lunes

Atlético de Madrid-Groningen

Recuerdo un partido
la vuelta del Groningen-Atlético de Madrid,
en el metro mi padre me llevaba de la mano
mientras yo descubría los túneles que contenían el oro de los cuentos.
Ya iba siendo mayorcito,
a menudo sustituía el gracias por la brutalidad
y mi sonrisa, así como los castigos en clase,
horas eternas en pasillos cuyos azulejos me reflejaban,
terminaban salvándome.
El día del partido era mi confirmación.
Habría de ver cómo lo ganábamos sin pasar la eliminatoria
y yo le preguntaba a mi padre qué significaba
mientras hincaba el diente a mi bocata de sardinillas.
A la vuelta, los chicos de las bufandas rojiblancas,
en el metro,
miraban al suelo.
Yo era la cucaracha que cabía en sus miradas
y me presentaría en el cole
como el héroe que había ido a ver el partido de mano de papá.
Las collejas serían intercambiadas por buenas notas en matracas,
ya estaba empezando la ecuación.
Esa equis también era yo,
años más tarde,
cuando dudaba entre matar o matarme, y todo
por una humanidad que hoy sé
que, aun ganando,
ha perdido la eliminatoria.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Alberto, hace años que no venía a estas ventanas, me alegré mucho de saber que sigues por aquí y sentir esa resonancia, eso familiar que dejas en tus letras y que me encanta. ¿Qué será? Es posible que la proximidad de la vejez me tenga más sensible... pero igual.

Besos a granel desde Santiago (de Chile)

Campesina

Alberto M dijo...

No es la vejez, Campesina. Hasta yo me he olvidado de este especio (en el momento en que escribo más que nunca). Un abrazote