viernes

Bohemian Rapsody

Me he levantado a las ocho a la voz de papá y he llamado a Lauri (con ese simple gesto, estaba diciendo de mí: ¿Ves, Lau, qué machote soy que ayer estuve -treinta y dos horas, eran- despierto y hoy con siete horas de sueño me vale a pesar de haber tomado dos pastillas de esas nuevas y un par de ansiolíticos -está mal visto el cáñamo en casa-?). Ella va a venir esta tarde a este pueblo a verme (hora y diez de autobús más metro) porque, de alguna manera, quiere verme. Yo también quiero verla. Lo sabe. Va a traer un par de libros que me compró a un euro en Moyano (todavía no sé cuándo los leeré, pero lo terminaré haciendo, creo, porque es algo que suelo hacer siempre, aunque es muy cierto que otras veces no lo he hecho porque no me ha apetecido lo suficiente o algo así). Artículos de Larra y el Sexus, de Henry Miller, que compré en francés, reconozco la tristeza, allá por 1997 y luego, como no sabía qué hacer con él debido a que nunca he estudiado el idioma francés, se lo regalé a mi prima Arantxa (que ha formado una familia -Guille y Marco, de quien soy padrino- y trabaja todos los días -Recursos humanos, al igual que Laura, que viene esta tarde-). Iremos al pueblo de al lado, seguramente (Villanueva de la Cañada) en autobús (línea directa), y charlaremos de esto y aquello ante quizás una hamburguesa, y luego, posiblemente, alguna copita (he contado 42 € en el monedero -de mi pensión por esquizofrenia, una enfermedad con cada vez menos glamour en España, explotada aquí en el panorama literario por la caricatura llamada Leopoldo María Panero, mejor en sus cuentos, véase Palabras de un asesino o El lugar del hijo, que me dijo una vez, ante mi saludo en la feria, que quién era yo para hablarle y dos años más tarde se murió-). Echo de menos a Fernando en esta mañana, todavía no sé muy bien si vive todavía, pero a veces recuerdo que, desde hace tres semanas y un día o dos, ya no lo hace. Ya no estará avivando mis aburridas tertulias llenas de cachondeo, ni al teléfono cuando llamaba a mamá y le decía que me lo pasara. Siempre le pregunté si se leía mis libros (saqué dos, que pronto serán tres) y me decía que no entendía por qué no regresaba a mis dibujos (él tenía unos cuantos, y siempre me los pagó en mano). Nunca le respondí la razón de por qué no lo hacía o, en todo caso, me iba por la tangente. Le decía que no me realizaban, que antes los hacía para evitar el estrés, pero que siempre me parecían el mismo y no me sentía tan realizado como escribiendo. Está más cercano a la verdad que los hice para mostrar que no fui un simple sobrino en Bellas Artes, como me llama cierta gente de allí con tendencias no poco elitistas. En aquella época yo solía estar muy enfermo y me quedaba en casa dibujando siempre las mismas telas de araña (como las llegó a llamar alguien a quien no pedí explicación -ni antes ni después de haberme escupido su bonita imagen literaria-). Estuvo bien, gané dinero (más que con mis escritos, y me fui a Roma, a casa de Fran, a gastármelo con él en vinos y pizzas, por hacer algo, supongo, no porque fuera Roma -ni siquiera fui a ver la puta tumba de John Keats, y ni falta que hace-). Cuando vi demostrado que no había sido sólo un puto sobrino (al menos en mí e independientemente de que la gente libre, como yo, opine, como es natural, lo que le dé la gana -no sé si estoy pecando de cierta chulería al decir esto, pero guardo copias de calidad de unos cuantos de esos cientos de dibujos, que terminé regalando, en una carpeta en la cual añadí una pegatina de esas de las cintas de audio en la que puse Dossier y mi nombre y primer apellido-). No sé por qué no hice caso a Fernando y seguí haciendo dibujos, aunque creo que es porque algunos amigos míos lo hacían mejor que yo y cogí cierto recelo, el mismo motivo por el cual dejé de jugar al ajedrez, porque me daba rabia cuando perdía. Sólo gané alguna partida cuando me defendí mucho con mis piezas y, tímidamente, como en mi vida (no hablo sólo de mis juerguitas o mujeres, que son pocas), pasaba a atacar, despacio, sin prisa, poco a poco, como con cierto “sentido de la justicia”. Laura vendrá (le falta media hora para salir del trabajo). Yo esperaré. Miraré cosas en el ordenador (casas de famosos, por ejemplo, o poesías de Susi Underground y otros blogs de interés personal donde a veces comento). Pasaré a limpio unas cuantas hojas de mi último borrador, algo inspirado en Encomio de un tirano, de Manganelli, que dejé a medias y de cuyo título ya ni me acuerdo, aunque, de alguna manera, sí espero encontrar en mis carpetas del ordenador. Comeré un poco de tortilla española dentro de un rato, y el resto será fiesta y celebración. Llegará la hora en que Laura, que mañana tiene cosas que hacer, se vaya, y yo volveré a casa, de nuevo, en el autobús, tomaré mi nueva medicación (he comprobado que si has tomado una cantidad de alcohol suficiente caes dormido de inmediato). Soñaré con algo (es otra manera de ver el más allá), y al día siguiente esperará un temporal de justicia, haga el día que haga. Cuando me levante, seguramente, lo primero que haré será mirar si mi tía se ha acordado de comprarme (y traer) el tabaco. Pijama y vida contemplativa de un gran artista.

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2 comentarios:

susi underground dijo...

Yo a veces me entretengo mirando cómo hacer reformas sin obra, no tengo muy claro por qué, pero me relaja. Otras veces, visito a un criaturo semejante a ti, porque siempre encuentro sorpresas. Muito obrigada.

Alberto Masa dijo...

Por qué gracias, Susi? Gracias a ti :)