domingo

Sol de la infancia (post nº 300)


Recuerdo a mi abuela la Bastiana alzando el cuchillo en la cocina y sonriendo. Abajo había dos trozos de ratón que, poco a poco, comenzaban a quedarse quietos, como le pasó a la abuela la Bastiana más adelante y al pueblo que nos hacía círculo. La Calera eran cuatro machos de pollo al fresco y personas tumbadas que parecían hacerse las moribundas en una plaza que tenía su pilón para que bebiesen las burras, aunque de allí bebíamos todos, a los ojos de los moribundos que decían: mira cómo beben los de Madrid, que ya han venido de vacaciones. Qué bien viven. Con una paja en la boca decían todas esas cosas los moribundos, hoy solamente muertos, y con un botellín en la mano. Todos juntos componían la idea de Goya al hacer los fusilamientos del 2 de Mayo. Ahí estaba tan fresco el señor del bigote y el otro, sí, y también el de más allá, que tiene los ojos cerrados. Así eran los moribundos y así era el campo. Yo me lo pasaba muy bien con mi bicicleta. Hasta una vez me caí por el barranco de cara y me partí dos dientes. Y al día siguiente a jugar al fútbol como si lo que pasó ayer hubiera sucedido en una imaginación o algo de eso. Mis padres iban y venían del pantano y, a veces, iba y venía yo también con ellos. Allí vi por primera vez un águila difunta. Estaba al lado del agua, donde se ponía mamá para secarme con la toalla. Era tan grande como yo pero abarcaba mucho más, aunque ya sólo abarcase un decorado. Mi padre dijo que la dejáramos y así lo hicimos. La Bastiana, mientras, esperaba en casa y hacía pollo o cosas así. En el pueblo la tenían miedo los niños a mi abuela porque decían que era un ogro. Y en verdad lo era, aunque conmigo le salía una ternura que seguramente había copiado sin querer de las ovejas, de quienes decía que eran bestias. Mi abuelo Teodoro, cuando nació, dijo que iba a ser para él y así fue que sucedió al pasar el tiempo. En ese pueblo el tiempo ha sido hecho por los moribundos. Primero ibas en bici y luego en motocicleta, después de ver que todas las calles daban al mismo pueblo, te quedabas allí haciendo de moribundo, que era el que esperaba en la plaza a los de Madrid, que siempre venían con radios por las que se habla, videojuegos y esas cosas. Te convertías en uno y decías: pero qué bien viven. Tu vida había desaparecido y te habías convertido en un retrato, lucías descalzo el verano de los de Madrid, de donde ya no era nadie, sino únicamente el que venía. Lo ponía en las matrículas. Y yo salía, contento, a destrozar telas de araña y romper cardos mientras montaba en mi bicicleta que era un carro de guerra con el que hacer derrapes cuando no me tiraba la cosa por un barranco y no me iba el freno. Mi nariz volvió a su sitio y hasta el barranco volvió a su sitio. En ese cuadro de Picasso volvió a tener frente la princesita de Madrid. En las noches, como introduje al principio, había ratas que bajaban de la troje a la cocina. La casa no tenía lavabo y había que hacer de vientre en las tierras y limpiarse con piedras. En la casa sólo había dos camas y yo dormía abrazado a la Bastiana, cuyos pechos ocupaban el resto de la cama. Olía a vino mi abuela la Bastiana, y no era un ogro, pero sí era Toro Sentado, firmaba con una cruz y yo la tenía miedo cuando “me habían hecho” de desobedecerla. En el pueblo aprendí ese tejemaneje siniestro del “me habían hecho” cuando, efectivamente, me hicieron matar un gato a pedradas, los muy salvajes, que iban para moribundos y quizá ahí sigan. Y el niño salvaje que yo era y soy volvía del pueblo con la mirada de un pobre gato y el saber que había cumplido. Se iba con los padres a otro pueblo un poco más civilizado, Valseca y sabía que al gato no lo había matado él sino ese trampantojo de un roble donde hay escondido un madrileñito que no quiere que le llamen maricón. Y hacía la mariconada profunda, que siempre es salvaje. Era el que ejecutaba a quien, de todas maneras, se consolaba el muy burro, no tenía salvación. No volví a matar, excepto moscas y he crecido amando a los animales que he tenido, incluidos gatos. La pedrada definitiva no la di yo, pero qué más daba. Me llevaron igualmente al cementerio y me bajaron los calzones. El bueno de Óscar me llevaba a su casa para que se la chupara. Nosotros no teníamos televisor, yo quería ver El equipo A, que estaba empezando y el dueño de la televisión quería que le diera de lametazos en la picha, aunque me fui, no sé adónde, me senté junto a los moribundos y no sé cuando me bebí mi primera cerveza. La Calera estaba sin civilizar y, aún cuando voy ahora, me enseñan esos artículos de broma que dan calambre si te propones encender un cigarrillo. Al menos hoy saben que soy loco y me los como, porque son una inofensiva merienda de bajatarde y yo, con el tiempo, un simple tarado, como bien se ha encargado de decir el mundo de la medicina y hasta el de la literatura, compuesto este último de cuatro tiendas. Hasta mi locura, salvaje, ha sido degradada a un intento de hacer una especie de lírica postmoderna, con sus cabezas y cosas, y lo que no han entendido es que hay ramajes donde agarrarse en cada línea para bajar de la troje y encontrarse con un cuchillo alto de mi abuela la Bastiana, aparte de una partitura de piano, esa aprendida de los barrocos paseos por el centro de Segovia y de Madrid, entrenada en manicómios efectivamente y campos de fútbol, algún que otro concierto y alguna que otra mala puta (incluidas chicas bien) con que, o bien se me ha visto o, al menos, me he visto yo y, claro, había que echar su encanto al nido, donde, como un buen moribundo, al rato se pudriría. Así que en cualquier lado dicen que ha llegado el loco, ya envuelto en un halo de simio, para derrumbar el bar. Entonces yo me estaba leyendo En el camino de Kerouac, y luego me leería Los subterráneos, tomaba la droga de mierda de los chicos del pueblo y les decía que a quién coño le compraban eso, que era tan malo, porque yo lo tomaba mejor, ostias, en mi barrio. Y ellos se achantaban. El tonto perdido sacaba una navaja y yo le decía que me la clavase ya o me lo comía junto con su familia. Y vaya si me creyeron. Hoy, cuando me dejo caer por ahí, me siento en la cerca donde dicen que murió Teodoro Masa, mi abuelo, y voy a poner unas flores al nicho de la Bastiana. Los moribundos, hoy esos jóvenes con quien yo tomaba droguitas, están con espigas puestas en la boca y un botellín en la mano, en la plaza, diciendo: Mira, los de Madrid.
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lunes

Lo de la justicia poética


La literatura sólo era levantarse y pensar en la tecla, daba igual si adecuada o no. Una tecla no adecuada fabricaba una tecla que se iba adecuando. Hay mucha gente que se toma en serio ese mundillo, como si se tratase de una cosecha de trigo o algo parecido. A mí, sin ir mucho más lejos, me echaron del Hotel Kafka por borracho, que es como si a un columnista de El mundo le echan por pedrojotista.

La literatura era estar contento con mamá y con papá cada día, demostrarles cariño cuando volvían de hacer que la comida y la bebida fueran posibles.

Los últimos post de este invernadero son un eunuco que ha dejado de comer, una basura que, despojada de sus cáscaras, luce bajo el sol de este invierno, antes de tul, hoy frío y precioso. La noche perfecta, hoy. Mañana comeremos la verdad de la no literatura porque no habrá nada que comer. Hay pasajes que no son literarios y por eso sólo existen como literatura. Hoy se llama Oswiecim, ayer Auschwitz. Durante un poco de mundo el mundo entero respiró Chernóbil (Guardianes de la memoria). Leo alegre toda la obra de Álvaro Colomer, que no quiere ser amigo mío de facebook.

De pequeño eran tebeos, en cada viñeta se escondía la abuela y había que encontrarla como sea. Estas son otras navidades sin ella. Las mujeres siempre se convierten en la mujer y, a veces, en la mujer que ya no está. Ya dije que no sé hasta qué punto uso lo que fue su vida para decir que amo. Que mi motor es capaz de amar por mucho que sea sabido que los que hacemos literatura no tenemos corazón. Sólo somos víctimas de una vanidad dominical, aunque todos los días sean domingo en esta jaula de oro, llena de libros y de pájaros. Si nos hubieran dicho que todo lo que había que hacer de verdad era escribir. Algunos nos llegamos a abrir un blog para dejar de escribir, para sustituir la literatura por un mes de diciembre, y luego los fans desaparecían, se hacían fans de otra cárcel, de otro departamento de artículos de broma. Y el cielo sigue siendo llorar como decía aquel verso de Juan Carlos Suñén, el mago del bar de abajo. No sé tú, yo no podía parar de reír. Porque yo era una máquina defectuosa. Dice Umbral en Un ser de lejanías “Yo sólo soy un vendedor de estilo”. Pero la literatura te hace vender más de un estilo. Pronto no sabes a cuál perteneces. Te ves usando uno y otro en un mismo texto u otro y terminas preguntándole a Luna Miguel en el chat de facebook por qué le pasa a ella eso. Pues porque, hija, le pasa a todo el mundo, a ver, qué me va a decir.

La literatura era también encontrar un búnker de fumadores en Madrid y que te echasen por fumador. Todo lo que huele a retruécano huele a literatura, porque los premios literarios también son un retruécano. ¿A quién le han ofrecido más de uno? Pues eso. Que sepáis que pudisteis haber sido los elegidos. Si no quisisteis entonces ya sabéis por qué os gusta este blog, el por qué de los por qués de la literatura, que siempre es infantil, la literatura.

La literatura son cuatro niños corriendo de un lado a otro en una fiesta de esas que dan en los corralones del ámbito que corresponde. Y la realidad es que se hace verdad el sueño de firmar en la feria del libro. Qué le vamos a hacer. Yo sólo he soñado con hacer literatura. Luego está que si eso te sirve, que si eso te lleva a ordenarte durante el resto de los días y, al mismo tiempo, hay pan en casa, está más que justificado.

Me hizo gracia regresar a la Escuela de letras de Madrid y ver a don Ernesto Bottini (inquieto joven) vendiéndome cursos. Al parecer había que leerse a lo más de la leche (Larsa) y tal, los grandes viajes de los grandes narradores. Como son muy buenos anfitriones en estos lugares de la idea, así como lo son en el gran Hotel Kafka, el hombre leído me regaló un libro de esos que hacen allí entre alumnos y maestros.

La literatura, como la vida en este sentido, era estar equivocando la tecla mientras pedías pan para el niño que siempre va contigo a cada lado y tiene hambre, sueño y pis encima hasta que terminas viéndolo no ya como una prolongación de tu cuerpo sino como el cuerpo que sustituye al tuyo.

No hay fiestas, sólo una navidad solemne (de letras), procuraré que no sobre cochinillo para el sábado aunque espero que se cumpla que este año sí cenemos unos huevos fritos, los que quedamos, como tantas veces hemos dicho que íbamos a hacer. Luego, en menos de una semana, empiezan a llegar los invitados, al mismo tiempo que todo el mundo se ha ido, junto con sus letras, a otra parte. Y claro, eso suele dar para no pocos post (unos noventa este año, o por ahí).

domingo

Nota sobre el aburrimiento

Estoy muy triste. Y no tengo nada que escribir. Metí la lengua en el ano (es que si pongo “culo” me sale errata en el world) de mi perra y se calló. Sabía a chocolate con leche. Estoy muy triste. No tengo nada que escribir. Tengo libros, muchos. Pero no sé si los tengo aquí o allí. Vivir es aburrido que te defecas (si pongo “cagas” me sale errata en el world). En serio ¿A que sí? Yo le aseguro que, cuando sienta eso, follar (coño, follar no sale como errata) (coño, ni coño tampoco) (esperen un momento: fornicio, joder -mierda, joder da errata-, puta -puta no da errata, guay, pero guay sí-, gilipollas -tampoco!- Joder, ostias -ostias tampoco?- hasta te corrige gilipollas si lo pones con jota. Si uno se aburre, decía, siempre puede echar mano de su mascota para acariciarla o lamerle el puto (puta no, y puto sí sale como errata) ano que, es verdad, sabe a café con leche. Por cierto, también, de tener mascota y café con leche, puede hacer la prueba en el momento siguiente. Da igual el orden, supongo. Aquí todo el mundo tiene su idea de la diversión pero, qué putada (no sale como errata), joder, estoy muy triste y no tengo nada que escribir. Ayer leí a César Vallejo (la prosa) y a Don Winslow. Disentería no sale como errata. Sida sólo sale como errata si pongo un punto después. Esquizofrenia, no sale como errata. Follar con monjes no sale como errata. Lamerle el pincho a Juan Pardo, tampoco da errata. Lamerle los huevos en su yate a Arturo Pérez-Reverte mientras dispara a los lucios o lo que sean esos peces con su escopetilla no sale como errata. Me encanta la literatura no sale como errata. Mear. Me meo en usted no sale como errata. Masturbarse delante del traje que te pusiste en la comunión no da errata. Ratzinger. Jaja, nena, esto es divertidísimo. Jaja también da errata. Chuparle el ano por segunda vez a tu perra ya no mola tanto. Pruébenlo ¿A que tenía razón? Casi está mejor el puto café, sí. Por cierto, me voy a hacer otro, ostias.

sábado

Matar zombies

El día era blanco, casi como el pan o más. Los cerezos o lo que fueran esos árboles se movían de un lado a otro. Madrid estaba sitiada. En todos los sitios se oían las mismas cosas que solían oírse en los supermercados. Daba igual que fueras en el metro o montado en un elefantito…

Así se plantean las lecturas que estoy haciendo ahora. Leer está sobrevalorado. No pondré los títulos.


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miércoles

La salsa de la vida 2º parte (en la que ya era otro domingo)


Mi psiquiatra me espera ahí como cada domingo, fumando un puro en su mesa. Yo me siento. Saludo.


- Creo que ha habido un error ¿Usted no vino ayer a hablarme de no sé qué de que se le había pegado un chicle en la bota nueva?

- No, doctor Valverde. Yo vine el pasado domingo y usted me estuvo diciendo que...

- Ah, pues sería otro Albertito entonces. ¿Tú cómo te apellidas, Albertito?

- Masa, yo me apellido Masa.

- Ah, pues sería otro. Otro Albertito. Como sois quinientos mil, comprende que mi memoria tampoco es la de un sabio ¿Sabes? Ah, ya recuerdo... un psicokiller ¿Cómo se llama? Albertito otra cosa, sí. Bueno ¿Y tú qué me cuentas, Albertito?

- Pues yo es que estoy... depresivo.

- Joder, Albertito, ostias, no me vengas con esas ¿Sabes lo que es un agujero negro que sin embargo no es eso con lo que se gana la vida la actriz negra que hace de pilingui en la película de Woody Allen? No se puede andar así por la vida. A mi hijo le ha atropellado esta mañana el autobús del colegio ¿Y yo qué he hecho? Me he venido a trabajar. A atender, joder, mi consulta de los cojones.

- Yo conté hace dos post que...

- ¿Y a mí qué me importa, Albertito, basura fascista? La vida son dos días. Mi hijo y su pierna ¿Cuántos días son eso? Además antes estaba enrollado con la puta de mi secretaria, pero ahora dice que la tengo que subir el sueldo. La muerte, mientras, está rondando. Ronda por nuestras cabezas, por nuestros coches, por nuestros malditos teléfonos móviles. Eso es la muerte en toda su plenitud. Una cosa que un día se lanza a través de una ventana y se dice ¿No debiera haber habido un cristal con el que chocar antes? Eso mientras se precipita desde un piso número 12 hacia el suelo. Es entonces cuando, Albertito, eso nuestro intuye la vida. Es en ese puto margen en el que estamos cuando no estamos aquí charlando, querido Albertito.

- Yo escribo un blog en el que...

- Mierda, Albertito, el mundo, el mundo más que a una naranja se parece a una puta pera. El otro día van y me llaman del pueblo. La Eustaquia, que se ha muerto. Esa anciana era sabia ¿Sabes, Albertito? Si te miraba comprendías que eso era la puta vida, que la puta de la vida miraba con los ojos de esa anciana, que la puta vida, cuando la señora Eustaquia estaba dormida, se recogía en las profusas arrugas de su frente, que la vida se arropaba con cualquiera de ellas y amanecía cualquier día, con la fuerza de un batallón, a acercarse a la puerta que daba a la calle para barrer un felpudo que hacía tiempo nadie pisaba. Y en el felpudo, querido Albertito, ponía Welcome ¿Una broma de su hijo el abogado que nunca tuvo tiempo de acercarse a ver a su pobre madre, la Eustaquia? Albertito, de verdad, no me vengas hoy con ostias.

- Sr. Valverde, entiendo su...

- La vida son dos días, Albertito. Un día está nublado y al siguiente el sol, de ponérsete en la cabeza, te ha creado una jaqueca que me río yo del hielo en la cabeza. Te llaman, Albertito, debe ser tu madre. Cógelo.

- Hola mamá. Sí, perdóname. Sí estoy en la consulta con el Dr. Valverde. Sí, comeré un bocadillo en el camino.

- Pásame el teléfono, anda.

- Oye, que se quiere poner, mamá, sí, volveré en seguida.

- ¿La madre de Albertito? Tiene usted un hijo estupendo. Yo creo que aquí hay madera para hacer de él un deportista de élite. No se preocupe. Su hijo es una de las personas más inteligentes que he conocido. Venga, un abrazo. Cuelgo, que me está contando el chiste ese de la burra ¿Le conoce? Albertito cuenta muy bien los chistes. Un abrazo, señora y no se preocupe. Le paso a Albertito.

- ¿Mamá? Ha colgado.

- Ah, bueno Albertito, son cosas que pasan. La vida, te decía, es una absoluta basura. Un día viene el camión de la basura y tú no puedes estar seguro de que no se te lleve porque quién te garantiza a ti que no formas parte de todos esos vidrios rotos.

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El día en que Alberto Olmos entró en mi casa haciéndose pasar por Alberto Masa



No eran todavía las siete menos cuarto de la tarde de un viernes que hacía un frío muy de invierno cuando Alberto Olmos* entró en mi casa haciéndose pasar por Alberto Masa. Mi padre abrió la puerta y se mostró en un principio reacio a entender que la persona que estaba al otro lado de la puerta era su único hijo, Alberto Masa, así que formuló unas cuantas preguntas a Alberto Olmos cuya respuesta sólo podía conocer él como padre de Alberto Masa y el propio Alberto Masa. Alberto Olmos respondió sin equivocarse hasta siete preguntas y entonces fue cuando mi padre le aceptó como su hijo Alberto Masa y le preguntó dónde había estado durante tanto tiempo, a lo que Alberto Olmos, haciéndose pasar por Alberto Masa, respondió: He estado todo el rato en esta casa, sólo que encerrado en mi habitación, y no he podido salir hasta hoy, razón por la cual he decidido venir a visitarte, y aprovechar para hacer unas llamadas a unos amigos.

Después de unos seis minutos (durante los cuales mi padre y el impostor que se hacía pasar por su único hijo, Alberto Masa, aprovecharon para iniciar una charla cuyo tema fue las relaciones sexuales del uno y del otro con mi madre sobre todo entre otras mujeres totalmente imaginarias como mi abuela y la profesora de estética y fundamentos de la filosofía) Alberto Olmos cogió el teléfono haciéndose pasar por Alberto Masa, y llamó a las casas de todos los amigos de Alberto Masa para invitarles a su entierro que vendría a ser al día siguiente, pero ninguno aceptó la invitación porque, sabiamente, habían optado por alejarse de todo recuerdo acerca de Alberto Masa, llegando en algunos casos a negar la existencia de Alberto Masa y también de la voz de Alberto Masa, que era en realidad la de Alberto Olmos haciéndose pasar por Alberto Masa.

Ni siquiera yo mismo asistí al entierro de Alberto Masa, el día que, sin darme cuenta, había dejado de ser Alberto Masa, y todo eso sucedió mientras yo estaba encerrado en mi habitación sin noción ninguna de lo que ocurría en el resto de mi casa, y sin noción ninguna de la muerte de Alberto Masa.


*Alberto Olmos (algún lugar de Segovia, 1975) es el autor de Vida y opiniones de Juan Mal-herido (Melusina), aparte otras novelas como Trenes hacia Tokio y El talento de los demás (Lengua de trapo) que he leido enteras.
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domingo

La salsa de la vida


Mi psiquiatra me espera ahí como cada domingo, fumando un puro en su mesa. Yo me siento. Saludo.

- Hola Albertito ¿Cómo te encuentras últimamente?

- Bien.

- Tienes que follar más, Albertito. Agarrar sus nalgas y cabalgar, ponerlas de rodillas para que les entre bien. El descampado, Albertito, llévatelas al descampado y hazles gritar que no les cabe. Hasta por las orejas, Albertito. Luego les echas tu perfume en la boca y podrás ver cómo se lo meten de un trago mientras en su cara se refleja la persona que tú debes de ser, Albertito, todos los días, en el espejo, cada mañana. ¿Has follado desde que viniste?

- ...

- Albertito, tienes que follarlas. Que se enteren de una vez quién es el dueño. Por detrás va muy bien. Primero la ensartas y luego empiezas a cabalgar. Verlas llorar ayuda, Albertito. Coloca delante de su cara el espejo del coche. Ah no ¿Qué tú no conducías?

- No, no me lo saqué.

- Pues otro espejo. Debes de empuñarlas bien, Albertito, como si fueran tu daga, tu espadita, meterla hasta que no sepan decir más que les duele, pero que no te vayas, porque eso es lo que te van a decir las muy putas. ¿Qué has hecho aparte, Albertito, esta semana?

- ...

- Sigo pensando que deberías de follártelas a todas, Albertito. Romperles las bragas en los lavabos y meterla hasta el fondo como siempre te digo ¿O es que no me quieres hacer ni caso? ¿Para qué vienes aquí, Albertito? ¿Te llaman al móvil? Seguro que es tu madre, Albertito, dale recuerdos.

- Hola mamá, ahora no puedo, estoy en la consulta con el Dr. Valverde. Sí. Sí, mamá, iré a comer. No, no he traído más que para la consulta. Luego te veo. Un abrazo.

- Como te decía, Albertito, no debes dejar escapar ni un solo polvo. Igual que están de espaldas tú las coges como si tal cosa. Nada priva de ser cariñoso al principio. Luego ya, cuando sean tuyas... Creo que no me estás escuchando. Ja, ja. En fin, tú a lo tuyo eh nene. No te veo mal aspecto, aunque has de hacerme caso. Ya verás cómo te pones cachas. ¿Has visto a la nueva secretaria? El primer día ella no quería saber nada, Albertito, pero ya me lo he montado con ella tres veces. Hay que obligarlas. Que sepan el compromiso. Ellas luego actúan igual. Sólo quieren leche y leche. Es así. ¿Te gusta mi nueva secretaria? Es lo que hace rotar el mundo. La salsa de la vida. En cuanto salgas por esa puerta le diré que me la chupe ¿Sabes? ¿Y ella qué hará? Te preguntarás. Ella se meterá debajo de la mesa y empezará a lamer como la auténtica zorra que es, por supuesto, Albertito. No te quepa ninguna duda sobre eso. Yo era como tú antes de sacar la carrera. Esperaba, esperaba y ¿Mientras? Pues lo vi claro, Albertito, lo vi claro. Luego sólo era coger la piedra con ambas manos para que sólo se escapase cuando la fueras a lanzar para coger otra.


Al salir de la consulta noté que hacía mucho frío. Me abrigué bien. Esa noche había soñado que estaba en un partido de fútbol entre el Getafe y la Real Sociedad con mis amigos de Alcohólicos anónimos. En el resumen de la televisión yo le decía a mamá dónde estaba sentado. Cogí el metro. Las estufas del metro funcionaban bien. Era un domingo cualquiera. Llamé a mamá. Le dije que llegaría según la vuelta que diera el autobús.
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jueves

Diario que versa sobre mi agujero en la cabeza y otras cosas típicas de este blog escrito por un genio


A través del agujero famoso de mi cabeza volvieron esta semana a echarme unos insectos inteligentes de esos que tienen los médicos. El resultado ha sido excelente. Estos animalitos comen todo lo que sobra y yo estoy muy contento. Al salir he ido derecho al supermercado y, antes de comprobar que el placer por el bitter había desaparecido, me he arriesgado a comprar fanta limón. También he hecho lo propio con las pizzas Dr. Oetker. Todo, absolutamente todo lo he comprado Hacendado. La señorita que me ha atendido en caja ya no era una arpía con problemas sexuales sino muy maja y diligente. La he dicho que ahora opto por abaratar. Me ha sonreído y detrás de esa sonrisa no había ninguna cosa peyorativa que obligase a mi cerebro a obrar también peyorativamente. Muy bien, hemos dicho. He pagado con tarjeta mastercard. Joder, la vida es una genialidad detrás de otra.
Al entrar en mi casa había olvidado que ya no había nadie porque se murieron y he estado, como un idiota, llamando al timbre y todo por no buscar la llave, que no recordaba en qué bolsillo estaba. Finalmente la he buscado, encontrándola no en ningún bolsillo sino bajo la capucha esa que uso en este tiempo. El frío, cuando viene como ahora, se mete también por el agujero de mi cabeza creándome tics. No todo es tan fácil como ponerse una tirita, como un amigo me aconsejó en los comentarios de mi blog en la ocasión en que hice saber mi problema al mundo.
Abrí y, en seguida, me di cuenta de que ellos no estaban porque habían muerto. Qué idiota soy, me dije dándome un golpecito en la cabeza y me fui al tocadiscos para poner un disco con Freddie Hubbard a la trompeta. No, me dije, mejor ya no me gusta Freddie Hubbard, y puse a los Pecos. Todo bien. Me quité el abrigo y derrumbé en el sofá. Puse la televisión y le quité el audio. Vi imágenes de gente seguramente fea y asquerosa y, por lo que les leía de los labios, debían de estar hablando sobre los vecinos y cosas de esas de gente que está enferma de la cacerola.
Qué bien. La ciencia había avanzado tanto que yo, de repente, podía apagar el televisor cuando me diera la gana. Y así hice. Me fui a internet y puse en un estado de facebook: Mark Zuckerberg no tiene pilila. No podía parar de reír. Mi familia, sin embargo, estaba muerta. Pobrecillos. Y yo ¿Qué iba a cenar? Se me había olvidado, con las prisas de la música, guardar las cosas en el frigorífico. Al meterlas vi una chocolatina marca Hacendado y me la comí. Estaba buenísima. Tenía como granitos de arroz. Y pensar que antes de que la ciencia no me diera un aviso yo pasaba del dulce. Incluso llegaba a creer que cada vez que comía un caramelo sonaba un aparato en la consulta de aquel dentista cabrón que ya se ocuparía durante mi visita de echármelo en cara.
Una vez cenado quité a los Pecos y mientras pensaba si ducharme o no antes de ponerme el pijama llamaron al timbre. Fui a abrir y cuando lo hice vi a unos niños pobres, me pedían dinero llorando. Dije que trabajasen, coño, y cerré la puerta de un manotazo.
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lunes

Ella sí y no


La ciudad es un manifiesto de ron (añejo sobre mi mesa -decimonónica-). Las calles son una percha y ella se ha puesto el traje que debiera estar ahí para ir a su trabajo. Ella puede ser cualquiera, incluso. Y yo la miro desde abajo, pequeñito, iletrado, asexuado.
Toda puta es una misma puta como todo trabajo da igual. Todo dinero está sobre una misma cosa o coso, esperando que se caliente para arder de felicidad. Las navidades están a punto de caer.
En cuanto me dediqué al mundo de la cultura noté pollas en mi boca. 400 y de golpe. Cada vez más. Nunca había habido tantos cigarrillos sobre la tierra. Poco a poco noté que mi polla también se iba llenando de bocas. Todas querían estar ahí. Todo el mundo era una boca y una polla. Así se había entendido aquello que dijo Villón, que dijo Artaud, que dijo Deleuze, que dijo Zizek, sobre el cuerpo sin los órganos. Una boca y una polla. Cincuenta mil pollas y cincuenta mil bocas, más, cincuenta billones. Qué pasada. El marqués de Sade estaba sentado en una silla echando vino al barco velero que tenía en la bañera, esperando que el papel se impregnara y resultase en un barquillo de san Ginés, en una soledad maravillosa, llena de concepto navideño y nieve. Nieve, como hoy.
La nieve caía y mamá, a quien amo, llamaba a la puerta y decía si no iba a ir a mis estudios. No, dije. La nieve era la razón y la pereza. La nieve era su teléfono. Nunca supe utilizar uno. Una vez que los copos caían en su pelo se derretían fabricando que yo era un niño que no quería despertar. Mi edad era sólo aproximada. Mis amigos cantaban el disco rosa y estaban lejos. Mi pelo era una festividad. Ya no volvería a tener melena. Se lo dije al peluquero. La nieve y el ron se parecen, aunque sólo sea en lo blanco de los ojos.
Mis ojos eran dos y un culo. En el culo entraban los dedos de Margarita. Ella era especial que te cagas. Ya no voy a contar más. Odio contar intimidades, como se sabe.
Valseca caía junto con el cielo. Esta mañana le llamé (a ella) y me dijo que no podía parar de trabajar. Yo nunca seré ella. A ella la he vuelto a llamar esta tarde y me ha dicho no sé qué. Era horrible. El monstruo no paraba de beber nieve agostada en el suelo de noviembre, de casi diciembre, el suelo. Busqué dar con la tecla. Escribir una sola frase buena para un día de bailar en casa desnudo a la Velvet Underground. Pero no vino. Sólo sale este post de vago que refleja lo vago que es lo vago, la semilla de la flor que no hace nada y sin embargo se mancha. Se pone negra, extraña y, poco a poco, ya no es nada roja, sólo tiña. Escucho a mis amigos del disco rosa (Líneas albiés), un trabajo grande, y yo sólo me tiro al desierto más cercano, me recoge un camión y huelo a mis compañeros, son jenguirillas y trapos, usados, preservativos, y todos me sonríen mientras la misma hormigonera de cada día da vueltas y, afuera, sonríe una familia típica de la niñez, que ya se me ha muerto junto con todos los que la componían. Menos mamá. Mamá está siempre esperando que me levante para verme ser alguien.
Ella es una isla parida por ella misma. Sólo se tiene que levantar y tener cuidado de que nadie se haya comido esa isla. Al mismo tiempo ella tiene que comer y, si puede, abrazarse. La naturaleza la ama, parece. El día que compuso una televisión un relámpago hizo mella en la isla. Fue bonito. Luego Crónicas Marcianas siguió, como si tal cosa. Boris era una persona súper-comunicadora que se bajaba los pantalones.
Yo sólo tengo dos grandes temas: beber y estar sobrio. No sé de cuál de ambos hablo hoy, en mi blog de éxito.
Han llamado de Valseca. He puesto ese jodido tono de voz. Todas las tías de alguien están bien. Cuando me muera seré ese freak del facebook que, mamá, molaba lo que ponía, pero se murió. Pena, era tan joven. Aunque no lo parecía, no. No sé. Lo que sea.
El blog me da igual. Sólo quería iniciar este post para decirle a mi madre (Mari Carmen) y a mi padre (Ángel) que les quiero, y a la sobriedad, que cada vez que me dicen que entran en el blog, aunque también me entiendan que no entienden lo que pone, son una muesca en una primavera real, en un sol de agosto bueno. Que los amo, por igual, aunque ella, con el traje, no lo vea ni lo quiera ver, que ha nevado, pero ellos siguen ahí, en el curro, en la trabajoría, y yo he vuelto y me ubico y poco a poco voy venciendo a algo que, quién sabe, a lo mejor "es" el arco iris. O lo que sea.
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viernes

Las horas de mis horas no son horas cuando no lo son


Quería incluso simplemente un día, por un día, entrar en mi casa y ahorrarme pisar el primer cadáver, saltar el segundo, imitar la postura del tercero, dar un beso al cuarto. Bueno no, no lo quería, aunque, como era sólo por un día ¿Qué más da? En el frigorífico vive otro cadáver. Es el de una chica que se llamaba Lunes los martes y Sábado los sábados. Un cadáver cuyos trozos cojo y pongo en una báscula, y veo cómo cada vez pesan menos (también he de tener en cuenta que cada vez hay menos trozos porque a veces me he comido alguno creyendo que era de otra carne, o sin creerlo, poco importa). He salido a la calle y esquivado a los pobres, les he dicho que nanai, que no, que a su puta casa, así, como si tuviesen un lugar fijo donde morirse como yo cuando me una a los míos, aunque sea, como ya he dicho, por un día. O noche, o lo que sea. Les he dicho no y cuando han dejado de mirar he entrado en el Fnac a ver si ya había llegado el vídeo de Elvis Pressley. Jaja, he pensado, qué fascista soy, y otra vez pensado: seré fascista, coño. En casa los cadáveres son buenos con los gatos y las cucarachas. Me he sentado y, cuando me iba a levantar, ha sonado el teléfono, así que he pensado: qué guay, ahora levantándome puedo hacer dos acciones a la vez. Y he cogido el teléfono y era una encuesta sobre los supermercados. He dicho que mi padre acaba de morir. La señora tenía muchos productos y los repetía y repetía, y yo he dicho de nuevo: que se ha muerto mi padre ahora y la he preguntado que ella qué haría. La he notado nervios. Y la he dicho que el cadáver está al lado mío, y ha colgado. Esto hubiera sido verdad, pensé, hace cinco días así que ahora tampoco era una mentira tan enorme como para que la muy gilipollas se enfadase.

He dejado mi casa de Madrid. He mandado a mi jefe pakistaní al fondo de mi culo. Quiero decir que se lo he enseñado para que se enterase dónde cabía su puto negocio y su puta familia y su puto él entero. Y luego, con el agujero señalándole, he dicho que me cagaba en su desdentada boca y añadido: no eres más que un moro de la morería. Se ha enfadado, pero yo tan ancho. Como para no estar agradecido el jodido analfabeto con mis cuatro días de trabajo de sol a sol de invierno prematuro. ¿Y si no me llaman del INEM, qué hago? En el INEM leen mi blog. Se saben de memoria todas las entradas en que uso la expresión “folla arriba, puta muerta, hasta que te salgan flores por los ojos”. España mola. Los pakistaníes molan, incluso aunque seas un jodido fascista como yo, los putos moros invertidos esos tienen su gracia. Reconócelo. Porque yo no lo voy a hacer. Si no fuera porque vivo con muchos cadáveres terminaría cayendo en una de sus putas tiendas para comprar otro y que mis gatos pudieran seguir picoteando.

Me gusta vivir la realidad. En lo de las letras era muy divertido. Con la mafia te descojonas. De repente, un tipo que te llama “hermanito” mientras le toca el culo a tu novia, la putilla que no te ha acompañado porque no le gusta que le toquen el puto culo, levanta su mirada de un ordenador en el que acaba de contestar a seis correos, se limpia la frente del sudor y, si se siente lo suficientemente generoso, te dice: ¿Un whiskito?

En casa cada vez había más cadáveres, tantos por todos los lados que era casi imposible de encontrar el mando a distancia para poner a Elvis, el rey; por ejemplo o una de mi ídolo Steven Seagal. Enciendo un cigarrillo y comprendo que convierto a todos esos muertos en fumadores pasivos. El humo dibuja cosas. El amor, por ejemplo, es bien sencillo. Una bocanada y sale ella, da igual si viva o muerta. Es sencilla y, si se mantuviese quieta en la mesita que tengo enfrente, podría cogerla sin problema como se coge una taza y beberla junto con todas sus respuestas y demás virtudes. He dado otra bocanada. El humo mejora el olor de los cadáveres. Se me ha ocurrido ducharme, aunque luego no lo he hecho, porque no iba a salir. Me río con los muertos, siempre tienen un chiste brillante para mí. Bien, digo. Eso está bien y me seco el sudor de mi frente, puesto que fumar cansa mucho, y les animo a que sigan. Al quinto o el sexto, yo estoy dormido. Cuando despierto me siento otro rato, busco otro cigarro, otro Elvis Pressley, otro café, pero termino moviéndome hacia la cama, no sin antes asegurarme de que la nevera está cerrada, donde una mujer desconocida me dice que hay que ver qué horas. Que hay que ver qué horas tengo.

lunes

Dragó, (Madrid, 2 de octubre de 1936)


Fernando Sánchez Dragó abre la ventanita de su dormitorio en Soria. Está desnudo y le entra bien ese fresquito de Soria. Entonces siente esa placidez indescriptible y reza un padrenuestro. Al otro lado de la cama un jovencito desnudo da sus primeras caladas a un Pall Mall. Sánchez Dragó, mientras, sonríe hacia el sol. El sol, ese sol que, en Soria, tiene un doble revés, le da en la cara. Qué bien se siente uno. Cómo mola Mahoma.
Él se recuerda joven y travieso escribiendo El camino del corazón, él, el primer jipi de España, recuerda cuando se encontró a un jipi ya máster, que no llevaba mochila, y le dijo que también había dejado de fumar porque hay que quitarse de lo que pesa. Que había que descargar para sentirse pleno. Y vaya si había que hacerlo, se dijo entonces el joven Sánchez Dragó, escritor de De Gárgoris a Habidis. Soria da paz, pero, joder, cuando yo me juntaba con los jipis esos. Yo iba por Tánger o su puta madre y no veas, coleguita. En Calcuta me bañé en el río ese, joder, porque mi poder superior me dijo: Venga, derecho donde los leprosos. Y bebí de esa agua, porque mi poder superior me dijo: Este es el camino. Benarés era una fiesta. Di unas brazadas. Me encontraba tan en la gloria, joder, ahí en el Gánges. Los leprosos me miraban. Me entendían. Qué grande es el Tao te king.
Un largo por allá, otro por aculá. Joder, dios, hace poco me había comido tres cucarachas. En mi habitación de Calcuta había escorpiones. En Soria hará fresquito pero, coño, eso otro era lo más. Y luego me encontraba con los coleguitas y, hale, el amor ¿Sabes? El libre ¿Entiendes? ¿Más de 15 kilos? A la cazuela. Cómo molan los santos evangelios.
Mi poder superior me dijo: Oye, si 15 kilos, a la cazuela ¿14´23 kilos? Y lo vi claro, joder. Amor ¿Qué haces fumando? ¿Sabes que es malo? En fin, estos niños. El vicio les gobierna. Yo, en cambio, no me dejo. Yo controlo mi vida y mis sentidos y, si tengo alguna duda, me echo un I Ching y a tomar por "saco".

Soria mola. Es la ostia. En los países esos están acojonados. Porque llega el hombre de Soria. Los rusos. Joder, los rusos están cagados de miedo. Yo es llegar a san Petersburgo y dicen: Que ha venido el de Soria, y echan los pestillos de las ventanas. Entonces sigo mi camino hacia Pakistán. Yo, el primer jipi de España, leñe. Yo, que no soy nada. Yo, que soy este poquito de aceite sobre el vaso de agua.

PD:
http://www.youtube.com/watch?v=CrbLeMGVI8c

PD2:
http://www.youtube.com/watch?v=hMjIQ6Vf4f0

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jueves

Los cadáveres

Arriba, en el cielo, no había nada que no fuera blanco. En casa hay goteras, y cabezas, hay capuchas para los niños. Las cucarachas son geniales. Viven en donde la cocina. Son buenas, amigas incluso, confidentes. Eso sale a comprar un libro en su librería favorita que, como todo el mundo sabe, ahora se llama “Bajo el volcán”. Luego va a un sitio de tomar algo, un bar de esos gente joven. Se sienta y pide una bebida. Después mira otra vez el monedero. La gente a la que a menudo se imagina está gritando. Ellos sabrán, se dijo. Saludó otra vez a la camarera. Todo en la vida era y es amabilidad. Cuando uno ya no se parece a nadie la gente que le rodea empieza a ser él. Se ríe. Se ríen. Todo mola mucho. Es genial. Todo mola un huevo y mazo del otro. La gente, en su cariño, le dice que es todo un personaje y él dice que no. Él dice que a veces sale a comprar pan y tiene para elegir dos panaderías y, en una, la que le atiende está buena, pero es muy rancia. Dice que casi siempre elige la otra donde, dice, ya le conocen, aunque no le conozcan, dice, aunque sea mentira. Se ríen porque, piensa, la gente está contenta e, incluso, es querido. Luego está solo, otra vez y pide, de nuevo una bebida, como dije y lee el libro que ha comprado hasta, acompañado por dos cigarrillos, llegar al párrafo en el que se lee: Nunca lloraba, ni aun en sueños, pues la pureza de corazón era para él motivo de orgullo. Le gustaba imaginar su corazón como una enorme ancla de hierro que resistía la corrosión del mar, y que desdeñosa de las ostras y percebes que hostigaban los cascos de los buques, se hundía bruñida e indiferente, entre montones de vidrios rotos, peines sin dientes, tapones de botella, preservativos…, en el cieno del fondo del puerto. Algún día se haría tatuar un ancla en el pecho. Luego cierra el libro y llama a la camarera y dice que cuánto es como si no lo supiese. La señora o señorita es muy amable. Él hace una broma y, luego, paga. Se despide y sale, afuera hace frío típico de que va a ser casi invierno. Al pasar por la cafetería más cara de esa zona ve, en el escaparate, a gayers que se besan. Le mola y entra y mira las bebidas y decide que lo que va a tomar es un Passport con hielo y, una vez que se lo sirven, lo paga, porque le da la gana, antes de tomárselo. Mola. Él está ahora solo enfrente del único gran amor, que es quien menos y más solo, durante la vida que recuerda en ese momento, le ha dejado. Los gayers se abrazan y se besan y se chupan a su alrededor, en otras mesas. A esta gente, piensa, le debería de parecer un idiota a poco que me conociesen. Las voces que imagina están cantando una canción muy bonita de esas para dormir a los niños que no se quieren dormir. En el coro también hay pájaros de colores y príncipes y princesas, gente de la radio y de la televisión. Él no lo va a dejar y como, desde que nació, es escritor, va a contar, cuando llegue a casa, el día en que conoció a Antonio Gala debido a su trabajo o eso que él creía que tenía que realizar por aquel entonces. Va a escribir eso de que le dijo que otra vez, cuando él estaba trabajando en otro lugar, le invitaron a una fiesta donde conoció, dijo, a un novio o novia o eso que fuera tuyo, señor, que no me acuerdo muy bien. Luego sirvió. Antonio Gala bebía agua, se acuerda. Sí, se dice, eso voy a escribir. Como veinte años de absoluta sobriedad pasan inmediatamente mira de nuevo el monedero. Ha eliminado el número de la única amiga que era su amiga cuando la llamó y le dijo que era pesado de tanto llamar antes de que él diese un abrazo y colgase. Las voces internas son el cordón umbilical del bar. Parece, por un momento, que los gayers abrazándose no existen, aunque existan e incluso aunque hayan dejado de abrazarse. El amor es una cosa bonita que huele y, luego, hasta sigue oliendo. Mola, se dice, pero llama una amiga y lo coge y le dice que ha vuelto a ser él, con su amor y todo, que él, de nuevo, existe y que se ha cortado el pelo y le ha dicho su tía que está más guapo. Ella le regaña porque él está tonto. Le regaña y él dice que la ama, que nunca le deje y añade: por favor. Él le dice a ella que escribirá y que, de verdad opina, que un texto bueno jamás ha de tener edad ni basura ni tampoco, necesariamente, alegría. La basura, le dice él a ella, ya está en los sitios que tiene que estar, hay montones y La Tierra, por ejemplo, es muy grande. Ella le dice que baje. Él le dice que el otro día fue a la escuela de letras de Madrid y que un joven inquieto, argentino, Ernesto algo, le estuvo hablando de un curso, y tanto ella como él se rieron de nada en particular. No pasaba jamás nada. Los espectadores se ponían rectos cuando pasaba el tren y luego había quienes, sencillamente, ya estaban dentro del vagón. Ella tiene, de repente, una llamada del extranjero por el ordenador y él le dice que no pasa nada, que ya hablarán. Cuelgan y luego él piensa qué va a decir en AA. En AA siempre habla y participa y tiene amigos. Él piensa qué decirle a su poder superior y vuelve a mirar alrededor y se va de ese bar de gayers y mira el monedero y se va a uno de roqueros. Mamá llama, él dice que no es uno de sus mejores días pero que no pasa nada, que es que es invierno. La dice que un beso y que se cuide, que pronto irá a verla y también a papá. Él nota que hay una lágrima asquerosa en su cara pero sabe que no va a romper a llorar delante de todo el mundo. Ahora, debido a la confianza de unos amigos, escribe cosas para una revista importante del internet y debería de contar cosas de cultura, de películas o de los libros que lee en el metro o cuando se toma un café en la facultad. Todo es un éxito por el momento, le dijeron, así que él debería de estar contento. El hombre de la barra es un tipo majo que se parece un poco a Mick Jagger, el de los Rolling. Él dice en alto y sin ninguna educación que es la caña la puta mierda del bar de los cojones. Luego le dice al compañero de la barra que perdone y, añade, compañero, y dice que, por favor, le sirva otra bebida y, luego, paga y se marcha decidido a escribir un artículo sobre Juan Rodolfo Wilcock, poeta, cuando llegue a casa de una vez por todas. Como esa noche se encuentre a los niños de los porros que le dicen cosas en la misma acera, se van a enterar ellos de qué es sentirse en su puto sitio. Pero, cuando tiene la llave en la mano, ve el bar de Pedro abierto y sin ninguna necesidad de mirar el monedero, entra y dice que quizá se haya emborrachado y que, por eso, se va a beber una tila o algo para los nervios y la serenidad, que es muy importante.
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martes

La Gaya ciencia

Hoy he matado a una de las cucarachas. Era aún pequeña y quizá estaba aprendiendo. La vi mientras calentaba un vaso de leche. Es muy raro que no aparezca alguna, no siempre las mato. A veces me quedo pensando y me despierta el avisador del microondas y, en esos momentos, a veces vuelvo a mirar y ya se ha marchado. Hoy la he matado. Era pequeña, quizá estaba aprendiendo. Después he sacado el vaso de leche del microondas, le he echado un poco de azúcar y me lo he bebido. Mañana vendrá la prima segunda de esa cucaracha y será quizá otra historia.
Se habla mucho del amor de las cabras, de las vacas o de las ovejas, pero poco o nada se dice de arrinconar una cucaracha para darle la medicina despacio y, luego, una vez muerta matarla de nuevo ya a todo volumen junto con la -siempre casi- inocente prolongación y la pared en la que morará todo el desperdicio, un poquito más abajo de donde cuelgan los guantes de fregar los platos. A mí me gustan las cucarachas, son amigas, confidentes y quizá también, como digo, mis amantes, el último aliento que le queda a esa ansiedad, que sólo las busca como desenlace a ese amor perdido e imposible de recuperar que seguramente haya sonreído por vez primera en la mirada de la madre, como decía Wilhelm Reich, al que adoro porque no fue querido en sitio alguno, pero que, al ser un genio, tenía el cerebro para haber hecho un cocido con él, y luego ropa vieja. Que se hizo. La digestión está en Moyano, y yo la leo con religión.

Hoy he visto a Ana, la puta, y la he dicho hola y ella ha sonreído y girado el brazo. Adoro lo que hay en ellas de chica, que es una chica que también muestran cuando te dicen que las tetas no o algo parecido. Necesito ver una madre en ellas, pero no veo absolutamente nada más que el tiempo pasa y se resume en un menú menos y de lo único que disfruto de veras es viéndola lavarse el chichi para otro mientras yo me pongo los calcetines y la digo adiós a sabiendas de que recorreré llorando el camino hacia mi casa.

La verdad, hace tiempo que no accedo a los dolorosos, aunque con mucho de entrañables, servicios de la puta. Cuando hoy la he saludado parecía que se acordaba de mí, Anita, bonita Ana del Este. En la calle son la familiaridad de una compañera del colegio (del colegio en el que tuve y aún guardo compañeras y amigas, no del otro, que había en las afueras, donde sólo había gansas debajo de un mueble que luego resultaba haber puesto allí otra gansa, muy guapa ella y, sobre todo, fea, ignorante, extraña, una joya atada a un alambre que bien pudiera ser el nervio aún vivo de una muela).
Cucarachas como mi primera amante, casi anterior a la esquizofrenia, con quien follaba en el interior de coches que habían abierto esa noche para llevarse la radio y hasta las cintas (qué gentuza, caray, ha habido y hay en España). Su madre para conmigo tuvo la delicadeza de enseñarme a bordar. Yo pensaba en los tres y los tres pensaban en mí. Pero no era una trinidad santísima sino una trilogía al estilo Matrix. Un lugar de donde terminaría yéndome, aunque en aquella ocasión lo hice después de que me echaran.

Yo no tenía ni idea de sexo y sigo sin tenerla, como tampoco la tiene el sexo. El sexo es y se encuentra ahí de repente, entre el mundo y tu otro yo, que es un yo que lo mira desde el yo que el propio sexo tiene.
Yo me sentía asqueado y viejo, quería penetrar a los caballos con quienes trabajé más adelante en la granja escuela donde oficialmente yo era el monitor de la cocina y donde yo hacía chistes a los niños y servía lentejas y esas cosas, y luego, en mi hora del cigarro me iba a ver a los caballos, a ver si con esos aprendía sexo. Me los hubiera follado a todos si hubieran estado dormidos o muertos, pero siempre estaban aquí y allá y al otro lado. Yo en medio terminaba mirando hacia arriba y el cielo tampoco decía nada.

Luego mi pajote era escrito así, más o menos con otro pajote: Hoy vine de la granja escuela leyendo en todos los lados, en los árboles (con quienes nunca follé), en algún pájaro, en los chicles de menta que me daba mi tía por si me olía el aliento a tabaco. Esas cosas. Y seguía diciendo: Hoy he conocido a una chica estupenda. Está preñada. Ponía punto final y santas pascuas.
Algún día encontrarían todos esos textos y serían los demás los que se estrujasen el lorito que habla solo entre la pared y una cucaracha, los que acercasen las flores esas que hay por el campo a esos 15, 20, 25 o 32 o 48 centímetros que, indiferentemente, ese yo cargase para decirles adiós, hola o lo que se les ocurriese.
Y ahora soy poco más o menos que san Juan. Cuando visito a mis padres paso por un campo donde hay remolachas o patatas o como se llamen y me creo que, durante esos cinco minutos que aguanto sentado en una roca, estoy entendiendo a esos cariños cómo crecen. Luego quedo con alguna amiga y hablo de esto y aquello, de las películas y España y de que yo quería ser bombero de pequeño, y torero como Palomo Linares, y de que ella quería vivir en el lejano oeste. Y no sé qué hacer y a veces digo que pago yo y ya está. El fracaso de todo y también del sexo es algo que ya hay y no tengo que buscarlo. Para derribar ese muro ni siquiera hay que saber dónde se encuentra, aunque a lo mejor hasta sea en la propia polla esa de todos los días. 12´40, pues eran cuatro cafés y un par de tónicas. En fin. Mañana no como y ya está. Veré a Anitita, ese fragmento de un sucio dorado, esa manzana pelirroja del Este, como hoy, cuando la he saludado como si fuera un viejo amigo que salió en un sueño del que ni siquiera me acuerdo.

Escribir también tiene otro yo, tiene varios y ninguno tiene nombre, pero siempre nuestras cabezas, que son más viejas que los escritos, les ponen uno y otro y otro más. Las cabezas son incluso más viejas que las pollas. Son muy mayores y de garrote hasta usan a la polla, que no les sirve más que para hacerse creer que algo, en este mundo, las sostiene. Y no, siempre es al revés, copón, es la cabeza la que sostiene a la polla, como bien sabían Bobby Fisher, Capablanca, José Mourinho, los buenos vamos.

PD: Joder, qué post más raro. Yo, en teoría, lo empecé porque me creía que tenía la mente clara, y hasta la polla clara, pero me voy a ir a acostar y esto se va a quedar así hasta que un día, como me encanta ver en qué estado se encuentra ese manojito de rosas, vuelva a leerlo y sepa por qué. Que me lo tendré que inventar, claro. Quiero decir: otra vez. El sexo, la polla, los coños, todos esos viven el tiempo de Heráclito, que iba y venía en el propio tiempo. A ver si va a ser eso, queridísimas lectoras de esta pobre y arrogante “cosa”, amigas. Venga, ya me callo. Luego que si ya los del Inem no me llaman para nuevos cursos, a ver: leen mi blog. En fin.
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domingo

Have you ever really love a woman

sobre seducción ;)

Esta mañana me he suicidado al revés, de muerto a vivito. Es muy facilito, amiguitos. Sólo hay que disparar apuntando bien (bien es normal, en ello, al tajo y ya está, como si estuvieseis llenando una jarra de líquido con otra, sin que se caiga nada fuera, así de sencillo) a la cabezota propia, y luego, después de haber apretado el gatillo, levantarse para contar hasta tres. Y ya. Se siente uno como nuevo, leche. Y no existe el blog, pero tampoco las otras típicas preocupaciones diarias, como comer, la familia, trabajar y eso.
Se siente uno que, ostias, dan ganas de repetir.
Ayer estuve en la sala Room, que es uno de esos sitios que le gustan a Yara, tomando agua del grifo. Bajé a los baños y me puse a mear y, al lado mío, la voz del hombre que doblaba a Jimmy Coburn dijo: Eh tú. Soy dios.
Tenía los ojos de Alejandro Gándara, la nariz de Juan Manuel de Prada y la perilla de Constantino Bértolo. Luego miré más hacia abajo y se me descongestionó cualquier coqueteo con mis pensamientos de cuando hago pis.

- ¿Y qué hace aquí, señor?
- Estaba mosqueado porque no ves mis señales. Quiero decir, las ves, pero pasas de ellas. Joder, eso no se hace, Albertuchico. Me cuesta mazo de curro diseñarlas y tú, con tu pasotismo, me obligas a que piense ¿Todo esto de la creación, para qué? Si yo hago una señal, a ella, neng ¿Me entiendes? ¿Te imaginas que todo el mundo pasase así de las señales? Ha habido mucha gente que se perdió en el camino. Mira Poli, el potro de Vallekas, sin ir más lejos. Yo le envié señales para encaminarle hacia su destino: la política internacional. Fue poco después de la somanta que le metió mi niño, el negro zumbón Whitaker, que también era una señal enviada por mí. Y mira.
- Pues...
- Tú, a estas alturas, si hubieras seguido mis señales tendrías un corral lleno pollos y gallinicas, una mujer que te querría y dos hijos con ricitos, pero te empeñaste en que tenías que escribir y escribir y el blog y Umbral y el premio Planeta y toda esa mierda. Ahí voy. Yo me di cuenta de que tú estabas obcecado y, entonces, te convertí en un icono, como a Kafka, a ver si así dejabas de escribir. Pero no, tú empeñado, ahí, como Fernando Marías.
- No entiendo.
- A Kafka no lo lee ni dios, doy fe, quiero decir ahora, algún jovencito va y se lee algún cuentillo, pero en cuanto creen haber entendido el icono, en cuanto creen haber salvado sus pelotas de cara a una cita con una muchacha que también lo ha hecho ya suyo, van y lo dejan, allí, en esa jaula que pertenecerá a ambos para que manoseen sus barrotes mientras piensan en otras cosas típicas de hoy. Kafka es un bote de cocacola y todo lo que le rodea está dentro. ¿Lo entiendes? A la derecha está Max Brod, nuestro hombre, ya sabes, el que nos interesa de veras, y a la izquierda ¿Quién coño está a la izquierda? Eso, Albertuchito, tú ponme caras, a la izquierda sólo está el olor de sus micciones y defecatio, que no es nada más que lo que parece.
- ¿Y yo qué hago?
- Pues no sé, ser bueno, coscarte y esas cosas ¿Sabes? Antes de que subas a bailar con tu amiga te voy a permitir hacerme una pregunta.
- Guay. Dios, estoy siendo muy bueno, he dejado de beber y como moderadamente manzanas como sabes y, además, hago ejercicio ¿Por qué engordo?
- Muy buena pregunta. Te haré llegar la respuesta en forma de señal a ver si te enteras.
- ...
- Ah, tienes que leer más a Harold Bloom, coño, que no lo lees casi nada y está triste.
- Pero si ya lo he leído.
- Que leas a Harold Bloom, coño. Una vez más y otra, hasta que te mueras del rayo.
- ¿Del rayo?
- Emm... Que leas a Harold Bloom, coño.
- Espera, Dios, mira, ahora te lo he llamado con mayúscula, oye ¿Es verdad que en Latinoamérica hay un club de fans de mis ficciones literarias?
- Venga va. No es serio, pero sí. La sede es una plantación de Lophophora williamsii. Te lo digo para que te hagas a la idea de la gente que te lee.
- ¿Lopho qué, Dios?
- Bueno, que te den.

Y se evaporó. Yo no sabía qué hacía aún con la minga fuera. Me abroché y pensé en lo que dios me había dicho, que tampoco era gran cosa comparado con el hecho de hacer pis a su lado. Así que me apañé y subí a buscar a mi amiga Yara. Pero no la encontré. Encendí un cigarro y me puse al lado de unas muchachas con imperdibles en las narices. Dije: hola. Sonreí de nuevo y volví a decir hola y así hasta que una persona me tocó el hombro y me dijo, con la voz de Rosa León en Nuestro pueblito, doctor, ¿Sabes quién soy, no?
¿Andy Warhol? Dije. No, dijo. ¿Belén Gopegui? Dije. Frío, frío, dijo. ¿Casanova de viejo en la biblioteca? ¿Stephen Hawkins curado? Pregunté. Casi, dijo, soy el demonio. Ah, dije. He estado hablando con dios antes, añadí. Ya lo sé, me dijo, soy el demonio, hombre, me entero ¿Sabes? No, lo siento, dije. Oye, me dijo, que yo que tú no le haría caso eh. Yo creo que deberías seguir así, normal, leyendo a Albertotito Olmos y a Bellaluna y a Odile Lautreamonde y a Jose y a Campesina... ¿Harold Bloom? ¿Pa qué? Dijo el demonio.
No lo sé, me lo ha dicho dios, dije.
¿Y por qué no lees a Chomsky? Dijo el demonio.
Es que ahora estoy leyendo los diarios de Kafka, le dije.
¿Y qué tal? Dijo. Le dije que me molaban más que los de Musil y los de Gombrowicz.
Qué guay, dijo el demonio. Oye, dijo, cómo mola tu reloj.
Es del detergente, dije.
Cómo molas, dijo. Oye ¿Cómo queda mejor El demonio o Satán?
Mmmmm, Satán.
Ah, pues lo tendré en cuenta. Ahora me voy a comprar al H&M y a Zara. Pásatelo bien y sigue yendo a alcohólicos anónimos y siendo del atlético de Madrid, que va a hacer el ridículo el domingo en el Bernabéu.
Encantado, Satán, dije. No sé si estarán abiertas a estas horas las tiendas o si a ti te da igual eso, añadí.
Hasta luego, majo, dijo.

Como Yara no estaba me fui a saludar a Xflash y decirle que me piraba. Ya en la calle estuve pensando. Y pensé, y pensé. Y, luego, pensé y, más tarde, me vi en el espejo del ascensor y luego abrí la puerta, tomé un vaso de leche y me metí en la cama, aunque primero la abrí, la sábana. Al día siguiente desayuné crispis y volví a pensar y luego conté hasta tres, pero empezando por el tres, y moló mazo, y me tenía que ir enseguida a clase si no quería que me pusieran falta. Y llegué, llegué. Y llegué.
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viernes

Un buen chico

He estado pensando un puto post. Todo el día. Mientras me levantaba -temprano-, mientras me duchaba, mientras me vestía, mientras mordisqueaba una manzana camino hacia el metro, y cuando cogí la manzana de la cocina, también entonces pensaba en un puto post. Al cerrar la puerta pensaba en un puto post y mientras giraba la llave y al llamar al ascensor. Ah, luego he empezado a mordisquear aquella manzana de antes y, ya lo he dicho, ya no me quiero repetir más en este jodido post, he caminado hacia el metro. En el metro he caminado hacia la parte de más allá, mordisqueando el final de una manzana y pensando en un -de mierda- post. He tirado el tronco de la manzana, a una basura, efectivamente.

Recuerdo, una vez en el vagón, he abierto un libro típico de esos que yo leo en el metro, sobre espadachines que luchan por conquistar a las cortesanas y eso. Hasta ahí bien. Me he concentrado y normal, hasta que he empezado a ver señales de mi relación con mi post y el demonio en frases como “Si nuestro amigo pereciera en la batalla, el mismísimo rey tendría pronto cuenta de ello” y “para clavar la espada el osado caballero eligió el vientre”. Mierda, me he dicho. He tenido que bajar en la estación siguiente, que no me acuerdo cómo se llama. El puto post que estaba pensando también estaba en las caras de todas esas personas que, con sus ojos, se dirigían hacia mí, un pobre chaval normal que tan sólo estaba corriendo en una estación cualquiera de metro diciendo tan sólo en alto: Aleja de mí este cáliz.

Una vez en la calle he dejado de gritar y pensado para mis adentros: Qué ciudad más hermosa. Una putada no saber cuál de ellas es, bien cierto, también pensé. Así pues entré en un bar a hojear un periódico. El camarero vino y yo dije que quería café. Es más, añadí, en vaso, por favor y sin nada de estricnina. Mientras, bajo mi atención, el señor lo ponía, le dije: Esas malditas tazas son para pequeño-burgueses, por eso prefiero el vaso, estimado señor mío. ¿Sabría usted decirme qué ciudad es esta ciudad tan hermosa donde habita lo salubre del aire y de la gente?

Desde que entré yo ya había notado que me miraba raro, pensé. Ese hombre, sin duda, no se había tomado la medicación para los nervios. Se lo dije cuando me espetó si yo era de aquí con tono despreciativo. Tuve que salir corriendo, menos mal. Ese hombre era peligroso y a mí ni siquiera me había dado tiempo a probar el café ni hojear el periódico y, lo peor, ni siquiera había pagado. Debía de volver, sin duda, abrir la puerta despacio sin que el hombre lo notara, avanzar hacia la barra, dejar el dinero que vale un café y marcharme, aunque en ese momento me acordé de que no tenía dinero y me dije que otro día, cuando lograse tener dinero, entonces volvería a ese bar y pagaría aquel café que me sirvieron en vaso en aquella ocasión, cuando yo me había bajado del metro en una estación anterior a la cual me iba a dirigir por la mañana cuando tomé el metro mientras tiraba a la papelera un tronco de manzana, tras asearme y salir de casa aquel día que me había levantado temprano por tercera vez en mi vida, esa, porque sin lugar a duda yo había tenido una vida por la que habían pasado, por ejemplo, otras. Sí, cierto, me dije, cierto, buen chico. Y me acaricié la cabeza con la suficiente energía. Y ahora, le dije, debemos encontrar la boca de metro en la que nos hemos bajado para regresar a nuestro hogar. Sólo había un problema, él no llevaba abono transporte y yo, me di cuenta, tampoco podía pagar su viaje.
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miércoles

La alegría del planeta

"En la tela de araña titilaban / lentejuelas de rocío nocturno" (Jose)

- Hijo ¿No vienes a ver el fútbol?
- No, papá, va a venir ella dentro de poco.
- ¿Ella?
- Sí, creía que ya te lo había dicho.

Poco después suena el timbre. ¿Eres? Sí ¿Qué tal? Bien, te estaba esperando. Tienes una casa muy bonita, Alberto, la entrada está muy bien decorada. Mamá es muy aficionada… mira, te presento a papá. Hola. Hola. Mira, papá, la conocí en el trabajo ¿A que es muy hermosa? Oh sí, sí. He decidido que viniese para enseñarle mis colecciones y también había pensado en que se quedase a cenar algo. ¿Papá? ¿Qué, papá? ¿Qué piensas? No, nada, hijo, en mis cosas.
...

Qué ganas tenía de que vinieras, Laura. Tengo no pocas cosas que enseñarte. Mira, esta es mi habitación. Mola mazo ¿A que sí? Siéntate cómoda, puedes coger los libros que quieras y, también, poner un disco que te guste. ¿Te encuentras bien? Yo te veo bien, es sólo que me gustaría que me lo dijeses tú. Oh, Claudia, eres tan guapa. Voy a empezar por el plato fuerte. En este cajón se encuentra una maravilla de la ciencia. Mira, es un bote de cristal. Parece no contener nada dentro y, además, si lo muevo no suena ¿Ves? Sin embargo, si acercas esta lupa verás a seis personitas hechas a mi imagen y semejanza sólo que muy pequeñitas. ¿A que es increíble? Les voy a colocar en tu pierna, ya verás. Es sólo verter el bote. Te aviso que son un poco traviesos, aunque nunca se escapan. Qué divertido, Lidia, que hayas venido. Mira, mira con la lupa cómo se mueven. Eso es que les caes bien. ¿Te hacen cosquillas? Ja, ja. Está bien, elegiré yo la música. Mi colección de jazz está bastante bien. Mira, este es una rareza. Ya verás, suena muy bien, aunque flojea a partir de la tercera. Creo. Tampoco soy un entendido. Déjales corretear a sus anchas, lo entienden como un recreo, cuando quieren regresar al bote se quedan quietos. Se me ha olvidado decirte que no respires muy fuerte delante de ellos. Una vez me pasó que… ¿Te encuentras bien? Mira, Gloria, para mi gusto la entrada de la guitarra en esta no está del todo mal. Luego se lo carga, pero al principio está bien. Estar aquí contigo hoy es como estar en el paraíso ¿Sabes? Tengo tebeos ¿Quieres ver mis tebeos? Si por mí fuera los tendría guardados en una caja fuerte.


Roberto, creo que me he cargado a uno de tus bichos sin querer.
Déjame mirar. Lo siento. Oh, no, no te preocupes, Clara. Es el número dos, le gusta hacerse el muerto ¿Ves cómo a veces se le nota que respira? Siempre está jugando. Ja, ja. Malditos enanos. Despierta John. No te hagas el remolón, sé que te quedarías un rato más con Sara, pero ya es hora de que vuelvas al bote junto con tus hermanitos. Perdóname, Silvia. Quizá ha sido un atrevimiento. No son malos chicos. ¿Jordan? ¿Te has escondido, Jordan? Mira, estaba haciendo escalada. Jordan es el más marchoso de los seis. Ja, ja. Ahí está. Al bote, Jordan, es la hora de dormir. Escucha este solo de tenor, contrasta mucho con el sonido de la trompeta. Estos tíos eran genios. ¿Marta? ¿Tienes hambre? No quisiera que te aburrieses.

...
Te seré sincera, Carlos. Nunca he entendido mucho los tebeos de superhéroes ¿Sabes? Pero diría que tienen buena pinta. Este, por ejemplo. Ah, ese es buenísimo. Te lo presto, si quieres. No te preocupes. Va de un asesino que no sabe que lo es, aunque tiene flashbacks y, a veces, todo le parece muy extraño. ¿Te imaginas? En la vida real es un hombre recto y trabajador en unas oficinas de empleo. En serio, si te gusta, llévatelo. De verdad, me da igual. Creo que… Ah, me parece que deberías escuchar este otro disco. Mira, es un trío. Ella canta suave, ya verás. Percusión, un piano y ella ¿Para qué más? El piano a veces también hace de percusión. Oh, Elena, no había caído, perdóname ¿Quisieras una cocacola? Las metí esta mañana, deberían estar frías. ¿Y otra cosa? ¿Quieres otra cosa? Me suena que había algún Nestea.


¿Cómo ha quedado el partido, papá? Lucía y yo hemos decidido que cenaremos pizza. ¿Sabes si mamá llegará hoy antes de las once? Quizá la espere para contarle lo que me dijo la abuela. Cada vez la noto más rara. Ha perdido mucho. ¿Papá? Ah ¿Tiene pinta de que vayan a remontar? ¿Papá? Sí, ella está esperándome.


Perdona, Margarita. Estaba hablando con mi padre y además he visto que tenía una llamada perdida de un número raro cuando he llamado a la pizzería ¿Cuatro quesos con rúcula está bien, no? La de piña con beicon también la hacen muy bien. Todavía estoy por llamar y pedir una porción para que la pruebes.
Eres un encanto, Juan.
Compré algo para ti, es una tontería, casi se me olvida. Mira.
Oh, es precioso. Ja, ja.
Lo cogí viniendo del metro. Ja, ja ¿Entonces, te gusta?
Pero no tenías por qué haberte molestado.
Oh, fue un placer. No pude… No supe evitarlo.
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martes

Visita

La última vez que la vi estaba hospitalizada. ¿Qué llevas ahí? Dijo. Es un regalo. ¿La depresión de España? Está, dije, tachado por Fernando Millán. Ah, dijo. Hicimos el amor allí mismo, poco me importaba que una venda cubriese su entonces ya inexistente nariz. Detrás de eso, al fin y al cabo, estaba ella, pensé, y, cuando conseguí quitarme eso de la cabeza, me corrí. Nada más abrocharme la bragueta entró una de sus enfermeras. ¿Han venido a verte hoy eh? Soy Alberto, dije, mintiendo sobre mi verdadero nombre. La enfermera me dijo que había habido un problema con la cocina y que la comida no estaría lista hasta dentro de un poco más de media hora. Bien, dije, nosotros hablamos mientras. Bien, dijo. Echó un vistazo al suero y nos dejó a solas de nuevo. ¿Aquí no se puede fumar, no? Dije mientras encendía un cigarro. ¿Crees que lo ha visto? Dijo señalando la sábana. ¿Qué más da? Dije, y chupé el cigarro. ¿Tú cómo estás? Limpia el semen, joder, dijo. Vale, dije. Echa agua aunque sea, dijo. Después de todo eso estuvimos hablando aunque no teníamos nada de qué hablar. Me cortó en uno de los momentos en que estaba diciendo cualquier nada para pedirme un cigarro. Lo encendí en mi boca y lo coloqué en la suya. ¿No te recuerda esto al colegio? No, dije y también añadí que me hubiese gustado mucho que hubiera otro paciente en la habitación, uno de esos que van a palmar casi fijo, con su señora al lado, añadí también, cogiéndole una mano. Abre la ventana, dijo, se nota el humo. Abrí, nos miramos un rato sin decirnos nada hasta que ella dijo ¿Qué? Estoy al cigarro. Cuando lo terminó le dije que me lo diera y lo tiré por el váter al igual que hice con el mío. Me volví a sentar a la vuelta. Estás hecha un adefesio, le dije. Ella me aguantó la mirada y al final fui yo el que la colocó en otra parte. Poco a poco, dije, y repetí: poco a poco, mirando hacia la parte baja de la camilla. Cogió el libro que la había traído y lo hojeó y yo continué mirando a la parte baja de la camilla. ¿Qué crees que habrá tachado aquí? Dijo señalándome una página. Me da igual, dije y la pregunté si la gustaba. ¿Tú qué crees? Dijo. Ah, dije. La verdad es que no sé qué me gusta, dijo. Ya, yo tampoco, dije. Es un detalle, dijo, que te hayas acordado de mí y tu visita, dijo. No tiene importancia, dije ¿Otro cigarro? No, mejor no, dijo. Espero a que te llegue la comida y me marcho, he quedado para ver el partido con un compañero que vive a tomar por saco. Su mujer ha estado haciendo comida y no sé qué, añadí. ¿Me quieres? Preguntó. Sí, dije. Me miró. Dije que si se ponía a llorar me iba. Me recosté y cerré un poco los ojos. Poco después trajeron la comida para ella, pescado y ensalada. Tenía buena pinta. Por lo menos hoy estás acompañada, dijo la enfermera, pero yo no estaba seguro de si era la misma que había venido antes. Vi cómo deshacía el papelillo de los cubiertos mientras yo avanzaba hacia el chaquetón. Ven más, dijo. Dije que a ver cómo andaba de tiempo. Tú a recuperarte, dije enviando un beso y me dirigí hacia la puerta. Gracias dijo antes de que cerrase.
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viernes

La vieja Polaroid


foto: Líneas albiesas, México (Marieta)

Era verano de mil novecientos ochenta y tres, en unas eras de por Valseca, Jesús y David me miraban mientras yo diseccionaba una rata con un palito. En algún momento tuvo, supuse, que comenzar la historia de la literatura que ya, por supuesto, hemos dado por acabada hace bastantes minutos. Unos pocos años más tarde de aquel mil novecientos ochenta y tres mamá compró una Polaroid.

1º fotografía: La Teo sonriendo.

Un amigo me ha dicho recientemente que he de encajar mis fracasos lo más rápidamente que sepa, obviando que ese saber es también un fracaso. Hoy escribo en una habitación de Brunete y, en el medio de su alfombra, vive una charca con tres ranas o sapos. El hambre que sale de sus ruidos, lo sé, es una ficción y, por favor, estoy intentando escribir una carta de bienvenida, así pues, les ruego.

Hoy he estado de médicos. Todo un motín a bordo. Sabotaje. A cambio él le ha dicho a mamá que nota a Alberto un poco agresivo. Papá estaba mientras haciendo un solitario típico de esos de cartas. Bien e incluso he accedido a que me hicieran una nueva analítica con tal de dejar de oír a aquellas putas ranas que viven en la alfombra de la habitación de Brunete. Su hambre es vulgar, quizá hasta sea otra cosa idiota de mi cerebro.
Los niños han desvalijado la que era mi habitación en ese pueblo de mierda cuyo nombre no recuerdo si es correspondiente con el lugar en el que me encuentro ahora y, aunque “el hombre es radicalmente más de lo que puede saber de sí”, también han desaparecido mis colecciones de cosas nada necesarias. Cosas que recojo en los paseos esos que daba por el monte y que es una manía, la de recoger, que también he continuado en Madrid. Una máquina tragaperras a la sombra de un chopo, por ejemplo, pesa demasiado. Debieron de robarla de algún bar y reventarla allí. Me acerqué y me hice, golpeando antes con un mechero, con un trocito de plástico duro que mostraba un dibujo, lo cogí. En eso consiste que yo me mueva de un búnker.
Además estoy faltando mucho a la facultad, donde me lo paso muy bien y hablo con gente.

2º foto de la Polaroid: Mamá, la Teo y yo. Al fondo la casa del cura que, hoy, es la casa de un familiar mío.

Vuelvo a lo de los libros: Pensé que había sido yo quien los había trasladado y así es en algunos casos, pero no todos. También me han hurtado o escondido algunos, quería decir, sí. Casi no hay ninguno que no contenga anotaciones mías atrás, delante o en el medio. Me da igual la existencia de esas anotaciones (más aún las propias anotaciones) pasados unos minutos, en cuanto habrían de responder a otro yo, pero, aún cobijada bajo ese parecer, la agresión es existente. Mi habitación, como yo, parece que es de todo el mundo. Y lo es. A ver, al ser de Alberto. Pues tampoco es eso.
Por ejemplo: un amigo va y me dice: He leído tu cuento, que sucede en una especie de sanatorio mental dentro de una mente. Y añade: Es algo beckettiano.
Pues no, seguramente es uno que va sobre soldados, fijo. Estoy seguro. Yo escribo cosas normales, de la vida real, intento darles un significado, esta vez con letras, a ver qué pasa. Es lo mismo que hago con guardar en una misma puerta de armario todas esas cosas innecesarias que recojo por la calle. (Mira qué resumen más finito me ha salido de la obra cumbre de William James). Prefiero escribirlas porque caben más en menos espacio. Así en el blog hay unas y en los libros otras, en el moleskine otras distintas y en los cuadernos de mi juventud, ¡claro!, cuando de verdad escribía yo bien y donde se me nota esa pasión que he ido enterrando hasta que no sé qué ola la alimentará en la ocasión siguiente. Caben muchas. No es cosa llenar la casa de trastos. Para eso ya existe mi tía Pepita.
PD: Las ranas han callado. Continuaré este escrito mañana, si es que sigo usando este ordenador. Con esto quiero decir también: Hemos cambiado algo, no yo, no.
(Dormir es de pobres.)


Siguiente oración: Hoy he soñado con que volvía a empezar la Edad Media. Todos los hermosos caballos estaban agonizando en el barrizal, no tenían patas. Unos niños se sentaron cerca para ver chapotear a esas asquerosas fieras. Las madres preparaban el queso en sus casas, todo estaba bien, como el amor. El amor pasaba en uno de los hostales de carretera. La tetona que había arriba le decía al tiparraco: Oye, ¿Va todo bien? Imagínatela ahora calzándose. No era la puta edad media del viejo Strindberg, joder, eso era el oeste. Las buenas del oeste. En la cantina, un hombre dice: ¿Sabéis cuál es la casa de Penélope Banks? Un hombre sin dientes ríe en la barra, le dice si no ha tenido suficiente esa mala puta. Yo sigo en mi habitación oyendo el hambre falso de tres ranas o sapos. Con todo esto quiero decir que he dormido maravillosamente y que no recuerdo de qué va este post, salvo de dos o tres sapos y ranas que siguen hoy acá, con sus ojos exiguos clavados y tampoco, claro, es que existan, como no puede existir su maldito hambre, dije mientras me desayunaba un trinaranjus en finales de octubre del año 2010, la jodida edad media.

En las editoriales de estructura me envían a las de poesía, en las de poesía me envían a las de zoología. Necesitaba desaparecer, calmar el vacío de las putas con haloperidoles. He tirado la marihuana que encontró Julita porque estaba sequísima. En la facultad estaba anotando los horarios en un libro que acababa de comprar y un hombre se me acercó y me dijo que él me dejaba hojas y yo dije que no, que el libro era mío y que gracias y dijo que no le parecía natural y saqué del bolso el cuchillo ese del jamón que llevo para defenderme de los homosexuales del metro de Madrid y le dije que yo soy así, coño. Y la gente, como si yo tuviera un problema mayor que el de cualquiera, diciendo... Existe un parentesco, no hay duda desde que esto empezó, entre la naturaleza y el ser humano. Yo hablo en el yo para descubrir en él ambas cosas. Nací, punto. Escribo, pero eso ya es sólo una puta enfermedad. ¿Qué hubieras hecho tú si cuando cumpliste un año te hubieran arrancado, de pura felicidad, las dos orejas? En ocasiones me siento como Richard Chamberlain en Kung Fú y me digo a mí mismo: es el momento de beber agua.
Las editoriales españolas son maravillosas. Echa un vistazo a las tiendas especializadas en tebeos.

Un maya asustado hablando en mayo: ¿Qué coño es eso?
Chamán: Ostia, me has pillao.

Los españoles bajan de una barcaza y les hablan, luego cogen a uno de los niños y le cortan desde el codo. En esto consiste el padrenuestro. ¿Dónde está el puto tesoro?
La gente mira al chamán que permanece callado, luego dice algo como Chicos de la tierra, esto es una putada del copón, neng, joder.

No sé qué hay para comer, luego volveré a casa y, antes, me tomaré un 7up en el bar de los poetas, por ejemplo. ¿Progre o facha?... ¿Y tú me lo preguntas? Pues lo contrario que mis exnovias. Siempre.
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Carta de ajuste (Jota de despedida)


A su aún no olvidado nombre, porque del resto no me acuerdo;

Creí que este podría ser mi lugar en vez de cualquier cosa de esas que te sacan de la realidad o te prestan otra o lo que sea. Pues no. Madrid, la hermosa, es también, se sabe y lo dijo aquel parvulario, un estercolero de subnormales. ¿Tampoco es eso, no? Pues tampoco, claro. En este inicio el idiota -subnormal- soy yo, sin ninguna duda. Perdón, voy a empezar este escrito de nuevo.


Madrid es un lugar estupendo, sin ninguna duda. Acabo de llegar de un recital de poesía en un bar ambientado en los años de nuestro amigo, el solo de tenor, Lenny Bruce. Sí, salvo quizás por lo de “el solo de tenor”, mucho mejor así. Continúo. Tampoco he ligado, lo que es muy raro, sigo (bueno sí, ligar sí, perdón). Ya me voy centrando, descubro.
A ver si consigo seguir así, por el buen camino, que diría un amigo mío que, por cierto, no sé si está vivo, que nunca ha estado / estuvo en uno (no ya bueno), como seguramente yo, quiero decir, Alberto o como se llame eso que no sabe silenciar el teclado algunos jueves por la noche e incluso martes, miércoles, sábados, todo eso.


Nada más entrar he mostrado, con la mesura que sé, mi respeto. Un saludo de una conciencia breve. También he dicho: Hola, soy Alberto (que es como me llamo) y he al barman pedido una tónica. No estaba mi nueva amiga Mariona, que conocí ayer en el mismo lugar, lo que me ha ahorrado estar dentro de mi polla durante la duración del espectáculo. Finalmente he estado en un lugar parecido, la idea de escribir, no esto, sino lo de hace un rato, muy distinto a esto y que, claro, a saber si lo escribo algún día, que seguramente no. A lo lejos, entretanto, escuchaba a Lou Reed 1 decir: Nueva York, y a Lou Reed 2 decir otra vez: Nueva York. Yo nunca, y lo siento (tampoco tanto, no se vayan ustedes a pensar), he sabido qué es eso y quizás, por desgracia, no lo vaya a saber. Sí, claro, por las películas sí, y los libros y las fotos y lo que me han contado mis amigos y los que no son mis amigos. No es vanagloria, como dice mi amigo el que ha follado con siete u ocho sin sacarla, pero es sabido, aunque sea por lo que he escrito otras veces o dibujado, que tengo una imaginación bastante permeable (en definitiva es esa cosa que algunos confundidos llaman sensibilidad), que no necesariamente talento, y, claro, si oigo Nueva York acuden muchas cosas, muchas. Ojalá sólo hubiese oído, durante el concierto, la palabra Nueva York, pero no ha sido así y, posiblemente, debido a ello, sigo despierto, con lo que mola (en el caso de hoy) estar durmiendo.


La rima viejo con colegio de uno de ellos me ha puesto un rato en mi sitio, es decir, en todos esos lugares donde no quiero estar.


También me ha recordado una mañana maravillosa en el campus. Al salir de clase, (donde creo que la gusté a la maestra cuando dije aquello que dijo Nabokov a propósito de Sancho Panza, aunque fuera Kafka el que quizás lo dijo) tenía que esperar a Rober, que me ha traído apuntes (gracias!) con los que, ahora, debería estar poniéndome las pilas en latín, en cuya clase no sé en qué nave paseo, y, en la espera, sido encontrado por Odile y un nuevo amigo, charlando los tres sobre el harakiri, las chicas y los chicos, James Bond y muchas más cosas. Me he dado cuenta de que hablo mucho y de que no tengo excusa también. Lo estoy pensando ahora, aunque eso no tiene absolutamente ninguna importancia, claro. Ahora mismo sé que el mejor truco para estar callado es callarse. A ver si me acuerdo dentro de un rato o, de nuevo, otra vez, ahora.


Lou Reed 7 ha dicho Nueva York por sexta vez. Yo he estado aplaudiendo todo el rato, absolutamente todo, menos cuando hablaban. Perdón: New York. Era New York lo que decía, no Nueva York. Yo estaba viendo Manhattan en ese momento en noviembre o diciembre de 1999 en mi casa de Brunete, junto con mi abuela que decía: qué tonto es este hombre (refiriéndose a Woody Allen) y yo la decía: Que no, abuela, que es un genio. Y ella me decía que era muy feo. Y yo: ¿Qué importa eso? Y ella: Yo no entiendo tus películas. Y yo: Esto es mejor que los programas que ves tú de las desgracias de España. Y ella: Hijo, tú y yo nunca nos ponemos de acuerdo. Pues sí nos pusimos, estoy seguro, no ese día, en general, mi abuela y yo estábamos de acuerdo. Lo supe, cuando ella ya no estaba. A veces se me olvida, pero porque se me olvida todo.

No, en 1999 yo no hablaba, fue antes, cuando todavía teníamos el vídeo. A mí no me gusta ver pelis en general, pero he visto muchas, así que no me digan cosas raras sobre eso, por favor.

Lou Reed 1 y Lou Reed 5 discuten por la calidad de una película sobre un escenario, discuten y se enfadan y al final uno le llama gilipollas al otro, o, como a mí me dijeron una vez ¿Pero no has escuchado a los Iron Butterfly? Y luego: Entonces no has escuchado nada.
Por lo demás, casi seguramente, aquella cara que no recuerdo -lo siento-, nunca probó las lentejas preparadas por mi abuela, lo que tampoco quiere decir nada, quiero decir, por favor. Y luego está que, menos aún creo que en la vida, este blog no es el sitio más paradigmático para decir que ciertas cosas están feas. En cualquier caso es un lugar donde, cuando llego de repartir publicidad de la empresa de mi madre y mi padre (donde a día de hoy sólo somos, contándome a mí -como publicista- y a ellos, 4 empleados -luminosos Velasco, 91 6112213, rotulamos, montamos, diseñamos, todo tipo de materiales, vinilo, metacrilato, neón, búsquenos en el google-) a las tantas, cojo y transcribo el maravilloso relato de Juan Rodolfo Wilcock porque cabe la posibilidad de que usted no lo haya leído aún y es muy difícil de encontrar en las librerías y, creo, hasta por el internet, al menos hasta ayer por la noche.


Ya me he encontrado, de eso quería escribir cuando Lou Reed 17 ha rimado espuma con puma. Ahí es cuando me he levantado y dicho para mis adentros: joder, Maldoror ¿Qué haces aquí? Pero luego me he vuelto a sentar. Y he aplaudido (en esto prefiero la labor de pionero) y sonreído y, luego otra vez más, aplaudido y sonreído. Me voy a largar de este puto barrio echando ostias. Me he relajado, luego, de nuevo, si alguna vez lo estuve y dado gracias a dios (relación de mis manos con el cordón umbilical de mamá y mío, hoy) de mi sobriedad, de mi negación al borrachismo ese capaz de haberme convertido en alguien capaz de subir al escenario para romperles los papeles a los poetas que, seguramente, también son personas al fin y al cabo, con familias y eso.


A mí me gusta mucho la música clásica, y el que más me gusta de la música clásica es Felisberto Hernández. Eso no lo puse en el post del otro día. Mira, me he dicho, Maldoror, pensar eso relaja. Además, hoy he estado con Jose, que me ayuda y enseña trucos muy valiosos para eliminar la ansiedad o pánico o como quieras llamarlo, cuando se manifiesta.


Ayer, por cierto, encontré en un nuevo y viejo, claro, libro de Burroughs -publicado por la quizás demasiado exquisita, estupenda pero muy expensive y no está en Moyano, editorial Caja negra- que se llama “La revolución electrónica” y que tiene un muy buen prólogo de Carlos Gamerro. Lo tengo subrayado, copio: “La hija adolescente es sólo un refinamiento. Básicamente todo lo que necesita son grabaciones sexuales en el número 2 y grabaciones hostiles en el número 3. Con esta simple fórmula cualquier hijo de puta de la CIA puede convertirse en Dios, esto es, en el grabador 3. Reparemos en el énfasis puesto en los materiales sexuales de los allanamientos y en la colocación de micrófonos ocultos en el pozo ciego de Watergate… Poner micrófonos en el dormitorio de Martin Luther King… kiss kiss bang bang… Una mortal técnica de asesinato. O como mínimo certera para desconcertar y situar a los oponentes en desventaja. Así que el verdadero escándalo de Watergate que aún no ha salido a la luz no es que hayan puesto micrófonos ocultos en los dormitorios y registrado las oficinas de los psiquiatras sino el uso preciso que se hizo y se hace de este material sexual. Esta fórmula funciona mejor en un circuito cerrado. Si las grabaciones sexuales y películas se extienden y son toleradas y mostradas públicamente, el grabador 3 pierde su poder. Lo que quizás explica por qué el gobierno de Nixon está decidido a cerrar sets de filmación y a restablecer la censura en todos los libros y películas: para mantener el grabador 3 en un circuito cerrado.” Aclarar que en el caso mío, el yo ideal intuido transcurre en la hija adolescente, no en nuestro amigo Martin Luther King y no, desde luego, en la CIA ni en Richard Nixon, tampoco en mi querido William Burroughs ni en el traductor -hoy o ayer la cosa va de hallazgos- Mariano Dupont.

Es muy tarde. Pensé que iba a hablar de pajas en esta entrada, por eso la dediqué a una especie de cosa siniestra cuando debería de haberlo dedicado a la sobriedad, en este caso, de la primera persona del singular. Quizá lo titule sobriedad (vida, obra y milagros).


Al terminar he pedido un café y acercado a felicitar a Lou Reed 3.421, que se me ha pensado que yo estaba hecho un Bunbury, con la taza sin sorber aún en la mano (1`20, leche templada). Tiene que ver con la sobriedad dejar a cada quién con sus dudas y prejuicios ya que, se sabe, la solución, en uno mismo, es procurarse dudas y prejuicios y procurar, de nuevo, ese ambiente en el otro, por decirlo de alguna manera, de puro macho. Cuando me ha preguntado cómo les había conocido (que implicaba la realidad: tú no pasabas por aquí y ya está) he respondido que soy nuevo en el barrio y que el del bar me dijo, tomando algo, que, los jueves, hacían cosas de poesías (sí, en plural -por alguna razón de forma, aparte lo cariñosa, mi amiga Carmen, que conoció a tipos no necesariamente tan dispares como Dalí, Cantinflas, Umbral, Tip, Santiago Bernabéu, Haro Tecglen o José Luis López Vázquez me denomina Maquiavelo 2-), y la cosa ha surtido efecto, es decir, me he ahorrado tener que conocerle más -se lo ha ahorrado él en la forma, bastante despreciativa en el ademán, pero yo he hecho lo que quería: desaparecer, salir, ir a otro bar mejor, porque me llegaba para otro café y, ahora mismo, no sé desde qué hora estoy escribiendo esto, que es larguísimo ¿Verdad? Les explico:


Esta mañana, en el metro, quería escribir un post sobre La gran novela norteamericana que, di por supuesto en ese momento, era El pez plátano de nuestro amigo Salinger y, aunque aún ahora estoy seguro de ello, las fuerzas del escribir se me han ido hacia otro lado y, en el anterior punto, he culminado hablando de la forma en cómo Lou Reed y pico me ha renunciado, aunque también decidido explicar que ha sido porque mi sobriedad lo ha decidido, lo cual me lleva a grandes textos sobre ese tema en cuestión, ejemplos: Gombrowicz en casi todas sus obras incluyendo la obsesiva manera en que lo esconde de sus diarios y, posiblemente, otro alucinado, el también buen chico Antonio di Benedetto en la manera, distinta, de implicar esta idea basada en la obsesión y la recuperación de una identidad contenida dentro, por supuesto, de una simple cara, no lo dije, a través del cambio de estilo, que implica coger los restos antes de la propia invención de uno mismo, a lo que habríamos de sumar el caso -patológico también en el caso Gombrowicz- de escribir y, aún peor en lo referente a la patología, de escribir bien, de hacer calidad literaria. De los que he estudiado quizá el caso más extremo no sea el de un escritor sino el de un intérprete, alguien absolutamente inimitable, es decir, un genio, quizá el último, Glenn Gould. No se lo voy a explicar, léanse los putos libros. Sólo quiero aclararme yo a mí mismo en mis ejemplos y, lo único que hacen es traer otros. Desde que vivo solo en Madrid soy demasiadas cosas, al vivir. No, no es que sea Madrid, no, sino simplemente vivir, porque la posición fetal que adopté en la cama de mi borgiana habitación en la cual hasta me masturbaba, no digo más, no era vida ni era yo y, tuvo muñones, era sólo el precio de ser muy lindo y, para mi desgracia, hoy por fin pasajera -razón por la cual hoy a veces sí sé la realidad de todas las cosas y personas, sus secretos aparte y percepciones que, como muñequitas rusas han ido desvelándose en mi manera de entenderme a mí mismo hasta por fin reunirse en la gran madre que soy-, seductor.


Otra realidad del pasado reciente: No he ido a AA, bajé al bar y vi un poco del atleti. Voy a pararme un poco aquí, para luego retomar el por qué no he asistido a AA, que mejora mi calidad de vida, así como la calidad de mis oficios y hobbies, léase leer, escribir, aparte una vida dedicada a la esquizofrenia coherente y, por ende, basada en la fraternidad: con lo que también quiero decir, si te he rechazado se debe únicamente a que, querido y muy sufrido amor, yo estaba ebrio, quiero decir también: hoy no, pero también: No sé mañana.


Lo del atlético de Madrid: Soy del atleti porque mi padre, una persona sencilla, buena y bruta, cuya obra menor -que hizo junto con su amigo César, fallecido hace aproximadamente diez años- vive en el conjunto de nombre España y se llama Eva María se fue buscando el sol en la playa con su chaqueta de piel y su bikini de rayas o la otra, no me acuerdo, como se llame, que fue comprada por Fórmula V por 30.000 pesetas del año, quizás, sesenta y nueve y que, probablemente, haya generado a la ilusión de este nuestro país algún que otro nuevo ciudadano, me da igual si drogota perdido como yo… mi padre era del atleti y por eso yo soy del atleti. El atleti. Pues hoy ya he decidido que no voy a volver a ver ningún partido más de fútbol que, en mí, es el atleti y, alguna vez, España o el Barça, Dinamarca y el Madrid-Milan del otro día, porque quería comer algo (panceta fue). El atlético de Madrid es el equipo más ganador que hay, junto con el Inter de Milán anterior al año pasado e inclusivo el de sus dos ligas perdidas y ganadas. Eso es lo que quería aportar. Otra cosa: sólo sirve para dedicar post a Arteche (y seguramente en su día a Gárate y a Luis Aragonés -como quien dice: ojalá algún día a el Kun y a De Gea-). No fui mucho, pero recuerdo el partido contra el Groningen o como se escriba, mi primer partido… no, no, ya he hablado bastante de esto. Mi ídolo era Paulo Jorge dos Santos Futre, un día me acerqué para pedirle un autógrafo, yo estaba muy nervioso, pero no me lo pudo dar. También un día fui a ver a Tomás, que estaba en el restaurante Torre Eiffel de la calle Seseña -me costó escaparme saltando la puerta del colegio, él no tenía tinta en el boli, dijo, y, en la vuelta a mi jaula, siguiente salto, me pillaron y me castigó el señor director, que tenía bisoñé-. No puedo, no, no voy a volver a hablar más del atlético de Madrid ni de mi Liceo Castilla ni de mis amigos, que no sé dónde están porque crecieron, ni de Aluche, no, no voy a hacerlo nunca más en mi vida.


AA: No estaba pensando en el atleti, la razón de no ir ha sido que pensé en la posibilidad de los ojos y coño de Mariona, a quien conocí ayer o anteayer. No es suficiente. AA da más. Una de esas cosas que te dejan lo suficientemente perplejo como para seguir en este mundo incluso expresándose. Su literatura es acojonantemente seria, encierra para sí el humor de Beckett y la lírica de un Cioran o el Bataille de Lo imposible. Lo que nos reúne recuerda la anécdota que me ha contado Jose hoy: En una de tantas ocasiones, Teresa de Calcuta (nótese la ausencia del “santa”) se encontraba bañando leprosos en el río ese que hay por Calcuta, cuando una señora se le acercó y dijo que eso no lo haría, no me acuerdo, pero por una cifra desorbitada de millones de dólares. A lo que nuestra amiga Teresa le respondió: Yo tampoco lo haría por 10.000 millones de dólares. ¿Y por qué lo hace? Dijo la joven. A lo que Teresa dijo: Sólo lo hago por amor. Bien, pues eso yo encuentro en AA, donde soy las tres personas encerradas en Teresa, la joven y el leproso. Pero donde me sé obligado a hablar y escuchar desde el leproso. Así funcionan las cosas, Rubalcaba. Me refiero a las cosas que funcionan.

Sobre meter la pata: Tiene más que ver con Richard III que con el Harold Lloyd de La vía láctea, pero vivimos aquí, en este tonto momentito, y la cara de Harold Lloyd en La vía láctea también está para ser usada.
Más sobre esto: Soy inocente debido a que soy una persona, dijo la madre de Caperucita (pero la que no sale en el cuento, sino la otra) y es mejor no mostrar más que una pequeña dosis de tu oro. Se aprende muchísimo más y permite acallar la solemnidad del maestro con mayor rapidez. Hasta las mentes más viejas que he conocido han hablado en clave delante de mí. Una clave que, lo dijo Platón, se sabe antes del nacimiento. Una clave, insisto, son todas las claves. Casi solamente de eso, bajo distintos etiquetados, ya que la historia de la filosofía también es una compra-venta de estilos- va la filosofía de tipos como Deleuze, Derrida, Levinas… esos. Un truño.


No puedo decir nada, esto es lo más importante, en mi probable dignidad añadir que Eso no se calla. En una ocasión, como recordarán, Churchill le dijo a un joven diplomático que aquello que iba a tener enfrente era siempre el enemigo y que, de nuevo, siempre (son horas más tarde, me he quedado dormido delante del ordenador). Ya no recuerdo lo de Winston Churchill, venía a decir que el enemigo le iba a temer mejor por lo que callaba que por lo que hablara.
La política, en fin. Mira, yo sólo eso lo he visto últimamente en Valseca, donde me increparon injustamente por escribir sobre Valseca -el mando- y dije que me presentaría a las siguientes elecciones. Nadie me creyó, e hicieron bien, porque con ello consiguieron que no lo hiciera, lo cual no puedo negar que bien, desde luego, me ha venido y me vendrá.


Otra un poquito más grande pero no demasiado, el mundillo madrileño de la literatura que tuve la suerte de conocer bien. La ventaja: que dos meses después todo el mundo vuelve a no saber quién coño eres (e incluso uno mismo en mi caso, cosa que, creo, ya he superado totalmente y que ni de lejos hubiera conseguido ebrio).


Lo que quería decir desde que me quedé dormido era que, vete a saber, quizá mañana vuelva al bar este y le diga a Lou Reed VI que quiero ser su amigo y recitar poesías con él por los bares de España. ¿Por qué no? Me están entrando ganas de hacerlo. Soy la bestia que quiera en ese terreno e incluso capaz de robarle Rimbaud, Dylan y Mapplethorpe a la legendaria (y así se quedó) Patti Smith. Querer es poder y además yo lo valgo, soy más guapa, creí, aunque recordé una de las escenas que más me gustan de la televisión, de Tomates verdes fritos, ese: soy más vieja y mi seguro lo cubre todo.


Ayer, un hombre dedicado a las letras en serio y persona amiga me dijo: No eres prudente. Y tiene razón, lo he sido muy poco.
Da igual.


Otro de los motes que me pusieron en el pueblo: Alberto el enterrador. Antes de eso: guarrilla (yo tenía, ay, cabellera donde hoy tengo peluqueros, antes Javi, hoy una negra, aunque me he empeñado de nuevo en el pelo largo, también tenía entonces la chulería roquerita de jugar con la higiene, cosa que hoy no me puedo permitir y que, entonces, me enseñó desprecios de los que aprendí una sola cosa: Conviene ducharse casi todo los días, incluso perfumarse un poco -Nenuco-).
También, durante esta época que llevo despierto he recordado otras conversaciones de pelis: ¡A comer! (Saló) ¡Cava! (El bueno, el feo y el malo) y Córtate un poco la cara (Hannibal Lecter). No son textuales, son como las recuerdo ahora, ya ves.
Terminar un blog es hoy como morirse. Que no se termina de morir uno y, dentro, todo el mundo quiere decir algo.


Mira, chico, encima de esta frase tienes la puta enfermedad de esta sociedad, me dije antes de volver a pensar en parar quieto de una vez.


Otra más: Perdí el miedo al brote psicótico. Puedo bailar aún teniendo las piernas como las tengo en esta noche. No tengo frío, lo cual no es lo habitual en este sitio en la última -mayor-oscuridad del día de ayer. Si me constipo me iré a Brunete o, mejor, incluso llamaré a mamá para que me recoja. Brunete: Un sitio donde aquellas personas de quien me creía amigo llamaban a la policía cuando me emborrachaba, lo que supuso que terminara siendo amigo de la policía de Brunete más que de mis propios amigos. Amigos como la basura de Osquitar. Ay. Uno sólo puede ser timado cuando tiene en la cabeza un timo. Cuanto mayor, más timado. Esto lo dijo Buda en el mismito Dhamapada, que regalé a un timador que, encima, se creía guapo, onubense.


Esto que estoy haciendo hoy con la escritura hace que me pregunte ¿La sobriedad es esta mierda? Pero compré ocho cocacolas el lunes y acabo de abrir una. Para vaciar el cenicero he de ir a la cocina, lo que es mucho más arduo.


Segundo subrayado (sin contar el prólogo a la edición, que he subrayado entero) del libro que tengo entre las manos “¿No ha ido nunca aquí a la iglesia de los desamparados -preguntó de pronto-, donde está la Virgen de los que no tienen a nadie?
M. Laruelle negó con la cabeza”.


Con esto quiero decir, leo para mejorar mi estima y, aparte, no sé para qué más. También se consigue masturbándose, siempre que ella valga la pena.


Más notas: No, no tengo. Estaba vacilando.


Lo que sí es cierto es que el día 2 de octubre de este presente año me propuse vivir en sobriedad, cosa que, poco a poco, están notando los espacios dedicados a las horas de mi agenda (he tenido que ir a una papelería a comprar una puta agenda y no lo hubiera imaginado).


Otra: He llamado dos veces en cuatro días a esa nueva chica preciosa (resistido al menos ocho), no lo ha cogido y ahora mismo aún me da pereza eliminar su número del aparato, entre otras cosas, porque no sé qué nombre puse. Ya, no me lo creo ni yo. Bueno, hoy Mariona no estaba, y quizá no vuelva al bar de los poetas. Hoy ya no, de momento. Necesito dormir.


Más: Como con este escrito me estoy mostrando que lo que no quiero es morir y dejando mucho en el tintero, quizá finalmente deba escribir más despedidas de blog, así que esto sólo será el inicio de una de mis tantas obras literarias. Otra gilipollez dentro de mi corazón. Es broma.


Mientras, mi biblioteca de Brunete está siendo interrumpida. Mi orden ha desaparecido para ser impuesto por Julita. Cuando voy me encuentro los rojos con los verdes y me sienta muy mal. Me va a dar una embolia un día al entrar. Hay un chiste de Palahniuk que me encanta, es de Fantasmas, una tía o un tío se estudia todos los libros del feng shui para aprender a colocar los muebles de la entrada de manera que pueda provocar la muerte de su compañero cuando abra la puerta y los vea.


Aparte una novela, que está en pequeños museos y que es muchísimo más importante para mí hoy -amistad, quizá, alegría y respeto- que lo que voy a contar a continuación, un extraño editor sacó un cuento mío en un libro de famosos y putillas, con el mal gusto, permítanme, de colocar por orden de (no sé cómo se dice importancia en francés). Es malísimo -el cuento- porque formaba parte de una novela (que no sé en qué ordenador tengo) y lo saqué debido a que padecí una influencia. Por sí solo perdía sentido, lo cual convierte cualquier cosa, posiblemente, en mala, en general, no como linealidad que, anda demostradísimo, puede ser un recurso muy prescindible. Hice siete versiones incluidas otros cuentos, porque el editor se empeñó y, haciéndolo, me ahorraba reírle los chistes cuando pagaba él las copas -yo entonces bebía, no mucho-. Finalmente se publicó, en un arrebato de elegancia malentendida, la primera versión ¿Pero qué soy yo para hablar de elegancia malentendida?
Sí, mejor dejo eso. En ese mundillo no sólo fueron eludidos mis estudios, además, esos amigos de quienes yo aprendía literatura informaron, es una opinión, injustamente de mí cerrándome puertas laborales y, mejor, amorosas, lo que tampoco quita que yo siga haciendo mi vida con la paz que sepa y pueda. Las 7:02.


No, no voy a hablar de tías. Se me han venido a la mente, pero no lo voy a hacer.


De verdad no entiendo por qué aquellos que yo creía mis amigos no editaron el puto vídeo con sus putos cortes. Entonces yo no tenía ni siquiera abogado más que el de mi familia. Me hubieran ahorrado muchas conversaciones con san Juan de la Cruz en la cocina y, quizá, que hoy le hable a san Agustín -el de las Confesiones sólo-. Mi loro, Charly, que ha sobrevivido, los personifica con solera. Pero no le puedo traer aquí, por el frío. Ahora hablo con una perrita y con dos gatitos negros. Si hubiéramos sabido que el amor era esto, querido amigo invisible de nombre Chicho. Incluso hasta hace cuatro años tenían las de ganar y, sin embargo, hoy siguen siendo ocho mentes contra una y, aunque capaz entrecomillas, rota.


¿Por qué dejó de llamar el padre Alfredo? Vale ¿Pero, y Chicho? La parroquia me ayudó mucho en mi infancia, a despertar hacia la vida real. Pero todo desapareció de un solo golpe en un muro que, aún hoy, en mi sobriedad, no veo.


PD: Esto es una despedida, pero light, no definitiva. Yo ahora me voy a dormir (incluso lo colgaré en el facebook) y mañana, aunque no sé qué voy a hacer del todo, viviré, creo, ahí voy. Y tú también. Me imagino, la verdad, que sólo eres alguien que lee sólo los principios y finales de los post. Este de hoy no me acuerdo de qué va excepto que se puede empezar y acabar por cualquier lado, aparte de por supuesto, quiero decir: me he esforzado en ello, quiero decir, literariamente.
Pero debo dejar a un lado, para acostarme ahora, lo del psiquiátrico y lo del ajedrez, que me gusta mucho, sobre todo mirar, quiero decir: también me han ganado mucho, aunque descubrí un don y tengo que hablar de ello. O a lo mejor no. A lo mejor se acaba esto y ya, y mis amigos me han dicho que tengo que escribir en otro sitio, donde entra más gente y serio, y lo pondré aquí porque es dentro de poco. Dame la mano, no me sueltes aún. No sé.

PD 2: Un triste cigarro,