lunes

X carta a la vidente que es (o marcando pasos para la vida real)


Ella era Eleusis, la razón por la que yo en el pasado me pasé por el forro el fruto prohibido y su consabida historia de desastres. Hablo, sí, de Cecilia, una vez más, y lo haré más veces. Baste con nombrar las palabras madre, sueño, corazón o viaje en globo. Después me abandonaré a mi trono de sueños donde hay veces que también le encuentro a ella. A saber de qué chistera sale en esas ocasiones. Es el mago y a la vez la paloma. Y esa chistera es ese inconsciente mío donde todo cristal tiene el aspecto de lo que refleja. Ella y cuatro garbanzos es lo que quiero por eternidad. Primero jodí con LSD, después me mataron las desapariciones, la bebida y Facebook. Hoy tengo el recuerdo de su voz y el olvido, que me llega del resto del mundo. Yo llegaba a mi trabajo y tocaba el culo de mi secretaria (que cada día era distinta), decía: Ponga un café, Pilar / Gloria / Merche / Alicia / etc… Hoy he vuelto a encontrarme con la mujer que es, de nuevo y una vez más, una sola. El mimo que hace de gorila al otro lado del espejo resuelto en una mezcla de la Roberts y la canción Lili Marlene, el tren llegando, la estación sola y una flor saliendo de mi boca camino del encharcado suelo donde aún habitaban las colillas de las primeras estaciones conocidas (Campamento, Empalme, Aluche, entonces línea 10) Hemos hablado en un eterno hola y adiós, incluso hemos fingido que era la primera y quizá última vez que nos decíamos qué tal anda. Tú eres la única verdad, señora, que yo encontré. Tras haber hablado con usted durante 35 años un día se sentó en mi cuarto de los libros y yo ya no sé leer un idioma que no provenga de su mímica, de su facilidad, de su nunca del todo acabado, de su belleza. Creí encontrarlo a fuerza de descifrar enigmas y el que debía de resolver era, únicamente, el de mi cabeza. Ese ha sido su mensaje de paloma mensajera de alguna tierra lejana, compañera de mi ralea mental, amable vecina de los postes de luz que rodean mi porche, hoy que vivo en cualquier pueblo.

Quiero que venga porque eso soy yo si es que yo soy lo que creo. Creo en usted. En aquello que ofrece su creencia en que yo existo y me anima a que dedique mis fuerzas a un mundo que sólo es yo. Un yo de razón, eterno (y eternidad es un contrario de ego). El yo se llama Alberto, sólo sé de él que se sale del dibujado y no lo recuerda, que ama de dónde procede y que quiere para la eternidad el iris de sus ojos, la certeza de su respiración, la asunción de los errores (y uno concede muchos cuando se limita a dar aquello que quisiera para sí mismo, porque no lo ha tenido nunca). Mientras amanece recuerdo tres niños asomándose a la valla del zoo los domingos mirando de gratis el espectáculo de los delfines. Eso he querido y lo he travestido de basura que ha culminado en una inseguridad que sólo tu voz, Oh…, cura, redime, capta.
Soy la interpretación que haces de mis sueños y mis sueños un escrito como este, donde los dedos teclean a la velocidad con la que leo cualquier novela de enredo gubernamental. Amanece rápido mientras tecleo rápido dejando que el café se enfríe. Tengo tantos seres queridos a quien agradecer su presencia y bondad en mi último cumpleaños. Eleusis también me guiña el ojo de sus cien cavernas desde allí y sólo trata la cosa de comer, beber un poco, charlar, recibir algún que otro regalo (gracias). Y nada que me aleje de ese tú que hoy, a momentos, ha desaparecido de un lugar para volver a casa. El camino de regreso a un lugar que se ha olvidado, que no existe sin la firma de los dos, como algunas cuentas bancarias y esas cosas que organizan desde su costado el costado del mundo en el momento que descubrimos que el mundo es lo de menos si no existe ese tú donde mueres y vuelves a nacer que, en este caso, es ella.
Quería escribirte porque es a lo que se dedica mi mente, a leerte también, interpretar esa mezcla que supone emerger contigo como un iceberg de las profundidades de un solo seso. Lo sé. Le doy una y otra vez al móvil y he encontrado fotos mías, fotos que me he hecho para ti, fotos que no sé quién aparece hasta que tú me dices que soy yo, porque yo soy eso únicamente. Desaparecí de ese Facebook, curioso invento, y te di mi tumba cargada de firmas. Los focos me alumbraban, regodeaba mi inexistencia al igual que hago con el blog (no así en mis letras donde intento explicarme a mí mismo y encuentro, a cambio, un motivo para poder dormir). Creí que te sobreviviría, pero hoy sé que no sé respirar sin alimentarme antes de tu verdad, tu recuerdo, los odios que naturalmente he despertado en tu son de paz y, al fin, tu paz entera conquistando aquello que es lo único que, puedo saber, es para lo que he nacido, aparte de hacerme saber que, entre otras cosas (tú) he nacido para la literatura, incluso para esa literatura en la que ni tú ni yo creemos.
Pero no es esto la creación de una poética (¿Qué es una poética?), es el cigarro a medias que agoniza al borde del agua de mi cenicero, el humo de la vela, la luz encendida mientras observo por la ventana que algo dormiré y que será un día sin excesivas nubes. Otro maldito café. Tampoco quiero salirme del tema que puede que no sea Cecilia más que la lucha, si no son ambas cosas una misma realidad que trato de abrazar para no salirme del círculo que dibujo con plastidecor.
(Ahora me he quedado vacío).
(Creía que saldrían 800 páginas).
Lo que yo intento explicarme es la verdad que subyace tras todas las realidades que uno crea bajo la certeza de que existo desde que cumplí 35 años, aproximadamente la primera vez que el amor me vio. Yo me di la vuelta, en un juego de niño que recuerdo usar repetidas veces en el pasado cuando tenía miedo de que mi pulso se expandiera por habitaciones desconocidas, y aquí estamos, quién sabe si sin ti ni sin verdad, no obstante aquí, rogando esa intensidad que hacía que mi vida cobrara creencia. Hablo de creencia como única manera de sostener la vida y me retrotraigo a mi campamento de los curas en el monasterio de san Miguel en la mañana donde yo hui a la sala más breve a rezar por mandato y oí la risa de mis muertitos. Tuve miedo de ser tan querido porque en algún momento el payaso que soy sin la ayuda de la letra para entenderme tacharía esa vitalidad de falsa. La risa de aquel dios bueno, el de mi hijo, que fui yo también a la edad de doce y trece años, hoy es un tú. El tú de la mayor humildad conocida, de la voluntad que vence al tedio que supone levantarse cada día. Haré gimnasia, lo juro. Terminaré mi decimocuarta novela, lo juro. Ahora son dignas, dicen los que llevan desde que nací hacia la vida llamándome genio y similares.
Te busqué en la adolescencia, pero la belleza en aquella ocasión no se sentó en mis rodillas. A veces salgo de mi catatonía (siempre que oigo tu nombre o alguno que asocio a ti). He perdido aquel trabajo donde yo era tan importante que nadie a quien tocara el culo me lo reprochaba para centrarme en una única energía que se compone de: Eternidad (tú), trabajo (acerca de) y mantenerme despierto. No sé si es mejor o peor, pero es vivir. A veces es verdad que desearía volver a las instituciones psiquiátricas donde la oportunidad de encender un pitillo se convierte en obsesión pura y dura, en gobierno del alma, por decirlo de alguna manera. El resto de vida se torna invisible. Y… bueno, luego está que no suelo pasar desapercibido en esos lugares, incluso cuando lo único que intento es dormir (una iletrada llamada África tiró de mis mantas porque tenía que ir a hacer ejercicios de mierda para anormales, y no digo que yo no sea siempre uno de ellos).
(Enciendo el segundo cigarro).
Tu llanto, al emerger, no te lo he dicho, lo confundo con el mío. Pertenece al animal de la cueva inexistente donde moraba el amor de Augusto Strindberg, por ejemplo. Qué horror, dirás. Sí, yo no puedo negarte un juicio volcado sobre el mío. Sentirte sola me estremece. Me cambiaría por los dos amigos que te quieren. No, sería uno más, un tercero. Aceptaría que me pusieseis unas cadenas como a los idos de El Congo, quedarme allí mirando y que sea el dios al que rezan los procuradores el que elija sobre cuántas semanas he de ayunar. Pero, por favor, dadme crucigramas, papel, boli, algún que otro cigarro…
Me es mentira haber aparecido en tu vida para anotarte las comas. Soy consciente de que la colocación de una coma puede llegar a trasladar la mente a un mundo de fantasía. Y nosotros, no pudo ser de otra manera, vivimos en uno de ellos, pero también estamos aquí. Quiero decir: Yo, que muero por la razón que sale de tu piel, estoy fumando mientras ha salido el sol (¿Será este sol definitivo en un mundo en que, por orden aleatorio, nos desplazamos bajo tierra a ser restos?).
Mi egoísmo luce y yo desaparezco. Todo fue un viaje de esos peyotes que destrozaron mis cajones mentales cuando tenía 17, joder. Me dirijo a usted como vidente que ve en mis letras algo fuera del mundo, Cecilia. Que sé me amó en pasado y en futuro. Amó las vísceras de un roto, lo remedó y este salió al sol de esta mañana. Nuestras charlas de 17:00 a 5:00 cobraron sentido al amanecer visible de las teclas. Espero hacerlo yo… que desde usted cobré tanto. Me refiero a su punto álgido de ola tremebunda. Sólo conozco ese surf. Luego me golpeé la cabeza, como hago tras hablar con usted, para despabilarme y andar al menos tres kms (prescripción médica, así como abandonar Facebook) antes de caer rendido sabiendo que también escribí esta carta dirigida a la vidente (pues sé cuál es su esencia) y que ya no recuerdo. Quise decir: Paz, hambre, embriaguez, locura, mimo, amor, vuelo espacial, biografía, familia. Todo eso quise decir y no sé si he conseguido algo. En las teclas no importa porque siempre, como con usted me ocurre, vuelvo a ellas. El problema pasa por ser yo. Y no usted. Cecilia. Joder, lo más hermoso de esta puta vida de, cuando se da bien, cuatro garbanzos, y punto.
.

No hay comentarios: