viernes

Textes pour rien, again (3)

Recuerdo aquella tarde viendo contigo la película del mar. Recuerdo que tú eras Burt Lancaster cantándome Ay, mi pescadito, no llores ya más. Y recuerdo llorar, agarrado a ti, abuela, porque yo era tu pescadito (y lo sería hasta tu despedida). Era un sábado cualquiera de primavera. Después de eso nos fuimos al Copasa a comprar verduras y frutas y yo seguía siendo, ay, tu pescadito. Echabas las redes y ahí aparecía yo multiplicado, el sol doraba mis múltiples escamas, porque los seres humanos aún tenemos escamas en los dedos de cuando en otro tiempo pertenecimos a la mar, en femenino, como la llamaba Hemingway. El abuelo se iría al poco tiempo. A mí me engañasteis y me tuve que quedar a dormir donde el vecino. Al día siguiente me dio la noticia. Hoy mi padre le supera en edad. Ay, mi pescadito, deja de llorar. El mundo es esa mezcla del mar con el cielo que se da en el horizonte. En esa ralla nos veo, a mí, y aún a ti, implicados en el tejemaneje del mundo, en el palacio diurno de las estrellas. Ay, mi pescadito, no llores ya más.
 
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Envío al pairo las solicitudes de angelicos por encargo. Los veo idiotas en su convencional forma facebookiana, a los pobres angelicos, que fueran negros en el pintor de Machín, que pintaba con amor, coño, como debe de ser. En mí los angelicos son fieras del parnaso a punto de ser suicidadas por los caídos (que son varios y deformes). Apenas me conformo con los ángeles de El Greco cuya luz no se sabe nunca de dónde les viene, si de ellos mismos o de la cúpula del lugar donde se encuentran tranquilos, volando o leyendo Las sombras de Grey. Una vez tuve un amigo ángel. Murió dormido en su coche, encontrado en cualquier cuneta. Debí acompañarlo en su ligero y joven vuelo alcohólico. Los ángeles nos miran a él y a mí diluyendo quién, con apenas 20 endiablados años, caerá de pie sobre el jabonoso asfalto.

 

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Sentado, entre mis libros de viejo, apenas es importante para mí haber sido defenestrado por un mundo de la literatura al que, en presencia, cercana, y entiendo sincera por cercana, nunca permanecí (menos aún en entrega). Llamo a veces a esos escasos amigos escritores. Observo cómo se ven reflejados en su merecidísimo espejo de éxito, duende, nada y bar. Al lado suyo mujeres que no existen palpan sus deshilachadas braguetas, sujetas por un imperdible con el que, al cerrarlo tras mear, se pinchan un poco. Envío mis obras a sus editores (obras que no leen). Me dicen que el tiempo me colocará en mi sitio, pero no sé a qué sitio ni a qué tiempo se refieren. Sé que es mejor enviarlos a una carnicería que a una editorial porque al menos te hacen lonchas. Por lo demás yo sigo aquí, en espera de recogerme, hibernado, en los brazos de Cecilia. No me gustaría tener que escapar jamás de ese regazo, ni para coger el puto móvil.


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Mi niña se ha dormido. Cavo una fosa para meterme dentro y soñarla. Alguien echa tierra y yo digo que no estoy exactamente muerto, sólo que, explico, mi chica se ha dormido y no sabría cómo comentar en Facebook los diámetros que la tragedia contiene en mi alma. Me ha preguntado, el echador de tierra, qué es el alma. Me he desnudado. He dicho: Esto es el alma. Él ha dicho ¿Entonces echo la tierra? Y le he respondido que sí, ya que estaba, que para qué iba a andarse con tonterías.

 



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Voy a tomarme una pastilla para conciliar el sueño. No suelo hacerlo, jamás en los últimos tiempos. Pero es que hoy veo escritores.
 
 
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Ella es mi naturaleza. Cuando duerme el sol se apaga tras cada cordillera por la que me veo rodeado. En las trincheras no hay ganas de hablar (Wittgenstein lo sabía). A veces la imagino usando de visera una flor. La sombra de la flor da de lleno en la flor que, de por sí, es su cara. Una flor, así, queda tatuada por un momento en otra, al menos hasta que ella se acuesta y yo me pongo con los cables de mi tío. Enciendo una bombilla que nunca sé muy bien dónde está y arranco. El trabajo es un no-trabajo, un no-pensamiento. Toda la filosofía que aprendí de joven en la universidad está contenido en él. En las trincheras el viento es el ventrílocuo del humo esparcido por no sé cuántos cigarros.
 
 
 
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Apunte último del día (un truco): Escribe bien y mucho, y jamás cuentes absolutamente nada en lo que escribas. La gente lo valorará mucho más y mejor. Serás hasta más guapo de lo que ya eres. Hazlo y verás. It´s magic.


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