lunes

De nuevo Ella (3)


Hubo una vez en que pasaron por mi vida muchos licores y mujeres que en ese momento pasaban por allí. Dios se había convertido en una especie de risa tonta y fuerte y, a través de la bocaza que la provocaba, se metía ella para limpiar el mundo en mis adentros.

Mi cuerpo es la cueva de un oso. Los oseznos nacieron muertos. Su padre y madre, que era mi cuerpo, los trató como yo a él y ahí estaban sus cadáveres, deshechos entre los órganos del ajado cuerpo de viejo.

Cecilia les hizo el boca a boca y mi vida fue adquiriendo sentido cuidándoles a ellos que, poco a poco, gracias a ella, se restablecían, y también en cuidarla a ella, cosa que no sé si he sabido hacer muy bien, pero que hago lo mejor que sé.

A veces estamos todos en la cueva. Yo soy la mamá y el papá, al igual que Cecilia. Los oseznos quieren que cocine ella. Nos suele valer con unos huevos fritos y una ensalada. Yo le digo a Cecilia que todo lo que puede ver le pertenece mientras la sangre que corre forma ríos donde damos alguna que otra brazada. Los oseznos están bien. El planeta vive dentro de una sartén.

Tanta vida, tanto degradarse, para al final verlo todo así de sencillo. Ambos junto con los oseznos dentro de mi cuerpo de viejo, celebrando que algún día ni siquiera nos dejarán vivir aquí.

Según cae la noche (la noche dentro de la noche, pues dentro de mi cuerpo siempre es de noche) se empieza a notar el frío. Todos juntos nos metemos en lo hondo de la cama y yo despierto en vela en una noche en la que no he pegado ojo. La llamo, pero debe de estar durmiendo. Ni siquiera miro la hora. Sé que es tarde. O pronto. Según se mire. Es el último día del año y yo sólo quiero teclear para encontrarle un hogar cuando despierte. Después apaga el ordenador y el hogar desaparece, pero yo necesito que se deje adormilar en ese pajar de letras que he preparado para ella.

Estamos tan lejos. Y tan cerca.

Yo recorro lo imposible en el filo de sus impermeables caderas, donde me hablan los santos. Necesito vodka y he de conformarme con una vida entera de sobriedad. Hoy me arreglaré por ser el último día del año y saldré a tomar uno. Reiré sin risa de los trajeados y veré en ellos un pasado lleno de monstruos. Sólo tienes que hacerles un gesto con la mano para que vengan. Y en ellos seré yo lejos de esa vida idílica con Cecilia y los oseznos. Probablemente me meta en alguna pelea, pero parece poco probable que beba lo suficiente, y ellos no me van a tocar.

La llamo para liberarme de mí llorando. Ella me dice adiós. Cojo ese adiós entre mis manos y le pregunto por qué toda la noche. Yo ya sé por qué, pero quiero que me siga hablando, el adiós.

No tengo muchos más vasos que romper y mi pijama está impoluto. Enciendo otro cigarro. En las figuras del humo nos veo fornicando, por dios, fornicando. Qué lejos suena eso. Sé feliz, le digo al espejo, porque sueño que es ella quien me mira desde allí.

Sé feliz pero, ay, llévame contigo. Eso cantan hoy los grajos en el norte.
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De nuevo Ella (2)


Ella ha echado una sábana blanca y limpia a mi cerebro. En un principio noto su frescor y me invito a dormir ahí. Pero eso es en las ocasiones en las que no la confundo con un fantasma. De esto se deduce que el único fantasma que habita mi mente es yo pensando en ella, una chiquilla que me tendió una sábana cuando las ideas me bullían secando mi cráneo y echando humo a través de cada oreja. Su nombre es Cecilia. A menudo la imagino y salgo con ella a comprar discos y libros. Después, mientras miramos nuestras adquisiciones, nos tomamos un café con churros. A veces ella me lee una poesía para que no me quede dormido. Otras soy yo quien la lee para que coja el sueño. Madrid es mi ciudad, y no existe sin Ella.

Cuando cojo el metro miro caras a ver si la encuentro. Me busco a mí con ella en otras ocasiones. Pero el metro está atestado y, mientras nuevas posibilidades de ser ella suben, antiguas posibilidades de ser ella, bajan. Yo me quedo quieto. Como siempre. Es una manera ya de concebir el mundo lo mío. Pero si la hubiera visto la hubiera reconocido en seguida. Es demasiado tarde cuando recuerdo que ella no va en metro nunca, así que me bajo en la siguiente estación y miro a través de los escaparates de los restaurantes. A veces me confunden con un mendigo y me echan.

Recuerdo jugar a los Lemmings allá por el año 91, cuando ella aún no existía en mi mente. Hoy veo en ellos una representación exacta no sé muy bien si de ella o mía. He de conseguir que el máximo posible de ella o yo llegue a casa dejando varias muertes de nuestros iguales en el camino. Al llegar comienza otro nuevo puzzle. Y es en una especie de puzzle en lo que se convierte nuestra relación algunas veces.

Ambos terminamos pidiendo ayuda a un psiquiatra. Esto es lo que trae comedia a nuestra relación, donde hay mucho de quererse y amarse con todas las fuerzas. Pero ayer la llamé y me dijo que en su vida yo significaba: Nada. Ella en la mía lo significa todo, así que si nos fundiéramos constituiríamos una especie de ying y yang. Quizás esas sean las relaciones, las buenas, pero ni ella ni yo lo sabemos. Y dudo que ella quiera estar con alguien que aporta nada a su vida. Por eso hoy no he parado de dar vueltas a la cama. Así me he dado cuenta que la sábana del principio era a lo que yo estaba agarrado y que un muñequito en mi mente llamado Cecilia tiene el poder contrario que mis medicinas, a las que no sé si amo u odio. Que ella elija, me digo a mí mismo.

Ella toca ciertas teclas en mi mente, a veces con la delicadeza de un Bill Evans, dejando caer cada dedo como una gota de lluvia a principios de octubre, otras con la fuerza de un Ahmad Jamal, una bestia que crea melodías que recogen su propio tornado una vez cerrado el piano. Hoy sólo suena silencio. Amanece y no veo a ningún pájaro posarse sobre mi ventana. Sé que es por el frío. Ni siquiera me había dado cuenta de que eran las últimas 8:29 del año 2012.

Pienso si llamarle, preguntarle cómo ha dormido. Pedirle perdón por ser así, yo. Quiero que sueñe, que en su sueño atraviese ciudades. Suspiro por verle regatear en un zoco. Ella sabe.

Suspiro mucho. Provoco vaho en una ventana en donde la niebla apenas deja ver el edificio de enfrente. A duras penas, como dije, me hago cargo de que se trata del último día del año. ¿Cuánto durará la única relación que he querido para siempre? El tiempo cae como una losa y, si ella se sube sobre la losa, me asfixia, por mucho que yo pueda con el peso de ella y quién sabe si con el de la losa. Pues el tiempo es una ilusión. En realidad pudo ser ayer cuando la conocí. Ayer, penúltimo día del año 2012, abrí una caja de regalos y salió ella y, desde entonces, siempre me acompaña. Viene conmigo donde yo voy más o menos consciente de que mis pies van por donde los lleva Ella. Ceci, mi Ceci linda. Nadie tan mujer sobre esta tierra. En mi cerebro va de un receptor a otro a través de una liana. Cuando sólo de allá me viene su voz hablamos del día, de la compra, de la cocina, del pan. Yo siempre estoy durmiendo, salvo hoy, noche en la que me duele su herida, que es la mía. Todas sus heridas, desde que nacimos, nos pertenecen de alguna manera a pesar de ese “nada” acerca de lo que yo significo en su vida. Escribo yo como si fuera ella, porque es ella lo que soy básicamente. De no existir ese Ella yo tomaría el rumbo de un san Agustín poco hecho para las bibliotecas. Y por mucho que mi habitación venga a ser prácticamente una biblioteca.

El primer día que nos miramos, mucho antes de nacer, nos dijimos que dios había muerto. Aún no sabíamos hablar.
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De nuevo Ella


En principio necesito pensar, creo. La primera vez que vi un cielo despejado fue de niño. Poco después jugué en la tierra. Hacía laberintos ayudado por agua y metía dentro a vivir clics de playmobil. Esta noche me encuentro a la guardia de una de esas puertas. Apenas tengo movilidad. Busco en la noche verla, pues ella hace que me sepa humano, con mis victorias y errores, gravísimos errores que podrían conducirle a otro laberinto. Afuera dios tiene tres años. Me miro desde lo alto concediéndome los ojos primeros y el cielo claro se encuentra lejos de esta estación. Hoy soy yo. Procuro encontrar una fotografía suya en mi mente. Ahí está ella grabada. Sus ojos desconciertan cualquier cámara fotográfica, desafían cualquier flash. Una línea y la luz, que parece salir de un mundo de cavernas cuyos habitantes, heridos, aún avanzan hacia la vida dentro de ella, que es, hoy, a lo único que sé llamar vida, a Ella, mientras invento cafés y cigarros que me hacen compañía.

Una vez localizada cualquier imagen suya yo adquiero una pose con un cuchillo japonés en la que hago como que me corto el pene, pero no llego a cortarlo. Lo coloco en la yugular. Hago una nueva fotografía. Me ha gustado especialmente eso del último libro de Alberto Olmos. Finalmente lo guardo y de nuevo le doy al flash. Mi cara es la de un auténtico idiota. Ese auténtico idiota que piensa en Ella todo el rato.

Los idiotas no tenemos problemas de clase ni políticos. Cuando no hay para un pan mejor compramos un pan peor. Y seguimos viviendo esta Navidad compuesta por ella y un tenedor que apenas usamos. Eso somos los idiotas. Los que creemos en el amor y terminamos metiéndonos a curas aún sin tener especial fe en el evangelio. Claro, no hay mejor cura que uno así. El resto de curas o monjes son iluminados (Recuérdese Él de Luis Buñuel) cuando no pornógrafos.

Al principio yo entendí el amor como un juego interesante para las criadas. Hoy soy el amor y, sin embargo, sólo siento el vacío de no dar lo suficiente para que el amor se convierta en un dúo de felicidad, y siguen necesitándose dos personas para un abrazo.

Ella aparece, desaparece en su aparición y toda mi conversación es una flor caída en una huella que ha dejado su paso por mis palabras.

Mis palabras no tienen un fin. Sólo encuentran redención en Ella. Yo no soy bueno, quizá sea el peor de todos los hombres. Soy alguien metido en una casa, que ni siquiera se lava las putas legañas. Cada día duermo indiferentemente ocho horas o dieciocho. Cuando me levanto la llamo y allí encuentro la vida y la muerte queriéndose un poco o, al menos, aceptándose. Me hace pensar en los geranios que hay expuestos en una casita antes de llegar a la plaza de mi pueblo. Sus dos habitantes murieron. Me querían. Sabían que yo había llegado a esa casa cada verano a hacer el bien. Me enseñaban sus medicamentos y yo les decía en qué consistían.

Mi pueblo murió y supongo que esos geranios, como Ella, siguen ahí, aunque formen parte de un recuerdo o de algo que ha resurgido sin saber muy bien por qué.

Hacer literatura no es suficiente. Procuro vomitarla, pero la medicación que tomo no me lo permite. Y yo no puedo saber si sin vomitarla es literatura o no. Necesito el cuchillo japonés, crear la herida y que las letras queden volcadas sobre un papel escribiendo la carta por la que he decidido dejar la vida. La palabra Ella me vale. Eso es todo lo que quería decir.

Quién que lea este blog no sabe quién es Cecilia, pues he de decir que me quedo muy corto, que a veces no sé hacerla feliz, aun cuando mi felicidad es sostenida por la suya.

Llevamos vidas tan diferentes. A veces parece que es ella la que responde en el espejo cuando voy a quitarme cuatro pelos de barba mal puestos. Hablo con ella empleando la ceremonia que empleo cuando hablo con Dios. Digo ¿Y ahora qué? Y no obtengo respuesta, lo cual quiere decir que la respuesta se encuentra dentro de mí. Acaricio mi agujero de la cabeza y me ilusiono con nuevas visitas, luego marco su teléfono y le pregunto cómo ha dormido.

Pongo el Open Sesame de Freddie Hubbard y espero a la segunda canción. Entonces me reconozco en la habitación. Comprendo que de alguna manera estoy aquí sin ella y todo lo que me produce eso es tristeza, la que decía el tango… No me acuerdo cómo decía el tango.

Es como quien a Ella le llama Yo y obtiene como respuesta a su pobre cuerpo (mi pobre cuerpo), pasado diez kilos y con un poco de rechoncho. Ella es la belleza ¿Qué es el yo? Alguien que perteneció al grupo de la gente que se hablaba, que se cruzaba por la calle, que intercambiaba opiniones aunque fuera acerca del tiempo. Alguien que encontraba el amor en la cercanía del exterminio propio.

Ella no ha venido a salvarme y me ha salvado. Ahora veo, digo mientras me caigo por las escaleras.

Pero ahí no se acaba todo. Quizá algún día ella se encuentre allí abajo y me mire y yo sepa. Quizá el día en que esos laberintos de arena para clics de playmobil huyan de mi cabeza y allí se encuentre un solo aire, ese aire que es ella respirando mientras sigo encontrando en su voz todas las voces.
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viernes

Burger king cerebral


Vengo del baño de cagar un Henry Moore. He pensado si endurecerlo y venderlo, pues todo el mundo reconoce un Henry Moore y quiere uno para su jardín. Al final no lo he hecho. Me he lavado no sin antes felicitarme a mí mismo, bendecir los alimentos, el intestino… todo eso. Yo estaba comiendo patatas con kétchup en un Burger King y enfrente estaba ella. Me dijo que si quería probar el nuevo pollo del Burger y dije que sí. Oh, me pareces tan tierno -dijo- por favor, no tengas miedo a acercarte. Me senté a su lado y se quitó su sombrero. Jamás había visto una mujer con tanta presencia. Todo en ella era delicadeza. Sus manos estaban preparadas para coser cualquier matojo desgarrado de piel y hacer tocar pianos. Las notas de esos pianos salían de su boca con cada pregunta:

-          ¿A qué te dedicas?

-          ¿Cómo te llamas?

-          ¿Por qué te da vergüenza no tener dinero?

Todo eso.

Dije que era una persona normal a la que raras veces alguien veía y, por ende, trataba. Había huido y ahora vivía de la mendicidad. Le dije que a veces cantaba en el metro. Me preguntó qué cantaba y me atreví a cantarle el bolero Luz de luna. Ella dijo que era más o menos horrible, lo que aún me hacía, a sus ojos, más encantador. Sonreí. Le dije que también me sabía El andariego. Me dijo que con la primera era suficiente y sacó su monedero. Dijo que compartiría con ella unas alitas de pollo del Burger. No pude reprimir la pregunta ¿Y qué hace usted en un Burger? Usted podría estar cenando en una buena mesa de ristorante o japonés o brasileño o ruso o… Me dijo que en ninguno de esos sitios podía ver la vida, que, hoy, por ejemplo, me había descubierto a mí. Sonreí y fui a la barra a por unas alitas. Tenía hambre.

Cuando regresé con la bandeja ella estaba retocándose el maquillaje con un espejito. Le dije que hacía muchas cosas de este mundo y le pregunté por qué tenía que simular que vivía en él. Todos lo hacemos, dijo. Me preguntó a qué me dedicaba en mi “otra vida”. Le dije que fui escritor, pero que no me habían publicado, que fracasé. Me preguntó si era de los buenos o de los malos y le dije que el mundo estaba lleno de escritores buenos. Me gustaría leerte, me dijo, y a continuación me concedió la primera alita. Lloré. Ella me tendió un pañuelo blanco con estampados grises. Me dijo que me lo quedara. Así la recordaría. Usted es un ángel, dije. Rió. Lo digo en serio, seguí, para mí un ángel es alguien que observa una situación y la cambia. Sólo eso. Una vez yo mismo tenía un ramo de flores en la mano y se lo di a una vieja. Sé que no es lo mismo, dije. ¿Para quién eran? Eran para una chica, pero tardaba en aparecer. Al final se las di a una señora vieja. Quería pagármelas. Le dije que era un regalo. Yo no soy un gran ángel ¿Sabe? Es la diferencia entre usted y yo. A continuación me dijo que lo que más ilusión le haría sería que le metiese los huesos de mi alita en el coño. ¿No lo has hecho nunca? Dijo al observar la estupefacción en mi cara. Le dije que tuve una novia una vez, que… dijo ¿A qué esperas? Lo que menos me interesa es eso ahora ¿o no lo notas? Me metí bajo su falda y seguí instrucciones. Me dijo que podía oler el menú cuanto quisiese y que insertara hasta el fondo los huesitos. Luego me levanté y continuamos hablando de nuestras vidas. ¿Quién crees ahora que es el ángel, tú o yo? Me preguntó. Era una forma de hablar lo de antes, dije. Si bajas la cabeza un poco, dijo, podrás ver cómo me estoy frotando con ese huesito que hace poco rebañabas en tu boca. Admito, dije, que es algo precioso esto. No era capaz de recordar la última vez que había venido a mí la fragancia de un coño caliente. Le aseguré que, durante mi época, tuve varios amigos literarios que pondrían ahí el punto final de la historia independientemente si la literatura les dio algo de dinero o no, pero que yo jamás lo haría, así que le pregunté si veía probable invitarme a follar con ella esta noche. Me dijo que era muy lanzado y le dije que sólo era una licencia literaria. Le hizo gracia.

Luego le dije que con el efecto provocado por mi chiste muchos otros literatos pondrían el punto final, convirtiendo el relato en una especie de broma, tampoco yo era de esos. Le dije que tenía la polla… A continuación le conté que mi polla pasaba una época de pasotismo, pero que… Me dijo que me callara y que me la sacase y ella la miraría por debajo de nuestra mesa, y así hice. Me dijo que era una polla joven que daban ganas de besar. Le dije que si no era mucho pedir que me invitase a una cocacola. No, hombre, dijo, para algo soy un ángel esta noche, aunque quiero que, cuando vengas, me enseñes otra vez tu cosita, dijo mientras echaba mano al monedero. Al traer la cocacola no me anduve con mojigaterías y le puse la polla en la cara delante de todo el mundo. Le hizo mucha gracia ¿Qué haces? Me preguntó. No sé, dije, a lo mejor sólo estaba intentando convencerme de que usted existía realmente. ¿A qué se dedica? Me dijo que era profesora de universidad. Biología, añadió. Luego me dijo que le encantaría que le echase un poco de mostaza en el coño y me la comiese. Lo hice, no sin antes beberme media cocacola de un sorbo. Cuando terminé vi que una pareja nos miraba sonriendo. Me gustaría estar más limpio, le dije, me da no sé qué hacerla quedar… lo haces estupendamente, Alberto, me dijo. ¿Te atreves a hacer lo mismo con el kétchup y la mayonesa? Entonces dije que mi polla necesitaba sus mimos, que, por favor, me dejase follarla. Dijo que antes pasase la prueba del kétchup y la mayonesa. Y lo hice. La pareja nos miraba y aplaudía. ¿Quieres que les diga algo? No, me dijo ella. ¿Sabes? Me ha encantado saborear todo lo que no había en tu coño de estos mejunjes, tu coño real. Me dijo que mis palabras eran dignas de un caballero. Le dije que si quería que ahora le cantase el Andariego. Me dijo que ahora debía marcharse, que había sido un placer, que disculpase no poder acostarse conmigo esta noche. ¿Y mañana? Dije. No, mañana tampoco, dijo.

La verdad es que no me ha pasado nada así nunca, pero estaba muy preocupado, ciertamente exaltado al levantarme de la cama, como si le debiese un relato a alguien. Me he fumado cuatro cigarrillos y tomado efectivamente una cocacola. Pienso en Ella. Ella es la flor que cojo cada día cuando me levanto a eso de las cinco de la tarde. La telefoneo y me dice Aló Aló y yo siento que he dado un primer paso para encontrarme en el paraíso. El paraíso puede ser perfectamente un Burger King, en eso no he exagerado. El bar del sueño que me atemorizó estaba construido bajo un pozo y sólo podía comunicarme a través de gritos. La camarera me llevó a un reservado donde tenía un hijo de unos tres meses y, mientras le daba la teta, me enseñaba el conejo. Yo bebía mi whisky y al final pagaba. Tampoco tiene mucho de particular.

Entonces yo era un hombre de negocios. No necesitaba inventar historias todo el rato. Al levantarme me he hecho las preguntas que me hace mi amor, me he preguntado los motivos por los que no está conmigo. Me he recostado en la silla del ordenador y he empezado a teclear probables respuestas, aunque he terminado yéndome por las ramas. Luego me he dicho que jamás volvería a irme por las ramas. Afrontaría hasta morir y todo ese rollo. Lo que quiero decir es que existe un prisma que permite ver ciertos colores y juntarlos en un todo blanco. Ella ha venido de esa mezcla y eso hace que yo duerma. Y también que yo no pueda dormir.
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domingo

He de comprender


"El amor está antes que usted. Ámelo" (André Breton)
 
Comprender es algo que siempre he necesitado hacer. Incluso creo que soy capaz de comprender en un momento dado a gente como un asesino o un pederasta, a quien me ha quitado mi alimento para un mes y cosas así. Quizás, si consiste en algo, mi vida consiste en eso. Pero es algo que consigo gracias a teclear. Luego lo leo y es cuando la realidad, por salvaje que sea, se presenta como lo que es: realidad. Poco a poco comprendo, lo que no elimina el dolor (a veces lo hace más grande), pero los procesos forman parte de la vida. Y eso cuando uno, en sí mismo, no es otra cosa más que un proceso.

Para empezar estoy viendo un amanecer igual que el de ayer y otros días y uno siempre puede reducirlo todo a eso. Ante mí no me veo más que como un autómata que acaba de vaciar una caja de pastillas porque mientras se duerme el proceso es otro. Hubiera preferido que mis padres, cuyo único delito en su vida ha sido trabajar para que a su “enfermo” hijo único no le falte futuro cuando ellos falten, se hubiesen estrellado contra una cuneta. Mi ente consistiría entonces en comprar flores y andar hasta esa curva una vez a la semana. En vez de estar aquí ahora mismo podría estar emborrachándome en un tanatorio. Durante la tarde llevaron a mi madre a urgencias. En la actualidad mi pobre madre duerme, a pesar de la fiebre. Es lo que, si la vida psiquiátrica tuviera el sentido de un logaritmo, debería estar haciendo yo. A Dios gracias sí es muy cierto que los psicofármacos aturden la inteligencia.

Me ha dado para imaginar el futuro a partir de ahora, aunque me tiene confuso la lentitud con la que concibo el proceso, sumados los nervios que parecen latir en cada constante de mi cuerpo. Necesitaba hablar con Dios y es lo que he hecho durante meses. He comprendido la existencia y él me ha dicho que yo era un gran escritor. No he podido parar de llorar y gritar y vomitar, pero ahora me encuentro sereno, aunque mi temblor me impida encender bien los cigarros (no tengo akineton y necesitaba echar mano del haloperidol, droga amiga para mí). He comprendido el amor en sus intensidades y debiera decir que, con ello, he logrado mi redención, pero también con ello he obtenido esa libertad que sólo puede tener un hombre muerto, o muerto viviente, esos fantasmas que pasean por los jardines y nadie ve porque su percepción hiede a muerte y no es una sensación agradable para una persona que vive, por mucho vacío que se encuentre respirando.

He gritado y llorado ante Dios, que es una persona como yo, con sus depresiones, complejos y enigmas. Creo que me he ido por las ramas. Intentaré comprenderme de nuevo y quizá comparta la literatura de la comprensión, así como de la redención, con la red, que en mí representa un mal muy tentador, como pudiera serlo el alcohol. El alcohol es redención, por ejemplo, para muchos muertos. ¿Se entiende por qué veo la comunicación fantasmática, pongamos redes sociales, como algo que viene del mismo lugar? No lo sé. Yo me lo estoy preguntando. No quiero la vida, ya la conocí de mano del amor (de Dios). Quizás no he sabido entender a Dios, por eso escribo, por si Dios aparece en las letras. Al fin y al cabo quiero llevarme de ellas la única doctrina que puede hacerme sentir (no sé si es mucho pedir que recoloque mi vida nerviosa en su sitio). Pues siento que mi juego se ha llevado a la vida. Y eso es sentir nada (aunque aquí advierto que es muy probable que esté interviniendo la medicación). La vida es una revelación del alma, aunque también pueda ser otras cosas. Dios ha hecho que me vea a mí mismo y ahora he de decidir qué hacer sin él, es decir, sin la parte de mí que me hace apostar por la vida o, al menos, creer en que ella merece todo mi ente.

Dios jamás será mi enemigo, así como tampoco lo serán Tolstoi, Bloy o san Agustín. Pero sí lo son las disociaciones que encuentro en él. Él es verdad. La pose que encuentro en mí, de haberla, es la contradicción de Dios (no sé si logro explicarme por si lo publico en mi blog, que llamé La semejante criatura). Sólo soy un vulgar pecador, de allí vine. Aseguro haber pagado muchos precios distintos. He tratado mal a las hormigas y a las moscas, por ejemplo. Reí de Dios, que vivía en mí y en los últimos seis meses ha dirigido mi mirada hacia mi alma, antes de conocerlo. Yo lo escribía sin mayúscula, al igual que hago con cocacola, despreciaba a menudo la locura, que es la piedra filosofal de todo lo que ocurre en la vida. Me explico: ver el alma propio en el vuelo de un vencejo es, además de una tontería, bello, y entiendo la belleza por algo capaz de superar un autorretrato de Rembrandt, por ejemplo. Desde luego también puede concebirse la locura o alma, que sólo puede ser propio y tiene como condición que puede disociarse en un retrato de Rembrandt. E incluso admito haber sido el propio Rembrandt en la contemplación de sus autorretratos. Podemos perdonarles la actitud de injuriar a la belleza a tristes niños que han pasado, como Corso, su infancia en un reformatorio (al menos en su literatura), así como a Rimbaud, que lo escribió (y para definirlo usó belleza) en La temporada porque debía de estar muy enfadado con el mundo (y esta obra influyó muchísimo en la poesía del siglo XXI, al menos en la seria, que es la que yo hago). Dios sabe que escribo, pero no tendría por qué si no fuera por mi vanidad (ese mal de compartir el, entiéndase el humor negro que va implícito en esta palabra, talento, es decir, colgarlo en la red como si nada, sólo para comprenderse y que se comprenda). Quiero decir, si él me reconoce en mi vanidad, yo podría dejar de hacerlo. No escribir, no mostrar y no lo voy a hacer (al menos lo de no escribir) porque existo gracias a eso. ¿A Dios le debo mostrarme? Es una de las preguntas que me vienen a la cabeza en la hora en que escribo este texto de comprensión y redención en el momento en que entiendo que terminaré colgándolo en Internet. No más ficción ¿Pero de qué puede vivir un niño que es injuriado, salvo por el alma mostrado por la fe en el amor, en una realidad que sólo entiende escribiendo, pues es escribiendo como consigue entenderse a sí mismo? ¿Abordar el mundo después? ¿Sin amor? Es el amor a Dios lo que hace temeroso para ciertas almas blandas a un fundamentalista. Un fundamentalista es alguien que nos enseña que el suicidio es un acto de fe. Pero… claro. Estoy tratando de preguntarme qué soy yo sin amor, qué soy yo sin Dios, qué soy yo sin camino (si quiera el de la escritura, que es la ocupación de mi biografía). Quisiera volver a gritar y llorar, pero no puedo. Tampoco puedo hablar. Noto los nervios en cada constante a pesar del abuso de los psicofármacos y no puedo llamar a eso vida, pero sin ello notaría un vacío común, que es algo que no es nada salvo respiración.

En la medida en que me percibo en unos días futuros sin la presencia de Dios también sé de la precariedad de mi alma, de la compañía de cualquier licor y el pesar que eso produce. Me pregunto si es mejor que estar sin Dios convertirlo en una botella de algo. Entretenimientos como el sexo sólo los concibo en el Dios, que es lo que me proporciona amarme a mí mismo (y no estoy entrando al trapo del chiste fácil de la masturbación). Un día comprendí que no era querido por el prójimo y escribí. Quería mostrar mis necesidades, mis ganas de amor y sexo, que hoy se encuentran acostadas en mi cama junto a un Dios que se ha despedido de mí. Y yo no quepo en mí. Se me llegan a cerrar los ojos y me digo ¿Ves cómo sigues vivo? Pero la vida consiste en otra cosa, imagino a estas horas, cuando ya ha amanecido sobradamente, aunque el cielo no pueda permitirme ver las teclas y siga con la luz encendida. Se levantarán y me reñirán como a un niño y jamás entenderán que Dios se ha despedido de mí, que es un mal mayor que el hecho de que esté muerto, me parece en este momento. Además ¿Para quién no está muerto Dios en el mundo occidental? Para mí Dios no es la compraventa de estilos de vida. Para mí Dios es lo que hace de mí un yo, lo que me coge de las entrañas y me enseña, como durante estos seis meses, que hay la vida, y vivirla es el motivo de vivir, de haber nacido.

Cuando nací, en el hospital dos médicos le dijeron a mi madre que existía un 1% de probabilidades de que yo viviese, y lo hice, así que supongo que debí luchar mucho y hoy sé que fue para conocer a Dios en vida. La locura verdadera, la belleza verdadera, el perdón verdadero, el nacimiento del espíritu. Todo eso.

 

En este momento comprendo que mi concentración no es válida. Las lágrimas, en el silencio eterno que es el abandono de Dios, caen igualmente igual de silenciosas. No creí que volvería a pasar. Yo esperaba el fin y unas lágrimas verdaderas (pues son de redención, no de autocompasión) no pueden ser el fin. He comprendido el fin alejándome de Facebook (quitando mi cuenta). Necesito un prado. Sería tanta muerte pedir que Dios regresara. Quizá yo tenía que mirarme como él me enseñó y nada más. La conversación ha durado más de ocho horas. No me sirve ningún consuelo contarlo a nadie y sin embargo voy a colgar estas joyas de pensamientos míos en el blog para que Dios los vea. El resto de la humanidad me ha vejado. Yo necesito sentirme limpio. Y no es que precisamente hoy no lo esté, mi cuerpo incluso huele a perfume en un día como hoy e incluso ayer me lavé los dientes, algo que no es una pasión para mí.

 

9:42: Cada vez tiemblo más. Cierro los ojos nerviosamente pero no puedo dormir y tampoco sé elaborar estrategias.

9:43: Quiero estar con Dios.

Hago lo posible por no dejar de escribir porque sé que no me leeré y terminaré no comprendiendo nada porque eso también es la vida. Yo me enamoré. Ya sé que esto es una debilidad, pero mi cerebro se encuentra en ese lugar aun cuando Dios, convertido en una especie de cuervo invisible, picotea mi cabeza. Y duele. Cada vez tengo menos fuerzas e imagino que terminaré cayendo. Asumo mi culpa de caer, mi vida de señorito estrafalario, mi pasado esquizofrénico y bebedor. Asumo mi equivocación a la hora de haber elegido amigos e incluso psiquiatras ¿Dónde está la sonrisa de mi primo pequeño para producir un gesto de vida en mi yo? Está en un ataúd. Pensarlo me sumerge en su muerte para huir de la mía, que sólo es la pérdida de la esperanza, el irse de Dios. ¿Decir ahora que admito mamadas? ¿Qué sentido encontrarle al gato que araña dentro de mis constantes vitales? Ni siquiera tengo polla. Ya lo sé: un café. Ahora vengo, ordenador nuevo.

Mis manos tiemblan y el azúcar ha caído sobre la vitrocerámica. Por un momento he pensado que cada granito de azúcar era una estrella adornando el cosmos. Dios ha vuelto y mi fe necesita descansar para restablecerse. He de cuidar de Dios después de haberme perdido durante su ausencia y, para ello, necesito relajar la cabezota, porque parece que me han estado dando con una pala durante mucho tiempo. He de regalarle mi vida. Que no tenga ninguna duda de que sin él yo no existo y que mi existencia es sólo un artilugio para servirle en lo que haga falta. He de descansar, descansar, descansar y, después, juntar su camino con el mío y volver a la vida, a la belleza, a la importancia de la cosa. A hacer brillo.
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jueves

Cecilia (3)



Durante la niñez
la respuesta a muchas cosas
si no a todo
consistía en escalar el tronco de un árbol
y, desde lo alto,
contemplar la línea del horizonte,
sentado en una rama.

Hoy tengo miedo de que estés junto a mí
en ese árbol remoto y no te agarres
lo suficientemente fuerte
al tiempo que ha pasado
desde entonces.
Yo ya te quería ¿Sabes?
Tanto como te quiero hoy.

Ese desierto hoy es un centro comercial
(Y también hay cultura y deportes.)
Una torre expone el logotipo del nombre del lugar,
que sigue siendo el mismo.
El árbol, en cambio, fue talado.
Alguien ha vendido la línea del horizonte
donde abracé tu ilusión por vez primera.

No es tristeza lo que supongo,
lo que supongo es que estás
en alguna parte,
no muy lejos de aquí
al lado
de la desaparición del árbol
cuya respuesta eras, ante todo, tú.


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miércoles

No soy un enfermo mental

No soy un enfermo mental,
esa es la verdad pero,
admito,
siempre he tenido ganas de visitar
un pueblo riojano en domingo
a la hora del vermú,
quitarle de la boca una piruleta a un niño,
tirarla a una charca
y darle una buena patada en el culo
mientras digo: Y ahora se lo dices a tu padre.

K.





Los espectadores se ponen rígidos cuando pasa el tren.
Estás ante las puertas del gran engranaje cósmico,
ataviado con la misma ropa con la que vas al trabajo.
Se anuncian fuertes lluvias en Praga.
Todos los habitantes tienen tu cara
y ninguno sabe el sentido que ofrecer a sus pasos.


El gran engranaje cósmico es un faro cuya luz
mora en tus pupilas
las noches en que tecleas sin parar
la verdad de las habitaciones,
de los pianos, de los circos, de los sombreros,
de las locomotoras.

(En mi novela sobre amor tienes reservado
un barco en el que estás tumbado
en una hamaca de la popa con un daiquiri y un Farias
y todas las jovencitas en b/n ríen los chistes
antes de que salgan de tu boca
siglos más tarde.)

Oda a un amor antiguo

Por las tardes,
al subir del pozo
me fijo en el horizonte.
Allí veo médulas rotas,
porciones de corazón tapadas
por algunas nubes
que me llevan de la mano
a una infancia donde yo comía
algodón de azúcar
en la noria del parque Arias Navarro,
en Aluche.

Es en la mañana cuando,
tras encender la televisión,
recuerdo nuestro enterrado amor
y me digo que tal vez fuera mejor así.
Tú me amabas y sabías que yo te amaba.
Hubiera podido con todos los demás.
Los hubiera despellejado con una sola palabra.
Pero elegí tu pellejo de entre todos para hacer,
del día siguiente,
una corona que se acomodara a mis greñas
de bastardo sutil, prontamente tocado
por la enfermedad y el delirio.

En las noches te veo con un traje de novia.
Quizás, tras haber follado contigo mil doscientas veces,
me hubiera cansado y estrellado el coche
contra un camión de cemento
y, mis ojos, antes de cerrarse
hubieran mirado a los tuyos
antes de cerrarse
y ahí hubiera acabado todo.

Hice bien en no besarte,
en acomodarme en un pellejo de la muerte,
esconderme en sus rincones de luz vaga,
alimentarme de su emoción de niña triste y sabelotodo
y salir a la calle sólo para comprar
pan, leche y tabaco.

Hice bien en tapar nuestro amor
con hojas secas de cada otoño venidero
y hacer como si la cosa no fuera conmigo
las veces en que pasaba por allí y descubría
que el viento no podía con el grueso
de la compartida tumba de un amor casi olvidado.

Por las tardes,
al subir del pozo,
antes de llegar arriba,
era tu laringe lo que atravesaba.
Lamía el muro y el sabor del frío ladrillo
era también nuestro deseo apagado.
Al subir a la cima, el sol brillaba sobre mí y,
antes de mirar al horizonte,
yo rezaba porque tú estuvieras viva,
feliz, alegre en alguna parte
de este nuevo mundo
cuyo aliento huele a formaldehido,
follando cada día con fieras
y yendo de la mano de tus amigos y amigas
en los días siguientes
a recoger margaritas por ser primavera.

En tu rostro siempre era primavera.
Yo, cuando lo miraba, no podía evitar
morirme de vergüenza.
Yo sabía que tú me querías, tú sabías que yo te amaba.
Eras el cofre que, al abrirlo,
empieza a despedir una luz que recuerdas haber visto
la primera vez que abriste los ojos
y una serie de personas te daba la bienvenida al mundo.
Tus ojos me daban la bienvenida al mundo
en cada puto recreo.
Recuerdo que empecé a beber soles y sombras al llegar
a casa.

Ahora allí no hay nadie.

En mi locura estabas tú,
cuando yo ya no tenía llave,
descolocando los discos que yo había cambiado
previamente de lugar.

Sé que no puedo volver,
que siempre habrá una palabra de odio
en los bordes de tu boca,
una garganta ardiendo
antes de soltar el grito
en el que quepo.
Allí me recuesto ahora
procurando quedarme dormido
una noche más
en la que no te sueño.

.
 

lunes

Cecilia (2)

Las tropas suizas
acaban de rescatar mi cerebro
de la hoguera.
Afuera, en la noche
un relámpago deshace
el árbol que sembré
por primera vez.
El aguacero es interminable.


Yo abro los ojos un momento
digo tu nombre
y vuelvo a acomodar mi cabeza
sobre la almohada.

Garbanzos con tocino




Existe una bomba de relojería
en cada órgano de mi cuerpo,
puedo oír el Tic tac
mientras las sirenas de mi seso
cantan una anodina canción
cuyo estribillo promete
conducirme al paraíso.

Mis riñones desde un charco
saludan a los transeúntes.
Noto un dolor en la clavícula
pero sé que no es nada.
Una sirena se ha colgado de ahí
y está tirando de la columna
como yo tiro de la cadena
tras hacer mis necesidades.

Mi corazón está en un tejado,
los grajos se acercan a picotear.
Les pasa desapercibido el tatuaje
en el que aparece Ella en b/n.
Sólo tienen hambre
al igual que sus crías.
Es de lo más comprensible.

Mis pulmones han ido a parar a la fuente.
Algunos japoneses los fotografían.

Yo me encuentro cenando en un bar
garbanzos con tocino.
No me entero de nada,
repito mis errores,
digo paridas en Facebook,
bebo vodka para brindar por esta vida
que no entiendo.

.

Cecilia


Si la vida metiese
su sombra a dormir
dentro de un ataúd
y el sol dudase,
yo cerraría los ojos
y sólo existiría ella.

Highway Chile




Nunca les mostré mi arte,
mi cosa, mi enfermedad.
Todo era bajar al sótano,
pegarle un poco al saco y tocar y cantar,
una vez tras otra,
Highway Chile
hasta que las luces se apagaban y yo
comprendía que era la hora de perderme en el camino.

Tenía 17 años
y una vida que quemar.
Encendí mi pipa
y me senté en el sofá.
A través del humo veía la figura
de mi amor de entonces, que me hablaba
no recuerdo
de si su abandono o del mío.

Fui a la cocina y saludé a mi pájaro.
Luego abrí el cajón de los cuchillos japoneses
y me puse uno de los filos en
la boca del ombligo.
Respiré y una gotita de sangre me dijo que
era hora de dejar de jugar,
de convertirse en alguien.

Recuerdo pedirle 300 pesetas a mi abuela
cuando regresó de la compra
y permitirme una merienda en el McDonalds.
Allí había una pareja con cascos de moto.
Se besaban de vez en cuando entre risitas,
luego yo, mi Burger, mis patatas, mi kétchup, mi mostaza
chorreando por entre mis manos blancas.
Joder, era yo el jodido rey de la puta noche
ese noviembre en el que apenas recuerdo
mi cara de agradecimiento
tapada por una maraña de pelos.
 
.

Escribir



 
Aún recuerdo,
nunca el primero,
sino a borbotones,
uno tras otro,
como si fueran el mismo,
momentos en que mi corazón comenzaba
a sangrar desde una mano desconocida
hasta llenar mis zapatos y pantalones.

Se trataba de sentarse ante la máquina,
de averiguar cuál era la tecla adecuada
que trasladara tu cerebro a un microondas
donde comienza a dar vueltas y vueltas.
Recuerdo sacarlo, demasiadas veces,
demasiado caliente
Y ponerlo, humeante, sobre la mesa
para que mis hijos, inventados
en folios ecológicos, comieran
y creciesen fuertes y sanos.
 
.

Fracaso



Es finales de 1996,
el chico está en un manicomio.
Tiene 19 años.
Ahora se dedica a respetar los horarios,
levantarse cuando toca el timbre,
ir al comedor y hacerse con una bandeja.
Los bedeles reparten una magdalena
y cuatro galletas María Fontaneda.
Después se va a su habitación e intenta leer
pero el haloperidol impide que
la conexión con la lectura se produzca.

Antes su oficio era escribir
al llegar de clase.
Escribía una novela al mes
y se la dejaba a sus amigos
que decían que era un genio.
Su primer proyecto literario se llamaba “Fracaso”.
Allí se decía ¿Quién me va a enseñar más de mí mismo,
más de la literatura, más del trabajo, de la vida
que el título de este libro?
Las chicas un poco grunges lo flipaban.
Todavía no había aparecido el haloperidol en su vida.

Es 2004, verano,
el chico está en la ducha llorando.
Al salir seca su pelo y lágrimas,
mira su cuerpo reflejado en el espejo
y se pregunta si le pertenece más lo que tapa el vaho
que lo otro.
Está en su pueblo, Valseca, es la hora del White Horse,
pero ese mediodía decide no ir al bar.
Abre la botica y coge el haloperidol,
echa treinta y cinco gotas en el vaso de agua.
Luego pone la televisión y cierra los ojos
mientras bebe.

Más tarde volvería a escribir una novela al día,
se gastaría la herencia de abuela
en clases de esas de aprender a escribir
sólo para hacerse cargo de que su primer proyecto literario
llamado “Fracaso” no andaba desencaminado.
De nuevas bocas sale la palabra genio referida a él.
El mundo de la literatura le quiere.
Él bebe whisky con esa gente
y luego regresa a su pueblo,
echa gotas de haloperidol en el vaso de agua
y ríe o llora indiferentemente.

.

sábado

Club Kafka de Parla y sucedáneos en: Ya lo dijo Fofó




“Soy el number one. Me da igual cómo me veáis vosotros, Antonios Anglés de la literatura. No soy un puto trepa. Sólo vivo. Sólo respiro. Sólo escribo. Ya me violasteis y matasteis cuando pudisteis y seguís ocupando, cómodos, los mismos asientos, compartiendo la misma botella de whisky medio. Vuestro desprecio es la verga con la que os follo desde mi pedestal del parque de atracciones de Madrid e incluyo a los putos académicos y a las guarrillas de la literatura que han saboreado vuestros glandes con el afán de crecer. De crecer hacia ninguna parte. Mi trono mola más que el vuestro y no apesta.” (Fofó citado por Víctor Hugo Viscarra).



Yo soy lo que escribo,
ese es mi poder.
El resto es una anécdota que,
a veces,
hasta es acertada.
Lo que escribo soy yo.
El árbol está maduro
en medio de la tala.

.

Oda a mi psiquiatra

Al llegar a la consulta no había nadie allí,
cogí una revista de decoración y me senté.
Mi cita era para las siete y eran las siete y cinco.
Simplemente no conseguía encontrar aparcamiento.
Unos minutos después un hombre, ataviado
con una máscara antigás,
abrió la puerta del despacho
y me dijo que me pondría un cero
si no entraba cuanto antes.
Así que entré.
Perdona la mascarilla, dijo,
es por los microbios.

Hubo unos momentos de silencio
en los que él organizaba hojas.
Antes de preguntarme por mi nombre recuerdo que
me preguntó: ¿Comunista o facha?
Yo dije que no lo sabía.
¿Entonces anoto ambos? Dijo.
Vale, dije.
No se preocupe, me explicó, es muy corriente.
Bien, dije.

A continuación me preguntó si había
tenido una infancia feliz.
Respondí que nunca me había faltado de nada.
Él se puso a garabatear en su cuaderno.
Después me preguntó qué tal le había salido el dibujo.
No está mal, dije.
Me informó que estaba aprendiendo de Picasso.
Medio minuto más tarde me enseñó las fotos de la boda de su hija.
¿A que está guapa? Me preguntó.
Me explicó que, en el banquete, de entrantes comieron
langostinos, paté de oca
y jamón de pata negra.
Fue pasando fotos hasta llegar a una
en la que un hombre vestido de cuero
era sodomizado por dos hombres a la vez.
Me dijo que eso no tenía nada que ver con la boda,
que era un paciente en el que estaba trabajando.
Cogió la foto y la metió en el bolsillo de su chaquetilla.

¿Puedo fumar? Pregunté.
Me dijo que me traería un cenicero enseguida.
Mientras fue a buscar el cenicero me fijé en sus diplomas
hasta llegar a una foto de él sonriendo acompañado de Batman.
Al llegar me dijo que ese murciélago le había salvado la vida.
Sí, dije. Los superhéroes están para eso,
recuerdo haber pensado.
Él colocó el cenicero en la mesa y yo volví a tomar asiento.
Me dijo que se llamaba Jose, pero que podía llamarle Pepe o Pepillo.
Yo dije que me llamaba Alberto.

¿Has visto OVNIS alguna vez, Alberto? Me preguntó.
Dije que no.
Muy bien, me dijo, eso es que no eres esquizofrénico.
Luego me preguntó por la televisión y la radio.
Le dije que me gustaba escuchar el fútbol.
¿Pero no has escuchado nunca voces que te indujeran
a asesinar a tu familia? Me preguntó.
La verdad es que no, dije.
Me dijo que iba progresando.
Luego me dijo que si me sentía observado a menudo.
No, dije.
Muy bien, me dijo, va a sacar usted una buena nota.
Le pregunté si esto era un examen.
Sí, claro ¿Qué creía que era? Me riñó.
No lo sé. Creí que tendría que contarle los
motivos de mi visita, le dije.

En ese momento se puso a llorar
cada vez más fuertemente.
Llegó incluso a asomarse al balcón y cruzarlo
amenazando con que se iba a tirar.
Le dije que no lo hiciera.
Tardé el resto de mi tiempo en consulta en convencerle.
Al final se serenó y entró
y me cobró la consulta
de todas maneras
después de abrazarse a mí y decirme
que ya no existían pacientes como yo.
.

LMP

“Ya Freud decía que el delirio, lejos de ser una enfermedad, es un proceso que trata de devolvernos la razón” (Leopoldo María Panero, en Aviso a los civilizados)


Recuerdo un silencio ritual
en la caseta de la feria
a la que me acerqué.
Allí estabas tú.
Te dije ¿Qué tal, Leopoldo?
Tú me miraste y dijiste, gritando,
No conocerme.
Ya, dije yo.
Enseguida una de tus cuidadoras,
esos ángeles custodios del alma
cuando no se encuentra en parte alguna,
dijo: Ay mi niño, deja que te limpie las babas
para que te encuentres guapo.
Y estrenó un kleenex sobre la sombra de tus labios.
Me produjo tanta ternura que quise abrazar
la situación. Invitar a la señora a un
san Francisco y sentarme en tus rodillas
de penoso Rey Melchor.
Ofrecerte una Pepsi, acercarme a tu oído
y cantarte entre susurros:
“¿Quién llenara de primavera el seis de enero
y bajará la luna para que juguemos?”.

No te dije que tus amigos ahora eran mis amigos (algunos)
Y me lo habían contado todo.
Sé, por ejemplo, que un día Felicidad Blanc
Colocó un huevo en la mesa de la cocina
Y tú dijiste: Ubú, y echaste a correr.

Muchos años después mi amigo el escritor
te llevaba al aeropuerto.
Él sacó un paquete de tabaco y te ofreció.
Tú dijiste que llevabas los tuyos y
sacaste una pitillera que,
al abrirla,
echaba para atrás del olor a mierda.
Liabas cigarros con tabaco y excremento,
seguramente influido por Deleuze - Lacan - Freud
porque decías que curaban la esquizofrenia.

La vez que entraste en una pastelería
en busca de una chocolatina
y no te atendieron
(porque apestabas).
Llamaste a mamá desde una cabina entonces
y le dijiste que necesitabas ropa nueva.

Y qué decir de aquella novia francesa que,
atraída por tu arrolladora imagen de chico lleno de
pasiva energía e inteligencia en El desencanto de Chávarri,
se ofreció a darte cobijo en su casa
a orillas del Sena.
A los tres días estaba destrozada y es que, Leopoldo,
fuiste muy malo.
Otro amigo mío se puso al otro lado de la línea y
tu novia le dijo que llevabas tres días
meando en cada rincón de la casa
con la intención de purificarla.

Te veo recogido en una habitación destartalada,
en la postura de Edipo dentro de una frase de Artaud
que bien podría ser: “Si se pudiera pasar detrás del muro,
qué desgarramiento veríamos, qué carnicería de venas.
Un amontonamiento de cadáveres vaciados.”

Quiero pensar que tú,
aquella tarde de verano
en que me acerqué a ti
eras la verdad de un cielo claro, al tiempo, que la verdad
de esa gente que te miraba sin acercarse
como si fueras un artista del hambre.
Permite que te vea como la promesa del helado
que me tomé a continuación,
tras coger un libro tuyo recopilatorio
que ya tenía por separado,
y decirle al encargado de la caseta
que consiguiera un “Con cariño” tuyo, mi amor,
mi niño grandote,
mi poeta.
.

viernes

Oh Danny boy






Aún recuerdo la timidez con la que, a veces,
bateabas. La gorra no evitaba que el sol te diera
en los ojos. Pero había un par de gallos muy buenos
en nuestro equipo y, las veces en que ganábamos,
nos dejaban beber sidra.
Joder, corrían buenos tiempos en Valseca.
Hoy, tanto tú como yo, colega
estamos podridos.

Te recuerdo regodeándote en la lectura de
“Thanksgiving prayer” de William S. Burroughs
mientras visionabas una y otra vez la caída
de las Torres gemelas.
La risa podía oírse desde el séptimo.

Yo bebía una cerveza tras otra a tu lado.
Buscaba quedarme dormido ahí mismo, en el sofá,
para que tú tuvieras que despertarme
con esa ternura tuya que enterramos cada día
a eso de las dos de la tarde
mientras un grupo de gaiteros toca su estúpida canción.

Yo sé en qué consiste tu santidad, pues
soy ese joven a quien sacaste los ojos una noche
tras golpearme con una porra.
Desde entonces te ocupaste de cuidarme.
Me ayudabas a cruzar la carretera,
a no equivocarme de parada en el metro
a acertar con la llave en la cerradura.
Me acercabas, a un gesto mío, a la fuente
del jardín cuando tenía sed.

Sabes, supongo, que
dentro de mi oscuridad,
por encima de los nidos de los cuervos,
existe un colchón de felpa
donde sentar a tu corazón
y enviarle, cada día, juguetes nuevos.

PD: Lo que quiero decir es que
aún hoy, sospecho, después de tanto tiempo,
no nos es desconocido nuestro amor.

martes

Mi primer amor…



Eres tú
eso que soñé un día de mayo de 2012.
Alcé una piedra de tamaño medio
y te vi, diminuta,
todo tu universo vivía bajo esa piedra.
Me agaché y estuve observando veinte minutos
o media hora.
No podía oír tu lamento, pero
desperté
y era uno de esos despertares que se dan
en el propio sueño
y vi tu figura a mi lado y te toqué
mientras dormías
y yo me decía a mí mismo
que lo había logrado
hasta que desperté,
esta vez de verdad,
bajé a la cocina y me puse un café,
encendí el televisor.
Salía lo último de Gaza,
un gol de Falcao,
el ministro de sanidad hablando

etc…
.

Dazed & confused

Yo no he probado el LSD,
salvo en 20 o 30 ocasiones
cuando, apenas, era un crío.
Recuerdo que, entre todos aquellos viajes,
tuve uno bueno, quizá dos.

Una vez un ángel se posó sobre mi hombro y
me dijo que era sano beber leche de burra.
El demonio era un idiota,
un chiquito anodino vestido con camisa a rayas
que nadie sabía qué coño hacía ahí.
Le recuerdo bebiendo ron con cocacola
y balanceando la cabeza al ritmo de la música.
Menudo soplapollas.

Me recuerdo solo, en un concierto de Page y Plant
en el Palacio los deportes
(hoy sé que quería que estuvieses tú).
Se trataba de la gira No Quarter,
debe de hacer 100 o 200 años de eso.
Vi a un colega con su novia, porros, más colegas,
litros de cerveza que pasaban de mano en mano.
Le dije que me esperaban
para que pareciera que yo también
tenía amigos.

Imagina un fideo con un grano en la nariz
con una camiseta negra en la que pone The Who,
perdido, de tripi
Ajeno a la música de Page y Plant,
buscando quién sabe
la vida, la muerte o una chavala.

Al entrar vi un viejo en harapos
metiéndose una aguja.
Supe que era yo ese líquido
y recorrí sus venas
mientras el sufrimiento del animal
se fundía en un tranquilo sueño.
Lo de menos era la música,
la música me tocaba los cojones.

(Yo era (y soy) algún verso del poema
“Muerte sin fin”
de José Gorostiza.
Puedes encontrarlo en el google.
Por favor, si das con ese verso
dime cuál es
porque I haven´t prostitute idea.)

Pocos años después salí del concierto.
No volví a ver a mi colega
de la entrada al concierto y,
si le he visto,
no le he reconocido.
Tampoco me acuerdo de su nombre.
Sólo sé que era alto, mono
y que se le daba bien la guitarra.

Entré en el metro,
admito que me costó dar con
los transbordos adecuados.
El vagón estaba infectado de alegría.
Sentí todo eso dentro,
Ese calor.

Recuerdo bajar en la parada de Campamento,
llegar a casa,
Dar un beso a mi abuela (D. e. p.), mi Ciriaca,
meterme en el baño
y mirarme en el espejo el cuello
por si me habían mordido en el vagón.
No vi ninguna señal.
Luego miré mi cara.
Recuerdo que estaba guapo,
más que de costumbre.
.

Blues del bien informado

Mi cabeza es un reloj de arena
Al que mi amada acaba de dar la vuelta.
Puedo notar el ruido de cada nueva gota que cae
sobre mi vacío interior
mientras me miro el pulso y digo,
sin temor a equivocarme,
que son las 2:47 de la madrugada.

Acabo de llegar a casa
decidido a escribir una poesía
que contenga capullos de amapolas,
una farola trastornada en medio de
la plaza la Villa.
La noche eterna
dentro de un yogurt caducado
que sigue, como si nada, dentro de la nevera.
pero, mierda, pongo, por ejemplo:
Dios es un reloj sin segundero,
un móvil de nueva generación al que
se le acaba de pirar la batería.

Y tanto la pantalla como el teclado,
al igual que esta habitación,
siguen tan panchos.

Necesito comunicar a la humanidad:
O Ella o la muerte.
Y con muerte quiero decir:
Asesinato, hambre, enfermedad, guerra, bomba atómica.
Con Ella sólo quiero decir: Ella.

Yo sólo soy una isla que no llegó a sí mismo
en barca alguna.
Yo sólo soy las escamas de un pescado que
está a un segundo de morder el anzuelo
mientras sujeto la caña y rezo.

Cuando formé parte de la civilización
admito haber leído a Michel de Montaigne,
escuchado a Gustav Mahler,
bebido un par de chupitos de Lagavulin.

Ahora soy el pan que espera
en el horno de la panadería del pueblo.
Quiero dorarme en mi punto,
ser metido en una bolsa (0,55 eu),
mojado en la yema de un huevo,
saboreado por una boca hambrienta
y, después, regresar a la oscuridad de donde procedo.
No sé si es mucho pedir.

Hace unos cuantos años leí un tebeo de Peter Bagge
cuyo protagonista de las tres primeras viñetas
decía:
“Un paranoico es alguien bien informado,
Lo dijo William Burroughs…
Creo.”
.

Mi vida entera

Ella era aún una niña
cuando, mientras esperaba a Papá Noel
la noche de un 24 de diciembre,
miró por la ventana y vio a un raquítico vencejo
planeando por entre escasas y relucientes nubes
comerse todas las estrellas que estaban a su alcance.

Al día siguiente le preguntó a mamá
si le había traído algo Papá Noel y
la buena señora le dijo que fuera a la cocina.
En el horno estaba ese vencejo raquítico ya desplumado.
Mi vida abrió el horno y se vio cegada por la luz
del plato que compartiría
a las dos y media de la tarde en el día de Navidad.
Como postre le dieron una pera
que la niña comió sin pelar.
Mi vida tenía miedo.

Hoy soy yo el que tiembla cuando aparece,
es la única persona en el mundo que conoce
cada arteria de mi cuerpo
cada flashback de mi pensamiento
cada molécula de mi alma
cada muerto de mi biografía
cada letra que escribiré en cada futuro cuaderno de notas
y cómo moriré y cuándo.

Acaricio su cara y le digo
que no tema mi miedo
(ni lo comprenda
si es necesario.)

A menudo se convierte en la gacela que corre
en dirección contraria.
Otras veces
es la fiera que calma mi fiera
o bien la devora sin siquiera saciarse una milésima.
Yo le digo que no se preocupe
y coma también mi cabeza pero,
en ese momento,
llaman al timbre y es el Príncipe Felipe.

Le trae una flor y le dice que quizá deje a Letizia,
que se ha enamorado de Ella
como un colegial
desde que la vio en aquel congreso.
Mi vida coge la flor y le dice al príncipe
que se baje pantalones y calzones.
No puede negarse.
Entonces comienza a meterle el tallo con espinas
por el ojete
y Felipe entiende que eso mola.
Por cada penetración le tiende las llaves de una casa, de un yate…
Cuando acaba él le dice que la ama, que no le deje nunca
y ella tira todas las llaves que le ha dado
por la ventana y cierra la puerta principal
en sus narices.
Oye, junto a mí, cómo Felipe moquea mientras baja
las escaleras de nuestro pisito de Carabanchel.

Mi vida, le digo
siempre soñé contigo,
también antes de conocerte,
cuando yo aún no tenía una vida a la que llamar
vida.
Tan fácil como eso.

Pasan los segundos,
Ella me dice que también me quiere,
pero aquí,
E insiste:
Aquí.
.

lunes

Mis profesoras de lengua

No sé si me recordáis, viejitas mías.
Yo era aquel chico tímido con granos
que se sentaba en el pupitre más alejado
de la pizarra donde exponíais la lección.
Aún me acuerdo de todos sus putos nombres:
Lope de Vega, Calderón de la Barca y, por supuesto, Cervantes,
entre otros…

La mayoría del tiempo yo acomodaba mi silla
contra la pared que daba a otro aula
(donde exponíais lo mismo
con las mismas palabras)
y dormía y soñaba con tiempos mejores
en donde yo era una especie de héroe
un poco parecido a esos hermanos horteras o lo que sean
que, aún hoy, ocupan su lugar en el vacío que
dejó el Madrid Rock de Gran vía
con una botella de cocacola en la mano
ya haga sol o truene.

Os amo aún, puedo notarlo, sentirlo
viejas solteronas casadas con Jorge Manrique y
esas putas coplas dedicadas a la muerte de su padre.
Yo quería acompañaros a Chiky,
Comer un sándwich mixto con vosotras
y hablar de amor.

Si ahora mismo metéis, a través de mi carne,
vuestra mano en mi corazón
podréis palpar al menos una docena
de larvas cegadas por el sol de diciembre.
También ellas os aman, como yo.
También ellas aprendieron de vosotras
que eran ese espejo donde, de vez en cuando,
bien para peinarse, bien para despeinarse
se miraba Holden Caulfied
en el libro en el que, gracias a vosotras, hijas y madres mías
descubrí que uno también podía sentarse dentro de un libro
y ver la vida pasar,
con sus coches, sus mercados, sus putas, sus jardines, su gente importante…
Todo eso.

Recuerdo vuestra piel reseca
y a mí mismo esperando a que el resto de la clase saliera
para poder llorar ante vuestra mesa
porque no me habíais aprobado.
Es verdad que había veces en las que no ponía bien las tildes,
Teníais toda la razón.

Hoy me he acordado de todas vosotras,
una por una.
Me he preguntado dónde estaréis,
lo mucho que me gustaría invitaros a un helado
y pasear por el Retiro de vuestra mano.
Pero me he dado cuenta que eso es imposible
mientras una lágrima silenciosa ha caído
desde la sima de mi ojo derecho.

He comprendido que estáis muertas,
que en vuestras tumbas no hay flores.
He buscado vuestros epitafios en la Antología de Spoon River
sin encontrarlos,
y he pretendido arreglar el recuerdo de vuestras gafas
sobre la mesa del salón, ante cualquier clásico
de nuestra literatura con mayúsculas,
vosotras y sus tapas ajadas por el tiempo
con esta basura de poema
en el que no salen vuestros nombres (benditos) y
que nunca leeréis.
.

Oda a Ángel, mi padre (entrada nº 500)

46 años cotizados en la seguridad social,
mi cuerpo mismo,
mi vida,
mi fe...

Tú vives entre el primer y el segundo latido
de mi corazón
de niño bebedor, farsante, desequilibrado,
broncas, pijo, sucio, ocioso y necio.

Cuando acabas de salir del baño
de hacer tus cositas
y nadie me ve,
entro y cierro la ventana
echo el pestillo de la puerta
abro el inodoro
y aspiro con todas mis fuerzas el aroma
de tus deshechos
porque son yo.

Las lágrimas que salen de mis ojos
son curativas.
Puedo notar cómo me congracian
con la energía de donde vengo,
con el espermatozoide que fui.

Abrazo el excremento desaparecido en el desagüe
y regreso a cuando mamá y tú os conocisteis
en esa sala de fiestas donde
bailasteis por primera vez
Eva María se fue buscando el sol a la playa, etc…

Regreso a un tiempo después
cuando mi feto daba vueltas
en la barriguita de Ella.
Veo estrellas rodeadas de fístulas emanando pus
cuando mis ojos se forman y algo en mí
se pregunta si eso es el mundo
al tiempo que responde sí
y la alegría me invade.

Luego,
cuando el aroma ha huido,
salgo de nuevo y ante mí veo florecer
esta realidad que tan torpemente concibo.
El arroz sobre la mesa,
el sudor de tu frente
arrugada como un pañuelo
que ha pasado mucho tiempo
en un mismo bolsillo,
tus ojos rojos, cansados.

Después de comer regreso a mi habitación
y me pongo un disco de Johnny Cash.

.

domingo

Harold Bloom



A Hölderlin, Nerval y Gloria Fuertes


Hola, necio bastardo, farsante,
Mao Tse Tung de todas las letras
de todos los tiempos,
sangrientos, heridos y maltratados, sofocados por los gritos
de mujeres llorando alrededor
de un bebé muerto en El Congo.

Hola, gran jefe, adalid de discursos académicos
(en 1º de grado en español te leen jovencitas de 17 años),
lector insaciable de La nariz de Gógol
(El final de tu hegemonía se parece tanto al de ese cuento).
Creador y violador de genios que pasea por las cercanías del Támesis
tomando un helado italiano y evitando
las miradas de los mendigos
¿Aún no sabes que Shakespeare es uno de ellos?

(Ante ese señor, exquisito cadáver, pareces una gropie
quinceañera a la entrada de un concierto de Justin Biever.)

Tú eres Hamlet,
eres Lady MacBeth,
eres Otello,
eres el rey Lear.
Ahora sonríe a la cámara
¡Flash!

Siempre me pregunté por qué “salvabas”
al Dr. Freud “como literato”.
Siempre me pregunté si te preocupó más eso que tu vejez,
tu obesidad, tu calvicie, un pájaro con las alitas rotas
que nace en un árbol de tu jardín,
en el nido de un cuco, como tú, que no se ocupa de alimentarle.

(Oh, rey de la crítica,
Oh, defensor del genio.
En España algunos te debemos
el descubrimiento de Cormac McCarthy o
de Harold Brodkey.)

Oh, eterno niño grande
quiero comer contigo en Casa Lucio
y hacerte un par de preguntas
mientras devoramos huevos rotos.
Aún no sé cuáles son ¿Sabes?
Tranquilo, no te preguntaré lo que me pregunto yo
(lo que ya he citado en esta poesía)
sino que intentaré preguntarte,
tras llamarte maestro de maestros,
lo que tú te preguntas,
que aún no sé qué es.

Y es que creo que aún me queda demasiado por leer.

PD: Me pregunto si será posible leer los libros que recomendarás en el futuro, dios te dé 100 años, sin tener que leerte a ti.
.

Lithium

A menudo vienen a mi mente
esas dos estudiantes
que se lanzaron al vacío
desde el puente Segovia
hace unos cuantos años
un día de primavera
porque querían pasar la eternidad con Kurt.

Pienso en lo que pasaría por sus cabezas
durante esos segundos de caída.
Llevo viviendo toda mi madurez en esos segundos y
no veo a Kurt Cobain por ninguna parte,
sólo respiro sin saber muy bien
si será la última o la penúltima vez que lo hago.
A veces, durante la caída, me enciendo un cigarro y
meto un café en el micro.

No espero que nadie venga a salvarme
ni siquiera ella, el único amor de mi vida.
Hoy, antes de colgar, la he lanzado una media de doscientos
besos.
 
Pienso en qué pensarían esas adolescentes,
en sus cabecitas llenas de sueños por cumplir,
en las velas de la tarta que soplaron cuando tenían seis años
y aún creían en los Reyes Magos,
en todo el amor que podían haber dado al mundo,
en los hijos que no tuvieron y que, hoy,
desde algún extraño lugar
lloran sus muertes.
Era un día de primavera, igual que hoy.
Taparon sus restos con mantas blancas a las que le faltaba grosor,
la sangre joven y podrida podía verse a través de ellas.

Estoy respirando en esos inciertos segundos
donde el tiempo se detiene
Y no sé qué es hoy, qué fue ayer, qué es mañana,
mis ojos le pertenecen a Ella que,
quién sabe,
quizá ahora también esté suspendida en alguno de esos segundos,
de mi mano,
antes de que suene cloc
y los coches empiecen a frenar en seco.
Éramos esas dos jóvenes cargadas con libros de escuela
en las mochilitas que las regalaron sus padres.
Lloro. Lloro mucho.

Levanto la vista del cigarro y veo a Kurt Cobain.
Me dice que lo siente.
Yo le digo “No pasa nada, hombre”.
Entonces me dice: Enciende el ampli,
quiero hacer un grupo contigo,
vamos, saca la guitarra esa que tienes,
esa Fender que te regaló mamá por cortarte el pelo,
desempolva el amplificador Marshall.

Insiste: Vamos , tío, tengo prisa:
Hagamos una nueva versión de Lithium y
mandemos a cagarla a este
arco iris.
Todo es tan bored
.
.

sábado

Valseca, Youkali y Ella

Los días siguen pasando y ella está en mi cabeza removiendo cosas, aún. Pienso en el coyote muerto a palos del poema de Sebald. Pienso en mí bajo una manta, preso de un pijama a rayas azules y miel. Pienso en ti. A veces me caigo de cabeza al suelo (mármol) desde tu hombro de giganta, vuelvo a levantarme y sigues ahí. Rezo para que sigas ahí. Quiero que nuestras imaginaciones canten, rotas y al unísono, el bolero Bésame mucho mientras jugamos, presos de las tres en raya, en una prisión llena de ratas a las que dar de comer nuestra propia carne.
 
Mira cómo la sangre sale si cierro muy fuerte los párpados. Es tan bello ¿Verdad? Es estar sin tu abrazo. Necesito oír un sí de tu boca cada milésima de segundo porque si no no puedo sostener mi cuerpo. Mi cuerpo es como una de esas cabañas que nos hacíamos los pequeños hasta que los mayores la destrozaban. Entonces se repetía la operación. Procurábamos dar con un sitio alejado de los malos en los que, pocos años más tarde, por seguir la tradición, nos convertiríamos. Joderíamos con orgullo las cabañas de los pequeños una vez que habíamos comprendido que nos habíamos convertido en los mayores. Eso es mi cuerpo: Una cabaña que va de un sitio a otro, tras ser destrozada por la tradición. Tú eres mi sopor, la antorcha que, aun encendiéndose sólo para sí misma, encuentra en mi penumbra la mano que la guía por restos de cabañas. No están muy lejos. Valseca está atestada de ellas. Palo sobre palo. Madera sobre madera. Cuando el miedo viene a mí desplazo fuerte la antorcha que eres y desaparece. Tengo miedo de que se apague, pero nada dura eternamente, ni siquiera esta oscuridad.
 
Sigo tecleándote y mantengo en secreto mi ilusión de niño consistente en que salgas de la pantalla y, por fin, me abraces. Sigo escribiendo lo que deseo. No me invento nada. Me apetece contarte que en mi niñez asistía a las procesiones de Valseca con una vela cuya cera dejaba caer en la palma de mi mano, como hacíamos todos los chicos, y la sensación que experimentaba con la primera gota ha sido tu llegada. El resto eran monaguillos cargados de farolas y cetros, Cristos de cartón piedra gigantes que te miraban desde su pedestal y te preguntaban lo de todos los años. También había gente descalza fustigándose la espalda con los nudos de una cuerda deshilachada en los bordes. El momento más top de la procesión era cuando entrábamos en la ermita y, a la luz de cada vela y cada farolillo, cantábamos (se sigue haciendo) Madre dolorosa, dolorosa madre. La dediqué un libro. Parece mentira. Entonces tú no habías aparecido en mi vida y yo dedicaba libros a la Virgen santa de los mayores de mi pueblo. La canción duraba unos doce minutos. Se podía sentir el calor de esa ermita abandonada durante el resto del año. La gente, la canción, los rezos, los ausentes. Era como estar acompañado de ti. Eso era. Imagina que estamos delante de un helado en una terraza mirando el Sena… no sé, creo que se queda muy corto. Ayer hablé contigo y todas esas velas y farolillos se apagaron, lamenté tu enfermedad. El hecho de que me dijeras que había algo en nosotros que no funcionaba. Yo soy tú, no sé si me explico. No sé si es mejor que me calle.
 
Al día siguiente de la procesión los jóvenes de Valseca nos íbamos a las eras y construíamos con cuatro jerséis las porterías. Daba igual que lloviera o hiciera sol. Daba igual todo. El balón no conocía lo que era irse fuera salvo cuando traspasaba la imaginada línea de alguna de esas porterías. Jugábamos todos mezclados, los mayores y los pequeños, todos los que, alguna vez en nuestras vidas, habíamos ayudado a hacer y también a destruir cabañas. Éramos hermanos. Hoy todo el mundo tiene sus trabajos y casas, algunas de lujo. Sólo queda un bar en el pueblo. Cada año llega la noticia de, al menos, dos nuevas muertes o tres. ¿Qué significa eso? Algo habrá de significar. Dime tú la respuesta y la seguiré a pie juntillas. Convertiré mi vida en tu voz. Me da igual cuál de esas voces tuyas sea la que llegue hasta mi oído. Yo diré que sí.
 
En el bar del pueblo siempre echan la partida los mismos jubilados. Ya no hay juventud en mi pueblo. Valseca era el Youkali de Weill que hoy eres tú. Escucho esas canciones interpretadas por Lotte Lenya y te veo, entre las bambalinas de un teatro que sólo existe en mi mente, y te digo, entre susurros, que vengas conmigo. Porque todo lo demás no existe. Quiero decir: tú puedes matarme, yo te dejo. En Valseca dirán “¿Os acordáis del chico la Ciriaca? Se ha muerto” “Con lo joven que era”. Después seguirán con su musete. En cierto modo ya he muerto. Contigo veo esa cabaña en ruinas revolverse entre ellas y encontrar en ese movimiento vida. Quizás eso sea todo.
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viernes

Alias Ceci

Quiero casarme con Eudora Welty, alias Ceci. Tener un hijo al que llamar Carlota, sea niño o niña. Ir de vacaciones a Cuba y besar a mi amor en La bodeguita de en medio mientras nos tomamos un carajillo. Quiero ir a Nueva York con ella, bailar sobre las ruinas del World Trade Center. Quiero que hagamos el amor juntos dentro de la estatua de la libertad. Quiero que nos pudramos de pura salud en Hawaii, sentados en una tumbona del Wikiki. Pagar con Visa oro. Dar la vuelta al mundo en globo mientras lanzo papeles con mis poesías en castellano por encima del Big Ben, por encima de la Torre Eiffel, por encima de la Casa Roja. Quiero ir a la casa rural de mi pueblo y no parar de reirme. Reirme hasta morir en sus brazos. Quiero que la muerte nos pille juntos en el aeropuerto de una ciudad despedazada por bombas occidentales. Quiero sentarme ante un café y esperar que venga con todo eso y más. Atarme los zapatos al borde del abismo en el puente de Brooklyn mientras ella acaricia mi pelo y me dice que no pasa nada. Sólo ella y yo, como debería ser siempre. Eso quiero. Quiero que el frío sano de Colonia se quede pregnado de nuestras caras tras la boda. Una banda de jazz con rumanos hasta las cejas de maría tocándonos La vie en rose. Quiero que visitemos todos los hoteles de Túnez, regatear en los zocos o, simplemente, mirarla regatear a ella una imitación de un bolso carísimo mientras doy caladas a un Lucky Strike y siento que el mundo me pertenece. Quiero beber sake en Nagano y brindar con ella porque está aquí, conmigo, en esta cocina donde un loro canta todos los himnos de todos los países. Sonrojarme ante una caricia suya. Ver una luciérnaga por cada ojo suyo, atraparla, metérmela en la boca y sacarla. Quiero que matemos a la puta que me acaba de llamar pidiéndome que vaya a tomar un cafetito con ella para que dinamice un curso de literatura a coste cero. Ya viví todo aquello. Ahora estoy con ella y el sol es sólo algo que se apaga, indiferentemente de encenderse, en nuestras bocas cuando nos decimos Te quiero. "Tq".
 
Quiero casarme con Emily Dickinson, alias Ceci. Ponerme ciego de peyote en un hotel de Las Vegas tras hacer el amor como un loco con ella y luego, como Toni Soprano, apostarlo todo a un número en la ruleta del casino. Quiero tener un hijo al que llamar Carlangas, independientemente de que sea niño o niña. Quiero que vayamos los tres al parque de atracciones de Madrid y nos pongamos ciegos de manzanas con caramelo y algodón de azúcar en la noria. Quiero el sol de Altea, la terraza de Altea, comer cochinillo en Cándido en la mesa que da a la pared que refleja la fotografía a unos eternamente jóvenes Rolling Stones comiendo allí y, luego, pedirle a un guiri que nos haga una foto delante del Acueducto. Quiero visitar la catedral de Santiago y rezar con ella mientras acariciamos la pistola que guardamos en su bolso de licra. Quiero ir a Marruecos y que nos hagamos amigos de los moros. Darles abrazos y besos y regalos a cambio de una caladita de grifa. Quiero que venga con todo eso y con más. Volar hasta Praga y encerrarnos en la casa de Kafka, esa que parece la de un enanito de un cuento, a meternos mano entre los fogones. Joder, necesito amor, cariño. Tengo para dar y vender. La entrada a ese mundo es cualquier poesía tuya, intento poner las comas bien y luego nos comemos un extraño plato en el Bulli, que abren exclusivamente para nosotros. Quiero llevarte a comer también a la venta Pinillos un huevo, un chorizo, tres lomos, una ensalada y un café de Puchero, que Ángel Luis saque la guitarra y nos toque I wish you where here. "Tq".
 
Quiero casarme con Virginia Woolf, alias Ceci. Visitar con ella la pequeña y estrecha calle del lobo en Roma, encontrar allí el sitio perfecto para magrearnos ¿Dónde están los niños? Con los abuelos. Excelente. Quiero visitar la tumba de Gógol en san Petersburgo, colocarme de lado mi gorra de aviador, darte otro beso. Me estoy quedando sin palabras mientras tú conduces. Pongo el Kind of blue. No sabemos en qué país estamos ni a quien pertenece nuestro coche. Paras y hacemos el amor en el asiento de atrás. Todo es como la primera vez que me dijiste que tú tb me querías. Todo es eso y más. Mucho más. Sigo esperando tu respuesta. "Tq".