jueves

Página taitantos de lo que estoy preparando


Me abrazaste, ser inane. Me abrazaste y supe que era el abrazo de los primeros pobladores del mundo. Pensé en besarte, pero me rajé. Quizás hubiera roto todo el hechizo. Estoy seguro que para ti sólo fue un gesto motivado por la euforia. Tú, predilecto amigo de la nada, recurrente recuerdo llamado José o Paca o Angelines, eras euforia donde yo era histeria. En ese momento yo hubiera follado el pellejo de la bestia que vive en mis sesos sin miedo a desaparecer por siempre, pero me limité a dar otro sorbo a mi copa.
La confusión, eso que hoy es tu cara para mí, cuenta sus versos con los dedos y luego no los escribe. A veces hace magia y, otras, sólo soy yo escribiendo esto, que es un texto más sobre amor y droga. Es el columpio vacío que, siendo en sí heroína, no ha probado la heroína, y yo sólo quiero que desaparezcas. Quiero beber hasta que cierren, acompañado de busconas borrachas a quienes llorar en sus  excesivos pechos de vacaburras. Pero, claro, mi rey… sin ti nada es lo mismo. Sin ti no existe el potrillo mirando con ojos vacíos la oscuridad del jardín. Sin ti se quema esto y no nos enteramos.
 

 

sábado

Una vida ejemplar, de Art Pepper


Compulsividad histérica de un tipo sensible. Excesos y liviandades de un terrible único cuya verdadera vida sucedió en un oasis, espejismo de un sonido propio y vueltas a las andadas. Eso es Pepper. Basta escuchar un par de veces el disco que grabó con la sección rítmica de Miles y cuya portada pareciera la de un disco de Eros Ramazzotti. Si bien la autobiografía de Miles es colosal por la manera en que se adentra en los cambios musicales, detectando el movimiento en el centro de una época donde no faltan altibajos, las memorias de Pepper (que usaba una grabadora de la que Laurie, su cuarta mujer y la que lo vio partir hacia una especie de otra vida, se haría cargo) son una extrañeza de flor caída de un árbol (está en su sonido, advierte el gran Gary Giddins), toda llena de barro del que brotan nuevas flores. No está de más advertir que traspasa la carne abriéndola de par en par y nos enamora haciendo uso de la sensualidad al instrumento.
Pepper fue legal incluso robando. Todo queda perdonado a un santo que se vio superado por su honestidad (tanto en la música como en estas memorias). Por ahí se ven pasar días de masturbarse en la calle hasta sangrar mirando a una mujer somnolienta que dibuja el aire, sea cual sea la época del año que se suceda. Después viene su adicción a los opiáceos (advierte Muñoz Molina que este relato acalla el Yonqui de W. Burroughs), el aún más impactante paseo por la cárcel de San Quintín, para terminar sus aventuras en un centro de rehabilitación con mucho de especialito. Estas memorias de un músico van, efectivamente, más allá de las sombras de Pepper hasta hacernos partícipes del importante legado que nos conmueve y obliga a pasar páginas hacia el final, ojerosos de habernos quedado pegados al texto. Es universal (no simplemente para aficionados a su tipo de música) y refleja una época con vivos resortes de humanidad. Que será cruda o no será.
A Pepper le tentó la nada, un sueño (que son muchos al tiempo) de heroína  que lo deshizo (Roland Kirk llegó a trabajar en el escenario para recaudar fondos destinados a la causa Art Pepper), una vida desatenta que tú y yo podríamos haber plagiado sin llegar al límite. Y uno se pregunta de dónde procede esta literatura. Quizás la paz escondida en un inodoro donde todo aquel que se sienta se pregunta qué sucede.
.

jueves

Breve balada del borracho que conoció a Nerval

Hace dos meses que me emborraché y pedí palique a un par de mozas que me dijeron que tenían novios. Yo no quería palique con ellas. Yo quería saber si yo tenía voz. El penco de la barra me servía tequilas que no eran los que a mí me gustaban. Tampoco quería palique con él. Quería beber esa mierda de garrafa con Gèrard de Nerval. Decirle: tío, yo soy Aurelie. ¿Por qué coño te ahorcaste en un callejón vacío si yo soy Aurelie? Y también soy Silvie. Y también soy las hijas del fuego y todos los iluminados juntos. Y bebo mierda en un bar de mierda y tú eres mi único amigo y ya no hay autobuses para regresar a mi puto pueblo a los brazos de mamá. Luego desaparecí y desperté en la habitación contigua a la mía. Y me pregunté por qué. Somos el recuerdo de unos ojos dejados al azar en un charco donde otros y otras retozan con tus personajes, amigo del alma, tierra mía.

martes

El crítico de las películas

Hola, soy Albertico, el caso es que tengo un primo que sale en la televisión diciendo críticas de las películas y me ha dado envidieja de la mala porque a mí, no voy, pero me gusta ir al cine con las chavalas a palpar, pero también a ver la película que, no se crean, uno tiene su cultura a flor de piel, así que me he dicho: Albertico, que tienes tu blog, así que haz críticas a cascoporro para que en el pueblo vean que tú también entiendes mucho del séptimo arte y voy a poneros unas críticas de películas ahora mismo, qué ostias:
 
 
Amelie Paulín era una chiquita mu salá, aunque un poco rara y se le ve que es probable que todavía no se haya rascao el chupichusqui, q ayudaba a la gente buena, pero así en secreto pa q no se enterasen q era ella y luego resulta q se encuentra sola y se pone triste, pero le sale al final un noviete mu limpio y se van juntos los dos en una moto. Es q a mí me gusta mucho el cine y las palomitas y eso. Ya lo he dicho. Bueno, esta crítica es para entrenarme solamente.
 
 
Soñadores es una película q va de dos hermanos q les gusta el cine y la política y todas esas cosas de las q se hablan en fb y conocen a un rubio q había ido a Francia y le dan casa y viven como dios y beben vino y un día resulta q descubren q al rubio le mola la tía y se ponen a darle al ñascañuscu y resulta q la tía, q está muy buena, todavía tenía el himen de no haberse estrenao. Pero les mola pq da igual todo y le dan cada vez más al ñascañuscu. Y luego el hermano de la chica q estaba muy buena se va a una cosa de política de chavales jóvenes y se lía pq es q todo esto de vivir como dios es una tragedia griega. No sé pa q fui a verla. Lo q más me gustó, eso sí es verdad, es q hay de todo en la viña del señor y si te dejan los padres pues te tomas un vino y a darle al ñascañuscu.
 
 
En el nombre de la rosa es una peli muy seria. Va de unos monjes y hay asesinatos, así q va un experto con su alumno para investigar y se monta la de dios pq se topa con la doble moral esa de la iglesia. Pero eso es al final, cuando llega un tío muy tonto y creído q se le va el carro los caballos. Pero no es eso lo q importa. Pasa q hay una tía más salvaje q joselín de ubrique y sucia, pero está buena y un día le picó el chichi y se le violó al alumno q, todo hay q decirlo, no puso de su parte pq la picha tb es verdad q es ciega y se le estiró en consecuencia. Advertir q esta película es muy travesera y hay muchas cosas importantes. Hay un bibliotecario q le gusta el ñascañuscu con los jovencitos guapos y hay un moreno q se escojona con unos dibujos de cachondeo q hacía uno que ya habían asesinado. Al final mueren. Pero el asesino resulta q es un viejo q parece q no ve pq tiene los ojos nublados. Y se mete el maestro por un sitio secreto y laberíntico y al final todo se quema. Y una vez resueltas las cosas vuelve a aparecer la chica salvajota y el alumno tiene tentaciones. Pero al final hace como tos los tontos y se va con el maestro, q es muy sabio, y se queda sin practicar más el ñascañuscu a cambio de la sabiduría y esas cosas q no sirven pa na, aunque cuando se muere le da sus gafas el maestro como en homenaje, pero que ni son raiban ni na. Y luego al chaval le entra preocupación pq se queda sin saber el nombre de la chica y el amor y las cosas. Y por eso la peli se llama El nombre de la rosa. Una peli pa pasar el rato y na más en definitiva.

viernes

Todo lo que me gustaría ver y Alberto Ávila


No sé cuánto tiempo hace. 9 años, calculo. Había pasado la tarde en tabernas, pero sin abusar del alcohol. En la galería Espacio-Valverde había una exposición de mi colega de aventuras (últimamente pocas) Alfredo Rguez. Quedábamos cuatro gatos y una estupenda noche de abril o mayo y Jacobo (regente del lugar) me presentó a mi tocayo Ávila Salazar (este escrito, trasnochado, sí, trata de rendir pleitesía a su primera obra). Era más alto y más gordo que yo. Alguien inmenso, pero que el tiempo le ha tratado mejor que a otros también es verdad. De inmediato, con vino en vaso de plástico le conté que si la literatura, que si yo trabajaba en el Hotel Kafka (rebajado su nombre a Club Kafka de Parla en mi pobre imaginario) bajo un sueldo raquítico merecido por ser pobre de espíritu. Yo no había publicado nada, tenía una novia que merecía ser llamada así, quien gustaba de saborear otras mingas (al principio no lo di importancia, pero luego me subió el tilín llamado: ¿Qué pinto yo en esta historia? Y en la actualidad somos amigos con derecho a tomar unos chatos solos o con su chico). Él (Ávila) me dijo cosas del universo (leyéndole en novela -también le llamó la poesía- lo entiendo mejor). Respecto a lugares de letras, acordamos que eran buenos para repartir tarjetas (no necesariamente de crédito) mientras gente tierna como yo repartía canapés. Llegué a hacerme una en la que ponía mi nombre y, más abajo, mi dedicación: Repartidor de tarjetas en las que pone mi nombre y esto. Una chorrada. Luego, un día, vimos un partido del Atleti (a él le va más el Madrid) y nos echamos unas risas. Llevaba La subasta del lote 49. Esa me la había leído porque, por alguna extraña razón que debe tener que ver con el diablo, había que leer a Pynchon, a quien amo y odio por partes. Le dije que me gustaba el capítulo ese en el que jugaban un tío y una tía a las prendas. Lo demás lo entendí y no lo entendí al mismo tiempo. Y con V, que me moló más, me pasó lo mismo. Él me dijo: Mira qué subordinada, lo abrió por una página, efectivamente, en que dos frases dominaban la escena. Más tarde, alguna vez nos saludamos por ahí. Un día se vino a mi destartalado zulo de Lavapiés y nos tomamos una absenta mientras puse un disco de John Scofield que me había comprado el día anterior. Cuando andas no te hacen soplar y mola andar. Luego me vine con mis padres y coincidimos las veces en que yo iba por Valverde diciendo que era esquizofrénico y muy buen escritor. No me pregunten por qué, me gusta venderme mal, aunque me guste menos el resultado que trae. Después de esto, llegó el día. Publiqué mi primer libro (que era el segundo, en realidad -no me olvido de La mosca, Fast Gallery-) e hice la cosa en Espacio-Valverde, él compró un ejemplar y sacó, casi de inmediato, una crítica en El pulso poniendo bien mi intentona lírica y algo ecléctica. Con mi segunda (novelita de psiquiátrico y drogas) también se lo curró. Un escritor de publicaciones maneja dos cosas sobre todas las demás: Tiempo y espacio, y en el caso de Alberto, tiempos récords. Ese día fui a Sin Plomo (con el permiso de un chupitín de J&B) y vi cómo Ana Cristina, Hugo y Alberto iban tornando la voz mientras la comunicación, sin embargo, fluía (puede que hasta estrellarnos, pero el futuro no importa más que el Punk). Ahora es cuando trato de dejar de hablar de mí. Espacio doble:

 

 Alberto Ávila Salazar (hace bien poco cumplió los 41) es un abogado que dejó de ejercer. En la actualidad se dedica a la publicidad y a la letra y, tras leer tres poemarios suyos, esta noche he acabado de tres tiros con su primera novela (que me ha abierto el apetito para leer la segunda, recientemente publicada por Off Versátil y titulada Lo que dicen los dioses). “Todo lo que se ve”, que es la novela de la que quiero tratar de una vez, es una novela que a veces parece una novela y otras veces parece un artefacto que no lo es, menos cuando es tres novelas, cuatro, cinco o las que quepan en un mundo que podría verse en el famoso El Aleph, de Borges, un autor curiosete, la verdad sea dicha.

“Todo lo que se ve” ganó en su día el IX premio Arte joven de Novela de la Comunidad de Madrid y fue publicada por una Lengua de Trapo que no había perdido, en ese entonces, nada de una identidad que creó leyenda.

A pesar de salir un año antes que la famosa Nocilla Dream (con todo el lío que montamos, carajo) de Agustín Fdez Mallo, es nocillera (y… lo voy a decir por si no me he hecho entender muy bien, ¿precursora de la lotería del niño?), al menos, en un aspecto fundamental: viaja de una idea a otra ofreciendo informaciones dispares que ayudan al autor a dar con nuevos preliminares, pongamos, dos páginas más adelante y desarrollarlos.

Pero me ha pasado una cosa con esta novela. Nocilla Dream me pareció un “experimento” maravilloso, pero al cerrarlo sólo era capaz de recordar una cosa por aquí y otra por allá, ah, y una gasolinera. Lo pasé bien leyéndola. Manuel Fernández Mallo es un autor de gran imaginación. En la novela de Alberto Ávila Salazar (como he dicho: es amigo mío y eso me honra) hay pies en el suelo (aparte de cabezas), existe una estructura que va (si bien no siempre) colocando piezas. En fin, es algo que se puede llegar (o no, el lector manda) a echar de menos en Nocilla Dream (las dos restantes que componen la trilogía aún no las he leído).

Espacio doble, dijo el malhechor:

 

 Hubo una época en que… no, no voy a dejar de escribir. Hay un interruptor, como en Nocilla, en Todo lo que se ve. Se apaga y se enciende al pasear por la historia. El hilo conductor, aparte de vivir en la cabeza de todo muerto viviente, parpadea en esta novela de hace casi 10 años. Prueben a encontrarla hoy, yo probaré suerte con Lo que dicen los dioses, de recientísima aparición. Gracias, tocayo (haz menos poesías y más de esto :P).
 
.