jueves

Textes pour rien (La casa de hojas y The kids are allright)

No tengo órganos, o dentro de poco no los tendré. Los cambio todos por libros. Ese, por ejemplo, de moda: La casa de hojas. Doy mi hígado por él. Podéis tocarlo, el hígado, digo, no el libro. El libro ni se os ocurra. Sólo lo tocaré yo. Oleré sus páginas con olor a nuevo y veré si la prosa equivale a un hígado. Tengo más, libros e hígados. Todos pueden ser tuyos, podrían, consígueme libros que beber. A estas alturas estoy borracho de Ella y con eso basta. Ella también me toca el hígado. Hasta le dejo que toque el libro. Lo bebemos juntos mientras comemos hígados de otros, mientras otros hígados crecen en el hueco del nuestro.

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Me han dicho que el libro de moda está en el fondo del mar. Deberé bucear muchos kilómetros. Bocabajo el agua se percibe con mayor intensidad. Más aún cuando te entra por el traje de buceo. Los peces apenas molestan. Al principio creí que querrían comerme, pero he terminado comiéndoles yo a ellos. Todos me temen en el océano a la par que no encuentro libro alguno. Quizá mi libro de moda es este vi...aje. Conseguiré La casa de hojas sí o sí, por mucho que aquí abajo las páginas se hayan tragado el resto del mundo. Lo fácil que hubiera sido pedírselo a Marta... Acá abajo sólo veo esqueletos de libros futuros. Todos tienen muy buena letra, aunque sueles perderte en la trama. Los peces devoran tramas de libros por escribir. Son mis libros, los que escribiré y los que no escribiré. Sé que esto no da miedo. Mis libros, los que escribiré y los que no escribiré, no son como La casa de hojas. Con mis libros entran ganas de ir al baño a defecar nuevos libros míos. Al tirar de la cadena, puedo oírlo desde la inmensidad de este océano, un nuevo libro por escribir sale a la venta. Los quiero todos, por mucho que ya no quepan en la mar en que se ha convertido mi casa.
 
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Recuerdo la anómala tarde en que hube de deshacerme de The kids are allright en su versión en VHS. Ya me había deshecho de varios más, como el Woodstock de Hendrix, pero me quedé mirando la carátula. Las caras de los componentes de The Who me miraban compasivas. Iba a necesitar reunir fuerzas entre miles de lágrimas que no eché. Pete Townsend y Keith Moon estaban en mi habitación, uno vivo y otro ...muerto, diciéndome que lo hiciera y yo, vivo y muerto a un tiempo, lo hice. Era tan fácil como deslizar los dedos en el contenedor. Pude echar antes Quadrophenia o Tommy pero ¿The kids are allright? Después de lograda mi hazaña, llegué a casa y abrí la botica. Me metí un Rexer 800. Todavía no he despertado del sueño. Sueño mares de The kids are allright. Cuando despierto un poco reúno las suficientes fuerzas para ponerlo en Facebook y así hacérselo saber al mundo. Tiré todos mis VHS. Otros, leí, los venden. En el estercolero Jim Morrison y Mick Jagger se cuentan chistes de el Lepe mientras beben zumos de piña caducada. Y The kids are allright, no muy lejos, me recuerda que, por un momento, pude ser uno de ellos versionando My generation en Valseca, al lado de tanto garbanzal.

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