domingo

Vacaciones cántabras

1. Tengo un asesino en mi oído que ordena, ubicado allí, a las personas que he de matar. Últimamente vive en el paraíso, cercano a ella, se rozan en una playa vigilada por la CNN. Debo matar a todas aquellas olas suicidas, juntar mis pies con los suyos y llamarle a su oído por su nombre: Paraíso.
 
2. Quiero que regrese ese niño que vive en mi colon. Defecar con alegría mi plato de sueños y aquello oscuro en que me he convertido. Quiero que venga ella a parir juntos esa humanidad consagrada. Se encuentra adentro, coronada de luz, agarrado mi niño a la tráquea que sirve como cadena para la chorrera final, donde al fin lo cesareo, dando muerte a mi vejez, que llora sobre la tumba del niño.
 
3. Mientras me adentro en el mar tengo muy presente que son palabras quienes me sujetan. Las nado, bebo de ellas y me empapo hasta aparecer varado y medio falto de respiración en la orilla. El boca a boca son palabras en la arena. Yo escupo agua y el/la socorrista dice "Está usted bien?" Gracias, respondo, he debido de tragarme un par de palabras.
 
4. En la playa de Salinas sorteo las olas, las rio, exclamo que son vida en mi cuerpo, luego, al verlas morir, las despido con un hasta pronto. Un día me llevarán y serán ellas quienes, en su despedida, vuelvan a coronarme, igual que cuando vivo.
 
5. Las olas dejan su epitafio en la orilla hasta que el sol destruye el castillo de arena. A esa hora, el niño que fabricó un entierro de juguete ya ha regresado al hotel de mano de su madre. Han comido caracolillos, son felices en la parrilla del alma. La madre bebe coronitas y el niño fanta naranja. El mar siempre sabe de su regreso, de los miles de nuevos epitafios que, bajo su alfombra, moran.
 
6. La belleza de mi Ceci redunda la inmensidad del mar. Sobre la oreja una flor bautiza su pelo y, de la mano, bailamos el atardecer en una danza drogo-chamánica. Saltamos la venida del segundo sol. Ese guiño de su ojo derecho abriéndose paso entre la multitud de coches para decirme: Entra.
 
7. Recojo conchas con mi madre a la orilla del mar, alejado de psicofármacos. Un día comprendí que el mal que habitaba en mi cabeza proliferaba sólo en los sueños. Hoy día recojo, al igual que en la vigilia, conchas, de mano de mi madre, a la orilla de un gran mar. Las olas se han tragado la oscuridad.
 
8. Una gaviota muerta flota en el agua de mi inundado cuerpo. Acá todo son comienzos de duda. El vértigo que concede el malabarista a su plumaje. Las olas nos arrastran despeñándonos contra las rocas que dieron comienzo a la humanidad. Hay trozos de seso incrustados en ellas que algunas babosas pasean. El mar es el regalo más acertado de dios a la naturaleza.

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