viernes

Memento mori

Patti Smith está en el estudio justo antes de grabar su canción Memento mori, dedicada a William Burroughs. Se dice que él merecía más que nadie una canción. Él lo merecía todo menos morir, aunque tuviese ya noventa y dos años y una vida dedicada al arte mayor y el vicio. La muerte para él fue un libro más, un experimento más, se dice Patti Smith. Y una lágrima cae de su ojo porque recuerda la vez... en que lo visitó y le dijo que tenía hambre, y el bueno de William S. Burroughs le tendió un pescado para que se lo hiciese. Todo era tan tierno a tu lado. Ya no volverás a enseñarme tus armas. Ya no volverás a tener miedo, William Lee de mis entrañas. Tú eres mi carne, ahora que he llegado a ser una chamana que sabe amar tanto a Rimbaud como a Bolaño. No me olvidaré de tus párrafos en Ciudades de la noche roja. Los recitaré en mi canción dedicada a ti, mi viejito con cojones, símbolo de la droga y la homosexualidad. Te amo, William Lee. Perdóname si la canción no sale deputamadre. Son los nervios que recorren con voz de muerte mis venas. Llegaré a casa y me tomaré un zolpidem, entonces me acordaré de cuando Zappa y toda la pesca fuimos a saludarte al aeropuerto. Abandonaste el búnker que, dijiste, no había que abandonar nunca. Tú eras Tánger, Londres, Nueva York y la ley del flaco. Hoy dormiré y mis sueños velarán porque despiertes en un mundo mejor, donde se escriban panfletos mayores a este y, al fin, seas coronado, coño, porque, no sé dónde lo leí, los EEUU tienen en ti a su Duchamp.

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