lunes

Atlético de Madrid-Groningen

Recuerdo un partido
la vuelta del Groningen-Atlético de Madrid,
en el metro mi padre me llevaba de la mano
mientras yo descubría los túneles que contenían el oro de los cuentos.
Ya iba siendo mayorcito,
a menudo sustituía el gracias por la brutalidad
y mi sonrisa, así como los castigos en clase,
horas eternas en pasillos cuyos azulejos me reflejaban,
terminaban salvándome.
El día del partido era mi confirmación.
Habría de ver cómo lo ganábamos sin pasar la eliminatoria
y yo le preguntaba a mi padre qué significaba
mientras hincaba el diente a mi bocata de sardinillas.
A la vuelta, los chicos de las bufandas rojiblancas,
en el metro,
miraban al suelo.
Yo era la cucaracha que cabía en sus miradas
y me presentaría en el cole
como el héroe que había ido a ver el partido de mano de papá.
Las collejas serían intercambiadas por buenas notas en matracas,
ya estaba empezando la ecuación.
Esa equis también era yo,
años más tarde,
cuando dudaba entre matar o matarme, y todo
por una humanidad que hoy sé
que, aun ganando,
ha perdido la eliminatoria.

Intervista (Erosionados)

Alberto Masa para el libro Erosionados. Una entrevista de Adriana Bañares:


¿Qué tal está la poesía? ¿Cómo le trata la vida?

Me trato tan bien como la trato, tanto la vida como la poesía. Ambas son invenciones nuestras, así que, con una copita, se llevan lo mejor que se pueden, teniendo buen sexo y también evitando el cansancio en el trabajo, que suele ser otro.


Aunque el blog Erosionados nació como un modo de promocionar el libro, en su año de vida ha ido tomando una autonomía propia y cierto status dentro de las antologías virtuales. Muchos son los autores que envían sus obras para ser publicados en el blog (alrededor de cien hasta el momento). ¿Conoce el blog? ¿Le gusta?

Sí, me encanta. Me corro vivo.


¿Qué relación hay entre el sexo y los colores? Varios autores/poemas del libro hablan de colores o los utilizan como metáfora para hablar de sexo. ¿Por qué cree usted que sucede esto?

No sé. Yo creo que la gente está mal de la cabeza. Yo tuve una novia que cuando se corría veía ovnis. Tranquila, cariño, sólo soy yo más el efecto de la mampara. 


Este libro surge del deseo de la editorial Origami de publicar una antología de poesía erótica. Origami es una pequeña editorial independiente que, en sus dos años de vida, se ha especializado en la poesía y ya cuenta con un importante plantel de autores. ¿Qué supone para usted publicar en esta editorial?

Bueno, los chicos hacen lo que pueden. Y están ahí. Lo están haciendo muy bien. A mí me han invitado a una mariscada, o me van a invitar o… ya no me acuerdo.


Hay barras de bar y minibares en este poemario. ¿Es importante el alcohol para seducir? ¿Por qué flirteamos en los bares?

Porque mola mazo. Unas chicas van a un bar y se cruzan con unos chicos que han ido a ese mismo bar ¿Sería mejor que se liaran a hostias?

jueves

Textes pour rien (y pico)

La primera vez que nos vimos, sin apenas notarlo, pequeñas heridas se abrieron a lo largo de nuestros cuerpos. Mientras vaciábamos un par de Guiness toda la química capaz se entremezclaba llamando, asunto por asunto, a la vitalidad mutua que desarrollaríamos más tarde. Hoy día, estás junto a mí, por mucho que hayas iniciado un viaje hacia ti misma. Te llevo conmigo al bar y la gente me pregunta po...r qué voy solo. Allí me agarro a periódicos desactualizados que sustituyen mi conversación con tu ausencia. Afuera hace mucho frío. Me dan pena las ovejas de Pititi, que a veces se pasa a saludar, puestas en un campo donde hiela todo el día y comiendo escombros donde la hierba ya desapareció. Pititi me dice que qué bien vivimos los jubilados y yo le digo que sí, que vale, que le invito a un botellín.
 
.............................
 
Cientos, miles, qué sé yo. Tumbas esperando bordar nuestro nombre, dejarlo ahí como si tal cosa, mientras los tiempos, cambien o dejen de cambiar, ya no nos dicen nada ahí abajo. Puedo ver mi muerte, es un día como hoy, con frío. La gente acude a la tumba no sé, ciertamente, para qué y yo ya no confío en renacer. Soy la nada del otro lado del espejo, del otro lado del pellejo, festín para insectos de tierra. Mi esqueleto, separado del tuyo, no dice gran cosa. Ni siquiera tiene cierto atisbo de gracia. Quede claro que no he osado probar el ajo. Son sólo cosas que viven en mi mente el rato que tú escapas de ella.
 
..................................
 
Tengo de vecino a Jesucristo. Es un tipo discreto que nunca pasa a pedir aceite o huevos. Hoy hemos coincidido en la escalera del ascensor y me ha dicho que le va tirando, que está de mecánico, que yo qué hago. Le he dicho que le rezo mucho. Acto seguido ha soltado una tímida carcajada. Dice que siempre hace lo que puede por quienes le rezan, pero que su mente está en mejorar embragues. Hay que vivir, ha matizado. Ya en el ascensor le he preguntado si podía besar su mano santa. Ha accedido. Perdona los tiritones, me ha dicho, es que estoy tratándome la artritis.
 
................................
 
Hoy le han dado a elegir un Audi a cada jugador de la plantilla del Real Madrid. Pero, aunque se lleven el coche por la jeta, he pensado: Pobrecitos, con lo difícil que es elegir.
 
..............................
 
Rompí desde hace dos años con mi costumbre de hacerme pasar por loco (bipolar, esquizofrénico, etc... da igual el nombre que le pongan). En todas mis compañías siempre había alguien que le tenía que decir a los demás: es diferente, especial. Vosotros ya me entendéis. Incluso tuve compañeros que casi rozaron la difícil amistad con mi persona a los que jamás saqué de dudas. Uno llegó a ser jefe mío ...y casi le cuento mi secreto pero ¿Cómo quitarle su buenismo cuando contaba a alguna persona importante que había concedido un puesto de trabajo a alguien así? Total, mi sueldo no aspiraba a pagar el transporte público. Esos eran mis amigos, más tarados que yo, gente que era infiel a sus parejas e iniciaban amistades por dinero. Nadie se merecía saber mi secreto, pero comprendí que también estaba mal por mi parte, ya que había gente que sufría de verdad. Hoy un nuevo amigo me ha saludado empleando la idea de trastorno hacia mi persona y compartiendo su debilidad. Enseguida me he sentido arrepentido. No estoy loco, y esta idiotez es capaz de defraudar a muchas personas que he ido conociendo a lo largo de los años.
 
.

viernes

Memento mori

Patti Smith está en el estudio justo antes de grabar su canción Memento mori, dedicada a William Burroughs. Se dice que él merecía más que nadie una canción. Él lo merecía todo menos morir, aunque tuviese ya noventa y dos años y una vida dedicada al arte mayor y el vicio. La muerte para él fue un libro más, un experimento más, se dice Patti Smith. Y una lágrima cae de su ojo porque recuerda la vez... en que lo visitó y le dijo que tenía hambre, y el bueno de William S. Burroughs le tendió un pescado para que se lo hiciese. Todo era tan tierno a tu lado. Ya no volverás a enseñarme tus armas. Ya no volverás a tener miedo, William Lee de mis entrañas. Tú eres mi carne, ahora que he llegado a ser una chamana que sabe amar tanto a Rimbaud como a Bolaño. No me olvidaré de tus párrafos en Ciudades de la noche roja. Los recitaré en mi canción dedicada a ti, mi viejito con cojones, símbolo de la droga y la homosexualidad. Te amo, William Lee. Perdóname si la canción no sale deputamadre. Son los nervios que recorren con voz de muerte mis venas. Llegaré a casa y me tomaré un zolpidem, entonces me acordaré de cuando Zappa y toda la pesca fuimos a saludarte al aeropuerto. Abandonaste el búnker que, dijiste, no había que abandonar nunca. Tú eras Tánger, Londres, Nueva York y la ley del flaco. Hoy dormiré y mis sueños velarán porque despiertes en un mundo mejor, donde se escriban panfletos mayores a este y, al fin, seas coronado, coño, porque, no sé dónde lo leí, los EEUU tienen en ti a su Duchamp.

jueves

Textes pour rien (La casa de hojas y The kids are allright)

No tengo órganos, o dentro de poco no los tendré. Los cambio todos por libros. Ese, por ejemplo, de moda: La casa de hojas. Doy mi hígado por él. Podéis tocarlo, el hígado, digo, no el libro. El libro ni se os ocurra. Sólo lo tocaré yo. Oleré sus páginas con olor a nuevo y veré si la prosa equivale a un hígado. Tengo más, libros e hígados. Todos pueden ser tuyos, podrían, consígueme libros que beber. A estas alturas estoy borracho de Ella y con eso basta. Ella también me toca el hígado. Hasta le dejo que toque el libro. Lo bebemos juntos mientras comemos hígados de otros, mientras otros hígados crecen en el hueco del nuestro.

.....................................
 
Me han dicho que el libro de moda está en el fondo del mar. Deberé bucear muchos kilómetros. Bocabajo el agua se percibe con mayor intensidad. Más aún cuando te entra por el traje de buceo. Los peces apenas molestan. Al principio creí que querrían comerme, pero he terminado comiéndoles yo a ellos. Todos me temen en el océano a la par que no encuentro libro alguno. Quizá mi libro de moda es este vi...aje. Conseguiré La casa de hojas sí o sí, por mucho que aquí abajo las páginas se hayan tragado el resto del mundo. Lo fácil que hubiera sido pedírselo a Marta... Acá abajo sólo veo esqueletos de libros futuros. Todos tienen muy buena letra, aunque sueles perderte en la trama. Los peces devoran tramas de libros por escribir. Son mis libros, los que escribiré y los que no escribiré. Sé que esto no da miedo. Mis libros, los que escribiré y los que no escribiré, no son como La casa de hojas. Con mis libros entran ganas de ir al baño a defecar nuevos libros míos. Al tirar de la cadena, puedo oírlo desde la inmensidad de este océano, un nuevo libro por escribir sale a la venta. Los quiero todos, por mucho que ya no quepan en la mar en que se ha convertido mi casa.
 
....................................
 
Recuerdo la anómala tarde en que hube de deshacerme de The kids are allright en su versión en VHS. Ya me había deshecho de varios más, como el Woodstock de Hendrix, pero me quedé mirando la carátula. Las caras de los componentes de The Who me miraban compasivas. Iba a necesitar reunir fuerzas entre miles de lágrimas que no eché. Pete Townsend y Keith Moon estaban en mi habitación, uno vivo y otro ...muerto, diciéndome que lo hiciera y yo, vivo y muerto a un tiempo, lo hice. Era tan fácil como deslizar los dedos en el contenedor. Pude echar antes Quadrophenia o Tommy pero ¿The kids are allright? Después de lograda mi hazaña, llegué a casa y abrí la botica. Me metí un Rexer 800. Todavía no he despertado del sueño. Sueño mares de The kids are allright. Cuando despierto un poco reúno las suficientes fuerzas para ponerlo en Facebook y así hacérselo saber al mundo. Tiré todos mis VHS. Otros, leí, los venden. En el estercolero Jim Morrison y Mick Jagger se cuentan chistes de el Lepe mientras beben zumos de piña caducada. Y The kids are allright, no muy lejos, me recuerda que, por un momento, pude ser uno de ellos versionando My generation en Valseca, al lado de tanto garbanzal.

lunes

Ante la taza de té


Estoy en la cocina ante mi taza de té (alguien ha debido de colocarme aquí). A ratos doy ligeros sorbos (quema). Dios (o alguno de sus terratenientes), estoy seguro, me mira desde lo alto del tejado, que está por caerse. Tardaré en moverme. Esperaré paciente a que de los labios de ese observador obtuso salga una palabra, para cogerla, mojarla en el té y llevármela a la boca. No quiero cansarme de masticar ese pedazo de gloria divina.

 

¿Cuántas versiones de My funny Valentine caben en esta mañana? Amanecer sin ella es una tristeza asumida que cabe en cualquier chimenea, ahora que la familia empieza a estar por encenderla. Al encenderla, venidos de una mano invisible los inviernos, ella prende con todo su fulgor. Madrid, París, Barcelona... Ella está y no está. Viene y no viene y, en el transcurso, miles de trenes hacen escala en la cocina donde vacío mis tazas de té caliente, orgulloso de llevar mi nombre inscrito en su pupila.

 

Afuera no se oye un maldito pájaro. Tan sólo el viento azota el ventanal, y yo permanezco en la cocina ante mi taza de té caliente (a esta hora ya se ha enfriado un poco). Una fotografía por MMS de mi chica, en un día gris parisino. Su sombra se la come el Sena. Está contenta en el día de Marco, mi nuevo y primero de los sobrinos, en mi día de espera, de ir mañana a conocerlo en carne (mortal y rosa), ay, criatura. A mí, supongo, me tocará enseñarle a que le gusten los Beatles al tiempo que sus padres trajinan entre noches en vela y pañales. No es un día más, es el día en el que espero. De la más absoluta alegría al mar de dudas tan sólo anida un trecho pobre. Hoy, mientras miro ambas fotos (la de mi chica y la de mi sobrino), me pregunto si seré capaz. Si la vida, por algún motivo de esos que ella misma se inventa, volverá a mí.

 

Las nubes, teñidas de una copa de más de vino rosado, caen sobre la casa, traspasan el tejado y me encuentran. Procuro, entonces, mi oración, siempre nueva. Sólo quiero beberme este té, dios santo, sólo quiero eso. No puedo abrir más mi corazón a la cocina por miedo a introducirme en una de esas latas de conserva que terminaré abriendo para la cena. Procura el recuerdo de una vida mejor a mi vidita, que se encuentra fuera, y que Marco, mi nuevo sobrino, el héroe de este cuento, sustituya mi labor acá. ¿Pero quién será capaz de beberse este té sin recalentarlo una pizca?

miércoles

Teresa, a lo lejos


Has vuelto a tu cuerpo y a mi cuarto. Aquí estás, con la gelatina aún embadurnando la osamenta que te construye. Puedo volver a destruirte y algún genio loco se encargaría de hacerte de nuevo sólo para que te puedas pasar por la piedra al Dr. Del Olmo y cien más. ¿Qué digo cien? Doscientos millones más. Porque tu religión se encuentra bajo ese ombligo tuyo del que pende un crucifijo al revés.

A veces imagino que vuelvo a mi vida contigo, a una vida nuestra donde nuestros respectivos puñales se nos tuercen de las manos hasta llegar a amenazarnos sólo y respectivamente a nosotros mismos.

A veces procuro imaginar, al regreso de aquella vida (si así se le puede llamar) qué piensas cuando recibes un mensaje mío en el contestador automático de tu móvil de penúltima generación. Quizá tú buscas la sangre sobre la almohada y yo te doy la pluma del amarillo temblor de un canario. Necesito, de pronto, que me hables y que juntos cerremos la jaula de las palabras, eso también. Porque las palabras son como pájaros que están deseando volver al nido de donde proceden a llevar la no vida de cuando su madre les enseñaba a revolotear. Estás y no estás y no puedo atenerme a creer que alguien te hace para moverme en medio del Reality show en que se ha convertido mi vida de interno de un hospital para gente maníaca.

Te veo cuando nos conocimos, yo aún virgen, tú llevabas una pamela gris en la mano como esperando ponértela en cuanto yo te dirigiera la primera de nuestras palabras. Y así fue. Tu primer gesto de cara a mi vida fue sentarte una pamela sobre tu pelo rubio en el que, por más rubio que era, el sol brillaba. Luego supe que usabas champús caros y que siempre usabas, en tus apenas 16 años, secador. Y que para todo ello te encerrabas en nuestra letrina durante medias horas que parecían medios días.

Hoy te veo frente a mí pronunciando unas palabras que no entiendo ¿Quién puede entenderlas? Te han programado mal. Volverás a estar al 80% en un par de días. No me trago que el ínclito Dr. Del Olmo te haya hecho venir con ese programa por mente. Hablas y no hablas. Escupes palabras al revés y todavía existe un halo de luz falsa en mi mente que me dice que estoy ante ti, ante la primera diosa de mi vida, laureada por millones y millones de mártires que, antes de eso, fueron villanos.

Paso de ti y dudo si volver a deshacer de nuevo tu cuerpo relleno de gelatina apretándote el cuello, al igual que la última vez.

Por la ventana apenas el no mar deja alguna de las huellas de sus olas sobre el estampado del hospital. Y yo agonizo por no saber si darte finiquito o no, porque todas mis respuestas son dudas dando vueltas sobre una cama en la que hay postrados muchos gatos también resueltos en dudas. Porque los gatos dudan más que ningún animal. Son el animal con la calavera en una mano y un hilo de lana en la otra. No saben de cuál de las dos patas ocuparse primero y terminan maullando miles de soledades que caben en un domingo nevado.

Una vez acabada mi disertación te ejecuto, no sin antes recordar nuestros tiempos de amantes, mi primer revolcón en el que no parabas de decirme que te diera más mientras yo me preguntaba qué querías decir con eso verdaderamente.

Una vez la gelatina te sale por los ojos dejo de apretar el cuello. Ahí no hay diosecillo que entre, me digo. Porque quiero matarte y revivir el dios que nos hizo a ti y a mí. El dios impertinente que hizo lo nuestro. Quiero desterrarlo. Verlo en Siberia subido a un árbol seco, el único del Gulag, pidiendo auxilio. Y tu cuerpo desinflado de gelatina lo representa a la perfección. Tus ropas, por un momento, estoy por quedármelas, pero no lo hago. Sé que no son tuyas y, al mismo tiempo, sé que no son de otra persona. Por las dos razones no las quiero.
En tu último suspiro has pedido perdón. ¿Perdón? Como si yo fuese alguien con la suficiente estima como para perdonar. Tranquila, sé que no me lo decías a mí, que te dirigías a las cámaras.

.

viernes

Tú y tú (Capítulo taitantos de mi última novela)



Te incorporaste de tu cama. Enfrente de ti estabas tú. Supiste que eras tú. Podías distinguirte a pesar de la tenue luz que entraba por las persianas. Procuraste de inicio no hacer caso a otra probable alucinación y subiste las persianas. Dejaste que entrara a sus anchas la luz del día para volver a verte, por mucho que no quisieras, que te dijeses a ti mismo que era preferible huir de las alucinaciones. Enfrente de ti estabas tú y no sabías a quién de los dos pertenecía tu cuerpo. Cuál verían a través de las cámaras ocultas del Reallity Show en el que la gente del mundo había convertido tu melondro. Te miraste y te acercaste, y procuraste tocarte, pero allí no había nada, tan sólo tu visión de ti mismo. Tenías la cara que habías heredado de tus padres y no la que te había concedido el Dr. Albóndiga en una acción que en ese momento te parecía terrorista. Te miraste de arriba abajo y te preguntaste si aún quedaba algo de eso que te encontrabas contemplando. En algún momento de la vida tú habías sido alguien, una persona, un niño jugando con los charcos y la arena, un estudiante de artes y oficios, un amante, un ladrón, quizá, algo que era todo lo que podías ver en ese espejismo, porque sin duda se trataba de un espejismo. Aquello que eras o habías sido tú también te miraba. Te preguntaba qué hacías ahí, en ese hospital para gente depresiva por un duelo o que había llegado para quitarse de sus problemas, no sé, con el alcohol mismamente.

Quisiste escapar de ti. Ser lo que veías si es que no lo eras. Pero te conformabas con abrazarlo en un abrazo que, sin querer, queriendo abrazarle a él, sólo encontraba como respuesta tu propio cuerpo y, claro, terminabas abrazando a la persona que menos querías abrazar en este hospital y en este mundo.
Sonó la alarma de desayunos y tu proyección te acompañó hasta una mesa. Intentaste hablarle, presentarle a aquellos pacientes con quienes creías tener confianza, pero te miraban raro. Quedaba claro que sólo tú podías verte desprendido de tu cuerpo. Ser tú y no la inocentada en la que se habían convertido todas tus posesiones orgánicas. De vuelta a tu habitación procuraste rechazarlo hasta que te habló. Y, al hablar, desapareció. Estás seguro de que dijo algo, pero a saber qué demonios dijo.

martes

Un vulgar zarapito


Me encontraba adormilado en mi habitación cuando noté una presencia casi fantasmal a mi lado. Al darme la vuelta concluí en que se trataba de un vulgar zarapito. Desde niño siempre había tenido ganas de llevarme uno de esos animalejos a la boca. Fue cuando habló. Dije: ¿Papá, eres tú? Dijo que él, efectivamente, era el Padre, el gran padre supremo que todo lo cura. Dije: Es usted el Dr. Del Olmo. El Dr. Del Olmo no existe, mi querido Albertícola, así como no existe el almacén donde supuestamente lo conociste. Anda, cariño, ve y compruébalo. Le pregunté si era dios y dijo que así le llamaban algunos, con o sin mayúscula. Le pregunté dónde estaban mis queridos padres y dijo que junto a mí, en otra habitación, en la que auténticamente moraba. Le pregunté dónde estaba Teresa y me dijo que sabía tan bien como yo que Teresa era una invención mía. Pero yo me la follé, dije. Eso también es una invención tuya, dijo. Le dije que el Dr. Del Olmo se la había follado y me explicó que eso sí era cierto, caso de existir el Dr. Del Olmo, que no, pero que se trataban de otra Teresa y de otro Dr. Del Olmo, a los que también cuidaba, añadió. Quiero estar con mis padres, le dije. Escucha, mi amado Albertícola, dijo, debes de saber que este último hospital y todo lo que en él ha sucedido es una ficción y, por desgracia, esa ficción podría traerte en la realidad a un hospital como este. La monja no existió, dijo, ni los fotógrafos. Alguien, continuó, escarbó en tu mente hasta fabricar un reproductor DVD. Están metiendo discos todo el rato mientras tú te dedicas a dormir en los brazos de mamá plácidamente en la casa del pueblo. ¿Yo existo? Pregunté. Dijo que existía, al igual que él, que sabía que no era digno de sus rezos. Tan mal te he tratado, mi querido Albertícola, dijo. En un principio, se explicó, tenía grandes proyectos para ti, becas Erasmus, muchachas que te comerían el corazón y a las que extraerías hasta los riñones follando, pero… fuiste. Tú no me rezaste. No rezaste a tu Dios. Preferiste ir al Marijuana a comprarte una chaqueta como la de Elvis Presley. Pues claro que te dejé flipar con ella ante las titis, querido Albertícola, hasta que me enfadé. No puedo saber por qué. Sencillamente me enfadé. ¿Qué era de aquel monaguillo que rezaba de incógnito en la sala de dar las campanadas? ¿A quien permití romper las narices a todo aquel fulano que se atrevía a meterse con mi niño mimado? ¿Qué fue de ti? Fue cuando te vi paseando por el clínico san Carlos, fijándote en sus ventanales, lleno de vida, diciéndote: Aquí nació el nene que estuvo a punto de morir en una de tus inmundas incubadoras. Ahí, donde tú te vengabas de tu muerte, que impedí, me enfadé contigo y te volví loco, y todos tus amigos me imitaron porque no hay mayor placer sobre la Tierra que imitarme a mí, a quien hizo todo esto. Se sintieron dioses por un rato quitándotelo todo. Todo lo que yo te había hecho ganar a pulso, ofreciéndote una inteligencia con imaginación. Egeo se ahogó, como tú, en el mar que hoy lleva su nombre. Sé que lo recuerdas. Ahora rézame, rata inmunda, reza a la verdad y volverás a renacer. Juntos ordenaremos una vida que, hasta hoy, sólo ha sido una burda imitación del pasado repetido en el pasado. Conocerás nuevas Teresas, pero reales, y follarás su corazón, Albertícola, te acostarás en sus páncreas y nos correremos juntos, porque tu semen también soy yo. Todos los hijos que no tuviste son yo. Mírame y dime cuanto se te ocurra.

Fue entonces cuando cogí a ese vulgar zarapito y lo llevé al aula donde atendían medicaciones. Allí estaba el mechero donde yo me prendía mis buenos cigarros inventados. Lo pasé por él haciendo caso omiso de sus gritos. Morir es tu oficio, dije en alto, llamando la atención del antaño amigo mío bedel Juan.

El bedel Juan me preguntó qué estaba haciendo y le dije que estaba dispuesto a comerme mi libertad en la figura de un pobre zarapito.

A continuación, tras darle varias vueltas con el mechero, miré a los ojos al bedel Juan y comí de ese zarapito. Lo mastiqué histriónicamente, denotando un sabor a nada, que era el sabor del que mi propio paladar estaba hecho. Él me miró sin torcer el gesto. Yo dije: ¿Es ahora cuando me vais a tender el carné de cuerdo? Dios ya yacía en mi esófago cuando el bedel Juan regresó a la lectura de su periódico deportivo.
.

miércoles

Una cabaña hecha de palos


Un amigo de mi mujer sufría de insuficiencia respiratoria y ella ha ido a llevarlo al hospital. Yo me he quedado acá, solo, incapaz de sentir y, lo que es aún peor, no puedo caminar la habitación entera. Sólo puedo limitarme a mirar por la ventana. La luna está llena y apenas se ve la oscura arboleda que sale camino del cementerio. La vecina de enfrente está leyendo un libro. Desde aquí no puedo distinguir cuál es. Distingo una nube rosa cayendo sobre sus gafas. Es una mujer anciana a quien en la cara le brillan varios monos. Escucho un concierto de Chet Baker con Elvis Costello y Van Morrison como invitados especiales, bebo agua con limones exprimidos y fumo puros Amigos. Me aprieto la pierna hasta sangrar, pero nada. Después de eso me clavo un tenedor. Me pregunto qué sucederá en el resto de la casa. Me pregunto qué le diría a la vecina si se presentase aquí con alguna queja o similar. El buitre que soy ha anidado en una atmósfera que se encuentra a miles de años luz de aquí. Espero la llamada de mi mujer. Espero que todo fluya, como dicen en Facebook.

 

Sin apenas notarlo las paredes empiezan a moverse. Puedo ver pequeños grillos maullar subidos en el techo. Las olas del Mediterráneo chocan contra la casa, y sé que todo sucede porque no está ella. Apenas puedo, ya lo dije, moverme. Sería una heroicidad llegar a la puerta. Si la vecina de enfrente, que plácidamente lee algún libro para viejas, supiera lo que significa esto. Pero no. Bajo su pecho laten al unísono dos corazones. Uno está concentrado en la lectura y otro en su cara de mono, de varios monos. El cielo es una ruina. Si pudiera cambiarme por ese amigo de mi mujer al que sin duda ahora le estarán diagnosticando una angina de pecho, lo haría. Todo con tal de estar en sus brazos.

 

Poco a poco voy notando cómo me convierto en uno de esos grillos que me aturden. Si llegar a la puerta es difícil, el techo me llama. Mi peso no atiende a gravedades y subo a él. Desde allí soy uno más. Todos los grillos que maullamos somos hermanos, por si alguien no lo sabía. Desde allí aún puedo ver cómo se recoloca las gafas la vecina. Es una mujer anciana con varios monos en la cara. Ahora, si pudiera, me abrazaría a ella. Le preguntaría con la más dulce de mis múltiples voces qué lectura requiere tanto de su atención.

 

Espero a mi amada en el techo, como un globo pregnado de gas que se quedó ahí. Me he traido un par de cartas. Ambas son suicidas, de autores anónimos. En una dice que alguien lo ha conseguido, la otra es un poquitín más larga.

Sin quererlo me veo reflejado en las gafas de la anciana. Apenas quedan restos de mi cara y mi cuerpo se revuelve a la búsqueda de todos aquellos órganos que me faltan.

Echo de menos a mi mujer. Por un momento pensé que todo podía reducirse a eso, pero no. También echo de menos tener corazón. Como cuando bebé.
 
Una cabaña hecha de palos y el aliento de mamá junto a la cuna. Todos los misterios eran nubes demasiado ariscas y bienvenidas.
 
.

domingo

Vacaciones cántabras

1. Tengo un asesino en mi oído que ordena, ubicado allí, a las personas que he de matar. Últimamente vive en el paraíso, cercano a ella, se rozan en una playa vigilada por la CNN. Debo matar a todas aquellas olas suicidas, juntar mis pies con los suyos y llamarle a su oído por su nombre: Paraíso.
 
2. Quiero que regrese ese niño que vive en mi colon. Defecar con alegría mi plato de sueños y aquello oscuro en que me he convertido. Quiero que venga ella a parir juntos esa humanidad consagrada. Se encuentra adentro, coronada de luz, agarrado mi niño a la tráquea que sirve como cadena para la chorrera final, donde al fin lo cesareo, dando muerte a mi vejez, que llora sobre la tumba del niño.
 
3. Mientras me adentro en el mar tengo muy presente que son palabras quienes me sujetan. Las nado, bebo de ellas y me empapo hasta aparecer varado y medio falto de respiración en la orilla. El boca a boca son palabras en la arena. Yo escupo agua y el/la socorrista dice "Está usted bien?" Gracias, respondo, he debido de tragarme un par de palabras.
 
4. En la playa de Salinas sorteo las olas, las rio, exclamo que son vida en mi cuerpo, luego, al verlas morir, las despido con un hasta pronto. Un día me llevarán y serán ellas quienes, en su despedida, vuelvan a coronarme, igual que cuando vivo.
 
5. Las olas dejan su epitafio en la orilla hasta que el sol destruye el castillo de arena. A esa hora, el niño que fabricó un entierro de juguete ya ha regresado al hotel de mano de su madre. Han comido caracolillos, son felices en la parrilla del alma. La madre bebe coronitas y el niño fanta naranja. El mar siempre sabe de su regreso, de los miles de nuevos epitafios que, bajo su alfombra, moran.
 
6. La belleza de mi Ceci redunda la inmensidad del mar. Sobre la oreja una flor bautiza su pelo y, de la mano, bailamos el atardecer en una danza drogo-chamánica. Saltamos la venida del segundo sol. Ese guiño de su ojo derecho abriéndose paso entre la multitud de coches para decirme: Entra.
 
7. Recojo conchas con mi madre a la orilla del mar, alejado de psicofármacos. Un día comprendí que el mal que habitaba en mi cabeza proliferaba sólo en los sueños. Hoy día recojo, al igual que en la vigilia, conchas, de mano de mi madre, a la orilla de un gran mar. Las olas se han tragado la oscuridad.
 
8. Una gaviota muerta flota en el agua de mi inundado cuerpo. Acá todo son comienzos de duda. El vértigo que concede el malabarista a su plumaje. Las olas nos arrastran despeñándonos contra las rocas que dieron comienzo a la humanidad. Hay trozos de seso incrustados en ellas que algunas babosas pasean. El mar es el regalo más acertado de dios a la naturaleza.

martes

Flor de flores


Alguien dijo de mis dibujos que eran flores mortuorias en el agua, salvajes y dolientes. Quise reproducirlo. El agua por donde fluye la representación ha sido santificada desde, aproximadamente, los 20 del siglo pasado. La flor es una enajenación bendita que atiende a la claustrofobia que supone divagar por la corriente de un río ajena a las turbulencias.

Estoy en la cama abrazado a la parte derecha donde debiera estar ella. Soy mitad ella y la música me trae todas sus otras mitades. La descifro angélica en Bach, para luego ver su historia en Beethoven, que es el narrador por excelencia de los compositores clásicos. Mozart es la poesía que se le cae del labio cuando beso a una almohada que ya se encuentra agotada de aguantar sólo el peso de mi cabeza.

Me encuentro leyendo la herida que descifro en su no estar aquí. Es color mora, con una ligera mancha de pus en la punta. Supura en lo que ella (el mundo) viene. La carne se renueva en ella hasta que volvamos a comernos y, de nuevo, eructarnos para dar un repaso (en mi posición), de nuevo, a ese manjar que es su coño, abierto para mí, que no soy nadie, sólo lengua y miedo. El ensayo de un crimen de Buñuel es mi ensayo de cunnilingus. Quemo el ataúd con los restos de mi flor, antes dibujada, y ya no volverá a caerse por cascadas a la que las corrientes le acercan. Morará en mi esófago, donde todo arde sin pedir permiso. Donde su orgasmo me dice que estoy más vivo que nunca. Donde luego saco la mía y le digo que, por favor, sea obediente.

Dibujo heridas, flores muertas cuya verdadera muerte (muerte anterior a la muerte) reside en mi muñeca. Una vez representadas ya pueden dejarse llevar hasta los confines del río. El mar está lleno de flores. Vienen y van y un barco de pescadores les da caza para ponerlas en la tumba de un Neptuno marmóreo y churrigueresco, cansado del trono que comparte con el gran cetro que es la mar. Ay, mi pescadito, no llores ya más. Eso le canto a Neptuno en lo que le espero a ella entre Bach / Beethoven / Mozart. Soy un Burt Lancaster cansado. Medio tío anormal y vigoroso para Freddie Bartholomeu, que le mira acongojado encontrando en él los tesoros que yo encuentro en el sexo de ella. Ya falta poco para que llegue.

Dejé el alcohol, pero a bien que abriría hoy una nueva botella. Beberíamos en la terraza, a la sombra de este cielo grisáceo que se ha inventado Madrid para el día de hoy. Otra vez su coño. Rascárselo en lo que mi herida se va. Estrangulárselo como si fuera un pollo que debiera asesinar para que me sienta, ella y yo, para que nos sintamos. Cansado de escribir novelas sólo me dedico a esa paloma mensajera que es su coño. Lo muerdo para despertarla. Soy feliz dentro de ese ballenato, de ese simulacro de accidente que en mí aflora las ganas de vivir.

Vivir 36 años sin tu coño, aunque con otros coños, no es de justicia. Porque el tuyo es el coño de toda la coñería del mundo. Y cada vez que meto mi bartola a dormir ahí no puedo evitar correrme precozmente, cosa que arreglamos con otro coito. La gente querida se nos muere. Nosotros llegamos de los tanatorios y le damos al follar, con lo que morimos también, hasta en memoria ¿Para qué sirve la memoria? Estamparla contra tu coño es una gran idea, mi niña grande, mi ratona.

Cecilia está lejos, presidiendo una sobremesa. Yo aquí miro mi herida por dentro y puedo notar cómo respiro por ese cilindro de pus que de ella asoma. No son tiempos para la lírica. No si tú no estás aquí conmigo.
 
.

lunes

Textes pour rien, again (4)

1. Estoy pensando seriamente en la muerte. A veces pienso en ella de manera menos seria que hoy. Estoy pensando en la muerte de una manera tan seria que, siendo la misma que cuando pienso en ella de una manera menos seria, sigue aquí, como yo, como nosotros.

2. Ya llega la hora en que los grajos cantan como ellos saben al diosecito día. Un día que no es una miga de pan ni lo parece, sin embargo, trae la dicha a estos hacedores de gana animalejos, que rinden su pleitesía a la par que yo miro youtubazos y me veo, entre programa y programa, la cara en el cristal negro de la pantalla. Me veo gordo, dichoso, en buena forma casi, rendido y prendido de amor por una dama a la que de vez en cuando oigo, en mis imaginaciones, respirar dormida. Su mente, como la mía, está hecha de sueño y pólvora. El cañón recortado de mis amaneceres la apunta siempre sin disparar. Creo que dice algo así: Vuelve a casa, mi amor, que no poco me ha costado encontrarte.

3. Recuerdo estar en la caverna, casi tocado por la dicha del ácido. Un par de sustos me vedaron el miedo y conseguí entrar. Allí, en esa oscuridad apenas alumbrada por Diógenes, vi la necesidad de perdonarme y, cuando al fin, me di muerte a mí mismo, noté que respiraba con mucha mayor rotundidad.

4. En un par de ocasiones he escrito novelas de tamaño superior a 150 páginas. Hoy comprendo que eran un ensayo para mejorarme en los sms que le envío religiosamente a mi amada cada vez que estoy lejos de ella.

5. Jamás tomé notas en las clases de apuntes. Mis obsesiones fueron las curvas en el dibujado del tallo de una rosa y la dedicatoria apropiada al desierto, con sus leves oasis, que manejaba dentro de mi cráneo.

6. Ella siempre duerme. Mientras... yo escucho a Chiquetete. Me hago preguntas horrendas acerca tanto de verdades como de inexistencias, y llego a raras conclusiones. Zuckerberg es nuestro chico de los recados, a veces.

7. Mujer libre de hoy, te animo a que te metas en la mente de Chiquetete: Cuando Ella te dice que estás echando en el suelo la ceniza ¿Qué es mejor? 1. Zurrarla. 2. Violarla. 3. Las dos cosas (eso sí, siempre cantando).

8. No le deseo la muerte a nadie pero, en más de una ocasión, me he imaginado delante de mi enemigo (atado con cinturones) con unos alicates sacando y sacando dientes y muelas mientras hago que las examino y digo: Curiosas piececitas.

9. cómo decirlo: esta tormenta significa que ella está cerca. Llueve por debajo de mi piel dejando al suelo desprendiendo un olor a humedad que nace del hígado. Ahora ella ha salido, en paraguas, a un recado. Yo le espero lloviendo por dentro, con nubes de plata acariciando mi vello. Joder, mola el amor. Quien diga que esto es ñoño que se pudra de sol en la piscina de un barrio suburbial a manos de un helado de crocanti. Encima, mi atleti va ganando 0-2 a un pobre Numancia.

10. Alberto Masa, El escritor del amor, ha sentenciado: "Cuando escribo libros se me enamora el alma, se me enamora".

11. Un friki es una persona que no sabe lo que dice y, a lo mejor, alguien que dice ser escritor sin serlo. Un glorioso aspirante a eterno estudiante de la nada. Un mantenido que habla por los codos de su mantenimiento.

12. Produce cierto alivio saber que, mires donde mires, un gato ve arrinconarse el paso del tiempo desde cualquier calle. Esos que, cambiando el orden de los nombres en aquello del Esplín de París, ven la hora en los ojos de los chinos, nos llevan ventaja a la hora de captar movimientos fraudulentos, porque serían los primeros en llevarlos a cabo si tuviesen forma humana.

13. Estados como este: "Cuando te falten las palabras,
permite hablar a tu corazón..." dan mil vueltas a los míos, donde el corazón se encuentra pegado a la palabra hasta la apoplejía. E incluso sería más correcto, por mi escandalosa parte, decir que el corazón es la palabra y que valoro a la gente con palabra como a gente con corazón y lo contrario. Pero son sólo cosas mías (y de Wittgenstein, supongo, poco amigo de aventuras facebookianas).
 
14. Luego en el pueblo se piensan que soy alguien, pero se equivocan. Todos se equivocan menos los que me han plagiado la vida, que no son pocos.

15. Parece una verdad inversa el que ya haga casi dos semanas sin Manuel Fdez-Cuesta en el mundo. Parece una mala broma que pase el tiempo diciéndome que pasa sin estar él.
 

.

viernes

Textes pour rien, again (3)

Recuerdo aquella tarde viendo contigo la película del mar. Recuerdo que tú eras Burt Lancaster cantándome Ay, mi pescadito, no llores ya más. Y recuerdo llorar, agarrado a ti, abuela, porque yo era tu pescadito (y lo sería hasta tu despedida). Era un sábado cualquiera de primavera. Después de eso nos fuimos al Copasa a comprar verduras y frutas y yo seguía siendo, ay, tu pescadito. Echabas las redes y ahí aparecía yo multiplicado, el sol doraba mis múltiples escamas, porque los seres humanos aún tenemos escamas en los dedos de cuando en otro tiempo pertenecimos a la mar, en femenino, como la llamaba Hemingway. El abuelo se iría al poco tiempo. A mí me engañasteis y me tuve que quedar a dormir donde el vecino. Al día siguiente me dio la noticia. Hoy mi padre le supera en edad. Ay, mi pescadito, deja de llorar. El mundo es esa mezcla del mar con el cielo que se da en el horizonte. En esa ralla nos veo, a mí, y aún a ti, implicados en el tejemaneje del mundo, en el palacio diurno de las estrellas. Ay, mi pescadito, no llores ya más.
 
..............................
 
 

Envío al pairo las solicitudes de angelicos por encargo. Los veo idiotas en su convencional forma facebookiana, a los pobres angelicos, que fueran negros en el pintor de Machín, que pintaba con amor, coño, como debe de ser. En mí los angelicos son fieras del parnaso a punto de ser suicidadas por los caídos (que son varios y deformes). Apenas me conformo con los ángeles de El Greco cuya luz no se sabe nunca de dónde les viene, si de ellos mismos o de la cúpula del lugar donde se encuentran tranquilos, volando o leyendo Las sombras de Grey. Una vez tuve un amigo ángel. Murió dormido en su coche, encontrado en cualquier cuneta. Debí acompañarlo en su ligero y joven vuelo alcohólico. Los ángeles nos miran a él y a mí diluyendo quién, con apenas 20 endiablados años, caerá de pie sobre el jabonoso asfalto.

 

..............................

 

Sentado, entre mis libros de viejo, apenas es importante para mí haber sido defenestrado por un mundo de la literatura al que, en presencia, cercana, y entiendo sincera por cercana, nunca permanecí (menos aún en entrega). Llamo a veces a esos escasos amigos escritores. Observo cómo se ven reflejados en su merecidísimo espejo de éxito, duende, nada y bar. Al lado suyo mujeres que no existen palpan sus deshilachadas braguetas, sujetas por un imperdible con el que, al cerrarlo tras mear, se pinchan un poco. Envío mis obras a sus editores (obras que no leen). Me dicen que el tiempo me colocará en mi sitio, pero no sé a qué sitio ni a qué tiempo se refieren. Sé que es mejor enviarlos a una carnicería que a una editorial porque al menos te hacen lonchas. Por lo demás yo sigo aquí, en espera de recogerme, hibernado, en los brazos de Cecilia. No me gustaría tener que escapar jamás de ese regazo, ni para coger el puto móvil.


............................


Mi niña se ha dormido. Cavo una fosa para meterme dentro y soñarla. Alguien echa tierra y yo digo que no estoy exactamente muerto, sólo que, explico, mi chica se ha dormido y no sabría cómo comentar en Facebook los diámetros que la tragedia contiene en mi alma. Me ha preguntado, el echador de tierra, qué es el alma. Me he desnudado. He dicho: Esto es el alma. Él ha dicho ¿Entonces echo la tierra? Y le he respondido que sí, ya que estaba, que para qué iba a andarse con tonterías.

 



............................


Voy a tomarme una pastilla para conciliar el sueño. No suelo hacerlo, jamás en los últimos tiempos. Pero es que hoy veo escritores.
 
 
..............................
 
 
Ella es mi naturaleza. Cuando duerme el sol se apaga tras cada cordillera por la que me veo rodeado. En las trincheras no hay ganas de hablar (Wittgenstein lo sabía). A veces la imagino usando de visera una flor. La sombra de la flor da de lleno en la flor que, de por sí, es su cara. Una flor, así, queda tatuada por un momento en otra, al menos hasta que ella se acuesta y yo me pongo con los cables de mi tío. Enciendo una bombilla que nunca sé muy bien dónde está y arranco. El trabajo es un no-trabajo, un no-pensamiento. Toda la filosofía que aprendí de joven en la universidad está contenido en él. En las trincheras el viento es el ventrílocuo del humo esparcido por no sé cuántos cigarros.
 
 
 
............................
 
 
Apunte último del día (un truco): Escribe bien y mucho, y jamás cuentes absolutamente nada en lo que escribas. La gente lo valorará mucho más y mejor. Serás hasta más guapo de lo que ya eres. Hazlo y verás. It´s magic.


.

miércoles

Textes pour rien, again (2)

Normalmente el proceso consiste en teclear y punto. A veces puedo notar las sombras de las palabras escurriéndose desde mi laringe hasta la punta de la lengua. Después de eso las traslado a los dedos (tecleantes), que son los que han de decir y decirse en la hoja en blanco. Es un proceso en el que, naturalmente, ocurren asesinatos y también no ocurre nada. Uno sigue sentado y el tiempo pasa. Las hojas en flor del cactus se amoldan a los devaneos de la forja que las aplasta. Tan pronto llueve, como hace sol, en el limbo de las imaginaciones. Una película cuyos actores improvisan todo el rato está tocando a su fin. Ya va siendo hora de que nos deje a solas con nuestros sueños.

 
................................
 
 
El napalm me dejó ciego mientras los explosivos caían en mi derredor. Me metí en un edificio abandonado, una especie de fábrica donde había piezas de pianos rotos. Allí permanecí comiendo ratas hasta que mi barba llegó al pecho. Soñé con usar los pelos de mi barba como púa para rasgar mis pulmones y acompañar los sonidos rotos de piano. Toqué teclas aquí y allá hasta que la guerra acabó no dándome yo cuenta. Más tarde me rescató mi compañera. Me dijo que necesitaría una buena ducha y atenciones. Me pareció que tenía alas de tanta fragilidad en su imagen, pero su voz era de mando. Me abracé a ella y di gracias a todas las personas que, alguna vez en su vida, han sido mi madre.
 
 
..............................
 
 

En tus ojos el universo es un dilema al borde de ser resuelto. Me busco en ellos hasta dar vueltas en una habitación vacía. No me malinterpretes, Cecilia, es mi manera de ver el mundo. Sin ti no puedo verlo. Su plenitud me es negada en tu ausencia ahora que duermes. Procuro pertenecer a tus sueños. Esconderme en un rincón de tu inconsciente y escuchar allí las verdaderas canciones que oyes tú cuan...do, por las mañanas, te toca levantarte para ir a trabajar. Déjame llevarte el bolso. Mucho más no puedo hacer a cambio de descubrir la verdadera naturaleza de la vida en ti, donde por fin aflora y es algo más que la vida. Una flor que gustaría de regalarte un domingo cualquiera, en una tarde anodina, bella, aciaga.
 
 
............................
 
 

Antes encontraba retazos de tu vida pasada tomando vino de borrachos entre borrachos profesionales. En mis frecuentes vómitos encontraba que eran puzles que debía resolver. Una vez dejados a la mano de dios pasaba la fregona. Luego apareciste tú y todo el mundo me dejó en mi silencio, pues es respetuosa la gente para darte un silencio que has ganado. Es el único lugar donde puedo evocar tus porciones venidas de 800 vidas, de 1000 mujeres colocadas en una. En los mares de mis anocheceres tú vendas las olas pequeñas antes de que avancen sus rizos de luz hasta la cala en donde yago y me despierten de esta fantasía donde te llamo luz de luces y beso la lágrima intacta de nuestras respectivas existencias (si es que yo tuve una, allá, en los edificios para enamorados sin remedio entre los que había muchos masturbadores apañándose mientras tú/yo, quieto, tomaba/s el desayuno de las nueve de la mañana).
 
 
.............................
 
 
Hoy lo he entendido, tras enchufarme unas gotas asesina-receptores, ella es una sombra superpuesta a mi sombra. Juntas dibujan la silueta de un nido. Allí nos acercamos y somos dichosos con tan sólo dos sombras que, en ese momento, son una sobre otra. Los pájaros pían desde el mundo que sucede afuera de la ventana en el mientras tanto. Y eso, lo llamen como lo quieran llamar, es luz. Es Dios. Es Cecilia.
 
 
...........................
 
 
En tu estrechez benigna soy un punto y aparte. La frase que viene a continuación es de pedida. Necesité escapar de mi cabeza para asimilar la tuya. Hoy me mezclo con su química y no sé, a veces, en qué día estamos. Pero ¿Qué importará esa nimiedad si estás conmigo?


.............................


Todas las noches del mundo pelando cables. A veces me hablan. Son verde primavera como algunas serpientes. Me ofrecen frutos del Mal que yo no rechazo. Manzanas que alegran mi paladar, muy rojas, como manchas de mora, la mancha de mora que es un punto localizable en mi podrido corazón. Me duermo con los cables en la mano venido el amanecer, sobre las seis y media de la mañana, y pienso en la moza que es ella y, al tiempo, son todas las mozas. En los latidos venideros que asiento en el interior de ella. Sueño letras. Del tintero se derrochan sinfonías de tachones que vienen a explicar mi vida y la suya, ya sea dormidos o despiertos.
 
 
.


martes

Solamente el demonio

Recuerdo aquel primer verano de los sentidos, la conciencia tozuda del calor resbalando por la espalda en forma de agua. La transparencia del agua y lo que significaba bajo ella un cuerpo remoto, adusto y plácido. Los rebaños de las ovejas cerebrales iban de un lado a otro con cencerros salidos del espacio exterior y yo aceptaba a mi novia como a la primera mujer que el mundo había concedido a su reinado, pues reinaba el mundo en el mundo, pareciera que por primera vez. Sus ojos y los míos eran una significación de un brote de olivo sobre los pastos donde bailábamos un vals que no tenía fin. Los cisnes nos miraban desde su aguda esbeltez de cabizbajos profundos. Agarrábamos sus cuellos de tazas de té y asesinábamos el mar con nuestros sexos. Todo principiaba a ser maravilloso por eterno, y hasta musical. Los pastores saludaban al hijo de pastor que yo era y, en los anocheceres, la luna nos miraba por sus dos caras. Así de deprisa viajaban nuestras sombras. Luego hube de dar a mi mujer en sacrificio y, como precio, me sajaron la garganta. Qué fiesta de vino la sangre chorreando. Qué fiesta de vida abandonar la eternidad para siempre. Qué dicha de veranos amortajar la belleza de un sol perfecto, violentado tan sólo por las nubes de mi culpa. Cuajarones de sangre como granizo inventaban un nuevo amanecer sin mí, sin ella, sin nada. Bajo la charca roja, la parca miraba a su reflejo reinventarse. Solamente el demonio, tierno, vil y con cara de matemático, sabría contar nuestras tres historias.

El vientre


 
Vivo en la cocina. Allí estoy sentado, día a día, pensando su imagen mientras mi loro lleva aproximadamente dos semanas sin hablarme. Allí me persigue su probable no existencia con la cercanía de la enfermedad de Charly. Allí me acabo de tirar por la ventana, pero es un bajo. La música me alegra, me rejuvenece. Me han dejado muy bien para antes del funeral, pegados los labios y maquilladas mis costras, quiero bailar entre los ramos de rosas que ha puesto alguien de mi pueblo que, con toda justicia, no se acordaba de mí. Ella es el ángel de la vida y de la muerte. Sus lagunas de no existencia son yo. Y yo las vivo plenamente en lo que mato al resto de personas que alegraron esta noria ajada por el paso de los otoños. Miro su foto cuando me muevo. En mis sueños nos acariciamos en una playa donde han situado a unos cuantos ciegos de cara al mar. Mi loro, creo, ha asumido mi melancolía. La ha cogido con el pico y situado bajo su plumaje gris. El corazón ahora le late cada vez más despacio y no me he inventado, para nada, que ha dejado de hablarme. Ya no le habla a nadie. Afuera de su jaula, en una jaula un poco más grande, yo friego, recojo vasos, fumo, toso, despierto en tanatorios, etc... Abrazo la tarde, pues es la promesa de la dulce voz en la que se encuentra metida mi casa, incluido mi loro, su enfermedad y mi melancolía asumida bajo su plumaje... Todo se despierta, por fin, en un mordisco de la boca de mi vida y su frágil y vigoroso vientre, aquí, en la cocina.

 

…………………………….

 

No andaba descaminado. Charly ha aspirado durante demasiado tiempo el humo de mi tabaco. Se filtraba el mal por sus dos ranuras del pico y yo sin darme cuenta, que tampoco es que no me la diese. La enfermedad, apenas lo dudo, hace bolillos con los hilos de sus bronquios, y yo eso lo veo, con la cara del actor que le secunda (habiendo él sido yo durante toda su existencia), desde el espacio en que se sitúa la jaula de afuera de su jaula, que es cuadrangular como uno adivina el mundo cuando ha pasado demasiado tiempo entre cuatro paredes.

Mi momento es el de un padre que ha perdido al niño en una estación de metro. Nuevas caras y cosas, vagones, se suceden y veo a niños cualquiera ser El niño, pero el niño de verdad, el que vive por sobre mi yo y sitúa a mi alma (gastada, como mi cuerpo, de tos), no aparece, aunque ya aparecerá, se me ocurre. Tampoco hay que ponerse dramático.

En el vagón también está la voz que espero a solas en la cocina, pero rechina, porque el planeta es ruido. No se olvida de frenar en cada estación mientras acá afuera sólo hay un árbol, mecido por el viento caluroso del verano, y su alegría de niño jugando solo en un columpio.

Ella ha venido de nuevo a mí, acompañada del papeleo con caligrafía cuidada que es su vida. Ha venido a ponerme bien las tildes y llevarme a un lugar donde poder extraer imágenes que, sin duda, cuando vuelva, echaré de menos. Y en lo que no estoy, alguien se ocupará del loro. Él me lo ha dicho ya, antes de partir (aún no sé si él o yo ¿Quién antes?): ¿Toda la vida siendo tú y ahora me abandonas, cacho perro? Si hubiera habido en el momento algo de fuerza por parte de mis sentidos le hubiera ladrado, lo sé.



 

………………………………

 

Echarte de menos... Llorar mundos al mundo con los ojos cerrados de quien se está mirando por dentro... Abrazar, en soledad, lo que imagino que es tu sombra. Antes, en vida de mi primera madre, que fue mi abuela, era más fácil. Por san Juan nadie nos movía del pueblo y comíamos sardinillas en la hoguera, al lado de la antigua ermita, y luego, recuerdo, el abuelo me daba para un polo de vainilla y yo veía, en ese sabor, la belleza natural de mis madres, que eran mi madre y mi abuela materna, y también lo sería mi tía Pepita que, siendo yo un antes de nacido, pues contaba con tan sólo ocho meses, pero ya había escapado del vientre, me llevaría a ser bendecido a la iglesia en que, feliz como una luciérnaga (tengo fotos), se casaría con Jaime. Teniendo tantas madres me pregunto si he tenido alguna en lo que te veo a ti, de niño, en aquella hoguera de por san Juan, jugando conmigo al sabor de los helados y correteando todas las eras en el verdor hoy pajizo de la vida, en el verdor verde de la vida, en los dibujos animados de la existencia en nuestras retinas de nuestros bondadosos y amistosos héroes de entonces, traído todo a este hoy, a este gris cocina de mármol, donde la amistad ha muerto y tendemos a beber de su propia sed un par de whiskies entre risotadas yermas, ruidosas como motos que vienen de su estreno al accidente donde perdió la vida, apenas sin enterarse, mi primo pequeño. El Nicolás que fui en mi abuelo y que volví a ser en el nacimiento de aquel niño que vino con una familia bajo el brazo que ya no existe. Echarte de menos, hoy, en esta cocina donde mi loro recupera su salud y por su ventana veo disfrazarse el viento de calor y de piscina de barrio, con los ejércitos de niños que son yo aprendiendo a mantenerse en el agua de mano de simpáticos y musculosos tutores. Yo he nacido para amarte y ser también hijo tuyo, pero te necesito al nacer (tú me has nacido) y también para cuando muera, pues toda mi verdadera biografía la significas tú en tu mano, la vez en que me recogiste el pelo tras salir del Mediterráneo y yo no pude evitar estrecharme entre tus labios, entre tu cuerpo, entre tu todo, bestial e ingenuamente, como aprende a entrar uno, de crío, en su propia naturaleza, en aquello que, "sin duda", le pertenece.
 
.