viernes

La vieja Polaroid


foto: Líneas albiesas, México (Marieta)

Era verano de mil novecientos ochenta y tres, en unas eras de por Valseca, Jesús y David me miraban mientras yo diseccionaba una rata con un palito. En algún momento tuvo, supuse, que comenzar la historia de la literatura que ya, por supuesto, hemos dado por acabada hace bastantes minutos. Unos pocos años más tarde de aquel mil novecientos ochenta y tres mamá compró una Polaroid.

1º fotografía: La Teo sonriendo.

Un amigo me ha dicho recientemente que he de encajar mis fracasos lo más rápidamente que sepa, obviando que ese saber es también un fracaso. Hoy escribo en una habitación de Brunete y, en el medio de su alfombra, vive una charca con tres ranas o sapos. El hambre que sale de sus ruidos, lo sé, es una ficción y, por favor, estoy intentando escribir una carta de bienvenida, así pues, les ruego.

Hoy he estado de médicos. Todo un motín a bordo. Sabotaje. A cambio él le ha dicho a mamá que nota a Alberto un poco agresivo. Papá estaba mientras haciendo un solitario típico de esos de cartas. Bien e incluso he accedido a que me hicieran una nueva analítica con tal de dejar de oír a aquellas putas ranas que viven en la alfombra de la habitación de Brunete. Su hambre es vulgar, quizá hasta sea otra cosa idiota de mi cerebro.
Los niños han desvalijado la que era mi habitación en ese pueblo de mierda cuyo nombre no recuerdo si es correspondiente con el lugar en el que me encuentro ahora y, aunque “el hombre es radicalmente más de lo que puede saber de sí”, también han desaparecido mis colecciones de cosas nada necesarias. Cosas que recojo en los paseos esos que daba por el monte y que es una manía, la de recoger, que también he continuado en Madrid. Una máquina tragaperras a la sombra de un chopo, por ejemplo, pesa demasiado. Debieron de robarla de algún bar y reventarla allí. Me acerqué y me hice, golpeando antes con un mechero, con un trocito de plástico duro que mostraba un dibujo, lo cogí. En eso consiste que yo me mueva de un búnker.
Además estoy faltando mucho a la facultad, donde me lo paso muy bien y hablo con gente.

2º foto de la Polaroid: Mamá, la Teo y yo. Al fondo la casa del cura que, hoy, es la casa de un familiar mío.

Vuelvo a lo de los libros: Pensé que había sido yo quien los había trasladado y así es en algunos casos, pero no todos. También me han hurtado o escondido algunos, quería decir, sí. Casi no hay ninguno que no contenga anotaciones mías atrás, delante o en el medio. Me da igual la existencia de esas anotaciones (más aún las propias anotaciones) pasados unos minutos, en cuanto habrían de responder a otro yo, pero, aún cobijada bajo ese parecer, la agresión es existente. Mi habitación, como yo, parece que es de todo el mundo. Y lo es. A ver, al ser de Alberto. Pues tampoco es eso.
Por ejemplo: un amigo va y me dice: He leído tu cuento, que sucede en una especie de sanatorio mental dentro de una mente. Y añade: Es algo beckettiano.
Pues no, seguramente es uno que va sobre soldados, fijo. Estoy seguro. Yo escribo cosas normales, de la vida real, intento darles un significado, esta vez con letras, a ver qué pasa. Es lo mismo que hago con guardar en una misma puerta de armario todas esas cosas innecesarias que recojo por la calle. (Mira qué resumen más finito me ha salido de la obra cumbre de William James). Prefiero escribirlas porque caben más en menos espacio. Así en el blog hay unas y en los libros otras, en el moleskine otras distintas y en los cuadernos de mi juventud, ¡claro!, cuando de verdad escribía yo bien y donde se me nota esa pasión que he ido enterrando hasta que no sé qué ola la alimentará en la ocasión siguiente. Caben muchas. No es cosa llenar la casa de trastos. Para eso ya existe mi tía Pepita.
PD: Las ranas han callado. Continuaré este escrito mañana, si es que sigo usando este ordenador. Con esto quiero decir también: Hemos cambiado algo, no yo, no.
(Dormir es de pobres.)


Siguiente oración: Hoy he soñado con que volvía a empezar la Edad Media. Todos los hermosos caballos estaban agonizando en el barrizal, no tenían patas. Unos niños se sentaron cerca para ver chapotear a esas asquerosas fieras. Las madres preparaban el queso en sus casas, todo estaba bien, como el amor. El amor pasaba en uno de los hostales de carretera. La tetona que había arriba le decía al tiparraco: Oye, ¿Va todo bien? Imagínatela ahora calzándose. No era la puta edad media del viejo Strindberg, joder, eso era el oeste. Las buenas del oeste. En la cantina, un hombre dice: ¿Sabéis cuál es la casa de Penélope Banks? Un hombre sin dientes ríe en la barra, le dice si no ha tenido suficiente esa mala puta. Yo sigo en mi habitación oyendo el hambre falso de tres ranas o sapos. Con todo esto quiero decir que he dormido maravillosamente y que no recuerdo de qué va este post, salvo de dos o tres sapos y ranas que siguen hoy acá, con sus ojos exiguos clavados y tampoco, claro, es que existan, como no puede existir su maldito hambre, dije mientras me desayunaba un trinaranjus en finales de octubre del año 2010, la jodida edad media.

En las editoriales de estructura me envían a las de poesía, en las de poesía me envían a las de zoología. Necesitaba desaparecer, calmar el vacío de las putas con haloperidoles. He tirado la marihuana que encontró Julita porque estaba sequísima. En la facultad estaba anotando los horarios en un libro que acababa de comprar y un hombre se me acercó y me dijo que él me dejaba hojas y yo dije que no, que el libro era mío y que gracias y dijo que no le parecía natural y saqué del bolso el cuchillo ese del jamón que llevo para defenderme de los homosexuales del metro de Madrid y le dije que yo soy así, coño. Y la gente, como si yo tuviera un problema mayor que el de cualquiera, diciendo... Existe un parentesco, no hay duda desde que esto empezó, entre la naturaleza y el ser humano. Yo hablo en el yo para descubrir en él ambas cosas. Nací, punto. Escribo, pero eso ya es sólo una puta enfermedad. ¿Qué hubieras hecho tú si cuando cumpliste un año te hubieran arrancado, de pura felicidad, las dos orejas? En ocasiones me siento como Richard Chamberlain en Kung Fú y me digo a mí mismo: es el momento de beber agua.
Las editoriales españolas son maravillosas. Echa un vistazo a las tiendas especializadas en tebeos.

Un maya asustado hablando en mayo: ¿Qué coño es eso?
Chamán: Ostia, me has pillao.

Los españoles bajan de una barcaza y les hablan, luego cogen a uno de los niños y le cortan desde el codo. En esto consiste el padrenuestro. ¿Dónde está el puto tesoro?
La gente mira al chamán que permanece callado, luego dice algo como Chicos de la tierra, esto es una putada del copón, neng, joder.

No sé qué hay para comer, luego volveré a casa y, antes, me tomaré un 7up en el bar de los poetas, por ejemplo. ¿Progre o facha?... ¿Y tú me lo preguntas? Pues lo contrario que mis exnovias. Siempre.
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Carta de ajuste (Jota de despedida)


A su aún no olvidado nombre, porque del resto no me acuerdo;

Creí que este podría ser mi lugar en vez de cualquier cosa de esas que te sacan de la realidad o te prestan otra o lo que sea. Pues no. Madrid, la hermosa, es también, se sabe y lo dijo aquel parvulario, un estercolero de subnormales. ¿Tampoco es eso, no? Pues tampoco, claro. En este inicio el idiota -subnormal- soy yo, sin ninguna duda. Perdón, voy a empezar este escrito de nuevo.


Madrid es un lugar estupendo, sin ninguna duda. Acabo de llegar de un recital de poesía en un bar ambientado en los años de nuestro amigo, el solo de tenor, Lenny Bruce. Sí, salvo quizás por lo de “el solo de tenor”, mucho mejor así. Continúo. Tampoco he ligado, lo que es muy raro, sigo (bueno sí, ligar sí, perdón). Ya me voy centrando, descubro.
A ver si consigo seguir así, por el buen camino, que diría un amigo mío que, por cierto, no sé si está vivo, que nunca ha estado / estuvo en uno (no ya bueno), como seguramente yo, quiero decir, Alberto o como se llame eso que no sabe silenciar el teclado algunos jueves por la noche e incluso martes, miércoles, sábados, todo eso.


Nada más entrar he mostrado, con la mesura que sé, mi respeto. Un saludo de una conciencia breve. También he dicho: Hola, soy Alberto (que es como me llamo) y he al barman pedido una tónica. No estaba mi nueva amiga Mariona, que conocí ayer en el mismo lugar, lo que me ha ahorrado estar dentro de mi polla durante la duración del espectáculo. Finalmente he estado en un lugar parecido, la idea de escribir, no esto, sino lo de hace un rato, muy distinto a esto y que, claro, a saber si lo escribo algún día, que seguramente no. A lo lejos, entretanto, escuchaba a Lou Reed 1 decir: Nueva York, y a Lou Reed 2 decir otra vez: Nueva York. Yo nunca, y lo siento (tampoco tanto, no se vayan ustedes a pensar), he sabido qué es eso y quizás, por desgracia, no lo vaya a saber. Sí, claro, por las películas sí, y los libros y las fotos y lo que me han contado mis amigos y los que no son mis amigos. No es vanagloria, como dice mi amigo el que ha follado con siete u ocho sin sacarla, pero es sabido, aunque sea por lo que he escrito otras veces o dibujado, que tengo una imaginación bastante permeable (en definitiva es esa cosa que algunos confundidos llaman sensibilidad), que no necesariamente talento, y, claro, si oigo Nueva York acuden muchas cosas, muchas. Ojalá sólo hubiese oído, durante el concierto, la palabra Nueva York, pero no ha sido así y, posiblemente, debido a ello, sigo despierto, con lo que mola (en el caso de hoy) estar durmiendo.


La rima viejo con colegio de uno de ellos me ha puesto un rato en mi sitio, es decir, en todos esos lugares donde no quiero estar.


También me ha recordado una mañana maravillosa en el campus. Al salir de clase, (donde creo que la gusté a la maestra cuando dije aquello que dijo Nabokov a propósito de Sancho Panza, aunque fuera Kafka el que quizás lo dijo) tenía que esperar a Rober, que me ha traído apuntes (gracias!) con los que, ahora, debería estar poniéndome las pilas en latín, en cuya clase no sé en qué nave paseo, y, en la espera, sido encontrado por Odile y un nuevo amigo, charlando los tres sobre el harakiri, las chicas y los chicos, James Bond y muchas más cosas. Me he dado cuenta de que hablo mucho y de que no tengo excusa también. Lo estoy pensando ahora, aunque eso no tiene absolutamente ninguna importancia, claro. Ahora mismo sé que el mejor truco para estar callado es callarse. A ver si me acuerdo dentro de un rato o, de nuevo, otra vez, ahora.


Lou Reed 7 ha dicho Nueva York por sexta vez. Yo he estado aplaudiendo todo el rato, absolutamente todo, menos cuando hablaban. Perdón: New York. Era New York lo que decía, no Nueva York. Yo estaba viendo Manhattan en ese momento en noviembre o diciembre de 1999 en mi casa de Brunete, junto con mi abuela que decía: qué tonto es este hombre (refiriéndose a Woody Allen) y yo la decía: Que no, abuela, que es un genio. Y ella me decía que era muy feo. Y yo: ¿Qué importa eso? Y ella: Yo no entiendo tus películas. Y yo: Esto es mejor que los programas que ves tú de las desgracias de España. Y ella: Hijo, tú y yo nunca nos ponemos de acuerdo. Pues sí nos pusimos, estoy seguro, no ese día, en general, mi abuela y yo estábamos de acuerdo. Lo supe, cuando ella ya no estaba. A veces se me olvida, pero porque se me olvida todo.

No, en 1999 yo no hablaba, fue antes, cuando todavía teníamos el vídeo. A mí no me gusta ver pelis en general, pero he visto muchas, así que no me digan cosas raras sobre eso, por favor.

Lou Reed 1 y Lou Reed 5 discuten por la calidad de una película sobre un escenario, discuten y se enfadan y al final uno le llama gilipollas al otro, o, como a mí me dijeron una vez ¿Pero no has escuchado a los Iron Butterfly? Y luego: Entonces no has escuchado nada.
Por lo demás, casi seguramente, aquella cara que no recuerdo -lo siento-, nunca probó las lentejas preparadas por mi abuela, lo que tampoco quiere decir nada, quiero decir, por favor. Y luego está que, menos aún creo que en la vida, este blog no es el sitio más paradigmático para decir que ciertas cosas están feas. En cualquier caso es un lugar donde, cuando llego de repartir publicidad de la empresa de mi madre y mi padre (donde a día de hoy sólo somos, contándome a mí -como publicista- y a ellos, 4 empleados -luminosos Velasco, 91 6112213, rotulamos, montamos, diseñamos, todo tipo de materiales, vinilo, metacrilato, neón, búsquenos en el google-) a las tantas, cojo y transcribo el maravilloso relato de Juan Rodolfo Wilcock porque cabe la posibilidad de que usted no lo haya leído aún y es muy difícil de encontrar en las librerías y, creo, hasta por el internet, al menos hasta ayer por la noche.


Ya me he encontrado, de eso quería escribir cuando Lou Reed 17 ha rimado espuma con puma. Ahí es cuando me he levantado y dicho para mis adentros: joder, Maldoror ¿Qué haces aquí? Pero luego me he vuelto a sentar. Y he aplaudido (en esto prefiero la labor de pionero) y sonreído y, luego otra vez más, aplaudido y sonreído. Me voy a largar de este puto barrio echando ostias. Me he relajado, luego, de nuevo, si alguna vez lo estuve y dado gracias a dios (relación de mis manos con el cordón umbilical de mamá y mío, hoy) de mi sobriedad, de mi negación al borrachismo ese capaz de haberme convertido en alguien capaz de subir al escenario para romperles los papeles a los poetas que, seguramente, también son personas al fin y al cabo, con familias y eso.


A mí me gusta mucho la música clásica, y el que más me gusta de la música clásica es Felisberto Hernández. Eso no lo puse en el post del otro día. Mira, me he dicho, Maldoror, pensar eso relaja. Además, hoy he estado con Jose, que me ayuda y enseña trucos muy valiosos para eliminar la ansiedad o pánico o como quieras llamarlo, cuando se manifiesta.


Ayer, por cierto, encontré en un nuevo y viejo, claro, libro de Burroughs -publicado por la quizás demasiado exquisita, estupenda pero muy expensive y no está en Moyano, editorial Caja negra- que se llama “La revolución electrónica” y que tiene un muy buen prólogo de Carlos Gamerro. Lo tengo subrayado, copio: “La hija adolescente es sólo un refinamiento. Básicamente todo lo que necesita son grabaciones sexuales en el número 2 y grabaciones hostiles en el número 3. Con esta simple fórmula cualquier hijo de puta de la CIA puede convertirse en Dios, esto es, en el grabador 3. Reparemos en el énfasis puesto en los materiales sexuales de los allanamientos y en la colocación de micrófonos ocultos en el pozo ciego de Watergate… Poner micrófonos en el dormitorio de Martin Luther King… kiss kiss bang bang… Una mortal técnica de asesinato. O como mínimo certera para desconcertar y situar a los oponentes en desventaja. Así que el verdadero escándalo de Watergate que aún no ha salido a la luz no es que hayan puesto micrófonos ocultos en los dormitorios y registrado las oficinas de los psiquiatras sino el uso preciso que se hizo y se hace de este material sexual. Esta fórmula funciona mejor en un circuito cerrado. Si las grabaciones sexuales y películas se extienden y son toleradas y mostradas públicamente, el grabador 3 pierde su poder. Lo que quizás explica por qué el gobierno de Nixon está decidido a cerrar sets de filmación y a restablecer la censura en todos los libros y películas: para mantener el grabador 3 en un circuito cerrado.” Aclarar que en el caso mío, el yo ideal intuido transcurre en la hija adolescente, no en nuestro amigo Martin Luther King y no, desde luego, en la CIA ni en Richard Nixon, tampoco en mi querido William Burroughs ni en el traductor -hoy o ayer la cosa va de hallazgos- Mariano Dupont.

Es muy tarde. Pensé que iba a hablar de pajas en esta entrada, por eso la dediqué a una especie de cosa siniestra cuando debería de haberlo dedicado a la sobriedad, en este caso, de la primera persona del singular. Quizá lo titule sobriedad (vida, obra y milagros).


Al terminar he pedido un café y acercado a felicitar a Lou Reed 3.421, que se me ha pensado que yo estaba hecho un Bunbury, con la taza sin sorber aún en la mano (1`20, leche templada). Tiene que ver con la sobriedad dejar a cada quién con sus dudas y prejuicios ya que, se sabe, la solución, en uno mismo, es procurarse dudas y prejuicios y procurar, de nuevo, ese ambiente en el otro, por decirlo de alguna manera, de puro macho. Cuando me ha preguntado cómo les había conocido (que implicaba la realidad: tú no pasabas por aquí y ya está) he respondido que soy nuevo en el barrio y que el del bar me dijo, tomando algo, que, los jueves, hacían cosas de poesías (sí, en plural -por alguna razón de forma, aparte lo cariñosa, mi amiga Carmen, que conoció a tipos no necesariamente tan dispares como Dalí, Cantinflas, Umbral, Tip, Santiago Bernabéu, Haro Tecglen o José Luis López Vázquez me denomina Maquiavelo 2-), y la cosa ha surtido efecto, es decir, me he ahorrado tener que conocerle más -se lo ha ahorrado él en la forma, bastante despreciativa en el ademán, pero yo he hecho lo que quería: desaparecer, salir, ir a otro bar mejor, porque me llegaba para otro café y, ahora mismo, no sé desde qué hora estoy escribiendo esto, que es larguísimo ¿Verdad? Les explico:


Esta mañana, en el metro, quería escribir un post sobre La gran novela norteamericana que, di por supuesto en ese momento, era El pez plátano de nuestro amigo Salinger y, aunque aún ahora estoy seguro de ello, las fuerzas del escribir se me han ido hacia otro lado y, en el anterior punto, he culminado hablando de la forma en cómo Lou Reed y pico me ha renunciado, aunque también decidido explicar que ha sido porque mi sobriedad lo ha decidido, lo cual me lleva a grandes textos sobre ese tema en cuestión, ejemplos: Gombrowicz en casi todas sus obras incluyendo la obsesiva manera en que lo esconde de sus diarios y, posiblemente, otro alucinado, el también buen chico Antonio di Benedetto en la manera, distinta, de implicar esta idea basada en la obsesión y la recuperación de una identidad contenida dentro, por supuesto, de una simple cara, no lo dije, a través del cambio de estilo, que implica coger los restos antes de la propia invención de uno mismo, a lo que habríamos de sumar el caso -patológico también en el caso Gombrowicz- de escribir y, aún peor en lo referente a la patología, de escribir bien, de hacer calidad literaria. De los que he estudiado quizá el caso más extremo no sea el de un escritor sino el de un intérprete, alguien absolutamente inimitable, es decir, un genio, quizá el último, Glenn Gould. No se lo voy a explicar, léanse los putos libros. Sólo quiero aclararme yo a mí mismo en mis ejemplos y, lo único que hacen es traer otros. Desde que vivo solo en Madrid soy demasiadas cosas, al vivir. No, no es que sea Madrid, no, sino simplemente vivir, porque la posición fetal que adopté en la cama de mi borgiana habitación en la cual hasta me masturbaba, no digo más, no era vida ni era yo y, tuvo muñones, era sólo el precio de ser muy lindo y, para mi desgracia, hoy por fin pasajera -razón por la cual hoy a veces sí sé la realidad de todas las cosas y personas, sus secretos aparte y percepciones que, como muñequitas rusas han ido desvelándose en mi manera de entenderme a mí mismo hasta por fin reunirse en la gran madre que soy-, seductor.


Otra realidad del pasado reciente: No he ido a AA, bajé al bar y vi un poco del atleti. Voy a pararme un poco aquí, para luego retomar el por qué no he asistido a AA, que mejora mi calidad de vida, así como la calidad de mis oficios y hobbies, léase leer, escribir, aparte una vida dedicada a la esquizofrenia coherente y, por ende, basada en la fraternidad: con lo que también quiero decir, si te he rechazado se debe únicamente a que, querido y muy sufrido amor, yo estaba ebrio, quiero decir también: hoy no, pero también: No sé mañana.


Lo del atlético de Madrid: Soy del atleti porque mi padre, una persona sencilla, buena y bruta, cuya obra menor -que hizo junto con su amigo César, fallecido hace aproximadamente diez años- vive en el conjunto de nombre España y se llama Eva María se fue buscando el sol en la playa con su chaqueta de piel y su bikini de rayas o la otra, no me acuerdo, como se llame, que fue comprada por Fórmula V por 30.000 pesetas del año, quizás, sesenta y nueve y que, probablemente, haya generado a la ilusión de este nuestro país algún que otro nuevo ciudadano, me da igual si drogota perdido como yo… mi padre era del atleti y por eso yo soy del atleti. El atleti. Pues hoy ya he decidido que no voy a volver a ver ningún partido más de fútbol que, en mí, es el atleti y, alguna vez, España o el Barça, Dinamarca y el Madrid-Milan del otro día, porque quería comer algo (panceta fue). El atlético de Madrid es el equipo más ganador que hay, junto con el Inter de Milán anterior al año pasado e inclusivo el de sus dos ligas perdidas y ganadas. Eso es lo que quería aportar. Otra cosa: sólo sirve para dedicar post a Arteche (y seguramente en su día a Gárate y a Luis Aragonés -como quien dice: ojalá algún día a el Kun y a De Gea-). No fui mucho, pero recuerdo el partido contra el Groningen o como se escriba, mi primer partido… no, no, ya he hablado bastante de esto. Mi ídolo era Paulo Jorge dos Santos Futre, un día me acerqué para pedirle un autógrafo, yo estaba muy nervioso, pero no me lo pudo dar. También un día fui a ver a Tomás, que estaba en el restaurante Torre Eiffel de la calle Seseña -me costó escaparme saltando la puerta del colegio, él no tenía tinta en el boli, dijo, y, en la vuelta a mi jaula, siguiente salto, me pillaron y me castigó el señor director, que tenía bisoñé-. No puedo, no, no voy a volver a hablar más del atlético de Madrid ni de mi Liceo Castilla ni de mis amigos, que no sé dónde están porque crecieron, ni de Aluche, no, no voy a hacerlo nunca más en mi vida.


AA: No estaba pensando en el atleti, la razón de no ir ha sido que pensé en la posibilidad de los ojos y coño de Mariona, a quien conocí ayer o anteayer. No es suficiente. AA da más. Una de esas cosas que te dejan lo suficientemente perplejo como para seguir en este mundo incluso expresándose. Su literatura es acojonantemente seria, encierra para sí el humor de Beckett y la lírica de un Cioran o el Bataille de Lo imposible. Lo que nos reúne recuerda la anécdota que me ha contado Jose hoy: En una de tantas ocasiones, Teresa de Calcuta (nótese la ausencia del “santa”) se encontraba bañando leprosos en el río ese que hay por Calcuta, cuando una señora se le acercó y dijo que eso no lo haría, no me acuerdo, pero por una cifra desorbitada de millones de dólares. A lo que nuestra amiga Teresa le respondió: Yo tampoco lo haría por 10.000 millones de dólares. ¿Y por qué lo hace? Dijo la joven. A lo que Teresa dijo: Sólo lo hago por amor. Bien, pues eso yo encuentro en AA, donde soy las tres personas encerradas en Teresa, la joven y el leproso. Pero donde me sé obligado a hablar y escuchar desde el leproso. Así funcionan las cosas, Rubalcaba. Me refiero a las cosas que funcionan.

Sobre meter la pata: Tiene más que ver con Richard III que con el Harold Lloyd de La vía láctea, pero vivimos aquí, en este tonto momentito, y la cara de Harold Lloyd en La vía láctea también está para ser usada.
Más sobre esto: Soy inocente debido a que soy una persona, dijo la madre de Caperucita (pero la que no sale en el cuento, sino la otra) y es mejor no mostrar más que una pequeña dosis de tu oro. Se aprende muchísimo más y permite acallar la solemnidad del maestro con mayor rapidez. Hasta las mentes más viejas que he conocido han hablado en clave delante de mí. Una clave que, lo dijo Platón, se sabe antes del nacimiento. Una clave, insisto, son todas las claves. Casi solamente de eso, bajo distintos etiquetados, ya que la historia de la filosofía también es una compra-venta de estilos- va la filosofía de tipos como Deleuze, Derrida, Levinas… esos. Un truño.


No puedo decir nada, esto es lo más importante, en mi probable dignidad añadir que Eso no se calla. En una ocasión, como recordarán, Churchill le dijo a un joven diplomático que aquello que iba a tener enfrente era siempre el enemigo y que, de nuevo, siempre (son horas más tarde, me he quedado dormido delante del ordenador). Ya no recuerdo lo de Winston Churchill, venía a decir que el enemigo le iba a temer mejor por lo que callaba que por lo que hablara.
La política, en fin. Mira, yo sólo eso lo he visto últimamente en Valseca, donde me increparon injustamente por escribir sobre Valseca -el mando- y dije que me presentaría a las siguientes elecciones. Nadie me creyó, e hicieron bien, porque con ello consiguieron que no lo hiciera, lo cual no puedo negar que bien, desde luego, me ha venido y me vendrá.


Otra un poquito más grande pero no demasiado, el mundillo madrileño de la literatura que tuve la suerte de conocer bien. La ventaja: que dos meses después todo el mundo vuelve a no saber quién coño eres (e incluso uno mismo en mi caso, cosa que, creo, ya he superado totalmente y que ni de lejos hubiera conseguido ebrio).


Lo que quería decir desde que me quedé dormido era que, vete a saber, quizá mañana vuelva al bar este y le diga a Lou Reed VI que quiero ser su amigo y recitar poesías con él por los bares de España. ¿Por qué no? Me están entrando ganas de hacerlo. Soy la bestia que quiera en ese terreno e incluso capaz de robarle Rimbaud, Dylan y Mapplethorpe a la legendaria (y así se quedó) Patti Smith. Querer es poder y además yo lo valgo, soy más guapa, creí, aunque recordé una de las escenas que más me gustan de la televisión, de Tomates verdes fritos, ese: soy más vieja y mi seguro lo cubre todo.


Ayer, un hombre dedicado a las letras en serio y persona amiga me dijo: No eres prudente. Y tiene razón, lo he sido muy poco.
Da igual.


Otro de los motes que me pusieron en el pueblo: Alberto el enterrador. Antes de eso: guarrilla (yo tenía, ay, cabellera donde hoy tengo peluqueros, antes Javi, hoy una negra, aunque me he empeñado de nuevo en el pelo largo, también tenía entonces la chulería roquerita de jugar con la higiene, cosa que hoy no me puedo permitir y que, entonces, me enseñó desprecios de los que aprendí una sola cosa: Conviene ducharse casi todo los días, incluso perfumarse un poco -Nenuco-).
También, durante esta época que llevo despierto he recordado otras conversaciones de pelis: ¡A comer! (Saló) ¡Cava! (El bueno, el feo y el malo) y Córtate un poco la cara (Hannibal Lecter). No son textuales, son como las recuerdo ahora, ya ves.
Terminar un blog es hoy como morirse. Que no se termina de morir uno y, dentro, todo el mundo quiere decir algo.


Mira, chico, encima de esta frase tienes la puta enfermedad de esta sociedad, me dije antes de volver a pensar en parar quieto de una vez.


Otra más: Perdí el miedo al brote psicótico. Puedo bailar aún teniendo las piernas como las tengo en esta noche. No tengo frío, lo cual no es lo habitual en este sitio en la última -mayor-oscuridad del día de ayer. Si me constipo me iré a Brunete o, mejor, incluso llamaré a mamá para que me recoja. Brunete: Un sitio donde aquellas personas de quien me creía amigo llamaban a la policía cuando me emborrachaba, lo que supuso que terminara siendo amigo de la policía de Brunete más que de mis propios amigos. Amigos como la basura de Osquitar. Ay. Uno sólo puede ser timado cuando tiene en la cabeza un timo. Cuanto mayor, más timado. Esto lo dijo Buda en el mismito Dhamapada, que regalé a un timador que, encima, se creía guapo, onubense.


Esto que estoy haciendo hoy con la escritura hace que me pregunte ¿La sobriedad es esta mierda? Pero compré ocho cocacolas el lunes y acabo de abrir una. Para vaciar el cenicero he de ir a la cocina, lo que es mucho más arduo.


Segundo subrayado (sin contar el prólogo a la edición, que he subrayado entero) del libro que tengo entre las manos “¿No ha ido nunca aquí a la iglesia de los desamparados -preguntó de pronto-, donde está la Virgen de los que no tienen a nadie?
M. Laruelle negó con la cabeza”.


Con esto quiero decir, leo para mejorar mi estima y, aparte, no sé para qué más. También se consigue masturbándose, siempre que ella valga la pena.


Más notas: No, no tengo. Estaba vacilando.


Lo que sí es cierto es que el día 2 de octubre de este presente año me propuse vivir en sobriedad, cosa que, poco a poco, están notando los espacios dedicados a las horas de mi agenda (he tenido que ir a una papelería a comprar una puta agenda y no lo hubiera imaginado).


Otra: He llamado dos veces en cuatro días a esa nueva chica preciosa (resistido al menos ocho), no lo ha cogido y ahora mismo aún me da pereza eliminar su número del aparato, entre otras cosas, porque no sé qué nombre puse. Ya, no me lo creo ni yo. Bueno, hoy Mariona no estaba, y quizá no vuelva al bar de los poetas. Hoy ya no, de momento. Necesito dormir.


Más: Como con este escrito me estoy mostrando que lo que no quiero es morir y dejando mucho en el tintero, quizá finalmente deba escribir más despedidas de blog, así que esto sólo será el inicio de una de mis tantas obras literarias. Otra gilipollez dentro de mi corazón. Es broma.


Mientras, mi biblioteca de Brunete está siendo interrumpida. Mi orden ha desaparecido para ser impuesto por Julita. Cuando voy me encuentro los rojos con los verdes y me sienta muy mal. Me va a dar una embolia un día al entrar. Hay un chiste de Palahniuk que me encanta, es de Fantasmas, una tía o un tío se estudia todos los libros del feng shui para aprender a colocar los muebles de la entrada de manera que pueda provocar la muerte de su compañero cuando abra la puerta y los vea.


Aparte una novela, que está en pequeños museos y que es muchísimo más importante para mí hoy -amistad, quizá, alegría y respeto- que lo que voy a contar a continuación, un extraño editor sacó un cuento mío en un libro de famosos y putillas, con el mal gusto, permítanme, de colocar por orden de (no sé cómo se dice importancia en francés). Es malísimo -el cuento- porque formaba parte de una novela (que no sé en qué ordenador tengo) y lo saqué debido a que padecí una influencia. Por sí solo perdía sentido, lo cual convierte cualquier cosa, posiblemente, en mala, en general, no como linealidad que, anda demostradísimo, puede ser un recurso muy prescindible. Hice siete versiones incluidas otros cuentos, porque el editor se empeñó y, haciéndolo, me ahorraba reírle los chistes cuando pagaba él las copas -yo entonces bebía, no mucho-. Finalmente se publicó, en un arrebato de elegancia malentendida, la primera versión ¿Pero qué soy yo para hablar de elegancia malentendida?
Sí, mejor dejo eso. En ese mundillo no sólo fueron eludidos mis estudios, además, esos amigos de quienes yo aprendía literatura informaron, es una opinión, injustamente de mí cerrándome puertas laborales y, mejor, amorosas, lo que tampoco quita que yo siga haciendo mi vida con la paz que sepa y pueda. Las 7:02.


No, no voy a hablar de tías. Se me han venido a la mente, pero no lo voy a hacer.


De verdad no entiendo por qué aquellos que yo creía mis amigos no editaron el puto vídeo con sus putos cortes. Entonces yo no tenía ni siquiera abogado más que el de mi familia. Me hubieran ahorrado muchas conversaciones con san Juan de la Cruz en la cocina y, quizá, que hoy le hable a san Agustín -el de las Confesiones sólo-. Mi loro, Charly, que ha sobrevivido, los personifica con solera. Pero no le puedo traer aquí, por el frío. Ahora hablo con una perrita y con dos gatitos negros. Si hubiéramos sabido que el amor era esto, querido amigo invisible de nombre Chicho. Incluso hasta hace cuatro años tenían las de ganar y, sin embargo, hoy siguen siendo ocho mentes contra una y, aunque capaz entrecomillas, rota.


¿Por qué dejó de llamar el padre Alfredo? Vale ¿Pero, y Chicho? La parroquia me ayudó mucho en mi infancia, a despertar hacia la vida real. Pero todo desapareció de un solo golpe en un muro que, aún hoy, en mi sobriedad, no veo.


PD: Esto es una despedida, pero light, no definitiva. Yo ahora me voy a dormir (incluso lo colgaré en el facebook) y mañana, aunque no sé qué voy a hacer del todo, viviré, creo, ahí voy. Y tú también. Me imagino, la verdad, que sólo eres alguien que lee sólo los principios y finales de los post. Este de hoy no me acuerdo de qué va excepto que se puede empezar y acabar por cualquier lado, aparte de por supuesto, quiero decir: me he esforzado en ello, quiero decir, literariamente.
Pero debo dejar a un lado, para acostarme ahora, lo del psiquiátrico y lo del ajedrez, que me gusta mucho, sobre todo mirar, quiero decir: también me han ganado mucho, aunque descubrí un don y tengo que hablar de ello. O a lo mejor no. A lo mejor se acaba esto y ya, y mis amigos me han dicho que tengo que escribir en otro sitio, donde entra más gente y serio, y lo pondré aquí porque es dentro de poco. Dame la mano, no me sueltes aún. No sé.

PD 2: Un triste cigarro,

jueves

Las muñecas, de J. R. Wilcock

“Es un gran armario de madera de nogal, simple, vertical, al mismo tiempo pesado y elegante, casi un símbolo de la digna estabilidad; por otra parte está siempre cerrado. Por dentro, el armario está dividido con estantecitos, y en cada uno de estos estantes vive una escritora; en realidad son las viejas muñecas que se volvieron escritoras solamente por obra de la inacción, la oscuridad y el aburrimiento. Por esa razón todas llevan trajes coloridos, a menudo los trajes de alguna región o provincia, y la cabeza ligeramente desproporcionada respecto al cuerpo, demasiado aplanada, demasiado en punta, o simplemente demasiado voluminosa; salvo una poetisa que la tiene pequeñísima, y esto hace reír mucho a las demás, como si tener la cabeza pequeña fuese más gracioso que tenerla grande.

De todas formas, y como el armario no se abre nunca, y los estantes no permiten otra comunicación que la habitual entre los presos, por medio de golpecitos dados en un sistema convencional, poco a poco casi todas las muñecas se han dedicado a la literatura, y así se volvieron novelistas, poetisas, críticas literarias, críticas teatrales y consultoras de editoriales. Allí dentro todo es un continuo repiqueteo: cada una quiere hacer oír a las otras sus propias obras. Pero éstas son, de más está decirlo, obras de muñecas. Está la novelista con gafas que después de diez años de trabajo consiguió escribir esta novela, titulada Huelga: Hacía frío. Los obreros hacían huelga. Sobre el más frío el más joven murió de huelga. Está la dramaturga de vanguardia que cada año presenta la misma comedia en un acto, titulada El otro: ANA: Dame un beso, Edgardo. EDGARDO: No puedo, amo a otro. Está la chica teatral que cada semana redacta su veredicto: Brava la Breva en el papel de Briva. Y está la poetisa de la cabeza pequeña, la más prolífica de todas, que una vez al mes rehace, cambiando la rima, la misma lírica:
Pobres
Los
Pobres.

En la oscuridad, convencidas de su importancia, las muñecas de la cabeza desproporcionada se mueven, toman posturas, amenazan a los gobiernos extranjeros si éstos quisieran seguir persistiendo en el error, y pasan todo el día transmitiéndose sus propias composiciones. En vano, porque ninguna de ellas quiere escuchar lo que escriben las otras, y por otra parte no todas manejan el mismo sistema convencional de golpecitos, así que sus esfuerzos caen inexorablemente en el vacío. A veces alguien se acerca al armario cerrado, acerca la oreja a las puertas de nogal, y comenta: ¡Pero este armario está lleno de ratones!. Por eso nadie quiere abrirlo.”
de El estereoscopio de los solitarios, Trad. Guillermo Piro
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miércoles

Nuevas notas acerca de la realidad 1

AA (unos vasos de agua después)


Compañero 1: ¿Pero tú estás seguro de que eres alcohólico?

1º persona del singular: No.

Compañero 2: ¿En el otro lado hiciste los test?

1º persona del singular: No me acuerdo. Pero los perdí.

Compañero 3: (Risas)

Compañero 1, compañero 2, compañero 4, compañero 5, compañero 6 y compañero 7: (Risas)

Compañero tres: (Más risas)

1º persona del singular: (Risas).


A veces la puta y maravillosa vida es así y punto.
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sábado

Arteche y yo

Qué lindo es amanecer y no ver ni una simple mota de sangre alrededor del sol. Estoy sentado en mi sitio del búnker, cerca de la ventana, sobre un cubito de hielo. El teléfono está a punto de sonar y no lo voy a coger. Mientras escribo cuento los cadáveres que caben en un bocata de mortadela. Al lado de mí está Ona, que ya casi es hermana mía (antes era sólo prima), haciendo lo mismo.
En la facu me he ganado el dolor de algunos compañeros. Es una oportunidad que he cogido al vuelo con ambas manos y depositado lo suavemente que he sabido en el interior de una crisálida. Yo estuve en varias pero siempre salí igual. La vida es un poco así. No es doloroso estar en una crisálida, cualquiera lo hace cada día, es sólo estar quitándose el pijama mientras esperas que el agua de la ducha salga caliente.

Hoy Celia me ha invitado a la fiesta de su cumpleaños. Quise comprar una orquídea ayer tarde, me acerqué a ellas, quise abrir su escote para ver el rocío muerto, pero allí sólo había soldados. Me fui. Odio el hiperrealismo (lo cual quiere decir que también odio mis escritos) y la alta cultura pero terminé comprando un Odio de Peter Bagge. En la portada salimos ella y yo queriéndonos un rato que dura lo que dure el dibujo. A mí me gusta. Antes, cuando yo era joven y adicto, era famoso por ser dibujante. Es cierto. Luego lo dejé. Me fui a Valseca con mi abuela y le dije al pastor (hoy Farina, entonces Anduráin) que yo me ocupaba. Hablar con él o con ellos era un poco incómodo. Comían abono. Yo no tengo nada en contra de eso, pero cuando lo he hecho no me he ido al bar a que todo el mundo se entere de ese peculiar aliento (sólo hago eso borracho, pero para estar borracho, en Valseca hay que ir al bar -el pasado- tampoco puedo nunca poner la mano en el fuego, esto lo saben hasta nuestros tatatatarabuelos de las cavernas, que no sé cómo podían vivir sin sillones y, lo que es peor, sin internet). Lo importante es que no me dejaron al final las putas cabras, el puto radiocasete con los chistes de Pajares. Mi abuela tampoco quería. No sé, yo leía muchas cosas sobre Jesús entonces, quizá se me piró. En fin. Luego, no me acuerdo, no sé, trabajé en una granja escuela, leí a Althusser, no entendí nada, me hice comunista, recluté cerdos, de esos tan monos, vietnamitas y, cuando el resto de la piara estaba a otra cosa, me comía al despistado. Fui feliz. Luego murió Héctor. Luego volví a estar enfermo. Mi primo Nico, cinco años después, murió 500 metros más adelante. Es verdad que, en este blog, siempre hablo de los mismos muertos. No significa que no se me haya muerto mucha más gente incluso amada, pero no quiero hablar de ellos, no me sale. Y exnovias, también se me han muerto exnovias. En fin.
Morirse es sólo un papeleo, yo lo he hecho pero, joder, nunca me he muerto enteramente. Si lo hubiera hecho, hubiera pasado el papeleo a otros. De eso va el amor.

Al salir de la granja escuela, donde dijeron que, por mí, lo que hiciera falta y, como estaba en casa todo el día haciéndome crecer la picha con los aparatos esos del Chuck Norris, mi abuela me pagó un curso en una de esas escuelas para burguesitos que quieren ser escritores. Al principio fui invisible, como yo quería, pero luego la cagué. Nunca aprendí un trozo de malanga de esos lugares e incluso, para desgracia mía, fui reclutado. Ya lo he dicho más veces aquí, soy John Rambo. Trabajé por un pedazo de queso en el Hotel Kafka y, cuando me fui, me dijeron que, por mí, lo que hiciera falta. Intenté volver, pero siempre estaban reunidos debido a que son muy importantes. No era mi guerra, coronel Truman. Yo entonces vivía con una putilla que, a cambio de un pinchito, follaba con cinco o seis. Yo llegaba de cuidar las pelotas a escritores como ese de Historias del Kronen (ya, tío, y luego el Nóbel van y se lo dan a Mario Vargas Llosa, qué putadón, lloro sin lágrimas) y cineastas como el de Airbag (diría sus nombres si me acordase de ellos, pero no me acuerdo). Aprendí que Lucía Etchevarríliga folla sola con los sillones y no tiene ni media lamida (como yo, equivocado, pensaba de cuando la conocía de la televisión).
Algunos valían, como Elvira Lindo y su marido, y mi ídolo Raúl del Pozo (en clase de la enorme Irene Lozano), que sólo le conocí un día pero que fue mi amigo y hasta me recomendó, a mí y a otros tarugos, que me hiciera un personaje literario, cosa que, creo, he intentado, aunque tampoco es que me ponga. El resto de escritores, tan a gusto si se van a Rumanía a nutrir de ruso las aulas. España se iba a quedar tan ancha, joder.

PD: Me voy que juega mi atleti, y hoy es por Arteche. Otro día a lo mejor hablo sobre los poetas de mi barrio. Menudo pedazo de rositas.
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viernes

I would have done the same things / even in there were no death

A JC Arteche,
Antes de llegar al búnker he observado que no había luz en la calle. Para llegar al piso me he fiado de la escasa iluminación que, en la distancia, salía del rótulo del bar de Pedro, que hoy aún -rareza- estaba abierto. Una vez allí he mirado dentro a gente empujándose. He pensado que, en otro día, eso hubiera hecho que entrase. Pero hoy no lo he hecho. Bastante tenía ya con cómo me apretaban los zapatos. Mis pies son muy estrechos, Jeny, te lo quería contar. Hoy, de todos a los que he llamado, sólo ha cogido el teléfono uno o una. Él o ella pensó, dijo, que yo era otra persona, a pesar de que suelo serlo, quiero decir, normalmente.

Aunque siempre suelo tropezar con algún cadáver de camino a casa, hoy he estado a punto de tropezarme con un niño vivo. Pero al final todo ha salido bien. He tenido los suficientes reflejos y logrado esquivar. Apenas me ha costado medio paso atrás y girar la cadera. Cuando me he dado cuenta de mi hazaña, aproximadamente 20 minutos más tarde, me he sentido muy bien. Aunque eso se pasa, claro. Pero, en fin. Quizá sea mi postura, no lo sé. Desde que nací, hace muchos años, adopté la manía de pisarme la cabeza y aunque, bien pronto, me fue manifestada una cifoescoliosis, mis hombros han resistido bastante y cualquier persona que se encuentre enfrente de mí me puede mirar hasta incluso a los ojos.
(El domingo pasado estuve en mi pueblo, Valseca, con mis padres comiendo y luego con Enrique a ver a los chicos, que jugaban en Villacastín. A la vuelta, en el bar de Marcial, me encontré a Maribel que, en un piropo, me dijo que mis ojos son muy alegres. Ella es mi amiga, yo lamento mucho no verlos así, claro, y aunque he intentado entenderlos cuando los cierro, no lo he conseguido. Ni siquiera he progresado. Absolutamente nada.)

Algunos días visito la facultad e incluso asisto a clases. Allí, y esto no está necesariamente mal, la mayoría de las cosas que existen me hacen sentir torpe y viejo. Lo veo en el reflejo de mis babas. Pero cuando he escuchado al demonio no le he hecho caso. Tengo un truco. Cada vez que me habla, me dirijo a los servicios y bebo agua. Funciona. Y debo hacerlo incluso aunque implique importunar el sonido de un aula.
Hoy he comido, por cierto, con una chica preciosa. Quería decirlo. Medio menú y, luego, café. Después me he comprado dos libros de Leonard Cohen -mi nueva amiga me ha ayudado a seleccionarlos- “Flores para Hitler”, por la mitad ahora y “Memorias de un mujeriego”, que aún no he abierto.
Perdón, no quisiera perder el hilo.
Llévame a casa, mamá. Echo de menos que los demás no estén.

En la noche, ya dije, he vuelto de AA andando. Es un trecho hasta casa, pero me gusta. Quien haya sentido paz alguna vez a solas con algún amigo o madre o novio o lo que sea creo que entendería esto que quiero decir. AA me proporciona encontrar a una persona que no es la que refleja la papelera de metal que tengo en la cocina al pulsar con el pie para vaciar el cenicero. Es una persona que no necesariamente me gusta, pero que respira y eso.

PD: Ahora estoy pensando que quizá te hayan estado pitando los oídos porque no tengo ni idea las veces que te he mencionado para mis adentros. Aunque, qué putada, no recuerdo tu jodido nombre.
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lunes

Briar and the rose


ilu: Moncho

Yo he cometido todos los pecados; incluida, madre mía, la masturbación.

El viernes Alicia estaba pillando y yo salí a fumar, necesitaba echar humo como una pobre cafetera. El de la tienda de guitarras echó el pestillo para que todo aquello no terminase en algo peor. Yo me senté en una piedra y unos niños de ocho años vinieron a mí y tuve tanto miedo que me tapé con mi propia vestimenta de nuevo, como había hecho al despertar. Creía que me violarían y no me apetecía. Luego sacaron una pelota de colores y respiré. Casi me desnudo de alegría, no recuerdo el nombre de la calle pero no estaba lejos de mi sala de operaciones. Luego anduve, me perdí, quise hacer el amor con todos esos hermosos caballos. Adoraba el olor a colonia de mamá y echaba de menos a Yara, pero me había dejado las llaves en casa de Alicia y recordé que, en todas las ocasiones en que he perdido la brújula del melondro, siempre, todo había empezado olvidándome las llaves en casa de alguien. Perdiéndome en ocasiones, sí, como si mi casa no estuviese compuesta por un triste chopo.
Jeny era la luz que asomaba, aquel día o noche, en el medio de una caverna. Al final no la llamé hasta ayer. No entiende en mí un oso, sólo un perro o algo así, me ha dicho. Yo necesitaba beber agua y leer esas palabras que tengo ahora en la pierna y que dicen:
¿No vemos que la naturaleza no reclama otra cosa sino que el dolor se aleje del cuerpo y que goce en el espíritu, libre de inquietud y miedo, un sentimiento placentero?

Yo no sabía qué hacer y, antes de tocármela, le tendí un plástico de esos de la picha al infinito o como se llame esa cosa que gira muy rápidamente aunque parezca que gira muy despacio. No quería que me pegase su poesía, sus estrellas, su basura. No quería morirme.
Recogí las llaves y desaparecí, busqué una boca de metro, no tenía ningún hambre y me encontraba fuerte. Cuando entré en el vagón dije en alto: ¡No se puede ser sublime sin interrupción! Luego me callé y limité todo el viaje a asegurarme de que no me había confundido de trayectoria. Por primera vez en muchos años yo estaba sobrio.
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martes

los poetas y la droga

Cuando te peleas con una pared de cemento no necesariamente vas a comprender algo. El dolor siempre ha estado muy sobrevalorado. ¿Aún no ha probado usted a meterse unas simples pinzas por la cadena de huesecillos? Bueno, tampoco es que tenga por qué hacerlo, pero tenga muy en cuenta que sólo se vive una vez.

Mis escritos, sorry, son sólo una tuerca que aprieta lo mucho o poco enfadado que ande un oso en el interior de una caverna que no hay ninguna certeza de que exista. Deseo de vivir a sabiendas de que, a cambio, realizas como ofrenda a, por ejemplo, una vacaburra o ex novia, tu propia vida. Y es también deseo de estar mejor y ser bueno precisamente porque no lo eres.
Adoro los poemas de los niños. Los niños no necesitan que, por ejemplo, el presidente del gobierno les explique que la luna es un globo que se me escapó para saberlo antes que él. No hay dadaístas antes que niños. Yo estoy loco y una vez que me dejaron dar una conferencia dije que Tristan Tzara era una mierda que había pisado un chicle antes.

Al fin (y al cabo) Albertuchico sólo era alguien que no dormía por las noches, antes de leer, por ejemplo y con poca idea para el inglés y también poca para el escrito, los versos de Larkin que dicen: Think of being them! / Hearing the hours chime, / Watching the bread delivered, / The sun by clouds covered / The children going home / Think of being them.

Yo amé una vez y observé cómo la silla de mi habitación se iba llenando de andenes vacíos. Hoy, según también el amor, nuestro Albertuchico sólo es alguien que busca trabajo a la sombra de una manzana y, cuando esta sombra mengua, permite su pensamiento en un caballito de madera que se llamaba Martes. La vida, la alegría, aquí cabe hasta el pesadísimo Neruda y su Confieso que he vivido, que, pensó Albertuchico, debió de llamarse Confieso que Albertuchico opina que estoy más vivo callado.

A Walt Whitman yo tampoco lo entendía, me decían ¿Pero cómo no puedes entenderlo? Y yo decía: Que no lo entiendo, coño.
Si todo se metaforiza en todo ¿Cómo distinguir a una persona de una pera? Fue, sin ser primero, al menos una especie de primer desfasado, siempre tan en extinción, como advirtió Virgilio. A mí lo único que entendía de Whitman era su barba.

Ya lo he dicho muchas veces, a mí, del rock, me gusta Terry Eagleton.

Neruda era un admirador bobo de Whitman yo creo, sólo que, a diferencia de Whitman, era tonto. Procuró vivir en paleto con una boina calada, creyó que no lo fue, sí, pero lo fue. Incluso fue ese escritor del amor que renunció a un hijo suyo porque era mongolo (sí, este gran amante de los carteros y de los perros). Me enteré en el blog de Rafael Reig, que nunca sabré de dónde saca esas informaciones.
Los versos más tristes de la noche se perdían en un aguacero manido y de verdad, un jueves, en París, donde el pensador llamaba a su génesis Poemas humanos. Lo que hace enorme el pensamiento de César Vallejo es que, tras un verso, solía venir otro.

Y luego, de la música experimental, me gusta mucho Mestre. Una especie de Rosa León que nació para servir a la imaginación de una peseta dentro de una alcantarilla. En serio amo a ese hombre extravagante. Fue una sorpresa leer, de nuevo, en el metro su Casa Roja. Si el ya citado en estas memorias Philip Larkin provocaba incendios en una miga de pan amada por las palomas del rascacielos de enfrente, Mestre nos enseña el corazón del árbol que aprendió un día a pedir auxilio, por ejemplo. Disculpen la precariedad de las imágenes. Yo, como Ruano, sólo escribo poesía para hacer dedos, para entrenarme con mis tonterías, las de aquí, las de allá, las de mamá y las de papá. Del flamenco me gusta Paco Umbral. Y del jazz Cristóbal Serra.

Me he levantado temprano para solucionar papeleo en la uni. Se me da muy bien el campus. Hoy he estado haciendo preguntas en clase. Disculpe, maestra, tanta pregunta tonta pero ¿en qué consiste un alumno? Por lo visto había que leerse antes un libro para entender las cosas. He ido a buscarlo y un colega con barbas me ha dicho que no lo traían hasta la tarde. Mejor, he pensado, a mí hoy me apetecía John Fante, un novelista genial que explica, a lo ruso, lo que es crecer y regresar (tropezar con la maldita piedra que siempre ha sido uno mismo el que ha puesto ahí). Y nada, bien. La tarde-noche en AA. Maravilloso. Un paseo por Madrid en el que me he perdido y recuperado horas más tarde ya en el búnker. He puesto un bolero. De los boleros el que más me gusta es Bruno Schulz.

lunes

Perdón por el ingenio

No recuerdo si ya lo he contado en este sitio (comprendan que van ya unas cuantas entradas), pero yo, cuando nací -siete meses- me dieron por muerto varias veces en la incubadora. Esto no es que lo recuerde yo, es que me lo ha contado mi familia, a la que, me han dicho, llegaron a informar de mi fallecimiento. No sé por qué lo hice. Quise vivir, supongo, lo que me es un poco contradictorio en mi biografía, pero no hoy, día en el que observo mi habitación -un poco claustrofóbica como, decían algunos entendidos (pocos, ociosos y, en alguna ocasión, agradecidos e incluso compradores), también eran mis dibujos- y veo, en mi estante, libros como Vivir sobrio. La cosa no es que unos seamos malditos (un maldito, decía Eduardo, sólo es alguien que se queja mucho, refiriéndose en aquella ocasión, no recuerdo, a Panero o alguien de esos). Simplemente hay los que saben beber y los que no. Yo no sé beber. Punto y aparte.

No sé por qué resucité. Será que quise, supongo o, quizá, algo más tonto como, supongo, que, de repente, respiré y ya está. Desde hace tiempo me creo que la única muerte posible es la de los otros (algo así dice el epitafio de Duchamp -respirateur-, creo recordar, hoy no me apetece visitar el google). El de Gogol dice: Os reiréis de mis tristes palabras. Y así ha sido. Sabemos que el genio es una cosa que no existe, o que sólo ha existido, no sé, en esos dos, en san Agustín, en Buda, en Churchill, Mandela, Gandhi, Hitler, el asesino de la baraja y esa gente. (Perdón por la grosería del último chiste, ando muy perdido entre los libros de lingüística de la universidad -jamás en mi vida he estudiado y sólo me pusieron matrículas de honor en mi antiguo periplo universitario por ser guapo- y, a veces, necesito desahogarme). Sumado que, desde que estoy convencido de que una de mis compis de piso, me quiere acuchillar -precisamente ahora, tiene cojones, que quiero vivir y ser algo en la vida además de, como dije, precioso-.

Las relaciones humanas son difíciles, yo siempre he creído que era una cuestión de respeto y amabilidad, así de simple, pero, claro, yo antes era marqués (hoy soy ex marqués -creo que mola más, bueno, no lo sé, seguro, deberé esperar un tiempo-). Nunca lo hice en ninguna casa -tampoco cuando resulté acompañado-, pero he empezado a usar el pestillo. He pensado que me voy a casar y tener hijos y esas cosas. Sí, algo así, ganar dinero, ser aquello de Ruano (hoy se me ha pasado, y sólo soy un grafómano, escritor, pelele, de La semejante criatura, pero de pequeño quería ser escritor) tipo (las comillas no se ponen si no estás seguro de que es literal, dicen mis nuevos maestros -muy amables, por cierto-): Mañana me tengo que levntar temprano para escribir 5.000 pesetas.

Aún no tengo trabajo (estoy esperando una llamada de Pablo), pero, cuando mi universo celestial se para y tengo a mano el teléfono, llamo a Carmen Platero, actriz española de una España que olía a España, como ahora, pero en olor, musa de Umbral, admirado mío, como se sabe, aunque nunca lo conocí, “ay”, personalmente, y tampoco quise (prejuicio) -“celebres” sus cachondísimos artículos dedicados al culo de la Platero ("Notas sobre el culo de la Platero", salía en El Jueves), además de merecidos- y, sobre todo, amiga de mi tía Pepa y mía. Llamo a Carmen y la pregunto cosas y hasta se lee mis escritos y me dice si le van o no le van. Entiendo que mis amigos -alguno habrá que lo sea- no lo lean. Yo odio leer a mis amigos. La pereza que me hace es muy grande. Tampoco sé si tengo algún amigo escritor, quizá sea mejor aún y sean sólo mis maestros.
Pues hoy la voy a llamar. Ya no me apetece escribir más. Si digo hola en facebook, amados secuestradores, es que estoy en casa.

Me apetecía titular este post Perdón por el ingenio, aunque no veo el ingenio. Además lo odio. Reconozco a mis maestros porque se lo tragan. Yo estoy aprendiendo.

PD: Ah, y no he leído Moby Dick, que lo presumí el otro día y no, sólo he visto la peli. Tenía que decirlo, caray, que no podía con la culpa.

Besitos,

Francisco Umbral

"¿Vivía para acumular prosa o es que todo se me convertía en literatura, como a los personajes de los cuentos se les convierte en oro?
Siempre tuve, en todo caso, esta sensación de falsedad, esta conciencia de monedero falso, de estar acuñando otra cosa, secreta y mía, en lugar de vivir libremente, abiertamente, desnudamente, en contacto violento con la realidad, como mis amigos. Hoy, reflexionando sobre los cuadernos de Luis Vives, comprendo que el escritor es un falsario nato, un ser que busca el oro alquímico en los sótanos de sí mismo. La literatura, esa cosa aún poco conocida, se interponía entre la vida y yo. Se ha interpuesto siempre, lo cual equivale a no haber vivido"

sábado

From Los Ángeles, California, the doooooors

La escribo un sms en el que la digo “Ayer te dije que te quería. Es cierto, pero no sé qué soy.” Ella es, desde luego, una de las personas más hermosas que he conocido. Otras veces, en cambio, es sólo Jeny.
He amanecido con una rajita en la frente. Me caí al llegar a casa. Creo que hice amigos. También me peleé con un mierda. Un poco y luego le dije que se fuera a tomar por culo antes de que me lo comiese. A veces, simplemente, necesito perder. Y lo hago. Pero no soy Bukowski ni nada de eso. La gente me lo dice y lo considero un halago (en mi juventud leí todo Bukowski), pero yo escribo mucho mejor -mejor que Joyce incluso, traducido al francés-, aunque carezca de su apasionadísimo corazón. Enorme corazón de Bukowski. Quizá su único error o, quizás, virtud. Virtud a medias.
Pero creo que no soy mal tipo. A mí me caigo bien. Es cierto que soy desastroso, ya he dicho no sé dónde que no tengo órganos en el cuerpo y que, aunque no sea Bukowski (bebo mucho más), soy lo suficientemente sensible como para tocar pianos rotos y sacar de ellos la melodía rota de mi roto corazón que, supongo, existirá en algún roto de esos que me hago en la camisa. Malamente y no como el de Buk de grande, pero existirá.
Amé a una chica muy guapa que se llamaba María. La llamé, en mi esquizofrénica y vitalista juventud a la sombra de mi enorme abuela, para decirle que perdonara mi arrogancia. Nunca debí hacerlo. Nunca supe quién era, sólo que era muy guapa. Caí, como anoche. Al final caerse sólo sirve para levantarse. A eso, algunos inocentes, lo llaman coraje.
Escucho Glenn Gould plays Beethoven mezclado con el malogrado Jimi Hendrix, leo a Umbral y Thomas Bernhard. Las vida es una excusa para mejorar lo único que tiene además del hambre, el estilo del hambre. Ayer vi que mi blog tiene muchas visitas. Nunca miro esas cosas, pero me hizo una especie de ilusión. Una ilusión normal parecida a todas. Algo idiota que nos ocurre debido a que estamos vivos o, si no, casi.
Ayer me hice amigo de una chica clara. Hoy ya no me acuerdo de cuál era su jodido nombre. Tenía unos ojos maravillosos. Le dije que yo sólo tenía un blog en internet. A lo mejor entra. Te amo, pero tu jodido nombre me da lo mismo. Yo me llamo Alberto Masa, creo, aunque no sé qué coño significa eso. A veces pienso: Ojalá me llamase Sergio.
El gato es el mejor amigo del hombre. Leo a Umbral y a Thomas Bernhard acompañado de mis únicos amigos, los gatos negros de Yara. Hoy me han dicho que si sigo bebiendo me echarán de casa. He pensado que, como soy muy apreciado en el mundito del internet, si eres buena muchacha y tienes unas tetas impresionantes, me podrías invitar a vivir contigo. Soy muy bueno y follando, eso ya, un puto crack (o megacrack, como dicen ahora que la mitad del mundo ya es “un crack”). Yo he venido, me lo han dado todo y yo sólo sé beber. Sólo sé perder. Odio a Bukowski. Bueno, lo amo. Es lo que tiene leer a estilistas, que terminas escribiendo con sus cerebros. Bukowski era un estilista (léase la correspondencia con Sheri Martinelli o como se llame esa asquerosa), sólo que muy poca gente lo sabe. Manejar el tono bajo en literatura, por desgracia y debido a que los que manejan el cotarro son muy divos (cobardes y jilipollas), está muy poco valorado. Si Góngora existiese hoy no diría la retórica de antes, se limitaría a encenderse un pitillo y flipar. Disfrutar escribiendo es la única virtud de la literatura.
Mis padres han estado en mi casa y, mientras me duchaba, han leído esta página y me han dicho que soy lo peor. Que para qué escribo esas cosas. Yo creo que es la salsa de la vida. Lamento que mis padres no lo aprecien. Si no fuera por ellos hoy me habría estado tocando la brecha que me hice ayer cuando me caí por borracho.
Cuando yo era joven y mostraba mis escritos y dibujos, la gente me llamaba genio. Me adoraban, me comía todo el mundo mi raquítico nabo. Y lo hacían en nombre de mi talento, que es una cosa que no sé lo que es. Si lo supiese y tuviera quizás lo usaría. Lo digo en serio.
He estado llorando en la ducha. El mundo de la literatura aprecia mi obra, hecha con un trabajo que quizás ustedes ni imaginen, queridos amigos. Yo, debido a que me jodieron y a que soy un poco maricón, pude permitirme leer un libro diario. Leí a los mejores, a la súperliteratura rusa y norteamericana (bendita novela de ballenas), a la francesa, siempre demasiado valorada. Leí todo Schopenhauer y todo André Breton y, sobre todo, a mi admiradísimo y pobre Cristóbal Serra (también a Juan Eduardo Zúñiga), pero esos –estos últimos, no el engreído de Breton- sólo son las personas que quiero ser. Me creía que, leyendo esas cosas, yo sería mejor, cosa que no ha sido así. Quedaré literariamente porque soy, como decían esos idiotas, un genio -es, dios, lo único que tengo-, pero moriré pobre y tirado en la calle, como un perro.
Hoy me ha regañado mamá porque ayer me notó borracho al teléfono. Soy tan maricón que hoy eso me tiene destrozado. Estoy escribiendo hoy en contra de ello, que es yo hoy. Me odio.
No quiero escribir más. Quizá ver a algún amigo, si existiesen. Quizá también cometa el error de casarme con alguien o algo así. No quiero tener hijos, serían unos marranos.
Acabo de llamar llorando a Eduardo Vilas, con quien me peleé debido a mi orgullo, y a Manuel Fernández Cuesta. Son mis maestros. También, aunque él no lo crea, echo de menos a (genio británico de quien tanto he aprendido, permíteme llamarte Rafa) Rafa Reig. Necesito algo que no sé lo que es. Algo idiotamente sentimental, algo de vida. Porque lo otro no lo es.
Os quiero y agradezco que mi blog (lo encontré en una cosa que dice de las entradas que hay) tenga éxito. Para mí a veces, lo siento, es importante estar con vosotros. Me suelo arrepentir de escribir cosas como esta.
Sólo quiero que tú, Nicolás, resucites. Comer contigo. Follar paso. Me he hecho místico y me parece un engaña-pobres. Ya no me la meneo. Soy mi abuelo y mi nieto, y eso duele, sobre todo cuando sólo eres una persona a la que incultos como la María que amé escupen por la calle y pudieran añadir: se me ha escapado.
Sólo soy Alberto, perdón. Guille, talento que quisiera para mí, te estoy llamando. Ven a verme. Estoy muy solo y muy triste. Lo otro es la vida, es la alegría. Mi única motivación y empeño. Sólo que hoy, lo siento, no puedo.