martes

El vientre


 
Vivo en la cocina. Allí estoy sentado, día a día, pensando su imagen mientras mi loro lleva aproximadamente dos semanas sin hablarme. Allí me persigue su probable no existencia con la cercanía de la enfermedad de Charly. Allí me acabo de tirar por la ventana, pero es un bajo. La música me alegra, me rejuvenece. Me han dejado muy bien para antes del funeral, pegados los labios y maquilladas mis costras, quiero bailar entre los ramos de rosas que ha puesto alguien de mi pueblo que, con toda justicia, no se acordaba de mí. Ella es el ángel de la vida y de la muerte. Sus lagunas de no existencia son yo. Y yo las vivo plenamente en lo que mato al resto de personas que alegraron esta noria ajada por el paso de los otoños. Miro su foto cuando me muevo. En mis sueños nos acariciamos en una playa donde han situado a unos cuantos ciegos de cara al mar. Mi loro, creo, ha asumido mi melancolía. La ha cogido con el pico y situado bajo su plumaje gris. El corazón ahora le late cada vez más despacio y no me he inventado, para nada, que ha dejado de hablarme. Ya no le habla a nadie. Afuera de su jaula, en una jaula un poco más grande, yo friego, recojo vasos, fumo, toso, despierto en tanatorios, etc... Abrazo la tarde, pues es la promesa de la dulce voz en la que se encuentra metida mi casa, incluido mi loro, su enfermedad y mi melancolía asumida bajo su plumaje... Todo se despierta, por fin, en un mordisco de la boca de mi vida y su frágil y vigoroso vientre, aquí, en la cocina.

 

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No andaba descaminado. Charly ha aspirado durante demasiado tiempo el humo de mi tabaco. Se filtraba el mal por sus dos ranuras del pico y yo sin darme cuenta, que tampoco es que no me la diese. La enfermedad, apenas lo dudo, hace bolillos con los hilos de sus bronquios, y yo eso lo veo, con la cara del actor que le secunda (habiendo él sido yo durante toda su existencia), desde el espacio en que se sitúa la jaula de afuera de su jaula, que es cuadrangular como uno adivina el mundo cuando ha pasado demasiado tiempo entre cuatro paredes.

Mi momento es el de un padre que ha perdido al niño en una estación de metro. Nuevas caras y cosas, vagones, se suceden y veo a niños cualquiera ser El niño, pero el niño de verdad, el que vive por sobre mi yo y sitúa a mi alma (gastada, como mi cuerpo, de tos), no aparece, aunque ya aparecerá, se me ocurre. Tampoco hay que ponerse dramático.

En el vagón también está la voz que espero a solas en la cocina, pero rechina, porque el planeta es ruido. No se olvida de frenar en cada estación mientras acá afuera sólo hay un árbol, mecido por el viento caluroso del verano, y su alegría de niño jugando solo en un columpio.

Ella ha venido de nuevo a mí, acompañada del papeleo con caligrafía cuidada que es su vida. Ha venido a ponerme bien las tildes y llevarme a un lugar donde poder extraer imágenes que, sin duda, cuando vuelva, echaré de menos. Y en lo que no estoy, alguien se ocupará del loro. Él me lo ha dicho ya, antes de partir (aún no sé si él o yo ¿Quién antes?): ¿Toda la vida siendo tú y ahora me abandonas, cacho perro? Si hubiera habido en el momento algo de fuerza por parte de mis sentidos le hubiera ladrado, lo sé.



 

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Echarte de menos... Llorar mundos al mundo con los ojos cerrados de quien se está mirando por dentro... Abrazar, en soledad, lo que imagino que es tu sombra. Antes, en vida de mi primera madre, que fue mi abuela, era más fácil. Por san Juan nadie nos movía del pueblo y comíamos sardinillas en la hoguera, al lado de la antigua ermita, y luego, recuerdo, el abuelo me daba para un polo de vainilla y yo veía, en ese sabor, la belleza natural de mis madres, que eran mi madre y mi abuela materna, y también lo sería mi tía Pepita que, siendo yo un antes de nacido, pues contaba con tan sólo ocho meses, pero ya había escapado del vientre, me llevaría a ser bendecido a la iglesia en que, feliz como una luciérnaga (tengo fotos), se casaría con Jaime. Teniendo tantas madres me pregunto si he tenido alguna en lo que te veo a ti, de niño, en aquella hoguera de por san Juan, jugando conmigo al sabor de los helados y correteando todas las eras en el verdor hoy pajizo de la vida, en el verdor verde de la vida, en los dibujos animados de la existencia en nuestras retinas de nuestros bondadosos y amistosos héroes de entonces, traído todo a este hoy, a este gris cocina de mármol, donde la amistad ha muerto y tendemos a beber de su propia sed un par de whiskies entre risotadas yermas, ruidosas como motos que vienen de su estreno al accidente donde perdió la vida, apenas sin enterarse, mi primo pequeño. El Nicolás que fui en mi abuelo y que volví a ser en el nacimiento de aquel niño que vino con una familia bajo el brazo que ya no existe. Echarte de menos, hoy, en esta cocina donde mi loro recupera su salud y por su ventana veo disfrazarse el viento de calor y de piscina de barrio, con los ejércitos de niños que son yo aprendiendo a mantenerse en el agua de mano de simpáticos y musculosos tutores. Yo he nacido para amarte y ser también hijo tuyo, pero te necesito al nacer (tú me has nacido) y también para cuando muera, pues toda mi verdadera biografía la significas tú en tu mano, la vez en que me recogiste el pelo tras salir del Mediterráneo y yo no pude evitar estrecharme entre tus labios, entre tu cuerpo, entre tu todo, bestial e ingenuamente, como aprende a entrar uno, de crío, en su propia naturaleza, en aquello que, "sin duda", le pertenece.
 
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sábado

Tras la acostumbrada hoguera del solsticio

"En el estanque de la tradición, croan muchas ranas perezosas.
En los surcos de la conformidad, reposan los pájaros muertos"

(Cristóbal Serra, Granos de polen)



 
 
Mi nueva vida alejada de literatos en una decisión propia, a la par que ajena, que es bienvenidísima:

En los últimos años he podido ver con más claridad que cuando la pasión era exacta, que la literatura ajena, a la par que lo que yo hago, me ha construido de cara a mi alegría. En esto también participa mi mujer, claro está, y noticias como la venida al mundo de Marco, mi sobrino, por ejemplo. Mi... trabajo como cablista es arduo, pero me deja tardes y noches libres para leer. Es sabido que mi locura es ejemplar, quiero decir: yo no duermo porque no creo en eso. A la par que hago cables también leo y no por ello dejo de participar del pan sobre la mesa y la importancia del hecho. He tenido que alejarme del mundo literario (como dije en el subtítulo: en una decisión ajena y propia a la par) rotundamente para poder disfrutar de la verdadera felicidad que se encuentra en el fondo de los libros. Me leo a mí en lo que leo, en lo que trabajo, y estar cerca del negocio de talentos roba muchos minutos y hasta no pocas equivocaciones. No creo en la competencia. La asumo como un yo que pierde el tiempo, pero que también va anidando esa pérdida sobre nidos llenos de folios, de los que picotean nuevos e imaginarios seres. A ellos también les debo mi alegría, cómo no. Esos monstruos que comparten conmigo mi tiempo en la oficina de cableados, cúter en mano, a veces se lo clavo en el cuello a alguno por equivocación, pero no les es molestia, sólo gritan un poquito antes de dejar de respirar.
 
 
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"Citando a Stevenson: El suicidio se llevó a muchos... La bebida y el diablo se encargaron del resto." (lo acabo de leer subtitulado en Waking life, de Richard Linklater).
 
 
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Hace casi un minuto me encontraba viendo Danny the dog en series.ly y, mientras fumaba, he notado cómo una pequeña pelusa salía de mi nariz al suspirar humo. En un principio he intentado darle caza suponiendo que se trataba de un mosquito. Del bandazo, ha ido a parar a la pantalla del ordenador. He decidido que se quede ahí haciéndome compañía. Quizá son restos de mi fiel amigo Óscar, el peluche, ...a quien, en un acto de justicia lírica, devoré a la edad de cinco años, al comprender que él no crecía y el mundo, es decir, mi habitación, era -sería- mía. Hoy ¡mierda! le sustituyen libros y discos de virtuosos del piano. ´Quemaría toda esa cochambre artística por abrazarle de nuevo. Y también por comérmelo de nuevo. Por crecer sin él, en esta misma habitación donde ya lo único que crece es la madera del bajo de la puerta que mira hacia una cama donde muy difícilmente podrían caber dos personas.
 
 
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Amanece sobre las ruinas de mi prestado pueblo. Ha sido la noche más corta del año y ya el sol derrite mis piojos. He estado viendo películas, mirando por encima hojas de libros, tomando litros de agua con algo de zumo de limón. Las bestias me azotan durante la ausencia de mi yo en Ella y sólo yo sé que no existen más que en mis imaginaciones. Se necesita alegría para encender un cigarro tras otro... si ella no está. Cuando acabo un litro de agua con zumo de limón he de convencer a mis músculos para levantarme y sólo lo consigo si les recluto uno por uno. Así también para reunir las fuerzas necesarias para abrir la nevera y luego usar el grifo y el exprimidor. En la cocina, desde su jaula, mi loro me pide pipas y yo se las acerco al pico. La noche más corta del año es una noche especial en donde todos los cubiertos brillan. Después de comer un poco de arroz, he fregado y vuelto a las películas, creo recordar: Antes del amanecer, Waking life, Danny the dog, Balada triste de trompeta (que no me ha gustado) y Monsier Verdoux. Ahora salgo al porche. Dentro de tres horas estaré con ella y llega la hora de mirar, veinte segundos tras veinte segundos, el reloj de pulsera. Es un sábado amable, lleno de primer día de verano. El cielo es claro, los pájaros cantan y mi loro, como si fuese uno de ellos en lugar de una copia mía, les imita, aprende de esa jauría de llorones las notas básicas de mi vida al amanecer. Soy casi feliz. El árbol que me impide ver el cementerio desde la ventana de mi habitación me mira también, entre intruso y cómplice. Su sombra me pregunta qué hago o qué hice. No sé si ambas cosas son una misma cosa. Una misma sombra.
 
 
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Textes pour rien, again


Ayer me puse a dar una conferencia, así, por las buenas, en un bar. Los fieles, a quienes yo se la pelaba, se terminaron acercando en cuanto me puse unas castañuelas en las orejas. En mi charla puse a parir a los hermanos Goytisolos y añadí que no necesitaba posturitas estilistas en los libros. Que yo quería rumba y muerte, fado y óxido en una caldera que todavía funcionase... que yo necesitaba el amor de mi chica, respirarlo, llorarlo, mamarlo, plasmarlo y morirlo, pero que ella estaba lejos. Hubo tímidos aplausos. Vomité un crucifijo. Les dije que sin ella la vida es un atún pelao. Lloré una barca desmadejada. Sudé una sirena muerta... Y luego me senté como si nada y pedí una cerveza sin alcohol. Bueno... dos. Una para mí y otra para mi sombra, esa paranoica que me sigue.

 

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Eso que llamé mi alma es un hervidero acechado por las moscas. El calor del verano pudre lo que de él hay fuera. Finalmente, el payaso renace. Da rienda suelta a su (siempre-nunca) silente carcajada. Se cae en ella hasta repetirse en el esófago, donde sólo hay palos, aún pegajosos, de piruleta. Un músico toca al saxo Tea for two junto a un perro tuerto. Echo de menos a Fofó, Gabi y Miliki. Juntarme con amigos o ex-amigos artistas me llama al hambre. No mentí hace media hora, cuando dije que sudo sirenas muertas, violines viejos, barrios por donde ya no paseo nunca, tacatás usados, baúles vacíos, ellas en Ella, casas de caracol sangrando, adioses de criada, muletas de pabellón en ruinas, biblias de hoteles cerrados, Cristos sonriendo, gorriones dormidos... cosas de esas.

 

Mi vida es una rata muerta cuyo hedor acaricio con todos los órganos de mi cuerpo.

Mi oficio es dar rienda suelta a un asno.

Mi pared del dormitorio son recuerdos que necesitan una buena mano de pintura un día sí y otro también.

Amanece sobre mi sombra. El silencio decrece con la llegada del alba. Ya ha pasado el primer metro y yo sigo esperando.

 

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Hoy he visto una manera de inocencia morir en un solo de Curtis Fuller, a una mujer de unos ochenta años gritar en plena calle Fuencarral que ha visto la luz, a una tórtola compartir con su cría un trocito de patata frita que les he tendido, a un hombre quemándose a lo bonzo en el fondo de mi copa de vino blanco... se ven muchas cosas que unas veces se escriben y otras no. No todas pueden caber en estos folios, claro está.
 
 
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