sábado

El invierno

Corría el aire densamente
en mi pequeño pueblo.
Para refugiarme decidí ir corriendo
a la piscina climatizada
y allí hacer los largos
que mi cuerpo me pidiera.
La encargada puso una equis
en uno de mis diez viajes
y me señaló las duchas.
Mientras me cambiaba...
tenía miedo de que
los demás perdedores
se fijasen en mi polla
que se encontraba encogida
como con miedo.
Un hombre alto entró
y me saludó con voz de barítono.
Respondí al saludo tímidamente
mientras me colocaba el bañador.
El resto fue milagroso,
el agua estaba tibia
y tenía una fila para mí solo.
Tras el quinto largo comencé a toser
y volví a las duchas.
Los calcetines no me entraban
mientras otro anónimo
silbaba al tiempo que se repartía jabón.
Después salí a la calle con la cabeza
en ninguna parte en concreto,
fui al bar de Toni y
me tomé tres whiskies.
Reparé, ya en el bar,
en que nadie me miraba.
El agua, probablemente,
me había vuelto invisible.
No, no era el agua.
Así era cada día de mi puta vida
en los inviernos de esa época.
Volví a casa corriendo.
Todo acababa resultando una lucha
contra el frío, recuerdo hoy.
Al llegar, mi abuela me preparó un huevo
y poco después me llevé un libro a la cama.
Habría de dormir bien
para soportar un nuevo día
idéntico al anterior.
.

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