sábado

Tonight will be fine


Me recuerdo postrado en aquel zulo, en el piso llamado de arribota de la casa de Valseca, encerrado entre líneas de libros, apenas sin respiración (el armario daba a la cama y yo lo usaba para sostener música). Hileras enteras de discos piratas y casetes compilatorios, literatura de Joseph Roth y J. R. Wilcock, un globo de la bola del mundo, borracheras donde salpicaba la fama mía y de otros, de vez en vez hacia la pila, seca, de la habitación de la caldera, con sus tubos y el techo casi cayéndose de la humedad. Yo era feliz, como hoy, momento en que espero la llamada de Cecilia, mi amor más rotundo de la vida junto con una familia que, poco a poco, iba desapareciendo. Salía al monte, al prado, a las eras y, en días de lluvia, como hoy, me dejaba empapar confiado en que eso me libraría de la ducha de los domingos. Hoy acabo de esparcir gel por todo mi cuerpo, recortarme la barba y lavado los dientes (el día 4 me harán 5 empastes). Leo a Carson McCullers (Balada del café triste y El corazón es un cazador solitario). Me gusta la cosa para antes de pasar a Modiano, de nuevo. Leo a Eudora Welty agazapado como en mi adolescencia (eterna), esa adolescencia que regresa a los 24 años y te dice trabaja pero, sobre todo y mientras tanto, no te olvides de ti mismo. Angelitos blandos de Dalí / Blake paseándose por una intimidad lacerada de antiguas luces y maderas (¿Qué será de aquella bola del mundo?). Hoy recuerdo que casi llevo siete años sin pisar esa casa. Aquel último día fui con un amigo (hoy desaparecido, pero creo que aún no resto de gusanos) y nos emborrachamos con Black Label y Chivas. En la tarde fuimos a una conferencia de Martin Amis en la que tuve en cuenta que parece alto y es bajo, según dijo Alejandro Gándara que, por el contrario, parece bajo y es alto. Allí me crucé con Enrique Vila-Matas. Alberto: Hola, Vila-Matas. Vila-Matas: Buenas tardes. Me gustó aquel Vila-Matas primero, que traía a Duchamp (aire de París) en sus libros, a Jarry, a Gombrowicz (Buenos Aires no se parecía tanto a París), a Roussell pasado por Foucault, a Apollinaire y Francis Picabia. Ya digo, a la salida unas cañas con otra amiga desaparecida pero aún sobre la Tierra y su marido (ídem) y, luego, Black Label a mansalva. Qué vueltas da la vida, el mundo. En mis sueños me recojo en experiencias de cuando tenía ocho años y, pasado el tren de la edad, uno regresa donde ya no puede (es el maldito empeño ese regreso) y pasa como una ráfaga otro tiempo bajo el mismo prisma del espejo del baño donde, tras arreglarme, preparo otra fotografía de móvil para enviársela a mi niña. Bebo limón exprimido en agua y, de pascuas a ramos, un chupito de vodka o (en vaso largo, por favor, no me traigan una de esas jodidas copas para señoras) mezclado con tónica. Amo. Amo mucho, ostias, pero cada vez tengo más futuro y menos pasado. Se lo llevaron esos idiotas que metieron cámaras ocultas para fliparlo con mi pajillería (incluido el escritor Armas-Marcelo, que antes debiera fliparlo con la prosa con la que he poblado mis inéditos, ya le tiré el jabón cuando coincidí con él y pretendió estar a la altura -aquel HK-) y luego salieron a una vida (la suya) con retazos de la mía y dijeron que yo estaba muerto (hay que soportar a niños y wannabees cuando muestras sólo una pizca de mirada inteligente a la barriada). Era mejor jugar al fútbol. Yo tuve un Mikasa que me duró seis años. Luego lo jodieron los niños del colegio, se rieron cuando el puto balón pegó la reventona y, luego, con lágrimas en los ojos y un sentimentalismo que procuraba parecerse a mi natural sensibilidad de 16 años, me regalaron una patata que yo di a buenas a los pobres de Malabo, para que jugasen cuando yo ya no estuviese, cosa que, a mi vuelta, les pareció mal, y es que nunca supe cómo acertarla. Hoy espero a Cecilia, ella me hace acertado y yo voto por su semejanza e imagen, sigo masturbándome como un mico y toso, a veces cuajarones de sangre (mariposas de Koch en realidad, en homenaje al primer cuento del irregular Antonio di Benedetto). Vuelvo a los ensayos de Montaigne (no sé no hacerlo), vuelvo a las Confesiones de san Agustín (ídem) e incluso hasta el Tao volveré algún día, en homenaje de cuando lo leí y, mis abuelos me perdonen, no sabía lo que hacía. Llueve afuera, espero a mi chica. Quiero estar con ella, beber a gusto en nuestro zulo y respirar hasta que se acabe ese aire nuevo de los geranios que ambos hemos colocado en lugar de donde había música. Follar, probar su ano con la lengua, sentarme en sus rodillas a que me cuente el cuento de mi vida (que es solamente ella) y, luego, al revés, que ocupe ella el lugar del cuento que la leo. Leernos cuentos al salir del trabajo, en eso consiste lo que hace soportable esta maldita y malnacida mente, que también los posibilita. Te quiero, Ceci, una vez más, durante toda esta noche y muchas nuevas.
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