miércoles

Mirarse al espejo (2)

A lo largo de mi aprendizaje (esto es: vida, e incluso biografía…),  ha habido y hay muy pocas personas con las que puedo expresarme, como quien dijera, de manera libre; responder salvajemente a mi Yo como en la infancia. Me explico: mostrarme, ser lo que sea que soy, que nunca puedo saber qué es, en el momento en el que coincido con alguien. Uno siempre lo intenta, en el sentido de que eso, precisamente, es vivir, y lo que implica no está exento de cierto sacrificio. Yo, como los empiristas, creo en el vaso de agua, en eso de que a la gente nos condiciona el lugar geográfico donde nacemos, y, por otro lado, también sé que España, por poner por caso el país donde nací, es un sitio donde hay mucha gente que, a su vez, se proyecta en mucha otra gente, por poner un ejemplo que, tras haberlo puesto, me parece que me acerca a lo que voy, cosa de tener que decir algo y también cosa de tener algo que decir, de lo que nunca estoy muy seguro. España me es desquiciante, esquizofrénica, como yo, que soy Sancho Panza llevándose la mano a la frente, como los niños, cuando le duele la cabeza, cuidándose de que no lo apaleen como a su lastimeramente inevitable señor (lo sé por los dibujos animados que veía cuando niño); soy el amén del Padrenuestro, que no puedo saber qué significa. Y soy tú, también, siempre que tú quieras y, si no quieres, pues no. Quién puede vivir “desde el conocimiento” (de eso iban enseñanza, planes de estudio, etc...) Yo no puedo ¿Tú puedes? Hace un par de semanas dejé de auto-medicarme, de conceder exclusividad a la cocina, la noche y Charly, mi loro, en cuyos ruiditos me reinventaba una vez tras otra, sin descanso apenas, y hasta no leía, ni siquiera en los bordes de los azulejos blancos a los que iba echando humo de los cigarrillos; me cuidaba de ver, pero no lo hacía por miedo, sino que buscaba en ello cierto regusto, cierta nada capaz de darme brío, así, a cambio de también nada (la misma u otra) que ofrecer a ese “eso” que es un “yo”, además del resto de habitantes de esta casa y las personas con quienes hablo a través del teléfono.

Antes, al menos, los antipsicóticos (oí, no sé si sin querer, que ya no los llaman neurolépticos) provocaban en mí cierta tentación de despellejarme, de “no parar de moverme” sin importarme en qué dirección lo hacía (aparte taquicardias y síndrome de Párkinson). Me notaba como me noto hoy, de una manera siempre aparente, siempre “en el mundo” ante, por ejemplo, un café o un colacao, que eran cosas bien vistas en casa, en España, etc…


¿Se trataba sólo de mostrar talento y fe en lo que uno hace, en lo que uno, digamos, vive? No lo puedo saber. ¿Para qué hago esto? Pronto no tendré la más mínima idea (ahora tampoco). Escribir puede ser peligroso.

Un ex-amigo mío me preguntó, en cuanto a mis papeles, si procuraba dar pena. No respondí. Me encogí de hombros solamente. 
Lo único que quería y sigo queriendo era y es comprender el mundo. Desde una muerte propia. Desde una vida personal.

No hay comentarios: