jueves

Bah

Ahí estabas. En la celebración de la que no me enteré absolutamente salvo tus ojos y los míos sostenidos en el aire. Quizás buscases protagonismo en mi protagonismo, pero supe que no era eso, Adolfo entre todos los adolfos. Hoy, permíteme, te llamaré Pedro. Tú manejas mi minúscula agitando ramajes. Ves la lluvia como un don, y yo quisiera que algo parecido a la nada tuya y de la celebración, entre las cosas, hubiera querido que fueses una dama y así olvidarme. Sólo, con suerte, hubiera tenido sexo contigo y ahí, Pedro, se hubiera acabado tanta duda. Tú vienes a pasearte a mi vera, quién es la sombra de quién, yo pasaba por ahí, compartimos mesa y no me resultó exquisita la manera en que cogías el tenedor. Quizá podrías darme muerte. Quizá tu boca abierta abarcaba la mesa y hoy lloro la pérdida de ti entre todas las personas del mundo. A estas alturas ya te habrás quitado tu azul celeste y corbata a juego para estar en un lugar donde no estaré, por mucho que te impongas.
 
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Otra noche las 2:58, es una hora familiar. Estamos tú y yo en un pub hablando de ti. He de añadir que fue por sugerencia mía. ¿Hoy eres Pedro, Adolfo o Juan Carlos? He renunciado hoy a tu invitación alcohólica. Después de eso, me gustaría volver a la casa de mis padres. Un taxi es demasiado dinero. Me cuentas que por casi nada te libraste de ir al servicio militar. Son los primeros 90 y yo no te conocía aún. Me gusta que hables de ti porque tu voz es, de momento, aquello que te resistes a profanar. No conoces tu voz. Es eso que dice a menudo: Tenía que haber hecho como tú o haberme bebido solamente las tres primeras. Acaricio tu cara. Al principio me costaba llamarte amigo. Es cuando surge del reloj la hora denominada tres y cuatro. Intento verte hablándome y, por momentos, pierdo la noción de ti contando tu vida por decisión mía. Soy un privilegiado. Gracias por haber creado este momento en el que estoy callado mientras me dices que te gustaba una tal Juana. Tenía mucho pecho etc... Yo no la he conocido, Pedro (o como te llames). Yo sólo hice ilusión de un árbol caído. Si alguien nos viese a las tres y siete, que son ahora mismo, tendría derecho a juzgar nuestra compañía como extraña. Al escucharte olvido que es probable que tenga que andar contigo durante toda la noche. No está tan mal. Con un poco de suerte veremos a un gato rebuscando su festín nocturno en la basura. Pero, es cierto, no te lo había dicho hasta ahora: Probablemente no tenías que haber bebido tanto, mezquino amigo.
 
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Nadie sabe cómo terminaste aquí. Tuviste problemas en el barrio. Más tarde te enteraste de que un chico medio tonto te quería pegar. Eso es, al menos, lo que decían. Le vi una vez. Yo estaba acompañado de mi madre en un bar de la zona. Él procuraba hablar lo suficiente alto para que supieras que la conversación que estaba teniendo con el camarero era, en verdad, contigo. Tus oídos se negaron a escuchar. Pensaste: Si será idiota este melón. Luego volviste al lugar donde, sin esperarlo, llevas viviendo unos diecisiete años. Tuviste amigos demasiado interesados en las cosas en las que tú no estabas interesado ¿Algún día te ha interesado algo? Y ahora vuelves a estar enfrente de tu ordenador (regalo de mamá), pensando en por qué la Play ya no te da satisfacción. Aprovechas para pensar que sería sano ir al frutero a por una pera y comerla. Hoy ha sido un día de haber comido poco. Pijama, colchón, mesita... Son sólo palabras conocidas.
 
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Estabas dándole fuerte en el Pepe Botella. Habías llevado un libro. Lo recuerdo bien, salvo cómo terminaba. Se trataba de La cripta de los Capuchinos, de Joseph Roth. Hoy el recuerdo de ese libro es, quizá, menos intenso que lo que te sugieren otros libros de ese narrador que nos gusta tanto. Ibas por el cuarto whisky y viste a una chicuela detrás tuya. La literatura, pensaste, ha de servir para algo. Pero la bebida ya no te permitía leer. Observaste que esa chica había salido a buscar algo. Sabías que eso no era necesariamente a ti. La cosa es que no era una cuestión de, por ejemplo, algún tipo de droga. Estabas allí, era tu momento. Llevabas el dinero justico para afrontar lo que debías. Preguntaste si aceptaban tarjeta a sabiendas de que muy probablemente, y en eso no te equivocaste, no la aceptarían. Pagaste. Dijiste que volverías para pagarles lo que aún debías. Fuiste a un cajero donde los números estaban algo borrosos, aunque no tanto como la pantalla. Sacaste 40 €. Sabes que se te da muy mal mezclar dinero con alcohol. Entonces llegaste y aquella chica ya no estaba. Bebiste tres whiskies más. Qué guay era la vida hace diez años, cuando parecía que la dominaba un orden.
 
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Recuerdas los problemas con la apnea del sueño. Te quedabas sin respiración en mitad de la noche y despertabas dando una intensa bocanada durante la cuál te incorporabas. Querías escapar o morirte sin más porque tampoco es que vieras la vida como un jardín repleto de flores. Un orden aparente que, por cierto, te era molesto, y también pasaba que recordabas la época en que los amigos eran de verdad y ellos mismos sostenían cierto sentido para con querer vivir. Se rieron de ti ...en cuanto te cambiaron un cuerpo por otro. Y tú reíste con ellos. No querías quedarte solo. Hoy vives como dios sin ninguna expectativa, sin apnea del sueño y con muy pocas personas a las que llamar "amigo" (no sabes si son dos o si son tres y seguramente no lo sepas nunca). Visitarás a animales enjaulados y seguirás pidiendo perdón o diciendo que eras inocente. Fuiste marica, mimado y puta. A veces oyes cantar eso a los preciosos pájaros. Amas el bien, cerdo asqueroso.
 
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