sábado

Luz, más (y mejor) luz

Hace diez años, si entrabas en cualquier bar de esos que llaman “de viejo”, podías verme, si te fijabas, al fondo, tomando un whiskito (que solían ser unos cuantos) y observando cómo la vida iba pasando de un personaje a otro de entre los clientes que asociaba fijos en el tugurio. Nunca la vida me trató tan bien como en aquel entonces (hoy en día las únicas que me escuchan son mis criadas, a cambio, me cuentan las cosas que les recetan los médicos, donde siempre están cuando no están en mi casa). No puedo saber dónde estabas tú hace diez años salvo que me lo cuentes (al oído, por favor, sin que se entere nadie más que no sea yo -odio a esas personas que te hablan a ti con la excusa de que les escuche el de al lado-).

Hoy en día regreso al whisky, el más sano de los venenos, cierro los ojos y pienso, sin más. Si quieres llamarme haré lo posible para explicar contigo eso que pienso. Será un placer para mí que pensemos juntos, que “destrocemos” eso que algunos llaman vida entre los dos.

Hace diez años yo era llamado bedel en una Escuela de “ideas”. Me llamaban Albertito y mi oficio consistía en servir. Se ve mucho cuando te dedicas a servir. Se vomita mucho cuando te dedicas a ver. El resto era sonreír ¿Ahora comprendes por qué estaba tan mal pagado? A veces, si la chica con la que salía, incluso con quien vivía por aquel entonces, no tenía otro plan (otro mancebo), salíamos de copas, nos acostábamos y nos levantábamos juntos. En aquella casa no iba muy bien el termostato y era recomendable ducharse con prisa. Todo se acabó cuando ya no quería conmigo. Me dijo que es que yo era “su maestro”. Ella lloraba tanto. El resto era pura falta de comunicación. Yo creo que cuando nos rechazamos en la vida seguramente se debe a algo que no habíamos hablado, a algún tipo de malentendido con el que luego cargamos al caminar por la Gran Vía, anónimos entre anónimos y, en ocasiones, una lluvia que, lo creas o no, puede ser una gran compañera hasta el intercambiador de Moncloa (resfriados aparte).

Hace diez años alguien tuvo la genial idea de abrirme este blog, que titulé La semejante criatura. Yo, mientras iba en el metro, pensaba ¿Qué escribiré esta noche? ¿Citaré al ruso Biely…? Hoy sólo pienso. ¿Me leerá Marian? ¿Me leerá Jose? ¿Me leerá María? ¿Me leerá Laura? Qué maravillosas son las tardes de otoño si hay whisky. Él me acompaña. Un Sinatra ya entrado en años hacía un pequeño parón en sus conciertos para servirse un bourbon, después hacía un leve brindis con el público y bebía un trago. A continuación decía: Jack Daniel´s, el único amigo que nunca me ha fallado.

Hace diez años mi abuela murió de pronto y a continuación lo hizo el más pequeño de mis primos. En el tanatorio las señoras que acompañaban a mi tía Maripaz se acercaban a mi llanto ante el cadáver de Nico y procuraban tranquilizarme con sus remedios aprendidos de la caridad. Lloro poco y, cuando lo consigo, me lleno de paz, siempre que no haya gente dándome remedios y consejos (molestándome) en ese momento. Son momentos, como casi todos en los que hay whisky, donde no conviene la muchedumbre. Va a hacer una semana que murió Fernando. Mis padres acudieron a tanatorio e incineración. Yo me quedé en casa, prefería poder pensar, esto es, adivinar cuánto de muerte mía cabe en la suya. Mucha, sin duda. Venía a todas mis exposiciones en público. Siempre lo miraba a él y lo hacía para saber si la cosa iba bien. Nunca me equivocaba si Fernando no lo hacía.

Hace diez años, yo no apostaba por eliminar mi vida (antipsicóticos a mamporro durante el amanecer para estar despierto en la noche, junto con Charly -a veces llamaba a un amigo que trabajaba en un pub al que, aún hoy, sigo yendo a menudo-). No apostaba por eliminar mis ganas de ¿vivir?, Decía, a sabiendas de que sentirse más vivo que nunca guardaba su precio. Pero, por lo menos, no había problema en que yo bebiera en casa. Si te dedicas al pensamiento uno no conoce ebriedad ni resaca. Yo bebí para provocar a mi virus C. Quería morir de placer, de pensamiento, como los poetas malos. Esas cosas son, al menos, las que decía que yo trataba de hacer en periodos de abandono, cuando yo iba a Alcohólicos anónimos a ligar con viejas calentorras, borrachas sin remedio, a quienes un pensamiento les fastidiaba un día que procuraban arreglar bebiendo. Esa es una manera equivocada de disfrutar del brillante “oro que arde” (así lo llamó Musil en El hombre sin atributos).

Hace diez años pasaron muchas cosas, algunas las recuerdo, otras no.


Hoy estoy en mi habitación de los libros, pensando, esperando que los hielos estén preparados. Si quieres tomar un whisky conmigo y charlar me encantará. No traigas a nadie más, sólo quiero estar contigo y, por supuesto, con mi whisky.
Lo mejor del mundo será brindar por ambos, aunque sea en silencio. No lo dudes ni un solo momento.
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jueves

Mirarse al espejo (3)

Conviene aferrarse a la banalidad, una banalidad muy espontánea, dicho sea de paso, para adentrarse en eso que entendemos por “gusto”. Edmund Burke lo definía muy bien. Leído hoy conviene traducirlo más convenientemente a como lo hizo TRG: Tiene que ver con el “elitismo”. El bueno de Edmund habló de “artes elegantes” que decía no entender muy bien. Trataba de comprenderse, y es por eso por lo que no está muy desactualizado (al menos “no del todo”, se le sigue leyendo entre la elegantísima clase académica y otros sitios donde no entienden a mi padre, Ángel Masa, que, trabajador desde los siete años, hoy, jubilado, intenta entenderse a sí mismo y, por influencia del “cabroncete” de su hijo esquizofrénico, se ha puesto a escribir).

Sobre la literatura de Ángel Masa: Habla de sus recuerdos (con muchas faltas de ortografía que, en alguna ocasión, me pide que le corrija) y, en ellos, procura entender qué es para él “lo importante”. A veces mira fotos de la gente que ya no está, los abuelos, la familia, etc… y se dice: ¿Qué coño hago yo aquí?

A lo que voy: A mí me gusta la literatura de mi padre. Y sé que la vida y el pensamiento de las “personas anónimas” es mucho más “interesante” que el de las personas populares en los medios o, incluso, “de élite”. ¿Qué entiendo por “interesante” y por qué lo he entrecomillado?: Lo he entrecomillado para expresarme a continuación y entiendo por ello el lugar que puedo seguir desde un marco de la realidad adaptado a mi pensamiento práctico (que admito, probablemente por comodidad, escaso en mi biografía), me explico, un lugar que tenga que ver conmigo mismo, que me sirva para entenderme desde mi yo, mi economía, mis aspiraciones de cara a un “futuro aparente”, mi sociedad y la casa donde vivo. ¿Para qué? Pues para “ser” (renunciaré a pronunciarme sobre conspiraciones hegelianas).

¿Qué entiendo por “ser”? Demasiadas cosas, resumibles en una: Esto de aquí. Ahora mismo: Esto que teclea.

También: Esta “cosa” que se niega a ser un tronco de madera. Esto que piensa, joder, que piensa mucho.

¿Para qué?: Para vivir, esto es, sacar un dinerejo, salir con Laura al cine, llevar a Marco a la guardería, tomar un café con la tía Maripaz, etc… (no todo va a ser follar, como decía Krahe) en resumidas cuentas: ir tirando.


Regreso. ¿Qué entiendo por “gusto”?: Respeto, entendimiento y verdad. Y, a través de ahí, verás cómo terminamos topándonos con la “belleza de las cosas” (y hasta de los yoes). 

PD: Cambiado el diseño y comentarios arreglados. Cosa que saco de esto segundo: A ese profesorado tan cojonudo de bellas artes que entra a "reírse" de el puto loco de El sobrino de Parés: ¿Por qué no ponéis algo para que pueda reírme yo también? A lo mejor terminamos riéndonos todos juntos. No sé, quizá, algún día. Se os quiere.
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miércoles

Mirarse al espejo (2)

A lo largo de mi aprendizaje (esto es: vida, e incluso biografía…),  ha habido y hay muy pocas personas con las que puedo expresarme, como quien dijera, de manera libre; responder salvajemente a mi Yo como en la infancia. Me explico: mostrarme, ser lo que sea que soy, que nunca puedo saber qué es, en el momento en el que coincido con alguien. Uno siempre lo intenta, en el sentido de que eso, precisamente, es vivir, y lo que implica no está exento de cierto sacrificio. Yo, como los empiristas, creo en el vaso de agua, en eso de que a la gente nos condiciona el lugar geográfico donde nacemos, y, por otro lado, también sé que España, por poner por caso el país donde nací, es un sitio donde hay mucha gente que, a su vez, se proyecta en mucha otra gente, por poner un ejemplo que, tras haberlo puesto, me parece que me acerca a lo que voy, cosa de tener que decir algo y también cosa de tener algo que decir, de lo que nunca estoy muy seguro. España me es desquiciante, esquizofrénica, como yo, que soy Sancho Panza llevándose la mano a la frente, como los niños, cuando le duele la cabeza, cuidándose de que no lo apaleen como a su lastimeramente inevitable señor (lo sé por los dibujos animados que veía cuando niño); soy el amén del Padrenuestro, que no puedo saber qué significa. Y soy tú, también, siempre que tú quieras y, si no quieres, pues no. Quién puede vivir “desde el conocimiento” (de eso iban enseñanza, planes de estudio, etc...) Yo no puedo ¿Tú puedes? Hace un par de semanas dejé de auto-medicarme, de conceder exclusividad a la cocina, la noche y Charly, mi loro, en cuyos ruiditos me reinventaba una vez tras otra, sin descanso apenas, y hasta no leía, ni siquiera en los bordes de los azulejos blancos a los que iba echando humo de los cigarrillos; me cuidaba de ver, pero no lo hacía por miedo, sino que buscaba en ello cierto regusto, cierta nada capaz de darme brío, así, a cambio de también nada (la misma u otra) que ofrecer a ese “eso” que es un “yo”, además del resto de habitantes de esta casa y las personas con quienes hablo a través del teléfono.

Antes, al menos, los antipsicóticos (oí, no sé si sin querer, que ya no los llaman neurolépticos) provocaban en mí cierta tentación de despellejarme, de “no parar de moverme” sin importarme en qué dirección lo hacía (aparte taquicardias y síndrome de Párkinson). Me notaba como me noto hoy, de una manera siempre aparente, siempre “en el mundo” ante, por ejemplo, un café o un colacao, que eran cosas bien vistas en casa, en España, etc…


¿Se trataba sólo de mostrar talento y fe en lo que uno hace, en lo que uno, digamos, vive? No lo puedo saber. ¿Para qué hago esto? Pronto no tendré la más mínima idea (ahora tampoco). Escribir puede ser peligroso.

Un ex-amigo mío me preguntó, en cuanto a mis papeles, si procuraba dar pena. No respondí. Me encogí de hombros solamente. 
Lo único que quería y sigo queriendo era y es comprender el mundo. Desde una muerte propia. Desde una vida personal.

sábado

El Inem y Hume

Situación: Mi chica se ha ido a una despedida. Yo no suelo, desde hace bastante, entrar en el facebook, pero estoy haciendo por pasar la tarde y me veo cumplido con mi reflexión de la anterior entrada, en la que uso como excusa al escritor Bernhard, sobre el que he vuelto un rato, para contar lo que a mí me ha interesado de ese regreso, sumadas dos reflexiones de escritores que aprecio y que, menos o más, viven de la literatura: Una antigua de Jesús Ferrero, ejemplar en su modo de pensar en voz alta, y otra, también antigua, del bien ocurrente bloguero, sobradamente conocido entre los jóvenes, Alberto Olmos; a quienes no nombré y ahora, debido a una ocurrencia de Facebook que me ha hecho pensar en el trabajo, lo hago.

Pasa que Txema Arinas, un escritor vasco que pasa de estas cosas de los escritores, a veces, me lee, porque le mola, si no de qué. Yo había puesto ahí, al alcance de esas cucarachas del Facebook, una entrada antigua mía llamada La Gaya Ciencia, de cuando yo hacía el amor con cucarachas en un búnker de Lavapiés donde viví (currando) y me sentí libre (escribiendo y tomando algún que otro chato con amigos artistas). Pasa que en eso de la Gaya ciencia yo hablo de que me leen los del Inem y se asustan. Y es cierto.

Antes me leía la de los cursos. Una mujer rubia como la cerveza y eso, muy maja, sonrisa plena, buenos pechos y viva, con presencia, etc… Mi madre le dijo que yo estaba muy malito de la mente y eso y la chica se encariñó. Yo sólo pensaba en hacer el ñascañuscu allí mismo. Mi madre le dijo que yo escribía en un blog que se llamaba La semejante criatura. A ella le salió su, llamémoslo, lado humano y creo que, efectivamente, se asustó un poquejo. Y dejaron de llamarme. Luego yo me busqué las castañas para escribir de amor, por si acaso. Eso hizo que el grueso de los lectores de La semejante criatura decayera en un 90%.
Agradezco que me lea alguien como Txema, la verdad. Otros escritores del Facebook que admiro y con los que he intentado contactar son Luis Acebes (recreativo en el estilo castellano) y Yolanda Regidor (recreativa en el exceso).

Abordo eso de tener curro: Yo, menos o más, he vivido de ser un mantenido y, últimamente, de ser esquizofrénico. Diagnóstico primero: Socialmente de tipo Paranoide. Luego eso se acabó, he ido desarrollando todos los aspectos de la esquizofrenia y la medicación antipsicótica llegando a abarcar, según un experto en psiquiatría amigo mío, “un poquitín de todos sus tipos”. Es decir, soy un freak, aparte de “un tío cojonudo”. Me gusta jugar a la play y fumar petas, vamos.

Abordo eso de tener curro (de verdad): He pasado por diferentes trabajos (de los de ganar algo de dinero): Monitor de cocina en una Granja escuela (donde lo pasaba deputamadre), bedel en una Escuela de “ideas” (así fue publicitado de inicio el bluff Hotel Kafka), repartidor de salchichones, espárragos y bollos, cablista y payaso. Lo que he de admitir: siempre hay otros que lo hacen mejor que yo.


De lo de la literatura: Saqué dos libros en Eolas ediciones. Me gusta porque mi editor, Héctor Escobar, está loco, y es por eso por lo que me llevo muy bien con él. Pero aún más me gusta porque no requiero entretenerme con galeradas y otras cosas de esa gente guapa como Lucía Etxebarrilla. Cuando la conocí, en el entonces emporio de las letras Club Kafka de Aravaca (tendente hacia una especie de comisaría afgana que, en la actualidad, dice haber recaído en un nuevo cambio de residencia) hasta quiso de follarme. Y yo comprendía, poco a poco, por aquel entonces, que la gente de alta cultura como Lucía era así.
A lo que voy: he vuelto al conocimiento de mí y lo que me rodea (que es lo mismo) y, hasta hace poco, traté de resumir lo entendido de Hume aquí, en La Semejante Criatura, de cuyo estudio aprendí no poco en el campus, cuando yo era vivaracho estudiante de cosas en las que vi mi verdad, en la que, afortunadamente, sigo trabajando cuando puedo.  

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Mi visión actual acerca de Thomas Bernhard y sus escritos

Thomas Bernhard, ese austriaco tristón, del que tras su muerte reían unos literatos alemanes la posibilidad de que fuese homosexual (cosa que es muy poco relevante), lo comprendió temprano, conviene el aprendizaje de las propias palabras que salen de uno hacia la vida. Conviene “entrevistarse” a sí mismo porque, seguramente, no existe un “sí mismo”. Su literatura incita a la negación y, con ello, a la duda. Por eso es recurrente. Porque se renueva todo el rato. Formalmente, y acá hay que añadir que está muy bien traducido al español por el “misterioso” Thomas Sáenz (autor también de una biografía de Bernhard que publicó Siruela cuando molaba), brilla por un estilo “malabarista” -acoge un tema y lo va haciendo desaparecer entre, en ocasiones, hasta cinco, con los que termina haciendo lo mismo, uno por uno-, propio (y con ello aparentemente fácil de imitar), etc…

Sobre mí: Lo del estilo me la trae floja como tema de aprendizaje. Dejen que lean, si quieren. Y que escriban, si quieren. De ambas cosas (escribir, leer) uno puede, diré, autoayudarse. Si vuelvo a Bernhard es porque me acerco a esa negación, con briznas de “echarse a vivir”, a los modos de vida (estilos de compra-venta) de las grandes ciudades, como la Viena de Bernhard, a la que privó de su lectura tras su muerte (esto también me la trae floja). Me gusta que la joven Agota Kristof eligiera la lectura de “Sí” (según ella era un “No” a la vida), o al menos lo explica así en La analfabeta, en una redacción de clase en la que tenía que hablar de Stalin. La historia de “Sí” es una historia de campo, necesariamente lúgubre, en la cual atrapa cierta tensión sexual no llevada a cabo. Por lo demás, una obra menor del austriaco.

Conversaciones con Thomas Bernhard (de uno que se llama Hofmann) es otra novela más del autor, definitivamente aprendido y autodestruido. Bernhard (salvando las elecciones de edición de este libro) hablaba igual que escribía (se ve cuando lo grababan en Benidorm o por ahí). Hace gracia su pose de dandi. El tema lo elige él independientemente de las preguntas del entrevistador, y es la muerte (una muerte donde se intuyen vida y literatura juntas).

Veía su foto en las contraportadas y quería abrazarle. Quería pedirle que fuera mi amigo. Yo sería él y renunciaría a follar, como él hacía. Renunciaría a las pajitas. Nos enseñaríamos la pilila en el baño. Jugaríamos al dominó. Y le pediría perdón por mi vergüenza de haber hablado, casi sin cesar, de amor en mi blog, una debilidad por la que renuncié a conocerme, como él, a amar “en su manera”, en la manera de Bernhard.


Luego, ya lo he dicho, murió.

miércoles

Mirarse al espejo

Hace, no me acuerdo cuánto hace, 4 o 5 años, impartí unas clases de cuento en el Excmo Ayuntamiento de Brunete (Biblioteca Dulce Chacón, que era o es una escritora de Anagrama que vivía o vive en el pueblo de Brunete, como yo que, igualmente, vivía o vivo en el pueblo de Brunete). Intentaba, ya digo, vivir (me nacía, vaya, o, al menos, me tentaba) e hice esfuerzos para pasar el protocolo. El día que más personas asistieron fueron siete, lo que no está nada mal teniendo en cuenta que Brunete es un pueblo pequeño y paletoide y mal gobernado (ya abriré otra entrada sobre lo que yo entiendo por eso) y yo era o soy el sobrino de la Pepa.

Fue lastimero porque la conclusión que de ese trabajo, por el que no cobré, fue que lo único que aprendía era escuchándome a mí mismo, que es, salvo por una chiquilla, amiga mía en la actualidad que seguramente nunca leerá esto, es lo que todos asistimos a hacer allí (Burroughs, más interesante en la información que en su afán por el experimento, llegaba a decir en El almuerzo desnudo que se aprende más hablando que escuchando). El problema es que esa actitud conlleva no poco aburrimiento. Yo lo solventaba juntando alcohol y antipsicóticos no atípicos. Parecido encontrado: Éter. Efectos: Búscalo en el Google.

¿Por qué? Pues lo encuentro en una cosa que puse en el Facebook ese, que fue otra manera de abrir frentes hace un tiempo:

Porque fuimos vivos antes de la noche
Porque fuimos en el agua
Porque antes del nacimiento ya habíamos descubierto La tierra
Por eso creo en los proyectos extravagantes.

Supongo que en esta especie de poesía (inspirada en un libro seguramente muy recomendable del que ya no recuerdo título ni autor) hoy, que regreso a una especie de pensamiento que quiero despojado de locura y necesariamente coherente, resucito que lo que entiendo por Yo es un proyecto excesivamente extravagante en el que, en ese momento, uno supone, creí. Y creo, porque lo contrario es negarse, cosa que he hecho y está muy bien, pero mucho más facilona y acomodaticia.

Me explico (aquí he de mencionar la influencia de Marian, mi psicóloga y coach): He de recuperar mi cara y enfrentarme, de nuevo, al espejo. Lo estoy intentando. Me cuesta muchísimo. Incluso me veo expuesto (¿En una representación? Dirás). Me explico: Vivo, como durante mi infancia. Miedo: Soy todos y, cuando uno vive, empieza y termina siendo juzgado. Más: Cuando uno se expone se arriesga a que lo crucifiquen. Más: Cuando uno se siente puede olvidar el pensamiento, incluso aquello que dice. Ciclo: Volver o no volver hacia drogas conocidas con el fin de provocar cierta artificie. Conclusión que veo: Estética Vs Anestesia. La felicidad en El Otro: ¿Anestesia? Entiéndeme: La imagen que recibe El Otro: ¿Yo? O, incluso, la imagen que recibo yo: ¿Yo? Recuerdo de Candilejas cuando alguien se excusa de depositar una propina en su bombín: No se preocupe. No tengo amor propio. Recuerdo del principio de El libro del desasosiego: Si el corazón pensase, se pararía. A lo que quiero llegar es a que todo en lo que nos proyectamos, o es nada, o es necesariamente contradictorio. No va a ser menos si “yo” me proyecto en “ti” (o, al revés, que es lo mismo).


Admito más conclusiones que no le interesan a nadie excepto al mundo: No soy nada (no digo “nadie”, eso poco importa al mundo). Esto es: No soy ni siquiera un niño, salvo en el juego (salvo en la vida) y eso no cura de cierta tentación por “llevarse bien con los demás”, “leer”, hasta “mirarse en el espejo” que, ya digo, puede llegar a ser (a serme) difícil. Nuevo por qué fácil: Porque implica ser. Claro, Laura me dice: Piensa que los demás no somos de goma. Y yo entro al trapo. ¿Por qué? 

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martes

Ya no veo ningún deporte, ni siquiera mi atleti

Me interesaba eso de “El proceso creativo”. Me explico: Yo he sido dibujante y esas cosas y la gente me preguntaba en mis exposiciones (y otras concesiones “de estado”) qué significaba esto o lo otro. Era una especie de diplomático “a qué se debe”. En cuanto a lo que significaba (incluso a lo que era) uno, por una especie de automatismo, indicaba que lo que usted quisiese que fuera o significase, y eso era exclusivamente la madre del pato (y hasta del paté de oca). Pero ¿Por qué? Esto sí nos interesa y se debe, me parece, porque nos interesa todo lo que hable de nosotros mismos. El sexo sólo nos interesa porque habla de nosotros mismos, por hablar de algo que, sin duda, nos interesa a todo el mundo (el resto tiene que ver con pasar el rato y, claro, que dé mucho gustito y se relama uno un poco de la cosita, reproducción aparte, es decir, representación, es decir, un dibujito o un librito, for example, para regalar en una cena romántica a alguien con quien te gustaría compartir un poco de “cosa de esa”). Regreso: Uno se reproduce incansablemente cuando se realiza con un fin que responde a un proceso creativo. 
Más: Los hilos conductores de cada historia están en la cabeza del protagonista (leer, ya lo dije, es una manera privilegiada de crear) y poco importa para eso, creo, lo obtuso o garrulo que pueda llegar a ser el prota, que también soy "yo", es un "yo". Más: Llega a ser constructivo dejar “cosas en el tintero” porque puede ser útil para recaudar información acerca de una cosa que explica por qué mola eso de “El proceso creativo”, el “A dónde coño nos dirigimos”. Mira por dónde, la cruz del huevo que, como los huevos, no tiene cruz. 
Esta idea, por llamarla de alguna manera, resume los aprendizajes u obras completas de carismáticos amantes del gran poeta Juan Carlos Suñén (hoy cabeza casi visible de un partido político de moda hasta hace poco) como Gabi Ramírez o Edu Vilas, olvidados, por fortuna, autores de novelas de cabecera para quienes gastábamos la herencia de la abuela en coquetear con cosas de gente culta y eso, más bien con la idea en la cabeza de ligar un poco.

“A dónde coño nos dirigimos”: No puedo saberlo. Se encuentran ejemplos allá donde diriges la mirada. La página en blanco es una fortuna que se acaba cuando le confías palabras. Acabo de ver la planta que me regalaron mis amigos agonizando y la he regado haciendo uso de un optimismo que no entiendo (he llegado a dudar si tirarla a la basura). Lo único que sigue erguido de ese tejemaneje son las dos flores que quedan (eran tres).

Ya sé que Freud empezó con esto y se murió diciendo que no quería morirse.

Mis amigos delegaron en mí, que delegué a quienes cuidan mi hábitat, proteger algo vivo. Así me lo dijeron. Yo acabo de verme en esa planta. Eso de “proyectarse” da mucha ansiedad. Uno lo hace continuamente cuando se dedica a lo de crear cosas, historietos… o a amar (léase Spinoza). Dedicarse obstinadamente al dibujo o a la literatura (o al amor que deviene en amarlo) equivale a olvidar al completo la vida e incluso, usé las palabras subrayadas de Umbral en Los cuadernos de Luis Vives, a no haber vivido. La conclusión de esto tiene que ver con el prólogo de Artaud a su sobrevalorado libro El teatro y su doble: Poco importa adónde nos dirigimos creativamente cuando tenemos hambre.

Y es que la vida mola antes de la influencia.

(Sobre esto último me gustaría añadir una cosa que me pasa en este blog: Es mi blog de siempre y pienso en voz alta cuando no me dedico a glosar insignificancias como: Odas al amor en pos de una mujer bella. Me dicen los amigos (y mi pizpiretilla) que me envían comentarios que no modero. No tengo acceso a ellos. Lo repetiré en otras entradas si hace falta porque entiendo los mosqueos. Lo que escribís no sé adónde va. Se queda en el limbo desde que se fueron las fotografías y aparezco como colaborador -en lugar de prota- del blog. Fue por un virus que me entró por entrar a ver fotos de animales, coches y casas de famosos. Y tal.)

Yo hacía tebeos. Empezaba una historia y la contaba en seis viñetas… Luego en cuatro (la misma), luego en dos (la misma) y luego en una. Los regalé todos y hubo un día hasta que me fui a buscar droga. Me gustó cómo definía Eloy Tizón (presentando un libro de otro) su manera respecto a sus cuentos (de los que esperamos nuevos): Todo empieza por un sonido, una especie de música, eso, u otra cosa relacionada con eso, va creando una atmósfera…

Así sí.


Cuando yo ponía fotos (que se fueron) por acá, había dibujos míos. Son un embrollo de imágenes hechas a boli o pilot. Varias veces me preguntaron: ¿Por dónde lo empezaste? 

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viernes

Ya no escucho música

Whatsapps de hoy:


“El loco es todas las personalidades del eneagrama. Todos necesitamos un norte. Y todos seguimos siendo la misma persona.”

“Creo que te necesito. Pero ahora mismo no sé quién soy y temo que eso influya en no saber quién es nadie. Al final todo bicho muere solo.”

“El amor reconforta. El sexo reconforta. Cielo e infierno reconfortan. Hasta el mundo reconforta y, de ser así, un libro también. Pero uno sigue eligiendo y no para de equivocarse.”

“Estoy con Clamoxil y mierda de esa.”

“Mañana seré el padrino de Marco.”



Lo que no escribí:


Existir es serio (ya hasta escribir es serio; total, también puede serlo existir). Razón (según destinatario): Mañana seré el padrino de Marco.  

Mis amigos escritores se pitorrean de que escribo sobre amor relacionado con mi sexo opuesto (no por sexo opuesto sino, en este caso, por amor -que es sexo-). El amor es el vacío, el sexo, la muerte. Y molan ambos, en parte porque son lo mismo.

Intermitentemente he confiado cierta dosis de fe (cierta locura) a los surrealistas, a Breton, el cascamoñas, un médico con ínfulas, que hablando sobre Freud era un pesadito (y también lo fue hablando sobre enteógenos) y del que salvo su diletante paseo por el humor negro y eso de Los pasos perdidos (que va de lo mismo) en esa ley francesa (como Madame Bovary) del coño de la mujer única y el Te deseo que seas locamente amada que salen en El amor loco, que es un puto coñazo sin ocurrencias. PD1: ¿Se nota que desde bien jovencito he tenido mucho tiempo libre?
Realidad: Tengo un trancazo de cojones y tomar cocaína no me gusta porque me pone nervioso y hace que pierda coco e interés en cosas importantes como lo nombrado al inicio: Existir es serio. Razón: Mañana seré el padrino de Marco.

¡A veces amo, coño! Es lo que yo digo. Sobre los amigos que tuve: Tanta ostia y al final sólo querían ver cómo de pequeña tenía la pilila.

Tema: ¿La amistad existe? Sí, porque, como dijo el otro: Menos mal que existen estos momentos. Cosas pensadas desde mi firme renuncia a antipsicóticos y alcohol (en esto último sólo puedo afirmar que es “de momento” porque a veces hago el moñas con el puto alcohol – que es puto y una mera excusa que tiene que ver con el mero “Renovarse” que, concebido desde mis rutinas, viene a ser casi redimirse ¿Recuerda alguien los grabados de ese tal, muy diver escritor por otra parte, Bruno Schulz? Cosa que saco de esto: La gente que confunde mi redención con sometimiento me la pela y: Se está muy a gustico en casica con los pies en el brasero): No fui capaz de follar con amigos y amigas ¿Por qué? Quién sabe. Yo no tengo ni puta idea de por qué. 
Mi idea de la felicidad, entiéndase, al minuto es echar chorros de lefa. Razón: Mola. Prejuicio: Una vez, cogí y… No, eso no lo voy a contar. Más cosas: Nadie tenemos ni puta idea de sexo ni felicidad, pero ¿Qué es una idea? ¿Para qué coño sirve? Yo poco sé de eso, sólo sé que quiero ser alguien feliz en esta vida en la que aguantas y luego vas y te mueres. 
Pero esto último dejaré que Marco lo averigüe por sí solo, no se lo pienso contar. Quiero que él también sea feliz, al menos en su niñez… luego ya da lo mismo. Él me hace sentir bien. Hoy ha venido corriendo hacia mí para que lo cogiera en brazos, por ejemplo. Esas cosas salvan de la locura y yo soy loco porque lo dijeron unos que, probablemente, tenían mucha idea. Hoy son mis amigos. A veces quieren tener sexo conmigo. Otras veces no. Otras veces no entiendo la felicidad esa de al minuto. Esto es una cosa que pasa y ya está. Como todo lo demás. Y mañana seré el padrino de mi Marco.



Lo que no me apetece tener que escribir otra vez:


Estoy muy solo (sobra el como todos) y tengo mucho más miedo de volverme loco (¿Otra vez?, dirán) que de morirme.    

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