lunes

El barrio

Es lunes y llueve. Preparo café (para otros), abro el periódico de ayer por una página al azar y leo que llevo demasiado tiempo sin conciliar el sueño. Bebo zumo de limón y he renunciado a comer hace ya tres días (salvando una tortilla de un huevo). Me las enseñó a hacer José Antonio Lorenzo, que ya no me devuelve las llamadas. El sábado, Óscar, el portero del piso donde viví mi infancia y primera adolescencia (Aluche, Illescas 44) junto con mi abuela, se comunicó conmigo a través de Whatsapp. Preguntó que qué tal estaba (y yo qué sé, me abstuve de escribir como respuesta). Le pregunté por sus hijos sin saber si son tres o dos y me dijo que estaban en el colegio (Gamo Diana) haciendo cosas de deporte. A la pregunta de si iría a verle no contesté y ese fue el punto final de la conversación. Ya lo haré, le escribiré: Mañana, quizás, algún día. Lo que pienso hoy es que no me apetece volver, sin más, quizás nunca. Óscar, de familia gallega, en su manera “tan” inconsciente, también me plagió la vida. Yo hubiera quedado muy bien como portero de mi bloque. Se casó con una obesa (bebía y fumaba con compulsión durante su primer embarazo, en una visita que me hicieron y se me ocurrió llevarlos al bar). Una moza, descendencia (colegio público), un sueldo coherente (salami en lugar de recebo), algo de vino (Cuneo en lugar de Marqués de Cáceres) y vida contemplativa. ¿Para qué más? Su tía, madre de Cristián, quería siempre llevarnos a los tres al parque de atracciones. La última vez que la vi, aproximadamente cinco años después de eso, en medios susurros y ladeando la cabeza me preguntó quién era yo. Yo era el del sexto, joder, el nieto de la Ciriaca, mi madre, la de los luminosos y mi tía Pepa, la de Bernal. Poco después nada se supo. Sobredosis. A Javi, llamado el Pintor, del bloque 46, melena de príncipe negra y camiseta (blanca) de los Ramones, le pasó lo mismo poco más tarde. Yo iba, de mañanita, camino de la ruta que me conducía a mi nuevo colegio (bilingüe, afueras de Madrid) y me encontraba con esa chica del Liceo Castilla (peluquín y Opus Dei) a quien tanto le brillaban los ojos, de la que, secretamente, estaba enamorado, venir hacia mí luciendo sonrisa plateada, y yo me hacía el loco y agachaba la cabeza (acné juvenil). La última vez que la vi fue desde un taxi, por los alrededores de Chiky, empujando con visible -casi cínica- desgana un carrito con dos bebés. Llevaba gafas de sol y era un día gris otoñal como hoy (no recuerdo el año). Recuerdo el colegio, un día vi ese par de patios junto con Fernando y Alfredo, fumando un porrillo y acordándonos de cosas. Qué pequeños eran ahora esos dos patios. Fútbol y collejas a Carolo, dos canastas, el Rojas (última fila) jujándosela en clase y Ricardo (halitosis y diplomas) comiéndose los “calastros”. Reme, con quien aún hoy hablo a menudo, me salvó de un temprano fracaso escolar a base de clases particulares en casa de Juan Díaz, que estaba cojito y hacía las cuentas ayudándose de un ábaco. Mi postura habitual se la dedicaba al pasillo, me devolvía la mirada en el azulejo oscuro que quedaba a la altura de mi cara, normalmente risueña (el resto de los azulejos eran blancos). Siempre estaba castigado, cosa que no me importaba salvo si el castigo incluía el Recreo. Tuve una infancia feliz. Las distancias, ahora, se recorren a mayor velocidad. No, caro Óscar, no voy a volver al barrio. ¿A qué?

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