lunes

Textes pour rien, again (4)

1. Estoy pensando seriamente en la muerte. A veces pienso en ella de manera menos seria que hoy. Estoy pensando en la muerte de una manera tan seria que, siendo la misma que cuando pienso en ella de una manera menos seria, sigue aquí, como yo, como nosotros.

2. Ya llega la hora en que los grajos cantan como ellos saben al diosecito día. Un día que no es una miga de pan ni lo parece, sin embargo, trae la dicha a estos hacedores de gana animalejos, que rinden su pleitesía a la par que yo miro youtubazos y me veo, entre programa y programa, la cara en el cristal negro de la pantalla. Me veo gordo, dichoso, en buena forma casi, rendido y prendido de amor por una dama a la que de vez en cuando oigo, en mis imaginaciones, respirar dormida. Su mente, como la mía, está hecha de sueño y pólvora. El cañón recortado de mis amaneceres la apunta siempre sin disparar. Creo que dice algo así: Vuelve a casa, mi amor, que no poco me ha costado encontrarte.

3. Recuerdo estar en la caverna, casi tocado por la dicha del ácido. Un par de sustos me vedaron el miedo y conseguí entrar. Allí, en esa oscuridad apenas alumbrada por Diógenes, vi la necesidad de perdonarme y, cuando al fin, me di muerte a mí mismo, noté que respiraba con mucha mayor rotundidad.

4. En un par de ocasiones he escrito novelas de tamaño superior a 150 páginas. Hoy comprendo que eran un ensayo para mejorarme en los sms que le envío religiosamente a mi amada cada vez que estoy lejos de ella.

5. Jamás tomé notas en las clases de apuntes. Mis obsesiones fueron las curvas en el dibujado del tallo de una rosa y la dedicatoria apropiada al desierto, con sus leves oasis, que manejaba dentro de mi cráneo.

6. Ella siempre duerme. Mientras... yo escucho a Chiquetete. Me hago preguntas horrendas acerca tanto de verdades como de inexistencias, y llego a raras conclusiones. Zuckerberg es nuestro chico de los recados, a veces.

7. Mujer libre de hoy, te animo a que te metas en la mente de Chiquetete: Cuando Ella te dice que estás echando en el suelo la ceniza ¿Qué es mejor? 1. Zurrarla. 2. Violarla. 3. Las dos cosas (eso sí, siempre cantando).

8. No le deseo la muerte a nadie pero, en más de una ocasión, me he imaginado delante de mi enemigo (atado con cinturones) con unos alicates sacando y sacando dientes y muelas mientras hago que las examino y digo: Curiosas piececitas.

9. cómo decirlo: esta tormenta significa que ella está cerca. Llueve por debajo de mi piel dejando al suelo desprendiendo un olor a humedad que nace del hígado. Ahora ella ha salido, en paraguas, a un recado. Yo le espero lloviendo por dentro, con nubes de plata acariciando mi vello. Joder, mola el amor. Quien diga que esto es ñoño que se pudra de sol en la piscina de un barrio suburbial a manos de un helado de crocanti. Encima, mi atleti va ganando 0-2 a un pobre Numancia.

10. Alberto Masa, El escritor del amor, ha sentenciado: "Cuando escribo libros se me enamora el alma, se me enamora".

11. Un friki es una persona que no sabe lo que dice y, a lo mejor, alguien que dice ser escritor sin serlo. Un glorioso aspirante a eterno estudiante de la nada. Un mantenido que habla por los codos de su mantenimiento.

12. Produce cierto alivio saber que, mires donde mires, un gato ve arrinconarse el paso del tiempo desde cualquier calle. Esos que, cambiando el orden de los nombres en aquello del Esplín de París, ven la hora en los ojos de los chinos, nos llevan ventaja a la hora de captar movimientos fraudulentos, porque serían los primeros en llevarlos a cabo si tuviesen forma humana.

13. Estados como este: "Cuando te falten las palabras,
permite hablar a tu corazón..." dan mil vueltas a los míos, donde el corazón se encuentra pegado a la palabra hasta la apoplejía. E incluso sería más correcto, por mi escandalosa parte, decir que el corazón es la palabra y que valoro a la gente con palabra como a gente con corazón y lo contrario. Pero son sólo cosas mías (y de Wittgenstein, supongo, poco amigo de aventuras facebookianas).
 
14. Luego en el pueblo se piensan que soy alguien, pero se equivocan. Todos se equivocan menos los que me han plagiado la vida, que no son pocos.

15. Parece una verdad inversa el que ya haga casi dos semanas sin Manuel Fdez-Cuesta en el mundo. Parece una mala broma que pase el tiempo diciéndome que pasa sin estar él.
 

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viernes

Textes pour rien, again (3)

Recuerdo aquella tarde viendo contigo la película del mar. Recuerdo que tú eras Burt Lancaster cantándome Ay, mi pescadito, no llores ya más. Y recuerdo llorar, agarrado a ti, abuela, porque yo era tu pescadito (y lo sería hasta tu despedida). Era un sábado cualquiera de primavera. Después de eso nos fuimos al Copasa a comprar verduras y frutas y yo seguía siendo, ay, tu pescadito. Echabas las redes y ahí aparecía yo multiplicado, el sol doraba mis múltiples escamas, porque los seres humanos aún tenemos escamas en los dedos de cuando en otro tiempo pertenecimos a la mar, en femenino, como la llamaba Hemingway. El abuelo se iría al poco tiempo. A mí me engañasteis y me tuve que quedar a dormir donde el vecino. Al día siguiente me dio la noticia. Hoy mi padre le supera en edad. Ay, mi pescadito, deja de llorar. El mundo es esa mezcla del mar con el cielo que se da en el horizonte. En esa ralla nos veo, a mí, y aún a ti, implicados en el tejemaneje del mundo, en el palacio diurno de las estrellas. Ay, mi pescadito, no llores ya más.
 
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Envío al pairo las solicitudes de angelicos por encargo. Los veo idiotas en su convencional forma facebookiana, a los pobres angelicos, que fueran negros en el pintor de Machín, que pintaba con amor, coño, como debe de ser. En mí los angelicos son fieras del parnaso a punto de ser suicidadas por los caídos (que son varios y deformes). Apenas me conformo con los ángeles de El Greco cuya luz no se sabe nunca de dónde les viene, si de ellos mismos o de la cúpula del lugar donde se encuentran tranquilos, volando o leyendo Las sombras de Grey. Una vez tuve un amigo ángel. Murió dormido en su coche, encontrado en cualquier cuneta. Debí acompañarlo en su ligero y joven vuelo alcohólico. Los ángeles nos miran a él y a mí diluyendo quién, con apenas 20 endiablados años, caerá de pie sobre el jabonoso asfalto.

 

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Sentado, entre mis libros de viejo, apenas es importante para mí haber sido defenestrado por un mundo de la literatura al que, en presencia, cercana, y entiendo sincera por cercana, nunca permanecí (menos aún en entrega). Llamo a veces a esos escasos amigos escritores. Observo cómo se ven reflejados en su merecidísimo espejo de éxito, duende, nada y bar. Al lado suyo mujeres que no existen palpan sus deshilachadas braguetas, sujetas por un imperdible con el que, al cerrarlo tras mear, se pinchan un poco. Envío mis obras a sus editores (obras que no leen). Me dicen que el tiempo me colocará en mi sitio, pero no sé a qué sitio ni a qué tiempo se refieren. Sé que es mejor enviarlos a una carnicería que a una editorial porque al menos te hacen lonchas. Por lo demás yo sigo aquí, en espera de recogerme, hibernado, en los brazos de Cecilia. No me gustaría tener que escapar jamás de ese regazo, ni para coger el puto móvil.


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Mi niña se ha dormido. Cavo una fosa para meterme dentro y soñarla. Alguien echa tierra y yo digo que no estoy exactamente muerto, sólo que, explico, mi chica se ha dormido y no sabría cómo comentar en Facebook los diámetros que la tragedia contiene en mi alma. Me ha preguntado, el echador de tierra, qué es el alma. Me he desnudado. He dicho: Esto es el alma. Él ha dicho ¿Entonces echo la tierra? Y le he respondido que sí, ya que estaba, que para qué iba a andarse con tonterías.

 



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Voy a tomarme una pastilla para conciliar el sueño. No suelo hacerlo, jamás en los últimos tiempos. Pero es que hoy veo escritores.
 
 
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Ella es mi naturaleza. Cuando duerme el sol se apaga tras cada cordillera por la que me veo rodeado. En las trincheras no hay ganas de hablar (Wittgenstein lo sabía). A veces la imagino usando de visera una flor. La sombra de la flor da de lleno en la flor que, de por sí, es su cara. Una flor, así, queda tatuada por un momento en otra, al menos hasta que ella se acuesta y yo me pongo con los cables de mi tío. Enciendo una bombilla que nunca sé muy bien dónde está y arranco. El trabajo es un no-trabajo, un no-pensamiento. Toda la filosofía que aprendí de joven en la universidad está contenido en él. En las trincheras el viento es el ventrílocuo del humo esparcido por no sé cuántos cigarros.
 
 
 
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Apunte último del día (un truco): Escribe bien y mucho, y jamás cuentes absolutamente nada en lo que escribas. La gente lo valorará mucho más y mejor. Serás hasta más guapo de lo que ya eres. Hazlo y verás. It´s magic.


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miércoles

Textes pour rien, again (2)

Normalmente el proceso consiste en teclear y punto. A veces puedo notar las sombras de las palabras escurriéndose desde mi laringe hasta la punta de la lengua. Después de eso las traslado a los dedos (tecleantes), que son los que han de decir y decirse en la hoja en blanco. Es un proceso en el que, naturalmente, ocurren asesinatos y también no ocurre nada. Uno sigue sentado y el tiempo pasa. Las hojas en flor del cactus se amoldan a los devaneos de la forja que las aplasta. Tan pronto llueve, como hace sol, en el limbo de las imaginaciones. Una película cuyos actores improvisan todo el rato está tocando a su fin. Ya va siendo hora de que nos deje a solas con nuestros sueños.

 
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El napalm me dejó ciego mientras los explosivos caían en mi derredor. Me metí en un edificio abandonado, una especie de fábrica donde había piezas de pianos rotos. Allí permanecí comiendo ratas hasta que mi barba llegó al pecho. Soñé con usar los pelos de mi barba como púa para rasgar mis pulmones y acompañar los sonidos rotos de piano. Toqué teclas aquí y allá hasta que la guerra acabó no dándome yo cuenta. Más tarde me rescató mi compañera. Me dijo que necesitaría una buena ducha y atenciones. Me pareció que tenía alas de tanta fragilidad en su imagen, pero su voz era de mando. Me abracé a ella y di gracias a todas las personas que, alguna vez en su vida, han sido mi madre.
 
 
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En tus ojos el universo es un dilema al borde de ser resuelto. Me busco en ellos hasta dar vueltas en una habitación vacía. No me malinterpretes, Cecilia, es mi manera de ver el mundo. Sin ti no puedo verlo. Su plenitud me es negada en tu ausencia ahora que duermes. Procuro pertenecer a tus sueños. Esconderme en un rincón de tu inconsciente y escuchar allí las verdaderas canciones que oyes tú cuan...do, por las mañanas, te toca levantarte para ir a trabajar. Déjame llevarte el bolso. Mucho más no puedo hacer a cambio de descubrir la verdadera naturaleza de la vida en ti, donde por fin aflora y es algo más que la vida. Una flor que gustaría de regalarte un domingo cualquiera, en una tarde anodina, bella, aciaga.
 
 
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Antes encontraba retazos de tu vida pasada tomando vino de borrachos entre borrachos profesionales. En mis frecuentes vómitos encontraba que eran puzles que debía resolver. Una vez dejados a la mano de dios pasaba la fregona. Luego apareciste tú y todo el mundo me dejó en mi silencio, pues es respetuosa la gente para darte un silencio que has ganado. Es el único lugar donde puedo evocar tus porciones venidas de 800 vidas, de 1000 mujeres colocadas en una. En los mares de mis anocheceres tú vendas las olas pequeñas antes de que avancen sus rizos de luz hasta la cala en donde yago y me despierten de esta fantasía donde te llamo luz de luces y beso la lágrima intacta de nuestras respectivas existencias (si es que yo tuve una, allá, en los edificios para enamorados sin remedio entre los que había muchos masturbadores apañándose mientras tú/yo, quieto, tomaba/s el desayuno de las nueve de la mañana).
 
 
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Hoy lo he entendido, tras enchufarme unas gotas asesina-receptores, ella es una sombra superpuesta a mi sombra. Juntas dibujan la silueta de un nido. Allí nos acercamos y somos dichosos con tan sólo dos sombras que, en ese momento, son una sobre otra. Los pájaros pían desde el mundo que sucede afuera de la ventana en el mientras tanto. Y eso, lo llamen como lo quieran llamar, es luz. Es Dios. Es Cecilia.
 
 
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En tu estrechez benigna soy un punto y aparte. La frase que viene a continuación es de pedida. Necesité escapar de mi cabeza para asimilar la tuya. Hoy me mezclo con su química y no sé, a veces, en qué día estamos. Pero ¿Qué importará esa nimiedad si estás conmigo?


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Todas las noches del mundo pelando cables. A veces me hablan. Son verde primavera como algunas serpientes. Me ofrecen frutos del Mal que yo no rechazo. Manzanas que alegran mi paladar, muy rojas, como manchas de mora, la mancha de mora que es un punto localizable en mi podrido corazón. Me duermo con los cables en la mano venido el amanecer, sobre las seis y media de la mañana, y pienso en la moza que es ella y, al tiempo, son todas las mozas. En los latidos venideros que asiento en el interior de ella. Sueño letras. Del tintero se derrochan sinfonías de tachones que vienen a explicar mi vida y la suya, ya sea dormidos o despiertos.
 
 
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martes

Solamente el demonio

Recuerdo aquel primer verano de los sentidos, la conciencia tozuda del calor resbalando por la espalda en forma de agua. La transparencia del agua y lo que significaba bajo ella un cuerpo remoto, adusto y plácido. Los rebaños de las ovejas cerebrales iban de un lado a otro con cencerros salidos del espacio exterior y yo aceptaba a mi novia como a la primera mujer que el mundo había concedido a su reinado, pues reinaba el mundo en el mundo, pareciera que por primera vez. Sus ojos y los míos eran una significación de un brote de olivo sobre los pastos donde bailábamos un vals que no tenía fin. Los cisnes nos miraban desde su aguda esbeltez de cabizbajos profundos. Agarrábamos sus cuellos de tazas de té y asesinábamos el mar con nuestros sexos. Todo principiaba a ser maravilloso por eterno, y hasta musical. Los pastores saludaban al hijo de pastor que yo era y, en los anocheceres, la luna nos miraba por sus dos caras. Así de deprisa viajaban nuestras sombras. Luego hube de dar a mi mujer en sacrificio y, como precio, me sajaron la garganta. Qué fiesta de vino la sangre chorreando. Qué fiesta de vida abandonar la eternidad para siempre. Qué dicha de veranos amortajar la belleza de un sol perfecto, violentado tan sólo por las nubes de mi culpa. Cuajarones de sangre como granizo inventaban un nuevo amanecer sin mí, sin ella, sin nada. Bajo la charca roja, la parca miraba a su reflejo reinventarse. Solamente el demonio, tierno, vil y con cara de matemático, sabría contar nuestras tres historias.