viernes

Tú y tú (Capítulo taitantos de mi última novela)



Te incorporaste de tu cama. Enfrente de ti estabas tú. Supiste que eras tú. Podías distinguirte a pesar de la tenue luz que entraba por las persianas. Procuraste de inicio no hacer caso a otra probable alucinación y subiste las persianas. Dejaste que entrara a sus anchas la luz del día para volver a verte, por mucho que no quisieras, que te dijeses a ti mismo que era preferible huir de las alucinaciones. Enfrente de ti estabas tú y no sabías a quién de los dos pertenecía tu cuerpo. Cuál verían a través de las cámaras ocultas del Reallity Show en el que la gente del mundo había convertido tu melondro. Te miraste y te acercaste, y procuraste tocarte, pero allí no había nada, tan sólo tu visión de ti mismo. Tenías la cara que habías heredado de tus padres y no la que te había concedido el Dr. Albóndiga en una acción que en ese momento te parecía terrorista. Te miraste de arriba abajo y te preguntaste si aún quedaba algo de eso que te encontrabas contemplando. En algún momento de la vida tú habías sido alguien, una persona, un niño jugando con los charcos y la arena, un estudiante de artes y oficios, un amante, un ladrón, quizá, algo que era todo lo que podías ver en ese espejismo, porque sin duda se trataba de un espejismo. Aquello que eras o habías sido tú también te miraba. Te preguntaba qué hacías ahí, en ese hospital para gente depresiva por un duelo o que había llegado para quitarse de sus problemas, no sé, con el alcohol mismamente.

Quisiste escapar de ti. Ser lo que veías si es que no lo eras. Pero te conformabas con abrazarlo en un abrazo que, sin querer, queriendo abrazarle a él, sólo encontraba como respuesta tu propio cuerpo y, claro, terminabas abrazando a la persona que menos querías abrazar en este hospital y en este mundo.
Sonó la alarma de desayunos y tu proyección te acompañó hasta una mesa. Intentaste hablarle, presentarle a aquellos pacientes con quienes creías tener confianza, pero te miraban raro. Quedaba claro que sólo tú podías verte desprendido de tu cuerpo. Ser tú y no la inocentada en la que se habían convertido todas tus posesiones orgánicas. De vuelta a tu habitación procuraste rechazarlo hasta que te habló. Y, al hablar, desapareció. Estás seguro de que dijo algo, pero a saber qué demonios dijo.

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