viernes

E la nave va (con un intermedio en donde pido a Dios)

Deseo, no más, que ser, acá, ni cerca ni lejos tuyo, el hombre tranquilo a quien le da lo mismo estar o no en el sitio que, un buen día, pensó era suyo por correspondencia.
Me pregunto por tu sitio (y te informo de que mi psicoanalista es millonario). Eres el que le ríe las gracias a un borracho que no deja de caer en la desgracia de su eterno palique, eso eres… y yo te veo bien así, brillando bajo una luz blanca del restaurante donde coincidimos. Tú, alegría de mi ser. A mí,... de reconocerte en estos folios en algún momento de la vida, puedes llamarme dolor o infierno o Mefisto o como te dé la gana. Quizás deba guardar todo esto bajo llave en el escritorio, ya que sé que vendrás en su búsqueda sin falta, robusto héroe trágico; cada una de las ondulaciones de tu barriga es una muerte mía, repetida y pobre, cercana a nuestros amigos los insectos (en el revés de mi cuerpo los he oído caminar buscando casa).

(Sobre las once de la noche he recibido una mala noticia. Se trata de la detección de un cáncer a un amigo. En principio me dijeron que es probable que lo hayan cogido a tiempo.
Últimamente estaba recuperando el sueño, que me regala cosas como pasar más tiempo con mi ahijado y ese dulce frescor de apenas la mañana quién sabe si con un libro entre las manos. Me decanté por música y café, lo cual me llevará a cama quién sabe cuándo. Decidí pensar en lo que él atraviesa en este momento y el calor que siempre me ha ofrecido su compañía. Al final la única verdad que tengo es esta cocina. En ella también me vienen a la mente amigos vivarachos que o bien siguen acá o ya se han ido. En lugar de entristecer he decidido dar un gracias a la vida por toda persona que me da y continúa dándome, siempre para seguir aprendiendo, siempre para seguir caminando, hasta que ya, sencillamente, no se pueda.)

En vano, intento separarme del grillete que hace de ti compañía mía. Tú eres aquel chico del poema de Lorca que quería jugar con ese otro que quiso cortarse el corazón en alta mar. Eso es, nada más y nada menos, lo que, creo, intuíste en mí, que apenas sé mantenerme en el agua y quien gusta poco de mares con sus barquitos y playas e, incluso, sístoles y diástoles.
Adonde quiero llegar es a preguntarme dónde en mí viste tragedia. Probablemente notaste mi titubeo de mortalidad ...y miedo entre chiste y chiste o, eres tan raro, en el corcho derramado de una botella semivacía de sidra en nuestro mantel, allá, en ese guateque donde cruzaste ojos y labia conmigo.
A momentos, los estertores de mi condición de vida estallan. No eres tú solamente, vida mía, mi vida. A mi alrededor pululan accidentes de tráfico, cánceres o infartos, tanatorios y entierros, como en la de cualquiera ¿Por qué tú? Sí, he amado. He buscado un mundo donde liberar quién sabe qué.