lunes

Vanidades (Facebook, the wall)

Celan y Ponge me matan. Beben de mi cuerpo refrescos calientes. Celan parece un puzle de 2000 fichas sin hacer, todas desperdigadas en un verano en que mi chica no está. Ponge es también una especie de puzle, pero en blanco. Sólo acierto con ellos a nivel humorístico. Reconozco que, para segundo de la ESO, son mejores lecturas que Calderón de la Barca, pero hasta ahí.
 
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He de reconocer que 100 años de soledad cambió la literatura hispana bastante. Me refiero a Cela, entre otros. Pero más aún a los que teníamos que leerlo por obligación en 1º o 2º de BUP. Poco después mi rechazo se convirtió en Bukowskis y Burroughs, que leía en las tardes tumbado en la cama. Los demás chicos del barrio tenían novias que les hacían pajas en el parque a cambio de cinco duros (literal). En la lectura de colegio "El guardián entre el centeno" descubrí que uno podía sentarse en un libro y ver la vida pasar. Hoy estoy leyendo a pachas a Delillo y Fante. Y son lo que soy y expreso. Al lado de esto, algún gracioso te preguntará si has leído los 4 dramas fundamentales, y tú responderás que a veces.

 
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En una ocasión me preguntaron que quién era para mí el escritor total y dije, sin vacilar, que, si alguien debía serlo, para mí sería Robert Walser. Sus páginas abofetean con una ternura extrema. Son el oro que encontré en la biblioteca de Aluche. Antes lo había intentado con Borges, a quien no me arrepiento en absoluto de haber abandonado en una década en que mi sufrimiento se derretía en las manos de Jakob von Gunten, del que sigo aprendiendo, al igual que Holden Caulfield.
 
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Odio la figura del escritor. En mí debería darse siempre, a nivel de osamenta, la vida y muerte de Agota Kristof. Es donde entiendo al escritor que, de paso, soy yo. No entiendo la pose, la boutade, la tontería. No entiendo la colección de zapatos de Espido Freire, ni la intentona televisiva de Lucía Etxebarría, ni la escopeta naviera de Pérez Reverte, ni el rictus pedófilo de Armas-Marcelo, ni la negritud que queda en el aire de Ana Rosa Quintana, ni el eterno monólogo desde la playa ante las cámaras de Thomas Bernhard, ni siquiera, aunque concibo más aceptable, la esquizofrenia del recientemente desaparecido Leopoldo María. Yo necesito al hombre que no existe. Robert Walser detiene su camino para hacer una bonita bola de nieve mientras, en las librerías, huele a puro y se exhibe Louise Button. ¿Dónde estás, Agota? ¿Dónde estás para salvarnos?
 
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Me da que mi oficio es hacer listas. No es una cosa tan tonta como parece. Podría salirme una obra magna como Las cosas, de Georges Perec. En mi monólogo interior y anterior a este, meto a la Ana Rosa Quintana con Thomas Bernhard y me quedo tan ancho. A Leopoldo María, aunque tuviera con él un encuentro desastroso que finalizó en una enfermera limpiándole las babas, tampoco le entiendo en esa lista. Por lo demás, Pérez Reverte me parece un articulista curioso y Armas-Marcelo un comedor de brasas adorable que gusta de ver a jóvenes masturbarse (esto me lo dijo él, no es una invención mía). Adoro meter El gran cuaderno entre las tetas de Belén Esteban. Quiero decir, me gusta la vida porque Kafka existió en ella. Y para retratos de famosetes ya estuvo la magnífica pluma de mi maestro Umbral.
 
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En febrero publiqué un libro de poesías en prosa y verso y ya (me dicen) está en imprenta mi novela sobre una vida vegetal inspirada en los frenopáticos que he visitado. No sé. A lo mejor ya me puede entrevistar Risto Mejide. Me cae muy mal esa furcia, aunque es bastante probable que sea prejuicio mío observar esto y anotarlo. No existo y eso, creo, se deja ver en cualquier escrito mío. Quiero abrazar a mi chica, pasarme la vida enredado en ella. Quiero leer a Néstor Sánchez y releer a Biéli. Quiero dar largos en una piscina por donde las estaciones del año sean tan difíciles de encontrar como los libros que he escrito.
 
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Hoy he soñado que Lezama Lima entraba en mi cuarto de baño y dejaba un zurullo flotando en el váter. Escribirlo no tiene tanta gracia como vivirlo, lo sé. Acto seguido me he levantado y todo estaba limpio. Quizá por ello se me ha ocurrido fingir sueños de suciedad, para hacer mejores despertares. Vivir y morir por todo eso. Se me ocurre que este estado pudiera, por una pluma más exigente, prologar la palabra "realidad".
 
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Acampadas donde esperábamos que las setas hicieran efecto mientras escuchábamos a Stevie Ray Vaughan. Yo ya era feo entonces, antes de convertirme en un cisne dorado (y también patoso). No quiero regresar a esa época. Quiero el no retorno al tiempo que abrazo el no futuro. Se lo he dicho a los hombros de Cecilia esta madrugada, aunque estaba dormidita. No quiero que le echen cacahuetes a mi cerebro por mucho que ahí dentro sólo pueda encontrarse un mono. También, por otro lado, procuro escribir Autorretrato con radiador de nuevo. Funciona. Está claro que puedo porque ya lo he hecho. Pero lo que escribo, en verdad, son las vivencias de un asesino con tres años de edad mental (como Richard Ramírez, pero sin violaciones). Sólo quiero permanecer, aunque no sepa ni dónde ni por qué. Esa pesadilla de los entierros, cuando el sonido de la arena sobre el ataúd se convierte en una hipnosis donde sólo cabe la palabra "nada".
 
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Para mí lo mejor que salió de los labios de Groucho Marx fueron las palabras: El que se aburre es porque es tonto. Y aquí estoy, facebookeando durante todo el mediodía. Una especie de miedo me mete en el cubo de la santa habitación en cuyas paredes vive el color mate de los libros. Leo y después intento escribir. Algo me vacía en el acto. La hora, abajo-derecha de la pantalla del ordenador, se encabrita. El afán me libera de cosas como Hay que ir a ver de nuevo a los Rolling e idioteces así. La vez que fui (hace 15 años) dije a cierta gente que no tenían derecho a asistir. Fran y yo nos reservamos el chiringuito y bebimos bien de ron mientras nos mirábamos y decíamos: Se necesita ser jilipollas para haber acabado aquí.
 
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Apenas éramos visibles para la demás gente. Nuestra idea de la diversión se centraba en fumar porros en unos baños donde casi no cabíamos e intercambiar libros (Henry Miller, Céline, Bukowski, Kafka, Burroughs, Ken Kesey, Nabokov...). Terminadas las clases a las que no asistíamos nos permitíamos, en Cascorro, una caña o dos, según el dinero que tuviéramos. Éramos casi felices en esos ratos. No nos importaba mucho el tiempo que hiciese. Alguno se echaba novia y un par de semanas después lo habían dejado. Tras nuestras charlas cogíamos metros y autobuses por separado. Recuerdo que, aparte de esta tribu que formaba con los compañeros de artes y oficios, cuando estaba solo, la gente quería pegarme. No soportaban mi aspecto o qué sé yo. Pensaban que les robaría cuando jamás he robado a nadie. Otras veces se acercaban a mi oído para pedirme costo. Recuerdo que era excepcional lcuando me duchaba. Con el tiempo intentarían matarme. Pasarían dos años hasta que me corregí. Lo hice por lo poco que yo entendía de la eternidad, no por mí ni por mi familia.
 
 
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