martes

El nudo de la noche


Desde la perspectiva que la luz ofrece observo un nudo marinero. Es la noche. Creí, sobre las ocho, que podría dormir a pierna suelta y sin contemplaciones, pero pienso en ti, que es otra manera de decir que pienso en mí. ¿Qué es Cecilia? Acaso una mariposa que se ha colado por mi boca y vuela a lo largo y ancho de mi cuerpo, dotando de viveza mis órganos vitales, por no hablar de que les concede un sentido.

Pasé la tarde “trabajando” en mi decimocuarta novela. Ella insiste en que no regale, en que publique y lleve a término mis cosas. A veces intento explicarle que mis contactos desaparecieron, que salí a ostias, que mi orgullo pudo más que mi noción de amistad, pero que sigue siendo cierto que si soy algo es amigo y que jamás he traicionado (más allá de exponer al mundo mis realidades, pues también en mí soy amigo, por mucho que sea un amigo al que personalmente deteste en ocasiones), algo que es distinto a lo que otros han practicado conmigo. En mi culo, me explico, caben bombillas enteras. Lucen en mi dentro y tú, mariposa, te acercas a guerrear con ese misterio, para luego regresar a mi cabeza que, en esta noche pacífica, es un maremoto que pide a gritos avanzar a tierra firme. Ten por seguro, amor mío, que si pudiera metería ese aparato en una jaula y le enseñaría a sólo prestar atención a tus caricias. El único dominio que me ha permitido tratar esto es mi afecto por el haloperidol, ya alejado de atractivas trampas como la perica y la bebida.

Cuando te concibo persona (perdona que te tutee, amor de mi vida, y de mis vidas) me agarro a tus nervios e intento dar con el enchufe que los conecta con mi cuerpo, en una lucha que va más allá de los sexos, pero una vez dentro de tu cuerpo me dedico a recoger flores que no sé qué nombres tienen con la ilusión de entregártelas también dentro de tu cuerpo, lo cual es una quimera.

Hoy la noche me ha sorprendido, la pesadilla me ha cogido despierto y te he llamado por si tenías el móvil encendido. Antes había pensado en palabras precisas, aunque no se me ha ocurrido ninguna. Intento dar con ellas ahora, un par de horas más tarde.

¿Teclear? El tabaco se acabó hace media hora y no sé si podré aguantar. Algún buen samaritano traerá pan a este prisionero político, a este nacionalsocialista herido.

Cómo decirte que no sé qué animal soy dentro de tu cuerpo. Quizás un lobo de estepa o incluso un buitre carroñero. De la cadena se deja escuchar el Aura, uno de mis discos favoritos de Miles Davis. Ya las primeras notas de la guitarra de John McLaughlin dejan entrever la psicodelia triste con recurrencia al misterioso de lo que trata el disco. Creo que es un disco muy honesto. E incluso creo que refleja bien esta noche. Este nudo marinero que se deja ver desde la perspectiva de donde tecleo esnifando el humo que hubo hace media hora en esta pieza y que ya no está. A veces siento calor, a veces frío. A eso y a esperarte se reduce mi vida. Pongamos que además procuro hacer bici todos los días y comer sano, aunque esto último lo incumplo de vez en vez.

La novela nueva va bien. Diría que saldrá mejor que la anterior. No sé qué más decirte. La última vez que hablamos ambos estábamos Ko. Yo me quedé velando la ternura de tu sueño y tú… te siento lejos. Intento deshacer el nudo de la noche para ver si cae el telón y un aplauso dirige mi atención a ti, lo más bello que acaeció en mi vida, reitero, en mis vidas.
.

sábado

Tonight will be fine


Me recuerdo postrado en aquel zulo, en el piso llamado de arribota de la casa de Valseca, encerrado entre líneas de libros, apenas sin respiración (el armario daba a la cama y yo lo usaba para sostener música). Hileras enteras de discos piratas y casetes compilatorios, literatura de Joseph Roth y J. R. Wilcock, un globo de la bola del mundo, borracheras donde salpicaba la fama mía y de otros, de vez en vez hacia la pila, seca, de la habitación de la caldera, con sus tubos y el techo casi cayéndose de la humedad. Yo era feliz, como hoy, momento en que espero la llamada de Cecilia, mi amor más rotundo de la vida junto con una familia que, poco a poco, iba desapareciendo. Salía al monte, al prado, a las eras y, en días de lluvia, como hoy, me dejaba empapar confiado en que eso me libraría de la ducha de los domingos. Hoy acabo de esparcir gel por todo mi cuerpo, recortarme la barba y lavado los dientes (el día 4 me harán 5 empastes). Leo a Carson McCullers (Balada del café triste y El corazón es un cazador solitario). Me gusta la cosa para antes de pasar a Modiano, de nuevo. Leo a Eudora Welty agazapado como en mi adolescencia (eterna), esa adolescencia que regresa a los 24 años y te dice trabaja pero, sobre todo y mientras tanto, no te olvides de ti mismo. Angelitos blandos de Dalí / Blake paseándose por una intimidad lacerada de antiguas luces y maderas (¿Qué será de aquella bola del mundo?). Hoy recuerdo que casi llevo siete años sin pisar esa casa. Aquel último día fui con un amigo (hoy desaparecido, pero creo que aún no resto de gusanos) y nos emborrachamos con Black Label y Chivas. En la tarde fuimos a una conferencia de Martin Amis en la que tuve en cuenta que parece alto y es bajo, según dijo Alejandro Gándara que, por el contrario, parece bajo y es alto. Allí me crucé con Enrique Vila-Matas. Alberto: Hola, Vila-Matas. Vila-Matas: Buenas tardes. Me gustó aquel Vila-Matas primero, que traía a Duchamp (aire de París) en sus libros, a Jarry, a Gombrowicz (Buenos Aires no se parecía tanto a París), a Roussell pasado por Foucault, a Apollinaire y Francis Picabia. Ya digo, a la salida unas cañas con otra amiga desaparecida pero aún sobre la Tierra y su marido (ídem) y, luego, Black Label a mansalva. Qué vueltas da la vida, el mundo. En mis sueños me recojo en experiencias de cuando tenía ocho años y, pasado el tren de la edad, uno regresa donde ya no puede (es el maldito empeño ese regreso) y pasa como una ráfaga otro tiempo bajo el mismo prisma del espejo del baño donde, tras arreglarme, preparo otra fotografía de móvil para enviársela a mi niña. Bebo limón exprimido en agua y, de pascuas a ramos, un chupito de vodka o (en vaso largo, por favor, no me traigan una de esas jodidas copas para señoras) mezclado con tónica. Amo. Amo mucho, ostias, pero cada vez tengo más futuro y menos pasado. Se lo llevaron esos idiotas que metieron cámaras ocultas para fliparlo con mi pajillería (incluido el escritor Armas-Marcelo, que antes debiera fliparlo con la prosa con la que he poblado mis inéditos, ya le tiré el jabón cuando coincidí con él y pretendió estar a la altura -aquel HK-) y luego salieron a una vida (la suya) con retazos de la mía y dijeron que yo estaba muerto (hay que soportar a niños y wannabees cuando muestras sólo una pizca de mirada inteligente a la barriada). Era mejor jugar al fútbol. Yo tuve un Mikasa que me duró seis años. Luego lo jodieron los niños del colegio, se rieron cuando el puto balón pegó la reventona y, luego, con lágrimas en los ojos y un sentimentalismo que procuraba parecerse a mi natural sensibilidad de 16 años, me regalaron una patata que yo di a buenas a los pobres de Malabo, para que jugasen cuando yo ya no estuviese, cosa que, a mi vuelta, les pareció mal, y es que nunca supe cómo acertarla. Hoy espero a Cecilia, ella me hace acertado y yo voto por su semejanza e imagen, sigo masturbándome como un mico y toso, a veces cuajarones de sangre (mariposas de Koch en realidad, en homenaje al primer cuento del irregular Antonio di Benedetto). Vuelvo a los ensayos de Montaigne (no sé no hacerlo), vuelvo a las Confesiones de san Agustín (ídem) e incluso hasta el Tao volveré algún día, en homenaje de cuando lo leí y, mis abuelos me perdonen, no sabía lo que hacía. Llueve afuera, espero a mi chica. Quiero estar con ella, beber a gusto en nuestro zulo y respirar hasta que se acabe ese aire nuevo de los geranios que ambos hemos colocado en lugar de donde había música. Follar, probar su ano con la lengua, sentarme en sus rodillas a que me cuente el cuento de mi vida (que es solamente ella) y, luego, al revés, que ocupe ella el lugar del cuento que la leo. Leernos cuentos al salir del trabajo, en eso consiste lo que hace soportable esta maldita y malnacida mente, que también los posibilita. Te quiero, Ceci, una vez más, durante toda esta noche y muchas nuevas.
.

lunes

Cecilia o el sol mismo (y mi mente)


Es usted el sol mismo. La vida cobró sentido con la asunción de esta estrella. Era el año uno en la época donde yo, más o menos, estrenaba mis ya olvidados 35 años. Su reino me levantó hacia la vida que yo podía ser, con o sin usted, pero tiemblo al escribir esto, pues todo lo que no es usted le pertenece a una oscuridad donde ya he vivido.

Usted da cobijo y sombra a las lápidas que he de olvidar. Y sí, me acuerdo de ser hombre y, al tiempo, me acuerdo de ser niño. Concibo mi muerte a través de sus ojos y sé, gracias a ese gesto suyo de dar hacia mí (donde supuso una vida que quizá no haya), sé que vivo donde no hubo vida. Me entero que formo parte del descubrimiento de agua en Marte. O algo así. Todo sin querer. Todo por usted, Cecilia.

Perdone mis escritos (palabras son). Perdone que insista en una sola idea, en usted como idea, cuando son usted todas las ideas del mundo componiéndose en mi pantalla como un tetris nivel quince. Allí donde yo perdía. Donde la velocidad me eliminaba del juego. Tampoco una idea es un juego. Usted es todos los juegos. Todas las tramas. Usted es la fantasía ideal para construir mi vida. Y también el soporte, el paisaje, el tiempo. Usted lo significa todo y me congratula complacerme en la sola idea de que usted sólo tiene un cuerpo ¿Cómo será posible? He conocido gente que son cuerpos enteros vagando por la Gran Vía en días de lluvia. Sólo usted es una. Yo soy la palabra cero. Permitirme ser uno es lo que hago escribiéndote / escribiéndole.

No entiendo la vela que vive en mi cerebro, a veces apagada, a veces encendida, siempre supurando cera candente que cae sobre mis órganos dando vida a mi encuentro con lo que es importante para mí. Mentiría si dijese que conozco las flores. Mentiría si dijese que conozco la primavera. Hoy sé que la he conocido a usted y ello florece, me convierte en respiración, intuye mis sentidos, los hace verdad y asume aunque se pierdan, de vez en vez, por meros palcos de teatro para jóvenes promesas de esta nada que es, entre otras cosas, escribir, interpretar cantos presocráticos. ¿Cómo decirle que nunca llegaré a ser un hombre y que eso me privará de usted? Necesito rezar mucho para que eso ocurra. Necesito acabar mi decimocuarta novela y moverla como no hice con las otras obras. Necesito simplemente hacer caso a la vida que usted respira, que usted sabe porque respira, porque toca, porque en mí usted es el sentido y lo demás un cuento para dormir.

Hoy he soñado que usted me besaba por vez primera y despertado de la sensación, Cecilia. Un miedo ha venido a mi urgencia de ser hombre. De mantenerme así hasta que se acaben usted, que es luz y tiempo o yo, una componenda de órganos solamente.

A estas horas cuento 50 horas sin comer (lo último que comí lo vomité todo). Fue mi eterna celebración de un cumpleaños, que sirve para reunirme con amigos y olvidar que el tiempo se nos va a usted, a mí y al resto de la gente. Amo la vida si usted está en ella. Me gustan mis amigos. Pronto correrá el cava en nuestros respectivos entierros. Se tirarán cañas en el tanatorio de la M 30 y, pongamos, alguna que otra raya en los servicios.

Veo la vida pasar. En verdad creo que soy Gerard de Nerval a la edad de 83 años. La literatura me ha concedido ratos buenos, pero procuro viajar hacia una vida que sólo he concebido con usted al lado. Usted: todo pureza, belleza en lo llano. Yo, un rasguño aquí, otro allá. Sé que no he sabido hacerlo, y sé que mantendré la lucha. Seré persona. Enciérreme. Hágame sólo para sus ojos y todo aquello que necesite (quizá hasta aprenda a cocinar). Yo me como a mí mismo ¿Cómo decirle? A falta de usted una vela enciende y apaga los adentros de mi vida craneal y la confundo con la vida. Desde luego, el cerebro es el órgano más sobrevalorado de todos, de eso no hay duda. Me recuerdo en el cine con usted viendo Manhattan. Qué tristeza de película al verla con usted. Me vi en cada protagonista mientras usted jugaba a reírse y yo hallaba en su risa un motivo para la mía, por mucho que conozca de memoria ese guión. Pero era triste. Luego usted olvidó mi vida de provocador de feria y eso me acercó a una especie de vida interestelar. Sus palabras hacían eco en mis oídos. Sentí la dicha de saber que, de alguna manera, debido a este año de no dejarnos ni a rastras, jamás la perdería. Sé que otra mujer no me querrá, que yo no la querré y he buscado mujer, claro, afuera de usted una vez aproximada su esencia a un mundo de sueños, etéreos, efímeros. Pero eso es todo lo que la vida me dio y no lo olvido ni lo olvidaré. Sin usted seré la nada que siempre he sido e intento convencerme que en esa no-vida encontraré de nuevo una dicha de la que nadie, incluido yo, sabe.

Por fin he abierto nuestra tumba y he visto agarrados a los dos cadáveres, no se sabe si se mataron el uno al otro o simplemente se abrazaban. Eran dos enamorados de la vida porque la tenían a mano y nada más. Usted puede conseguir otro cadáver. Pero sé que yo moriré así. O al menos esa sería mi muerte si aspirase a una propia (yo, que no he tenido en absoluto una vida personal, parafraseando aquello de Rilke). De mis estudios no aprendí más que a grabar sobre zinc sumadas algunas lecturas de clásicos que dije amar ¿amar? Que le den a la literatura y con toda ella se pudra una vida entera dedicada a ello. Sólo quiero estar con usted. Poco me importa si en grandes galas o bajo el puente Vallekas. Usted hoy es mi ebriedad. No dejo el tabaco, adelgazo de mis kilos de más para bien de mi personal cura. Bien es cierto que tomo haloperidol, eso usted lo sabe, y que cuido sus efectos secundarios con benzodiacepinas. Si a día de hoy abriese mi cráneo se vería desde afuera que es la corteza de un erizo, el erizo que es usted, quizá. Está siempre cruzando una autopista. La autopista también es usted. Por eso sigo adicto a los antipsicóticos, porque, de vez en vez, veo luces en el interior de alguna gabardina anónima y me digo si será el repartidor de caramelos de mi infancia, aquel de quien yo había de huir por prescripción materna.

Escribo más lento esta tarde que por la mañana. Bebo cocacola. Me tienta tomarme un vodka en la plaza. Reconocer en el vómito de las diez de la noche aquello que por un año fue mi vida, su mirada, sus ojos, su sonrisa, sus senos de Venus de la Concha. Recostar en su hombro todos los pensamientos que traté de ordenar en mi mente cuando, inocente, me creí poseedor de una.

Lo cierto es que mi mente no está aquí. Mi mente vive con usted. Es un artista del hambre exhibiéndose en una plaza donde se ríen de ella los doctos y, de pronto, aparece usted. El sangrado es inevitable.
.

X carta a la vidente que es (o marcando pasos para la vida real)


Ella era Eleusis, la razón por la que yo en el pasado me pasé por el forro el fruto prohibido y su consabida historia de desastres. Hablo, sí, de Cecilia, una vez más, y lo haré más veces. Baste con nombrar las palabras madre, sueño, corazón o viaje en globo. Después me abandonaré a mi trono de sueños donde hay veces que también le encuentro a ella. A saber de qué chistera sale en esas ocasiones. Es el mago y a la vez la paloma. Y esa chistera es ese inconsciente mío donde todo cristal tiene el aspecto de lo que refleja. Ella y cuatro garbanzos es lo que quiero por eternidad. Primero jodí con LSD, después me mataron las desapariciones, la bebida y Facebook. Hoy tengo el recuerdo de su voz y el olvido, que me llega del resto del mundo. Yo llegaba a mi trabajo y tocaba el culo de mi secretaria (que cada día era distinta), decía: Ponga un café, Pilar / Gloria / Merche / Alicia / etc… Hoy he vuelto a encontrarme con la mujer que es, de nuevo y una vez más, una sola. El mimo que hace de gorila al otro lado del espejo resuelto en una mezcla de la Roberts y la canción Lili Marlene, el tren llegando, la estación sola y una flor saliendo de mi boca camino del encharcado suelo donde aún habitaban las colillas de las primeras estaciones conocidas (Campamento, Empalme, Aluche, entonces línea 10) Hemos hablado en un eterno hola y adiós, incluso hemos fingido que era la primera y quizá última vez que nos decíamos qué tal anda. Tú eres la única verdad, señora, que yo encontré. Tras haber hablado con usted durante 35 años un día se sentó en mi cuarto de los libros y yo ya no sé leer un idioma que no provenga de su mímica, de su facilidad, de su nunca del todo acabado, de su belleza. Creí encontrarlo a fuerza de descifrar enigmas y el que debía de resolver era, únicamente, el de mi cabeza. Ese ha sido su mensaje de paloma mensajera de alguna tierra lejana, compañera de mi ralea mental, amable vecina de los postes de luz que rodean mi porche, hoy que vivo en cualquier pueblo.

Quiero que venga porque eso soy yo si es que yo soy lo que creo. Creo en usted. En aquello que ofrece su creencia en que yo existo y me anima a que dedique mis fuerzas a un mundo que sólo es yo. Un yo de razón, eterno (y eternidad es un contrario de ego). El yo se llama Alberto, sólo sé de él que se sale del dibujado y no lo recuerda, que ama de dónde procede y que quiere para la eternidad el iris de sus ojos, la certeza de su respiración, la asunción de los errores (y uno concede muchos cuando se limita a dar aquello que quisiera para sí mismo, porque no lo ha tenido nunca). Mientras amanece recuerdo tres niños asomándose a la valla del zoo los domingos mirando de gratis el espectáculo de los delfines. Eso he querido y lo he travestido de basura que ha culminado en una inseguridad que sólo tu voz, Oh…, cura, redime, capta.
Soy la interpretación que haces de mis sueños y mis sueños un escrito como este, donde los dedos teclean a la velocidad con la que leo cualquier novela de enredo gubernamental. Amanece rápido mientras tecleo rápido dejando que el café se enfríe. Tengo tantos seres queridos a quien agradecer su presencia y bondad en mi último cumpleaños. Eleusis también me guiña el ojo de sus cien cavernas desde allí y sólo trata la cosa de comer, beber un poco, charlar, recibir algún que otro regalo (gracias). Y nada que me aleje de ese tú que hoy, a momentos, ha desaparecido de un lugar para volver a casa. El camino de regreso a un lugar que se ha olvidado, que no existe sin la firma de los dos, como algunas cuentas bancarias y esas cosas que organizan desde su costado el costado del mundo en el momento que descubrimos que el mundo es lo de menos si no existe ese tú donde mueres y vuelves a nacer que, en este caso, es ella.
Quería escribirte porque es a lo que se dedica mi mente, a leerte también, interpretar esa mezcla que supone emerger contigo como un iceberg de las profundidades de un solo seso. Lo sé. Le doy una y otra vez al móvil y he encontrado fotos mías, fotos que me he hecho para ti, fotos que no sé quién aparece hasta que tú me dices que soy yo, porque yo soy eso únicamente. Desaparecí de ese Facebook, curioso invento, y te di mi tumba cargada de firmas. Los focos me alumbraban, regodeaba mi inexistencia al igual que hago con el blog (no así en mis letras donde intento explicarme a mí mismo y encuentro, a cambio, un motivo para poder dormir). Creí que te sobreviviría, pero hoy sé que no sé respirar sin alimentarme antes de tu verdad, tu recuerdo, los odios que naturalmente he despertado en tu son de paz y, al fin, tu paz entera conquistando aquello que es lo único que, puedo saber, es para lo que he nacido, aparte de hacerme saber que, entre otras cosas (tú) he nacido para la literatura, incluso para esa literatura en la que ni tú ni yo creemos.
Pero no es esto la creación de una poética (¿Qué es una poética?), es el cigarro a medias que agoniza al borde del agua de mi cenicero, el humo de la vela, la luz encendida mientras observo por la ventana que algo dormiré y que será un día sin excesivas nubes. Otro maldito café. Tampoco quiero salirme del tema que puede que no sea Cecilia más que la lucha, si no son ambas cosas una misma realidad que trato de abrazar para no salirme del círculo que dibujo con plastidecor.
(Ahora me he quedado vacío).
(Creía que saldrían 800 páginas).
Lo que yo intento explicarme es la verdad que subyace tras todas las realidades que uno crea bajo la certeza de que existo desde que cumplí 35 años, aproximadamente la primera vez que el amor me vio. Yo me di la vuelta, en un juego de niño que recuerdo usar repetidas veces en el pasado cuando tenía miedo de que mi pulso se expandiera por habitaciones desconocidas, y aquí estamos, quién sabe si sin ti ni sin verdad, no obstante aquí, rogando esa intensidad que hacía que mi vida cobrara creencia. Hablo de creencia como única manera de sostener la vida y me retrotraigo a mi campamento de los curas en el monasterio de san Miguel en la mañana donde yo hui a la sala más breve a rezar por mandato y oí la risa de mis muertitos. Tuve miedo de ser tan querido porque en algún momento el payaso que soy sin la ayuda de la letra para entenderme tacharía esa vitalidad de falsa. La risa de aquel dios bueno, el de mi hijo, que fui yo también a la edad de doce y trece años, hoy es un tú. El tú de la mayor humildad conocida, de la voluntad que vence al tedio que supone levantarse cada día. Haré gimnasia, lo juro. Terminaré mi decimocuarta novela, lo juro. Ahora son dignas, dicen los que llevan desde que nací hacia la vida llamándome genio y similares.
Te busqué en la adolescencia, pero la belleza en aquella ocasión no se sentó en mis rodillas. A veces salgo de mi catatonía (siempre que oigo tu nombre o alguno que asocio a ti). He perdido aquel trabajo donde yo era tan importante que nadie a quien tocara el culo me lo reprochaba para centrarme en una única energía que se compone de: Eternidad (tú), trabajo (acerca de) y mantenerme despierto. No sé si es mejor o peor, pero es vivir. A veces es verdad que desearía volver a las instituciones psiquiátricas donde la oportunidad de encender un pitillo se convierte en obsesión pura y dura, en gobierno del alma, por decirlo de alguna manera. El resto de vida se torna invisible. Y… bueno, luego está que no suelo pasar desapercibido en esos lugares, incluso cuando lo único que intento es dormir (una iletrada llamada África tiró de mis mantas porque tenía que ir a hacer ejercicios de mierda para anormales, y no digo que yo no sea siempre uno de ellos).
(Enciendo el segundo cigarro).
Tu llanto, al emerger, no te lo he dicho, lo confundo con el mío. Pertenece al animal de la cueva inexistente donde moraba el amor de Augusto Strindberg, por ejemplo. Qué horror, dirás. Sí, yo no puedo negarte un juicio volcado sobre el mío. Sentirte sola me estremece. Me cambiaría por los dos amigos que te quieren. No, sería uno más, un tercero. Aceptaría que me pusieseis unas cadenas como a los idos de El Congo, quedarme allí mirando y que sea el dios al que rezan los procuradores el que elija sobre cuántas semanas he de ayunar. Pero, por favor, dadme crucigramas, papel, boli, algún que otro cigarro…
Me es mentira haber aparecido en tu vida para anotarte las comas. Soy consciente de que la colocación de una coma puede llegar a trasladar la mente a un mundo de fantasía. Y nosotros, no pudo ser de otra manera, vivimos en uno de ellos, pero también estamos aquí. Quiero decir: Yo, que muero por la razón que sale de tu piel, estoy fumando mientras ha salido el sol (¿Será este sol definitivo en un mundo en que, por orden aleatorio, nos desplazamos bajo tierra a ser restos?).
Mi egoísmo luce y yo desaparezco. Todo fue un viaje de esos peyotes que destrozaron mis cajones mentales cuando tenía 17, joder. Me dirijo a usted como vidente que ve en mis letras algo fuera del mundo, Cecilia. Que sé me amó en pasado y en futuro. Amó las vísceras de un roto, lo remedó y este salió al sol de esta mañana. Nuestras charlas de 17:00 a 5:00 cobraron sentido al amanecer visible de las teclas. Espero hacerlo yo… que desde usted cobré tanto. Me refiero a su punto álgido de ola tremebunda. Sólo conozco ese surf. Luego me golpeé la cabeza, como hago tras hablar con usted, para despabilarme y andar al menos tres kms (prescripción médica, así como abandonar Facebook) antes de caer rendido sabiendo que también escribí esta carta dirigida a la vidente (pues sé cuál es su esencia) y que ya no recuerdo. Quise decir: Paz, hambre, embriaguez, locura, mimo, amor, vuelo espacial, biografía, familia. Todo eso quise decir y no sé si he conseguido algo. En las teclas no importa porque siempre, como con usted me ocurre, vuelvo a ellas. El problema pasa por ser yo. Y no usted. Cecilia. Joder, lo más hermoso de esta puta vida de, cuando se da bien, cuatro garbanzos, y punto.
.

martes

Vinagre



Me recuerdo hace menos de cuatro años,

en la época en que yo salía con Moncho

a redimir nuestras ansias con vinagre.

Me recuerdo enfrente suyo

en un garito de Antón Martín

pidiendo el sexto vaso ancho de whisky.

Yo ya voy roto, dije.

Él dijo que otra y nos íbamos

cada uno a nuestra casa,

igual que cada tarde.

Le perdí de vista mientras se dirigía a la barra

o los lavabos o donde coño fuera

y me centré en un recuerdo de hace años antes:

Yo estaba enfrente de la iglesia de san Paolo,

en Roma,

(tendría 24 añitos) y el viento miraba a mis ojos

¿Qué otra cosa hacer que devolverle la mirada

por mucho que estos míos sangraran y sudaran,

pidiendo clemencia al santo?

Me sentí bien, recuerdo que corrí en busca de un bocadillo

silbando un fado

y diciéndome que en Roma

todo lo que pasa es santo, que

para sentirse español, entre otras fruslerías similares

era muy necesario estar

lejos de España.

Me tumbé en el verde césped

de aquel paisaje primaveral

y contemplé las columnas

y el aire seguía acompañando mi rutina

mientras yo abría mi moleskine y anotaba la palabra: Dios.

Después llegó Moncho con otra copa.

Le dije que estaba muerto por hoy,

pero bebí.

Recuerdo no vomitar en el trayecto del autobús,

al abrir la verja no me tembló el pulso,

me metí un tranxilium 800 acompañado de una lata de mahou

en la cocina,

luego vomité durante, al menos, media hora.

Yo imaginaba que de mi esófago caían crucifijos

y comprendía que mis seres favoritos estaban ya bajo tierra.

Subí despacio hacia mi cuarto

procurando que no crujiera la escalera de madera,

(al menos dos veces tropecé).

Una vez en la cama me aferré a ella

como si de mi alma se tratara.

¿Cuánto tiene que dar uno de sí

para poder apreciar el valor

de ese momento?
.

jueves

Natación

A Ceci,


Hoy creí que moriría

y que al final me quedaría sin cumplir los 36 años

pero no me he muerto

y he pensado: Qué bien,

aún puedo nadar.

He recordado a mi profesor de natación.

Era un hombre joven y musculoso.

Un día me soltó donde me cubría y,

ostias,

nadé.

Vaya si nadé,

hasta el otro lado de la piscina

y comprendí que sólo

hacía falta mover brazos y piernas.

Vaya si nadé, joder.

Una vez en tierra ya fue cuando comprendí mi hazaña,

nadar hasta dejar detrás de uno el miedo

y toda esa mierda.

-

martes

Ah, el puto Alberto Masa de los cojones

Todas las noches en la cocina,

mientras doy sorbos a una cerveza sin alcohol,

miro la persiana cerrada

y el cristal devolviendo mi imagen

y mi loro atusándose el pico

en la misma jaula donde yo le tiendo galletas Chiquilín y pipas

me pregunto ¿A qué? ¿A quién?

¿A cómo trata de parecerse Alberto Masa?

Y siempre obtengo por respuesta

un "no" de escasa rotundidad

dirigido a alguien que no soy,

y que permanece, como yo,

ante el cristal

de la ventana de la cocina

cada bendita noche

diciéndose que, como siempre,

ha acabado pareciéndose a sí mismo.


En la televisión, Chuck Norris

vende aparatos para mejorar las abdominales

y el pobre hijoputa de Alberto Masa

ríe entre inocente y aburrido

y a veces sabe

que es sobre su cadáver sobre el que salpican

las cáscaras de pipa que el loro escupe,

y le pone una sonrisa,

el muy idiota.

Amolda a ese cadáver

unas cejas que expresan a la vez

enajenación y ternura

y se dice: Sí, eso soy yo

hasta que amanece

lloviendo, nevando, lo que sea

y el cerdo primordial de Alberto Masa

se queda dormido en la misma silla

y quizá intuye,

entre sueños,

a qué se parecerá la noche siguiente

en el momento de dedicarse

a aquello para lo que ha quedado:

Contemplar su propio cadáver

en el cristal de una cocina

con Charly, el loro

y bebiendo latas de cerveza sin alcohol

y diciendo: Muchacho, lo has conseguido.

.

El videoclub

Tenía 15 años

y un acné terrible.

Mis mejores amigos,

los del colegio nuevo,

me llamaban Chernobyl.

Años antes,

en el parque de mi barrio,

un tipo duro

me sacó una cheira

y yo me limité a darle las 200 ptas

que me había dado mi abuela

para que alquilase

una película.

Aquella película sin alquilar

es el resto de mi vida,

incluida la tarde en que llegué sin ella

llorando a casa:

4 chandals fabricando los límites

de las porterías

en las eras del pueblo,

una tarde entera en la habitación

de un hostal con olor a cloroformo

esperando a mi puta

haciendo tiempo y también miedo

con una novela de Paul Auster,

cámaras ocultas en mi casa,

un seat 600 a mi nombre

pudriéndose en el garaje

antes de que me diera por vaciar botellas

de whisky barato

en una gran suite de Granada

y atiborrarme de ansiolíticos

y vomitarlo todo malamente y como si nada

mientras recibía llamadas de mamá

al móvil;

algún día tendría que coger

el puto móvil

al tiempo que mi corazón

late de pura vergüenza

e imagino el día

en que al fin devuelvo la peli al videoclub.

Hoy ese videoclub es una peluquería.

El deseo de querer cambiar las cosas

es más revolucionario que cambiarlas.

Hoy, de nuevo,

escribo versitos para Cecilia en pijama

para que ella los lea en pijama.

Dios santo, vaya par de locos,

ella es lo único que tengo.

La maldita película de los cojones

se olvidó sin rebobinar

en alguna estantería

en alguna mudanza

o algo así.

.

viernes

63 años, 47 cotizados

Corríamos hacia las afueras de un pueblo que sólo parecía tener de eso, La Calera, su pueblo y el mío, un pueblo en el que Buñuel podría haber rodado Las Hurdes con mayor propiedad que en Las Hurdes. Al salir a esos caminos yo recogía cantos rodados para estrellarlos contra las telas de araña y te preguntaba: Papá ¿Quién ha puesto tantos cantos aquí? En el pueblo apenas teníamos ni cuarto de baño, La Bastiana hacia migas o pollo y cagábamos en el campo limpiándonos con los mismos cantos (se buscaban lo más grandes posibles para esta ocasión) o revistas, periódicos del pueblo de al lado. Yo era un crío en tu ilusión, papá. A mi edad tú ya eras pastorcillo, en el monte, y la vida te devolvía en forma de eco las palabras que una tribu antigua había dejado inscritas en árboles en los que, leyendo, aprendiendo a leer, te refugiabas del frío, en su corteza, las palabras, la verdad, los lobos acechando. Yo te pedía que me contases todas esas historias de crío para dormir y tú inventabas cuentos que, en verdad, los habías vivido. En la ducha: Papa, ¿por qué yo no tengo pelos? Aparecías en el colegio para arreglar una valla y a mí me parecía extraterrestre verte mezclado entre los demás chicos. Me sentía el centro del mundo. La Nava, lo que te aprecia la gente que conoció al abuelo Teodoro. Mi fumeque actual y mi café actual. Tu Yo no tenía a nadie que me lo dijera. Yo asiento, me enfado, comprendo tu razón. Sin ti no habría hecho nada para el mundo. Tecleo con rabia. Hiciste bien, aunque a veces lo dudes, de dejar el pueblo. Allí hoy tendrías muchos más años que los que hoy cumples. Te imagino en el curso que has realizado esta semana rodeado de catorce alumnos más jóvenes, en el momento de decir que tú llevabas trabajando desde los siete años. El cachondeo. Los años en que conducías para el abuelo Nicolás y luego terminabais de parranda. Mamá y su mando de la televisión y su peluquería. Tecleo con rabia. No sé a veces quién soy y, al mirarte, encuentro en ese lugar que es tu cuerpo, la respuesta mayor, la primitiva esencia, la esencia de las esencias que ha de encontrarse en una madre antes, para luego dejarla despejada en nuestro parecido, en tu fuerza, de la que yo presumía en mi niñez ante los compañeros de juego. Tú y yo tirando soldaditos con una pelota, soldaditos que colocábamos en el umbral de la cocina, el barrio, Móstoles, las mañanas de sol y las tardes de fútbol en Valseca, el Atleti, la radio sonando en esas caravanas que no parecían acabar nunca. La vez que me llevaste por vez primera al Vicente Calderón. Atlético de Madrid-Groningen Berger. El bocadillo de tortilla francesa y, luego, volver a casa en metro. Qué metro más bonito el de Madrid. Cómo ha cambiado el metro. Adjuntaría una foto de nosotros y nuestros cambios. Hoy cumples 63 años, 47 cotizando. Yo me pregunto, papá, por qué no te han dado un premio Nóbel. Sé que yo te le daría ahora. Me da igual de qué. Un premio Nóbel al trabajo y las Humanidades, a la persona. Miro al cielo. Lloro sin lágrimas. El sol me da en la cara. Sólo tú sabes de mi eterno fracaso, de mi felicidad, de mi zumo de naranja, de mi nadería. Te aseguro que en mí también existe la lucha. Y es la que tú me has enseñado.

Feliz cumpleaños, papá.