sábado

Dream a little dream of me

Ella estaba enfrente mía esta tarde. Hablábamos en inglés (my poor english) mientras tomábamos café en un bar chic del centro. Al salir de los baños había un espejo gigante. Cuando ella salía de hacer sus cosas se miraba en él ladeando las caderas, se ajustaba la mini y la visión de sus medias estrangulaba la noción, cada vez más creciente, de que yo era feo a mis propios ojos por quedarme parado, sin dar un paso hacia delante ni hacia atrás. En las fotos que hicimos con mi móvil aparece mi cara junto a la suya. No parece infeliz. Yo salgo con los ojos cerrados debido al flash. La despedida ha sido floja. En el autobús he cerrado los ojos tan fuerte que han caído hacia dentro dejando las cuencas al aire. Ahora comen de mis intestinos junto con otros animales, pequeñas criaturas ciegas. Al lado suyo los pájaros lloran. Yo no puedo olvidar, pero sólo recuerdo un tiovivo donde cantaba, de niño, mi crecimiento, con todas sus vicisitudes a flor de piel. En un descuido la he robado un beso que no ha sabido a nada. Después se ha reído, ocultando sus dientes extra-blancos con la mano. He salido a la calle a encender un cigarro que tampoco ha sabido a nada. Mientras se consumía podía ver cómo gemía últimas palabras. No he querido hacerlas caso y he vuelto a mi hogar frente a ella. Yo era un paleto recién salido de su choza del pueblo. Me cuesta escribir, ya he dicho que sólo recuerdo un tiovivo, pero la imagen del cigarro acabándose me ha venido bien y no me apetece meterme en la cama, al menos hasta que las drogas que he usado empiecen a surtir efecto. En mi inglés no había hueco para escritores favoritos, la belleza me pedía perdón de rodillas. Sólo asesinarla podría ahorrarme la vergüenza de que sólo existo a los ojos de la caridad. Mi tía, mi padre, mi loro, los putos libros y la música, que no suele servir para nada. Las top models filipinas doctoradas en turismo son muy simpáticas. He intentado reírme de algo que no fuera mi cara de nada y, al no conseguirlo, he pedido otro whisky calculando que tenía dinero suficiente para pagarlo todo. Me han subido en diez euros la ayuda del estado (dos whiskies en honor a nuestro gobierno). Mi enferma mente ve en eso la posibilidad de ahogarse en uno de esos vasos anchos. Ella jugueteaba con su aparato móvil mientras yo era la mosca que se ha metido dentro de mi vaso y no sabe salir, pero mis lágrimas todavía estaban allí en mi intento de no hacerlas demasiado caso. Luego me ha dicho que me enseñaría a bailar. Me ha acompañado a la librería, luego se ha marchado y mis rotas piernas, que debían desplazarse hacia otro lado, decoraban, en un visón improvisado, su cuello en lo que yo buscaba que se girase para mirar mi existencia por última vez, aunque hayamos quedado para otro día. A mí me gusta darles la patada yo a las chicas guapas, pero no he sabido. Comprimir en mi mente su cara y someterla a la muerte por ahogamiento, todo repentino. Un infarto de cara y al día siguiente al bar del tanatorio a beber con mis demás amigos, también humillados. La humillación une tanto. Quizás no debía decir que mi pene no cabe en sus putas islas, que tienen que adherirlas todas con pegamento imedio para que yo pueda sacármela y mear en tierra firme. El pobre océano ha dicho mi nombre y yo he despertado, con los ojos hacia dentro, en el autobús que me conduce hacia mi pueblo de mierda, hacia mi casa de mierda, con sus buenos días y buenas noches y, gracias a dios, el café y estos malditos cigarros que se consumen diciendo incoherencias. Mañana tengo cosas que hacer como sacar basura del porche, arreglar flores. Quedaré dormido junto a un tallo y soñaré con unos monstruos amables que se coman mi corazón sin que, al menos, no salga ni una sola palabra de su boca. Hoy no me he enterado de las noticias. Con una pequeña muerte caminando delante de mí es suficiente. Es tarde, pero me gustaría decirle unas palabras a la vida, que es cualquier cosa que se encuentre enfrente tuya. Me gustaría decir hola de nuevo, coger el vaso ancho con el pulgar y el índice de la mano derecha y después, después qué sentido tiene hablar. La noche ha caído sobre mí y mis recuperados ojos están en medio de su oscuridad pidiendo auxilio. ¿Mancillar otro cadáver? Quizás otro día, cuando regrese.
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domingo

El animal despierta solo como el invierno (entrada nº 400)

Me desperté poco antes de que Alicia viniese, recuerdo el olor de mi orín que parecía whisky escocés y que me vestí rápido con la ropa del día anterior, abrí la ventana y entró a la casa una melodía de coches roncando, al mirar el reloj vi que había entrado bien el mediodía y también noté que, afuera, el frío cortaba. Me preparé una ensalada facilona y la comí mirando la hora, luego fregué el cuenco y oí las campanadas del viejo reloj de madera de roble que, en su esquinita del salón, escrutaba los demás rincones de la casa con medido cálculo. Al entrar Alicia me dio dos besos y luego se quitó sombrero y guantes de lana dejándolos encima de una silla de la entrada. En realidad me acabo de levantar, confesé, no hay nada que hacer salvo esperar momentos como este, lo que por otro lado me colma. En verdad la noche anterior, antes de echarme, estuve viendo estúpidos anuncios de teletienda mientras abría cervezas sin alcohol. Le pregunté si quería café antes de que hiciésemos el amor. Era una broma, dije después, y puse café para dos. Nos sentamos en la cocina, cerca de Charly, mi loro, a quien ella veía muy exótico. Pero ya te he dicho que sólo habla conmigo, le advertí. Me preguntó si picaba y le dije que efectivamente, salvo a mí, y no sólo eso, enganchaba, rebanaba y, finalmente, comía, tranquilo, como si todo aquello resultase parte de su vida de animal encerrado de por vida, con la escasa libertad de hacer a veces equilibrios por encima de mis hombros recogiendo carantoñas que yo le hacía a falta de un bocado mejor con el que entretener mi cuerpo de mendigo. Así dije, palabra por palabra. Alicia me preguntó si no tenía sacarina para el café. Yo le dije que tendría que buscarla. Déjalo, dijo, también me gusta amargo. Yo me eché dos cucharadas de azúcar moreno. ¿Cómo van los recuerdos? Me preguntó. Vacilé por un momento, dije que algunas cosas me resultaban muy confusas todavía y que algunas palabras me costaban, pero que procuraba ensayar a menudo cuando me metía en la cama o en las horas muertas. Alicia y yo nos conocimos antes de que yo me abriese el cráneo al caer por las escaleras de un cuarto piso. Al abrirme el cráneo salieron algunas cosas y una de mis ocupaciones era hacerlas retornar para luego, después, en una tarea aún más difícil, colocar cada nuevo elemento en su correspondiente lugar. Esto exigía terapias de observación y ejercicios de memoria. Escribir me sigue ayudando, le dije. Ella y yo nos conocimos en un seminario sobre fotografía en un pueblito de Ciudad Real, luego resultó que vivíamos en la misma ciudad y, en fin, como cualquier cosa que pasa en la vida, nos hicimos colegas a pesar de que no fuera precisamente la fotografía en particular ni tampoco nada en general lo que nos uniese salvo el reconocimiento mutuo, algo que podría considerarse cariño por ambas partes. He vuelto a dejar la bebida, le dije. Me dijo que mejor ni la viese. A partir de ese momento intenté que no toda la conversación resultase en mí y, menos aún, en mi recuperación cerebral. Le pregunté dónde se había comprado la camisa y dijo que era un regalo de su hermano por navidad. Después todo era silencio y yo recordaba las veces en que conocía a alguna muchacha en la pubertad. Oye, si vamos a estar callados mejor hacemos el amor, dije. Ella fingió que mis palabras habían salido de mi boca con cierta socarronería. Aquí no hay nada, le dije refiriéndome al pueblo, cuatro vacas, dos caciques y dos moros que las ordeñan para ellos. Ah, y cinco gallinas, pero no sé dónde están, dije. Ella dijo que no sabía dónde estaba y que le había dejado el novio, que no recordaba si me lo había dicho. No lo sé, dije e intenté animarla imitando a un mono subiéndome encima de la silla y dando saltos ¿Qué haces? Me preguntó. Comprendí la seriedad de su pregunta. Yo le dije que sólo pretendía animarla y acto seguido le ofrecí un cigarrillo que no aceptó. Yo sigo fumando, dije. En los dibujos del humo podía descifrar escenas de mi pasado tras el accidente, me inventé. En realidad no sé muy bien de dónde procedía el cariño que depositaba en mí Alicia. Éramos dos personas de humores muy distintos, casi me atreví a comentárselo esa misma tarde. Bueno ¿Y puedo ser yo tu novio? Pregunté. Tú no me gustas, Alberto, dijo riéndose como si la broma fuese suficiente. Yo le pregunté si había que gustarse y le dije que en verdad veía aquello del amor como una casa, un par de cómplices sonrisas y algún que otro revolcón. Le aseguré que para mí la belleza de las cosas era un baúl cerrado con nada dentro en un descampado rodeado de césped olvidado. Al mirarla fijamente vi que las ventanillas de su nariz temblaban, toqué con los ojos sus labios pintados por una cereza y sus comisuras blanquísimas y me repetí mentalmente las palabras “cereza” y “comisuras”. Por supuesto que hay más café, dije sin que ella dijera nada. Mi vida aquí es esto, cariño, le dije, si te pasas por mi habitación verás que hay muchos libros, también veo la tele, mis padres llegan sobre las nueve, la informé y, bueno, tampoco tengo dinero como para permitirme mucho más y, lo que es trabajo, poco que sea agradecido, aunque sí, a veces tengo alguno. Ella entonces me habló de la oficina y de que siempre tenía que coger muchas llamadas. Le pregunté si no salía por ahí a tirar fotos en sus ratos libres aunque conocía la respuesta de que había dejado completamente la cámara de lado. Le dije que yo guardaba la mía, aunque a saber para qué. Y ella dijo algo que me sorprendió en ella, algo que era simplemente “esos cacharros terminan cogiendo polvo en cualquier sitio”. Sí, dije, como entendiendo más bien que esas palabras que, quizá sin ton ni son, me habían sido tan extrañas en ella hubieran salido de su boca. Bueno, cambió de tema, te veo como siempre. Claro, dije. Tú estás bien ¿No? Y volví a lo del novio ese, ¿Qué es que te dejen hoy en día? A mí también me han dejado, dije. Siempre como quien no quiere la cosa, añadí. Eso o simplemente he tenido que desaparecer yo, y nunca dejé nota, la verdad. En realidad yo creo -continué- que, respecto a todo ese tipo de cosas estamos rodeados de tonterías, otros males que han sucedido antes nuestro y que se repiten en nosotros ¿De veras se puede evolucionar acerca de un tema tan raro como el encantamiento? Sucumbir, dije, es para mí ser feliz aquí con el loro, regresando de mi accidente, contemplando tonterías como un atardecer de enero. Y seguí, cuando todo va mal es cuando oímos nuestro pulso, una pulsación tras otra, la sensación siempre es que no cabemos en nuestro cuerpo, y seguí monologando. Ella no sé en qué orilla de la mesa estaba exactamente mientras yo hablaba. Luego dijo que había muchos cambios repentinos en su vida y que, bueno, por otro lado tampoco dejaba de ser ella misma, según notaba. Me permití resultar cansino y le dije que si nos acostábamos. Yo, le dije, podría estar haciendo el amor todo el rato que me quede de vida, y le informé de que eso también lo entendía como una tontería más. No hay nada que hacer en el mundo, sentencié. Eso nos pasa. Luego dijo que se marchaba porque quería ir a la peluquería. Mientras se ponía los guantes, no sé a qué son, me llamó animalito. Le acompañé hasta la puerta y nos dimos un abrazo y dijimos que nos veríamos, como siempre terminábamos haciendo, por otra parte, aunque de año en año. Al cerrar la puerta un puño golpeó mi pecho desde dentro, pero no abrí. Regresé a la cocina y, antes de ponerme a fregar, me puse otro café, miré a Charly en su jaula no decir, como yo, nada en absoluto, y bebí con la intención de ahogar a las bestias que, desde mi interior, querían mostrarse, aunque fuera sólo para decir que no estaban de acuerdo con la vida que llevaba, o con la que podría llevar.
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martes

El gordo (la primera semana en la taberna)

Hace menos de dos años estuve trabajando durante casi veinte días en una taberna. Entré por cosa de un tío mío y me hubiera quedado trabajando allí más tiempo si no me hubiese resentido de un virus C que conozco en mí desde que el mundo es mundo y yo puedo observar lo que en él acontece, incluidas asquerosas pruebas médicas y cosas por el estilo. El trabajo en la taberna era bueno para mí. Entraba a las tres de la tarde y salía entre la una y las dos de la madrugada y libraba los fines de semana. Era un trabajo fácil. En el segundo día ya conocía a la casi totalidad de asiduos y entre ellos había muchos chicos y chicas guapas, así como una pareja de viejos que apenas mantenía pellejo entre la multitud de sus caras pasadas por agua. En verdad no sé cómo hacía esa pareja para lograr un afeitado completo. Ella tenía muchos pelos debajo de las uñas y él apenas conservaba alguna de las caras que formaban entre ambos. Aún así debo de decir que ambos eran muy educados y, cuando les llegaba la voz para hacerlo, impartíamos conversaciones acerca de los animales de compañía. La señora prefería, recuerdo, los gatitos. Él decía que tenían muchos en casa y que les daban atún. A él, parecía, le gustaban menos los gatos que a ella, pero no le importaban. A veces vienen a dormir, decía, y se meten entre los dos. Cuando me pagaba con monedas podía contar entre ellas algún trozo de carne que al buen anciano se le había desprendido de alguno de los dedos. Y luego estaba el gordo. El gordo solía hacer aparición en la taberna a eso de las nueve. Iba siempre impecablemente vestido y vestía un anillo enorme que brillaba tanto como su calva. Fue lo primero que me llamó la atención de él. Luego supe que bebía gintonic. Lo pedía muy educadamente. De Beefeater, por favor. Y, cuando ya estaba puesto, pedía una hamburguesa de la casa, consistente en carne, lechuga, tomate, cebolla, queso, beicon y huevo frito. Le encantaba la mostaza, observé, al gordo. ¿Quiere más mostaza? Y el gordo decía: sí, por favor, si es tan amable. Le chorreaba por las manos hasta el suelo la mostaza, sí, al gordo. Luego bebía, sin haberse limpiado los morros, del gintonic, y una marca de mostaza enorme quedaba en el vaso. También le gustaba el ketchup, pero menos. Soy Sergio, me dijo el gordo el tercer día, miércoles. Sergio el gordo siempre tomaba lo mismo. En la televisión estaban echando un partido. Me preguntó si era de la copa de Europa. Dije que sí porque lo ponía en una pizarra que había leído a la entrada. El Real Madrid, dije. Le dije si quería un gintonic y una hamburguesa de la casa. Sí, dijo, por favor. Cuando le serví la hamburguesa le tendí muchos plásticos con mostaza. Me encanta la mostaza, dijo Sergio el gordo, muchas gracias. Era un día de jaleo en la taberna debido al partido, pero mientras limpiaba vasos y mesas no quité ojo a cómo se comía el gordo su hamburguesa, su anillo me brillaba en la cara cuando lo giraba de acuerdo con alguna de las luces de la barra. Por momentos incluso deseaba a toda costa que no se manchase su traje ni los pantalones y, efectivamente, era en el suelo donde aterrizaba toda esa mostaza que le escurría por la mano, no llegando a los puños de la camisa. Cuando le puse su segundo Beefeater me dijo que ya se estaba yendo el invierno. Yo dije que todavía se notaba algo de frío, pero que sí. Él dijo que la primavera le daba alergias y dio un primer sorbo a su segundo gintonic. Entonces, al unísono, un tipo vino a preguntarme dónde estaba el baño y marcó el Real Madrid. Dije que al fondo y fui al otro lado de la barra a atender a un joven que pidió cuatro cervezas más con el dinero en la mano. Al día siguiente el ambiente en la taberna era más relajado que la noche anterior. Observé que eran las nueve y media y que Sergio el gordo no había llegado, pero estaban los viejitos cuya carne era una incógnita. Eran muy amables cuando podían hablar. Él me dijo que lo primero que había hecho ese día había sido bajar a por churros. Él bebía mosto y ella clara de cerveza. En esos cuatro días no habían pedido nada de comer. Ni siquiera probaban los pinchos que yo les ponía, consistentes en una rodaja de chorizo o queso con pan, aceitunas o frutos secos. Al día siguiente, viernes, hablé de nuevo con Sergio el gordo, que volvió a pedir gintonic y hamburguesa de la casa. Me planteé si preguntarle o no, finalmente solté casi sin querer: ayer no vino. Me dijo que había librado, pero que había tenido un día malo, que su hija se había caído de una canasta y tuvo que estar en el médico del colegio. Pero no había sido nada finalmente. Ah, dije, esas cosas, como si a mí me hubiera pasado algo por el estilo alguna vez. Al parecer Sergio el gordo era un padre separado o algo así. Poco después Sara, la chica de la cocina, me dijo que Carlos (el jefe) y ella iban a tomar algo después de cerrar, que si quería ir con ellos. Le dije que una mientras miraba a Sergio el gordo comerse como un cerdo la hamburguesa especial. Yo no tenía nada en contra de comer como un cerdo y siempre que he estado solo lo he hecho, creo, no sólo miraba ese comer como un cerdo, podía ver cómo se juntaba esa manera de comer con lo orondo de Sergio y cómo se terminaba no manchando y cómo relucía su anillo y sus maneras al dirigirse a mí con su voz de niño y la expresión de niño en los ojos pequeños que tenía y su carne, tan blanca y, ahora, su hija en el colegio y su puta mierda de vida que no me interesaba realmente lo más mínimo. Ese día Sergio se tomó cuatro gintonics, miró su reloj y se fue como cualquier día. Yo me arrepentí un poco de haberle dicho a Sara que saldría con ella y con Carlos, que no me gustaba demasiado al igual que Sara, que tomaría una con ellos al cerrar, pero no había marcha atrás y tampoco manera de haber dicho que no, creo, cuando tuve oportunidad. Quiero decir que, debido a las versiones de mi tío, Carlos podía saber ya que yo no tenía excesiva vida social como para haberme inventado algo o, en todo caso, yo qué sé. Recuerdo que eran las dos y media cuando cerramos y el caso es que, efectivamente, fuimos a tomar algo. En el camino hacia el pub que les gustaba noté que había entre Sara y Carlos mucha complicidad, cosa que no mostraban en absoluto en el trabajo o, al menos, las horas en que yo estaba, si bien es cierto que a esas horas Carlos me había contratado precisamente para poder ausentarse él. ¿Qué tal lo hace Alberto? Preguntó a Sara en el camino. Ella dijo que me defendía. Yo les dije que tenía mucho sueño y que me tomaría sólo una. Mírale, dijo Sergio, y eso que mañana tiene el día libre. No como otros, dijo Sara. Ya en el pub pedí un whisky con hielo y fui notando poco a poco cómo iba desapareciendo mi presencia de la de mis acompañantes, que hacían chistes entre ellos y se tocaban las manos sin problema, como dos antiguos novios o lo que fuera. Acabé mi vaso antes que ellos y decidí quedarme absorto en mis pensamientos. Pedí otro y luego otro hasta que Carlos dijo que se iba y Sara se quedó conmigo. No lo entendí porque me parecía que no nos caíamos muy bien. Estoy pedo, le dije a Sara y Sara dijo que ella también. Y se rió muy histriónicamente. Vomité y ella dijo: Mierda, qué asco. Lo siento, dije. Te vas a tener que ir a casa, dijo. Sí, dije. ¿Quieres que te pida un café? Me dijo. Yo la dije que le estaba muy agradecido, pero que no se preocupase porque yo siempre llegaba a casa. Me dio un pañuelo. Le dije que gracias, que se lo devolvería limpio el lunes. Me dijo que se había quedado conmigo porque no quería irse con Carlos, que era un cabrón. ¿Sí? Le pregunté. A mí me explota, me explicó. Pedí un café y me serené un poco mientras uno de los camareros limpiaba la vomitona con una fregona. Lo siento, dije. No pasa nada, me dijeron. Y allí estuve con Sara, la cocinera, que me contó su vida desde que había venido de Rumanía y que Carlos era un cabrón. Se me pasó por la cabeza preguntarle si se habían acostado, pero logré contenerme. Sara me abrazó y yo iba a abrazarla cuando, al notarlo, se separó. Tú eres un típico chico normal, me dijo. Sí, dije. Un buen chico, añadió. No sé, sí, puede ser, dije. Luego pedí otro whisky y Sara un martini con limón. La noche era tan joven, a pesar del dolor, a pesar de Sara explotada, a pesar de las vomitonas y todo eso que tuve un pequeño momento de alegría y le dije a Sara: Tú eres una tía libre, colega, igual que el tío ese gordo que se come las hamburguesas cada noche. Rió. Qué gordo es, me dijo. Sí, dije.
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jueves

El año empieza mientras los sueños se comen unos a otros

A veces, en mis sueños, una bomba se desliza de un avión y cae a cámara lenta sobre la casa donde descanso mis labores de jardinero. Abro los ojos en sueños y puedo verla acercarse despacio a través de la ventana, pero no huyo. En lugar de eso bajo a la cocina y me preparo un sándwich con queso y chopped. Desde la ventana de la cocina también se puede ver cómo se acerca ese armatoste que acabará con mi vida, mis libros y todas mis basuras, incluidos mamá y papá que, al contrario que yo, no ven acercarse a eso desde sus inocentes sueños. Sinceramente, en esos ratos no sé qué música poner. Sería sensato despertar a mis padres, vestirme y marcharme. Estaría varios kms lejos de la casa cuando por fin explotase, a salvo, pero no lo hago. Sencillamente hay cosas que tienen el sentido que tienen. Hoy me he despertado y procedo a escribir un post, algo que no hago desde hace tiempo. No sé qué poner. La bomba no está, los pájaros no cantan, hace frío. Es inútil escribir sobre un tema fijado con antelación. Si yo digo que el asesino entró en casa, uno espera que ese asesino haga algo, aunque también se puede salir sin más tras haberse preparado en la cocina del posible asesinado que luego no fue asesinado un sándwich con queso y chopped. Los sueños también funcionan así. Las veces en las que sueño con el asesino hay varias en las que soy yo quien sostiene un cuchillo de cortar jamón en una de mis dos blandas manos. Él se ríe y yo tengo miedo de ser yo el asesino en lugar de él en el preciso momento en que atisbo, tras la ventana del comedor, que una bomba se dirige a cámara lenta hacia la casa. Primero pienso si hacérselo notar al asesino, que está acojonado debajo del sillón suplicando por su vida. En serio, asesino, tú y yo no saldremos vivos de este sueño e imagínate mis padres que están arriba durmiendo, que ni siquiera en este sueño están despiertos... imagínate ellos, quizá me dé tiempo a avisarles ¿No crees, asesino? El asesino no dice nada. Luego noto que se ha meado encima. Vaya un mierda el asesino de mis sueños, joder, parece de la ETA. Le digo que no se vaya en lo que despierto a mis padres pero, cuando subo las escaleras, no reconozco en qué casa estoy, si en la de mi niñez, en la del pueblo o en la de algún amigo de cuando era un adolescente. Intento encontrar los ronquidos de mi padre para dejarme guiar por ellos hasta su posición, pero se disuelven en el entorno, salen de cada maldito cuadro. Rápidamente el GPS de los malos sueños busca la localización de este u otro cuadro. ¿En qué casas con cuadros he estado antes? Piensa el aparato con el que los sueños piensan mientras a través de la misma ventana del principio ve cómo la bomba se aproxima cada vez más. Yo hubo un tiempo en el que era alguien y no me preocupaba ni por mis sueños ni por mis escritos. Con poco dinero me aseguraba mis tres o cuatro polvos, mi par de botellas de vodka. También entonces inventaba asesinos, sólo que, a diferencia de ahora, no sentía compasión por ellos. Yo follaba, joder. Ese aparato se ponía, servía para algo y en verdad a veces se ponía tanto que llegaba hasta mi propia boca. Nos mirábamos de tú a tú y, como todas las parejas, acabábamos discutiendo. Y en verdad a quién correspondería el resto del cuerpo. Eso fue antes de perder la libido, cuando aún tenía interés en el mundo y al ver aproximarse una bomba hacia mis posesiones vitales actuaba en lugar de inventar un asesino patético y prepararme un sándwich de queso y chopped. Al bajar al salón el asesino había recuperado su terror. Yo le dije que tuviera piedad, pero no la tuvo y desperté en mitad de la noche comprobando que no había ninguna bomba cayendo sobre ningún sitio. Mi decepción ha sido notoria. He bajado a la cocina a prepararme un sándwich de queso y chopped y mientras lo comía pensaba en lo estúpida que era mi vida últimamente, una vida en la que ya ni siquiera escribía, por cierto, ni follaba, ni bebía alcohol. En un impulso, tras haber terminado mi sándwich, me he afeitado una barba de cuatro meses empeorando con ello mi imagen, consiguiendo en el espejo a un capellán que de vez en cuando es travieso con sus discípulos. He pensado que habré de adelgazar para el nuevo año que ya ha empezado. 2012, salvo en sueños, no me dice nada. Permanece bajo el sillón como el asesino del principio. Yo tengo un cuchillo de cortar jamón en una de mis dos blandas manos y... ahí está él, deletreando las palabras: por favor, no lo hagas.
Sí, lo sé, no debí haberme puesto a escribir hoy. Quizá... si la vida fuera mejor que las letras... Y por cierto, odio los puntos suspensivos.
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