domingo

De Jim Morrison a Manuel Fdez-Cuesta


Hace poco, en una de estas entradas, hablé de que la vida podía llegar a ser gratificante antes de la influencia. Hablaba de mi sociedad (o muy bien llevada soledad, gracias), de mis amigos, esto es, de aquellos que me cogían el teléfono cuando yo (vida de ocioso, 1977) llamaba.  En otoño de 2015, como ayer mismo, hasta el más osado de nuestros sueños (adquirir cierta marca -caché- o, simplemente, un epitafio, ejemplo: Escupid sobre esta tumba. Aquí yace Spinoza) puede proceder de un recuerdo, por vago que este sea, (aquellos que poco han leído a Proust hablan de “el olor de una magdalena”; no pienso por ti, respecto al autor sólo he leído Por el camino de Swann -edición de periódico-, y lo he hecho recientemente, no a los cinco años, como tantos otros a quienes ya he leído lo mucho y bien que se expresan a través, como hago yo -jovencito esquizoide probablemente homo-erótico de 38 años-, de las redes sociales). Mis sueños -hace veinte años era escritor de epitafios, todos propios, pero también de otros, que son los que de verdad mueren. Duchamp era un tipo sobradamente educado y, durante una fiesta en su casa, ya cumplida una edad, se fue al baño a morir solo- no han sido pocos ni exentos de delirio. ¿Pero tú te has mirado alguna vez en el espejo? Le decía mi maestro, el fotógrafo y profesor de Artes y Oficios, aparte de incansable lector, Antonio Gómez, a una jovencita, encargada de la clase de cuyo nombre no me acuerdo. Sí me acuerdo de que había leído un libro de Schopenhauer, presumía de ser atea (Nadie puede saber si es creyente o no -dijo por ahí el poeta E. M. Cioran, llamado Cantamañanas por Godard en su “monumental” Histoires du Cinema-) y basaba su “ideología” en la lectura del Fotogramas y otras ciencias esotéricas. Con el tiempo, la Mari, que suele asistir a mis cumpleaños junto con Alfredo, su acompañante de toda la vida, me dijo de esta buena moza, que vivía por Malasaña con una y, a veces, paraba por no sé qué bar. Yo me miraba bastante en el espejo, como aconsejaba Antonio (marxista) a esta chicuela. Mi intención era quererme a mí mismo dentro de lo que fuera posible (amar mi propio “cerdo primordial”). Ser guapo, en resumidas cuentas (poco relevante es si, pasado el tiempo, lo conseguí o no, que seguramente no, salvo a ojos de mis familiares). Mi espejo estaba dibujado por la parte de atrás: Cristo crucificado. Yo quería ser una estrella del rock porque, a mi libre y algo aburguesado entender de entonces, me molaban esas criaturas, quiero decir: follaban mucho y se metían droga en condiciones. Algunos de ellos eran realmente buenos: Keith Moon, Brian Jones, Jimi Hendrix (que mató a Dios)…- pero perdieron la batalla de lo que exigía, ya entonces, la muchedumbre, sociedad del espectáculo en la que se veían envueltos (Me vuelve muy sentimental, y de paso llega a excitarme -de una manera leve-, leer a Lucía Etxebarría citando a Debord en los títulos de sus libros-). Y es que mi generación era mucho más hípster que la que actualmente echa kikis, como Dragó, en los baños del Jose Alfredo. Nos crecía más el pelo que la barriga y leíamos a Morrison (en su tumba, en Peré Lachaise, reza: Poeta, al igual que en la de Wilcock, buen amigo de Pasolini, en Roma, cerquita de la de John Keats) y a la Patti Smith de Babel (ahora más leída ella), por mucho que sacáramos poco de esos pajotes de entendimiento difuso. Se trataba más bien de conquistar el mito del cartel rodeado de neón, de ser protagonistas del anuncio resumido en los cinco minutos de fama de los chicos que pululaban por La Factory de Warhola, a que el anfitrión, también reina de Inglaterra, les diera su comunión de diseño santificado en la boca. O, en su defecto, les sacase en un vídeo. Esa fue la muerte (viva) del actor Jordi Mollá (La buena Estrella, 1997, firmada por Ricardo Franco) el día en que fue seducido, en una sala VIP madrileña, por una mujer, suponemos, muy bella. Al chiquillo le pillaron masturbándose compulsivamente ante el espejo del baño a la voz de “Soy el mejor” y no se lo perdonaron (no todos, en este país, somos Pedro Jota). Y es que el exceso de muchedumbre invita a la masturbación compulsiva (o a polvos demasiado rápidos en lugares inhóspitos -y no me miren a mí, que llevo mucho sin darle-) y luego está que cada uno practica Gestalt a su manera (ya sea una Gestalt promocionada por la revista Vivir, o es que son tan raros que se han molestado en leer a Rudolf Arnheim). Armas-Marcelo, escritor y columnista medio malo que no quiere aceptarme como amigo en Facebook, no se cortó en hacer un comentario muy jocoso a la entrada de clase de Periodismo (había sido invitado) impartida por Irene Lozano (hoy cuarta del PSOE) a quien quise. El muy bestia dijo, así como haciendo una boutade, refiriéndose a lo que llamó escritores jóvenes “Les ves con cámaras ocultas y sólo hacen masturbarse”. Sólo yo (con razones personales para hacerlo) mantuve la mirada y saqué, con el respeto que nos es debido, de su sitio a través de la conversación. ¿Cámaras ocultas? Cuando este blog presumía de un número de visitas amplio, hubo quien me decía en comentarios aquello de Exhibicionista. Yo solía responder a todos y, ante una cosa así, decía: Eres libre para entrar o no. Fui respondido: Oye, yo entro donde me da la gana. Los vecinos de esta “sociedad líquida”, no contentos consigo, prefieren, ya no solamente mirar, sino poseer la intimidad del otro. Ser el otro (decía Bob Dylan en ese infumable documental de Scorsese algo así como que era necesario ser otros, precisamente para ser). ¿Que qué otros soy? Soy alguien que una vez, a los cinco o seis años, le quitó un airgamboy a una amiguita mía con la que jugaba a médicos. Cuando le conté la hazaña a mi padre, me pegó bien fuerte en el culo y mi madre me castigó sin cenar. Por supuesto: Aprendí la lección. Eso sé.

En una de esas fiestas de Gatsby en casa de Vanessa Herrero (descanse en Paz), comenté a Fdez-Cuesta que me habían concedido la paga por "esquizofrenia paranoide". Me dijo que me habían arreglado la vida. A continuación alcé mi copa, pero él no aceptó el brindis. Después seguimos hablando (con Manuel hablar era una celebración por sí misma) como si tal cosa. También aprendí esa lección. La noticia de su muerte me la dio mi amigo, si es que lo sigue siendo, César González Álvaro, flamante ganador del premio Tiflos de cuento, y yo, con una jarra de cerveza en la mano con la que no sostenía el móvil, bajo el solazo veraniego de la plaza de mi pueblo, eché a llorar como un niño. César me dijo: ¿Lloras? No me acuerdo si contesté. Pero sí (maricón debe ser uno). La razón era que había muerto mi maestro.

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