martes

Ch. 2

El mundo va mal. Ayer compré un calendario de Camboya porque el niño de la portada era yo de pequeño. Mi identidad se perdió sola en despachos de psiquiatría y doctores. Yo no fui. La esquizofrenia no existe. En el país de los ciegos el tuerto es un colaboracionista. El taxista -tuve que coger taxi- que me acercó ayer a Cuatro Vientos me dio una lección sobre el llamado efecto invernadero. España son las Españas que caben en un Palacio de los deportes. El mundo imita lo que ve en facebook o twitter. Cuando llego a casa me meto en el pijama porque veo en él el calor de una familia que ya no existe. La navidad es un añadido de haloperidol sobre la voz de intereconomía y luego está la lluvia, que tanto se agradece. Las calles son un vicio ya de vacío en la era del uno. La persona se parece al malo de Terminator 2. Me he dado cuenta de que soy burgués porque aún no me he pasado al tabaco de liar. En el trabajo, la recepcionista me atiende con amabilidad porque no sabe, como yo, porqué sonrío. Es el puto niño de Camboya, creo, que quiere sustituirme. En los últimos tiempos lo más apasionante que he hecho ha sido abrir un paraguas. Echo de menos dar miedo por la calle a los ancianos. Voy limpito para no quedar mal y no reconozco a mis amigos. Decidí marcharme de la facu el día en que, en un despacho, procuraba explicar la justicia de un puto aprobado. Dije a la maestra que me suspendiera, por favor, y que gracias por su tiempo. El tiempo es un avión y las hélices aspiran a vencer la velocidad de los átomos. Hace dos años, cuando iba para el autobús, me hice amigo de dos vagabundos que me pidieron tabaco y así siguió hasta que decidí esquivarlos, ir por otras escaleras. Ayer los vi jugando a los chinos. Uno dijo hasta luego. Me llaman el hijoputa. Dentro del pijama a veces no aguanto el calor. El pijama me trae a cuando me lo tenían que poner porque llegaba a casa baldado y sangrando, recuerdo, en Valseca. En Valseca, por semana santa y verano, nos íbamos a una cuesta en bici, nos dejábamos caer y perdía el que se despeñaba. Había que derrapar al pasar la gravilla. Acostumbré a llegar a casa con heridas. Nunca me rompí nada, ni cuando me patearon la cabeza. La esquizofrenia es un mito moderno medio urbano. El coronel Truman no existe. Le he estado buscando en la guía. Quiero ser cura. Antaño al cura del pueblo le eran permitidos la mala ostia y hasta el pegamento imedio. Mientras preparábamos los utensilios nos bebíamos el vino, fumábamos sentados en el altar, los monaguillos, antes de dar las campanadas diciendo: como entre ahora... El frío existía más a menudo que el hombre del tiempo, aunque el hombre del tiempo haya desaparecido. Pero todo eso era un prólogo de la nada. Ayer otro. Hoy es ver una cima en mitad de una montaña que nunca ha asomado, el sol tiene sobredosis de serotonina al igual que el Papa y Rambo contempla mecerse una zarza en un arroyo. La gente que lo ve dice: parece un lama. Bambi es dios. Asegúrate de follar con las que tosen, decían en la peli. Las mascotas han tomado el poder y van siempre con un puerta de un pub. Me pregunto si tengo dinero y años para hacer una carrera, para volver a ser Pocoyó y morirme, tosiendo, en el camino, pero de verdad, no en coña, y que nadie se entere. El soldado Ryan también sueña con algo. Los solipsistas parecen asnos y caminan entre las bombas en busca de un sitio donde hacer un pis.
Todo esto es lo que me dicta Charly. Después lo leo, a ver si veo algo que sea yo. A casa hoy ha llegado por correo ordinario una felicitación de los chicos apadrinados por mi madre en Madagascar. Deben de tener ya veinte años. Quiero que se vengan a vivir conmigo y que salgamos a la noche, a meternos y follar.
A vuelta de correo les voy a enviar una novela de Benjamín Prado.
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Ch.

Me es habitual desde hace muchos años sentarme en todas las cocinas que conozco para hablar con Charly. Es el loro. Tiene apenas los años que yo y me ha enseñado todas las palabras que se sabe. Sólo con él logro mantener conversaciones fluidas que además llegan a puerto. Mi vida consiste en preparar café mientras él cita aquello de que para la felicidad son menos nefastos los males que el aburrimiento.

En una de las ocasiones en que perdí la demencia abrí su jaula y le dije que marchase. Pero sólo se marcha a/en mí. Viene hacia uno de mis hombros mientras yo, que tan sólo imito su vida, marcho al otro, y en ese columpio echamos la mañana, el mediodía y la noche hasta que, en una ida de olla, me sé dueño y lo acerco, en un vadeo, adonde duerme. Así es al menos en estos días que van del 24 al 31 de diciembre, y también durante muchos otros.

Hoy está en mi hombro mientras yo vuelvo a la cocina -altas horas- a ver si hay un poco de tisana. Cuando me siento al ordenador me dicta las cosas que tengo que escribir y luego me desparasita los oídos, con el pico, me he preguntado si acaso de otras voces. (Otras voces son unos niños en un parque lleno de juguetes y chicas -verbeneras-paseando perros.)
Cuando se cansa, por lo que sea, salta de mi hombro y busca, bajo el mueble, hacerse de noche. Me suelo dar cuenta tarde porque sigo metido dentro de su dictado y es cuando ya no encuentro salida alguna entre sus palabras el momento en que le llamo y le digo que salga o le zumbo.
Como los mejores soldados, nunca hace caso a la primera.
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viernes

Día 12 de pascua en Mongolia (2030)


Después del primer día, me sorprendió que Arturo Valls me volviese a llamar, es cierto, pero también es verdad que, tras convertirme en fijo del programa, lo he llevado bien. España quiere hacerse una camiseta de Pedrita La literata. Ya siempre voy vestido de negro al programa y, al final del programa, siempre me rompo la camisa como Hulk Hogan. Me enfocan y yo me rompo la camisa mientras suena la canción Todo está en los libros. El resto de invitados me mira. Yo veo las miradas de todos ellos. Las siento y, luego, me rompo la camisa y, si me lo piden, canto la canción Hurt. Luego, durante el día, curro de mozo llevando paquetes de un lado a otro, por todo Madrid y extrarradio. Mi compañero conduce y yo luego cargo y voy a los sextos y a los octavos. En algunas casas me reconocen del programa y me dicen que les cante la canción Hurt y me dan una propi. Yo estoy bien. En el programa me preguntan por mis traumas. El programa va de lites, pero yo, Pedrita, siempre hablo de mis traumas. A veces cuento mentiras, me invento las cosas, digo que machaco las pastillas para los nervios y luego las esnifo en cantidades imposibles. Mi vida es una polka a los psicofármacos. Eso digo, y luego canto la canción Hurt. Eso dice y canta Pedrita que, en 2030, pasa de todo. Sólo le pone dar placer con la mano a jóvenes crías de yeguato y jugar al Bruce Lee del Amstrad. El mundo ha tirado su Play 15.000 y, ahora, han vuelto el Amstrad y el Spectrum. Pegan fuerte. Todo por mí, todo por Pedrita. Se lo dije muy serio a Arévalo, que estuvo en el programa un día para hablar de su libro Vida de san Juan, a quien amo.
Arévalo decía recordar su época con Mayra Gómez Kemp y enviarla un fuerte beso. Porque Mayra, de Cuba, fue España. Es verdad. Me hice amigo de Arévalo, que es el Lenny Bruce español, aunque ya no me coge el teléfono. Dijo que volvería a los chistes tras su periplo como historiador y que me fuera a la mierda. Eso me dijo Arévalo. Que no le tocase los huevos o me denunciaría a la policía. Voy a dejar de cantar la canción Hurt. Pero no puedo ir a la pelu y decir que me hagan una cresta rosa porque tengo que estar decente en el curro. Lo dije un día en el programa, después de decir que yo iba para Chiquetete, después dije lo de la cresta rosa. A Arturo le gusto, mucho. Quiere llevarme a Las Vegas. Dice que hay un trozo de Hontanares de Eresma junto a Berna. Lo que me extraña es que esté Berna.
En 2009 fui un día a donde trabajo y no tenía que haber ido, eso me dijeron. Vi que tenía diez euros y me fui a un Rodilla de un centro comercial. Estuve mirando los sándwiches del expositor. Pedí una lata de refresco. Me senté. Ponía que no se podía fumar. Aguanté dos horas y luego fui a buscar a mi madre. Estaban con felicitaciones navideñas y no sé qué en su empresa y me dijeron que ella había salido a un bar a repartir lotería. La vi y me acerqué. Quería que me diese pasta para videojuegos, pero ella no me veía. Este indigente dice que la conoce, doña Maria del Pilar. Sí, yo soy, Pedro (entonces me llamaba Pedro). Mi madre dijo que yo era su hijo y que iba desaliñado porque era poeta o algo, me preguntó por qué no estaba en el trabajo y dije que no había, que me había confundido yo. Yo iba siempre muy limpito, no sé por qué decían de indigente. Siempre he tenido cara de niño o niña. La verdad, los sitios en donde mi madre es marquesa son los peores que la civilización ha hecho. Don Pedro, don Pedro me decían, y luego se reían cuando no estaba mi madre la marquesa, don Pedro el poeta, dinos unos versos. Por favor, yo quiero una clara. Para ti no hay, don Pedro. Que os den. Que te den a ti, don Pedro, que te folle una fruta. Es lo que voy a contar hoy en el programa de Arturo: Literatura, vida, mundo, persona y cartas desde el más allá. Se llama así ahora el programa. Estoy de colaborador y a mi lado está el marqués de turrón y la familia de Quevedo. Yo sólo lo que tengo que hacer es ir de negro, decir cuatro tonterías que luego, al final, termino diciendo otras que las que había pensado, romper la camisa y cantar la canción esa. Y así día tras día, mi coronel; día tras día.
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domingo

Mongolia 2028 o 29


El programa de Sánchez Dragó ahora lo presentaba Arturo Valls. Arturo me llamó un día y me dijo que le encantaría comer conmigo. Yo no tenía nada el jueves, así que le pregunté si el jueves le iba bien. Dijo que sí. Quedamos a la salida del metro san Goytisolo II y fuimos a un restaurante típico de los de Andorra. Me encantó conocer a Arturo. Se conservaba muy bien. Le dije que su aspecto no había cambiado desde que trabajaba con el gran Wyoming y me dijo que quería que fuese a su programa para que España me conociese. Perdona por ser tan directo, dijo. Y luego me dijo que probablemente yo era el mejor escritor que existía desde Napoleón. El camarero vino. Arturo se pidió un entrecot y yo dije que también me pusieran uno a mí, pero no muy hecho, con sal, por favor, añadí. Ya verás, dijo Arturo, como aquí el entrecot no le hacen en ningún sitio. Oye, le dije, pues no sé si ir, gracias, pero ¿De qué vais a hablar y eso? Me dijo que a eso iba. Tú serías ideal, dijo, porque creo que es el momento de hablar de... Arturo hizo una pausa y dijo la palabra clave: Mongolia. Mientras, las quinceañeras no paraban de venir a nuestra mesa a hacerse fotos con Arturo y decirle si, por favor, las podía firmar en el sujeta. Vale, dije, yo por Mongolia hago lo que sea. Iré gratis. Y me levanté de la mesa. Arturo me dijo que me esperara, que comiese el entrecot o que, al menos, lo probase. Yo dije: No no, es más, añadí, me toca los huevos el entrecot de los cojones. ¿Cuándo quieres que vaya, el domingo? Pues el domingo estoy allí. Salí y di un paseo por mis lugares queridos de Madrid. La calle Hortaleza ahora se llamaba calle del Hotel Kafka y, todos y cada uno de los edificios, eran aulas del Hotel. Miré a ver si estaba Eduardo para tomar un chato, pero ya no existían más que clones de Eduardo y no había manera de saber quién era el verdadero. A pesar de todo yo miré por las ventanas de los despachos. Miré a ver si estaba, no ya Eduardo, sino la gente que yo conocía. Pero no había nadie, sólo clones. Los verdaderos estaban de vacaciones todos, en Mallorca o por ahí. Me pareció reconocer a Rubén, pero no era él ni tampoco un clonado, sino un wannabee suyo. Los tiempos habían cambiado y todo era desastroso. Yo no sabía por dónde caminaba, cogí el metro en Esperanza Aguirre y me fui a Brunete, que ahora estaba en la línea 10 de alta velocidad. Pasé por donde mi tía Pepa, que tenía, a sus 93 años, montada una cadena de restaurantes y comí un bollo. Luego la vi en el sitio ese que se pone ella y donde todo dios se acerca a besar su mano y la dije que me había contratado Arturo Valls para salir en la televisión.
Menuda bazofia el domingo. A mí Arturo me había dicho que iban a hablar de Mongolia y allí todo el mundo estaba hablando de las declaraciones de Casillas acerca de Nocilla Dream. Eso ya era mezclar las patatas con las ingles. Entonces lo dije cuando me tocó el turno. Rompí a llorar y dije que el mundo ya no existía, que estaba cansado de follar con Malena Gracia y que a mí más me hubiera valido quedarme en Valseca a cuidar marranos, echarme una moza sencilla de Los Huertos o Turégano y un musete los domingos. Yo ya no dormía. Poco después de que mi blog fuera traducido a 1.516 idiomas mi vida ya no era cognoscible (sí, cognoscible dije) . Arturo me dijo que me serenara mientras el Juli no paraba de citar el Tristram Shandy. Yo dije que estuve a punto de conocer la felicidad y que yo era normal y me gustaba una chica del cole y eso, pero que ya no reconocía a nadie, que sólo pensaba en que, a lo mejor, mañana me moriría y así día tras día y repetí: día tras día. Que estaba harto de trabajar para el demonio y que no podía vivir todos los días con un café con leche en la media hora de descanso. Entonces Arturo medió con astucia y dijo que yo había ido allí para hablar de Mongolia. Me dijo ¿Verdad, Emilio? Dije que sí ¿Pero qué coño podía decir yo sobre Mongolia? ¿Qué podía decir? Y me callé. Menos mal que estaba allí Blanco. Blanco me salvó del apuro. Enseguida él habló de Mongolia. Se lo sabía todo de Mongolia, Blanco. Al terminar el programa, mientras sonaba la canción Todo está en los libros, yo di un beso en la frente al anciano Blanco. Le dije: gracias Blanco. Dijo: Nada chaval, para eso estamos. Dije que si alguien me acercaba adonde mis padres y Arturo me miró, sonrió y me tendió un bono con cuatro viajes. Al principio me creí que era un tripi de esos. El 2015 fue un mal año, pero hoy. Hoy todo era insoportablemente.
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sábado

Tú me querías decir "No sé qué cosa"


Cuando a mi tía Pepa le tocó la lotería yo acababa de salir de uno de los psiquiátricos y ella decidió que se gastaría 50.000 pesetas en libros para mí, para que no estuviera solo y eso y me llevó al Corte Inglés con la condición de que también me dejara cuidar en una tienda de estetisién o eso. Yo dije que sí, porque empezaba a despertar de las drogas neurolépticas, a decirme: Eh. Joder, claro que dije que sí. Fue llegar a la librería y le dije a una señorita que me buscara en el ordenador todos los de follar y de heroína. Que deprisa, coño. Añadí. A mí me daban igual los libros. Yo había tenido la fortuna, creía por aquel entonces, de haber perdido la mente que, como se sabe desde que el mundo es mundo y no una naranja cualquiera de metal, es el mayor enemigo de la persona humana y del propio mundo, así que me daban igual, como ya he dicho, los libros. Yo sólo quería escuchar las cintas de Gloria Estefan y, en definitiva, estar feliz y en paz como una espiga en mayo o septiembre.
Quizá estaba poniendo nerviosa a la señorita de los libros, pensé. Mi ánimo se debía a que en lo del estetisién me habían dejado como un señor, aunque se riesen entre los de allí y esas cosas que hace la gente ponzoñosa y frívola. Le dije: dependienta, deme libros, coño, que he traído a mi tía Pepita. Los quiero, ya le he dicho, de follar y de heroína, ostias. Añadí. Mi tía la pidió perdón, la dijo que yo era especial, que me perdonara, que estaba enfermo.
La señorita dijo que le parecía bien, pero que ella sólo estaba haciendo su trabajo y que no merecía esas vejaciones. Pues eso es lo que tienes que hacer, tu trabajo, so pánfila. Le dije. A ver, pon cuánto te debemos. Y dije: Coño.
La piba sumó los precios en la calculadora y vimos que ya llevaba 29.630 pesetas. Menuda biblioteca iba a montar. Iba a ser la biblioteca del pueblo. Nada de tonterías. Dejaría entrar sólo a VIPS. Gente guapa y no escoria, esas desdentadas ratas del inframundo.
Como me quedaba todavía para gastar le dije a la dependienta: ¿Tienes algo de Tejero, el coronel? Pues a qué esperas para dármelo, todo. Quiero todos sus títulos. Y luego me serené. Dije a mi tía Pepita que disculpase de nuevo mi carácter y lo volvió a hacer. Yo, asimismo, le pedí disculpas por mis idas de piedra, así lo dije: idas de piedra, a la señorita y le dije que se debía a que me imponía lo asombrosamente hermosa que era, y añadí: como una flor. Y luego añadí: del bosque primero. Eso: Como una flor del bosque primero; así, como si existiese un bosque que fuese el primero, eso fue lo que dije. Y dijo que vale. Luego dijo que sentía que no quedase nada de Tejero, que se vendía mucho, que podía encargármelos. Dije que no. Me miró. La miré. La dije que me diera todo lo que hubiese de Fraga. Vale, dijo. Trajo las obras completas. Por favor, permite que te ayude, dije. Sonreí, sonrió y, entretanto, miré a mi tía. Se encontraba ya mejor de los nervios. Y entonces dije lo mismo que Luis Alfonso de Borbón un día que le entrevistaron poniéndose los zapatos para ir al colegio: Me gusta mucho leer.
Mi tía sonrió, sacó el monedero y pagó. Yo dije: qué bien, nos sobra para irnos a Chiky y gastárnoslo en bollos, sándwiches y cocacolas.
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lunes

Vida, muerte y senectud del coronel Truman


"También escribe Pallas que el muerto
soñaba aún con el mamut que pace más allá del río,
hasta que de noche vino alguien
y le quitó la capa,
dejándolo tendido en la nieve
como un zorro muerto a golpes"

(Del natural, W. G. Sebald. versión de Miguel Sáenz)


Tus ojos brillaban como los papeles de las monedas de chocolate y, antes de ir corriendo a toda velocidad, me detuve en la cocina, abrí el frigorífico y busqué dónde estaban los tranchetes. Estuve buscando como media hora. El pitido no paraba de dar avisos. Era dios diciendo que no. Abrí el congelador y saqué todas las bolsas de hielo. Alguien tenía que curarse en medio de todo ese pan frito, de toda esa bola de filetes rusos. Mi corazón es el aleteo de una polilla. Tuve suerte de que todas las luces se apagasen a tiempo. En tus ojos una libélula ordenaba el mundo. Qué suerte tuve de pararme. Así es como he conseguido mantenerme callado. Dios vive en el frigo y no hay tranchetes. Yo quise hacerme un sándwich un día y me encontré con que no tenía corazón. Los sándwiches son muy buenos para la salud. Los inventó un tipo que entendía de nuestros bichos, microbios y todas esas asquerosidades diminutas que terminan enseñándonos al mundo. Joder, mi boca sólo era la rueda de un tractor de madera. Luego crecí y hasta me fui unos días al pueblo. Los apóstoles y Jesús, esos, todos, vivían en el segundo. Hasta hubo unos días, en verano, que quedé con ellos y fuimos a los parques a jugar al fútbol. Jesús siempre se ponía de portero. Era malísimo. Nunca paraba ni una. Pero es que alguien tenía que ponerse. Ojalá nos hubieras visto. Creo que te hubieras reído. Las bolsas de hielo se quedaron en nada a poco que pasaron unos minutos. Tuve que pasar una fregona. Antes de eso casi me resbalo. Me pilló de sorpresa. Un día me acuerdo que me disponía a tirar una falta, porque yo llevaba el número 8 en la camiseta y las faltas las tiraba el 8. Pero Jesús se empeñó en que tenía que ser él. Joder, Jesús no se enteraba de nada. Que eres el portero, Jesús. Le dije. Que no, dijo, que tengo que tirarla yo. Me señaló la escuadra izquierda y dijo que por ahí iba a ir derecha. San Andrés dijo que le dejara y san Pedro, mientras ¿qué hacía? Nadie lo sabe. Joderostias, ese equipo era un desastre. San Felipe dijo que él también la quería tirar. Al final la tiró Jesús, que la mandó a la carretera. Voy yo, decía Jesús. Eso decía Jesús: voy yo. Menudo equipo de mierda, joder. Y la portería ¿qué hacíamos con la portería? Me fui indignado. El balón era mío, pero ya me daba igual, que se lo quedasen para ellos solos. Siempre llorando, siempre quejándose de la vida. Cuando llegué a casa me hice un sándwich y fue ese día cuando se acabaron los tranchetes. Ya la vida no tenía sentido. Ya sólo eras tú y un puñado de almas roncando. Yo oía a dios hablar en todas partes. Daba igual que pusieras la primera cadena o la segunda o la incipiente Telemadrid. Ya sólo salía dios. Entonces yo me fui y, cuando he vuelto, no sé dónde meterme. Mi vida es tipo la de Rambo. Ese soy yo, Rambo. Cuando Rambo llega de bombardear él solo con un hazadón el delta del Mekong se va a un pueblo de cuatro haraganes con espigas puestas en la boca y allí le montan una guerra. Esta no es mi guerra, coronel. Eso es lo que dice Rambo. Rambo está cansado, coño. Sus amigos son un muñón de sangre seca con babas y ahora qué eh, ahora dónde está mi país, dónde está España. Un día fui a comprar algo de jala porque teníamos hambre, coronel. Un niño se acercó y dijo ¿Limpia, señor? Esto es lo de siempre. Yo a España nunca la he entendido. Y a ti tampoco te entiendo, porque no hay quien te entienda. No ha nacido. Una vez se me ocurrió hacerme socio de la biblioteca. Saqué libros y libros. Leí al Borges a ver si con ese te entendía y no había manera. Y luego saqué libros que hablaban sobre lo que hablaba el Borges y tampoco. Cuando los devolvía me pasaba por el súper y preguntaba si habían llegado los tranchetes. Joder-coño, a Rambo le sacas de una sartén ardiendo y al menos se pregunta ¿Dónde estoy? O: qué me ha pasado, o: coronel, qué me ha pasado. Y, ahí, en esa primera interrogación que le asoma a la fusión con el infinito, a su arreglo con las constelaciones, a generar una duda en el puto sol... ahí empiezan a llegar helicópteros y los seguratas de la oficina´l pueblo, desde el megáfono, dicen: salga del edificio con las manos en alto. El coronel Truman en su vida ha arreglado nada, tan sólo está ahí como cualquier otro fantasma, con su gorra inexplicable, poniendo el hombro y diciendo que siempre vela por los suyos. Que esa es su misión: Velar por los suyos. Cuando cierras el frigo, la temperatura del cacharro se ordena sola y el pitido se silencia.
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domingo

Wild is the wind


En el verano de 1992 yo experimenté la entrada en una caja. Hoy, días en que las hago, sé que el secreto primero de una caja son sus cuatro puntas o, al menos, siempre que hablemos de una caja rectangular. La segunda cosa de la que ocuparse, permítanme: el segundo secreto, serían las cuatro aristas resultantes (sumadas las que van saliendo -el intermedio de la ópera, pongamos-). Después pasaríamos al postre, el tercer secreto, siempre que ustedes me permitan: Los seis lados, trabajados previamente con las nuevas aristas.
En el verano de 1992 yo me había convertido en un recluta. Había pasado la entrada al año en Malabo, capital de Guinea Ecuatorial, junto con mi abuela Ciriaca Llorente (1924-2006) -con quien un tiempo antes de mi definitiva salida fui prisionero político durante aproximadamente un cuarto de hora-, mi tía Pepa, Pushkin y mi prima Susana.
Por aquel entonces yo era aproximadamente un adolescente con granos. De mi periplo en Malabo recuerdo: Bajar del avión junto con mi abuela, ver gente negra saludando, saludar a mi tía e introducirme en un campo cuyas hierbas me llegaban hasta la cintura y oír a mi prima decir: Cuidado, puede haber una mamba.
Más: Conocer a chavales con los que luego jugaría al fútbol de cinco a siete de la tarde, un barco cuyo dueño se llamaba Alberto y cuyo nombre era El barco de Alberto...
Un padre tenía muchos hijos de diferentes madres. Todos eran negros, mucho. Negros que te cagas. Me hice más amigo de ellos que de los otros que había conocido y les dije que me gustaría quedarme allí porque estaba a gusto, pero que sabía que tendría que volver junto con mi abuela.
Antes de eso mis amigos del colegio situado en Madrid me habían regalado un balón de fútbol que llevé hasta allí. Los negros me dijeron que les gustaba jugar al fútbol y se lo di.
Desde que hago cajas comprendo que una salida es el final de una caja. Pero también es el principio, claro, porque antes de que exista una caja sólo existe la salida.

En el verano de 1992 yo experimenté la entrada y la salida de una caja. Mientras hago cajas únicamente pienso en qué significa más, si entrar o salir de una y nunca doy con una solución lo suficientemente objetiva. Cuando lo dejo por imposible, pienso en escribir algo sobre eso cuando llegue a casa y colgarlo en el internet a través del blog La semejante criatura: un blog que va sobre Mongolia, según me han dicho, y en el que, en ocasiones, se me ofrece la posibilidad de publicar vivencias o algo así o pensamientos.
Mi nombre es Carlos Diego y, desde luego, si de una cosa estoy seguro es de que tuve mi oportunidad.
Cuando conocí a los negros finalizaba 1991 y yo, como he dicho, aterricé en Malabo junto con mi abuela. Allí nos esperaban mi tía Pepa, mi tío Pushkin y mi prima Susana, hija de ambos. Al bajar del avión acerté otro orden en el mundo. No imaginé que mi llegada estuviera plagada de Julio Iglesias. No imaginé que yo, Carlos Diego, pudiera ser Julio Iglesias. Mi prima, aún cría, me dijo que mejor no me metiera en hierba frondosa y después vi a los bichos, me adapté a ellos en un día y, cuando por fin conocí a los negros, les regalé un balón de fútbol. Ellos, con el tiempo -breve- y, después de hablarlo, me tendieron una caja y me dijeron que la abriera en verano, cuando estuviese en Madrid, Segovia o lo que fuera y me metiera dentro. No sé ellos. Yo cumplí mi palabra en el verano de 1992. Recuerdo entonces enviar una carta a uno de mis compañeros negros diciendo mi experiencia, pero no recibí respuesta.
Otras cosas que recuerdo: fumar mi primer Lucky Strike rodeado de negros riéndose en el cine de Malabo. La que echaban era de Jean Claude Van Damme. Era un cine de mierda donde nos sentábamos en el suelo y las salamandras se movían al lado de nuestros pies, descalzos, sin llegar a rozarlos.

En mi carta de finales de verano de 1992 (cuando los juegos olímpicos en Barcelona) yo escribía -desde Valseca- que absolutamente nadie a mi alrededor sabía nada de una caja.
Aunque hoy sé que en eso cometía un error. Todo el mundo sabe que una caja, al nacer, absolutamente siempre, lo hace vacía.
Aún entonces sólo era capaz de atisbar un pliegue o dos, cinco o seis. Pero, para envolver una caja, una señorita de El corte inglés -mi maestra- me dice, cada día, que hay que envolverlas bien y tirar siempre desde el principio. Para respetar el principio sólo hay que hacer caso a las tres normas que tiene para ella una caja y que he citado al comenzar este texto.
Según ella, “sin esas tres normas, un regalo nunca sería lo más parecido a un regalo”.

A su vuelta, mi tía Pepa, Pushkin y Susana me dijeron que no sabían nada de la carta que había enviado, pero que, seguramente, habría llegado, que el correo funciona bien y que se alegraban de verme a mí, de nuevo, y a mi abuela, tan bien como siempre habíamos estado (corría el año 1995). Ni siquiera hablé de la caja. Aún hoy aún no lo he hecho.

Bajé del avión, imaginé la canción Gwendoline, fui prisionero político junto con mi abuela C. Durante 15 minutos, esperé el momento adecuado para meterme en una caja y, cuando salí, todo era exactamente igual a ahora, el día en que una muchacha me cuenta los secretos que tiene una caja para ser bien parecida y, al mismo tiempo, un regalo para las próximas navidades. Mi abuela, Ciriaca, murió. Mi tía Pepa ha envejecido; Pushkin, mi tío político, está en Vancouver y mi prima Susana ahora se llama Aranzazu. Ni idea de la caja original, creo que la tiré antes de romperla a un contenedor, al contenedor de vidrios que hay saliendo al camino hacia la capital de Valseca, un lugar al que no he vuelto desde septiembre de 1992, al poco de finalizar los juegos olímpicos de Barcelona.
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jueves

Cocodrilo Dundee uno


Todo iba bien. Yo iba cada mañana a la cocina y preparaba café mitad natural y mitad torrefacto. Si se caía un poco entonces pasaba la fregona esa y ya está. Abría la nevera y cogía la leche y luego echaba un poquitito sobre la taza, el vaso o lo que fuera. Así cada día. La vida era un puto paraíso. Dios vivía en el cajón de las cucharas y, al abrirlo, nunca se quejaba. Parecía automático. Todo ese paraíso, toda esa cocina y su cafetera y sus tazas, sus vasos y sus cucharillas, todo era un paraíso, un paraíso automático. El botón de hacer café era la contraseña que iniciaba el día y, según le diese, llovería o no y todo bien. La vida era levantarse, hacer el café y luego sentarse y esperar que empezasen a sonar todos los teléfonos. Siempre era alguien que se había equivocado. O eso o Carmen Balcells para convencerme de que fuese a su casa de Barcelona a comer botillo y migas caseras con callos caseros. Un día fui con un manuscrito de mi obra cumbre Las cabras de las máquinas que se comen las pesetas. En el jardín de Carmen trabajaba Rimbaud, que me atendió muy bien. La vida había sido buena con él. Un trabajo de jardinero es lo que siempre había deseado. Rimbaud hablaba spanglish. Nos entendíamos bien. Me preguntó si yo era poeta y le dije que sí y me dijo yo poeta aburría fucking, man. Today yo guay, pero en África bien, yo papayas, come papayas siempre, it´s my life. Mientras Rimbaud segaba se ponía los cascos y escuchaba a los Deep Purple y me decía: Poeta fucking, yo come papayas. Eso decía Rimbaud mientras segaba el césped de Carmen y escuchaba por los cascos a los Deep Purple. Luego se oía la voz de Carmen por el interfono, que decía: Albertuco, sube ya, que quiero que des el visto bueno a mi colección de sables turcos. En el ascensor, el encargado era Felisberto Hernández que me dijo que estaba en la gloria trabajando allí, que estaba ahorrando para un piso en Getafe porque había ido un día y le molaba Madrid, que había estado en el parque de atracciones, que en Barcelona guay pero que Getafe le tiraba. Pero yo estaba hablando de mi cocina y de Dios, de las cucharillas, de las tazas y esas cosas. Yo tenía días buenos y días malos. Me compré el DVD y la película Cocodrilo Dundee y, después de que el teléfono sonara, me la ponía una vez y otra hasta que se hacía de noche. Sólo no me gustaban los diez minutos finales, así que cuando faltaban diez minutos le daba al botón Menú y todo volvía a empezar. La tecnología consiste en ahorrarse el rebobinado. En eso consiste la tecnología. Los teléfonos móviles e internet son para no rebobinar. Tocas y todo está allí en el tiempo que tiene que ser y, de repente, un día me cansé de Cocodrilo Dundee, así que ahorré y salí a comprarme la segunda parte a Cortilandia. Me daban ganas de llorar y no paraba de llover. Cortilandia era el sitio de la Navidad y yo lloraba y luego compraba un paraguas a una gitana a la salida del metro. En Cortilandia sólo había gente como yo, gente drogadicta y la mayoría moros. Ni siquiera había nadie a quien pudiera preguntar dónde estaban las películas de DVD, porque yo tenía DVD, joder, yo tenía DVD y sólo podía oír el gentío, la lluvia y el nuevo disco de villancicos de David Bisbal y Curro Romero de Torres. Compré flanes Dhul y me sonó el aparato móvil, le cogí y ya habían colgado. Miré el número que era y ponía Teléfono privado. Tenía suficiente dinero y todo, absolutamente todo, me lo iba a gastar en flanes Dhul y en pizzas de la Casa Tarradellas porque la película de Cocodrilo Dundee 2 no había Dios que la encontrara. Me gasté todo lo que tenía. 1.400 euros en flanes Dhul y pizzas de la Casa Tarradellas. Me fui al metro y, cuando llegué a mi casa, me puse a comer sin parar y, mientras, veía otra vez la peli de Cocodrilo Dundee, la uno, pero no me enteré de nada. Yo sólo pensaba en los pinchos de en ca Marcial. En los boquerones en vinagre, en las gambas forradas, en el queso en aceite. Yo sólo pensaba en eso. No tenía ni idea del año que corría, de la Navidad que corría. Los flanes Dhul saben a los pinchos de los domingos en ca Marcial, y las pizzas de la Casa Tarradellas también. Eso es todo.
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martes

Cancionero polaco Rexer


Yo, siempre, desde que salió, le he dado al Rexer 2000. Soy un drogadicto muy burgués. Con clase, de esos que saben quién escribió La Gioconda. No hay que quedarse atrás, atado a la vida de las aventuras en una balsa ni en las montañas con Heidi. Eso ni se te pase por la rancia cabeza. Todas las cabezas son rancias y si hay alguna que, de repente, se pone a oler, siempre va a ser la tuya.

Yo, como te decía, entro en las farmacias y expulso la receta de la boca. Siempre me la como cuando me la dan y, luego, tengo que meterme los dedos por la garganta hasta que la echo al mostrador. Las de la farmacia están acojonadas nada más que me ven entrar y huyen como ratones pero siempre se chocan con la pared y, cuando vuelven al mostrador, yo estoy enfrente y se hacen de nuevas. Como si no supieran que mi corazón, lo que quieren todos los órganos de mi cuerpo es lo de siempre. Porque yo tengo la polla muy grande, siempre es lo que estoy a punto de explicar. Porque cuando Dios creó España, primero hizo una planicie y después metió unas rocas por aquí y por allá, más o menos al azar. Ni siquiera pensó en el pobre Alicante, lo suyo es que tenía que terminar de hacer el golfo de Cádiz y todo para que en España cupiese mi polla. Eso, toda esa historia de Dios es lo que estoy a punto de decir cuando me atienden en la farmacia. Cuando cogen la receta y leen Rexer 2000 y Tranxilium 15.800.
Hoy he ido a la farmacia y primero a la plaza y al estanco. Yo soy muy burgués. Más burgués que nadie y también que las llamadas de teléfono que recibo desde Colombia.

España mola porque miras hacia arriba y ves el cielo, con las nubes y todo eso. Por eso mola España. Hoy me han llamado para un trabajo de España. Me gusta el título “Trabajar en España”. Me viene a la cabeza el niño ese de la película Barrio repartiendo pizzas y yendo debajo del puente a ver cómo está su hermano que, o bien está muerto, o bien puesto de caballo, o en medio de las dos cosas, en España.
Joderostias, Mongolia mola porque está en Mongolia. Si Mongolia fuese España no tendría ni la mitad de ese encanto que nos proporciona su española existencia a todos los burgueses que le damos al Rexer 2000, al Tranxilium 15.800 y al Loramet 1000 millones.
Esto va así. Te dan un curro bueno, aunque cobres el sueldo mínimo y tú, aunque curres bien, estás bien y sigues siendo una especie de bebé vampiro, porque todos los bebés son vampiros y aprenden a hablar por no ser menos que el perro, y les da igual cualquier cosa para andar mamando, en serio, qué más da y con quince años sigues poco más o menos. Una especie de español que ha vivido en Hungría, ya te digo, en fin, tú me entiendes.
Estoy tan ilusionado con mi nuevo curro que he llamado a todos mis amigos de la infancia y se lo he dicho. Me daba igual si vivos, muertos o es que ahora son dentistas los cabrones. O ayudantes de dentistas.
A mí Madrid me lo como y luego me da igual entrar a cagar en cualquier sitio, en cualquier bar de Madrid.

Valseca mola. Valseca es una gran no existencia de España dentro de España. Yo, si al final voy destinado a una biblioteca, lo voy a decir. Voy a decir todas las cosas que aprendí cuando curraba en el Hotel Kafka y en el EBU y de corrector creativo para los proyectos de urbanismo del Excmo Ayuntamiento de Valseca. Voy a dar clases, así, en un determinado momento y sin darme un pijo de importancia. Voy a decir que Quevedo era medio de Andorra, lo cuál es cierto, y que hay que leer a Puskas, pero también a Steven Gerrar, sin olvidarnos de Caniggia y del Vieri Cagnoneri ni tampoco de la Brujita Verón. Hay que leer a Dunga y a Andrei Shevchenko. Y, por Dios, hay que leer a Farruquito.
Calderón de la Barca era portugués y Lope de Vega, no sé, hay una tesis del uruguayo Agamenón en la que dice que era de Luxemburgo.

Luxemburgo es una cloaca. Yo voy mucho a Luxemburgo cuando me pilla de paso para ir a Hungría y me bebo una cerveza en el barrio francés mientras veo a todos los gitanos cantar y bailar y decir buenos días en español.

Galdós era luso y Fortunata y Jacinta eslovenos como Luis Buñuel, que hizo una Tristana que dijeron los críticos que era parisina pero que tenía siempre la cabeza en la Baghavad Gita esa o como se escriba. Cómo mola Tristana. Leo a Chesterton, que era de La Coruña, después de tomar mis píldoras. Me gusta la gente. Me gustan sus caras, como espejos, al salir de un autobús. Me gusta calculando, un ciego, no tropezarse con la posibilidad de un borde. Los borrachos al despertar, me gustan, de mañana. Una mañana me gusta como el lugar donde dedicarse a verla irse. Me gusta volver y encontrar a la gente que ya no está allí en un jarrón con flores. Me gustan las flores sin sentido. En una panadería me gusta que haya flores, por ejemplo. Me gusta el olor a pan de las cuatro menos veinte y las manijas que se equivocan en el redondel con bigote de una máquina.
Me gustan los niños que dibujan monstruos en cartones de vino y las jovencitas que, con el mismo pulso en el que sostienen a una grapadora, me cuentan que están pensando en no morirse. Me gusta un viejo, a las nueve, examinando su dentadura flotar en un vaso de agua. Me gusta el agua y los ríos, la melancolía figurada en los recibos de los fontaneros.
Me gustan los sitios.
Siempre que he de esperar sentado a que el resto de la mesa esté servido cuento las lentejas que hay en algún plato. Me gustan los platos. La pereza de una montonera alrededor de una pila me gusta. Me gusta cuando sale arena de los grifos porque hay la posibilidad de hacer un intento de desierto del Sahara. El desierto del Sahara me gusta porque es un siseo la explicación que da de lo no conocido. Me gustan las flores que crecen en un desierto porque una vez vi el Sahara de verdad desde un aeroplano y sé que está roto. Me encantan los aeroplanos porque están hechos con una cartulina -llena de tachones- de 2º de EGB. Me gusta el colegio y que haya el gordo en la puerta con un bocadillo de foie. Me gustan unos extraños rodeándome como un anillo al dedo índice de un recuerdo borroso, en un recreo, entre las once y las doce.
Me gusta el enojo de los esposos a las puertas de los supermercados, las motas de polvo que almacena la repetición en el filo de las corbatas azules y la mirada sin dueño de las vacas lecheras en los corralones de los locos. Me gusta la leche y, en general, cualquier excusa nacida en la mano algo cansada del portador de un tirachinas.
Me gusta la pereza que se ciñe en los ojos de los sapos a la orilla del pueblo. Me gustan los pueblos con casas que hay que imaginarse y las personas que, dentro de ellas, abren la puerta como si hubieses llamado para preguntar dónde hay el pueblo con las casas que sí existen.
Me gusta Polonia, creo, en la actualidad, aunque no estoy tampoco seguro del todo.
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domingo

Los cuadernos de la juventud, 4

En el jardín roto he visto a una niña que siempre está mirando la fotografía de un cisne.
En el único banco posible del jardín la niña es tres mujeres puestas una encima de otra y todas tienen en el fondo del corazón a un hombre anciano enroscando una bombilla.
Cuando se cansa de la fotografía construye con sus mujeres imaginarias la fortaleza de las nubes, se sienta en las ruedas del columpio y el latido del péndulo de media tarde resuena en el almacén de los hormigueros.

En su casa, cuando ya ha abandonado el juego, el pelo es una zarza y lo recoge en un aro de humo mientras piensa en una mora y friega los platos que aún no ha estrenado en la pila del reloj de pared.

Nos conocimos en la viñeta de un tebeo. Tu falda parecía un cuello de acordeón y después vi que estabas bebiendo de una taza de café vacía.
Nos conocimos y hablamos de que no existía el poder de un árbol y de que los pájaros volaban por una vía de ferrocarril que no paraba en la estación para recoger el periódico de los domingos por la mañana.

Llamé a un número inventado y salió la voz de tu madre diciendo que era peligroso hablar con los desconocidos y con las flores. Colgué y, al rato, imaginé que llamaste tú. Dije que era yo y me saludaste.
Tú ibas conmigo y, aunque lo cotidiano era no pisar una fila de muertos de camino a la panadería, me ayudabas a transformarlos en la diminuta secuencia del sueño de un cartero.
Nos agarramos del brazo y podíamos estar quietos tantas horas que mezclábamos la luz y la tiniebla para, una vez en medio, hacer, con copas de pinos, un mismo brindis llamado Alguien dedicado al bautizo y también a las últimas palabras de los condenados a hibernar en los mapas de los aventureros.

Cuando cierro los ojos, voy a ver el jardín roto y siempre está guardado en una caja de plástico con un agujero que he de declarar en las aduanas. Las tres mujeres inventadas por ti son hoy mis amigas y, al desvestirse, se las ve, en el fondo de sus sombreros, el dibujo gastado de una paloma.

Un día que volví, tú estabas en la cocina. Tenías un agujero en el pecho, un cuchillo en una mano y una patata pelada en la otra. Me dijiste que querías hacerme un regalo, pero que no te había dado tiempo de envolverlo.
Nuestros encuentros eran el primer chorro de luz de un amanecer sobre la pared de un establo.
Un amor que termina es el papel mojado que anuncia, en la puerta de una iglesia, el cierre de una cadena de lavanderías.
Las cosas reales suceden en una botella de juventud llena de locos que, a poco que la pienses, acaba hecha añicos en el suelo de los tablaos.
Yo lo que quiero decir es que, en ese momento, es cuando tenía que haberte dado un abrazo y las gracias.
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jueves

El vecino de arriba o de abajo, no me acuerdo, lo siento.


Apenas recuerdo casi nada de la primera vez que me morí. Me acuerdo que fue un síntoma que no había tenido hasta entonces, que estaba en la cama e incluso que por las persianas comenzaba a amanecer, incluso recuerdo que era verano, ni idea del día de la semana. Recuerdo, sí, que me alarmó un poco y que no se lo dije ni a mi madre ni a mi abuela ni a nadie y no recuerdo tampoco haber notado nada raro al, después de suceder, hablar con ellos, por ejemplo, mientras estábamos comiendo arroz con huevo frito y tomate de cosas de, a lo mejor, juguetes o canciones del colegio.

En la segunda vez que me morí sí recuerdo un poco más, también estaba en la cama, era un lunes, reconocí al instante la alarma de la vez anterior y pensé que era una tontería que ya me había pasado, me noté no respirar y, por si acaso, me tapé bien con las sábanas. Cuando me destapé miré que no había nadie y, aunque seguía sin notarme la respiración, me levanté y fui al baño e hice pis como cualquier otro día.
A lo mejor no eran las mías muertes rotundas y por eso nadie notaba nada ni en casa ni en el colegio ni en el pueblo. A lo mejor no tenían ninguna importancia al no ser de esas de enterrar después. A lo mejor era simplemente una gilipollez o algo que había soñado. Aún con todo esa misma tarde le dije a mi madre que me había pasado dos veces lo de morirme y que si era importante porque yo lo que notaba era que no me dolía nada y ya está. Aunque por lo mismo que le expliqué ella no hubiera debido de preocuparse, se empeñó, enseguida me hizo una tila y, días después, fuimos al médico a que me hiciese una revisión.
Era el Dr. Amín. En la salita de espera yo le decía a mamá que no teníamos que haber ido y ella me respondió que sólo era para que me viese. Además el Dr. Amín era amigo mío y siempre me había dado caramelos, dijo y yo entendí que eso era verdad y que, por eso, lo había dicho para engañarme, pero me lo tomé con tranquilidad debido a mi inocencia.
El Dr. Amín me dijo que abriera la boca y metió un palo. Dijo que las anginas estaban bien, pero que yo había muerto hace poco y que sospechaba que no era la primera vez que me ocurría.
Mamá lloró. Yo dije que lo había notado otro día pero que casi, como ahora, no me acordaba. Se sentó en su mesa y le dijo a mi madre que se tranquilizara, que yo estaba bien. Después la dio una receta y dijo que ponía una cosa para enjuagarme y que me limpiase la encía y otra, dijo, para las muertes. Era una pastilla y yo entonces odiaba las pastillas. Me ponían de los nervios. Hay que ver las ironías que se inventa la vida. Yo ni siquiera estaba contento por haberme librado del colegio y la comida horrorosa del comedor, y de que me perdonaran ir a la tarde. Una pastilla que hubiera que tragar era algo horrible, una salvajada natural de la historia de la medicina y sus hombres terribles, y el Dr. Amín había dicho una por la mañana y dos por la noche hasta, por lo menos, cuando volviésemos a ir a que me examinase de nuevo a ver si había mejorado.
Mamá llorando era muy triste. Pensé que no tenía que haber dicho nada. Tampoco tenía ni idea de que se lo fueran a tomar tan en serio, es cierto, pero me desubiqué por completo. El Dr. Amín me dio un caramelo y me dijo que le diera un beso a mi madre. Luego me preguntó si jugaba y dije que sí. Me dijo que tenía que jugar mucho y también que hiciera siempre los deberes. Mi madre dijo que sacaba buenas notas menos en matemáticas.
Nos fuimos y todo bien, pero pasados dos días empecé a notar que había quienes me miraban raro. En el colegio también se habían enterado y se reían de mí. Me daban collejones los mayores y luego decían: no te puede doler porque como te has muerto es imposible. Qué cabrones e hijos de puta. Claro que me dolía, a pesar de todo, aunque no los notase.
Al volver al Dr. Amín, me miró y dijo que estaba mejorando, pero que no dejara de tomar aún las pastillas.

La tercera vez que me morí sí que vi que el mundo se me caía encima de la cabeza como si fuera un camión con muebles. Joder, yo estaba loco. Ya era mozo. Y mis amigos estaban peor. No lo dije a nadie, no confiaba. Yo sólo quería un montón de barro en la calle para tirarme en medio y retozar como un cerdo. Que me llevasen a un zoo si les molestaba o que me comiesen en los restaurantes de los domingos veraniegos. Me daba lo mismo. Morirse era un coñazo y no tenía ni idea de qué hacían mis padres para que comiéramos.
Fui a ver a mis amigos para divertirnos y nos pusimos a romper los cristales de los coches para llevarnos las radios y, si las cintas eran que no nos gustasen como, por ejemplo, las de Manolo Escobar, escribíamos “cerdos” con spray en la luna de atrás. Lo de la vida era una asquerosidad y nada tenía gracia. Pero, esa misma noche, cuando vi que Juan el toli sacó la navaja para intimidar a una vecina y que le diera su dinero o algo yo se la quité y me la clavé varias veces en los pulmones y ellos, esos idiotas, se quedaron mirando flipados y dijeron que me había vuelto loco primero y después que era muy raro que no me muriese. Joder tronco, dijeron, eso es la hostia cabrón loco. Sí que me tuve que limpiar un poco porque algo de sangre salió. Y cuando me preguntaron cómo lo había hecho les expliqué que es que estaba harto, que ojalá hubiese nacido mongolo, pero que me moría o algo y ya está, que no pasaba nada y les dije que teníamos que hacer algo que molase porque esa era la única explicación. Joey el cara rata dijo que en fin, que le había sorprendido mucho porque, hasta esa noche, siempre había creído que yo era un maricón, pero que qué había tomado, que a lo mejor las drogas me hacían lo peor. Y luego pasaron. Sólo Juan, cuando le devolví la navaja, me dijo que si yo sabía de dios algo o de las cosas de las estrellas, pero no supe qué decir y no dije, de hecho, nada. Ellos dijeron que se iban al bar a meterse y violar y yo me fui a mi casa y no volví a salir.

Ni idea de cuántos años han pasado. Me da igual. Mis padres están bien. Me parece que hace ya bastante tiempo nos mudamos, aunque yo he seguido en la misma habitación haciendo que estudiaba y el tiempo, sin duda, ha pasado y lo de morirme ya me ha pasado muchas más veces y, aunque sí he hablado con mi madre de ello unas navidades que entró, nos reímos y ya está. No sé. Cuando me los han traído, he leído libros de filosofía y esas cosas y me han gustado, aunque muchas veces no entiendo nada. No hay quien entienda nada. No sé. Hacía mil doscientos veintiocho años que no me lavaba, por ejemplo, los dientes y también me he ordenado los pelos y vestido, aunque fuera con ropa que no me valía. Lo he hecho esta mañana, normal, y yo qué sé.
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martes

Otto Weldo (China y Segovia 2016)


Otto Weldo se sienta con la naturalidad de una manzana y, antes de tocar, su sonrisa, que es la de un espejo frío, está manejada por el caramelo de café y leche que, observado desde el plato en el que coloca sus tres ojos, Otto mastica. El caramelo de café y leche, que ya ha pasado por las encías de unos cuantos viejos, se deshace un poco más pasadas tres notas y el público entonces agradece que Otto Weldo pertenezca a un colegio donde ninguna pizarra está en su lugar correspondiente, así como que su casa sea un maestro enfadado con la forma de llevar el flequillo que tiene una petunia.

En mil novecientos y pico había una conjura de farolas en el anochecer de un Chevrolet sin matrícula y las teclas de los pianos que prefería Otto Weldo eran filas de dientes caídos en una feria.
En las ferias, Otto Weldo escribía partituras en fa para la gente que no tenía manos. Abría buhardillas en las casas cerradas de los espejos deformantes y se enamoraba comiendo en una excusa en el instante que sabía que no existía el verano en los ojos de Pequeña flor de Té.
(Mientras, una mujer fea con buenas piernas se apellidaba Estados Unidos y tenía la suficiente amnesia como para no saber decir cuál era su nombre.)

Otto Weldo, de gira con chicos majos, improvisó en Andorra un réquiem por Alemania. Era ya entonces un hombre muy viejo que estaba por el dinero que le dijesen y se acostaba temprano pensando en el olor a radiador de sus años de mozo en los barrios.

En Valencia, Otto Weldo tocó en un descampado por donde no pasaba nadie. Los chicos majos no le pedían que renunciase a ser él pero, tras decir esto, le decían que los conciertos los estaban haciendo entre todos.
Todos era la cuerda de un trapecista noctámbulo y Otto Weldo, que cortaba siempre las uñas a la posibilidad de una batalla, decidía pensar en una fruta para relajarse. Era esa una gira, no sé.
Otto Weldo, que dijo a una espiga tener doce pianos rotos en el hueco que ofrece una arruga de falda de bailarina, llama amigo entonces a cualquier árbol y desaparece camino del aeropuerto más cercano mientras los chicos creen que es que está borracho.

En China, Otto Weldo no sabe con exactitud qué está pasando, encuentra un lugar para dormir y se acuesta.
Chicago obtiene noticias de su paradero y decide contactarle, pero Otto Weldo está muy cansado y dice que no quiere ir.
Es entonces cuando le sacan en el programa sobre viajes de Sánchez Dragó, que asegura haber encontrado un maestro zen en la figura de este flaco neoyorquino laureado en su país de origen como pianista abanderado de varias generaciones y hoy apenas visible en las calles de la gran Pekín.
La cámara enfoca a Otto Weldo y su cara disfrazada por los ratones que se la han comido se mueve rápidamente. Sánchez Dragó lo mira, sonríe con la calidez de un telediario y dice que Otto Weldo es el representante de una religión de la que él es devoto; y, cuando espera la palabra de Otto Weldo, este enciende un cigarrillo de marca Zhongnanhai.

Claro, en Segovia todas las televisiones están encendidas a pesar de ser la una en Canarias, para ver qué ocurre finalmente.
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lunes

Los enfermos


La casa donde vivo siempre fue el sueño de mamá. Es un sitio retirado de la provincia, que queda a 30 kms, y hay árboles, pasos de cebra y pequeñas tiendas (pan, fruta, leche, cereales, huevos, tomates...). La realidad mía es que suelo estar solo. Hace no demasiado venía la señora Carrington a tomar café los viernes a media tarde, pero dejó de venir cuando se topó por primera vez con uno de los enfermos del psiquiátrico que hay al lado de casa.

Los enfermos son muy buenos chicos y los bedeles no siempre pueden estar pendientes de lo que hacen. Mi casa, el sueño de mamá, a buen seguro, no era la primera a la que hacían visitas.
El primer día que les vi fueron dos muchachos los que, tímidamente, saltaron la verja. Yo, en aquel momento, me estaba ocupando del jardín y les pregunté si querían algo. Al más rezagado le entró una risita nerviosa. El otro dijo que, en su casa, ya no había radio porque alguien, seguramente, se la había llevado por la puerta de atrás.
Les pregunté si querían escuchar la mía y que podría mirar si tenía refrescos. El niño que hablaba me dijo que no podían tomar refrescos, pero que le parecía una buena idea todo en general mientras el otro niño reía y reía, el pobre.
Les dije que me esperaran y miré si había leche en la despensa. Cuando volví ya se habían marchado, así que volví a dedicarme al césped, las flores y esas cosas.

Días más tarde, cuando me encontraba colocando el porche, vinieron cinco acompañados del chico de la risa, que me señaló y dijo que era yo. Uno se acercó a mí y me dio un mapa que estaban haciendo. Me dijo que les tenía que ayudar y se fueron. Yo no le di importancia a nada de eso. Cuando terminé de hacer el porche, fui al despacho y me puse a escribir poesías como si nada.
Estuvieron una semana sin venir, pero después no era nada raro encontrar a alguno de ellos viendo la televisión en el salón. De hecho, según iba pasando el tiempo, cada vez era menos raro encontrar a varios. A mí no me parecía mal, incluso les ofrecía cereales, aunque siempre los rechazaban educadamente.

Llegó un momento, pasadas ya unas cuantas semanas, en que empecé a no preguntarles nada ni sentarme con ellos, sino que me limité a cerrar la puerta y oír si decían alguna cosa. Si me encontraba a uno en la cocina sólo me limitaba a señalarle el salón y él se dirigía hacia allí junto con el resto, porque es verdad que en ocasiones alguno había tenido la mala costumbre de dejar el frigorífico abierto, y yo tenía miedo de que los filetes se estropearan.
Todo marchaba sin alteraciones hasta que un día supuse una en el momento en que mamá y papá aparecieron en la casa para hacerme una visita.

El salón estaba cerrado y atestado de enfermos y le dije a mi madre que mejor no abriera la puerta. Ella me miró sonriente, como si yo ocultara algo, y no pude negar nada hasta que abrió y comprobé que, tanto ella como papá, estaban tranquilos. Papá me miró y me dijo que si no quería que nos enteráramos de que había organizado una fiesta. Yo no dije nada. Mamá me dijo que la presentase a mis amigos.
Los locos ni siquiera nos miraban. Estaban viendo, en la televisión, programas de actualidad.
Entonces entré y les dije que saludasen a mis papás. Dijeron hola y fueron amables. Mamá les dio un beso a cada uno y les preguntó si querían sugus, pero ellos rechazaron amablemente. Papá me dijo que le ayudase a entrar unos conejos que tenía en el coche. Me dijo que quizá habría para todos, para luego, a la noche. Le ayudé sin decir nada ni rechistar con ningún gesto.

Al entrar de nuevo, mamá ya conocía los nombres de todos los chicos. Me dijo que le parecía regular que me hubiese quedado callado y, así, medio a través de ella, fui conociendo a Pablo el tornillos, cara de jamón Josico, Carlos el cucarachas, Paquito el amistoso, Juan el petunias y más gente.
Fue una sorpresa que hubiera suficiente conejo para todos y cuando todo el mundo, llegado un momento e incluidos papá y mamá, se marchó, yo miré el reloj de pared y vi que eran más de la una. Llevé los platos a la pila y, mientras los lavaba, me noté contento, como si una extraña alegría me hubiese invadido. Cuando terminé, apagué todas las luces y me fui a tientas hacia la cama.
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jueves

Todas las consultas


Siempre que voy a ver a mi doctora llevo el libro Curación a través del espíritu (de un autor con nombre raro) a la sala de espera de la consulta y lo releo hasta que dicen mi nombre y, entonces, cierro el libro y entro y mi doctora, sin levantar la cabeza de su tinglado, me dice: ¿Cómo va eso, Alfredo? Yo digo Hola y me explico, aunque no sé qué digo y, antes de notar la posibilidad de que esté diciendo frases que acabo de leer en el libro Curación a través del espíritu, recuerdo vagamente el juego Operación, en el que, de pequeño, solía matar sin querer al dibujo de un hombre en un tablero.
Ella siempre me corta. Me pregunta si hago deporte y como fruta y, sólo entonces, caigo en que estoy allí y que puede ser algo serio el hecho de estar y, por ejemplo, otros sitios donde podría estar como trabajando en un sitio andrajoso, tocándome en casa la nariz, como quien dice, o bien en el bar de Marcial leyendo plácidamente a un ruso muy culto y entrañable o viendo fútbol, y es cuando me vuelve a preguntar si hago deporte o como fruta cuando digo que me estoy dejando aunque he decidido que lo voy a hacer, pero que soy flojo y no aguanto mucho. Entonces dice que lo ve, noto que me mira y vuelvo a saber que estoy ahí. Y es cuando digo que escribir en mi blog me come mucho tiempo.

(Mi doctora y su consulta. Hay un jarrón con flores artificiales, una fotografía de su novio o su padre, un ordenador donde, cuando yo desaparezco durante demasiado tiempo, ella se pone a escribir en su blog. También hay un esqueleto, un cuenco con bolígrafos y, al lado, otro con caramelos, aparte de aparatos típicos de los doctores.)

Cuando ella le da a Publicar entrada me dice: ¿Así que seguimos igual que la otra vez, Juan? Yo, sólo entonces, pienso en todas las demás veces que se me ocurren y, cuando ella repite lo del ejercicio, pienso en una bicicleta, pero ella lo conduce todo al desastre en cuanto me empieza a hablar de lo perjudiciales que son algunas rutinas y cosas.
Y es entonces cuando recuerdo el motivo por el que he ido allí y le digo que ayer estaba afiebrado y no sabía qué tomar.
Sé que es entonces cuando ella me mirará, de nuevo, como si ambos estuviéramos allí, anotará unos nombres en una receta y me preguntará por mi familia.
Yo, aunque nunca sabré a qué familia se refiere, diré: Bien, doctora, como siempre. Y pensaré que tengo que escapar de ese lugar como sea.
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martes

La úlcera (una historia de amor español)


Desde que tomaba omeprazol para cosa de una úlcera oía, en el interior de mi cerebro, al presidente del gobierno de España dar discursos.

Cuando terminaba uno, la voz de una señorita informaba de los resultados inmejorables que ofrecía el dentífrico tal o la calidad audiovisual de las televisiones de nueva generación tal. Después, el presidente del gobierno de España volvía a tomar la palabra y hablaba de lo necesario para España que era proteger a los pobres chuchos, así como salir a las nueve de la mañana a escuchar el canto de los mirlos.
A mí me preocupaba. Yo no podía dormir. Me notaba, incluso, que estaba envejeciendo de un día para otro.
Para conservar una cara que se pareciese a la del día anterior cada mañana tenía que recoger trozos de piel que se me caían y cosérmelos enfrente del espejo con el cuidado de no hacerme sangre mientras el señor presidente decía que el deporte era algo que todo el mundo debería hacer. Yo no tenía nada que ver con el presidente del gobierno ni con España ni con los anuncios o, al menos, debería, en todo caso, averiguar si sí tenía que ver.

Cuando fui a ver a mi médica me dijo que no se atrevía a darme otra cosa para la úlcera de estómago. Noté que me miraba raro y le dije que se me caía la piel. Le enseñé mi mano, que estaba llena de lunares. Cogió entonces un bolígrafo y anotó cosas mientras me decía que debería subir la dosis a tres al día. Metió el papel en un sobre y me lo dio. Dijo que, en la farmacia, preguntase por una crema y me la diese a lo largo del cuello.

El presidente de España hablaba de lo importante que era el aseo. España era un país privilegiado donde el 73% de la gente podía ser considerada aseada y añadió que estaba leyendo los datos de un informe estadístico hecho por especialistas del sector público de transportes. Luego salió la voz de la señorita. Decía que los jarrones de porcelana Charito se podían conseguir a mitad de precio durante la semana fantástica.

Cuando llegué a casa abrí el sobre y leí el papelito. Ponía que no podía decírmelo en la consulta porque estaba vigilada por micrófonos y cámaras, pero que me amaba y que quería verme a solas en un lugar público. Al lado de su nombre, típico de doctora, había dibujado un corazón y subrayado Bar La Castaña a las 18:00.
Me tomé un omeprazol y comí verdura mientras el presidente de España decía que jamás España había sido un lugar tan idílico, que estaba pensando seriamente en la construcción de parques temáticos en Londres y La Haya con el nombre España y en el que se viera lo mejor de nuestra cultura. Su idea era llevar a algunos futbolistas a cada sede para que los visitantes pudieran fotografiarse con ellos al lado de una réplica a escala del acueducto de Segovia.

Acudí a mi cita a menos cuarto. Pedí zumo de tomate marca El Machote. El camarero dijo: buena elección, señor.
Miré a los lados. El bar estaba lleno de niños sentados mirándose los unos a los otros.
Me tomé el zumo y continué esperando hasta que la doctora vino. Me dijo, cuando consiguió reunir la respiración suficiente, que la disculpara si llegaba tarde. Miré mi reloj y, en el mismo momento en que vi las seis en punto, la voz de la señorita de los anuncios dijo: Son las seis, las cinco en Canarias. Están escuchando al presidente del gobierno de España.
Dije a la doctora que había sido yo quien se había adelantado. La pregunté si quería un refresco. La pobre no podía hablar. Sin duda se había dado una buena carrera, así que esperé a que se repusiese.
Cuando por fin pudo me dijo que perdonara lo sucedido, que jamás la había pasado, pero que me quería.
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viernes

Los regalos


Echo muchísimo de menos encontrarme personas decapitadas cuando salgo a que me dé el aire.
A menudo pienso en una cabeza como varias cosas. Las primeras son una cebolla o un ajo, luego está el bono-metro, unos interruptores, gente escalando una montaña para hacerse fotografías en una cima al lado de una banderita en la que pone Te amo Mari Cruz y centros comerciales a los cuales no está permitido llevar perros.

Echo muchísimo de menos al hombre sin cabeza al que exprimía un poco para que me preguntase por mi nombre y que luego me tocaba la cara para ver si lo que ocurría era de verdad. Estaban tranquilos en general y tampoco hacían daño a nadie. Yo comprendo que es difícil en ocasiones mantenerlo pero, por cosas del gobierno de España, ya no están. Dicen que cuidan de ellos, que están bien y que envían recuerdos, pero eso son siempre noticias de los medios, como periódicos y eso.
La realidad es que no les puedes ya ayudar a que crucen la carretera y ni siquiera sabes dónde está su residencia para ir, por ejemplo, un día a leerles un cuento. Lo cierto es que a muchos nos encantaría hacerlo por ver la vidilla que expresan.

Los decapitados de por la calle no es que sean especiales. Pero son personas, aunque no puedan recordarlo.
Hoy he bajado tres plazas y dado patadas a los restos de una cabeza. Mientras, he llegado a pensar a quién pertenecería, en serio, pero eso era lo que duraba el viaje. Lo real es que no botaba bastante como para pensar en hacer un regalo que le gustase a algún hijo de vecino.
Cuando las personas sin cabeza vivían con normalidad, yo, aunque tímido, sí compartía con ellas alguna palabra. Se oyen exprimiendo cualquiera de los diferentes muñones. A veces eran quejas sobre lo raros que se sentían. Otras veces solamente canciones y cosas así. Cosas de gente mayor.

Como estoy desempleado he buscado darme razones, intentado explicarme quién soy y luego he echado de menos a las personas decapitadas de por la calle.
Yo, para practicar la vida, siempre acudo a cursos y cosas para mantenerme entretenido. Ayer fui a una cosa de escribir y hoy he ido a dibujar. Como si a mí me apasionase más escribir o dibujar que una cabeza rodando, pero juro que lo hago siempre que veo acechando la posibilidad de descansar.

En mi presupuesto entra una cajetilla de tabaco al día, arroz con huevo y filete de lomo y una copa de anís con el café, además de las cosas para ser persona como ir a cursos de cosas en las que puedo ser sorprendido por la destreza -aparte el bono-metro- y compañía de señoras y caballeros que siguen existiendo en un lugar donde conviven junto con otras y otros que aún tienen cabeza.

Hoy, ni ayer ni pasado, he entrado en el aula después de dar unas patadas a una cabecita y me he sentado a esperar al resto de gente. Mientras esperaba, he hablado con mi profesora, que se llama Sandra y es una mujer muy guapa, sobre trabajar mirando el mismo modelo que la semana anterior.
Se trata de un modelo que siempre me es igual y, al decirle que eso me animaba, la he preguntado qué la parece y me ha dicho que si eso es bueno para mí está bien.
Luego se ha ido a atender a otros señores que estaban entrando. Yo les he saludado y he dicho que hace una buena tarde. Me he fijado en sus caras y, según iban pasando, he notado que cada cara nueva era distinta.

Como existe un centro de salud mental cerca de las aulas hay veces, de eso estamos avisados los españoles, en que los más jóvenes entran para gamberrear y (no sería la primera vez) robarnos rotuladores, así que al ver una cosa rara me he chivado y luego he vuelto a mi sitio dispuesto a empezar a dibujar a mi modelo.
Me ha salido mejor que en otras ocasiones, creo. Sandra ha dicho que estaba muy bien cómo había trabajado la sombra para crear tensión en el brazo derecho. Me he puesto contento pero, antes de irme, la he dicho que echo mucho de menos encontrarme a personas decapitadas por la calle para ayudarlas a cruzar. Claro que, son otros tiempos ¿No? Ha reflexionado. Aunque en el fondo estaba de acuerdo.
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domingo

My rifle, my pony and me (tesis segunda)


Aquel día Jesús Gil había estado mirando unos números en su despacho y, calculando, decidió llamar por teléfono al médico de cabecera para preguntarle si había algún medicamento para la memoria porque últimamente no le salían las multiplicaciones. El médico, Dr. Vicente Mola, le explicó a Jesús que eso era normal durante los días de estrés, que la mejor medicación de la que podía hacer uso era relajarse, por ejemplo, comprándole algo a su señora y dar una vuelta... relajarse.

Cuando Jesús Gil regresó a su hogar no había nadie y dudó si ir a pasearse hasta la cuadra para hacerle unos mimos a Imperioso, el único amigo que nunca lo abandonó. Pero a don Jesús le dolía la espalda de haber estado mirando números y finalmente se tumbó en el sofá del salón. Como el mando a distancia estaba cerca encendió la tele. Estaban echando la final de la Copa de Europa (Prater de Viena, 27 de Mayo de 1987) entre el Bayern Munich y el Oporto.
En un principio, don Jesús cerraba los ojos de vez en cuando debido a que su interés era descansar. Se dijo a sí mismo que los empresarios que se equivocaban eran los de un millón más, un millón menos. En una de esas marcó el Bayern el 0-1 o el 1-0, da igual. El partido era una mierda.
Ya había visto antes a ese joven intentando arrancar por el centro la vez que fue derribado. Había oído el nombre, pero le había pasado inadvertido. También había oído que el joven jugador tenía tan sólo 17 años. Un crío, vaya.

Fue en la segunda parte cuando el joven jugador tendió una pared y se escapó por banda derecha. Galopando como mi Imperioso, pensó Jesús Gil. Los comentaristas de la tele decían “Si llega a entrar”, “Brillante”, “Espectacular” y repitieron su nombre, que continuó sonando en la cabeza de don Jesús. Paolo Futre, Paolo Futre, Paolo Futre.
Aún seguía sonando cuando Madjer, el mejor del partido, marcó de taconazo y cuando Madjer, el mejor del partido, se escapó por la izquierda de su marcador para sacarse un centro hacia la pierna derecha del negro Juary, autor del pase a Madjer en el empate a uno, que desataba la locura en nuestro amado país vecino, representante conjunto de las andaduras de nuestro / su don Quijote de la Mancha, hecha por el alcalaíno don Miguel de Cervantes, nuestro caro y amado discípulo que fue a la corte de Felipe II pues, visto que cada pastor es en realidad una máscara que representa a un personaje verdadero, qué no habría de ofrecer la posibilidad de un puesto en el Benfica, aunque uno hubiese de marcharse de ojeador a Orán.

Jesús Gil metió el dedo a través de la pantalla del televisor buscando de qué estaba hecha la tela del joven delantero que, al correr, se le movían las melenas como a los caballos.
Imperioso y Rocinante, Jesús Gil y Paolo Futre. Don Jesús ya era, en el armario de su habitación, presidente del Real de Madrid mientras pensaba en Marbella y la corte, en Rocinante, en el Cid y sus películas favoritas, que eran las de Bud Spencer y las de John Vaine, pensó en los chistes de Benny Hill y se le ocurrió el calambur Gil / Hill. Pensó, después, en Duchamp, concretamente en la obra Farmacia y lo bien que le había venido la conversación con el Dr. Mola. Le vinieron a la cabeza los caídos de El Escorial y el túnel de Navacerrada, las construcciones con las que le engañaron, Ellos, los asesinos, en Los Ángeles de san Rafael. Se vio cenando trucha a la segoviana con Jaime de Mora y Aragón, en cada programa de las novísimas cadenas de la tele quitando audiencia a El perro verde friendo huevos y comiendo fichas contrarias en un tablero de parchís rodeado de las mamachicho mientras las abuelonas decían desde sus casas que todo, absolutamente todo, se lo había ganado a pulso. Uno de los nuestros, humilde, a veces un poco chuleta, hay que reconocerlo, pero será porque puede, porque guerras así no se ganan en un día. Que este hombre, ahí donde le ves, ha tenido juicios.
Jesús Gil VS España. Jesús Gil, el ideólogo de las máquinas de la carretera que abandonó su carrera: Ciencias de la economía. La ciencia de la economía contra el arte de hacer números. Jesús Gil y la academia de la lengua. El Papa Inocencio y la empresa Gilmar. Los jeques árabes bebiendo infusiones hechas con hierbas aromáticas de Burgo de Osma (el pueblo donde le llamaban fanfarrón) en las piscinas de Marbella. Marbella y Europa, los botones (máster en diplomacia) de los hoteles bien VS el asesor ortográfico de las cartas que se escriben en la cárcel.

Y cuando llegó la esposa de don Jesús a casa, don Jesús tuvo miedo de desaparecer porque simplemente son cosas que suceden. La preguntó a su mujer qué tal el día y luego por sus hijos, todos con carrera. Le dijo que iba a fichar a una joven estrella del fútbol luso y, por lo tanto, mundial. Y luego cenaron filetes empanados.
Su causa no iba a ser el Real de Madrid. Masticó. Y volvió a sus números. Su señora se acostó. Él contó y separó, como Tony Montana. Se decía: Esto para mí, esto para Jesús, esto para Futre, esto para mi hijo el chófer de Futre que será el futuro alcalde de Estepona y el resto... y pensó en Roma y los romanos. Pensó en Aníbal, pero no en el que se quedó a la orilla del gran imperio montado en un elefantito que ya había pisado a toda la carrocería capaz, sino en el de El Equipo A. Pensó en la lucidez del cerebro del equipo A, en los inventos que hacía de la nada con el fin de escapar y a su vez dar caza a los corrutos, a los fascinerosos. Llamó a su médico, el Dr. Mola. Lo levantó de la cama para darle las gracias y le dijo que la culpa de todo la tenían los corrutos. El Dr. Mola miró el reloj, todavía le faltaban seis horas para levantarse.
Don Jesús se vio subiéndole el sueldo a Arteche en los vestuarios, porque era su M. A. Barrakus; con Futre, viendo la final de la copa del rey en el mes de junio, en Zaragoza, ante las cámaras de televisión diciendo a España: Yo soy el gordo.
¿Qué era un insulto? ¿Qué una vejación? Jesús Gil, en la demencia que le vino debido a la lucidez contraria al éxtasis de aquella tardenoche, fue a la cuadra a pedir consejo a Imperioso. Don Jesús era la agonía de Nietzsche, que también, en su senectud (desfasada), hablaba a los caballos.
Francisco Franco y sus amigos, todos poetas, se acercaban al pajar y daban besos en su mano hecha de poner piezas a los coches. Imperioso asentía y, cuando lo hacía, le salían petrodólares de las orejas.

Futre, este sí, bueno -su Irma la dulce, su roquina, su Eva al desnudo más mediática-, asistiría al entierro y diría que aquel era un hombre de gran corazón.
Arias Navarro dijo en la tele: se ha muerto, se ha muerto. Ayyyyyyyy, se ha muerto.
Y sus últimas palabras las oyó su señora, que se preguntó: ¿Qué coño es Iria Flavia?



Bibliografía:
Storytelling (Christian Salmon, Ed. Península)
España (Manuel Vilas, Ed. DVD)

The Secret (Rhonda Byrne, Ed. Urano)
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sábado

Las notas encontradas



He encontrado unas notas.

Durante mi estancia en uno de los frenopáticos una señora que no me acuerdo ahora cómo se llama me ayudaba a reconocerme en el lugar de los inventos revolucionarios, entonces desconocidos para mí y el mundo, que me hacían tomar. Por reconocerse entendí palparse y saber, en ese momento, que estás. Los espejos, en cambio, podían decir cualquier cosa que a uno le diese la gana.
La señora tenía el pelo rubio y rizado y muy probablemente por eso, pensé entonces, me decía que la escribiera poesías. Ella no me atraía ni nada. Sólo era un despertador mujer. Quiero decir, yo era feliz.
Con el tiempo se me ha borrado la calcamonía del dorso de la mano porque, si no, volvería a ir a otro sitio de curar el cerebro. En los lugares psiquiátricos estoy con gente igual a mí y, cuando me palpo, recuerdo que soy un niño y, como pienso en jugar, los columpios son gente amable.

Un día, la señora con el pelo rizado me llamó al teléfono diciendo cosas que yo la había escrito cuando me ayudaba a reconocerme y pensé que era de un concurso o algo para reírse de mí. Luego, cuando no recitó, por fin, me dijo que era ella. A mí me pareció que había hecho una insensatez y se lo dije a pesar de que estaba nervioso. Dijo que eran mis escritos y, aunque en ese momento, yo no los entendía, luego recordé que una maestra que había en el sitio, un día, me dijo, no sólo a mí sino también al resto de asistentes evidentemente enfermos, que escribiera sobre lo que era el amor. Así que, recordé, yo, debido a todo ello, escribí sobre todo lo contrario, pero más de los muertos y la muerte. Nada importante, tonterías para reírme, pero es por eso que mi amiga del pelo rubio rizado me bautizó como poeta y, era cierto que eso, en ella, era reconocerme en alguien. Pero no sólo ella. Aquellas personas se confundieron penosamente, y también la maestra. Si dije alguna vez que el amor era un sobre donde descansar y cada perfil de muchacha un lazo dibujado por el regalo de dentro era, en serio, para reírme, porque yo, en aquel entonces, me curaba mejor con la risa. Podía oír a mis órganos dormirse y, cuando no se enteraban, les veía lo que estaban soñando.
Luego comprendí el error de que todo era causado por la invalidez de la que me dotaban las drogas neurolépticas. Porque yo quería imaginarlos, en realidad -a los órganos-, y me costaba mucho esfuerzo asimilar que era incapaz y que ese enredo, al serme doloroso, hacía de la mujer rubia con rizos una persona también para mí, Vicentín el poeta.
No sé qué error construyó a la mujer del otro lado del hilo telefónico que decía los versos horribles sobre muerte que, en teoría, yo había escrito para ella, según dijo. Eso no lo quiero saber y me da igual. Yo, la verdad, creo que debo ser crítico literario.
Ella dijo que la ayudaba a vivir. Yo la di las gracias y dije adiós y otra vez gracias y no la volví a ver en la vida. A ella, pobre.

(Por eso me río, sin duda, cuando leo libros como Literatura y vida, de las escuelas de arte donde a veces he visto, soñando como los órganos, a las personas. Me río de España, por eso, y de la chica a la que llamé intentando explicarme cuando no estaba. Y me río de los pacientes que están llorando y los locos que no entienden nada, y más de las locas, que están enfrente, en el metro, agarrando una mochila con papeles o lo que sea eso tan importante para ellas como para representar mi risa en unas notas que acabo de encontrar y que no me dicen nada nuevo de mí ni de Perejil ni de Andorra ni de Mongolia ni de Valseca.)
Debajo de las notas he puesto que mi risa es un cementerio donde la hierba ha crecido más de un día para otro. Y lo he puesto como si tuviera arreglo y como quien busca en una moneda encontrada el permiso para irse.
Pero vuelves. Como si tuviera arreglo.
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jueves

Sobre las seis o las siete


- ¿Hola?

- Buenas tardes. Le habla Zfvsyns Fndnnbbd, de Gyyhbvbs ¿El señor Ajhhbdbd Mftfsgvs?

- Hola. Es mi padre.

- ¿Podría ponerse al auricular, por favor?

- No, es que no está. Yo soy Alberto.

- Verá Alberto, soy Zhhgdnd Fhndndn y pertenezco a la sección de marketing de la compañía Hdjhudnih. Llamábamos para informarle de que han sido seleccionados entre una importante lista de ciudadanos por los asesores de nuestra empresa para ofrecerles el digital plus gratis con el canal liga ¿A qué hora regresa tu papá?

- No lo sé. Se fue hace mucho.

- ¿Usted es mayor de edad, Pedro?

- Sí. No, pero yo aquí no mando nada eh.

- ¿Me podría decir el modo de localizar a su papá? La selección ha sido estricta por parte de especialistas en el sector y ustedes sólo tendrían que abonar 14´95 € de cuota al mes. Todo lo demás, así como la instalación, corre a cargo de nuestra empresa.

- Es que tengo un primo que vive lejos, aunque yo no lo sabía, y tenía problemas hace mucho y luego mi padre se fue.

- ¿Habría alguna otra persona con la que pudiese hablar en el domicilio?

- No sé.

- ¿No lo sabe?

- No, es que estoy mal, pero yo lo apunto y cuando les vea se lo digo.

- Vale. Bien, gracias.

- Sí.
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martes

Los señores del barrio


Desde hace un tiempo sensiblemente inferior a seis meses mi madre, así como padre, han optado por una estrategia que me alerta mucho. Se trata de hablar bien de mí a las personas como, por ejemplo, los nuevos vecinos, los asistentes de jardinería o la cajera del Eroski.

Casi siempre he pensado que asistir a los lugares dotado de la no existencia obligaba a mis capacidades -hoy seriamente medradas por los halagos y sin duda merecidos piropos que recibo cuando visito las aceras- a percatarse de los coches que se sucedían, por ejemplo, en la cabeza que tenía enfrente, así como a los lados de la mía propia, en donde siempre se encontraba, hasta hoy (otoño en que soy llamado majo por el dueño de la ferretería) una muchacha niña de cinco años y casi hijita con hollín en la cara y las manos abriendo un plátano sentada bajo un sauce.

No hace mucho a mi llegada a casa le dije de mi preocupación a mamá, que procuró desviar el tema diciéndome que pierdo mucho si bebo alcohol, que con eso nadie jamás se daría a compartir sus caramelos de menta con mi monito.
Finalmente hemos quedado en que tres cervezas está bien, pero midiendo y con amigos como, ha dicho, el maravilloso gordito del 10º A.

También mi padre usa una estrategia de escape ante mis interrogaciones.
Siempre que saco el tema, descaradamente me pregunta acerca de si es bonito o no el mar Cantábrico y luego gira la cabeza hacia otro sitio.

Finalmente nada evita que, al salir a la calle, las personas vengan a mí y me pregunten cómo llevo mis milagros e invenciones de genio. Hasta me he esforzado por aprender a tocar el piano para ofrecerme un día a dar un concierto en la junta capaz de no acabar con mi reputación o incluso desvelarla, lo cuál diría de la palabra que ofrecen tanto mi padre como mamá.
Mis intentos al piano, en cambio, no me han servido para enterarme salvo mínimamente de que, aunque en ocasiones alcanzo a saber dónde se encuentra cada nota, pierdo la ocasión de mezclarlas con la suficiente casualidad para que cada una quede en el sitio donde existe una persona dotada para el piano. Por ello, suelo cejar y, una vez salgo a la calle, pregunto a, por ejemplo, el panadero por cómo ha quedado la selección de jockey.

Hoy no he hecho apenas algo meritorio como bien pudieran ser dos tostadas con idéntico quemado. Me he sentado en el sofá decidido a esperar a mamá sosteniendo una misma posición. Llegará junto a mi padre de la fábrica dentro de veinte minutos o media hora y los dos me mirarán con esa incómoda pregunta que van a estornudar sin querer cualquier noche parecida.
Se trata de un recuerdo muy complejo de atender porque va de si finalmente seré yo el extraño que se ocupará de asentir leve ante una multitud de señores del barrio (que durante unos meses me comentan de su disponibilidad ante los achaques de mi virtud), cerrando los ojos y diciendo lo siento si es preciso y sus nombres.
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lunes

El preso nº 9

 Mi insignificancia es un juguete y yo no me he cansado nunca, hasta donde recuerdo, de jugar. Durante las últimas vacaciones no he armado ruido y ni siquiera he chillado una sola vez. Cuando he visto a los gochos sangrar he procurado coger el hilo de sangre de la misma manera en que lo hacía cuando tenía pocos años menos que ahora. Luego, debido a mi insignificancia, he llevado las manos a la cara y teñido con la sangre de los animales al tiempo que se retorcían en el suelo, pensando en ir al bar a que me mirase la camarera.

En mi insignificancia, cualquier cosa que se pueda recoger de una calle, sirve para recordar otras vacaciones. Sólo cuando me olvido de mi insignificancia un hombre aburrido me sustituye. Al ocurrir esto vuelvo de nuevo, debido a ser vacaciones, al bar, pero habiendo tardado más en vestirme y posiblemente incluso afeitado, me siento en una silla y espero a que la camarera venga, cosa que no hago jamás cuando la circunstancia de ir al bar la produce mi insignificancia.

Cuando la camarera viene y yo ando desprovisto de mi insignificancia jamás la tarareo un bolero sino, simplemente, advierto si me está identificando con cuando soy simplemente el insignificante de la pasada tarde o la anterior, espero que diga qué quiere o pregunte si lo de siempre y luego elijo según la cara que tenga ella.

Durante las vacaciones de este maravilloso verano, los días en que no tengo insignificancia, he llegado a contar veintiocho caras de camarera.
La conocí una tarde en que yo era insignificante y, por ello, me atiende sin rarezas, aunque no puede evitar las que yo la detecto al hablarme los días en que no soy insignificante. Son grandes como caras y, aunque procuro no compartirlas con ella para nada, nota algo y evita hablar conmigo, cosa que me obliga a pensar si la conozco de veras.

Años atrás, cuando el bar aún no tenía aire de máquina, no muy lejos de allí, destripé una rata muerta con una rama que me había afilado previamente con los paletos, la enseñé a unas niñas cocineras que se habían hecho una cabaña y se asustaron, pero noté que no se debía sino a que yo las había saludado con un chillido de mono antes de echar el trozo de rata a su mesita de guisos. Recuerdo que me regañaron y que tuve mala fama durante un largo periodo de dos días y medio.

Cuando me acuerdo de mi insignificancia, sólo entonces, de la vergüenza que pasé en una habitación con la luz apagada durante días parecidos a cuando di el chillido de mono, miro a la camarera y es una sola persona que espera que yo sea el mismo insignificante de siempre y, al mismo tiempo, un chico muy majo, majísimo incluso, que la protegería, con mimo, a la probabilidad de cualquier otra cara merodeando.
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miércoles

Adelita


Cada día de verano, a la hora del frontenis, los niños nos reuníamos con bocadillos y raquetas para esperar, en el frontón, nuestro turno, que era el siguiente del de los mayores. Mientras esperábamos, a veces, veíamos a Adelita con su corto vestido fucsia, que era como loca y venía siempre a vernos.
Una tarde, mientras yo esperaba que me tocara jugar sentado en uno de los bordes del frontón, se acercó a mí y me preguntó si tenía novia. La dije que era muy pequeño y me preguntó que cuánto de pequeño. Yo me levanté entonces de mi asiento de piedra dejando la raqueta en el suelo, puse una mano abierta arribota de la cabeza y dije que así de pequeño. Adelita me dijo entonces que era igual de pequeño de lo que sería ella si no tuviese cabeza y, aunque yo también por entonces tenía cabeza, comprendí lo que dijo y la dije que sí. ¿De qué te has comido el bocadillo hoy? Me dijo cambiando de tema. Dije que de mortadela y me dijo que la diera la mano y, como ella mandaba, se la di dejando la raqueta en la otra mano.
Me dijo que la siguiese si quería ver un secreto. Lo hice mirando antes que mis amigos estaban al juego.
¿Dónde hay que ir? Dije cuando conté quince pasos. Adelita me dijo que siguiese contando. Así que conté e igual que los primeros quince salieron otros cien y, a partir de ahí, dejé de contar para hacer como que contaba, mientras ella me guiaba a las afueras del pueblo.
Una vez hubimos llegado a una nave me dijo que era de su familia y que ella había cogido las llaves sin que se dieran cuenta. Me preguntó cuántos pasos había dado y dije que doscientos trece.
Me dijo: Muy bien y abrió el portón de la nave, que era grandota y sólo tenía un pequeño montón de trigo a un lado. Me hizo entrar y llevó hasta el medio, separó mi mano de la suya y dijo que cerrara los ojos y que, como se me ocurriera abrirlos, me castigaría sin sorpresa.
Oí que sus pasos se alejaban hacia delante mía, donde aproximadamente se encontraba el montón de trigo y no hacia donde estaba la puerta y entendí que eso significaba que no me iba a dejar encerrado dentro.
Aproximadamente un minuto después oí sus pasos acercarse hacia mí. Me dijo de nuevo que, como notase que abría un poco algún ojo, se iría, que los abriera cuando ella dijese tres. Primero dijo uno y, antes de decir el dos dijo el tres. Como si fuese una broma especial suya.
Cuando los abrí ella seguía siendo la Adelita que me guió hasta la nave. No reparé qué tenía en la mano hasta que me lo puso en la frente. ¿No sabes qué es? Dijo y, como llamándome tonto, exclamó: ¡Es una primera edición del libro de El escritor español!
Ah, dije.
Y ella dijo: Sí, nene, sí.
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martes

El escritor español


(Bar de Marcial, 14:00, día soleado. Llegada en taxi de El escritor español.)

Hola, soy el escritor español, dijo el escritor español abriendo la cortinilla. En seguida los mozos que se encontraban tomando el chato en el que coincidían cuando terminaban de cosechar dijeron al unísono: Coñes, el escritor español, que viene a vernos después de tanto tiempo, tómese algo escritor español, mecagoendiola, qué alegría de verlo.
El escritor español hizo ademán con la frente y quitó la zamarra y el sombrero dejándolos a medio doblar encima de la máquina tragaperras de la entrada, se acercó al grupo y, dando un puñetazo en la barra (con el que se hizo daño) dijo: ¡Quiero de beber y de comer, ostias!

¿Y qué se cuenta de hoy, escritor español? Le dijeron, ¿Cómo es que ha venido a vernos?
Y el escritor español respondió: Porque cruzaba, salaos. Y continuó: Hoy he jodido con tres y me he dicho: También habrá que comer y tomar una jarra con los cosechadores o segadores o lo que coño hagáis en esta época del año que, además, una revista de Madrid me ha dicho que escriba un artículo sobre las costumbres y la conformidad.
- Qué interesante – dijo uno de los mozos - y ahora a darle a la mente, que para eso hay que andar sereno.
- La mente - contestó el escritor español - no existe ni en el mejor de los sueños de la mente. Dijo mierda y, tras un silencio, coño tres veces. Luego hubo otro silencio y dijo que se cagaba en la mente y la literatura y luego se limpiaba con la mano. Dijo que al artículo que iba a hacer definitivamente lo iba a titular La cagada de España.
- Joder, qué cojones tienes, escritor español - dijo otro mozo – Eso es lo que hay que hacer para valer, echarle huevos.
El escritor español, en ese instante, sacó del bolsillo una criadilla de toro y la puso en el mostrador diciendo: Camarero, ponle un chato a estos y tú tómate un café que tienes cara de no haber trincado en tu puta vida, desgraciao. Y añadió: Me cago en la puta de oros.
Se rieron todos, incluidos el camarero y el escritor español.
Entonces el camarero le dijo al escritor español que se había leído un artículo suyo sobre la importancia de los pulmones y el escritor español dijo que eso a lo que se refería lo había escrito a medias con una puta que no tenía ni idea de quién era ni del idioma y hasta con la punta la pija, aunque, eso sí, que le pagaron con dólares americanos y nada de monedas de lata, un empresario moro y con clase, sí señor. Decía dando otro puñetazo en la barra.
- ¿Me puedo hacer una foto con usted por el móvil, escritor español? – Dijo un mozo.
El escritor español le dijo: Me cago en la puta madre ¿Qué pasa, que eres maricón? Ostias de fotos y pollas, no me sale de la puta gana salir en fotos de mierda. Camarero, desgraciao, a este no le pongas más chatos. Lo que iba a deciros es que los moros de mierda, cuando son decentes, cumplidores pero bien y no la mierda de algunos amigos estadounidenses. En serio que los americanos de Estados Unidos –continuó el escritor español – sólo piensan en tomarse cocacolas.

(Aplausos)

El escritor español: Desgraciao, pon otra cerveza, pero a mí que sean dos que van a caer al hidalgo y sin berretes.

(Más aplausos)

El escritor español: Me duele la polla y es por España, me cago en la puta patria, lo mismo que va a ser de no sacarla y ya van cinco esta mañana. ¡Pon cortezas, camarero desgraciao!

(Nuevos aplausos)

El escritor español: ¡Me voy a callar que si yo hablara temblaba el coño de Jerusalem!

(La ovación era total, los trabajadores pidieron unos hurras y brindaron por el regreso del escritor español)

El escritor español: Callaros ostias.

(Risas)

Y entonces continuó, en medio de un grupo cada vez más grande de mozos que llegaban de los tractores, el escritor español: Es que estoy de mal, porque un desgraciao se ha atrevido a hablar de mi obra magna “El cojón de las abejas es transparente”... y de las cosas que ha dicho, la mayoría unas sandeces que le voy a mandar a uno de la capital que tiene pipa para que se la meta en su hocico de bastardo. Se va a reir de mi obra ese gilipollas. Mira, camarero desgraciao, a ver si tienes el periódico del martes, mira, cacho cabrón, qué a gusto se quedó tu madre cuando te sacaron, ahí sale la crítica del necio ese que yo creo que se ha leído mi obra de espaldas mientras le cabalgaba a gusto algún interesado. Dámelo, camarero, dámelo y por la página 50, aquí nada de mariconadas de israelíes y palestinos, que viven en el quinto coño y yo casi soy de aquí, que sale el gilipollas castrado hablando de mí con arrogancia, que decae mucho a la mitad y chismes de la estructura que se lo habrá aprendido en un curso, me cago en su cara, coño, como sepa quién es el tío no lo va a reconocer ni el calambrista que le hizo la copia ¡Camarero, dame un poco más de tortilla, que se deja comer!
Una vez terminó el discurso el escritor español, uno de los mozos le dijo: estos intelectuales.

El escritor español dijo que se había dejado la cartera en el hotel y que le apetecía un vodka a la mitad de hielo, pero tal cuál, y le dijo moribundo al camarero añadiendo que, como se pasen una pizca, capaz era de ponerse a romper narices.
Acto seguido recogió la criadilla que había soltado en el mostrador y dijo: Majos, la literatura po que me mate algún día.
Dio varias vueltas levantando los talones y por lo alto, con los brazos, la criadilla. Dijo: Ostiacoño, qué ganas de tirarme un cuesco. Y dio las gracias a todos los mozos asegurando que eran en quienes depositaba cada verso y diré más, dijo el escritor español, mi próxima obra estará dedicada a cada uno de vosotros, buenos mozos.
Se aproximó a su abrigo, se lo puso junto con el sombrero y abrió la puerta para irse. El camarero le llamó diciéndole que tenía el vodka ya puesto y dijo gracias, a lo que añadió, pero se lo va a tomar tu padre, que buena falta debe hacerle.

Tras cerrar la cortinilla y puerta dejando un imborrable recuerdo tras de sí, marchó por el camino que salía hacia la carretera pensando en la literatura.
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