martes

Flor de flores


Alguien dijo de mis dibujos que eran flores mortuorias en el agua, salvajes y dolientes. Quise reproducirlo. El agua por donde fluye la representación ha sido santificada desde, aproximadamente, los 20 del siglo pasado. La flor es una enajenación bendita que atiende a la claustrofobia que supone divagar por la corriente de un río ajena a las turbulencias.

Estoy en la cama abrazado a la parte derecha donde debiera estar ella. Soy mitad ella y la música me trae todas sus otras mitades. La descifro angélica en Bach, para luego ver su historia en Beethoven, que es el narrador por excelencia de los compositores clásicos. Mozart es la poesía que se le cae del labio cuando beso a una almohada que ya se encuentra agotada de aguantar sólo el peso de mi cabeza.

Me encuentro leyendo la herida que descifro en su no estar aquí. Es color mora, con una ligera mancha de pus en la punta. Supura en lo que ella (el mundo) viene. La carne se renueva en ella hasta que volvamos a comernos y, de nuevo, eructarnos para dar un repaso (en mi posición), de nuevo, a ese manjar que es su coño, abierto para mí, que no soy nadie, sólo lengua y miedo. El ensayo de un crimen de Buñuel es mi ensayo de cunnilingus. Quemo el ataúd con los restos de mi flor, antes dibujada, y ya no volverá a caerse por cascadas a la que las corrientes le acercan. Morará en mi esófago, donde todo arde sin pedir permiso. Donde su orgasmo me dice que estoy más vivo que nunca. Donde luego saco la mía y le digo que, por favor, sea obediente.

Dibujo heridas, flores muertas cuya verdadera muerte (muerte anterior a la muerte) reside en mi muñeca. Una vez representadas ya pueden dejarse llevar hasta los confines del río. El mar está lleno de flores. Vienen y van y un barco de pescadores les da caza para ponerlas en la tumba de un Neptuno marmóreo y churrigueresco, cansado del trono que comparte con el gran cetro que es la mar. Ay, mi pescadito, no llores ya más. Eso le canto a Neptuno en lo que le espero a ella entre Bach / Beethoven / Mozart. Soy un Burt Lancaster cansado. Medio tío anormal y vigoroso para Freddie Bartholomeu, que le mira acongojado encontrando en él los tesoros que yo encuentro en el sexo de ella. Ya falta poco para que llegue.

Dejé el alcohol, pero a bien que abriría hoy una nueva botella. Beberíamos en la terraza, a la sombra de este cielo grisáceo que se ha inventado Madrid para el día de hoy. Otra vez su coño. Rascárselo en lo que mi herida se va. Estrangulárselo como si fuera un pollo que debiera asesinar para que me sienta, ella y yo, para que nos sintamos. Cansado de escribir novelas sólo me dedico a esa paloma mensajera que es su coño. Lo muerdo para despertarla. Soy feliz dentro de ese ballenato, de ese simulacro de accidente que en mí aflora las ganas de vivir.

Vivir 36 años sin tu coño, aunque con otros coños, no es de justicia. Porque el tuyo es el coño de toda la coñería del mundo. Y cada vez que meto mi bartola a dormir ahí no puedo evitar correrme precozmente, cosa que arreglamos con otro coito. La gente querida se nos muere. Nosotros llegamos de los tanatorios y le damos al follar, con lo que morimos también, hasta en memoria ¿Para qué sirve la memoria? Estamparla contra tu coño es una gran idea, mi niña grande, mi ratona.

Cecilia está lejos, presidiendo una sobremesa. Yo aquí miro mi herida por dentro y puedo notar cómo respiro por ese cilindro de pus que de ella asoma. No son tiempos para la lírica. No si tú no estás aquí conmigo.
 
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