jueves

Los afortunados

Don Marcelo había tenido lo que para él era un sueño de justicia. Se despertó el 22 de diciembre con la firme idea de que la lotería le había tocado. Se duchó, perfumó, afeitó y peinó meticulosamente. El tiempo era algo que ya no debería preocuparle. La tienda donde vendía hamburguesas había sido cerrada para siempre. No tenía herederos y su esfuerzo adquirió una casa cerca del trabajo. Se vistió con el mismo traje que solía llevar a las bodas de sus amistades, precisamente en el día en que las amistades, al menos para él, habían terminado. Además de ello se armó con su bastón preferido. En el ascensor coincidió con una absoluta desconocida a la que preguntó quién era, a lo que se le respondió un “¿A quién se refiere a mí o a usted?”. Casi le entraban ganas de agarrar de la pechera a esa descarada cuando tomó aliento y decidió calmarse. Al salir a la acera, don Marcelo se aseguró de que guardaba el inventado billete en la cartera. Así era, lo cual le calmó. Marcelo tocaba las losas del suelo señalando con su bastón cuales de ellas compraría. La calle era suya y él establecía no sólo las leyes de la calle sino también teorías baratas del universo leídas en sus ratos libres que, ay, siempre fueron tan pocos. Al fondo suyo vio a dos homosexuales besándose. Como no se podía decir de don Marcelo que fuera una persona integrada en los tiempos en que vivimos enseguida sospechó que podían robarle su billete y cambió de acera. Casi le atropellan, le dijo un limpiador de zapatos. Él pensó que se trataba de una señal. Efectivamente necesitaba una limpieza de zapatos. ¿Desde cuándo un hombre de su categoría no podía permitirse ese lujo? El limpiador de zapatos le dijo que el precio eran 8 €. Él sacó su cartera y los pagó. Mientras lo hacía le preguntó al limpiador dónde estaba la sucursal de lotería más cercana ¿Cómo podía haberlo olvidado? El limpiador le indicó confusamente hasta que Marcelo se hizo una idea equivocada de las calles que debía atravesar. Si su billete premiado era inventado ¿Acaso no podía haber sido inventada la sucursal donde lo adquirió? Lo más importante era el ejercicio. Una vez le vino el hambre decidió entrar a un McDonalds donde todo el mundo parecía mirarle. ¿Qué pasa? ¿Es que nunca habíais visto a un marqués? El caso es que don Marcelo no era consciente si era una frase recién salida de su boca o de su pensamiento. No se veía tirando un farol así, así que lo más probable era que lo huera pensado, por mucho que esto quedara invalidado al respecto del alejamiento de caras observándole. Pidió una Cocacola y la hamburguesa más grande que tuvieran. La gente le miraba mientras él pensaba que todos esos vasallos, probablemente, deberían ser castigados por osar verle comer como un auténtico cerdo. ¿Seguiría en su sitio el billete de lotería? Se relajó en cuanto echó de nuevo mano a su cartera. De paso observó que le quedaban 20 €. ¿Y si los dedicaba a hacer un acto de caridad? Él sabía que los ricos, algunos al menos, hacían actos de caridad. ¿Y si se los diera al primer mendigo que viera por la calle? Dejémoslo para otro rato, pensó mientras retomaba su rumbo hacia la sucursal. Se decía para sí que el aire de la calle le despejaba de una posible idea de siesta. ¿Podría comprarlo acaso con su nueva fortuna? No tardó mucho en ver un anuncio en una parada de autobús donde salía su fotografía por encima de las palabras: Este hombre está loco. Entonces recordó lo bien que sabía reírse cuando un chiste de veras merecía la pena. Quedaba recibir la fortuna y que esas malditas voces salieran sacudidas de su cerebro. Entró entonces en una tintorería preguntando por una sucursal de la lotería nacional. Por fin, buenas noticias. Y estas se basaban en está en esta calle, 20 números más arriba. Andó 10 números y se detuvo. Luego continuó. ¿Y si esto era sortear la locura? Se dijo que ya veríamos las caras de los responsables de darle su dinero. Al fin llegó. Le tocó esperar bastante cola. Por fin, llegado su turno, decidió escabullirse corriendo de todo ese misterio. Nada se sabe del recorrido que llevó a Marcelo a su casa salvo un pequeño detalle: Los 20 € que llevaba encima en el bolsillo de un niño. Al parecer se lo gastó todo en caramelos. Pero esa es otra historia.