sábado

Tras la acostumbrada hoguera del solsticio

"En el estanque de la tradición, croan muchas ranas perezosas.
En los surcos de la conformidad, reposan los pájaros muertos"

(Cristóbal Serra, Granos de polen)



 
 
Mi nueva vida alejada de literatos en una decisión propia, a la par que ajena, que es bienvenidísima:

En los últimos años he podido ver con más claridad que cuando la pasión era exacta, que la literatura ajena, a la par que lo que yo hago, me ha construido de cara a mi alegría. En esto también participa mi mujer, claro está, y noticias como la venida al mundo de Marco, mi sobrino, por ejemplo. Mi... trabajo como cablista es arduo, pero me deja tardes y noches libres para leer. Es sabido que mi locura es ejemplar, quiero decir: yo no duermo porque no creo en eso. A la par que hago cables también leo y no por ello dejo de participar del pan sobre la mesa y la importancia del hecho. He tenido que alejarme del mundo literario (como dije en el subtítulo: en una decisión ajena y propia a la par) rotundamente para poder disfrutar de la verdadera felicidad que se encuentra en el fondo de los libros. Me leo a mí en lo que leo, en lo que trabajo, y estar cerca del negocio de talentos roba muchos minutos y hasta no pocas equivocaciones. No creo en la competencia. La asumo como un yo que pierde el tiempo, pero que también va anidando esa pérdida sobre nidos llenos de folios, de los que picotean nuevos e imaginarios seres. A ellos también les debo mi alegría, cómo no. Esos monstruos que comparten conmigo mi tiempo en la oficina de cableados, cúter en mano, a veces se lo clavo en el cuello a alguno por equivocación, pero no les es molestia, sólo gritan un poquito antes de dejar de respirar.
 
 
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"Citando a Stevenson: El suicidio se llevó a muchos... La bebida y el diablo se encargaron del resto." (lo acabo de leer subtitulado en Waking life, de Richard Linklater).
 
 
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Hace casi un minuto me encontraba viendo Danny the dog en series.ly y, mientras fumaba, he notado cómo una pequeña pelusa salía de mi nariz al suspirar humo. En un principio he intentado darle caza suponiendo que se trataba de un mosquito. Del bandazo, ha ido a parar a la pantalla del ordenador. He decidido que se quede ahí haciéndome compañía. Quizá son restos de mi fiel amigo Óscar, el peluche, ...a quien, en un acto de justicia lírica, devoré a la edad de cinco años, al comprender que él no crecía y el mundo, es decir, mi habitación, era -sería- mía. Hoy ¡mierda! le sustituyen libros y discos de virtuosos del piano. ´Quemaría toda esa cochambre artística por abrazarle de nuevo. Y también por comérmelo de nuevo. Por crecer sin él, en esta misma habitación donde ya lo único que crece es la madera del bajo de la puerta que mira hacia una cama donde muy difícilmente podrían caber dos personas.
 
 
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Amanece sobre las ruinas de mi prestado pueblo. Ha sido la noche más corta del año y ya el sol derrite mis piojos. He estado viendo películas, mirando por encima hojas de libros, tomando litros de agua con algo de zumo de limón. Las bestias me azotan durante la ausencia de mi yo en Ella y sólo yo sé que no existen más que en mis imaginaciones. Se necesita alegría para encender un cigarro tras otro... si ella no está. Cuando acabo un litro de agua con zumo de limón he de convencer a mis músculos para levantarme y sólo lo consigo si les recluto uno por uno. Así también para reunir las fuerzas necesarias para abrir la nevera y luego usar el grifo y el exprimidor. En la cocina, desde su jaula, mi loro me pide pipas y yo se las acerco al pico. La noche más corta del año es una noche especial en donde todos los cubiertos brillan. Después de comer un poco de arroz, he fregado y vuelto a las películas, creo recordar: Antes del amanecer, Waking life, Danny the dog, Balada triste de trompeta (que no me ha gustado) y Monsier Verdoux. Ahora salgo al porche. Dentro de tres horas estaré con ella y llega la hora de mirar, veinte segundos tras veinte segundos, el reloj de pulsera. Es un sábado amable, lleno de primer día de verano. El cielo es claro, los pájaros cantan y mi loro, como si fuese uno de ellos en lugar de una copia mía, les imita, aprende de esa jauría de llorones las notas básicas de mi vida al amanecer. Soy casi feliz. El árbol que me impide ver el cementerio desde la ventana de mi habitación me mira también, entre intruso y cómplice. Su sombra me pregunta qué hago o qué hice. No sé si ambas cosas son una misma cosa. Una misma sombra.
 
 
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