miércoles

Teresa, a lo lejos


Has vuelto a tu cuerpo y a mi cuarto. Aquí estás, con la gelatina aún embadurnando la osamenta que te construye. Puedo volver a destruirte y algún genio loco se encargaría de hacerte de nuevo sólo para que te puedas pasar por la piedra al Dr. Del Olmo y cien más. ¿Qué digo cien? Doscientos millones más. Porque tu religión se encuentra bajo ese ombligo tuyo del que pende un crucifijo al revés.

A veces imagino que vuelvo a mi vida contigo, a una vida nuestra donde nuestros respectivos puñales se nos tuercen de las manos hasta llegar a amenazarnos sólo y respectivamente a nosotros mismos.

A veces procuro imaginar, al regreso de aquella vida (si así se le puede llamar) qué piensas cuando recibes un mensaje mío en el contestador automático de tu móvil de penúltima generación. Quizá tú buscas la sangre sobre la almohada y yo te doy la pluma del amarillo temblor de un canario. Necesito, de pronto, que me hables y que juntos cerremos la jaula de las palabras, eso también. Porque las palabras son como pájaros que están deseando volver al nido de donde proceden a llevar la no vida de cuando su madre les enseñaba a revolotear. Estás y no estás y no puedo atenerme a creer que alguien te hace para moverme en medio del Reality show en que se ha convertido mi vida de interno de un hospital para gente maníaca.

Te veo cuando nos conocimos, yo aún virgen, tú llevabas una pamela gris en la mano como esperando ponértela en cuanto yo te dirigiera la primera de nuestras palabras. Y así fue. Tu primer gesto de cara a mi vida fue sentarte una pamela sobre tu pelo rubio en el que, por más rubio que era, el sol brillaba. Luego supe que usabas champús caros y que siempre usabas, en tus apenas 16 años, secador. Y que para todo ello te encerrabas en nuestra letrina durante medias horas que parecían medios días.

Hoy te veo frente a mí pronunciando unas palabras que no entiendo ¿Quién puede entenderlas? Te han programado mal. Volverás a estar al 80% en un par de días. No me trago que el ínclito Dr. Del Olmo te haya hecho venir con ese programa por mente. Hablas y no hablas. Escupes palabras al revés y todavía existe un halo de luz falsa en mi mente que me dice que estoy ante ti, ante la primera diosa de mi vida, laureada por millones y millones de mártires que, antes de eso, fueron villanos.

Paso de ti y dudo si volver a deshacer de nuevo tu cuerpo relleno de gelatina apretándote el cuello, al igual que la última vez.

Por la ventana apenas el no mar deja alguna de las huellas de sus olas sobre el estampado del hospital. Y yo agonizo por no saber si darte finiquito o no, porque todas mis respuestas son dudas dando vueltas sobre una cama en la que hay postrados muchos gatos también resueltos en dudas. Porque los gatos dudan más que ningún animal. Son el animal con la calavera en una mano y un hilo de lana en la otra. No saben de cuál de las dos patas ocuparse primero y terminan maullando miles de soledades que caben en un domingo nevado.

Una vez acabada mi disertación te ejecuto, no sin antes recordar nuestros tiempos de amantes, mi primer revolcón en el que no parabas de decirme que te diera más mientras yo me preguntaba qué querías decir con eso verdaderamente.

Una vez la gelatina te sale por los ojos dejo de apretar el cuello. Ahí no hay diosecillo que entre, me digo. Porque quiero matarte y revivir el dios que nos hizo a ti y a mí. El dios impertinente que hizo lo nuestro. Quiero desterrarlo. Verlo en Siberia subido a un árbol seco, el único del Gulag, pidiendo auxilio. Y tu cuerpo desinflado de gelatina lo representa a la perfección. Tus ropas, por un momento, estoy por quedármelas, pero no lo hago. Sé que no son tuyas y, al mismo tiempo, sé que no son de otra persona. Por las dos razones no las quiero.
En tu último suspiro has pedido perdón. ¿Perdón? Como si yo fuese alguien con la suficiente estima como para perdonar. Tranquila, sé que no me lo decías a mí, que te dirigías a las cámaras.

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