martes

Segundo intento de expresión de Carlos el loco (verano 2011)


Unas manos sin cuerpo abrochan mi camisa. Es verano. Debería de estar contento aunque lo que estoy haciendo es intentar ser aceptado en Proyecto-Hombre. Desde que mi abuela fue alejada de mí por la golondrina inversa mis veranos son una carta sin dibujado en ambos lados. He intentado la muerte, follar, el diluvio, la sombra y las pizzas Dr. Oetker. He intentado el invierno quemado, la soledad sin principio, el feto alegre. El mar es un vagabundo rodeado de botellas cuyos mensajes han sido leídos ya y robados por los niños sonámbulos. Mi corazón es una balsa que busca dónde termina el planeta. Todos los relojes están parados en la cara de Fray Luis de León, de quien acabo de leer no sé qué. El vacío que me deja es el tiempo que tarda en ser borrado por otra ola. He bajado al sótano y he dicho al ratón que venga, quiero ser su amigo, quiero que coma de mi mano oscuros frutos, en la luz casi sin luz de este sitio, y la luz casi sin luz multiplica el tamaño de la sombra, pues viene de una rendija donde todos los motores pacen. Entonces, ogro y carcelero son mi mano, y sus apenas dientes una rutina que acaba de inventar el hambre. Me comeré a mi amigo en breve con salsas de esas que nos echamos los chicos en las patatas. Me he asomado a la cocina y visto y, después del miedo dado, salido corriendo en dirección inversa. Luego yo, desaparecido ya de mi vista, he abierto el frigorífico y encontrado dentro una tortilla. Luego he cogido un trozo y me he estado buscando por el sótano de nuevo, pero no me encontré porque el yo es más listo que el yo, como diría cualquier otra carta, la culpa es más grande que el culpable. Los niños han venido con sus botellas de cal, derramado sobre mí el vino de los reyes del otoño. Por eso este verano no existe. Sólo lo inventó ella, que es un planetario roto y su sexo la ecuación del pico de una paloma. No estoy escribiendo nada acá. Por eso lo hago, para inducirme al sueño que sólo puede ser que sea algo de verano y, enfrente mía, un ratón que soy yo, como yo soy mi muerto y mi vivo, respira flores que, como lo del sexo de la ecuación, no tienen arreglo en un primer arreglo. Cogí la flor y se la di. El tallo era el reto de un cisne y lo demás cualquier cosa. Lamí un borde. Luego me fui a buscarme de nuevo en el sótano. ¿Tendré allí diluvios y aventuras? ¿Habrá masacres a la hora de sentarse en el sillón y ofrecer té a la Sra Carrington? ¿Por qué ya no viene a verme? Ve en mí el ratón rojo, yo creo que lo rojo es sangre de pintalabios, que vive en mi sótano. Mamá le tiene odio. Yo quiero jugar con él, rozarle con el pito y besarle y darle de comer tortilla y, ahora que lo pienso, aún no sé si le gusta más fría o caliente.
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domingo

Carta del niño enfermo recibida a las seis de esta tarde


Escribí: “Soy una pluma mojada en licor. Ven y bebe. Estoy muy de acuerdito con que entres y me arrees el pito hasta que muera. Luego vete, pero no olvides coger las llaves. Están en el segundo cajón de la puerta. Cierra bien y vuelve cuando quieras aunque yo ya no esté”. Era siempre un homenaje a El que no está pero, antes, a un ella, cualquiera. La reconocí porque guardaba en el fondo del iris una migaja de pan blanco y el recuerdo lo tenía borroso como un cristal que padece una tormenta que, ay, viene también del mío. En el interior del cerebro guardaba una colcha recién estrenada y a su borde un cenicero relleno de cigarrillos hasta arriba y una corona de margarita sin pétalos. El amor es un desconocido que te hace desaparecer la agenda del móvil. Se le reconoce por lo que he dicho antes y porque lleva en la mano la floritura de un ángel con sus dos alas blancas y la mancha negra que, en el interior, a veces te llama a ser buscada, nunca con razón, responde al estómago y al bazo, toca el tambor de la víscera y las membranas del oído donde las campanas de una catedral gótica meten en sí a un esquizofrénico en proceso de vuelo rasante. Stop. El esquizofrénico se ducha y es rodeado por el sabor de su cena. Estaba todo tan rico...
La botella, ese interior relleno de arcoiris, es caída, procesada, llamada mierda andante, mientras gira, vacía, a los nueve años en el juego de los besos. Pero hoy es Villon a los 80 años un héroe de la medicina y los campos huelen a cencerro recién sonado. En las lágrimas de ella sale plata, el niño las lame, la tierra parece hecha para ambos. Y el tractor está cerca, sin embargo, aparcado a la sombra que proyectan ellos cuando se comen el corazón el uno al otro, cuando se queman los dientes el uno al otro, cuando viven muriendo de placer y de no haber sabido gran cosa en este mundo a pesar de haber nacido el uno antes que el otro.
En el bar no sé quién soy. Si tengo dinero pido algo y miro a los ojos de los amantes de las procesiones en las que el silencio manda. Casandra tiene una estrella y el paraíso está dentro de la chaqueta que se pone Juan cuando se fija en si tiene los botones sin abrochar. Las cucarachas salen de mi boca y les dicen el sol, pero el sol es una cosa que no puede decir nadie. El helio se dispersa y La Tierra culmina en un abrazo. Mis ataques de ansiedad son ataúdes inventados de la conciencia de muerte. En ellos hay grabados nombres, pero nunca el mío. Soy tan dichoso de oír. Repica la piel cadáveres metidos en bañeras todas con hielo. Sonríen y la vida, cuando nos agarramos de la mano, es una soga.
Las letras no cambiaron nada. La mayoría de la letra es una niñata amenazando con una pistola de petarditos que no huelen ni sueñan ni nunca van a ser delito. Ella me dice ¿Qué sabrás tú? Y: Quiero ayudarte. Si recordase al hombre le daría la mano de nuevo. Pero es la misma voz que interviene en el asalto de las once de la noche de un grillo moribundo. Es lo no sabido por el voy a saber. La apuesta dada. Vacío por, acaso, una noche en vela. ¿Qué importa?
Su lengua es un marino que roza la llegada a puerto y los besos no son nada salvo pequeñas antorchas a punto de apagarse dentro de una caverna que no existe. Y además es de día. El hombre, le diré, es tan dichoso.
Necesito tabaco, y luego escribí “Al despertar pienso en cosas como cenicero, hormiga, petaca, árbol, ojos, caldo y café caliente. Je sais seulement prendre rendez-vous à moi même". No necesito tabaco, salvo, quizá, cualquier cosa.
Dime Tritri y levantaré el mundo. (Ni mi recuerdo es algo).
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viernes

Esquizofrénica de la luna dos mil y pico


Él estaba escuchando la conversación de unos desconocidos en un bar. Ella empezó a ordenar información. Papeles de trabajo, pistas con flechitas hacia otras, soluciones a enigmas, imágenes literarias como El eclipse de luna era una guadaña a las 22:56 o El eclipse de luna era la cómoda de un ángel a las 22:35. Pensó el título: Un boomerang de plata que no vuelve y tachó “que no vuelve” y, luego, tachó “un boomerang de plata”. Eran distintos tachones. Respondían a dos tiempos, como las imágenes que ella, de la mano de él, procuraba ordenar. Él pedía una tónica, por ejemplo. Alguien dijo: Pero yo no cambiaría a Casillas por De Gea. Es extraño el lenguaje de los humanos, dijo ella con una flor que sujetaba todo su cuerpo desde la boca. Después, la flor se corrigió de nuevo y situó ambos tachones con un único paréntesis. A continuación citó a santa Teresa, algo así como: La mente es la loca de la casa.

En el camino que sale hacia la carretera nos detuvimos. La luna entonces era un relicario y ella no miró la hora. En lugar de eso me dijo que la osa mayor era una cometa. Me la señaló ¿La ves? Dije que sólo conseguía ver media cometa. Dijo que me fijara bien y señaló según la postura de sus ojos en lugar de según la postura de los míos. Sí, dije. Pues claro, bobo. Me sonrió. Sonreí. Estaba tan bonita. En ese momento las luces de un coche nos deslumbraron. Avanzaba despacio. Ella dijo que estuviera tranquilo, que tenía la documentación en la mochila.

El bar cerró a las tres menos veinticinco. Los amigos salieron abrazados para, caso de caer, pudiera servir el uno, así como el otro, de colchón.

Al llegar a casa él sirvió dos vasos con agua, limón y hierbabuena. Bebimos despacio. En un momento de la conversación decidí cerrar sus ojos para siempre y, luego, ya, no me volvió a ver. Ni a mí ni a él.

PD: El coche que nos deslumbró aquel eclipse de luna del año dos mil algo era un todoterreno que llevaba sujetos a cuerdas seis galgos con las lenguas fuera. Recuerdo aquella noche como una noche en donde cada ahorcado era feliz y había un solo soplido para cada corazón más o menos quemado.
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jueves

John Tambor el día en el que escribió el relato que tituló El novelista


Amanecí a pocos centímetros del coño de la chica negra, que se encontraba boca abajo sobre mí. Comencé a chupar, sabía a huevo frito. No recordaba que el resto de la habitación fuera como la que me encontré porque, aparte de tragar saliva de huevo, yo buscaba recuerdos en las paredes, cosas como cuadros o fotografías. La chica negra empezaba a mover el culito cuando vi que en la mesilla tenía La espuma de los días, de Boris Vian que, recordé mientras saboreaba la clara del huevo, me estaba gustando mucho. Me moví. La chica negra me dijo que dónde iba. No era tan chica. Le dije que tenía que hablar urgentemente con los muebles. Ah bueno, dijo, si es así. Me lavé las manos. En el espejo alguien había pintado con espuma de afeitar la palabra Vacío. La leí una y otra vez mientras me vestí.
Buscaba a mamá en el resto de las habitaciones cuando me encontré con una máquina de escribir. Aún ahora no sé por qué he empezado a teclear.


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Bajo mis pies hay una cabeza que, conscientemente, ha dejado de rodar. La reconozco enseguida porque lo que realmente veo es un tronco tecleando en una máquina de escribir. Tiene un zapato sin abrochar el muy idiota. Me coloco la cabeza enroscando despacio y puedo oír cómo el cuello chirría. Necesitará que le dé un baño de aceite, pensé, y luego até el cordón del zapato de ese pobre idiota.


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Elena entró en la habitación. Nunca la había visto desnuda. Le dije que sus piernas eran más bonitas así. Sonrió, me abrazó. Dijo Cuánto me gustaría morir contigo. Le pregunté si se refería a ahora mismo. Sonrió y preguntó por Celia. ¿Celia? Ah, se refería a la chica negra. Le dije que estaba durmiendo y señalé la habitación donde más o menos yo había despertado hacia este presente. Elena dijo que yo tenía una sonrisa especial hoy. ¿Qué? Dije. Eso, dijo. Tú más, dije. Y muy buenas tetas, añadí. Rió. ¿Qué estás escribiendo? Preguntó. Mis milagros, creo; respondí.


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lunes

El melonar (borrador para Harmonía -un prólogo-, de E&M)


El individuo se sienta en la silla. A su alrededor una piara de cerdos devora a otra. No faltan ocasiones en las que se producen mordiscos amigos. Ocasiones de Una oreja por otra. El Sr. Autor levanta una taza de té y le pregunta ¿Usted... políticamente?

El decorado es un corazón cuyas ramificaciones culminan en uvas relucientes. Esperan ser pisadas por los caballos. Cada caballo es una prolongación de un país inventado. En este juego de Risk un pueblo le pregunta a otro ¿Hablan mi idioma? Acá hay... Es recomendable comer fruta. Mi señora prepara unos pasteles deliciosos. Preciso el toque de carne, roja, por favor. Para beber... No, mejor váyanse al país de al lado.
El individuo, en ese instante, se levanta de la silla y pregunta dónde se encuentran los servicios públicos. Allí se reúne todo tipo de chusma, le advierte el bedel.
En efecto, no falta ningún fariseo. En la taza, un ángel sonríe (también es parte del banquete). Al lado de él, la vida son dos labios abrazándose. Uno de los mendigos, amable, sostiene una pera en una mano y un ataúd en otra. El Señor, en cambio, va con un periódico. El sombrero sigue girando. Debajo de cada falda de Trimalción hay un pícaro lloroso en el momento anterior al llanto.

¡Queremos comer! Dice el Sr. Alcalde. ¡Bollos! Repite varias veces. Los cocineros empiezan a traer langostinos bordados de moras, dentro de cada tarta hay un ama de llaves comestible. Como las aceitunas con hueso, conviene no tragarse de buenas a primeras. El Sr. Alcalde dice entonces: A nosotros nos habían dicho que habría cordero y cochinillos asados. No, dice el lloroso poeta moderno John Tambor, lo siento, pero no. El alcalde duda. Luego llora, berrea, cae en medio de la plaza y los cerdos del principio de esta presentación se quedan absortos, mirando. No me comáis, por favor. Y ambas piaras de cerdos rieron y rieron durante todo el festín.

El espectador es un negro gato. Su sombra, en la noche, es dorada. El callejón tiene forma de herradura y, al salir, el fin del mar es una alfombra donde finaliza la digestión del niño que, en un alarde, se acerca, como si nada, a acariciar al gato.
No os olvidéis de mí, grita el ángel desde la taza. El autor abre una caja de servilletas perfumadas y las reparte a los bedeles, que proceden a olerlas, no sea que estén envenenadas. Finalmente son entregadas. El público aplaude si lo considera y, luego, todas las luces se apagan, tan suavemente. El individuo, mientras, se queja desde el baño porque no ve, quizá, para lavarse de nuevo.
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Testamento segundo del animal que no tiene boca

"And I can tell you / The names of the Kingdom / I can tell you / The things that you know / Listening for a fistful of silence / Climbing valleys into the shade" (J. Morrison)

Se ha desmadejado toda mi euforia dejando al aire libre un palo seco. Al retomarlo, con la astilla principal, me he hecho herida en el índice. Vengo del cementerio. Allí he vuelto a ver los nombres y las fechas, rezado padrenuestros con las frases descolocadas y jamás, nunca, el amén. Sentado, he imaginado también sus palabras. Decían, los tres ataúdes, que he vuelto. Se han cogido unas manijas a otras y, dentro de la madera, los esqueletos danzaban con mis frases. Me he tapado la boca que no tiene el animal del título para que no intuyesen mis pensamientos.

Todo pensamiento es una semierección. Se decía el hombre loco, chicuelo, jugador de trenecillos, adorador de deshechos, multinacionales y tormentas.

Tan guapo me había puesto yo. Tan guapo, niño, gato, orondo gobernador de islotes... camisa azul con rayas verticales blancas. Abrí el cofre que había al lado de la tumba y estaba el reloj de ella. Volví a cerrarlo. A mi derecha unos gitanos hablaban en voz alta.
He mirado las fechas y ha pasado tanto, tanto, tanto y nada. Yo entonces trabajaba para las letras de los subnormales inmundos. Era llamado genio por el atavío de cosas, amable por el pesante de fresa, niño imposible por el autor de Una pesquisa.
Sentado, no recuerdo nada. Solía haber un hombre siempre de nervios también sentado en la tumba de al lado. Hoy, por primera vez, he averiguado cómo se llamaba. Más abajo ponía: No te olvidaremos.

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No está rezando, le ha dicho un ataúd al otro ¿Por qué no rezará? Sí estoy rezando, he dicho en alto. Los gitanos seguían de conversación.
No nos habla, le decía una flor artificial a otra. Empezaban a venir en ese entonces las primeras nubes. Ahora llueve toda la fiebre que he tenido durante este lapso. Al venir, en la radio del coche, entrevistaban a Belén Gopegui (y el mundo es azul, como una naranja), lee a Raymond Williams y a Alberto Olmos, de vacío, sirena y pelotones de pistolas de piscina. Yo, las pistolas de agua, siempre las recargaba con meado propio o de Jana, mi niñaperra. El atardecer ha sido espantoso. Había tantos animales llorando. Muchos no cabían en el coche y los he tenido que dejar allí, en el cementerio de Carabanchel.

Fumé, pensaba en escribir y en el whisky y, en una lucidez típica de todos los hombres, vi mi nombre junto a las demás letras de la tumba y respiré mejor. 66. 34. --. Al lado había un porro. Me ha hecho ilusión. Esto es una misiva a los amigos de Nico: Dejad más, coño.

Mi visión ha sido lamentable. Dentro de cada ataúd gobernaba un silencio persiguiendo a otro hasta morderle. Y al morderle caía este, último y primero, sobre la nada. La carrera, mientras, ha continuado.
Al presenciarlo he intentado que mi pañuelo con sangre crease la noción de bandera roja en los circuitos. Stop. Lloro marrón, pero no se lo voy a decir al médico.

Qué bien la muerte, leñe. Es como ese Rufino de la canción que te invita a langostinos. Genial, mayor, supremo bajo un cielo de neón y chatis que caen en los brazos de los marineros que tienen tatuado un ancla en el corazón, y dicen esa palabrería de Artaud que, traducida por Victor Goldstein es: Usted me toma, de pequeñito, barrido, rechazado, y tan desesperado como usted misma, y me alza, me retira de ese lugar, de ese espacio falso donde ya ni siquiera se digna a hacer el gesto de vivir, porque alcanzó la membrana de su descanso. Y ese ojo, esa mirada sobre mí mismo, esa única mirada dolorida que es mi existencia, usted la magnifica y hace que se vuelva sobre sí misma, y he aquí que un brote luminoso provoca delicias sin sombras, y me reanima como un vino misterioso (de Carta a la vidente).


pensamiento de después de escribir: si me matase ahora al menos una langosta escucharía el ruido de la sierra
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domingo

Nana para despertar a un niño enfermito


El niño experimenta la velocidad del pensamiento. Esas fuerzas eléctricas empiezan a rodar en una máquina de centrifugado. En la sala hay lápices, trajes de boda, ceniceros... Al principio, en la infancia, ese río estaba apacible. Los osos cazaban con sus zarpas entre las piedras donde la corriente se dispersa. A veces tenían suerte. Luego llegó el hombre.
El río era una manta de terciopelo con lentejuelas plateadas. En el pueblo éramos vaqueros del oeste. Había ciervos en la alfombra de cada casa, junto al fuerte. Los pastores del señor hacían recados a la gente de bien.
Los indios estaban sentados en una lumbre donde se quemaban cerebros de niño.
Al principio la sinapsis esa respira oxígeno normal. Como mucho le puede pasar que confunde a la osa mayor con la osa menor los días en que mira hacia arriba y es de noche y no hay nubes. Todo está bien en general. No es para andar enfadándose.
El movimiento es al principio sólo violento. En el tambor del oído repica un oso desperezándose. No sabe si ya es de día.
Luego el movimiento se convierte en imperceptible. Parece quieto porque las revoluciones han estallado más allá de las primeras montañas. El niño entonces experimenta catatonía. El frío, el calor y esas cosas no tienen ya importancia. Ha sido poseído por un juguete hecho de plástico quemado, cristales rotos y esa luciérnaga que es el punto en blanco que ocupó el centro de los televisores antiguos cuando eran apagados.
Está precioso, el niño y su niña, dentro de una camisa de fuerza. La habitación huele a ceniza. La niña le dice al niño que no está. El niño se calla. Es la hora de cerrar la puerta. En algún momento alguien la abriría y no sería, a lo mejor, ella, sino alguien del centro que le va a traer un asqueroso puré de puerros o patatas.
La vida es maravillosa. Los peces, en cada estanque, le envían saludos de su esclava.
Al salir se corta el pelo, luego se casa con una señora que no tiene cara pero, madre mía, qué pedazo de trasero, Stamper.
A veces se sientan en la hierba de su jardín y da igual que llueva o no.
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detritus de día cuatro

Vengo de la boda. Me siento en la silla azul. El alcohol no me sube. Debo de haberme olvidado en la mesa también el pelo. Aún no me he quitado los pantalones del traje. En el bolsillo me pesan las tarjetas con los números de teléfono. En la cartera hay algunas monedas. Me estoy preguntando si, de tener casa, llamaría. He bailado las canciones de Juan Luis Guerra. Estoy cansado de follar. La paz empieza también en el primer suspiro de un transeúnte. Mis padres me quieren. Me han dicho que no beba tanto. La gente me abraza. Me preguntan si estoy preñado. El mundo me parece tan maravilloso que, no sólo he nacido a las siete de esta tarde, también quiero casarme yo, ahora. Un caballo que conozca el camino a casa y no sea melindroso a la hora de pisar el barro. La burra del tío Vicente. El tío Vicente se murió yendo para Madrid. El coche se salió. La tía Paula también se murió en el accidente. Antes iba a desayunar a su casa durante los veranos. La tía Paula llevaba luto antes de que pasase todo aquello. Me siento como si estuviera escribiendo un telegrama, a partir de ahora añadiré los stop. Me han dicho que soy el mejor. Stop. No entiendo por qué no soy millonario. Me lo gastaría todo en escuchar un trueno dedicado a ti, como hoy. En ver llover y fumar, también donde dicen que está prohibido, como hoy, el humo sale de la cabeza mientras coloco la cigarría entre pulgar e índice dejando dormidos el resto de los dedos por una nana que nadie sabe cantar a estas horas. Stop. He bebido ocho whiskies. No hay nada que me falte para gritarle al cielo que he nacido esta tarde y que quiero sentarme en los cafés y pedirle al camarero un café, y luego otro, mientras subrayo frases. Stop. La rosa amarilla de Texas no existe. He tomado muchas fotos de rosas en Texas. Stop. La lágrima es una cascada que desemboca en una piedra hueca. Estoy loco y sólo lo sé yo. Stop. Me han dicho guapo y animal. Debo de ser un animal guapo, pensé, y luego les dije a los chicos que saldría a estar solo. Stop. Le he recogido la cola a la novia, que era mi prima, y le he dicho un chiste judío de esos de juegos de palabras. Luego le he preguntado a Me da igual su jodido nombre si quería bailar la canción de los muertos. Stop. Ni puto caso me ha hecho la discjockey. Estaba la hierba tan bien cortada. Había también un estanque con peces. Siempre soy uno de ellos. Stop. No les he dado de comer más que mi mirada, y no la han visto. En el agua -stop- se está bien. Me ha gustado ir. Me da alegría el matrimonio. Yo mismo estoy casado con un igual que da vueltas sin parar a una rueda en una jaula de chatarra brillando. Cuando se cansa da mordisquitos a mi corazón, chupa mis huesos, rebaña. Stop. El médico me ha dicho que dé paseos. Quiero casarme en Cincinatty. Me da igual que sea rubia, morena o cansada. Primero, antes de eyacular, la invitaré a un helado de té verde en el japones de.... Stop. La garantía de llegar a casa sin perder la piel por el camino deshace los efectos del alcohol. Stop. Soy feliz, toco la cimitarra. Nadie viene a oírlo pero, total, si ibas a ser tú.... Stop. En la boda no he aceptado el puro porque me viene mal para los pulmones. Son dos vajillas cubiertas de agua, con milagros de sangre. Todo lo que se escupe culmina en una flor. Dios es muy pacato con esas cosas. Stop. El sábado ha terminado y yo he colocado el anillo en un tallo flácido. Estaba esperando un hombre que sonriera sin motivo, a la sombra. Stop. Hoy no me apetece contar chistes ni decir canciones de amor. Una chica vio mi animal y dijo que sí. Pero después yo tenía que irme al asiento delantero del coche de papá con las manos cargadas de personas desaparecidas. Stop. Pregunto sus nombres a las madres, que están llorando a la puerta, fabricando la corriente de los ríos que nacen en las venas. Stop. Debería de añadir que he jugado. Debería añadir que he sido una golondrina encima de otras, que la ciudad de juguetes que quisiste son dos cuerpos en el suelo pensando, retorcidos, cruzados como una mancha de yema huevo frito en la chaquetilla. Un Francis Bacon aún con un par de voces (que prefieren callar) entre los trozos. Stop. El palacio de la felicidad. Los autocares parten hacia acá. Los veo venir. Stop. Y saludo con la mano. Pero es que vienen de vuelta y sólo hay alguien conduciendo ese trasto hacia alguna fábrica. Me pongo en su lugar y veo líneas discontinuas y señales. Yo soy eso, antes de que el monstruo lo condujera a él hacia la vida y, en la vida, sólo hay sus iguales, un día, cuando vayamos a felicitarle por haber llegado al fin. Stop. Esta noche no acaba nunca. He de olvidar.
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sábado

All about my sangre


He bajado a la cocina a servirme café. Charly se ha subido a mi hombro. Primero se sube al izquierdo, después, a través de la cuerda que sujeta mi cuello, camina al derecho. He sacado el café del microondas y echado dos cucharadas de azúcar. Me he sentado. Enfrente nuestra estaban ellos: el ingeniero del desierto, el albañil de la vía láctea, el guardia de tráfico de los días de guerra, el curandero que pone vendas a los relámpagos, el ama de llaves de las avalanchas... ellos todos, hombres y mujeres ocupados que, a veces, leen los periódicos con noticias inventadas que les escribo.

Charly se acurruca en mi oreja, me cuenta sus secretos y, luego, abraza su cabeza a la mía. Doy un nuevo sorbo al café, enciendo un pitillo, paso una página. En la siguiente, subrayo los espacios en blanco de las poesías.

Se van, todos ellos. Antes de cruzar el marco de la puerta de la cocina el guardián de los semáforos le da un beso al bedel de las estrellas fugaces. Son días de tormenta. El capellán del pueblo girará su cabeza hacia arriba y abrirá la boca todo lo grande que pueda. El bombero del mar llamará a su esposa. Le preguntará qué habrá de cena. Yo apago el cigarrillo y oigo el portazo de fuera. El jardín está intacto. Charly cuenta cometas en este día donde la primavera se está bañando en un charco de la calle mientras canturrea borracha una canción que, durante la infancia, aprendió en su ciudad natal.

Hace un día maravilloso, y he de acudir a una boda.
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