martes

Ch. 2

El mundo va mal. Ayer compré un calendario de Camboya porque el niño de la portada era yo de pequeño. Mi identidad se perdió sola en despachos de psiquiatría y doctores. Yo no fui. La esquizofrenia no existe. En el país de los ciegos el tuerto es un colaboracionista. El taxista -tuve que coger taxi- que me acercó ayer a Cuatro Vientos me dio una lección sobre el llamado efecto invernadero. España son las Españas que caben en un Palacio de los deportes. El mundo imita lo que ve en facebook o twitter. Cuando llego a casa me meto en el pijama porque veo en él el calor de una familia que ya no existe. La navidad es un añadido de haloperidol sobre la voz de intereconomía y luego está la lluvia, que tanto se agradece. Las calles son un vicio ya de vacío en la era del uno. La persona se parece al malo de Terminator 2. Me he dado cuenta de que soy burgués porque aún no me he pasado al tabaco de liar. En el trabajo, la recepcionista me atiende con amabilidad porque no sabe, como yo, porqué sonrío. Es el puto niño de Camboya, creo, que quiere sustituirme. En los últimos tiempos lo más apasionante que he hecho ha sido abrir un paraguas. Echo de menos dar miedo por la calle a los ancianos. Voy limpito para no quedar mal y no reconozco a mis amigos. Decidí marcharme de la facu el día en que, en un despacho, procuraba explicar la justicia de un puto aprobado. Dije a la maestra que me suspendiera, por favor, y que gracias por su tiempo. El tiempo es un avión y las hélices aspiran a vencer la velocidad de los átomos. Hace dos años, cuando iba para el autobús, me hice amigo de dos vagabundos que me pidieron tabaco y así siguió hasta que decidí esquivarlos, ir por otras escaleras. Ayer los vi jugando a los chinos. Uno dijo hasta luego. Me llaman el hijoputa. Dentro del pijama a veces no aguanto el calor. El pijama me trae a cuando me lo tenían que poner porque llegaba a casa baldado y sangrando, recuerdo, en Valseca. En Valseca, por semana santa y verano, nos íbamos a una cuesta en bici, nos dejábamos caer y perdía el que se despeñaba. Había que derrapar al pasar la gravilla. Acostumbré a llegar a casa con heridas. Nunca me rompí nada, ni cuando me patearon la cabeza. La esquizofrenia es un mito moderno medio urbano. El coronel Truman no existe. Le he estado buscando en la guía. Quiero ser cura. Antaño al cura del pueblo le eran permitidos la mala ostia y hasta el pegamento imedio. Mientras preparábamos los utensilios nos bebíamos el vino, fumábamos sentados en el altar, los monaguillos, antes de dar las campanadas diciendo: como entre ahora... El frío existía más a menudo que el hombre del tiempo, aunque el hombre del tiempo haya desaparecido. Pero todo eso era un prólogo de la nada. Ayer otro. Hoy es ver una cima en mitad de una montaña que nunca ha asomado, el sol tiene sobredosis de serotonina al igual que el Papa y Rambo contempla mecerse una zarza en un arroyo. La gente que lo ve dice: parece un lama. Bambi es dios. Asegúrate de follar con las que tosen, decían en la peli. Las mascotas han tomado el poder y van siempre con un puerta de un pub. Me pregunto si tengo dinero y años para hacer una carrera, para volver a ser Pocoyó y morirme, tosiendo, en el camino, pero de verdad, no en coña, y que nadie se entere. El soldado Ryan también sueña con algo. Los solipsistas parecen asnos y caminan entre las bombas en busca de un sitio donde hacer un pis.
Todo esto es lo que me dicta Charly. Después lo leo, a ver si veo algo que sea yo. A casa hoy ha llegado por correo ordinario una felicitación de los chicos apadrinados por mi madre en Madagascar. Deben de tener ya veinte años. Quiero que se vengan a vivir conmigo y que salgamos a la noche, a meternos y follar.
A vuelta de correo les voy a enviar una novela de Benjamín Prado.
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Ch.

Me es habitual desde hace muchos años sentarme en todas las cocinas que conozco para hablar con Charly. Es el loro. Tiene apenas los años que yo y me ha enseñado todas las palabras que se sabe. Sólo con él logro mantener conversaciones fluidas que además llegan a puerto. Mi vida consiste en preparar café mientras él cita aquello de que para la felicidad son menos nefastos los males que el aburrimiento.

En una de las ocasiones en que perdí la demencia abrí su jaula y le dije que marchase. Pero sólo se marcha a/en mí. Viene hacia uno de mis hombros mientras yo, que tan sólo imito su vida, marcho al otro, y en ese columpio echamos la mañana, el mediodía y la noche hasta que, en una ida de olla, me sé dueño y lo acerco, en un vadeo, adonde duerme. Así es al menos en estos días que van del 24 al 31 de diciembre, y también durante muchos otros.

Hoy está en mi hombro mientras yo vuelvo a la cocina -altas horas- a ver si hay un poco de tisana. Cuando me siento al ordenador me dicta las cosas que tengo que escribir y luego me desparasita los oídos, con el pico, me he preguntado si acaso de otras voces. (Otras voces son unos niños en un parque lleno de juguetes y chicas -verbeneras-paseando perros.)
Cuando se cansa, por lo que sea, salta de mi hombro y busca, bajo el mueble, hacerse de noche. Me suelo dar cuenta tarde porque sigo metido dentro de su dictado y es cuando ya no encuentro salida alguna entre sus palabras el momento en que le llamo y le digo que salga o le zumbo.
Como los mejores soldados, nunca hace caso a la primera.
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viernes

Día 12 de pascua en Mongolia (2030)


Después del primer día, me sorprendió que Arturo Valls me volviese a llamar, es cierto, pero también es verdad que, tras convertirme en fijo del programa, lo he llevado bien. España quiere hacerse una camiseta de Pedrita La literata. Ya siempre voy vestido de negro al programa y, al final del programa, siempre me rompo la camisa como Hulk Hogan. Me enfocan y yo me rompo la camisa mientras suena la canción Todo está en los libros. El resto de invitados me mira. Yo veo las miradas de todos ellos. Las siento y, luego, me rompo la camisa y, si me lo piden, canto la canción Hurt. Luego, durante el día, curro de mozo llevando paquetes de un lado a otro, por todo Madrid y extrarradio. Mi compañero conduce y yo luego cargo y voy a los sextos y a los octavos. En algunas casas me reconocen del programa y me dicen que les cante la canción Hurt y me dan una propi. Yo estoy bien. En el programa me preguntan por mis traumas. El programa va de lites, pero yo, Pedrita, siempre hablo de mis traumas. A veces cuento mentiras, me invento las cosas, digo que machaco las pastillas para los nervios y luego las esnifo en cantidades imposibles. Mi vida es una polka a los psicofármacos. Eso digo, y luego canto la canción Hurt. Eso dice y canta Pedrita que, en 2030, pasa de todo. Sólo le pone dar placer con la mano a jóvenes crías de yeguato y jugar al Bruce Lee del Amstrad. El mundo ha tirado su Play 15.000 y, ahora, han vuelto el Amstrad y el Spectrum. Pegan fuerte. Todo por mí, todo por Pedrita. Se lo dije muy serio a Arévalo, que estuvo en el programa un día para hablar de su libro Vida de san Juan, a quien amo.
Arévalo decía recordar su época con Mayra Gómez Kemp y enviarla un fuerte beso. Porque Mayra, de Cuba, fue España. Es verdad. Me hice amigo de Arévalo, que es el Lenny Bruce español, aunque ya no me coge el teléfono. Dijo que volvería a los chistes tras su periplo como historiador y que me fuera a la mierda. Eso me dijo Arévalo. Que no le tocase los huevos o me denunciaría a la policía. Voy a dejar de cantar la canción Hurt. Pero no puedo ir a la pelu y decir que me hagan una cresta rosa porque tengo que estar decente en el curro. Lo dije un día en el programa, después de decir que yo iba para Chiquetete, después dije lo de la cresta rosa. A Arturo le gusto, mucho. Quiere llevarme a Las Vegas. Dice que hay un trozo de Hontanares de Eresma junto a Berna. Lo que me extraña es que esté Berna.
En 2009 fui un día a donde trabajo y no tenía que haber ido, eso me dijeron. Vi que tenía diez euros y me fui a un Rodilla de un centro comercial. Estuve mirando los sándwiches del expositor. Pedí una lata de refresco. Me senté. Ponía que no se podía fumar. Aguanté dos horas y luego fui a buscar a mi madre. Estaban con felicitaciones navideñas y no sé qué en su empresa y me dijeron que ella había salido a un bar a repartir lotería. La vi y me acerqué. Quería que me diese pasta para videojuegos, pero ella no me veía. Este indigente dice que la conoce, doña Maria del Pilar. Sí, yo soy, Pedro (entonces me llamaba Pedro). Mi madre dijo que yo era su hijo y que iba desaliñado porque era poeta o algo, me preguntó por qué no estaba en el trabajo y dije que no había, que me había confundido yo. Yo iba siempre muy limpito, no sé por qué decían de indigente. Siempre he tenido cara de niño o niña. La verdad, los sitios en donde mi madre es marquesa son los peores que la civilización ha hecho. Don Pedro, don Pedro me decían, y luego se reían cuando no estaba mi madre la marquesa, don Pedro el poeta, dinos unos versos. Por favor, yo quiero una clara. Para ti no hay, don Pedro. Que os den. Que te den a ti, don Pedro, que te folle una fruta. Es lo que voy a contar hoy en el programa de Arturo: Literatura, vida, mundo, persona y cartas desde el más allá. Se llama así ahora el programa. Estoy de colaborador y a mi lado está el marqués de turrón y la familia de Quevedo. Yo sólo lo que tengo que hacer es ir de negro, decir cuatro tonterías que luego, al final, termino diciendo otras que las que había pensado, romper la camisa y cantar la canción esa. Y así día tras día, mi coronel; día tras día.
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domingo

Mongolia 2028 o 29


El programa de Sánchez Dragó ahora lo presentaba Arturo Valls. Arturo me llamó un día y me dijo que le encantaría comer conmigo. Yo no tenía nada el jueves, así que le pregunté si el jueves le iba bien. Dijo que sí. Quedamos a la salida del metro san Goytisolo II y fuimos a un restaurante típico de los de Andorra. Me encantó conocer a Arturo. Se conservaba muy bien. Le dije que su aspecto no había cambiado desde que trabajaba con el gran Wyoming y me dijo que quería que fuese a su programa para que España me conociese. Perdona por ser tan directo, dijo. Y luego me dijo que probablemente yo era el mejor escritor que existía desde Napoleón. El camarero vino. Arturo se pidió un entrecot y yo dije que también me pusieran uno a mí, pero no muy hecho, con sal, por favor, añadí. Ya verás, dijo Arturo, como aquí el entrecot no le hacen en ningún sitio. Oye, le dije, pues no sé si ir, gracias, pero ¿De qué vais a hablar y eso? Me dijo que a eso iba. Tú serías ideal, dijo, porque creo que es el momento de hablar de... Arturo hizo una pausa y dijo la palabra clave: Mongolia. Mientras, las quinceañeras no paraban de venir a nuestra mesa a hacerse fotos con Arturo y decirle si, por favor, las podía firmar en el sujeta. Vale, dije, yo por Mongolia hago lo que sea. Iré gratis. Y me levanté de la mesa. Arturo me dijo que me esperara, que comiese el entrecot o que, al menos, lo probase. Yo dije: No no, es más, añadí, me toca los huevos el entrecot de los cojones. ¿Cuándo quieres que vaya, el domingo? Pues el domingo estoy allí. Salí y di un paseo por mis lugares queridos de Madrid. La calle Hortaleza ahora se llamaba calle del Hotel Kafka y, todos y cada uno de los edificios, eran aulas del Hotel. Miré a ver si estaba Eduardo para tomar un chato, pero ya no existían más que clones de Eduardo y no había manera de saber quién era el verdadero. A pesar de todo yo miré por las ventanas de los despachos. Miré a ver si estaba, no ya Eduardo, sino la gente que yo conocía. Pero no había nadie, sólo clones. Los verdaderos estaban de vacaciones todos, en Mallorca o por ahí. Me pareció reconocer a Rubén, pero no era él ni tampoco un clonado, sino un wannabee suyo. Los tiempos habían cambiado y todo era desastroso. Yo no sabía por dónde caminaba, cogí el metro en Esperanza Aguirre y me fui a Brunete, que ahora estaba en la línea 10 de alta velocidad. Pasé por donde mi tía Pepa, que tenía, a sus 93 años, montada una cadena de restaurantes y comí un bollo. Luego la vi en el sitio ese que se pone ella y donde todo dios se acerca a besar su mano y la dije que me había contratado Arturo Valls para salir en la televisión.
Menuda bazofia el domingo. A mí Arturo me había dicho que iban a hablar de Mongolia y allí todo el mundo estaba hablando de las declaraciones de Casillas acerca de Nocilla Dream. Eso ya era mezclar las patatas con las ingles. Entonces lo dije cuando me tocó el turno. Rompí a llorar y dije que el mundo ya no existía, que estaba cansado de follar con Malena Gracia y que a mí más me hubiera valido quedarme en Valseca a cuidar marranos, echarme una moza sencilla de Los Huertos o Turégano y un musete los domingos. Yo ya no dormía. Poco después de que mi blog fuera traducido a 1.516 idiomas mi vida ya no era cognoscible (sí, cognoscible dije) . Arturo me dijo que me serenara mientras el Juli no paraba de citar el Tristram Shandy. Yo dije que estuve a punto de conocer la felicidad y que yo era normal y me gustaba una chica del cole y eso, pero que ya no reconocía a nadie, que sólo pensaba en que, a lo mejor, mañana me moriría y así día tras día y repetí: día tras día. Que estaba harto de trabajar para el demonio y que no podía vivir todos los días con un café con leche en la media hora de descanso. Entonces Arturo medió con astucia y dijo que yo había ido allí para hablar de Mongolia. Me dijo ¿Verdad, Emilio? Dije que sí ¿Pero qué coño podía decir yo sobre Mongolia? ¿Qué podía decir? Y me callé. Menos mal que estaba allí Blanco. Blanco me salvó del apuro. Enseguida él habló de Mongolia. Se lo sabía todo de Mongolia, Blanco. Al terminar el programa, mientras sonaba la canción Todo está en los libros, yo di un beso en la frente al anciano Blanco. Le dije: gracias Blanco. Dijo: Nada chaval, para eso estamos. Dije que si alguien me acercaba adonde mis padres y Arturo me miró, sonrió y me tendió un bono con cuatro viajes. Al principio me creí que era un tripi de esos. El 2015 fue un mal año, pero hoy. Hoy todo era insoportablemente.
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sábado

Tú me querías decir "No sé qué cosa"


Cuando a mi tía Pepa le tocó la lotería yo acababa de salir de uno de los psiquiátricos y ella decidió que se gastaría 50.000 pesetas en libros para mí, para que no estuviera solo y eso y me llevó al Corte Inglés con la condición de que también me dejara cuidar en una tienda de estetisién o eso. Yo dije que sí, porque empezaba a despertar de las drogas neurolépticas, a decirme: Eh. Joder, claro que dije que sí. Fue llegar a la librería y le dije a una señorita que me buscara en el ordenador todos los de follar y de heroína. Que deprisa, coño. Añadí. A mí me daban igual los libros. Yo había tenido la fortuna, creía por aquel entonces, de haber perdido la mente que, como se sabe desde que el mundo es mundo y no una naranja cualquiera de metal, es el mayor enemigo de la persona humana y del propio mundo, así que me daban igual, como ya he dicho, los libros. Yo sólo quería escuchar las cintas de Gloria Estefan y, en definitiva, estar feliz y en paz como una espiga en mayo o septiembre.
Quizá estaba poniendo nerviosa a la señorita de los libros, pensé. Mi ánimo se debía a que en lo del estetisién me habían dejado como un señor, aunque se riesen entre los de allí y esas cosas que hace la gente ponzoñosa y frívola. Le dije: dependienta, deme libros, coño, que he traído a mi tía Pepita. Los quiero, ya le he dicho, de follar y de heroína, ostias. Añadí. Mi tía la pidió perdón, la dijo que yo era especial, que me perdonara, que estaba enfermo.
La señorita dijo que le parecía bien, pero que ella sólo estaba haciendo su trabajo y que no merecía esas vejaciones. Pues eso es lo que tienes que hacer, tu trabajo, so pánfila. Le dije. A ver, pon cuánto te debemos. Y dije: Coño.
La piba sumó los precios en la calculadora y vimos que ya llevaba 29.630 pesetas. Menuda biblioteca iba a montar. Iba a ser la biblioteca del pueblo. Nada de tonterías. Dejaría entrar sólo a VIPS. Gente guapa y no escoria, esas desdentadas ratas del inframundo.
Como me quedaba todavía para gastar le dije a la dependienta: ¿Tienes algo de Tejero, el coronel? Pues a qué esperas para dármelo, todo. Quiero todos sus títulos. Y luego me serené. Dije a mi tía Pepita que disculpase de nuevo mi carácter y lo volvió a hacer. Yo, asimismo, le pedí disculpas por mis idas de piedra, así lo dije: idas de piedra, a la señorita y le dije que se debía a que me imponía lo asombrosamente hermosa que era, y añadí: como una flor. Y luego añadí: del bosque primero. Eso: Como una flor del bosque primero; así, como si existiese un bosque que fuese el primero, eso fue lo que dije. Y dijo que vale. Luego dijo que sentía que no quedase nada de Tejero, que se vendía mucho, que podía encargármelos. Dije que no. Me miró. La miré. La dije que me diera todo lo que hubiese de Fraga. Vale, dijo. Trajo las obras completas. Por favor, permite que te ayude, dije. Sonreí, sonrió y, entretanto, miré a mi tía. Se encontraba ya mejor de los nervios. Y entonces dije lo mismo que Luis Alfonso de Borbón un día que le entrevistaron poniéndose los zapatos para ir al colegio: Me gusta mucho leer.
Mi tía sonrió, sacó el monedero y pagó. Yo dije: qué bien, nos sobra para irnos a Chiky y gastárnoslo en bollos, sándwiches y cocacolas.
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lunes

Vida, muerte y senectud del coronel Truman


"También escribe Pallas que el muerto
soñaba aún con el mamut que pace más allá del río,
hasta que de noche vino alguien
y le quitó la capa,
dejándolo tendido en la nieve
como un zorro muerto a golpes"

(Del natural, W. G. Sebald. versión de Miguel Sáenz)


Tus ojos brillaban como los papeles de las monedas de chocolate y, antes de ir corriendo a toda velocidad, me detuve en la cocina, abrí el frigorífico y busqué dónde estaban los tranchetes. Estuve buscando como media hora. El pitido no paraba de dar avisos. Era dios diciendo que no. Abrí el congelador y saqué todas las bolsas de hielo. Alguien tenía que curarse en medio de todo ese pan frito, de toda esa bola de filetes rusos. Mi corazón es el aleteo de una polilla. Tuve suerte de que todas las luces se apagasen a tiempo. En tus ojos una libélula ordenaba el mundo. Qué suerte tuve de pararme. Así es como he conseguido mantenerme callado. Dios vive en el frigo y no hay tranchetes. Yo quise hacerme un sándwich un día y me encontré con que no tenía corazón. Los sándwiches son muy buenos para la salud. Los inventó un tipo que entendía de nuestros bichos, microbios y todas esas asquerosidades diminutas que terminan enseñándonos al mundo. Joder, mi boca sólo era la rueda de un tractor de madera. Luego crecí y hasta me fui unos días al pueblo. Los apóstoles y Jesús, esos, todos, vivían en el segundo. Hasta hubo unos días, en verano, que quedé con ellos y fuimos a los parques a jugar al fútbol. Jesús siempre se ponía de portero. Era malísimo. Nunca paraba ni una. Pero es que alguien tenía que ponerse. Ojalá nos hubieras visto. Creo que te hubieras reído. Las bolsas de hielo se quedaron en nada a poco que pasaron unos minutos. Tuve que pasar una fregona. Antes de eso casi me resbalo. Me pilló de sorpresa. Un día me acuerdo que me disponía a tirar una falta, porque yo llevaba el número 8 en la camiseta y las faltas las tiraba el 8. Pero Jesús se empeñó en que tenía que ser él. Joder, Jesús no se enteraba de nada. Que eres el portero, Jesús. Le dije. Que no, dijo, que tengo que tirarla yo. Me señaló la escuadra izquierda y dijo que por ahí iba a ir derecha. San Andrés dijo que le dejara y san Pedro, mientras ¿qué hacía? Nadie lo sabe. Joderostias, ese equipo era un desastre. San Felipe dijo que él también la quería tirar. Al final la tiró Jesús, que la mandó a la carretera. Voy yo, decía Jesús. Eso decía Jesús: voy yo. Menudo equipo de mierda, joder. Y la portería ¿qué hacíamos con la portería? Me fui indignado. El balón era mío, pero ya me daba igual, que se lo quedasen para ellos solos. Siempre llorando, siempre quejándose de la vida. Cuando llegué a casa me hice un sándwich y fue ese día cuando se acabaron los tranchetes. Ya la vida no tenía sentido. Ya sólo eras tú y un puñado de almas roncando. Yo oía a dios hablar en todas partes. Daba igual que pusieras la primera cadena o la segunda o la incipiente Telemadrid. Ya sólo salía dios. Entonces yo me fui y, cuando he vuelto, no sé dónde meterme. Mi vida es tipo la de Rambo. Ese soy yo, Rambo. Cuando Rambo llega de bombardear él solo con un hazadón el delta del Mekong se va a un pueblo de cuatro haraganes con espigas puestas en la boca y allí le montan una guerra. Esta no es mi guerra, coronel. Eso es lo que dice Rambo. Rambo está cansado, coño. Sus amigos son un muñón de sangre seca con babas y ahora qué eh, ahora dónde está mi país, dónde está España. Un día fui a comprar algo de jala porque teníamos hambre, coronel. Un niño se acercó y dijo ¿Limpia, señor? Esto es lo de siempre. Yo a España nunca la he entendido. Y a ti tampoco te entiendo, porque no hay quien te entienda. No ha nacido. Una vez se me ocurrió hacerme socio de la biblioteca. Saqué libros y libros. Leí al Borges a ver si con ese te entendía y no había manera. Y luego saqué libros que hablaban sobre lo que hablaba el Borges y tampoco. Cuando los devolvía me pasaba por el súper y preguntaba si habían llegado los tranchetes. Joder-coño, a Rambo le sacas de una sartén ardiendo y al menos se pregunta ¿Dónde estoy? O: qué me ha pasado, o: coronel, qué me ha pasado. Y, ahí, en esa primera interrogación que le asoma a la fusión con el infinito, a su arreglo con las constelaciones, a generar una duda en el puto sol... ahí empiezan a llegar helicópteros y los seguratas de la oficina´l pueblo, desde el megáfono, dicen: salga del edificio con las manos en alto. El coronel Truman en su vida ha arreglado nada, tan sólo está ahí como cualquier otro fantasma, con su gorra inexplicable, poniendo el hombro y diciendo que siempre vela por los suyos. Que esa es su misión: Velar por los suyos. Cuando cierras el frigo, la temperatura del cacharro se ordena sola y el pitido se silencia.
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