martes

Un vulgar zarapito


Me encontraba adormilado en mi habitación cuando noté una presencia casi fantasmal a mi lado. Al darme la vuelta concluí en que se trataba de un vulgar zarapito. Desde niño siempre había tenido ganas de llevarme uno de esos animalejos a la boca. Fue cuando habló. Dije: ¿Papá, eres tú? Dijo que él, efectivamente, era el Padre, el gran padre supremo que todo lo cura. Dije: Es usted el Dr. Del Olmo. El Dr. Del Olmo no existe, mi querido Albertícola, así como no existe el almacén donde supuestamente lo conociste. Anda, cariño, ve y compruébalo. Le pregunté si era dios y dijo que así le llamaban algunos, con o sin mayúscula. Le pregunté dónde estaban mis queridos padres y dijo que junto a mí, en otra habitación, en la que auténticamente moraba. Le pregunté dónde estaba Teresa y me dijo que sabía tan bien como yo que Teresa era una invención mía. Pero yo me la follé, dije. Eso también es una invención tuya, dijo. Le dije que el Dr. Del Olmo se la había follado y me explicó que eso sí era cierto, caso de existir el Dr. Del Olmo, que no, pero que se trataban de otra Teresa y de otro Dr. Del Olmo, a los que también cuidaba, añadió. Quiero estar con mis padres, le dije. Escucha, mi amado Albertícola, dijo, debes de saber que este último hospital y todo lo que en él ha sucedido es una ficción y, por desgracia, esa ficción podría traerte en la realidad a un hospital como este. La monja no existió, dijo, ni los fotógrafos. Alguien, continuó, escarbó en tu mente hasta fabricar un reproductor DVD. Están metiendo discos todo el rato mientras tú te dedicas a dormir en los brazos de mamá plácidamente en la casa del pueblo. ¿Yo existo? Pregunté. Dijo que existía, al igual que él, que sabía que no era digno de sus rezos. Tan mal te he tratado, mi querido Albertícola, dijo. En un principio, se explicó, tenía grandes proyectos para ti, becas Erasmus, muchachas que te comerían el corazón y a las que extraerías hasta los riñones follando, pero… fuiste. Tú no me rezaste. No rezaste a tu Dios. Preferiste ir al Marijuana a comprarte una chaqueta como la de Elvis Presley. Pues claro que te dejé flipar con ella ante las titis, querido Albertícola, hasta que me enfadé. No puedo saber por qué. Sencillamente me enfadé. ¿Qué era de aquel monaguillo que rezaba de incógnito en la sala de dar las campanadas? ¿A quien permití romper las narices a todo aquel fulano que se atrevía a meterse con mi niño mimado? ¿Qué fue de ti? Fue cuando te vi paseando por el clínico san Carlos, fijándote en sus ventanales, lleno de vida, diciéndote: Aquí nació el nene que estuvo a punto de morir en una de tus inmundas incubadoras. Ahí, donde tú te vengabas de tu muerte, que impedí, me enfadé contigo y te volví loco, y todos tus amigos me imitaron porque no hay mayor placer sobre la Tierra que imitarme a mí, a quien hizo todo esto. Se sintieron dioses por un rato quitándotelo todo. Todo lo que yo te había hecho ganar a pulso, ofreciéndote una inteligencia con imaginación. Egeo se ahogó, como tú, en el mar que hoy lleva su nombre. Sé que lo recuerdas. Ahora rézame, rata inmunda, reza a la verdad y volverás a renacer. Juntos ordenaremos una vida que, hasta hoy, sólo ha sido una burda imitación del pasado repetido en el pasado. Conocerás nuevas Teresas, pero reales, y follarás su corazón, Albertícola, te acostarás en sus páncreas y nos correremos juntos, porque tu semen también soy yo. Todos los hijos que no tuviste son yo. Mírame y dime cuanto se te ocurra.

Fue entonces cuando cogí a ese vulgar zarapito y lo llevé al aula donde atendían medicaciones. Allí estaba el mechero donde yo me prendía mis buenos cigarros inventados. Lo pasé por él haciendo caso omiso de sus gritos. Morir es tu oficio, dije en alto, llamando la atención del antaño amigo mío bedel Juan.

El bedel Juan me preguntó qué estaba haciendo y le dije que estaba dispuesto a comerme mi libertad en la figura de un pobre zarapito.

A continuación, tras darle varias vueltas con el mechero, miré a los ojos al bedel Juan y comí de ese zarapito. Lo mastiqué histriónicamente, denotando un sabor a nada, que era el sabor del que mi propio paladar estaba hecho. Él me miró sin torcer el gesto. Yo dije: ¿Es ahora cuando me vais a tender el carné de cuerdo? Dios ya yacía en mi esófago cuando el bedel Juan regresó a la lectura de su periódico deportivo.
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