miércoles

Una cabaña hecha de palos


Un amigo de mi mujer sufría de insuficiencia respiratoria y ella ha ido a llevarlo al hospital. Yo me he quedado acá, solo, incapaz de sentir y, lo que es aún peor, no puedo caminar la habitación entera. Sólo puedo limitarme a mirar por la ventana. La luna está llena y apenas se ve la oscura arboleda que sale camino del cementerio. La vecina de enfrente está leyendo un libro. Desde aquí no puedo distinguir cuál es. Distingo una nube rosa cayendo sobre sus gafas. Es una mujer anciana a quien en la cara le brillan varios monos. Escucho un concierto de Chet Baker con Elvis Costello y Van Morrison como invitados especiales, bebo agua con limones exprimidos y fumo puros Amigos. Me aprieto la pierna hasta sangrar, pero nada. Después de eso me clavo un tenedor. Me pregunto qué sucederá en el resto de la casa. Me pregunto qué le diría a la vecina si se presentase aquí con alguna queja o similar. El buitre que soy ha anidado en una atmósfera que se encuentra a miles de años luz de aquí. Espero la llamada de mi mujer. Espero que todo fluya, como dicen en Facebook.

 

Sin apenas notarlo las paredes empiezan a moverse. Puedo ver pequeños grillos maullar subidos en el techo. Las olas del Mediterráneo chocan contra la casa, y sé que todo sucede porque no está ella. Apenas puedo, ya lo dije, moverme. Sería una heroicidad llegar a la puerta. Si la vecina de enfrente, que plácidamente lee algún libro para viejas, supiera lo que significa esto. Pero no. Bajo su pecho laten al unísono dos corazones. Uno está concentrado en la lectura y otro en su cara de mono, de varios monos. El cielo es una ruina. Si pudiera cambiarme por ese amigo de mi mujer al que sin duda ahora le estarán diagnosticando una angina de pecho, lo haría. Todo con tal de estar en sus brazos.

 

Poco a poco voy notando cómo me convierto en uno de esos grillos que me aturden. Si llegar a la puerta es difícil, el techo me llama. Mi peso no atiende a gravedades y subo a él. Desde allí soy uno más. Todos los grillos que maullamos somos hermanos, por si alguien no lo sabía. Desde allí aún puedo ver cómo se recoloca las gafas la vecina. Es una mujer anciana con varios monos en la cara. Ahora, si pudiera, me abrazaría a ella. Le preguntaría con la más dulce de mis múltiples voces qué lectura requiere tanto de su atención.

 

Espero a mi amada en el techo, como un globo pregnado de gas que se quedó ahí. Me he traido un par de cartas. Ambas son suicidas, de autores anónimos. En una dice que alguien lo ha conseguido, la otra es un poquitín más larga.

Sin quererlo me veo reflejado en las gafas de la anciana. Apenas quedan restos de mi cara y mi cuerpo se revuelve a la búsqueda de todos aquellos órganos que me faltan.

Echo de menos a mi mujer. Por un momento pensé que todo podía reducirse a eso, pero no. También echo de menos tener corazón. Como cuando bebé.
 
Una cabaña hecha de palos y el aliento de mamá junto a la cuna. Todos los misterios eran nubes demasiado ariscas y bienvenidas.
 
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