente ni siquiera la zoología te aceptase como parte de su mundo, uno respira. El complemento ideal es un ideario que respira también, pero mucho más lejos. La idea de mujer como máquina desértica. Aquí ya no aparece la fruslería de la llamada flor del desierto como virtud demónica (o fruto del esfuerzo de la gloria divina). Máquinas deseantes interfieren desde su calidad de fantasma. La ruina se ha apoderado del siglo. El siglo como nada y la sordidez como máquina actuante. Viene a ser un retorno a la habitación poblada de espejos. Espejos con rotura de telaraña. Un trozo de España en uno de ellos. El filo perfecto para poner fin al acuerdo en la bañera. El ego sustituye a la belleza y es sabedor de su caída al vacío. Ahí la sangre participa con un papel que va más allá de lo esclarecedor. Puede verse la eternidad en su brillo. Es la obra de arte perfecta, una gota de sangre deslizándose lentamente por la parte exterior (color blanco) de la bañera (siglo XIX). Es completamente necesario el retorno a la oscuridad donde la imagen permanece vacía. El precipicio no se ve. El inicio y final del pensamiento es presocrático. Tras de eso viene el debacle. Los signos de interrogación culminados por el chiste del Tractatus de Wittgenstein. El hombre se viene a sí mismo en una serie de coordenadas construidas para poner ruido a cada paso que da. La esperanza aquí es el hombre encerrado de Pascal, aquel que se ahorra los problemas por no salir de casa. A falta de cigarrillos ese maniático empieza a sentir pequeños espasmos de necesidad que se convierten, con la llegada del esperado invierno del ser, en alegría. Aquí, y he de declarar mi respeto hacia esas máquinas de escribir y los monos que se encargan de su funcionamiento, el hombre, probablemente despojado de sus reflejos, ha perdido completamente la noción de comunidad. Atribuyámosle una familia, también es una identidad que ha perdido. La interacción podría ser considerada como un avance hacia eso. Queda ya a estas horas desterrado el norteamericano obeso que avanza por la acera con una de esas gorras de la cocacola que tienen un tubo que se inserta en la boca. Queda sólo como imagen perfecta de la necesidad de la gasolina para el coche entremezclada con la pérdida de los cigarros del personaje del principio. La muerte de dios es el reconocimiento de una negativa a la serie de pasos adecuada. No hace mucho me referí a mi fe exponiendo mis necesidades que, antes de perder actualidad, avanzan a un sinsentido donde estas actualidades se multiplican e incluso triplican, no sabiendo el individuo por dónde coger al carnero en que sus ojos, ya espaciales, se ha convertido. La necesidad de un cencerro es aquí aberrante, pues el pastor puede verse como la figura del eterno borracho desdentado. Los ojos de ese despojo humano llamado hombre del siglo XXI ven a su espectro intentar atraparlos sin éxito para devolverlos a unas cuencas que tampoco están ahí. Pensemos por un momento a dónde llegaría en este caso el interés, pongamos, en los derechos humanos. Deteriorado el valor de las cosas la víctima que saborea caviar desde la cubierta de su yate no es muy diferenciable de esos niños que mueren de hambre cada 50 segundos en el mundo. El yo pasará a la historia sólo a través del sueño. Y ese sueño es el de un hombre en una habitación rodeada de porciones de sí mismo que tal vez sean la realidad. No hay interés. Despojado de sí mismo regresa al cigarrillo perdido para poder expulsarse a sí mismo por la boca y verse desaparecer, aunque reconozco que en este texto me fui a un futuro donde no había tabaco me sirve como excusa ese último cigarro precisamente por ser el último. Y aquí: El último hombre como última bocanada de humo. El hombre perfecto como isla desierta donde existe otra existencia (también propia) que se pierde en esa isla. ¿Hablar pues, entonces, de la belleza del Réquiem de Verdi? No, claro. He imaginado al hombre como un yo fabricador de yoes, todos y cada uno forman parte de un pueblo (asumido en cada yo), la historia de ese pueblo reside en cada defecto del pensamiento. El resto de habitantes de ese pueblo simplemente estaban cegados por el brillo de la vida. Este yo amañado intenta salvarse y en esos intentos consiste su respiración, influida por las bocanadas de humo de un cigarro llamado último. Y es aquí donde quiero traer a un difunto llamado Ángel. Perfecto esquizofrénico que pululaba por mi existencia y, de vez en vez, era invitado por mí a café. Es la imagen donde el resucitado de la habitación, ese cadáver andante en lo que me he convertido y que no puede ser considerado persona bajo ningún concepto, se muestra excelente sabedor de que la belleza de la vida reside en la necesidad y que necesidad y poder son una misma cosa. Como es natural, Ángel, el esquizofrénico de verdad y no la imagen literaria y estúpida en la que uno de mis yoes se ha convertido, me pide para otro café. Ahí le entiendo. Quizá fui la única persona que lo hizo, porque yo ya había sabido en mis carnes de ciertos efectos secundarios provocados por el haloperidol. Luego, más allá, está la separación con Ángel debido a su evidente mono trasladado a una manera actuante extremadamente agresiva. No te conozco es lo que este señor honorable que soy es lo que vino a decir a matojo de nervios humano Ángel antes de que este último se despidiera del mundo. ¿Cómo calificar el pésame a su señora madre? Mis maquinaciones de suicidio responden a todo esto que desvelo en este escrito. (Por alguna razón intento encontrar una mano amiga que lo comprenda, escribiéndolo y compartiéndolo). Yo llorando ante C. Otra versión más. Yo llamándole mi vida a C. Otra más. Yo como los pasos que da otra persona para convertirse en una humanidad que ya es. Los componentes son humanos. Simple y llano. La soledad es una imposición muy agradecida. Todo lo escrito antes que esto son sinsentidos por fabricar una vida activa donde tienen o podrían tener cabida elementos como facilidad o talento en pos de una belleza que la paciencia de ningún yo merece. Porque no hay esencia. Porque no hay yo. Porque tampoco hay justicia. Porque la realidad creada por mí de un entierro de juguete trae confusión a la propia muerte de uno, y la diferencia entre ficción y realidad es una quimera para un yo que se ha despojado de toda proyección. No future, decían esos caballeros de pelos de pincho mugriento ingleses. Cómete a uno. Saben a yo. Y luego está yo con 15 años en un poblado perdido cercano a Malabo dando cocacola caliente a unos niños que se matarían el uno al otro por una gota de ese oro. Dormir es de cobardes. Escribir también. Intentar ser comprendido, eso pasó. Pero todo intento filosófico que se precie (y de ahí que Las investigaciones filosóficas de Wittgenstein sean una obra humorística) debe estar basado en una sola base: Quejarse es basura, joder.
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Can you feel my love buzz?

En ocasiones percibo a mi chica como la poseedora de las llaves de mi ataúd. Supongo que en ello intervienen varios factores y que el primero es que, salvo la que disfruto con ella, he abandonado todo rastro de vida social. Supuse que sobraba en mi vida, pues es cierto que su compañía me colma y que sería coronado por la dicha si tuviera la ocasión de vivir con ella en una isla desierta.

En ocasiones enciendo cigarros en la oscuridad y el humo me rodea encadenándome. Apenas veo y me imagino chiquito gritando a una montaña con el mal guardado de provocar una avalancha de nieve. A veces entre esa nieve, que en el entorno que nosotros manejamos, es urbanita, se cuela por debajo de la puerta y pueden percibirse en ella tonalidades de sangre (es tan sólo lo que imagino en la oscuridad). En la oscuridad trato de hacerle el amor salvajemente, procurando prendarme de su oscuridad en un tiempo en que ella se prende de la mía en lo que vendría a ser una porción del amor que ambos sentimos hacia el otro y que describió muy bien Burroughs en sus diarios como una mezcla de sexo y sentimentalismo. En mi oscuridad yo vomito sobre su pelo mientras revientamos nuestras cositas mientras nos decimos la palabra sí. O no. Quizá todo eso sea una invención. Me veo pequeño para su sexo. Lo percibo como la cabina de aquella película en la que se quedó encerrado el protagonista de una famosa película española.

La verdad es que necesito reflexionar. Si recuerdo la película aquella apenas recuerdo que su protagonista se encontraba en un desierto, que es lo que para mí, desde que ella se encuentra en mi vida, simboliza el resto del mundo. Si decido entenderlo de otra manera consigo entrever un monstruo de tres cabezas transparentes. En ambas tres estoy yo. En la primera en un desierto como el nombrado anteriormente dormido bajo la ilusión de un oasis, o quizás muerto (lo mismo que siento cuando visito un lugar como el Fnac o El Corte Inglés), en la siguiente hay fauna e intento esconderme de esas bestias que podrían largarme de un zarpazo poniendo también cuidado en serpientes o, qué sé, escorpiones. En la tercera está la belleza que encuentro en muchos Réquiems (como los entonados por L. Cohen en su último disco, que es el que tengo puesto en la pletina), alejado de ella y de mí, pues ese sonido nos va separando de la vida misma. No dejo de pensar entonces dónde estará su mano. No dejo de pensar la belleza que es esta mano abierta con sus curvaturas y ríos, el hecho de poseerla a instantes y salir a dar paseos al Retiro (quién sabe la razón por la que he decidido realizar un escrito a ella en ciudadano y no en poetastro). Luego está su carne abrazando mi cabeza, calentando el resfriado que poseen mis agujeros, por los cuales no sale ninguna luz. Intento saber sobre qué escribo. Si sobre mi oscuridad o la que queda reflejada en ambos cuando somos un individuo solo y ciego (o en un mundo ciego, o en un mundo en que ambos están ciegos, mundo e individuo), es decir, cuando no hay bajo el cielo alegría alguna a la que aferrarse.

Esto último la convierte a ella en emotividad. Una fiera a la que hay que agarrar bien fuerte y domar, pues el exceso de sentimentalismo roba belleza a las cosas y magrea a la realidad con besos falsos, que sólo pueden saber a algo en el paladar de un… bueno, hay de todo.

El resto es la yugular que necesitaría morder para encontrar una mordedura en la mía y concebir en el tatuaje propio fe de vida. Aquí quería llegar para enlazar con el inicio, es decir, lo que es ella en cierta mirada mía actual y empijamada: la poseedora de las llaves de mi ataúd.

Luego salgo de mi pijama porque al día siguiente siempre es uno nuevo. Y vuelvo a buscarla. Reconozco que mi adicción no tiene nada de tibio. Ella caminando por el cielo de mi mundo, mandando en sus edificios, ejecutando ciertos elementos de mi vida inmunológica. Percibo en eso la belleza. Sin ella estoy en un permanente entierro o bebido. Me explico: Hoy no puedo dormir: necesito su luz. Esto lo enlazaré con cuando dije que encendía cigarros en la oscuridad.

El humo me atrapa como cadenas. Después sólo estoy yo. Dentro, sin la posibilidad de que venga a desatarme (sólo ella me conoce) y… lo que quiero decir es que cuando este modo de revestir lo que siento ocurre es esta noche presentada como todas las noches. Y no puedo saber si escribo dormido o despierto, pero sí que quiero poco al mundo, a las personas y a las plantas, que me quiero poco a mí. Aunque luego se pase, ya me entiendes.


PD día 2: No existe ningún problema.
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Helpless child


 
 
Hace mucho tiempo de aquello. Por suerte o desgracia ha quedado registrado en mi data-sistema.

Si abro la puerta lo primero que veo es a una buena cantidad de borreguiles amigos pasándonos cáñamo en los momentos en que el ácido ya ha empezado a hacer efecto. Estamos alrededor de una fogata. Yo me concentro en la llama y puedo ver a María allá donde estuviese. Un chirrido sale de mi boca, pero lo que digo no tiene sentido.

Uno de los chicos está enfocándome con una cámara y yo digo unas palabras acerca de Mariano José de Larra, a quien en ese mismo momento quizá estuviese confundiendo con Diógenes Laercio.

Subo a un cuartucho (efectivamente para ello he de superar una oscuridad grave) y me veo rodeado por dos amigas de entonces, que hoy no tienen cara. No quiero que marche ese momento. Quiero detenerlo. Reímos mientras uno de los montañeros duerme a nuestro lado. Suponemos que escucha nuestras risas, dedicadas a él. Nos apretamos y, en cierto modo, tocamos, aunque nada siento. Nada parece de este mundo. Les propongo si prefieren ver o vivir y coinciden en vivir. Quizá no he expresado bien la pregunta. Quiero verlo todo, les digo, lo que no nos acerca para nada al acto sexual. Les digo que puedo intuir lombrices bajo sus medias, pero que sólo son imaginaciones mías, realidades interrumpidas. Ríen. Se puede estar a gusto conmigo.

Afuera abro una lata de cerveza. Me cuesta enfrentarme al hecho de que esté caliente, pero los hielos se han acabado. Entablo una conversación acerca de Stevie Ray Vaughan con uno de los larguiruchos. Disfrutamos del sonido. El ambiente es lo suficiente sano. Nos confesamos nuestras visiones, que parecen un emparedado de risas. Parecemos andar en la misma frecuencia. Bailo de alegría, por un momento.

Fotografías en blanco y negro. Allí estoy delgado. Las chicas del pueblo me quieren. Yo llevo una cresta de flores en el pelo y una chaqueta de ante. Supongo que en un momento dado debí despreciarlas.

Poco después empezó a oírse la vieja sierra. El montañero estaba empeñado en gastarnos una buena broma a todos. Finalmente, aplicando un giro en señal de poder, se destroza una bota y de ahí empieza a salir un chapapote de sangre. Ninguno estamos en condiciones de acercarle a un médico pero lo intentamos y finalmente damos con el sitio. El corte ha sido lateral. Hay que frenar la hemorragia. Las luces blancas descubren nuestras pupilas como las de unos chicos majos, humildes y drogadictos.

Alguien se empeña en llamar a la policía. Decimos que el montañero sabe dónde encontrarnos en caso de que haya que rellenar algunos papeles, pero que en nosotros es prioritario dormir.

Cuela.

El resto de la historia es más o menos exactamente: Jajajajjajajjajajjajajjaja.
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martes

In my life (2013)


"El éxito es ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo" (Churchill)

Me he subido varias botellas de sidra en lo que insisto con tu teléfono. Fin de año 2012. No recordaba una despedida tan triste que no se refiriera a personas. Jose me llama y me habla de una editorial amiga de Cognoscible Cristo de la Cabra para publicar mis textos, denostados como los de Cristóbal Serra, mucho más que aquellos. No sé si te espero a ti o espero a la muerte, sólo sé que espero a eso que no sé lo que es y que puede resumirse en El móvil al que llama se encuentra apagado o fuera de cobertura. Comprendo que tú tienes tu vida, pero la mía sólo es cuidar de la más pobre de las bibliotecas, del más pobre de los blogs. Recibí el primer mensaje de una chica grunge a quien la molo. Decía: Me encantan tus escritos. Al tercero ya tenía más confianza y añadió que se comería mis cacas mientras se la metía. Eso es tener un blog. Si no ¿De qué? Yo sólo te quiero a ti y mientras tecleo se calienta la sidra. Intento descubrir tu momento a través de tu voz mientras, para cerrar el año, te puse el In my life de los Beatles versionado por Johnny Cash. ¿Qué otro regalo podría tener a mano? Mi padrino me llama y le digo que no me asusta llorar. Me dice que hay que aceptar que las cosas cambien. Yo ya no visito a mis muertos. Quedaron detenidos sus movimientos en una cabeza a la que no quiero disparar con mi aire comprimido. Mi boca misma está hecha de aire comprimido. El cerdo de tu padre estaba hecho de aire comprimido. Quiero sacar de la tumba a ese cabrón y follarme sus putos huesos. Porque no puedo comprender que nadie te quiera ver feliz mientras yo bebo sidra y escucho a Johnny Cash y me suicido por decimonovena vez.

Quiero contemplar mi muerte mientras habito la piscina de un gran hotel con un sol y sombra en la mano, en una colchoneta de cuero. Quiero estar desnudo ese día. Que me encuentren como vine al mundo más la vida, que ha sido un millón de muertes y, ay, tú, que eras la vida. Termina el año y me pongo a teclear. Mi familia no va a comprender que necesite más sidra, así que, quizás, salga a por whiskey y la líe parda, como en los tiempos en que viví en la calle y me echaban de todos los lados. A veces también me han echado sin vivir en la calle. Me llamo Johnny Boy y todo el mundo lo sabe, desde Tarifa a Guanajato. Yo disparé a Billy the Kid. Yo maté a Liberty Balance. Pang pang. A tomar por culo el puto Martin Luther King. Yo maté a Lennon antes de haber leído a Salinger. Siento lo de la japonesa, pero es que no me quedaban más balas. Y mírame ahora, tronca, esperándote como espera una puta perrita en celo a su dueña en la puerta de la panadería.

Sin ti no soy ni mi pasado, donde me grababan para la TV en casa, sin salir, con el único objetivo de correrse, de cortarme una vida que creció como una flor todopoderosa y abierta hacia todos los soles del puto eco cósmico. Allá, de los salones cósmicos, vengo. Otros han jugado a las tragaperras en Torrelodones y ceen haber vivido esto, pero esto sólo lo vive quien tiene el corazón esparcido por cada puta cumbre, rebañado por los buitres y seco mientras la última botella se acaba y la muerte acelera su paso. Qué bonito número para morir. De todas las muertes me quedo con la de Kennedy y de todas las palabras con dos frases que hizo célebre el paleto de Jackson Pollock: “Si soy tan bueno ¿Por qué no soy millonario?” y “¿Dónde está el champán?”

Te espero. Me follo a todas las burras imaginadas del mundo. No me hagas esto, nena, porque si me lo haces huiré. No me lo hagas porque mi ausencia de corazón te ama, te quiere arriba, en la cima de un monte levantado por ambos para desgracia de los amaneceres. (Quien habla contigo espera hablar con Dios un día.)

PD: Y no escribo más porque se me calienta la sidra. Amigos, estoy muy solo. Yo también moriré y ella seguramente no estará. Pero eso es otra historia. Ya fracasé hace mucho tiempo.

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