martes

Solamente el demonio

Recuerdo aquel primer verano de los sentidos, la conciencia tozuda del calor resbalando por la espalda en forma de agua. La transparencia del agua y lo que significaba bajo ella un cuerpo remoto, adusto y plácido. Los rebaños de las ovejas cerebrales iban de un lado a otro con cencerros salidos del espacio exterior y yo aceptaba a mi novia como a la primera mujer que el mundo había concedido a su reinado, pues reinaba el mundo en el mundo, pareciera que por primera vez. Sus ojos y los míos eran una significación de un brote de olivo sobre los pastos donde bailábamos un vals que no tenía fin. Los cisnes nos miraban desde su aguda esbeltez de cabizbajos profundos. Agarrábamos sus cuellos de tazas de té y asesinábamos el mar con nuestros sexos. Todo principiaba a ser maravilloso por eterno, y hasta musical. Los pastores saludaban al hijo de pastor que yo era y, en los anocheceres, la luna nos miraba por sus dos caras. Así de deprisa viajaban nuestras sombras. Luego hube de dar a mi mujer en sacrificio y, como precio, me sajaron la garganta. Qué fiesta de vino la sangre chorreando. Qué fiesta de vida abandonar la eternidad para siempre. Qué dicha de veranos amortajar la belleza de un sol perfecto, violentado tan sólo por las nubes de mi culpa. Cuajarones de sangre como granizo inventaban un nuevo amanecer sin mí, sin ella, sin nada. Bajo la charca roja, la parca miraba a su reflejo reinventarse. Solamente el demonio, tierno, vil y con cara de matemático, sabría contar nuestras tres historias.

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