domingo

No volviere


En una ocasión, tras sacarme un tapón de cera, rodeado de médicos, pude observarla. Se había quedado pegada y era la razón de que no hablase últimamente.

Se la notaba distinta. Con el aspecto muy descuidado.
La despegaron con unas pinzas de depilarse e hicieron pruebas.
Sus constantes vitales se aproximaban a la realidad del pulso de una persona que apenas logra el medio milímetro de estatura.

En un inicio lo llamaron: Variable tercera de El trastorno conocido como El abuelo de Heidi.

Me di cuenta de que sólo yo sabía que se trataba de ella. Pero no me creyeron y anotaron que estaba confuso y necesitaría medicamentos.

A ella la miraban a través del microscopio. Le daban hojas de lechuga y granos de café machacados para reponerla o ver qué hacía.

Les dije que no quería medicamentos. No me expliqué más de lo que era debido. Dije que había dicho que era ella porque me lo había ordenado el abuelo de Heidi. Que me mirasen de nuevo y comprobasen que era cierto. Admitieron que cabía la probabilidad pues es sabido que, una vez dentro, dijeron, procuran copias de sí mismos. Uno de ellos -los médicos- sugirió ¿Por supervivencia? Tampoco entiendo nada. En fin, a mí no me señalen.

Después de eso me preguntaron datos acerca de lo que yo conocía sobre El trastorno conocido como el abuelo de Heidi. Dije que sólo sabía lo que había leído en el blog La semejante criatura. Añadí que en uno de los textos que habían enviado a la redacción venían todos los detalles. Estaban previstos para una sección que iba a llamarse Amar en trigales revueltos.
Lo comprobaron y me dejaron marchar sin darme medicación ni examinarme más.

Pasado un mes, apareció una madrugada -ella-, junto a la mesilla de mi habitación. Se colocó debajo de la lamparilla y pude reconocerla por su sombra. De no haber sido así, la habría confundido con un mosquito de los hijosputa del verano y aplastado con un dedo.
Noté que quería decirme algo y derramé, sobre un folio que coloqué debajo de ella, la tinta de un cartucho de impresora. La miré un rato más -la sombra- y me dormí.

Al día siguiente aún continuaba escribiendo sobre el folio.

“Me he escapo de ellos y kio ayda, su plan ea entregme a Obama + rscate. Kio x ti”.

Usaba ambas piernas como pincel. Eso era mucho esfuerzo, supuse. Sobre todo debía obrar con cuidado para que esa tinta no se le secara en la piel y la dejase atrapada. Daba al folio numerosas utilidades. Sabía hacer.
Mi mayordomo, desde el interfono del salón, me comunicaba que estaba listo el desayuno. Pulsé ok en el micro e informé que ya iba. Fui.

- Hola Desmond. Hoy el desayuno parece exquisito. Se lo ha currado usted. Estoy pensando si subirle el sueldo.
- Me he permitido abrir uno de los botes de mermelada de frambuesa para que el señor lo mezcle con la dispuesta manteca de jabalí traída por Pura.
- Todo un detalle, Desmond ¿Alguna llamada?
- Sus amigos modelnos de la glande ciudad han insistido varias veces. Querían saber de su ubicación. Les he dicho que se encuentra en una de sus numerosas cuevas en las cercanías de Valseca.
- Bien hecho, Desmond. Ganará más en este mes debido a lo contento que estoy con sus cuidados.
- ¿Opina que es hora de que cuide los jardines, señor?
- No, aún no. Quiero presentarle a una amiga. Se llama Miriam. Usted indíqueme dónde hay palillos, después ¿Sería tan amable de acompañarme a mi habitación?
- ¿A cuál de ellas, señor?
- A cualquiera.
- ¿Otro de sus juegos?
- Sí.

lunes

Return to me


He de pegar al perro, Toby; comprende que la vida que le espera será difícil y mejor será que aprenda cuanto antes para, te diré, hacer huir a su sufrimiento más rápido.
Le pegaré aunque te pongas en medio y sabrás que me dolerá más a mí que a él; pues con ello, perderé su compañía.
Siendo mi pan su estancia a mi lado morderé la mano que me lo da hasta mañana, que siempre es un sitio donde no sólo no estamos, sino donde tampoco habrá comida ni agua para él.



Escribo en una mesa de cristal y los folios hacen sombra abajo, en la tarima.
Tengo un amigo literario que daría cien vueltas a esa imagen para convertirla en cien vueltas iguales que sólo son una fotografía que, probablemente, colgaré otro día.

Lo cierto es que no sé qué escribir. Ando escondiendo los folios en un apartado de la maleta y es porque, el resto de habitantes de esta casa, ya saben que estoy loco...

He inventado un niño para mis paseos por el Campito. Hoy me ha preguntado cómo se llama. Le he dicho que no importa y ha insistido. Le he dicho que su suerte es, en cambio, mejor, que envejece sólo para un ratito, pero ha insistido de nuevo y le he dicho que se llama Toby. Ha dicho que ese es un nombre de perro y que no le gustan los nombres de perros. Le he dicho que tengo un perro al que debo de pegar sobre las 19:00 para que aprenda el mal cuanto antes. He añadido que, normalmente, en los escritos de la redacción, es ese un perro que vive en la cabeza del personaje que cuenta la historia.

Me ha preguntado cómo se llama ese perro.










Le he dicho que no se llama Toby, como él y como yo, y que, al contrario que nosotros, sabe que va a morir antes de que llegue la noche.

miércoles

Non importa


Es mejor la espera. Dice el ordenanza joven.
Yo era un día un ordenanza y, en ocasiones, continúo siéndolo. Debía y debo, en las ocasiones que he dicho, abrir y cerrar el portón. Mostrar las habitaciones de una residencia. La gente que se quedaba -y aún hoy, en ocasiones, queda- hacía bromas conmigo y yo, a cambio de sus sonrisas, apoyando las manos en el suelo iniciaba el intento de una voltereta.

Llamar a El señor de los anillos es una debilidad. Cuando uno permite a la debilidad, acepta su alimento, mientras El señor de los anillos ríe como un idiota y llora como un idiota. La debilidad no es un alimento, es debilidad, y la debilidad sólo sabe alimentarse de debilidad, como los monos que, comiendo, comen monos.
Si el idiota fuera una persona en lugar de El señor de los anillos, entonces solamente hubiera cometido el error de equivocarse y, aunque siguiese siendo un idiota, sería uno más en un mundo idiota, lleno de idiotas como yo, él y ellos, un ordenanza impío Markus y el joven, una cabra, una mariposa disecada, papeles y pequeñas manías, todas sanas con excepción de los libros, las pelis y las volteretas, quizás también alguno de los inquilinos, -a veces, en la mayoría de los casos, se trata de gente amable-. No sé si se me olvida alguna cosa. Posiblemente los médicos serían sujetos a tener en cuenta en este listado, aunque con mucha menor rigurosidad. El viernes, por ejemplo, debido a cosas de cómo son los hospitales, he de mantenerme 28 h (8 de ellas dormido) sin traspasar alimento alguno a mi organismo -incluido el agua- porque van a procurar curarme y les es absolutamente necesaria mi participación -y colaboración-, siempre y cuando yo, ordenanza impío Markus, continúe vivo tras este viernes -lo cuál, he pensado, es probable-.

Cuando uno espera, dice mi amigo, el ordenanza joven -veinte minutos después de su primera frase-, espera a la muerte, y añade ¿No? Él es joven, como yo, algo menos, y mejor ordenanza, más fuertecito. Me ha propuesto escribir un cuaderno juntos en el que no haya metáfora alguna ni adjetivos salvo para usarlos en primera persona, eso sí -ha aclarado- previa estimación del otro, mientras esperamos. Poner como se llamen las cosas solamente. Me ha parecido una idea muy buena.
Nuestras ruinas son poco más que unas señoras mayores que viven en el tercero sin hacer ruido salvo cuando toman la horchata con pajita.
Del resto, no tenemos mayor queja. Él, hace un rato, aunque no todavía dos horas, ha emprendido sus vacaciones rumbo a una aldea de Pontevedra.
Yo paso de El señor de los anillos. Aunque haya tres partes, he visto tres veces una de ellas y, esta, sigue siendo una trilogía, como ediciones Nuncamáis, Nevermás o Tierra-limpia.

Se me ha ocurrido si llamar la atención de las vecinas. Luego cogeré uno de los autobuses. Han cambiado los horarios por ser agosto.

Aún así me pondré un whisky antes.

El exceso de feniletilamina (lo pone así en un recetario) atonta más que un programa de ejercicios (citas, limpieza, traspaso de jugadores). Y ser tonto es mejor que dar prioridad a un intento de cabra sobre el resto del vecindario y de las cosas.
Que vengan mañana, los nuevos, cuando no haya whisky y yo tenga el miedo ocupado con absoluta exclusividad en unas pruebas en el hospital, un viernes.