jueves

Textes pour rien (y pico)

La primera vez que nos vimos, sin apenas notarlo, pequeñas heridas se abrieron a lo largo de nuestros cuerpos. Mientras vaciábamos un par de Guiness toda la química capaz se entremezclaba llamando, asunto por asunto, a la vitalidad mutua que desarrollaríamos más tarde. Hoy día, estás junto a mí, por mucho que hayas iniciado un viaje hacia ti misma. Te llevo conmigo al bar y la gente me pregunta po...r qué voy solo. Allí me agarro a periódicos desactualizados que sustituyen mi conversación con tu ausencia. Afuera hace mucho frío. Me dan pena las ovejas de Pititi, que a veces se pasa a saludar, puestas en un campo donde hiela todo el día y comiendo escombros donde la hierba ya desapareció. Pititi me dice que qué bien vivimos los jubilados y yo le digo que sí, que vale, que le invito a un botellín.
 
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Cientos, miles, qué sé yo. Tumbas esperando bordar nuestro nombre, dejarlo ahí como si tal cosa, mientras los tiempos, cambien o dejen de cambiar, ya no nos dicen nada ahí abajo. Puedo ver mi muerte, es un día como hoy, con frío. La gente acude a la tumba no sé, ciertamente, para qué y yo ya no confío en renacer. Soy la nada del otro lado del espejo, del otro lado del pellejo, festín para insectos de tierra. Mi esqueleto, separado del tuyo, no dice gran cosa. Ni siquiera tiene cierto atisbo de gracia. Quede claro que no he osado probar el ajo. Son sólo cosas que viven en mi mente el rato que tú escapas de ella.
 
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Tengo de vecino a Jesucristo. Es un tipo discreto que nunca pasa a pedir aceite o huevos. Hoy hemos coincidido en la escalera del ascensor y me ha dicho que le va tirando, que está de mecánico, que yo qué hago. Le he dicho que le rezo mucho. Acto seguido ha soltado una tímida carcajada. Dice que siempre hace lo que puede por quienes le rezan, pero que su mente está en mejorar embragues. Hay que vivir, ha matizado. Ya en el ascensor le he preguntado si podía besar su mano santa. Ha accedido. Perdona los tiritones, me ha dicho, es que estoy tratándome la artritis.
 
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Hoy le han dado a elegir un Audi a cada jugador de la plantilla del Real Madrid. Pero, aunque se lleven el coche por la jeta, he pensado: Pobrecitos, con lo difícil que es elegir.
 
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Rompí desde hace dos años con mi costumbre de hacerme pasar por loco (bipolar, esquizofrénico, etc... da igual el nombre que le pongan). En todas mis compañías siempre había alguien que le tenía que decir a los demás: es diferente, especial. Vosotros ya me entendéis. Incluso tuve compañeros que casi rozaron la difícil amistad con mi persona a los que jamás saqué de dudas. Uno llegó a ser jefe mío ...y casi le cuento mi secreto pero ¿Cómo quitarle su buenismo cuando contaba a alguna persona importante que había concedido un puesto de trabajo a alguien así? Total, mi sueldo no aspiraba a pagar el transporte público. Esos eran mis amigos, más tarados que yo, gente que era infiel a sus parejas e iniciaban amistades por dinero. Nadie se merecía saber mi secreto, pero comprendí que también estaba mal por mi parte, ya que había gente que sufría de verdad. Hoy un nuevo amigo me ha saludado empleando la idea de trastorno hacia mi persona y compartiendo su debilidad. Enseguida me he sentido arrepentido. No estoy loco, y esta idiotez es capaz de defraudar a muchas personas que he ido conociendo a lo largo de los años.
 
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viernes

Memento mori

Patti Smith está en el estudio justo antes de grabar su canción Memento mori, dedicada a William Burroughs. Se dice que él merecía más que nadie una canción. Él lo merecía todo menos morir, aunque tuviese ya noventa y dos años y una vida dedicada al arte mayor y el vicio. La muerte para él fue un libro más, un experimento más, se dice Patti Smith. Y una lágrima cae de su ojo porque recuerda la vez... en que lo visitó y le dijo que tenía hambre, y el bueno de William S. Burroughs le tendió un pescado para que se lo hiciese. Todo era tan tierno a tu lado. Ya no volverás a enseñarme tus armas. Ya no volverás a tener miedo, William Lee de mis entrañas. Tú eres mi carne, ahora que he llegado a ser una chamana que sabe amar tanto a Rimbaud como a Bolaño. No me olvidaré de tus párrafos en Ciudades de la noche roja. Los recitaré en mi canción dedicada a ti, mi viejito con cojones, símbolo de la droga y la homosexualidad. Te amo, William Lee. Perdóname si la canción no sale deputamadre. Son los nervios que recorren con voz de muerte mis venas. Llegaré a casa y me tomaré un zolpidem, entonces me acordaré de cuando Zappa y toda la pesca fuimos a saludarte al aeropuerto. Abandonaste el búnker que, dijiste, no había que abandonar nunca. Tú eras Tánger, Londres, Nueva York y la ley del flaco. Hoy dormiré y mis sueños velarán porque despiertes en un mundo mejor, donde se escriban panfletos mayores a este y, al fin, seas coronado, coño, porque, no sé dónde lo leí, los EEUU tienen en ti a su Duchamp.

jueves

Textes pour rien (La casa de hojas y The kids are allright)

No tengo órganos, o dentro de poco no los tendré. Los cambio todos por libros. Ese, por ejemplo, de moda: La casa de hojas. Doy mi hígado por él. Podéis tocarlo, el hígado, digo, no el libro. El libro ni se os ocurra. Sólo lo tocaré yo. Oleré sus páginas con olor a nuevo y veré si la prosa equivale a un hígado. Tengo más, libros e hígados. Todos pueden ser tuyos, podrían, consígueme libros que beber. A estas alturas estoy borracho de Ella y con eso basta. Ella también me toca el hígado. Hasta le dejo que toque el libro. Lo bebemos juntos mientras comemos hígados de otros, mientras otros hígados crecen en el hueco del nuestro.

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Me han dicho que el libro de moda está en el fondo del mar. Deberé bucear muchos kilómetros. Bocabajo el agua se percibe con mayor intensidad. Más aún cuando te entra por el traje de buceo. Los peces apenas molestan. Al principio creí que querrían comerme, pero he terminado comiéndoles yo a ellos. Todos me temen en el océano a la par que no encuentro libro alguno. Quizá mi libro de moda es este vi...aje. Conseguiré La casa de hojas sí o sí, por mucho que aquí abajo las páginas se hayan tragado el resto del mundo. Lo fácil que hubiera sido pedírselo a Marta... Acá abajo sólo veo esqueletos de libros futuros. Todos tienen muy buena letra, aunque sueles perderte en la trama. Los peces devoran tramas de libros por escribir. Son mis libros, los que escribiré y los que no escribiré. Sé que esto no da miedo. Mis libros, los que escribiré y los que no escribiré, no son como La casa de hojas. Con mis libros entran ganas de ir al baño a defecar nuevos libros míos. Al tirar de la cadena, puedo oírlo desde la inmensidad de este océano, un nuevo libro por escribir sale a la venta. Los quiero todos, por mucho que ya no quepan en la mar en que se ha convertido mi casa.
 
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Recuerdo la anómala tarde en que hube de deshacerme de The kids are allright en su versión en VHS. Ya me había deshecho de varios más, como el Woodstock de Hendrix, pero me quedé mirando la carátula. Las caras de los componentes de The Who me miraban compasivas. Iba a necesitar reunir fuerzas entre miles de lágrimas que no eché. Pete Townsend y Keith Moon estaban en mi habitación, uno vivo y otro ...muerto, diciéndome que lo hiciera y yo, vivo y muerto a un tiempo, lo hice. Era tan fácil como deslizar los dedos en el contenedor. Pude echar antes Quadrophenia o Tommy pero ¿The kids are allright? Después de lograda mi hazaña, llegué a casa y abrí la botica. Me metí un Rexer 800. Todavía no he despertado del sueño. Sueño mares de The kids are allright. Cuando despierto un poco reúno las suficientes fuerzas para ponerlo en Facebook y así hacérselo saber al mundo. Tiré todos mis VHS. Otros, leí, los venden. En el estercolero Jim Morrison y Mick Jagger se cuentan chistes de el Lepe mientras beben zumos de piña caducada. Y The kids are allright, no muy lejos, me recuerda que, por un momento, pude ser uno de ellos versionando My generation en Valseca, al lado de tanto garbanzal.