jueves

Las mariposas del whisky muerto

Una noche cerrada tomando whisky mientras arde la ciudad. Es divertido. En verdad arde todo al mismo tiempo. Es la sensación de una espada hecha de rayo que te atraviesa. De tu cuerpo comienzan a escaparse almas que, alertadas, se lanzan en paracaídas. Logras coger una y efectivamente te dice que el chivatazo llegó a tiempo. Luego aprietas la mano y los chorretones de sangre caen al parqué para el día en el que pases el trapo.
Las mariposas se acercan a picotear. La reina de las mariposas eres tú al servirte. Te quedas mirando cómo el resto actúa. Unas llaman a urgencias y tú te ríes. El descalabro está en medio, desangrándose. Un accidente en la autopista. No se sabe quienes eran salvo que la matrícula era de Burgos. Es el momento de acercarte a la chica y decirle que te viene bien a las dos. Una hamburguesa con extra de ketchup y una cerveza sin alcohol.
Te estás tomando otro whisky. Los bomberos no saben adónde acudir mientras tú brindas con la pantalla del ordenador que es la autoridad de tu madre muerta. La chica intenta entablar una conversación. Cuando te cansas de ese juego la dices que eres subnormal y te aseguras de que no volverá a partirte una noche de martes o miércoles en un triste McDonalds donde todas las caras que ves se parecen a la hamburguesa que acabas de comerte. El eructo final señala la hora de salir. Ella hace su buena acción del día acompañando a un subnormal hacia su casa y tú, nada más despedirla, te bebes tu whisky y eliges una música del siglo XVIII. La ciudad se cae mientras arde. Qué será ya del sitio donde cenaste. Todo está prácticamente desaparecido, con muertos a la entrada de cada sitio.
Quiero que me traigas cogido de la mano, yo te regalaré un cocido de rosas y luego te cortaré un pulmón. Quiero que por tu traquea circule el bien. Apago la luz de la cocina sin que nadie se dé cuenta. Luego oigo a dios. Está desesperado por encontrar el cajón de las galletas. No hago caso. Le dejo ronronear a oscuras junto con los otros duendes.
Algún día, cuando no lo lleve en la mano, me romperás el corazón y de ahí saldrán larvas que bailarán sin fin hasta agarrarse a cualquier nervio. Empiezo a no ver. La medicina del principio comienza a hacer efectos en otra casa. Si aceptase mi ebriedad dejaría de escribir.

Pero ¿Qué es ebriedad? Mañana volverá el mismo día de hoy sin apenas toser cuatro lapos y, quizá, vete a saber, la gente no esté tan despierta. Quizá, vete a saber, sea gente que se ahoga en silencio en esos lapos. He conocido muertos que vienen del ahogo, algunos en sus propias lágrimas. Me lavo bien y escupo, seguro de mí mismo veo el escupitajo rodar hacia el desagüe, que termina cayendo de un trozo.
Qué culpa puede tener el último suave whisky. Los pasajeros están en el cerebro de siempre. El tren sale hacia el día de mañana. Las flores que pisan las ruedas vuelven a erguirse. Por cada llegada hay alguien que espera sonriente. Todos queremos esa felicidad que brota de sus ojos cayéndose, de sus abrazos perdidos entre las maletas del anterior tren, de su mirada caliente entre la nube de ayer y el sol ciego de hoy, donde llueve a borbotones. Es el lugar donde mirar de noche sumergirse la ciudad acompañado de un whisky con hielo. Todo arde. La miseria también. Eres feliz en una procesión de antiguos muertos que te dirigen la palabra. No, tampoco es que quiera revelaros cosas acerca de mis antepasados.
La tinta se coagula como sangre en un papel y la historia ya está contada. He necesitado merendar muchos niños. Es lo que la gente no comprende. Yo haría nuevos talleres, desenrollaría mi sangre del suero de esta biblioteca. Porque esto en lo que se ha quedado es en una biblioteca. Fedro, Musil, Nabokov... Todos despiertan a las diez y media de la mañana, hacen ejercicios de respiración y desayunan conmigo bizcochos y queso. Los vendo a cualquier tirano que exista. Sé de muchos, proveedores de letra, que sabrían sacar provecho. Yo sólo veo el último incendio. Toda la ciudad se muere y yo relleno otro vaso, enciendo otro cigarro, sé que este es mi final perfecto en resumidas cuentas. 
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miércoles

Mirando una mesa

Sobre la mesa restos de nada, pan, un periódico de 2002, el cubo de Londres de mi primo muerto, la memoria de una PS2, una matrícula en la que pone Asturias y mi nombre, mi reloj (Casio), un Edding 850, mi monedero en cuyo interior hay 16 euros, mi móvil silenciado, papel de plata, la pantalla del ordenador y sus altavoces mirando hacia mí. En mi cerebro una hormiga rueda con una miga de pan de izquierda a derecha. Hacía mucho tiempo que no tomaba cocaína. Es una sustancia de lo más inocente que como que hace que te encuentres más despierto y nada más. Concibo a mi amor de los quince años destripada bajo el sol de agosto. Abro su estómago con una cheira y sale una mariposa que se sube a uno de mis dedos, luego se va, como un día se fue la vida y como un día se fue la muerte hacia ese sitio que no es ni una cosa ni otra y que forma parte de las cosas que no pueden ponerse encima ni debajo de la mesa.

He intentado vencer al sueño, pero he fallado. Una tumba de juguete me ha metido dentro de sí y ha sido cerrada con una llave de juguete. Después los enterradores de juguete han echado tierra de juguete encima y la gente, congregada, ha llorado lágrimas de juguete que caían sobre el suelo del cementerio de juguete. El resto de almas estaban roncando. Yo tenía frío y encendí el móvil. Llamé a la funeraria. Les pregunté cómo se abría la tumba pero sólo se oían risitas al otro lado. Luego se acabó la batería y cerré mis ojos de juguete. Por fin era independiente, sonreí. En el más allá se oía la gran tormenta. Algunas gotas de agua se colaban en mi pieza y era muy agradecido. Cuando abrieron yo estaba en un sanatorio confortable, uno de los de ahora, de los que he descrito tantas veces como agradables parques de atracciones con animadores en bata. Mi padre está esperando para ver el derbi. Ha puesto en la quiniela que ganaba el atleti. Yo tengo una bruma en mi bolsa de los pensamientos, allá la tierra se ha abierto en rodajas, la memoria se ha dispersado por diferentes cañerías que conducen a la verdad. La verdad es un espejo compartimentado. En uno de sus vagones está el hígado, por ejemplo, que es una vulgar piedrecita expulsada por un volcán.

El sol se pone bajo mi frente y aquella hormiga que rueda con una miga de pan en mi cerebro encuentra su casa. Yo estoy en el hospital tomando zumo de tomate. Lo único que hago durante el día es bajar y subir persianas. A veces las enfermeras vienen y me ponen el termómetro. A veces oigo una voz que dice que la merienda está puesta.
Un mosquito se interpone en cada escena. Al principio iba a dejarlo vivir pero he dado una palmada al aire y dejado una estampa de sangre fijarse en mis manos. El calor del verano precedería al cierre de la tumba del frío y los diciembres, donde me encuentro ahora, igual que antes, mirando una mesa.
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martes

La llegada al poder de Miliquito

Miliquito y sus socios de Médico de familia ya gobiernan el país, y han empezado su política de recortes por las tetas de María José Cantudo.
Yo les voté cuando sus sonrisas representaban a la nueva Logse de España.

Él y ella, yo creo, tenían buenas intenciones, aunque la chica les salió rana. A los 12 tuvo su primer aborto. Se lo había hecho un idiota con dos años de edad mentales. La familia de Miliquito lo encubrió y todos nos fuimos con ellos por España a la gira 15-M, que consistía en repartir panfletos que contuviesen la palabra Indignación por los bares de la plaza de San Ildefonso.
Yo, por un momento, pensé (ya sé que era mucho pensar), pero no podía imaginar que, por mucho que fueran mal las cosas, Emilio Aragón pudiera terminar como Gaddafi.

La familia se separó. Corrían rumores de que ella se había operado los glúteos y que había un inversor coreano de por medio. Los dos chicos medianos seguían con la cara con la que salían en la serie aunque ya se habían presentado a la selectividad. El mayor, mientras, escuchaba la canción de Me pongo calentito cuando voy con la moto y recorría la noche de farola en farola. Cortaba cocaína que robaba al abuelo Miliqui en los rincones para sus profesores de instituto a cambio de cromos de basket. No aprobó, ni pasó la primera selección para el acceso al examen de idiomas.
Miliquito volvió a presentarse en marzo. Tras pasar unas diapositivas del horror de Atocha puso una del trío de las Azores comiendo caviar juntos de la misma cuchara y dijo que España iba a dejar de ser un escaparate de subnormales. Y luego sonrió. La gente no sabía qué hacer, si aplaudir o rajarle. La separación de Lidia le había dejado muy afectado. Había mañanas en las que se quedaba en la cama, dejando la consulta vacía.
La consulta de Miliquito vacía era una exportación del Sahara a la Gran Vía. Pero la gente quería el Sahara en el Sahara y que, en la Gran Vía, las tiendas tuviesen cosas a buen precio. Joder, yo hacía dos años que no iba al Fnac ese. Tarjetas de crédito como la mía sirven para que el mayor de los Miliquito conserve su puesto de vigía en Afganistán. Lo dice Willy Toledo en su último libro, leche, no es que lo diga yo.

Médico de familia era una rodilla que dejaba de doler porque Miliquito te hacía un levanta y vuelve a sentarte y se te curaba la ceguera. Entonces, salías de la consulta y le votabas. Él decía España, con el tiempo, agradecerá esto, buen ciudadano.

Así, por lo pronto, no creo que Miliquito vaya a volver a dejar fumar en los bares. Es una cosa que me da a mí. Fumar no es de centro, se ha convertido en algo muy radical. Extorsión, camellos, trena y el 80% en. Tiemblo cuando enciendo un Ducados Rubio. Un holograma de Emilio Aragón sale en mi mente y me dice que, ya puestos a joder, me pase al mentolado.
Recuerdo vagamente lo que era comer caliente. Aquellos guisos. Miliquito... yo creo que Miliquito piensa en mí por las noches o algo.

¿Para qué tanta España si mandas en La sexta? 
Algo habrá detrás.
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viernes

Los signos eternos

Uno empieza a leerse de corrido, de izquierda a derecha y de arriba abajo, recorre su cuerpo con los ojos y, delante de estos, el mundo se expone en pequeños jeroglíficos de tinta. La persona se toca esos brotes que, combinados con nuevos, dan pie a nuevas lecturas. Así, a una edad temprana, más o menos de niños, empezamos a leer las cosas. Poco a poco ya no reconocemos el árbol sin palabras, caen de la copa y se deslizan por el tronco hasta llegar a este modo de vida que, por alguna extraña razón, hemos elegido. Al llegar a casa abro el grifo de las palabras y me coloco debajo para refrescarme, las letras salen lo suficientemente frías y yo bebo primero de esas letras y después me preparo un whisky. Mis padres no pueden soportar las letras que brotan de mi placer, que es el whisky, como otros tienen otros. Mientras vierto el contenido en el vaso leo el sabor amargo de las flores escurriéndose por entre los cubitos de hielo que previamente he echado al vaso. El sonido al encontrarse es un cloc. Lo acompaño del café, que expulsa las letras hacia arriba, corriendo lentas, en su vapor de microondas. No vayan a pensarse por lo del whisky, cuido mucho mi ebriedad, pues es la que me permite seguir leyendo. En las noches, leo a animales, pequeños insectos que vienen a la cama a dormir conmigo. También hay batracios. Al día siguiente ya no están nunca, pues se van a vivir al mundo de los sueños que he dormido, y la habitación se encuentra perfumada. Yo me ducho y de ese milagro de agua vuelven a salir gotas de tinta que, al caer al suelo y desaparecer por el desagüe, me dicen cosas, haikús, poemas de niño. En las tardes de los jueves me encamino hacia mis clases de lectura. Yo soy profesor en el corralón de los locos. Regalo mi palabra a la vida, que poco o nada tiene que ver con el placer de estar ahora en pijama leyéndome en lo que escribo. Cada vez me cuesta menos y más dirimir si una lectura de Armonía Somers puede resumir a Proust, así como si Paradiso de Lezama limita con el Ulises en los bordes de los mendrugos de pan que sus personajes guardan en los bolsillos. Cada vez sé que los últimos escritos de Beckett embriagan al lector, que anonadado responde: eso no lo quiero para mí (para mi tarea de lector, entiéndase), pero entre sus espacios, entre sus rupturas, se encuentran también ellos, respirando, en esa parte que no quieren para su tarea del lector. Reciben el milagro de verla. Y verla es el milagro de leer. Por eso seguimos viendo distintas lecturas sin importarnos que pocos temas haya además de la vida y de la muerte. La vida somos nosotros leyendo la muerte. La muerte es una señora que ha entrado entre la primera y la segunda página. Su cadáver es el fin del libro (Anna Karenina por ej.). Cerramos las puertas del aula. Me despido de todos y de cada uno y pienso en tres gotas de sangre, las que recuerda Bobin en su último libro, dedicadas al siglo XII, que sucede ahora, en el caballero llamado Perceval. Él las observa, absorto, sobre un lienzo de nieve, en ese siglo XII que es ahora, a muchísimos kilómetros de distancia. De mi corazón caen copos al pasarme la mano y girarla rápido, bajo ellos una sinfonía de hormigas late este discurso en el que se ha filtrado una imagen que descubrí ayer en un libro. Perceval muerto, Perceval vivo. El libro de Christian Bobin se llama Un simple vestido de fiesta y yo lo he abierto como he abierto cada vestido de fiesta que ha caído en mis brazos, encontrando bajo sus faldones renglones de palabras que apenas se descolocan de su origen aún cuando el vestido da vueltas en la lavadora. Algunas frases se mueven y podemos retomarlas otorgando nuevas razones al vestido, al mundo, al libro. El libro es un puñal guardado detrás de la luna (ese biombo) mientras el mundo y el vestido se miran el uno al otro, desenfadados. En medio está el lector sosteniéndoles en ambas manos y qué otra cosa habría de hacer mientras sino leer. Leemos juntos una mosca que sube por la pernera de un pantalón vaquero. Demasiado papel incendiado. Demasiadas agendas cubiertas de ausencias de recados, demasiados trabajos venidos de llamadas telefónicas, demasiados aviones de papel chocándose contra los rascacielos de Norteamérica. Y un vecino, que está a punto de pertenecer a la vida de los relatos, intenta torpemente poner pinzas a una camisa enfrente mía, para secarla. Sus gotas de agua, lo he visto, son también palabras, palabras sobre las que se refleja el cielo blanco, las nubes. Y caen irremisiblemente a una acera, donde serán barridas de la faz de este continente por las cerdas de un cepillo de tamaño DIN A4 que, a las tres de la madrugada, se encuentra paseando sobre signos eternos.
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domingo

Domingo en Connética

“Y la gente volverá
del baile de caridad
y nunca se volverá a sentir como en casa”

(L. Cohen)

Hoy he visto una película donde todas las esquinas de una ciudad eran perfectas. Había una chica y había un chico. Ella tenía el pelo liso rubio y muy delicado. Él era un chico musculoso. Se conocieron y comenzaron a dar paseos por la ciudad perfecta donde cada vecino estaba dispuesto a ayudarse. No salía yo vomitando tierra en una de las aceras nada más salir del bar al que me acaban de prohibir la entrada, ni tampoco enfrente de un psiquiatra de cara larga subiendo o bajando las tomas de haloperidol. Yo una vez e incluso dos veces estuve enamorado. Una vez de una extraña y la otra de una amiga. Ambas se marcharon y he perdido sus números y he tirado sus cartas y también sus fotografías. De vez en cuando pienso en alguna de ellas y luego tengo que tomarme un vodka.
Hoy he visto una película donde la policía ayudaba a sus conciudadanos y las sonrisas eran repartidas para todos y por todos, y no había nadie que perdiese a la ruleta. Cada persona era un hada del bien que conducía su pontiac camino del trabajo en la fábrica de conservas. Un chico musculoso y una chica rubia se querían. No salía yo haciendo jeroglíficos con los teléfonos inéditos de la guía amarilla, metido hasta los tobillos en un charco de sangre y semen propios mezclados y resbaladizos sobre la moqueta de mi cuarto. No salían los cortes en la muñeca de mi chica. No había este árbol inmenso enfrente que me impide la vista al cementerio del pueblo.
Hoy he visto una película donde para todo el mundo lo más importante era el amor. Esto lo sabían los carteros y los repartidores de tartas y los lecheros. Los aviones daban la vuelta si la chica así lo decidía y las cordilleras se percibían de un azul pálido bajo el inmenso cielo blanco. No estábamos, amor. A veces te telefoneo y tú me dices que te van a largar del trabajo. Yo intento calmarte y apenas nos oímos el uno al otro cuando descubrimos que estamos hablando a la vez. Tú estás muy caída y, debajo, quizás, estoy yo de nuevo inconsciente porque he vuelto a meterme en una pelea que no podía ni tenía intención de ganar. Tengo sangre en el codo y en la frente. Con el tiempo ni siquiera queda la señal.
He comido las sopas de ajo que quedaban, me he puesto un café y he encendido el televisor. La chica y el chico se besaban tiernamente. Por la ventana de mi cocina no entraba el sol. Ha hecho un día de perros este domingo. Después de un primer café me he servido otro y luego otro hasta que se ha terminado. La película no podía ser más ñoña. Sin embargo he llorado un poco. Porque yo me he destruido en una ciudad llena de protagonistas.

Todavía faltaba lo mejor, el chico musculoso volvía a decirle a la chica rubia que la amaba. Ella sonreía. Estaban en el parque de atracciones comiendo cada uno de su helado de nata y él ha ganado un osito peluche para ella en el tiro al blanco. Yo también he medido dos palmos de estatura antes de ver morirse a los míos echando esputos de sangre y trocitos de pulmón a una palangana en lo que se agarraban lo más fuerte que podían a una sudorosa almohada.
También he vuelto a recordar sus nombres. Están bordados con balas en mi cerebro y, por cuyos agujeros, sólo salen sombras de animales moribundos. Oigo sus quejidos. A su manera lo que quieren es recuperar los miembros cercenados que les faltan. El resto del seso es un frondoso bosque que rodea a un desierto. En el desierto un escorpión busca un aro de fuego y, a veces, por allí para un circo ambulante. Ese circo representa la felicidad. Vienen tragasables, enanos, leones, elefantes y trapecistas y monos tocando la pandereta... este oscuro día no podía haber sido mejor. Después he visto anochecer y también he apagado la tele. Hoy voy a cenar una pizza cuatro estaciones, y también habrá cocacola. Sonríe, pequeño, no estamos solos. Ni de coña estamos solos.
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el santo café de madrugada, con whisky

Un acólito loco me pregunta por mi relación con la realidad, al parecer es un estudioso de mi célebre blog que no tiene nada que ganar ni nada que perder. Mientras me sirvo leche y whisky contesto a sus preguntas que, según asegura, van a ir a parar a una feria muy prestigiosa. La pregunta del millón, asegura, es sobre la relación de mis obras con la realidad. Yo me limito a contestar cualquier cosa como por ejemplo:
De hecho mi trabajo con lo único que guarda relación es con la realidad. Almaceno pequeñas y grandes palabras y las esparzo por el papel, sueltas y libres, luego voy dándoles una forma a través de varias. Todas ellas terminan aglutinándose en un montón de polvo que vuela a poco que le acerques un ventilador en marcha. Esas motas de polvo, tras el efecto ventilador, quedan esparcidas a su vez al azar en mi lugar de trabajo. Cada una de ellas es la realidad. Por eso las fotografío, para iniciar a través de cada mota otro nuevo montón con el cual repetir de nuevo la jugada. Lo que quiero decir es que a raíz del primer montón de realidad el trabajo está hecho solo.
En esta descripción a petición de hoy he introducido el milagro de la fotografía del cual no soy excesivamente fan. Sólo lo fui en los quinces de agosto en Valseca, donde fotografiaba los puñados de cosas que no habían cambiado desde que yo los recordaba por primera vez. Eran muchos y seguro que seguirán siéndolo cada nuevo 15 de agosto. Un 15 de agosto fui a enterrar a mi primo pequeño y me dejé de fotos. La realidad supera a las fotografías. Poco antes mi abuela había cedido también a la muerte y, con ella, Valseca, en lo que se refiere a mi interacción y verdad allí. He hecho, desde entonces, alguna visita esporádica. He adentrado mis pertenencias en una realidad mordida por un perro tuerto y he encontrado restos míos bien en el bar bien en la piscina, flotando, como trozos de corcho.
Entre medias los hospitales han ocupado mi atención. Sus camas mojadas en parte por orín mío. Sus enfermeras medio monjas y otra que venía a dar charla a moribundos con su sonrisa de veinticinco pesetas la hora.
Ahora estoy aquí, encerrado en un disco de John Cale y a expensas de una mariposa que revolotea la habitación, al posarse en mi mano dejo de teclear y mis pensamientos se dirigen hacia nada. La nada es muy productiva y, mientras la mariposa descansa, palmea sus alas en un aplauso sordo que me hace. Salen de los armarios cada dos o tres días. El resto son mis huesos muertos de frío, mi leche con café y mi whisky. Juntos llegaremos al final del escrito y este no tendrá por qué desvelar nada de nosotros.
De Valseca recuerdo el olor a pintura reciente en la ropa de Gloria y su comisura rodeada de mora en los septiembres. Me dijo que no cuando yo dije que sí, que venga. Y luego las nubes se pusieron sobre mi palabra no permitiendo que el sol las contemplase, y allí se quedaron, en una mala borrasca entre medias del cielo y el camino que ella emprendió hacia seguramente su casa o donde coño fuera. He estado tan pocas veces enamorado.
Pero estaba hablando de la realidad. Aparte de dar mis clases para el ayuntamiento también presentaré un libro este miércoles, Cristo en Uyuni de Javier Palencia. Lo he leído esta tarde y me hubiera gustado escribirlo a mí. Unos desgraciados sacan del hueco de sus uñas las historias y a ellas acude Cristo, que es una estrella de la televisión privada. La lástima es que sea un poemario. No sabré qué decir el miércoles en la Marabunta. Afuera huele a una lluvia que no ha habido, yo hablo con amores de todas las especies. Sin ir más lejos, hoy he seguido los rastros de sangre de un perro que había sido atacado por otros perros, una vez dado con él lo he traído en brazos hasta casa y le he puesto algodones con agua oxigenada en el morro. Le he dado galletas y le he dejado marchar. Creo que sigue adormilado a la entrada de mi casa, pero no es mi problema. No quiero encariñarme. Conocerá el mal de hoy y la caridad. Y conocerá la nada llena de nada que viene después. El cielo se volverá a cerrar y las palabras no habrá quién coño las vea, consumidas de ya por los rayos de un sol que no perdona. Eso es lo que he querido añadir a mi redacción acerca de la realidad. Pero no lo he hecho. Estoy con mi whisky, mi café y mis palabras y pronto llegará la cama, húmeda y con una buena manta y, detrás suyo, sueños que no sé de quién son hasta el día siguiente en el mismo momento en que repito este día, paso por paso.
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miércoles

Mi vida con el fantasma, también llamado Locura, desde que nos conocimos hasta su desaparición

A menudo recuerdo mi visita a Malabo, pues poco después de mi regreso yo acabé loco, maldiciendo en el interior de mi catatonía dolencias venidas de no podía saber dónde. Mi recuerdo de la dolencia viene acompañado de un trayecto en el que me llevaron en la parte de atrás de una ambulancia metido yo en una camisa de fuerza. Encima de mis hombros apenas cabían demonios, estaban sentados hablando y, a través de sus voces, me oía hablar yo hacia adentro. En la mañana había pisoteado una postal de Jesús y luego había caminado sin rumbo, como poseído por esa droga que son las manijas de un reloj moviéndose. Encontré amigos y hablé sin parar con ellos acerca de nuestro equipo de fútbol, cogí un autobús y fui a ver a otro amigo. Desde ese día no volví a verle, las pocas veces que di con ese animal, despejado de odios hacia mí y hacia mi locura, que para él como, descubrí, para tantos otros, eran una misma cosa.
A mi llegada a Malabo nos recibían montañas de gente, pues era ese aeropuerto de negros y blancos un sustitutivo del vermú en aquella zona. Al llegar a la caracola donde vivía mi tía dormí y no me levanté hasta que había caído la tarde. En la ducha un mosquito Anopheles, de la familia Culicidae, que yo había estudiado como transmisor del paludismo, emitía su vuelo a sus anchas, en lo que yo, mientras me enjabonaba el pelo, observaba esos extravíos y virajes acometidos por sus alas entre el vapor del agua caliente y la ventana abierta, en espera de que saliese. Siguió allí, medio hipnotizándome, en lo que me puse la ropa. Luego llamé a mi tía y le dije que era ese un mosquito del que yo había visto muchas fotos en los libros de texto del colegio. Sí, dijo, es un Anopheles, de la familia de los Culicidae.
Al salir me llamaron los negros que se sentaban en los poyetes de un pozo y fui a verlos. Nos presentamos y me estuvieron hablando sobre los fantasmas, los entendían de manera diferente a mí. Al parecer en la ceiba que moraba nada más abrir la puerta de la caracola de mi tía, vivía uno y, en las noches, decía sus oraciones. Me dijeron que seguramente lo oiría. Aún guardo alguna foto donde aparezco subido a los ramajes de esa ceiba. Nunca oí al fantasma. Extraje de la conversación que ellos miraban a los fantasmas como muertos en descomposición y con la indumentaria acabada en torno a animales vivos que, en ocasiones, servían al fantasma para comunicarse o, incluso, alimentarse.
No deja de ser curioso que yo no oyese en las noches las oraciones de ese fantasma, pues, sin duda, me eligió, y esto se lo he contado a muchos egregios de la mente humana ante su del todo fingida estupefacción.
Si bien mi viaje fue la navidad del 92 mis encuentros con el otro mundo ya se dieron en mi casa de Madrid, y luego en las consultas psiquiátricas. Algunos psicólogos ponían en su cuaderno que todo mi trastorno venía del coqueteo con las drogas. Todo eso, sólo eran hermanos pequeños de mi versión. Los encargados de la Psicología no escuchan, ni siquiera interpretan, dan por hecho un historial venido de medio minuto de observación de algún colega suyo al que no van a rebatir, y esto es así antes y después de que hables. Yo me podría haber ahorrado, la verdad, todas aquellas explicaciones.
El fantasma me habitó hasta 2003, año en que cedió mi locura y empecé a abandonar tratamientos y cosas. Allí vivió, en el interior de mi cuerpo en el tiempo que en mi biografía fue de los 16 hasta los 23 años, compartía sus orugas con mi hígado, sus ponzoñosos sapos con mis intestinos etc... y no soy quién para decir que se trataba de un fantasma malo. Sólo se trataba de algo / alguien que, como tantos otros -y esto nos convierte en humanos- quería lo imposible, en este caso, vivir después de haberse muerto.
Durante nuestra convivencia juntos, antes de que él se fuese junto con mi locura, llamada brotes por algunos expertos en el campo de la psiquiatría, no nos tratamos mal el uno al otro, incluso procurábamos ayudarnos en el día a día. Quiero decir que él aprendía de mí como yo de él. A veces, cuando dormía, mis sueños se mezclaban con los suyos, pero yo seguía haciendo vida al despertar, bien en el colegio público y, antes, en uno privado, bien luego en mis oficios y posteriormente en la universidad, e igualmente antes aún, cuando permanecí un mes encerrado en una habitación de hospital acusado de delirio andante, cuando no de deshecho humano. Se daba algo curioso además, pues el hecho de que mi fantasma fuera algo apestoso, daba a entender a mis contertulios que ese hedor procedía de mí que, sin embargo, me duchaba y perfumaba casi todos los días, al igual que hago ahora mañanas o noches.
Y luego está que sé el día exacto en que este fantasma proveniente de la ceiba decidió seguirme. Fue un día en que viajamos a un pueblo dejado de la mano del hombre de hoy, habitado por la etnia bubi. En una de sus casas vivía una señora muy anciana, ciega y que, sin embargo, miraba a los ojos al dirigirse a ti. La llevamos un regalo y ella a cambio nos dijo bendiciones a nuestros espíritus, que son esas cosas que, sin saber lo que son, a veces interceden en nosotros a la hora de encaminarnos a la panadería a comprar.
En una fotografía aparecemos mi prima pequeña y yo al lado de la sabia anciana ciega, nos rodean moscas y salamandras y fijándome, veo que la habitación ha sido levantada con una madera sobre otra a la manera en que, de niños, hacíamos nuestras cabañas en mi pueblo (Valseca) y donde permanecían antes de ser destruidas u ocupadas por los mayores. Me veo en un sitio y en otro al recordar. Las revistas de amor de la cabaña del pueblo pasando de uno a otro y luego la anciana, consciente, al parecer, del mundo de acá y el de allá en un tiempo. Pero también me veo encerrado, no sólo en mi fantasma, también en una habitación de hospital. Las drogas no me permitieron entender ni una sola página de la utopía Un mundo feliz.
Al salir visité peluquerías, secciones de ropa de los grandes almacenes, estancos... mi fantasma vio, a través de las aberturas de mis ojos, orejas y narices, otra vida o, al menos, otra manera de hacerla, y no sólo eso, me atrevería a decir que también la vivió, al menos en el sentido en que yo creo haberla vivido. Mi fantasma estudió conmigo símbolos e idiomas y quién sabe si, a diferencia de mí, recuerda algo de todo aquello. Vivía en y conmigo, sí, creo que incluso se enamoraba de las mismas idiotas. Hasta se estrenó conmigo. Y eyaculó ese día conmigo, agregando más suciedad, si posible fuera, como fue, a los asientos de atrás de un coche abandonado y sonriéndole luego idiotamente a la chavala y, quién sabe, al fantasma de la chavala, caso de que, como yo, tuviera uno, que no creo, pues estaba muy vacía para llamar la atención de fantasma alguno.
A la salida de la habitación de la anciana sabia y ciega, abrí una lata de cocacola caliente y bebí dos tragos. Unos chicos negros me seguían para ver si les daba algo y finalmente les di la mitad de mi bote, que se turnaron. El cielo parecía de un mediodía cualquiera y yo, en ese día, caminaba por la línea del ecuador como un trapecista agarrado a mi fantasma que, a lo mejor, servía de equilibrio.
Desde que se fue, en 2003, mi vida no ha cambiado. Sigo acá, bien parado o bien de un lado para otro. Y muchos días escribo cartas dirigidas a él. Nunca recibo respuesta por su parte y pienso si quizá ha muerto de verdad, de manera definitiva. El mundo es algo muy espacioso y tanto alguien vivo como alguien muerto se puede entretener en un simple matorral con escasa facilidad. El caso es que es otra gente quien termina leyendo mis cartas. Mi habitación e internet están llenas de ellas. El desorden abunda tanto aquí como en Malabo, así como en los cementerios y la red. Yo procuro ordenarme en cada carta al fantasma y no es que no lo consiga. Claro, me dirás, poco dice esto del orden que doy o no doy al mundo que, al fin y al cabo, es ese sitio por donde, quietos o parados, andamos de un lado a otro. Y yo me quedaré sin respuesta, y no tengo ya al fantasma conmigo para pedirle una prestada.
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martes

Locus solus, 7:28 h

No puedo conciliar ni una migaja de sueño. Están repartidas por el suelo de la habitación y conducen a una casa donde, de noche, todo el mundo, que está compuesto de muñequitos, baja y sube escaleras. La botella del whisky está vacía y del vaso llega el hedor del par de chupitos de las dos y tres de la mañana. Todos los hielos del mundo se han deshecho bajo la lámpara eléctrica y yo sé que debería dormir, abandonar la luz para adentrarme en los palacios con vistas a la ciudad de Las Vegas que hay debajo de los corredores que uno trasiega cuando está sentado, mirando una pantalla, despierto en la hora en que los segunderos de los relojes parecen congelados en el interior de una batalla donde todos los caballos de las películas galopan hasta caer relinchando o chirriando en un charco donde descansa un muñón de mano abierta al lado de una flecha que ha encontrado su sitio en otro trozo y que parece muy difícil de desclavar. Antes de regresar a la habitación he abierto el frigorífico para comprobar que había una pera. La he dejado ahí. Durante el día bajé a Madrid y charlé y paseé. Ahora reordeno algunos libros, muchos tienen las páginas gastadas. En un lado narrativa americana, junto con la francesa, pizcas de italiana, los rusos, la estantería dedicada a la poesía, con sus ensayos de poetas sobre poetas y sus cartas de poetas a veces también a poetas. También están las cartas desde la cárcel de Céline. Genet está cerca, sentado encima de la mesa-camilla. Todos bailan de un lugar a otro. La zona de filosofía (ya pedí perdón hace dos años por la presencia de la obra de Deleuze) reside la parte derecha de la pared frontal. La mayoría son libros para entendidos que no sé cómo he logrado juntar. Apoyados sobre estas grandes obras tengo El manifiesto comunista rozándose con el Tao te king. De vez en cuando se enciende una llama en el bocadillo que sale de la cabeza, después cierras el libro y comienzas a saborear la viñeta entera. Recolocas a Derrida en su lugar (también pedí perdón por la presencia de Derrida en mis estanterías) y vuelves a cruzar los brazos. En esta postura, en los días donde el ruido no permite el sueño, es fácil dejarse llevar por la noción de un triste pan de ayer acompañado por una loncha de mortadela con aceitunas y, si es posible, los restos que hayan sobrado de una ensalada. Las confesiones de San Agustín las tengo, al contrario que las que he dicho antes, a mano, pero es sólo un detalle. Los adentrados en La caverna de Platón sólo ven sombras y, luego, a falta de otra cosa, viven en ellas. También está aquí, entre Onfray y los Errores vulgares de sir Thomas Browne. Reseñas de Pavese, crónicas de Chesterton, retratos de Truman Capote, La rama dorada de Frazer... Tampoco es que fuera esta la vida que yo quería, entre otras cosas, porque yo sólo quería dormir y punto. En mis sueños sale una vaca cuyos pensamientos aparecen subtitulados en la parte de abajo del visionado. Dice cosas que llegan enseguida como: Estoy cansada. A veces soy yo el que ordeña, pero no le doy palique (si lo hiciese los subtítulos no me permitirían observar el ordeñado como merece, pues salen justo encima y conviene almacenar leche de cara a sueños posteriores). Por debajo del panorama, al lado de la pila provisional, se escurre una melodía compuesta por John Zorn para niños que en lugar de la excusa de los niños podría tener como principio-fin una miniatura de John Cage abriendo máquinas de vapor en la portada. Está llena de silencios en los que aprovecho a encender algún que otro cigarro. En los momentos en que decido prepararme las clases mi cerebro empieza a comportarse como una máquina de granizado de limón, naranja o café. Visualizo el gran puzzle que se forma en el interior de la frente tras seguir unas cuantas huellas y el perro que piensa configura en pantalla grande todas las acciones de ese puzzle convirtiéndolas en una fotografía donde no podría caber mayor número de píxeles y donde, en definitiva de la buena, los trazos de cada pieza de puzzle se han borrado. A partir de ahí toca, comprendo, elaborar un discurso. Pero he comprobado, por otra parte, que el discurso es siempre, en concepto, el mismo. Es decir, descripciones sobre la imagen definitiva que, claro, es una copia de muchas otras imágenes definitivas. Como aparecen superpuestas hay lugar para el manejo de la anécdota, que es una artimaña rodeada de súperguay que funciona bien. Lo siguiente es encender otro cigarro y, tras un par de caladas, volver a la tecla. Tecleo para dormir. Emprendo una sinfonía hipnótica de tac y tac, a veces consigo parpadeos y la luna llena de ambos ojos, por un momento, queda a oscuras durante los dos segundos que los muñequitos de dentro de los adosados mentales (aquellos que bajaban y subían las escaleras de la casa del principio) tardan en encender una vela (no quieren tropezarse). He probado a soplar para adentro con el fin de apagarla, pero es inútil. Por lo demás, afuera siguen bailando libros y libros. El Murphy de Beckett está emparejado, por ejemplo, con el libro de un tal Hofmann llamado Conversaciones con Thomas Bernhard, en el que Bernhard está sentado en una silla hablando solo, igual que en casi todas sus novelas, a la luz de una nube doradita por el sol que tapa. Son los primeros del estante del abajo / izquierda de la pared frontal donde los acompañan autores tan dispares como Queneau, Raymond Williams, Gianni Celati, Macedonio Fernández o Leopold von Sacher-Masoch, cuya autobiografía me aburre indefinidamente y que, sin embargo, ay, no sirve para coger el vuelo rasante del sueño.
Es el sueño una cometa varada en el tejado de esta habitación de libros y polvo. Por mucho que saque los brazos a través de la ventana para palpar no doy con el hilo y, por otra parte, quién sabe si tiene hilo. No se ven estrellas, han regresado a casa mientras yo jugueteaba con una manga del pijama, pero regresarán en cuanto, tras abrir mañana la nevera, recoja la pera que se encuentra en medio y, en mi camino hacia el metro, comience a dar ruidosas y alegres zancadas mientras mordisqueo y... eso sí, al fin.   
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domingo

It´s all over now, baby blue

Me acuerdo de los veinte segundos que yo contaba desde la única curva que había en la carretera hasta dar al botón de parado del autobús, después me bajaba y caminaba, entre arenas e irregulares verdes, hasta la casa. Me abría abuela y yo comía siempre huevos fritos con un filete empanado y patatas. Luego ella se quedaba viendo su novela y yo me encontraba con mis sueños de antes, una bicicleta de montaña (30.000 ptas) a la que ya no le funcionaban las marchas y la guitarra eléctrica (imitación a strato made in Japón, 35.000 ptas) a la que le quedaba una pastilla viva, con las cuerdas oxidadas llenas de mugre tumbada sobre el pequeño amplificador Marshall (35.000 ptas también) que había quedado para emitir sonidos como provenientes de un conjunto de esparadrapos, al menos cuando lograba encenderse. La humedad en la bodega era notoria. Yo había sido feliz y ahora descansaba las tardes sobre esos aparatos rotos venidos de sueños también rotos. Se puede vivir sin pensar, me decía. La casa era relativamente nueva y yo había hecho de su idea una tumba dividida en distintos compartimentos con el fin de que cupiesen en ella bastantes cuerpos. De todos ellos el mío lo intuía. Cuando me cansaba de intuir (también) lo que quedaba de mis sueños en objetos que bien pudieran formar ya parte de un estercolero entre medias de dos pueblos pequeños, subía a mi habitación de los libros adornada con un póster de Las meninas arrugado y me masturbaba hasta que oía cómo algo se rompía dentro del sable dejando alguna que otra mota de sangre entre tanta fiesta de la espuma, bien en los cojines o el parqué. Pensaba, de morir así, qué ventajas acudirían a mi tumba, pero no morí de momento. Muchas cosas, de hecho, siguen igual. Abuela murió y las tardes de estos días en que ya soy un verdadero acaparador de las conversaciones sobre terrenos a explotar continúan sucediéndose, aunque con la televisión apagada y el silencio de las voces de esos héroes de quienes ella gustaba cuando había terminado sus trabajos de la casa. A veces la veo, pues viene a visitarme. La recibo en pijama y le digo que las cosas, vayan como vayan, me van bien. Luego se marcha y no faltan las veces en que yo percibo su cuerpo ya comido por el célebre sótano que mora dentro del ataúd y una calavera joven presidiendo restos de polvo bajo los alegres cánticos de los pájaros y las flores que, de cuando en cuando, van a cambiar mis tías o mi madre.
Espera, me digo. Me voy a servir otro aguardiente.
En la casa que dejamos en Aluche nos dijeron que ahora vivía una pareja. Allí, donde viví con ella 20 años, ya ni siquiera hay huellas mías, se las llevan las corrientes de aire poquito a poquito por cada día que pasa, y ha pasado tanto, tanto y tan poco. Mi vida allí se componía del colegio, de cuando nos dieron el vídeo, de jugar al fútbol y pegarme, de alguna raya de coca y de amigos, o algo así. También bajaba a por el pan y a tirar la basura. Entonces, recuerdo, existía esa extrañeza denominada familia con sus visitas los domingos a la hora del vermú y también durante la tarde. Existían los primos. Hermanos nunca he tenido. Quizás, por otra parte, lo único que he sido en mi vida han sido hermanos míos yendo y viniendo de mi cuerpo hacia fuera y al revés, sustituyéndose unos y otros, resueltos finalmente en una cara a la que sólo veo cambiada en las fotografías. La cartera de papá está llena de caras mías a edades distintas. Bien podrían ser las caras de otras personas, claro, porque la vida gasta muchas bromas. De hecho lo son. Una persona es una bombilla llena de motas de polvo, y cada diferente intensidad reflejada en el espacio de una habitación es otra y otra persona. La mosca que gira en torno a ella sólo es una anécdota (la vida misma). Nos alternan esos pegotes de luz y terminamos brillando en el metal de un cubo de basura normal que abrimos con el pie para vaciar ceniceros, creo.
Sólo quedan ya unas gotas en el vidrio de aguardiente. Llueven sobre el capó del coche y una sola gota se va ligando a las demás para ganar volumen y velocidad. Finalmente el parabrisas la aplaca junto a otras y yo le digo a mi padre, al volante, cosas, alternamos conversaciones sobre lo que hemos hecho o lo que vamos a hacer y, al llegar a nuestro destino, yo siempre saco el paquete de tabaco del bolsillo, lo abro, cojo un cigarro y lo enciendo. A veces le acompaño y otras me disperso. Entro en librerías y salgo. Entro en bares y salgo. Echo vistazos, mientras, a lo que queda en el monedero. Dentro también se encuentra mi carné de identidad. Faltan todavía unos años para renovarlo. En la foto que lo acompaña, por supuesto, no me reconozco. Ahora molo mucho más. Lanzo filtros de cigarro a los charcos de las aceras, me atuso el pelo, largo como cuando joven, me acaricio una barba que vuelve a estar ahí, igual que cuando era feliz, ahora alguna cana la define de distinta forma. Mi inocencia es evidente. Camino hacia la parada del autobús. Por el camino llamo a mamá, le digo que todo ha ido bien en el trabajo.
Y en breve volveré a contar veinte segundos, mentalmente, exactos, a partir de una curva que tiene  un centro de flores en uno de sus límites con una banda cruzada de tela en la que pone: no os olvidamos.
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sábado

El interior de la casa

Despierto como cada día con la sensación de haber olvidado mi corazón en uno de los bidones que la química utiliza para pasar de un sueño a otro. Noto la ausencia de sangre bullendo sostenida durante el primer y el segundo suspiro de la tarde. Pongo un disco y cojo un libro al azar. Leo una batalla y regreso a mi cuerpo. Los sueños han fabricado un yo que aún no se ha despertado. Me convenzo de bajar a la cocina. Charly, mi loro, me saluda desde su jaula, pero yo no sé qué consulta hacerle, así que terminamos hablando de la partida de Oca que dejamos a medias durante la mañana, cuando yo era un hombre más completo que ahora. Bebo del vaso que me he preparado y noto la leche calentada atravesar la garganta y diluirse, dispersarse, en los siguientes conductos. Más tarde, al visitar el baño, orinaría, intercalados con sangre, hombrecitos de 1 cm. Luego tiraría de la cadena y desaparecerían para siempre. Aunque primero, he de decir, comprobé que no habían aprendido a hablar y, efectivamente, no lo habían hecho.

Mis pulmones están metidos en una jarra de la cocina. Los he llenado de agua hasta rebosar la jarra y he visto cómo, al principio, se despegaban algunas costras de entre sus raíces y cómo después, simplemente, han flotado hacia la parte de arriba. Últimamente permanezco demasiado tiempo sentado. Fumo mucho mientras introduzco el dedo por mi agujero de la cabeza y me masajeo el cráneo. A veces, como este mediodía, me quedo dormido, otras me disparo y noto la irracional verdad de todos mis órganos funcionando al unísono, siguiendo el compás como en una función de música y danza, cada uno a su movimiento y con sus notas elaborando el estribillo que me compone unas veces y me descompone la mayoría en que decido que es hora de introducirme en la paranoica catedral de los sueños, siempre rellenos de monstruos comiendo a mi vera y animales muertos llorando dentro de mi boca porque no pueden volver. Y me veo allí indefenso, desde afuera, en el lugar que sólo pertenece al sueño, sin poder hacer nada por mí ni por ellos.

Me cuesta mucho teclear hoy que tengo la muñeca de la mano derecha algo destrozada. Ayer visité el hospital y, después de hacerme un par de radiografías, el médico me dijo que no me veía nada. Aún así me he puesto una muñequera para inmovilizar la mano y tomo ibupofreno cada cinco o seis horas, y whisky. Alguien tira de la cadena cuando duermo y desaparezco junto a los hombrecillos que orino. Sólo estoy contando unas cuantas sensaciones acaecidas en los últimos días. Mi muñeca se queja y yo continúo hasta que la respuesta a este crucigrama se complete, dejándome una pista sobre alguna vivencia, alguna constancia sobre lo que es real.

Entre un párrafo y otro de lo que escribo vuelvo a tocarme, a través de mi agujero cabezal, el cráneo. He notado una especie de grano sentado encima de él e intentado explotarlo. Necesitaría de unas fotos interiores para comprobar si tengo acné juvenil en el cerebro pero, sobre todo, necesito que los ruidos desaparezcan, tanto los que salen del agujero como los que entran por él. Y es que hace tanto tiempo que no puedo escuchar los latidos de mi corazón.
En mis sueños late sobre el plato donde cena un simio. Después de probarlo escupe pequeños trozos de ello porque no le gusta y estos pequeños trozos laten por el suelo como si siguieran formando parte de una sola máquina. Los sueños, aunque lo parezca, tampoco es que me interesen demasiado. No distingo mi cara de otras y entiendo que mis huesos están en medio esperando que nos sentemos alrededor de ellos como si fueran una fogata en un campamento a los que me enviaban de niño los veranos y donde cantábamos a dios y a Jesús y a la virgen.

Después de vomitar ese recuerdo recojo mi nuez del fregadero y la devuelvo a su sitio. Tiene la pobre consistencia de la yema de un huevo cocido y sin embargo acompaña a las voces que salen de la minicadena y conversa con ellas y habla con mi loro Charly y ahí sigue como pomo de la puerta que hay en mi cuello y que no giro para que no entren en mi cuerpo las ratas de la calle y se pongan a alborotar las labores que se llevan a cabo dentro. Una maquinaria infernal sobre una casa cuyas intermitentes luces se sostienen al aparecer, sobre el ruinoso escenario, otro ser humano, sonriente, enfrente mío y con la mano abierta como un ala. En verdad son horribles. Yo diré que lo siento, que apenas tengo tiempo para mí ni nada y que me están esperando y, mientras desaparece, regresaré a mi vida contento del sonido de sus pasos alejándose y deletreando en su marcha el sonido de mi pulso, que regresa de nuevo mientras afuera anochece y caen tormentas de sudor, cuando la fiebre viene.

La nieve está loca, pero sucede, cuando sucede, afuera de la casa.  
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jueves

Supusimos entonces que la nada estaba rodeada por ella

A Cecilia


Durante los últimos días no me había pasado nada. Yo bajaba del sobre y me preparaba un Nesquik en la cocina, recordaba vagamente el sueño inmediatamente anterior mientras removía el vaso con una cuchara, encendía un pitillo y finalmente tomaba el desayuno mientras veía el noticiario por la televisión. Uno de los días permanecí atento a las noticias sobre economía mientras otro recordaba de manera bastante nostálgica mi trabajo como repartidor de cajas de vino y salchichón en diciembre de 2009. Las noticias se alternaban rápidamente: ataques sobre Gaza, un juicio a un terrorista, la última hazaña de Messi y el tiempo, con sus soles y esas cosas tan simpáticas, los chubascos, repartidos a lo largo y ancho de un mapa de la península ibérica. Eran días de no hacer nada y eran días de esperar. Uno cuando espera lo hace a la muerte, por el camino podía contemplar cadáveres de otros que ocuparon la casa antes que yo. Hermanos desangrados en la bañera en la que, aproximadamente una hora después, me daría un duchado. Mascotas a las que han ido sustituyendo otras. Mamá y papá, ausentes también. En ocasiones sonaba el teléfono y voces venidas del más allá me hablaban sobre ofertas en algunas tarifas. Otras veces era ella. Decía vaguedades y yo las repetía. Volveríamos a vernos, quizá. En esas horas yo fregaba el vaso donde me había servido el desayuno y en uno de los días se iba la luz, inmediatamente después recordaba mis conversaciones con el conductor de la furgoneta con la que repartía. Piso ocho, piso once. Hablábamos sobre la nada. Me costó convencerle de que yo tenía que fumarme mis buenos cigarros diarios. Él decía que no soportaba que se le metiera el humo en los ojos. Llegamos al acuerdo de que fumaría en las autopistas abriendo la ventana. A veces me daban propina y yo la compartía a la vuelta a la furgo. Siempre las calculé en whiskies. El whisky es caro. Por aquel entonces yo bebía una botella diaria. Cuando llegaba a casa comía y después me sentaba al ordenador con mi botella de Irish -las solía comprar de dos en dos- e iba rellenando el vaso de una a otra mitad. Sobre las ocho de la tarde caía dormido y mamá, al llegar de trabajar, me despertaba para preguntarme si había cenado, para después procurar de adivinar si la botella que se encontraba en la basura era o no la misma que la del día anterior. Al día siguiente me despertaba como nuevo e iba al trabajo, me acercaba a la chica rubia que se encargaba de darme la lista de las localizaciones y yo procuraba decir algo agradable como algún comentario sobre el tiempo o algo así. Todos esos días que hoy miro con nostalgia también eran iguales unos a otros, al igual que los últimos del año 2011. En estos días yo me encontraba tomando una medicación que me curaba del alcohol y también de las mujeres y, por otro lado, apenas veía a nadie en el día a día, imaginaba a espectros, como siempre he hecho y leía indiferentemente qué. Raras veces me dedicaba a la limpieza, y también estaban los recuerdos de finales del año 2010, cuando yo aún fumaba en los bares y cuando vivía en un zulo de Lavapiés donde me sentía dios y su madre y en el que escribía casi siempre que llegaba de Alcohólicos anónimos. Sobre todo me gustaba la conversación de ellas. Procuraba, durante esos ratos, acercarme a sus secretos de poco en poco hasta, a poder ser, formar parte de ellos, cosa que nunca ocurrió. El resto de los días iba de aquí para allá, a pie, en una de mis ciudades favoritas. Cuando me fallan los recuerdos acudo a tal fecha del blog y entonces, a través de lo que he ido escribiendo, me sitúo con mejor facilidad en ese pasado, trasladándolo a un lugar donde casi no hago nada más que lo que voy contando con el propósito de poder recordarlo un año después, siempre caso de no cruzarse un rayo por el medio o similar.
Hoy, llegadas las horas en que las noticias de la mañana ya se me han olvidado, he esperado que ella llamase mientras dudaba si marcar yo y adelantarme. Finalmente no lo he hecho, he cogido el móvil sólo y lo he tenido en la mano esperando que fuera ella para darle a la tecla de descolgado. En la otra mano tenía abierto el libro de Leonard Cohen La energía de los esclavos (Trad. Antonio Resines) por una página en particular. Al descolgar, fuera o no fuera ella quien estuviese al otro lado, yo quería leer en voz alta:


Cada vez que te veo
olvido por un momento
que soy feo a mis propios ojos
por no haberte conseguido.

Yo quería que me eligieras
por encima de todos los hombres que conoces,
porque yo me destruyo
cuando estoy con ellos.

He rezado por ti a menudo
así:
Déjame que la consiga
.”
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sábado

Lejos de Illinois

Paso horas frente a la ventana viendo salir autobuses. Sé que no nos atropellaremos cuando la única pelea que tengo iniciada es con el pijama que lleva 30 horas sin salir de mi cuerpo. Cualquier insecto puede entrar en la casa y pisarme por accidente. Y, mientras, no tengo más remedio que preparar clases. Sería de agradecer que la cabeza volviese a su sitio en estos casos. Y, claro, mientras unos autobuses salen, otros llegan. Es una ley que funciona como un reloj nuevo.
Nada más llegar a casa en los días que tengo que salir me lo saco de la muñeca al instante y lo dejo en cualquiera de los apartados de la cocina o la habitación, lo que impide que lo encuentre en un primer vistazo en el siguiente momento que deba salir. Hace tres días me propuse encontrar heroína y fui a preguntar a los que pasan perica deformada. Uno dijo Sí, sí... pero no he vuelto. Yo esperaba que supieran de qué estaba hablando y no vi indicios por ninguna parte. Los disimulos demasiado histriónicos me fastidian. Después de eso acudí muy puntual a una cita con mi trabajo de intelectual. Todo estaba preparado para empezar mis charlas de los jueves. Fueron muy amables conmigo, he de añadir. Para celebrarlo me tomé una caña en el bar de al lado del bar donde me denunciaron hace un año por conducta lasciva o algo así. Pasé por la puerta del homoerótico que me denunció, en el marco de la puerta, con los brazos cruzados. Se me ocurrió si decirle algo que le tocara sus partes, pero no lo hice. En el paseo noté cómo su mirada funcionaba con mis pasos y desaparecí en el bar de al lado, donde me atendieron todo lo amablemente que sabían. Al llegar a casa mezclé algunas pastillas para la tensión y he debido de dormir bastante. Hoy amanecí en el mismo sofá. Cuando me desperté fui a ver a mamá y dormía como un angelito en su habitación. Decidí que las horas sólo serían importantes para cuando se diera mi trabajo de intelectual, en el que todo el mundo me quería muchísimo, y escribí una nota que dejé en su mesilla donde se lo expresaba para que lo viese al despertar.
Han llegado tres autobuses y han salido cuatro desde mi última visita a los sueños. Cuando era menor comía estrellas de la noche y luego sabía de la oscuridad mientras en mi estómago ardían fierecillas meditando.
Entre el segundo autobús de salida y el segundo de llegada noté cómo los cajones de mi sesera se abrían y de ellos salían voces que me decían lo horrible profesor que yo era. Luego una estrella que se había caído al suelo durante mi niñez los cerraba y yo me concentraba en cosas como prepararme un café caliente. El humo, al salir del micro, salía en una viñeta de tebeo directo a mis narices que, apenas detectaban el calor, provocaban en mí una especie de estertor que repetía que era la vida algo así como maravilloso etc. Ahora bebía poco, pero con regularidad. Serví un whisky en un vaso y, a pesar de la pereza que me daba vaciar la hielera, lo terminé haciendo. Hube incluso de rellenarla después. La vida, con excepción de mi clase de los jueves, podía reducirse a eso. Leí varias veces la descripción de La casa tomada de Cortázar e hice posibles planos del lugar, señalando las zonas tomadas y la salida al exterior. Finalmente hice un dibujo de una llave, que hice dorada, en el fondo de un alcantarillado y a un chico y una chica emprendiendo el camino hacia el horizonte. Bien, me dije, esta será la excusa de mi próxima clase. Planearemos hacia dónde avanzan exactamente ese par de jóvenes -¿Jóvenes?- etc. Encuentro el reloj, miro la hora, calculo que el tiempo de la lectura supere los siete minutos y, a partir de ahí, me acierto a ser bueno en lo mío. Al menos en lo que es mío algunas tardes de jueves. Los viernes: pastillas. Los sábados: whisky y café. Los domingos: fútbol. El siguiente lunes el intento de otra clase de lectura. Sacar de debajo de mi cama un intelectual despellejado y pedirle a su ombligo muerto que me cuente cuentos... Mariposas de Koch de Antonio di Benedetto, la imagen literaria, etc.
Hoy hubiera salido si no fuera por aquella ley que prohibió fumar en bares. Un par de whiskies, invitar a otro a una perdida, follar con ella en el garaje de la casa de mamá, obligarla a vestirse rápido y echarla. Es una opción. Antes mis planes semanales funcionaban así. Ahora, la verdad, tampoco es que tenga interés. Ni libido.
Oigo salir otro autobús. Sé que es el último de la noche. Al arrancar emiten el ruido de un saxo tenor. Lo reproduzco en Spotify antes de guiñar por primera vez los ojos en señal de flojera. Odio que se acabe el whisky, pero en lugar de quejarme salgo al pozo que hay en mi jardín y miro a través de él como quien intentase ver allí la luna reflejada. Todo está oscuro, huele a naturaleza. Por un momento da la impresión de que todos los relojes del mundo anduvieran a la misma hora. Hace frío también, esa es otra. Mi pijama es verde oscuro con un par de líneas, una blanca y otra azul. Sobre él a veces cabe un albornoz de algodón gordo amarillo. Me siento enfrente de la televisión y observo los anuncios de la teletienda. Mi ser de intelectual se regodea en la noche, cambio de canal y vuelvo sobre el mismo. ¿A quién no le vendría bien un tonificador de músculos por doce pavos?

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miércoles

Meses posteriores a otra muerte

Normalmente atábamos a un poste a la víctima, cortábamos de ella lo que podíamos comer sin necesidad de utilizar la lumbre y observábamos sus ojos mientras engullíamos la carne.
Este es un resumen somero de la historia de mi vida cuando había amigos en ella.
La hora de defunción nos era indiferente. Aquellas escorias colaboracionistas y anti-revolucionarias morían desangradas y nosotros, como todo el mundo, necesitábamos nuestro tiempo de sueño, con mayor motivo después de una cena copiosa.
Años después me sirvo 1/5 de whisky (a ser posible irlandés), enciendo algunos cigarrillos, hojeo periódicos, invento chistes para mis estados de facebook y follo una vez al mes. Entretanto no me hago pajas, sonrío a papá y a mamá cuando vienen de trabajar y leo, aproximadamente, cien páginas diarias de libros escogidos al azar. Mi biblioteca es inmensa. La mayor cara del pueblo donde vivo.
Recuerdo con morriña mi vida entre amigos. Por ejemplo: coger a un poeta / cortarle la oreja que mejor rabia dé / echarla en una sartén cuando el aceite ha comenzado a hervir / dar cuatro vueltas / tranquilizar los llantos del poeta mientras se saca la oreja de la sartén y se la echa sal gorda y rodea en un plato con un par de rodajitas de limón / repartir el manjar / decirle al poeta “no, para ti no hay” / cenar / cortar la cabeza del poeta y meterla en el congelador junto al cuerpo para experimentar al estilo Ferrán Adriá en días postreros.

Mi melancolía es grande como una montaña llena de pobres. Son las 5:13, madrugada, mañana tengo el día libre, los hielos se han derretido en el vaso hasta la mitad de lleno de whisky. No es una de mis marcas favoritas. Durante la tarde noche telefoneé a mi novia para ver si conseguía conocerla un poco más. No conozco a nadie. Guardo mi imagen del metro de Moscú hace un tiempo. Stalin, ese hombre de paz, hasta entonces asesino de todo lo que bordease su nombre, da una conferencia y los nuestros se alegran de que esté allí. Aquellos que no habíamos visto propaganda alguna le creíamos preso del nazismo. Nos restregamos los ojos y pocos años más tarde (1953) lo vimos morir tras dos días de agonía en que ningún doctor quería acercarse por miedo a una orden de fusilamiento. Al tercer día nuestras mujeres lloraban junto al féretro mientras algunos deportados hincaban sus rodillas en la nieve y veían un sentido a su vida en la muerte del gran mariscal. Decían: el bigotes ha muerto, y saltaban, y la nieve saltaba con ellos. Luego volvían a caer por eso de la gravedad, al igual que la nieve, y volvían a saltar... después pensaban en trenes que les llevasen hacia hogares suyos comidos hace tiempo por mí y por todos mis compañeros. La primera vez que vi a Stalin fue paseando el féretro, junto con posteriores víctimas suyas, de Lenin (aquí llamado Sr. Ulianov), a los que se unía una apenada muchedumbre.

No saqué los papeles a la calle. Nunca lo hago. La policía me cogió. Mala suerte. Pero hoy me encuentro en pijama delante del ordenador, está a punto de amanecer y procuraba hablar sobre mi melancolía, grande como un banco de peces moribundos, eso es.

Desde que dejé de comer carne humana me he dedicado a escribir. Tengo un blog muy bueno. Lo leen mis vecinos y mis padres. Se llama La semejante criatura y va sobre la nada (Mongolia), mi alegría (Valseca), la muerte (Valseca también) y personas, y animales (Charly y Trasgu). Me estoy haciendo muy mayor, porque mayor ya era. Tuve que volver a aprender a hablar cuando todo se fue al garete. Lo hice. Luego vino el silencio de los demás y yo me presté a ayudar. Lo anterior habían sido fiestas caníbales así que, ahora ¿Qué podía hacer? Y así fue como en los descansos  durante los cuales soy una persona leo a mis antiguos amigos (gente que me pedía ayuda para sacar la edición a su nombre y, cuando salía el libro, me firmaban un ejemplar con un “para mi hermanito”). Hacen escritos horribles. Espero que no pasen la criba del tiempo. Mi visión es apenas la de una tumba cada vez más larga y más estrecha. El día en que mi estómago de muerto explotó salieron de él varios ojos. Cerrados son los relatos de mis antiguos compañeros y abiertos, hoy, son los míos. En los míos no sucede nada obligatoriamente. Tan sólo una persona pensando. Si se restan las demás el cadáver riñe. Y el resultado es un esparadrapo. Los gestos de las cejas, sin embargo, no dejan lugar a duda: Estuve vivo mientras firmo mis no palabras con otro nombre.
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lunes

Personarse

Recuerdo días donde yo era algo. Hoy mi familia ha salido a dar una vuelta por el cementerio y yo me he quedado aquí, en la cocina. Apenas encuentro en la pantalla del Pc retazos de mi corazón, allá cuando estaba vivo, rugiendo por una caja de cerillas, por un colacao, por la luz de las tres de la mañana en el cuarto de las sombras. Hoy, que no soy nada, recuerdo, y el juego de naipes se destroza al intentar barajarlo. Por eso escribo, creo. Y eso es lo que escribo. Me da igual qué naipe caiga después del segundo sobre la mesa vacía, apenas con un jarrón transparente hasta la mitad de agua en el que se zarandea una flor con el tallo mordido que, mirándome cuando quieta al fin, es un micrófono al que no le digo ni siquiera el recuerdo de mis últimas palabras.

Recuerdo mi convivencia con un extraño coño. En él podía, al introducir el pene, escuchar una mezcolanza de mis palpitaciones y las suyas, como quien permaneciese más interesado en crear ese acorde. Las mías eran el solo y las suyas actuaban por debajo haciendo del resto de la banda. Al sacarlo sangraba, pues el interior de aquello estaba lleno de vidrios rotos, agujas oxidadas, asientos descoyuntados de coches abandonados. A continuación abría el refrigerador y colocaba una bolsa de hielos sobre el estropicio. Todas las reacciones que buscaba eran las de conceder alivio a la naturaleza inerte de las cosas, en la cual yo me veía inmerso, con o sin las palabras de ella caminando hacia mí. En una de las ocasiones ella me recomendó ¡Ella! Que fuera a ver a un médico. Hoy cierro los ojos y busco su cara entre los recuerdos. Giro con mis brazos matorrales para poder verla, pero sólo doy a una explanada donde hay unos jóvenes fumando canutos. Me he acercado a ellos a preguntarles por la cara, por el coño, y se han mirado, me han llamado abuelete y se han reído. Les he dicho que cuando yo tenía su edad los chavales sabíamos divertirnos, que en nosotros la ebriedad tenía sentido. Ha sido cuando uno me ha escupido a la cara. Mientras me limpiaba con un kleenex le he preguntado si no sabía lanzarlos con moco. Luego me he ido. Podía oír sus apestosas risitas. Luego he seguido andando mientras me decía que gobernarían el mundo y encima eran feos, llegando a cuando la explanada se convirtió en un garaje para residentes. Pocas cosas se me ocurren contarle a la flor del tallo roto que reside en el interior del jarrón transparente de la mesa de la cocina. En realidad, giro mis pensamientos, los envío al pasado en un mail, las teclas del ordenador son las estrellas mientras hoy apenas entra una porción del sol en la casa. Los brillos que dan a la ventana provocan pensamientos comestibles. Por lo demás, cualquiera que se asomase a esta cocina vería en mí un más o menos claro ejemplo de catatonía.

Enciendo un cigarro e imagino que estuviera escribiendo esta historia de recuerdos que no tiene ni pies ni cabeza. El humo se asoma en las partes de luz y el teléfono suena, pero no lo descuelgo. Es la nada que habita esta casa. Normalmente estoy en pijama, en la cocina, reconstruyendo el mundo partiendo de imágenes que recuerdo, junto unos retazos con otros y, en ocasiones, dejo que se escriban solos. No siempre el resultado tiene sentido ni tampoco belleza. No siempre tiene algo que sea más que unas palabras acoplándose al paisaje descrito. Inserto mi cerebro en el coño de cuando había chicas en mi vida y lo dejo reposar ahí dentro. Percibo los ruidos de sus intestinos y poco más. El resto es la vida de un ermitaño dentro de una cueva. Compruebo que no hay whisky en toda la casa y finalmente me preparo un café, enciendo el televisor y veo cómo matan a Gadafi. Un viejo de 50 años se tira una foto a sí mismo al lado de la cabeza del cadáver en cuya sien se aprecia un agujero negro abierto por una bala. La siguiente imagen es del hijo de Gadafi bebiendo agua de una botella de plástico. Segunda toma: fumando un cigarrillo. Tercera toma: su cuerpo está tendido en un sótano rodeado de unos cuantos libios sin apenas dientes sonriendo. Quito la televisión, me tomo el café de un trago y oigo cómo unas llaves entran en la cerradura de la puerta principal. Es mamá. Me dice que han limpiado y colocado flores en la tumba de mi abuela. Se produce un silencio mientras me mira vaciar el cenicero. Al rato me pregunta por el coño. Le digo que le he estado dando vueltas, pero que no he llegado a ninguna conclusión, que he encendido el televisor y que, al final, no he escrito nada. Da igual, hijo, dice, total, sólo te lee el tonto ese (se refiere a Pedro Robes, el comentador mongolo de la sección comentarios). Le digo que he pensado que dar vueltas a una historia partiendo de una imagen y no llegar más que a una conclusión escrita azarosamente puede ser perfectamente un tema. Después cambiamos de conversación.
Han enviado un correo del ayuntamiento. Deberé dar unas conferencias no sé aún qué días sobre lectura, interpretación y alguna cosa más sobre la que yo creo que no hay nada que decir. He quedado en personarme el viernes.
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viernes

La fiebre del otro

Recuerdo que tenía siete años recién cumplidos debido a una conversación. Cada mañana debía, desde la cama, abrir la boca para ingerir un jarabe. Dentro de la cuchara, aparte del líquido, había un retrato mío hecho a la escala de un insecto. Finalmente yo abría la boca y nos tragaba y, luego, si todo iba bien, la abuela volvía a cerrar la puerta y yo regresaba al sueño, aunque no me gustase mucho por aquel entonces aquello de dormir, por considerarlo aburrido en todos los aspectos.
Desde la ventana de nuestro piso entraban las voces del colegio que había abajo y podía notar cómo toda esa multitud de niños jugando se infiltraba en mi fiebre. Me veía al unísono dando patadas a un balón en ese colegio (aunque yo iba a otro) y moviéndome en mi cama, arropándome con las mantas, acurrucado. El sudor mojaba las sábanas y toda la habitación despedía un olor a medicamentos que se concentraba en mi cuerpo. O no, seguramente era al revés, salía de mi cuerpo para concentrarse en la habitación. Da igual. El doctor vino por la tarde, cuando mejor me encontraba. Mi abuela me dijo que era una pena que ahora que el doctor iba a venir de repente yo estuviese bien, que hiciese como que me dolía. Quiero ir al colegio, dije, en broma, por supuesto. Recuerdo el frío del aparato ese con el que te examinan el pecho. Era un doctor gordo con bigote, de los que no daban caramelos. Al irse volví a estar malo. Le eché la culpa a él. A la noche mis padres vinieron de trabajar y pude oír que, en el salón, le preguntaban a mi abuela que qué tal seguía. Mi madre me había comprado un libro de Elige tu propia aventura. Eran los que más me gustaban entonces.
Años más tarde, cuando tenía quince, decidí estar siempre malo. Había tenido que cambiar de colegio y no me gustaba cómo me miraban los nuevos ni lo que decían de mí. Me escupían, decían que no les gustaba mi cara, por ejemplo. Me arrancaba, por aquella época, una media de dos granos al día. Los triplicaba en tamaño y, al día siguiente, creaban copias en otro lugar de una cara, en ocasiones, difícil de encontrar. Por otra parte ese colegio era demasiado grande y cada rincón estaba lleno de las mismas porterías y canastas llenas de pústulas. Decidí dar patadas a un balón y al final hice amigos o algo así y, durante una época de mi vida, me drogué con ellos.
En los fines de semana iba al pueblo y sabía que un accidente con el coche acabaría con nuestra vida. Procuraba, mientras me preparaba para el siniestro, elegir la canción adecuada en los walkman. Entre medias de la ida y de la vuelta asistía a los bares en pandilla con mis colegas del pueblo. También había segundas borracheras estupendas y, con el tiempo, reyes de la noche nos coronaban y jugábamos hasta bien entrado el mediodía siguiente. Abandoné el colegio grande y me fui a una cosa pública de artes y cosas de esas para las que todo el mundo decía que yo estaba muy dotado. En los baños fumábamos porros y una vez me besó una y me dijo que estaba muy bueno. Mi chulería de entonces se vino abajo en cuestión de eso. No podía entender aquello y, durante la clase que vino a continuación, intenté escribir un poema o algo así donde el mundo perdiese y, con él, yo también, y la chica esa, y también su madre y su padre. Escribir era una excusa para que pareciera que iba a estar haciendo algo, ya que el descaro de aquella chica me había anulado. Por otra parte, los profesores de aquel lugar no se extrañaban de que siempre respondiera con ambigüedades a sus preguntas sobre la historia o España o el inglés, así que nada me iba a delatar. Da igual, en el metro se me pasó, hasta me renové completamente y eso.
En esa época era normal que yo me acurrucase en la cama hasta notar el sonido de mis huesos. Quizá me tentaba romperlos. Recuperaba en secreto los días de mi enfermedad de crío y la vida me mostraba que, a pesar de mí, ella no había cambiado. Los ruidos del colegio de abajo seguían allí, en los movimientos de otros niños, podía también oír a mi abuela hacer la casa y mi pueblo no había cambiado de lugar en los mapas, ni mi barrio y esas cosas que yo conocía, aunque me trajeran constantes dolores de cabeza porque, como buen muchacho, me esforzaba en cuestionarlas hasta que el cerebro rompía a llorar como un pobre niño enfermo de siete años recién cumplidos.
Después estuve encerrado en un hospital para enfermos mentales. Al psiquiatra que me llevaba le decía cosas como que la gente me miraba en el 25, que era la línea de autobús que usaba por las mañanas y mediodías. Había espías por todos los lados disfrazados de gente corriente. Así, una mujer con un carrito de bebé enviaba informes a personas como él en las que anotaba cosas como las que él anotaba de nuestra propia conversación y las enviaba al demonio que existía en todas las conversaciones de este tipo. Le dije que, al momento de verlo durante la mañana en que fui ingresado, hubo un relámpago y le pregunté si no le concedía eso bastante crédito a mis averiguaciones. Mi tío era policía, seguro que él sabría algo, dije. Y cosas por el estilo.

Estuve mucho tiempo tomando neurolépticos que me volvían idiota y ansiolíticos que me provocaban adicción en lo que procuraban reprimir efectos secundarios de los neurolépticos, y mis padres cambiaron de casa junto con mi abuela.
Aquí no he vivido nada durante aproximadamente catorce años. La vida se hace y deshace sola. Sólo al principio unos energúmenos, como una novia a la que yo había sido fiel, procuraron desvirtuarme colocando cámaras ocultas en cada habitación de la nueva casa. Se rieron mucho. A los dos años recaí otra vez y, más tarde, esas risas pasaron a formar parte de cada molécula que mi cuerpo ha ido desarrollando desde entonces, convirtiéndome en una risa perpetua allá por donde he ido. Al principio estuve callado. Tuve que volver a aprender a hablar. Estuvo bien. Poco importa que la gente que me ha rodeado en los últimos años mereciese o no mi palabra o si yo mismo fuera merecedor o no de ella, a lo que voy es a que una especie de casa ajena a donde vivo ha ido creciendo, despacio y, por suerte, es una casa donde la risa que mencioné  un poco antes, cabe. Apenas abro la ventana para que salga a la calle. Me aseguro de que vuelve a mí y ese ha pasado a ser el único secreto del que tengo conciencia. Cuando ella calla yo sé que es la hora de comer y me siento en mi silla de la cocina. Ojalá todos los demás volvieran a estar allí, como lo estaban antaño. La vida es muy puta más allá de cómo esté uno.  
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jueves

La corriente de las cosas

"La historia es una aguja
para dormir a los hombres
ungida con el veneno
de todo lo que desean preservar"
(L. Cohen).

Alguien abrió la apertura del estanque de mi vida y esta fue saliendo a chorros poniendo la habitación perdida de algas y esos peces rojos con los que sueño quedaron panza arriba suspirando mientras unos niños intentaban, torpemente, recogerlos, confiarles más tiempo de vida en alguna otra inmensidad. Mi vida salió por debajo de la puerta y continuó su camino, primero a lo largo de la cocina donde un vecino veía el televisor y alzaba los pies para no mojarse las zapatillas. Luego, ya en la calle, esa vida continuó cruzando una carretera sin estar agarrada a la mano de mamá cuando me recuerdo yendo a la guardería en un pueblo lleno de peñascos y tiendas llamado Móstoles. Los neumáticos de los coches modelaban la forma del agua y desplazaban parte de ella. Es por eso que creo haber tenido la sensación de haber vivido en distintos lugares, y también en distintas charcas, al mismo tiempo.

Mientras corría a toda velocidad se me unía la lluvia y quedaban pegados a mí otros seres. Yo les dije que provenía de un estanque, ese estanque con peces que había en mi casa antes incluso de que yo naciera. Dijeron que cada uno era cada uno, me preguntaron si tenía número de la seguridad social, si cobraba paro y esas cosas. Yo recordaba un pez comiéndose a otro en el medio de mi corazón, que era algo que no decía “no” a nada. En las alcantarillas hace calor, dijo otro de los seres. Allí abajo nos costaba distinguirnos porque apenas entraba luz de afuera. “Es como si siempre fuera de noche” se oyó entre la multitud de gotas pegadas y, sin descanso, andantes.

Lo siguiente que recuerdo es un río. Abajo nuestro había zapatos y carros de la compra oxidados. Los vecinos se sentaban en la orilla y nos contemplaban movernos. Es una de las cosas más idiotas que he tenido que contemplar en mi vida.

También recuerdo las cosquillas de un bruto nadándome. Formar parte de las demás gotas de agua es una experiencia que dura toda una vida. El despertador no suena nunca. Nuestra vida es una fiesta hasta que nos rompemos en la orilla de algún mar muchos años después. Las depuradoras son también una fiesta y los cuerpos de la gente, todas las cosas están rodeadas de fuegos artificiales que hemos apagado dentro de nuestra organización de sueños S. A.

Mamá me despertó para ir al colegio, pero le dije que tenía una herida en un dedo. Me la besó y dijo que se me curaría.
Pronto serían vacaciones. Me recuerdo en ellas. Mi tía y mi tío habían alquilado un apartamento en Alicante. Yo estaba en una terraza comiendo un helado. Una noche vimos una película de un niño que se mató por jugar con pistolas. Al día siguiente me buscaron por toda la playa. Yo me fui a andar o algo. Recuerdo todo esto que digo, más o menos, y también que no había día en que me librara de la maldita siesta esa. Finalmente volví a Valseca con mis abuelos, que me preguntaron que qué tal me lo había pasado. Y cosas así.
Un niño intenta recordarse todo el rato, siempre y, cuando se choca con el miedo, se para un momento antes de volver a abrir los ojos, creo.
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domingo

Adiós horrible domingo

Desde que tengo recuerdos, aproximadamente un poco antes de iniciar el blog, yo me encontraba a mis anchas en el rincón de la puerta del bar de Marcial con una bañera de White Horse y hielo a la mitad. A mis alrededores salían ruidos y cosas provenientes de una partida de cartas compuesta de mujeres o de hombres del pueblo llamado Valseca y también otros que llegaban de la barra compuesta por aquellos entes amigos que, a la par, consideraba extrañísimos, a los que en una de mis novelas más valoradas, llamada “Cultivo de polvo”, denominé como Los marcianitos bonitos. Detrás de la barra estaba Furfis pasando una pañolada a las tazas del café recién usadas y, afuera, el viento, el polvo y toda esa basura proveniente de las eras que se infiltra en tu ropa y de ahí pasa a tu cuerpo cuando lo sacas del bar de Marcial para ir a casa a dormir. Yo, en aquel día del año, me encontraba, mientras bebía, leyendo el Adelantado de Segovia sin importarme el día al que perteneciese y, de vez en cuando, alguien venía a mi mesa, se sentaba y me preguntaba algo así como ¿Qué tal el día? Y yo decía: Oh bien, estoy pensando en alejarme de la literatura y, al mismo tiempo, seguir haciendo las mismas cosas que suelo hacer, es decir, escribir y dibujar. Por los dibujos en aquella época me pagaban una media de 22.000 pesetas por pieza, no era un mal negocio. En cambio, los escritos sólo me daban algo que nunca sé muy bien lo que es y que pudiera llamarse Prestigio. Se trataba de recopilar cada cosa que pasara, hacer una media de los pensamientos del ambiente, partirla por la mitad y poner como resultado en negro sobre blanco un punto y final a fuera lo que fuesen aquellas letras que salieran desde el inicio hasta el resultado. Luego le daba a enviar y esto era leído en los pueblos limítrofes, así como en Perú, México o la baja California. Todo el pueblo lo sabía, cada señor o señora eran una ficción en mi cabeza y esto me traía amigos y enemigos, como cualquier otra bobada terráquea. Ahí lo tienes, Juanito, el Dalí de la escritura, decía alguien mientras yo me gastaba las propinas de mis allegados en White Horse y White Horse. Este whisky ya no se encuentra en ningún bar de Madrid, dije a menudo. En mi pueblo siempre me han mimado bastante. Mis visitas se redujeron mucho a causa de la defunción de mi abuela, con quien conviví casi todos los días y noches de mi vida. Cuando murió hice tres cosas, trabajar para los niñatos de las letras en Madrid, garantizarme un polvo a la semana y abrir el blog La semejante criatura, es decir: el sitio (considerado no-sitio por algunos filósofos o como se llamen los señores que debaten sobre estos asuntos tan importantes) donde estás leyendo esto. Mi público está compuesto por algunos desconocidos del programa facebook, curiosos del mundo blogger, mi novia, algunas exnovias, mis familiares, algún que otro amiguete y Pedro Robes, conocido antaño, en la sección dedicada a los comentarios, como Coño-tieso y hoy (es decir, ayer) como mongolo.
Nada de esto importunaba mi vida, antaño consistente en un White Horse tras otro, hoy más moderada. A continuación fue Enrique, uno de mis mejores amigos, el que vino a mi mesa. Me encantan las noticias del Adelantado de Segovia, le dije. En tres ocasiones he sido protagonista de la sección Valseca, que cubre Álvaro, en una de ellas con foto, así fue. Aquella fotografía procuraba captar un cuadro DinA3 cuyas figuras a Pilot eran las de una máquina que traía angelitos y demonios al mundo, los cuales aparecían gobernando el papel no dejando apenas que se viera la máquina que los había llevado al papel (al mundo), gracias a lo cuál me habían ahorrado tener que dibujarla entera. Pues bien, en la fotografía yo salía al lado del cuadro. Cuando vi en un bar de Segovia por primera vez el ejemplar (no sabía que mi padre lo había comprado) vi que en ella apenas se podía apreciar el cuadro y sí a mí, que aparecía al lado sonriendo, greñudo y con una camiseta en la que se leía Sex on the beach. Y eso fue todo. Le dije a Enrique que viniese más a Madrid, pero solía decirme que siempre estaba liado, bien con los marranos, bien con las tierras y esas cosas y, claro, ahora tenía novia y todo eso de los fines de semana. Cuando él venía a mi casa de Brunete comíamos chino y salíamos y bebíamos moderadamente con excepción a un día en el que yo me desnudé en la discoteca del pueblo, siempre rodeada de chicos y chicas residentes en el pueblo de al lado (Villanueva de la Cañada), adinerados y consumidores de cocaína muy cortada y garrafa. Esto, salvo por mi figura desnuda en el medio de la pista de la discoteca de los alrededores de donde escribo actualmente, no ha cambiado demasiado. A veces voy allí solo, saludo al jefe, que me adora, pido una sin alcohol y me dedico a observar las reacciones de los chicos y chicas descritos más arriba. A veces alguien me pregunta qué llevo en mi cartera de mano y yo, en dos ocasiones, he respondido: pornografía, logrando los dos idénticos resultados que esperaba por parte de mis interlocutores (femeninos y descerebrados en ambos casos, efectivamente).
Pero yo ya no leo el ese tuyo porque casi ya no sale Valseca, me dice Enrique. Claro, ojalá pasase más tiempo en Valseca. Es más, si hay un paisaje con el que me identifico, y en él incluyo olores y amores de la infancia que en ocasiones cada vez más remotas significaban tremendas erecciones con sus visitas, tras la jornada de ayuda, al cuarto de baño, es Valseca. Sus calles simples y sus cruces de calles simples, sus nuevas casas y, al otro lado, sus nuevas otras casas, la cruz de Hontanares y una fotografía en la que mi abuelo está sentado allí conmigo en brazos en el año 78. Todo eso.
He dejado la priva, me dice Enrique un fin de semana tras otro, y se debe a que el anterior fin de semana ha acabado dormido sobre su propio orín, como yo otras veces, en el rincón de un pub cuando le despertó un chaval con una fregona y él abría los ojos, como yo tantas veces, preguntándose cerebralmente qué le ha llevado a no moverse de allí. Yo también dejo de beber, dije mientras pedí otro White Horse.
Claro que, en la escritura, los tiempos se manejan según antojo. Es un recurso como otro cualquiera. A Enrique hace exactamente un año que no le veo y yo cumplo cinco meses de sobriedad total en la que mis temas suelen ser mis coincidencias por la literatura madrileña y encuentros en la tercera fase, aparte cosas líricas, personas nuevas que aparecen como mi chica de ahora (María) o gente de Brunete aficionada a ver el fútbol en el bar de Toni, algunos son auténticos fundamentalistas. Yo no digo ni mu marque quien marque, pero paso el rato mientras consumo, por ejemplo, Ginger Ale o zumo de tomate, en alguna ocasión con tres gotas de vodka, lo que no me convierte en un reincidente de nada. Así es.
Recibo una llamada de teléfono. Mañana estaré ahí, digo. Luego pienso que he de llamar a Javi. Y así.
La vida era mejor en mis diferentes trabajos, ya fueran en Arganda, Boadilla, Alonso Martínez o la propia Valseca o, actualmente, el propio voluntariado para el ayuntamiento de Brunete pero, mientras, sigo haciendo cosas enormemente parecidas. Escribo en mi blog, paseo, leo, hablo con Jeny, con mi loro Charly, planeo cosas de futuro con María y voy tirando. Si ahora mismo estuviera con Enrique u otro en mi rincón de al lado de la puerta del bar de Marcial se lo diría, es mil veces mejor acompañar a Estivi con las bombonas de oxígeno por Palencia o Valladolid o, qué sé yo, a Fernandín o a Trucho con el camión de cebada... pero aquí estoy, y hay días en los que no ocurre gran cosa. Hoy de momento me he duchado, cortado las uñas de los pies, comido los restos del chino de ayer, cambiado mi estado de facebook, casi terminado una novela que estaba leyendo y, ahora, he escrito un post, otro, cualquiera, dedicado a Valseca, como siempre, y también a Mongolia y a las personas que me leen, por lo que sea.
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martes

De rosas marchitas y agujeros negros

Salvo por el agujero negro que, en ocasiones y sólo por el mero gusto de vomitarlo después para dejarlo en su situación original, se tragaba mi cerebro, todo iba bien en esa época reciente a la muerte de abuela. Aquellos días en que mi afición al whisky se acrecentaba, así como eran acercados, durante fiestas literarias, coños y culos en apuros, corolas de vergel muerto, chavalas que, simplemente, mientras se frotaban un poco, querían algo de cháchara del tipo ¿Has leído a Stravinsky o su puta hermana? Todo iba bien, mi canibalismo no parecía tener mérito pues ellas estaban encantadas de andar enredadas entre mis premolares mientras yo ejercía mi derecho a masticar su orgullo de leídas escritoras de cuentos de chica conoce chico. Me los sabía desde el primer renglón y me preparaba para la siguiente juerga. En medio sólo existían dolores de cabeza provocados por el whisky y otras drogas y, ay, esos malditos agujeros negros que, siempre que se han manifestado con el fin de bajar mis humos a La Tierra, han ido dejando piel muerta de sí grabada en mis posesiones grises siempre rodeadas de chapa mal pintada. Todo, creí, hasta que apareció uno de aquellos amores fundamentales en mi vida, una chica que me llevó a su pequeño apartamento de los alrededores de Chueca. Recuerdo que durante los primeros licores simplemente hablamos de cómo se las gastaban algunos sobrados e hijos de puta en esas fiestas a las que yo, por trabajo o algo parecido, había acabado siendo asiduo, y luego, sin más, hablamos de nuestras relaciones. Le dije que yo tenía una especie de novia puta. Esa chica sabía reírse conmigo. Se llamaba Elena, no lo había dicho. Hubiera estado bien que siguiéramos, pero tras aquel polvo no me cogió el teléfono y yo, después de una tercera intentona, dejé de llamarla. Otras veces que pasé, debido a algún recado, por las aceras de su piso miré arriba como seguro de encontrarla mirando por un balcón que ya no recordaba cuál era, tan sólo que había en él macetas vacías.

Alguien me ayudaba desde los cielos, seguramente mi abuela, para que aquel estrés no me influyera en absoluto. Espero verla cuando me muera y agradecérselo porque aprendí algunas lecciones de esos viajes trabajando para desiertos andantes vendedores de oasis en los que respirar sentado encima de una mesa repleta de papeles de trabajo, fotocopias y otras mierdas que me la traían floja más allá de recibir por esa ocupación un sueldo en negro venido de la mano de un estafador corriente. 
Lo mejor y lo peor de esa época seguían siendo las fiestas. A veces me diluía entre la gente, las demás me permitía comérmela, y esto, naturalmente, incluía a autores y sobrinos de autores, algún académico en una ocasión. No había retroceso ante esos soplapollas salvo en la oscuridad de mi habitación o la destartalada casa de la inútil de mi novia. Otras veces me quedaba a dormir en casa de mi jefe. Los días en que perdía el último autobús mi sueldo desaparecía. Allí nunca me relajaba, encendía cigarrillos mientras él deshacía otros y de vez en cuando me permitía coger una cerveza de su nevera, una especie de demonio del espacio, muy moderno todo. Yo pensaba: Los ricos, en fin. En la pantalla había una película a la que yo no presentaba el mínimo caso. Yo procuraba compartir mi relación con los agujeros negros con aquel pene andante mientras se acomodaba en su sofá y yo temblaba e iniciaba la conversación. Creía que ese hombre a veces desesperadamente tierno podría saber algo de ellos, de su aparición y mis teorías relacionadas con la muerte de mi abuela y las chicas que aparecían en mi vida, con quien unas veces follaba y otras no. El acto del amor poco tenía que ver con la saciedad de esos dolores. Solamente me tranquilizaban la pilila durante media hora y, media hora después, yo intentaba volver a la carga pero, ellas, tan hermosas, ya dormían como ángeles sin casa en cuya casa yo me encontraba, inserto en sus sueños e historias de la mañana siguiente cuando chica y chico se reencontraran desnudos en la misma cama y sin nada que decirse más que: ¿Desayunamos? O ¿Hay tabaco? Mi jefe nada quería saber y yo pensaba que aquel hombre tendría quizás los suyos. Luego supe que ese hombre no tenía nada de nada, sólo un negocio y, meses más tarde, ganas de matarme. A lo mejor tenía razón en lo de las ganas de matarme. La vez que me vio después de eso se puso a hablar como una metralleta tras soltarme un abrazo. Yo le dije, ay, que le había echado de menos, así, como si fuese verdad. No volvería a correr por esos pasillos en busca del coño definitivo y una cara que acompañase a esa peluda vía láctea. En su lugar había encontrado vidas de artistas que, a veces no hacían nada, otras pintaban y, otras, estaban conmigo. A ninguno le he hablado de agujeros negros. ¿Para qué sirven los artistas aparte para realizar orgías? Y allí estaba yo por primera vez en una. Todo el mundo magreándose, una fulana se acercó a mí y nos besamos, pero le quité la mano del paquete porque el ambiente no era el mío. Ella estaba hasta arriba de perica, como casi todo el mundo. Le dije que me disculpara y busqué una botella de licor encontrando, con suerte, un vodka medio lleno. Lo abrí y bebí a morro mientras veía cómo unos cuantos follaban y otros, como yo, simplemente permanecían en ningún sitio en particular, en busca -quién sabe- de la aparición de un agujero negro. Porque los agujeros negros daban otro aspecto a la vitalidad. Eran aquellos que te sumían en la desgracia durante veinte segundos y te devolvían renovado a un mundo rodeado de carne y gemidos en ocasiones en las que yo me llevaba a los morros una maravillosa botella de vodka que no había pagado. La chica con quien me morreé coincidió de nuevo conmigo cuando encontré un sitio para sentarme y le dije que si quería beber, pero dijo que no. Todo esto fue antes de darme cuenta que en su mano izquierda tenía la polla de otro pavo. Casi sentí celos o algo parecido, como quien dice ¿Pero ese trasto no debería ser el mío? Bebí, miré y reconocí a Pedro, preparador de funerales durante la semana, en los fines de semana venía a estas cosas, casi me río y, cuando ya no quedaba nada más en la botella, me levanté del sofá para buscar otra, aunque lo que hice fue desaparecer. Lo último que vi fue a una amiga y a un amigo follándose a una desconocida y, como me estaban mirando, les dije que me iba. Él levantó la palma de la mano como en un gesto de hasta luego.

En la calle había bastante gente porque era viernes. Anduve bastante hasta encontrar un pub tranquilo que conocía por Huertas y me metí con la intención de beber algo, pero no me gustó el griterío y marché rumbo a no sabía dónde. Saqué mi móvil del bolsillo y no sabía a quién llamar. Vi el número de mi madre y pensé que estaría acostada. Aquel día pagué una pensión, cosa que nunca había hecho en soledad. Me salió un poco más barato que un taxi hacia casa, al día siguiente, además, podría desayunar. Me sentía bien. En lugar de tumbarme a dormir hubiera escrito todas las sensaciones de las que fuera capaz en una libreta, pero no tenía nada parecido. Dormí y me duché al día siguiente y, mientras sorbía de un café con leche, me encontraba rematadamente escritor o señor o algo parecido. Hice tres llamadas a tías por si me invitaban a comer, pero ninguna lo cogió.
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