lunes

Ante la taza de té


Estoy en la cocina ante mi taza de té (alguien ha debido de colocarme aquí). A ratos doy ligeros sorbos (quema). Dios (o alguno de sus terratenientes), estoy seguro, me mira desde lo alto del tejado, que está por caerse. Tardaré en moverme. Esperaré paciente a que de los labios de ese observador obtuso salga una palabra, para cogerla, mojarla en el té y llevármela a la boca. No quiero cansarme de masticar ese pedazo de gloria divina.

 

¿Cuántas versiones de My funny Valentine caben en esta mañana? Amanecer sin ella es una tristeza asumida que cabe en cualquier chimenea, ahora que la familia empieza a estar por encenderla. Al encenderla, venidos de una mano invisible los inviernos, ella prende con todo su fulgor. Madrid, París, Barcelona... Ella está y no está. Viene y no viene y, en el transcurso, miles de trenes hacen escala en la cocina donde vacío mis tazas de té caliente, orgulloso de llevar mi nombre inscrito en su pupila.

 

Afuera no se oye un maldito pájaro. Tan sólo el viento azota el ventanal, y yo permanezco en la cocina ante mi taza de té caliente (a esta hora ya se ha enfriado un poco). Una fotografía por MMS de mi chica, en un día gris parisino. Su sombra se la come el Sena. Está contenta en el día de Marco, mi nuevo y primero de los sobrinos, en mi día de espera, de ir mañana a conocerlo en carne (mortal y rosa), ay, criatura. A mí, supongo, me tocará enseñarle a que le gusten los Beatles al tiempo que sus padres trajinan entre noches en vela y pañales. No es un día más, es el día en el que espero. De la más absoluta alegría al mar de dudas tan sólo anida un trecho pobre. Hoy, mientras miro ambas fotos (la de mi chica y la de mi sobrino), me pregunto si seré capaz. Si la vida, por algún motivo de esos que ella misma se inventa, volverá a mí.

 

Las nubes, teñidas de una copa de más de vino rosado, caen sobre la casa, traspasan el tejado y me encuentran. Procuro, entonces, mi oración, siempre nueva. Sólo quiero beberme este té, dios santo, sólo quiero eso. No puedo abrir más mi corazón a la cocina por miedo a introducirme en una de esas latas de conserva que terminaré abriendo para la cena. Procura el recuerdo de una vida mejor a mi vidita, que se encuentra fuera, y que Marco, mi nuevo sobrino, el héroe de este cuento, sustituya mi labor acá. ¿Pero quién será capaz de beberse este té sin recalentarlo una pizca?

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