sábado

¿Quién es aquí el individuo?

Lo mismo esa “cosa” que proyecto en los demás soy yo, si es así, sólo puedo agachar la cabeza y pedir perdón. Es aburrido, sí. Muy visitado, es demasiado lo mismo de siempre. ¿Qué sé de mí aparte de lo que encuentro aquí? Poco. He hecho por vivir en la honradez (y hasta en la verdad), pero fue porque me lo enseñaron así de niño y, quizás, me he quedado en eso. En ese sentido sí es comprensible que deba agachar la cabeza y pedir perdón. No pasa nada. Me quiere todo el mundo, como al Campanilla. Luego lo encontraron ahorcado en el Parque del Oeste y dijeron “es que estaba muy solo”. Resulta que el hombre sabía hacer un nudo en una cuerda. Yo no. Mi amada enfermera me ha dicho que se necesita valor para hacer algo así. Es tan hermoso escucharla, hablarla. O no. Quizás soy masoca y sólo me es hermosa porque se niega a los dudosos encantos de mi pichurrilla. Cuando llevaba el órgano-piano (regalo de comunión) a La Calera, las de la edad de mi abuela Bastiana venían a esa cueva y yo les tocaba las canciones que escuchaba en las cintas del Ford Fiesta, luego Ford Sierra, luego Mercedes (Los Relámpagos y Los Pekenikes) y ellas decían: Este chico es más listo que Quevedo. Puede ser que el “exotismo” de España proceda de las novelas picarescas, las únicas que he leído (no sé si han quedado más) que son El buscón y el Lazarillo y, mucho después, en mi niñez, Fray Perico y su borrico. He vuelto a ver Pink Flamingos. No sé si soy yo (una cosa mía más, de mierda) o lo que me rodea, pero he descubierto que lo que ayer era humor (blanco, negro, rojo o amarillo), hoy es sociología pura. Durkheim, en cambio, es humor (o vergüenza "ajena"). A veces me digo a mí mismo (como si pudiera hacerlo) que me alegro que sea así. Pero no. Hoy decidí (cuenta propia) bajarme el antidepresivo (que hizo de mí un honorable hombre delgado) a la mitad, quizás sea ese el hecho de que no quepan palabras ni emoción en mí. Sólo tristeza (no creo que sea una diferente a la que el común de las personas tiene, sino típica, digamos, poco interesante). Hoy, mi puto muro de Facebook: "Odio a las mujeres guapas ¿Por qué? Ejem, no sé, bueno sí, quizás, yo creo que deberían ser más feas" (Heidegger), "Hoy es sábado ¿Qué novedad es esa?" (Dalai Lama), "No, no voy a meterme esa mierda ¿Por qué? Porque me conozco" (Derrida) y "Yo fui un puto genio ¿Por qué? Porque lo fui sólo durante un pequeño ratito" (Ludwig Wittgenstein citado por David Wittgenstein). Whatsapp de Sebi: ¿Estas biendo el futbol? Respuesta de Alberto: Yo ya no hago eso, Sebi, corazón. Nuevo Whatsapp de Sebi: Crei que lo stabas biendo con tu padre. Respuesta de Alberto: Un abrazo muy fuerte, Sebi. A veces he logrado contentarme mirando fútbol, sí. Muchas veces. Antes (y puede que mañana o pasado). Acabo de poner en Facebook: Aburres, le dijo Platón a Diotima. Bajo a ver a mi padre y dice que el Barça le ha ganado al Madrid en el Bernabéu y que Benítez no se va a comer el turrón. En el barrio, Chiky era el puto Café Gijón (Ruano llamaba a preguntar por sí mismo y se corría la voz: ¿Está el Sr. González-Ruano?). En Chiky me guardaban la tarta de cumpleaños siempre. Madre decía: Mira, Alber. La que nos la tendía era una señorita flaca muy amable que fumaba mucho y me contaba chistes. Fue llorada cuando se fue. Era la madre de Baudelaire, pero en versión cristianísima. Cuando se quedaba sin dinero, el versionista de la contracultura francesa de antes, iba a Chiky y le ponía la mano. Ella (han pasado muchos años, creo que se llamaba Nati) sacaba su monedero y le daba cinco o veinte duros. Luego nos contaba que su hijo no era tan majo como yo, Albertito, que él estaba todo el día jugando a las maquinitas, ahí, por los bares. Quedó bien en el citado (y algo cruel) Ruano. En La folie Baudelaire de Calasso sólo quedó Calasso (y bien merecido que se lo tiene, por sabelotodo -y coñazo-). Laura, llamada en este texto “mi amada enfermera” ya no está aquí. (Recházame otra vez. Recházame mejor).


Había una casa, el olor a abuelo, la colonia y trajes beiges; el tabaco. Había el primo mayor y el que uno era, y una casa a la que hacer más pequeña. Había un barrio, el clima en los domingos, la salida de la iglesia. Había el vermú en el bar de abajo con los hombres, el ruido de las máquinas, los coches. Había el ford fiesta de mamá, robado cuatro veces en las calles y siempre oliendo a la misma cosa vieja, el sonido del motor, ese aliento del humo, ese chatarro. Había un caballo en la terraza, pequeñito. Sus ojos eran desgracia, si la había. No recuerdo la desgracia. Siquiera recuerdo si acaso ojos tenía, el caballo perdido, blanco, de madera con plástico, de birria que nunca supo del corcel que ganó al trote batallas contra los americanos indios. Había un coche, también, hecho de palos, regalos en navidad, el medio vino, y otra vez la colonia y el tabaco. Un piso alquilado, un parqué mate, la cocina. Habían los amigos y el cole, cerca de casa, el barrio; de la mano de tía, su trabajo y las chucherías de luego. Bajar a por el pan. El pan blanco, como una hostia que quedaba para el día del traje de marinerito, aunque luego uno fuese con un lacoste de lana negra y grises pantalones lisos. Había un balcón por el que mirar un pino, un jardín, las explanadas. Había la prisa en los cromos, el gordo del colegio. Había el bocata del patio (patio de lo muy particular, pero no de casa alguna). Había las luchas de judo, muy pocas chicas y escondites preferidos; y había antepasados que te daban la propina a cambio, como supimos más tarde, de no volver más cara a su recuerdo.

Whatsapps a Laura: 1: No sé por qué me quieres, Laura. 2: Y siempre necesito oír por qué.

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