sábado

Textes pour rien, again


Ayer me puse a dar una conferencia, así, por las buenas, en un bar. Los fieles, a quienes yo se la pelaba, se terminaron acercando en cuanto me puse unas castañuelas en las orejas. En mi charla puse a parir a los hermanos Goytisolos y añadí que no necesitaba posturitas estilistas en los libros. Que yo quería rumba y muerte, fado y óxido en una caldera que todavía funcionase... que yo necesitaba el amor de mi chica, respirarlo, llorarlo, mamarlo, plasmarlo y morirlo, pero que ella estaba lejos. Hubo tímidos aplausos. Vomité un crucifijo. Les dije que sin ella la vida es un atún pelao. Lloré una barca desmadejada. Sudé una sirena muerta... Y luego me senté como si nada y pedí una cerveza sin alcohol. Bueno... dos. Una para mí y otra para mi sombra, esa paranoica que me sigue.

 

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Eso que llamé mi alma es un hervidero acechado por las moscas. El calor del verano pudre lo que de él hay fuera. Finalmente, el payaso renace. Da rienda suelta a su (siempre-nunca) silente carcajada. Se cae en ella hasta repetirse en el esófago, donde sólo hay palos, aún pegajosos, de piruleta. Un músico toca al saxo Tea for two junto a un perro tuerto. Echo de menos a Fofó, Gabi y Miliki. Juntarme con amigos o ex-amigos artistas me llama al hambre. No mentí hace media hora, cuando dije que sudo sirenas muertas, violines viejos, barrios por donde ya no paseo nunca, tacatás usados, baúles vacíos, ellas en Ella, casas de caracol sangrando, adioses de criada, muletas de pabellón en ruinas, biblias de hoteles cerrados, Cristos sonriendo, gorriones dormidos... cosas de esas.

 

Mi vida es una rata muerta cuyo hedor acaricio con todos los órganos de mi cuerpo.

Mi oficio es dar rienda suelta a un asno.

Mi pared del dormitorio son recuerdos que necesitan una buena mano de pintura un día sí y otro también.

Amanece sobre mi sombra. El silencio decrece con la llegada del alba. Ya ha pasado el primer metro y yo sigo esperando.

 

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Hoy he visto una manera de inocencia morir en un solo de Curtis Fuller, a una mujer de unos ochenta años gritar en plena calle Fuencarral que ha visto la luz, a una tórtola compartir con su cría un trocito de patata frita que les he tendido, a un hombre quemándose a lo bonzo en el fondo de mi copa de vino blanco... se ven muchas cosas que unas veces se escriben y otras no. No todas pueden caber en estos folios, claro está.
 
 
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