domingo

Si tú y yo caminamos juntos ¿A quién de los dos le perseguirán los paranoicos?

He vuelto a poner el título antes de lo que sea que escribiré a continuación, que no sé lo que será. Sé que el título impone. Huele a utopía, y eso me invita a pensar que pronto será solamente cinismo. Como el calendario decía que era domingo me he duchado y cambiado de pijama. Veo mi reflejo en el espejo negro del ordenador. Recuerdo que la semana que se acaba acudí a cortarme el pelo a donde Javi, el peluquero. Dije: cortito. Dijo: ¿Mucho? Dije: Medio. Recordé buenos tiempos hablando con él. Me dijo que había estado en la final de Lisboa. Su esposa está haciendo corrección de estilo a textos de médicos. Le dije que le llevaría algún libro mío, si los encontraba. Me dijo que cuanto más loco fuera que mejor. Él sabe que ese es mi rollo, yo también, aunque no sepa por qué. Lo dije un día, luego me arrepentí de haberlo dicho y, por eso mismo, lo repetí más alto. “Reconocerás la dicha / al verla morir”, escribió Bataille mientras follaba con David Beckham. Beckham luego se fue con otra chica, y Bataille, el autor de Lo imposible, se pegó un tiro. Dejó mal (por debajo de él) a Van Gogh en el artículo de una revista, luego lo sacó Adriana Hidalgo, junto con otros de sus artículos, bajo el título de La conjuración sagrada, donde se olvidó de “ser poeta”. Regresando a casa pasé por la plaza del pueblo, donde Luis (autor del bar ese que hay en la plaza) me llamó guapo. Luego dijo: Ya no saludas. Dije: No te vi. Tomé dos whiskies y luego me arrepentí y, por ese mismo motivo, por el que hubiera pedido otro, pedí una cerveza sin alcohol. Luego llamé por teléfono a Laura y hablé con ella. De amor, supongo. De la libélula que se muere por hacer de sí luz y alumbrar el viejo pantano por donde asoman enormes sapos que a veces lloran. Cosas de esas. Noté frío. Fui a casa de papá. Me dijeron guapo. Me dijeron que me sentase con ellos, que estaban viendo una película sobre la vida real, pero desde inicio de 2015 no se puede fumar en el salón de la casa de mamá. Dije a papá y a mamá que gracias y que los quería. Subí a la habitación de la boca. Tecleé “amateur” en el google y me masturbé por compromiso con el impulso que me había llevado a teclear “amateur” en lugar de “Facebook” o mi nombre. Mi amor dice que si hacemos el amor (si ella me folla, si yo la follo y si, mejor visto, follamos juntos) se acabará el mundo. Yo la creo porque ella es tan hermosa. Luego se me olvida y luego lo vuelvo a recordar. Hola Alb. Hola, amor, quería “oírme” en tu voz. Al día siguiente cogí un autobús y me planté en Ópera, apenas se veía nada en la cafetería La buena vida, donde Manuel Astur presentaba un libro que había escrito bajo el título “Seré un anciano hermoso en este gran país”. Cerrado. Fui a los Austrias y tomé dos whiskies. La camarera sonreía. Pensé que la felicidad era una camarera sonriendo y un whisky en la mesa. Luego llamé a mi amor, a preguntarle si estaba bien. Pensé que la soledad era una pulga de jamón y queso sin tener hambre y pedí una, pero no había. La camarera sonriente fue sustituida por otra que también sonreía, pero menos. Le pregunté si era muy atrevido por mi parte pedirle que se sentase enfrente de mí y que hablásemos de la música que le gustaba. Me dijo que “no podía” y me llamó “amable” y “usted”. Pedí perdón por tener nombre y cara, pero lo hice en voz lo suficiente bajita para no ser oído por nadie. Antes de que se acabara la cobertura escribí en Facebook: Hola señores, soy la mamá de Alberto. Dejó una nota en la que me pedía que escribiera aquí en el caso de que se hubiera muerto y que añadiera Llueve en Aluche, Valseca, La Calera y Brunete. Y: Aunque no llueva. Aunque haga un día de sol espléndido en las terrazas de Preciados, en la florecita que hay a la entrada del mercadillo de Antón Martín. Suena el teléfono:

- Albertito, seguro que estás follando, eh cabronazo!
- ¿Quién es usted?
- Yo eh, yo ¿Es usted Albertito? ¿Don Alberto? eh... ¿Alberto Ochoa?


Envío un Whatsapp a mi amor: Le digo que estoy muerto, que la quiero, que creo que la necesito más que a nadie y nada.

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“Con qué cara llorar en el teatro”

8:06. Desayuno una magdalena. Antes he bebido una Coca-cola (nevera del sótano, quedan tres). Poner el título antes de escribir el post condiciona. Poner el título antes de escribir el post es tratar de ofrecer sentido al título. Hacer de detective cuando lo que hay es que las palabras, como mejor hacen, es cuando hacen lo que les da la gana. Son así. Un texto condicionado supone pensar algo en el baño del bar y, una vez lavadas las manos, salir por la puerta y soltar lo pensado (barra o mesa) nada más llegar. Poner el título antes de escribir el post es trabajo, porque implica someterse, como en los trabajos, a ese título. Implica manipular las palabras para ajustarlas a una ¿idea? que has tenido a las 8:06. Implica saber qué estás diciendo antes de decirlo. Tener memoria y hasta respetarla. Creer en ella, incluso (hay quien llega a concederla cuerpo, que es eso que Benjamin -me lo dijo Javi el otro día- llamaba “arquitectura del texto” y ahora se llama “novelizar”. Ejemplo en cuanto a Literatura castellana y Vidas de “santos”: Novelizado en tres grandes novelas, que yo haya leído, “Las máscaras del héroe”, “Fabulosas narraciones por historias” y “Manual de literatura para caníbales”. Estaba en crónica bajo pretexto del yo -en este caso un Umbral a veces pasado por Ruano y otras no- ¿De verdad había que novelizar eso? No lo sé, pero si alguien quiere volver a hacerlo deberá saber que existen tres novelas muy buenas sobre ello y que, quizás, es difícil “mantener, como mínimo, la estatura”). Pues eso: Mimarla antes de producirla, cuando se produce sola… porque ella va a su bola. Es como tú y como yo. Quiere vivir porque no sabe para qué lo hace y mientras no sabe para qué lo hace… vive. Es una planta de interior, es decir, hay que echarle agua del grifo de vez en cuando y, si no lo haces, la planta se acaba. No creo que sea lo que la planta quiere, para nada, porque, como tú y como yo, quiere vivir, sin más. Otro ejemplo de chico leído, ocioso si lo prefieres: El libro llamado Nadja, de Breton. Nació bajo una excusa, la escritura automática (era una “pose” que ya había ejercido Tzara -que era de filos- algunos años antes con los versos de El hombre aproximativo). Por alguna razón, no les salió bien a ninguno de los dos, ni al original (mucho menos pretencioso y sí con más “tejido”) ni al wannabee (que pasó como inquisidor gracias a sus mejores obras, solemnes -probablemente mucho- retratos de artistas de su entorno). La “sensación” de leer Nadja es sólo ¿Quién es el tonto aquí? ¿El autor? ¿El que te ha regalado el libro? ¿Tú por comprarlo? ¿Tú por leerlo? ¿La protagonista, esto es, Nadja?... Sólo recuerdo una imagen (que el autor no concluye porque, claro, como a esto lo he llamado Escritura automática, cómo voy a osar traicionar mi genial idea consistente en hacer bien lo que alguien antes había hecho de otra manera -y más cuando Duchamp, que se ha ido a Nueva York a jugar al ajedrez, ha dicho algo así como que el primero en comparar el cuerpo de una mujer con un florero era un genio y el segundo un idiota-), la imagen, vuelvo, era la de una tela de araña (donde anteriormente había mencionado “locura” dirigiéndose a una cosa que ni siquiera era la tal Nadja). Ok, macho. Bien. Es usted un psicoanalista cojonudo (Freud pasado por William James) y un “egotista” mayor que ese tal Schopenhauer, y no sólo visto por Schopenhauer, sino por Stefan Zweig que, tras una larga noche escribiendo un ensayo sobre Montaigne (muy digno), le dijo a su señora: Ey, maja, que me he dado cuenta, así de repente, que no tenemos patria (la autoridad alemana del momento mandó quemar sus novelas y biografías -mejores que sus novelas-, best sellers de la época y… ahí siguen, en Acantilado) y, sigo, como no tenemos patria, tronca, pues nos suicidamos y eso junticos aquí por los Brasiles (voz de cómico quemado). Lo hicieron. ¿Me estoy yendo demasiado por las ramas? Serán las pastillas, no lo sé. La locura, quizá, pero no la mía, sino la de Nadja. Cualquier cosa de esas del no dormir. ¿“Con qué cara llorar en el teatro”? A ver si al final no lo vamos a saber. Yo lo descubrí citado por Reig (Poemas humanos, de César Vallejo). El verso anterior trataba acerca del balance falseado de un banquero. Lluvia en jueves, París con aguacero, precursor pobre que viene de un país que nadie (bueno, tú sí, lector) sabría localizar en un mapa. Pasó, en mí, por la insistencia de algunos intelectuales con Trilce, al que sigo sin pillar el rollo salvo en el estilo, que el autor hizo más en sus ejercicios con la prosa. Y ya está. ¿Hace otra magdalena?

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sábado

¿Quién es aquí el individuo?

Lo mismo esa “cosa” que proyecto en los demás soy yo, si es así, sólo puedo agachar la cabeza y pedir perdón. Es aburrido, sí. Muy visitado, es demasiado lo mismo de siempre. ¿Qué sé de mí aparte de lo que encuentro aquí? Poco. He hecho por vivir en la honradez (y hasta en la verdad), pero fue porque me lo enseñaron así de niño y, quizás, me he quedado en eso. En ese sentido sí es comprensible que deba agachar la cabeza y pedir perdón. No pasa nada. Me quiere todo el mundo, como al Campanilla. Luego lo encontraron ahorcado en el Parque del Oeste y dijeron “es que estaba muy solo”. Resulta que el hombre sabía hacer un nudo en una cuerda. Yo no. Mi amada enfermera me ha dicho que se necesita valor para hacer algo así. Es tan hermoso escucharla, hablarla. O no. Quizás soy masoca y sólo me es hermosa porque se niega a los dudosos encantos de mi pichurrilla. Cuando llevaba el órgano-piano (regalo de comunión) a La Calera, las de la edad de mi abuela Bastiana venían a esa cueva y yo les tocaba las canciones que escuchaba en las cintas del Ford Fiesta, luego Ford Sierra, luego Mercedes (Los Relámpagos y Los Pekenikes) y ellas decían: Este chico es más listo que Quevedo. Puede ser que el “exotismo” de España proceda de las novelas picarescas, las únicas que he leído (no sé si han quedado más) que son El buscón y el Lazarillo y, mucho después, en mi niñez, Fray Perico y su borrico. He vuelto a ver Pink Flamingos. No sé si soy yo (una cosa mía más, de mierda) o lo que me rodea, pero he descubierto que lo que ayer era humor (blanco, negro, rojo o amarillo), hoy es sociología pura. Durkheim, en cambio, es humor (o vergüenza "ajena"). A veces me digo a mí mismo (como si pudiera hacerlo) que me alegro que sea así. Pero no. Hoy decidí (cuenta propia) bajarme el antidepresivo (que hizo de mí un honorable hombre delgado) a la mitad, quizás sea ese el hecho de que no quepan palabras ni emoción en mí. Sólo tristeza (no creo que sea una diferente a la que el común de las personas tiene, sino típica, digamos, poco interesante). Hoy, mi puto muro de Facebook: "Odio a las mujeres guapas ¿Por qué? Ejem, no sé, bueno sí, quizás, yo creo que deberían ser más feas" (Heidegger), "Hoy es sábado ¿Qué novedad es esa?" (Dalai Lama), "No, no voy a meterme esa mierda ¿Por qué? Porque me conozco" (Derrida) y "Yo fui un puto genio ¿Por qué? Porque lo fui sólo durante un pequeño ratito" (Ludwig Wittgenstein citado por David Wittgenstein). Whatsapp de Sebi: ¿Estas biendo el futbol? Respuesta de Alberto: Yo ya no hago eso, Sebi, corazón. Nuevo Whatsapp de Sebi: Crei que lo stabas biendo con tu padre. Respuesta de Alberto: Un abrazo muy fuerte, Sebi. A veces he logrado contentarme mirando fútbol, sí. Muchas veces. Antes (y puede que mañana o pasado). Acabo de poner en Facebook: Aburres, le dijo Platón a Diotima. Bajo a ver a mi padre y dice que el Barça le ha ganado al Madrid en el Bernabéu y que Benítez no se va a comer el turrón. En el barrio, Chiky era el puto Café Gijón (Ruano llamaba a preguntar por sí mismo y se corría la voz: ¿Está el Sr. González-Ruano?). En Chiky me guardaban la tarta de cumpleaños siempre. Madre decía: Mira, Alber. La que nos la tendía era una señorita flaca muy amable que fumaba mucho y me contaba chistes. Fue llorada cuando se fue. Era la madre de Baudelaire, pero en versión cristianísima. Cuando se quedaba sin dinero, el versionista de la contracultura francesa de antes, iba a Chiky y le ponía la mano. Ella (han pasado muchos años, creo que se llamaba Nati) sacaba su monedero y le daba cinco o veinte duros. Luego nos contaba que su hijo no era tan majo como yo, Albertito, que él estaba todo el día jugando a las maquinitas, ahí, por los bares. Quedó bien en el citado (y algo cruel) Ruano. En La folie Baudelaire de Calasso sólo quedó Calasso (y bien merecido que se lo tiene, por sabelotodo -y coñazo-). Laura, llamada en este texto “mi amada enfermera” ya no está aquí. (Recházame otra vez. Recházame mejor).


Había una casa, el olor a abuelo, la colonia y trajes beiges; el tabaco. Había el primo mayor y el que uno era, y una casa a la que hacer más pequeña. Había un barrio, el clima en los domingos, la salida de la iglesia. Había el vermú en el bar de abajo con los hombres, el ruido de las máquinas, los coches. Había el ford fiesta de mamá, robado cuatro veces en las calles y siempre oliendo a la misma cosa vieja, el sonido del motor, ese aliento del humo, ese chatarro. Había un caballo en la terraza, pequeñito. Sus ojos eran desgracia, si la había. No recuerdo la desgracia. Siquiera recuerdo si acaso ojos tenía, el caballo perdido, blanco, de madera con plástico, de birria que nunca supo del corcel que ganó al trote batallas contra los americanos indios. Había un coche, también, hecho de palos, regalos en navidad, el medio vino, y otra vez la colonia y el tabaco. Un piso alquilado, un parqué mate, la cocina. Habían los amigos y el cole, cerca de casa, el barrio; de la mano de tía, su trabajo y las chucherías de luego. Bajar a por el pan. El pan blanco, como una hostia que quedaba para el día del traje de marinerito, aunque luego uno fuese con un lacoste de lana negra y grises pantalones lisos. Había un balcón por el que mirar un pino, un jardín, las explanadas. Había la prisa en los cromos, el gordo del colegio. Había el bocata del patio (patio de lo muy particular, pero no de casa alguna). Había las luchas de judo, muy pocas chicas y escondites preferidos; y había antepasados que te daban la propina a cambio, como supimos más tarde, de no volver más cara a su recuerdo.

Whatsapps a Laura: 1: No sé por qué me quieres, Laura. 2: Y siempre necesito oír por qué.

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viernes

Bohemian Rapsody

Me he levantado a las ocho a la voz de papá y he llamado a Lauri (con ese simple gesto, estaba diciendo de mí: ¿Ves, Lau, qué machote soy que ayer estuve -treinta y dos horas, eran- despierto y hoy con siete horas de sueño me vale a pesar de haber tomado dos pastillas de esas nuevas y un par de ansiolíticos -está mal visto el cáñamo en casa-?). Ella va a venir esta tarde a este pueblo a verme (hora y diez de autobús más metro) porque, de alguna manera, quiere verme. Yo también quiero verla. Lo sabe. Va a traer un par de libros que me compró a un euro en Moyano (todavía no sé cuándo los leeré, pero lo terminaré haciendo, creo, porque es algo que suelo hacer siempre, aunque es muy cierto que otras veces no lo he hecho porque no me ha apetecido lo suficiente o algo así). Artículos de Larra y el Sexus, de Henry Miller, que compré en francés, reconozco la tristeza, allá por 1997 y luego, como no sabía qué hacer con él debido a que nunca he estudiado el idioma francés, se lo regalé a mi prima Arantxa (que ha formado una familia -Guille y Marco, de quien soy padrino- y trabaja todos los días -Recursos humanos, al igual que Laura, que viene esta tarde-). Iremos al pueblo de al lado, seguramente (Villanueva de la Cañada) en autobús (línea directa), y charlaremos de esto y aquello ante quizás una hamburguesa, y luego, posiblemente, alguna copita (he contado 42 € en el monedero -de mi pensión por esquizofrenia, una enfermedad con cada vez menos glamour en España, explotada aquí en el panorama literario por la caricatura llamada Leopoldo María Panero, mejor en sus cuentos, véase Palabras de un asesino o El lugar del hijo, que me dijo una vez, ante mi saludo en la feria, que quién era yo para hablarle y dos años más tarde se murió-). Echo de menos a Fernando en esta mañana, todavía no sé muy bien si vive todavía, pero a veces recuerdo que, desde hace tres semanas y un día o dos, ya no lo hace. Ya no estará avivando mis aburridas tertulias llenas de cachondeo, ni al teléfono cuando llamaba a mamá y le decía que me lo pasara. Siempre le pregunté si se leía mis libros (saqué dos, que pronto serán tres) y me decía que no entendía por qué no regresaba a mis dibujos (él tenía unos cuantos, y siempre me los pagó en mano). Nunca le respondí la razón de por qué no lo hacía o, en todo caso, me iba por la tangente. Le decía que no me realizaban, que antes los hacía para evitar el estrés, pero que siempre me parecían el mismo y no me sentía tan realizado como escribiendo. Está más cercano a la verdad que los hice para mostrar que no fui un simple sobrino en Bellas Artes, como me llama cierta gente de allí con tendencias no poco elitistas. En aquella época yo solía estar muy enfermo y me quedaba en casa dibujando siempre las mismas telas de araña (como las llegó a llamar alguien a quien no pedí explicación -ni antes ni después de haberme escupido su bonita imagen literaria-). Estuvo bien, gané dinero (más que con mis escritos, y me fui a Roma, a casa de Fran, a gastármelo con él en vinos y pizzas, por hacer algo, supongo, no porque fuera Roma -ni siquiera fui a ver la puta tumba de John Keats, y ni falta que hace-). Cuando vi demostrado que no había sido sólo un puto sobrino (al menos en mí e independientemente de que la gente libre, como yo, opine, como es natural, lo que le dé la gana -no sé si estoy pecando de cierta chulería al decir esto, pero guardo copias de calidad de unos cuantos de esos cientos de dibujos, que terminé regalando, en una carpeta en la cual añadí una pegatina de esas de las cintas de audio en la que puse Dossier y mi nombre y primer apellido-). No sé por qué no hice caso a Fernando y seguí haciendo dibujos, aunque creo que es porque algunos amigos míos lo hacían mejor que yo y cogí cierto recelo, el mismo motivo por el cual dejé de jugar al ajedrez, porque me daba rabia cuando perdía. Sólo gané alguna partida cuando me defendí mucho con mis piezas y, tímidamente, como en mi vida (no hablo sólo de mis juerguitas o mujeres, que son pocas), pasaba a atacar, despacio, sin prisa, poco a poco, como con cierto “sentido de la justicia”. Laura vendrá (le falta media hora para salir del trabajo). Yo esperaré. Miraré cosas en el ordenador (casas de famosos, por ejemplo, o poesías de Susi Underground y otros blogs de interés personal donde a veces comento). Pasaré a limpio unas cuantas hojas de mi último borrador, algo inspirado en Encomio de un tirano, de Manganelli, que dejé a medias y de cuyo título ya ni me acuerdo, aunque, de alguna manera, sí espero encontrar en mis carpetas del ordenador. Comeré un poco de tortilla española dentro de un rato, y el resto será fiesta y celebración. Llegará la hora en que Laura, que mañana tiene cosas que hacer, se vaya, y yo volveré a casa, de nuevo, en el autobús, tomaré mi nueva medicación (he comprobado que si has tomado una cantidad de alcohol suficiente caes dormido de inmediato). Soñaré con algo (es otra manera de ver el más allá), y al día siguiente esperará un temporal de justicia, haga el día que haga. Cuando me levante, seguramente, lo primero que haré será mirar si mi tía se ha acordado de comprarme (y traer) el tabaco. Pijama y vida contemplativa de un gran artista.

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jueves

Tears in heaven

Van a ser las cuatro de la madrugada. Ni un bar abierto por estos lares cuando necesito un whiskey y mirar alrededor. Calculo las tomas de medicamentos (vida tranquila). El mundo se desmorona y Charlie Sean pilla el VIH. Protagonismo en la hora de los protagonistas. Identidad en la hora de los estilos de vida (lo barato es caro, se dice). Información y juicio. Guapos y guapas que buscan ser más guapos y más guapas. Hora en la que se repite demasiado eso de “quien esté libre de culpa…”. FJ falleció hace tres semanas. Mi madre actúa tal y como cree él la ve desde alguna parte. Planes de futuro en Meetic o sucedáneos. Follamigos y follamigas. Utopistas sin seso y poetas. Bauman, ya desactualizado, lo llamó “amor líquido”. Banalidad del Yo (que era otro en Rimbaud). Amistad líquida (demasiado spotify). Selecciono paz en mi ventana abierta a la red. Fotografías en las que aparecemos la familia Velasco entera en las terrazas del parque Arias Navarro, a quien Umbral llamó a su muerte La llorandera de España. Demasiado silencio en los quioscos. Demasiada sentencia en los informativos. Te regalo la nada si es lo que buscas (que es lo que buscas y yo bien lo sé). Agencias de viajes, fútbol, primicias, macroeconomía, dinero ficticio. He llegado a pagar por trabajar (lunes a viernes, 6 h, jardinería). Nuevos pobres. Azar. Operaciones de labios y páginas webs. Es tiempo de volver sobre las sencillas verdades de Pascal. Miedo, ataques de pánico, boticas, consejos, velocidad, presidentes del gobierno, policía. Quien mucho duda acaba robándote. Quien va a los bares acaba bebiendo. Se ha sustituido el Quién por el Qué. Echo de menos la plaza del pueblo (allí uno se sentaba y simplemente veía, no buscando concreciones). Echo de menos darle una colleja al Carolo en el patio y la comida preparada por abuela. Duelos y farlopilla en los tanatorios, donde también te dan sándwich mixto, café y cerveza (12 € el lote). Coaching  que te ayudan a dar de ti la sonrisa perfecta, la sonrisa Duchenne (mi trabajo en las letras era la amabilidad y estaba muy mal pagado). Mi abuelo (murió a los 61 años) le prometió a mi abuela un Mercedes, lo estrellamos mi padre y yo a la vuelta de medir un rótulo en Faro (Sur de Portugal), 50 metros bocabajo en una cuneta. Yo vestía de vagabundo por aquel entonces y era conocido en los pueblos limítrofes como El salvaje. Valseca, La Calera, nuevos habitantes que huyen de la conexión a internet y el whatsapp. Bedel, cablista, monitor de cocina, jardinero, novelista y poeta, crítico, respirateur. Hoy los chicos hemos terminado siendo Jack Kerouac y Neal Cassady. El bueno de Jack terminó sus días bebiendo tragos de cerveza enfrente del televisor, muy solo, con su madre (no se soportaban). Ya nadie lee a los beatniks (exceptuando los experimentos de Burroughs, de quien sale una nueva “rareza” -y vaya si es “rareza”- al año). Nos conformamos con ser ellos. Los libros que había por casa (C/ Illescas, nº 44), heredados de mis tíos (círculo de lectores), Dostoievski, Mann, Böll… La biblioteca de san Bruno, donde yo cogía Bukowskis de Anagrama. Beber para olvidar, beber para recordar. Un maldito lo es a base de quejarse. La queja no es muy recomendable como estilo de vida. Pregúntaselo a Billy (que se puso Jr), hijo de Burroughs y esa refugiada a la que asesinó, la mitología dice que sin querer (Maldito desde la cuna, Dirty Works). Ese chico no estaba preparado para la política, muy cierto. Bloody Marie´s en el In dreams, ese maravilloso tema de Roy Orbison que Terciopelo azul hizo un poquito más conocido. Sacarse sangre en el Puerta de hierro. Ea, mi niño, ea. Para qué los bares si puedes estar en casa leyendo por qué san Agustín renunció a sus vicios (puterío y alcohol) en Las confesiones, decía mi maestro. Centros de desintoxicación, antipsicóticos… Buñuel nos retrata como nadie en su última cinta y pasó como padre cinematográfico del surrealismo. Rumanitas y guineanas en Montera. Papá y mamá tiraron hace cinco años (ayer) todo el licor que había en la casa. Tengo escondido un aguardiente. Hace tres semanas que murió FJ y mi madre actúa tal y como cree él la ve desde alguna parte. Demasiado sofá. Demasiada noticia. Demasiado aeropuerto. Las ciudades no son nada. En el espejo puedes verlas todas, agarrándose a eso, tu vida, con todas sus fuerzas. Amanece (que no es poco), cuento cinco cigarrillos en el cenicero. Mañana volverá a pasar. Tiembla, Imperio.

lunes

Tengo sed

No sé si soy esquizofrénico o no. Sé que lo digo desde que me lo diagnosticaron y que me creen, pero no sé si yo me creo, si creo en el tribunal médico, incluso, si creo en el primer diagnóstico. Dime tú qué crees, si quieres, por si te creo. Sé que tomo antipsicóticos. Me quitan libertad y me creo que es por ello que los tomo. Me quitan pensamiento. El amor tiene sentido cuando los tomo. Me creo que soy capaz de vivir en la mentira sólo para ser feliz. Pero los abandono y todas las piezas cuadran, las personas (mi mezquindad se remeda con la suya). Bebo. Tengo amigos otra vez. Empiezo de cero. Trabajo. Saco novela (yo tampoco sé para qué), ahorré unas pelas e inicio la aventura “página web” (gracias Javi) y sigo acá, y no apenas tengo hambre, ni tampoco sueño. Me comería un tripi contigo, incluso, si te animas. Me traiciono a mí mismo una y otra vez. Me pongo trampas y sé que lo hago porque quiero creer en la grandeza de los domingos. Leo diarios (Tolstoi, Musil, Kafka, Bloy, Gombrowicz) e inicio nuevos míos, adoptando estilos diferentes (si no me aburriría y mi abuela, influida por Groucho, me dijo que cuando uno se aburre es porque es tonto). Voté (por dinero) al Aznar de la España va bien y no volví a votar. En España si eres Anti-sistema te llaman facha. Le pasó a Mariano “El zurdo” y luego volvió sus pasos hacia eso de escribir sobre rock, que era de donde él venía. No me gusta el poder porque no me gusta tenerlo. Constantino Bértolo (creó el estilo de El editor de hoy, aparte La cena de los notables, que es buena) no me miraba porque yo trabajaba de mayordomo y el marxismo leninismo nos ve como colaboracionistas. Decadente. Reig vende carpetas y mochilas en Cercedilla porque es comunista. Todos quisimos ser Reig. En menos de un año todos nos cambiamos al vaso ancho (irish con hielo) porque él bebía en vaso ancho. Aportó actitud (resumible en pasar de la solemnidad) e hizo alguna buena novela, aparte de su blog, que era el mejor, y sus columnas. En su última entrevista le veo quemado, pero sabe que sigue vivo y que hay whiskey. ¿Soy esquizofrénico, Reig? A ti te creeré si me dices que no. Toda la sala esa de los Jacintos se descojonaba de mi puto texto. Yo sólo quería matar la solemnidad de Gonzalito Escarpa, que iba de guapo por la vida (dos tías por noche) y escribía basura (Enrique me regaló un poemario suyo porque se lo había recomendado para mí la de los libros de Segovia y lo leí, y luego lo tiré a la piscina). No quiero dolerme. Yo no tengo piscina. Ni falta que hace. Mi tía Pepa sí. Voy por el niño. Nietzsche dijo que nadie podía contra las alas de la alegría. No hizo de su vida un ejemplo, precisamente. Pero eso es así. Con la puta alegría te comes el mundo, si es que optas por comerte eso, si es que ese “eso” te sabe a algo. A mí no, de eso estoy seguro. Me sabe quien se acerca a este puto tigre dolorido que tengo por cerebro y le lleva la contraria. Me sabe Laura. Soy monógamo y ahora mismo me acostaría con cinco. Es broma. Vivo con mis padres y no sé quiénes son. Mi madre acaba de entrar y me ha dicho que no queda otra que vender mi puto Seat 600 (regalo de un amigo que se muere). La he dicho que vale, que yo para qué lo quiero. No saber conducir me ha librado de muchas muertes. Alberto Masa sale con amigos y bebe y ríe hasta el día siguiente (días inolvidables de los que no recuerda nada), aunque a sus papás no les guste y aunque a quienes les gusten sus papás tampoco les guste. Eso es Alberto Masa y si no quieres aceptar nada de eso olvídate de ese cabrón. El otro día llegué tarde a la presentación en Valverde y luego compré el libro (De Orfeo a David Lynch), que he encontrado esta mañana. Se me olvidó pagar las copas. La camarera amó mi alegría y el resto fue hablar de la vida (de si se nos pone dura o no) con Hugo y Alberto (san Mateo, 6). El editor habló de la belleza y yo inventé no sé qué en boca de Diotima. Mi editor, Héctor, me llamó ayer y me preguntó qué tal me iba. Le dije que creía que estaba enamorado del amor, por influencia de Marian y Los Aklepios. Y de Laura y su alegría. Volveré mañana a escribir más sereno, porque he visto que es lo que hacen los escritores y eso. Ahora me voy a comer algo que me han dejado en la cocina.

jueves

Odio mucho. Y es por envidia.

Ya nadie me cree. Pero no tiene ninguna culpa ese nadie. Yo tampoco me creo y, ya ves, aquí, tan pancho. No hay solución porque no hay problema. Esto de la vida es un puto Ready made, ya ves, salvo cuando uno descubre que hace una hora que se ha quedado sin tabaco. Ese maniático de Jasper Jones (las cosas que la mente ya conoce) quiso comprar el botellero “de Duchamp” y las cosas que no conocía su mente era que costaba lo mismo que en el lugar que Duchamp lo había adquirido en la tienda de la esquina, cuando las casas de este pueblo donde vivo, en 2003, costaban “lo que el comprador estuviera dispuesto a pagar por ellas”. Muchos años antes (con la excusa de Sr. Mutt) ya había escrito Apollinaire algo así como que Duchamp (que gastó su herencia en vida de quienes heredó) era el único artista de ese momento cercano a acercar arte y pueblo. Leí esa biografía (Calvin Tomkins, Anagrama) hace ochocientos años, y aún lo recuerdo todo, no sé para qué, pero es una cosa que no me pasa mucho con las historias, salvo cuando me paro a recordar porque no hay tabaco desde hace una hora y cinco minutos e intento aspirar humo escribiendo. Hoy la he tenido que decir a una gachí que no voy a ir esta tarde a su pueblo de los cojones porque me hiere follar por compromiso. No voy a médicos. Ni me creen ni les creo. Si me da un aviso de cólico echo mano de Buscapina (una, dos o incluso, en una ocasión, tres) y luego bebo agua y meo. Joder, qué buena era la biografía de Calvin Tomkins. Se te queda y aprendes que se te ha quedado. Ese tal irlandés de Ian Gibson (Lorca, Darío, Dalí, Buñuel) sólo cuenta cosas que la mente ya conoce (dianas y números pop), anecdotarios como la posibilidad de que Lorca le abriese el culo a Dalí. No me importa. Ni que la Gala esa se los tirase de cinco en cinco con todos los agujeros ocupados (incluyo los de la nariz). Me la pela. En Rostros ocultos, Avida Dollars (Destino) ya está el mejor Cela, el de Mazurca para dos muertos (que es el que a mí me gustó). De eso decían en la granja escuela que era una mala copia de García Márquez. Me da lo mismo. Me entró mucho mejor que 100 años de soledad, que se lo han leído todas las verbeneras del Meetic, alternándolo con Federico Moccia. La de su pueblo (Collado Villalba, AnaFrank_17) acaba de volver a llamar y la he dicho que me deje, que estoy ocupado trabajando en la literatura. La verdad es que llevo tres años subiéndome los elevadores de serotonina porque consigo eliminar la libido y estoy muy a gusto así, sin hacer cosas que cansan. Otra vez. No, si al final me la voy a tener que follar. Qué pereza. Con lo guay que era trabajar en el molino, allá, en el lejano Valseca, por ayudar y gratis, de ocho de la mañana a cuatro de la tarde. Las cervezas de luego (en ca Marcial) tenían sabor.  Ahora me quieren curar el hígado. Mamá y papá lloraron en la consulta. Fue una noticia horrenda porque ahora tengo que levantarme para esa mierda muy temprano y sin desayunar los días que me digan, uno tras otro. ¿Por qué la gente quiere curarse? Ya paro. Sólo me leen mis criadas. Y ahora esta penca ya no llama. Ahora que en verdad la necesito para relajarme del estrés no llama la muy pendona… Como decía aquel tebeo: La vida es una mierda y luego, encima, te mueres. ¿Muy Malherido, no? Cojonudo. Él, en cambio, plagia “porque Alberto Olmos plagia lo que le gusta”. Sí, señor, distinción… lo que las chiquitas de Valseca que estudian en la Carlos III y, por el camino, se echan un amigo gay entienden por modernidad, estilo... Eso que las hace aparecer bien derechas cuando regresan al pueblo y, mientras su padre cuida a los marranos, dicen en el bar: He estado en Chueca. Paso de esta pava, antes me voy a por un Tranxilium.

viernes

Es mejor comer gachas

Sólo sé de mí que soy optimista. Es la única cosa que he sido siempre, desde que tengo recuerdos. Me creo todo aquello de lo que soy capaz, hasta a personas. El resto es información y, desde luego, no poca envidia. Mucha. Han llegado a ofenderme hasta las buenas intenciones y, sin embargo, soy “capaz” de traicionarme a cambio de un abrazo en el cual crea (hoy Laura, mañana quién sabe qué). Si no quiero volver al barrio es porque sé que no podría evitar visitar la parroquia (donde fui feliz) y ya nadie sabría quién soy. No tienen ninguna culpa y, por otro lado, yo tampoco sé quién soy. Por eso escribo y leo (no por vanidad, como dice la élite bajo la excusa de que alguien que escribe se sitúa entre sí mismo y el mundo para explicarse no ante sí mismo, sino ante el mundo, dudosos de que ambas cosas son una misma cosa -lo hacen hasta los ferreteros y, la mayoría de las veces, ganan más-). El sufrimiento también tiene mucho de: Mira, lo hago mejor (más intensamente) que tú, y la incomprensión también (mira qué inteligente soy que nadie me comprende). En la vida de las letras madrileña (española) mi trabajo era ser amable. Se paga poco por eso. A mí me daba lo mismo porque había dinero en casa (toda herencia es culpable, aunque sea “con el tiempo”). Mi amigo, que me llamaba su hermano, no me perdonó que le rechazara el Caja Madrid. Admito que no lo hice por principios. Si me lo hubiera pedido por favor lo hubiera cogido pero, en su lugar, me dijo que me estaba hablando de la vida real. En el Yojimbo de Kurosawa (después Leone), Toshiro Mifune perdona la vida a un pobre diablo a quien, en su camino, vio contándole a su madre que estaba harto de vivir en casa plantando coles y comiendo gachas, que él quería ser samurái y tener aventuras; lo que a día de hoy es ir al Starbucks de la plaza de Los Cubos, a que te traten con distinción (cara) y te den café malo (caro). Es el final de la cinta; Mifune, que se los había cargado a todos (murieron como samuráis, que no era poco) le dio una colleja a este chiquillo y le dijo que se fuera a casa, que era mejor comer gachas. Ya dijo el manco de Lepanto que se conformaba con poco, aunque deseaba mucho. Hoy hacen negocio con sus huesos y, sobre el tema, en televisión discutieron sobre lo relativo (que fueran de su marca o no), y esas cosas siempre redundan en opinión (publicidad). Nabokov dijo que el Quijote olía a juguete antiguo. Orson Welles no sabía qué hacer con sus protagonistas y metió a Sancho y Quijote a vivir en el Madrid de la charanga, la pandereta y los toros, permitiéndoles confundirse entre los demás, cosa que hicieron (entre la crítica popular de entonces vieron en ello un chiste, yo vi, poco le importa al mundo, sociología). Era lo mejor que podía hacer Orson (hombre bueno). Es probable que yo lleve un año sin ver ninguna película. Las historias (también novelas) sólo me han gustado para relacionarme. El resto ha sido mirarme el ombligo, cosa que desemboca en catatonía, esto es: multiplicidad de interpretaciones en la asimilación vegetal del cuerpo, lo que Artaud, a quien sacaban de Rodez y cambiaban de calzones para salir en programas de cultura, llamó Cuerpo sin órganos; luego Deleuze y Guatari escribieron el Anti-Edipo y Mil Mesetas, reclamo entre estudiantes de Bellas Artes “Ávidos de cultura”, sobre el tema, cabe decir que Zizek se hizo comprender un poquito mejor. Yo (influencias, 1977) pasé del Vonnegut de “Madre noche” (Moyano, 300 ptas) a todo eso. Ayer me arreglé (y hasta me lavé los dientes) y salí a los bares de Brunete a preguntar si necesitaban un trabajador. Descubrí, sin mucha sorpresa, que es una cosa muy mal mirada (me hubiera dado igual con tal de haber obtenido éxito). En el pueblo en el que vivo se vota por tradición y la corrupción está bien vista (hasta se llega a decir del que la lleva a cabo que no era tan tonto como “a lo mejor” parecía). Resultado: Mesa para treinta los domingos en El quiosco (carta). Ya al bar donde me dejaba caer, el Runaway de Tony, BG, actual alcalde, chaleco heredado y corbata nueva, asistía diciendo que era filósofo (efectivamente tenía la carrera). Me hicieron dedicarle un libro que terminaron no leyendo ¿Por qué? Porque era mío (orgullo, 1977). A Lord Byron, en su labor de diplomático, le hicieron presenciar en Francia (reunión multitudinaria) la justicia de una guillotina. Se puso sus lentes, y lo hizo porque era inglés. Al final todo el mundo acaba siendo algo, eso es lo que a Valverde se le olvida decir en su best Seller “El estilo del mundo”, que he retomado esta mañana y en esas sigo, contento, por decir algo. Pero sin perder el optimismo. 

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lunes

El barrio

Es lunes y llueve. Preparo café (para otros), abro el periódico de ayer por una página al azar y leo que llevo demasiado tiempo sin conciliar el sueño. Bebo zumo de limón y he renunciado a comer hace ya tres días (salvando una tortilla de un huevo). Me las enseñó a hacer José Antonio Lorenzo, que ya no me devuelve las llamadas. El sábado, Óscar, el portero del piso donde viví mi infancia y primera adolescencia (Aluche, Illescas 44) junto con mi abuela, se comunicó conmigo a través de Whatsapp. Preguntó que qué tal estaba (y yo qué sé, me abstuve de escribir como respuesta). Le pregunté por sus hijos sin saber si son tres o dos y me dijo que estaban en el colegio (Gamo Diana) haciendo cosas de deporte. A la pregunta de si iría a verle no contesté y ese fue el punto final de la conversación. Ya lo haré, le escribiré: Mañana, quizás, algún día. Lo que pienso hoy es que no me apetece volver, sin más, quizás nunca. Óscar, de familia gallega, en su manera “tan” inconsciente, también me plagió la vida. Yo hubiera quedado muy bien como portero de mi bloque. Se casó con una obesa (bebía y fumaba con compulsión durante su primer embarazo, en una visita que me hicieron y se me ocurrió llevarlos al bar). Una moza, descendencia (colegio público), un sueldo coherente (salami en lugar de recebo), algo de vino (Cuneo en lugar de Marqués de Cáceres) y vida contemplativa. ¿Para qué más? Su tía, madre de Cristián, quería siempre llevarnos a los tres al parque de atracciones. La última vez que la vi, aproximadamente cinco años después de eso, en medios susurros y ladeando la cabeza me preguntó quién era yo. Yo era el del sexto, joder, el nieto de la Ciriaca, mi madre, la de los luminosos y mi tía Pepa, la de Bernal. Poco después nada se supo. Sobredosis. A Javi, llamado el Pintor, del bloque 46, melena de príncipe negra y camiseta (blanca) de los Ramones, le pasó lo mismo poco más tarde. Yo iba, de mañanita, camino de la ruta que me conducía a mi nuevo colegio (bilingüe, afueras de Madrid) y me encontraba con esa chica del Liceo Castilla (peluquín y Opus Dei) a quien tanto le brillaban los ojos, de la que, secretamente, estaba enamorado, venir hacia mí luciendo sonrisa plateada, y yo me hacía el loco y agachaba la cabeza (acné juvenil). La última vez que la vi fue desde un taxi, por los alrededores de Chiky, empujando con visible -casi cínica- desgana un carrito con dos bebés. Llevaba gafas de sol y era un día gris otoñal como hoy (no recuerdo el año). Recuerdo el colegio, un día vi ese par de patios junto con Fernando y Alfredo, fumando un porrillo y acordándonos de cosas. Qué pequeños eran ahora esos dos patios. Fútbol y collejas a Carolo, dos canastas, el Rojas (última fila) jujándosela en clase y Ricardo (halitosis y diplomas) comiéndose los “calastros”. Reme, con quien aún hoy hablo a menudo, me salvó de un temprano fracaso escolar a base de clases particulares en casa de Juan Díaz, que estaba cojito y hacía las cuentas ayudándose de un ábaco. Mi postura habitual se la dedicaba al pasillo, me devolvía la mirada en el azulejo oscuro que quedaba a la altura de mi cara, normalmente risueña (el resto de los azulejos eran blancos). Siempre estaba castigado, cosa que no me importaba salvo si el castigo incluía el Recreo. Tuve una infancia feliz. Las distancias, ahora, se recorren a mayor velocidad. No, caro Óscar, no voy a volver al barrio. ¿A qué?

domingo

De Jim Morrison a Manuel Fdez-Cuesta


Hace poco, en una de estas entradas, hablé de que la vida podía llegar a ser gratificante antes de la influencia. Hablaba de mi sociedad (o muy bien llevada soledad, gracias), de mis amigos, esto es, de aquellos que me cogían el teléfono cuando yo (vida de ocioso, 1977) llamaba.  En otoño de 2015, como ayer mismo, hasta el más osado de nuestros sueños (adquirir cierta marca -caché- o, simplemente, un epitafio, ejemplo: Escupid sobre esta tumba. Aquí yace Spinoza) puede proceder de un recuerdo, por vago que este sea, (aquellos que poco han leído a Proust hablan de “el olor de una magdalena”; no pienso por ti, respecto al autor sólo he leído Por el camino de Swann -edición de periódico-, y lo he hecho recientemente, no a los cinco años, como tantos otros a quienes ya he leído lo mucho y bien que se expresan a través, como hago yo -jovencito esquizoide probablemente homo-erótico de 38 años-, de las redes sociales). Mis sueños -hace veinte años era escritor de epitafios, todos propios, pero también de otros, que son los que de verdad mueren. Duchamp era un tipo sobradamente educado y, durante una fiesta en su casa, ya cumplida una edad, se fue al baño a morir solo- no han sido pocos ni exentos de delirio. ¿Pero tú te has mirado alguna vez en el espejo? Le decía mi maestro, el fotógrafo y profesor de Artes y Oficios, aparte de incansable lector, Antonio Gómez, a una jovencita, encargada de la clase de cuyo nombre no me acuerdo. Sí me acuerdo de que había leído un libro de Schopenhauer, presumía de ser atea (Nadie puede saber si es creyente o no -dijo por ahí el poeta E. M. Cioran, llamado Cantamañanas por Godard en su “monumental” Histoires du Cinema-) y basaba su “ideología” en la lectura del Fotogramas y otras ciencias esotéricas. Con el tiempo, la Mari, que suele asistir a mis cumpleaños junto con Alfredo, su acompañante de toda la vida, me dijo de esta buena moza, que vivía por Malasaña con una y, a veces, paraba por no sé qué bar. Yo me miraba bastante en el espejo, como aconsejaba Antonio (marxista) a esta chicuela. Mi intención era quererme a mí mismo dentro de lo que fuera posible (amar mi propio “cerdo primordial”). Ser guapo, en resumidas cuentas (poco relevante es si, pasado el tiempo, lo conseguí o no, que seguramente no, salvo a ojos de mis familiares). Mi espejo estaba dibujado por la parte de atrás: Cristo crucificado. Yo quería ser una estrella del rock porque, a mi libre y algo aburguesado entender de entonces, me molaban esas criaturas, quiero decir: follaban mucho y se metían droga en condiciones. Algunos de ellos eran realmente buenos: Keith Moon, Brian Jones, Jimi Hendrix (que mató a Dios)…- pero perdieron la batalla de lo que exigía, ya entonces, la muchedumbre, sociedad del espectáculo en la que se veían envueltos (Me vuelve muy sentimental, y de paso llega a excitarme -de una manera leve-, leer a Lucía Etxebarría citando a Debord en los títulos de sus libros-). Y es que mi generación era mucho más hípster que la que actualmente echa kikis, como Dragó, en los baños del Jose Alfredo. Nos crecía más el pelo que la barriga y leíamos a Morrison (en su tumba, en Peré Lachaise, reza: Poeta, al igual que en la de Wilcock, buen amigo de Pasolini, en Roma, cerquita de la de John Keats) y a la Patti Smith de Babel (ahora más leída ella), por mucho que sacáramos poco de esos pajotes de entendimiento difuso. Se trataba más bien de conquistar el mito del cartel rodeado de neón, de ser protagonistas del anuncio resumido en los cinco minutos de fama de los chicos que pululaban por La Factory de Warhola, a que el anfitrión, también reina de Inglaterra, les diera su comunión de diseño santificado en la boca. O, en su defecto, les sacase en un vídeo. Esa fue la muerte (viva) del actor Jordi Mollá (La buena Estrella, 1997, firmada por Ricardo Franco) el día en que fue seducido, en una sala VIP madrileña, por una mujer, suponemos, muy bella. Al chiquillo le pillaron masturbándose compulsivamente ante el espejo del baño a la voz de “Soy el mejor” y no se lo perdonaron (no todos, en este país, somos Pedro Jota). Y es que el exceso de muchedumbre invita a la masturbación compulsiva (o a polvos demasiado rápidos en lugares inhóspitos -y no me miren a mí, que llevo mucho sin darle-) y luego está que cada uno practica Gestalt a su manera (ya sea una Gestalt promocionada por la revista Vivir, o es que son tan raros que se han molestado en leer a Rudolf Arnheim). Armas-Marcelo, escritor y columnista medio malo que no quiere aceptarme como amigo en Facebook, no se cortó en hacer un comentario muy jocoso a la entrada de clase de Periodismo (había sido invitado) impartida por Irene Lozano (hoy cuarta del PSOE) a quien quise. El muy bestia dijo, así como haciendo una boutade, refiriéndose a lo que llamó escritores jóvenes “Les ves con cámaras ocultas y sólo hacen masturbarse”. Sólo yo (con razones personales para hacerlo) mantuve la mirada y saqué, con el respeto que nos es debido, de su sitio a través de la conversación. ¿Cámaras ocultas? Cuando este blog presumía de un número de visitas amplio, hubo quien me decía en comentarios aquello de Exhibicionista. Yo solía responder a todos y, ante una cosa así, decía: Eres libre para entrar o no. Fui respondido: Oye, yo entro donde me da la gana. Los vecinos de esta “sociedad líquida”, no contentos consigo, prefieren, ya no solamente mirar, sino poseer la intimidad del otro. Ser el otro (decía Bob Dylan en ese infumable documental de Scorsese algo así como que era necesario ser otros, precisamente para ser). ¿Que qué otros soy? Soy alguien que una vez, a los cinco o seis años, le quitó un airgamboy a una amiguita mía con la que jugaba a médicos. Cuando le conté la hazaña a mi padre, me pegó bien fuerte en el culo y mi madre me castigó sin cenar. Por supuesto: Aprendí la lección. Eso sé.

En una de esas fiestas de Gatsby en casa de Vanessa Herrero (descanse en Paz), comenté a Fdez-Cuesta que me habían concedido la paga por "esquizofrenia paranoide". Me dijo que me habían arreglado la vida. A continuación alcé mi copa, pero él no aceptó el brindis. Después seguimos hablando (con Manuel hablar era una celebración por sí misma) como si tal cosa. También aprendí esa lección. La noticia de su muerte me la dio mi amigo, si es que lo sigue siendo, César González Álvaro, flamante ganador del premio Tiflos de cuento, y yo, con una jarra de cerveza en la mano con la que no sostenía el móvil, bajo el solazo veraniego de la plaza de mi pueblo, eché a llorar como un niño. César me dijo: ¿Lloras? No me acuerdo si contesté. Pero sí (maricón debe ser uno). La razón era que había muerto mi maestro.

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