martes

El videoclub

Tenía 15 años

y un acné terrible.

Mis mejores amigos,

los del colegio nuevo,

me llamaban Chernobyl.

Años antes,

en el parque de mi barrio,

un tipo duro

me sacó una cheira

y yo me limité a darle las 200 ptas

que me había dado mi abuela

para que alquilase

una película.

Aquella película sin alquilar

es el resto de mi vida,

incluida la tarde en que llegué sin ella

llorando a casa:

4 chandals fabricando los límites

de las porterías

en las eras del pueblo,

una tarde entera en la habitación

de un hostal con olor a cloroformo

esperando a mi puta

haciendo tiempo y también miedo

con una novela de Paul Auster,

cámaras ocultas en mi casa,

un seat 600 a mi nombre

pudriéndose en el garaje

antes de que me diera por vaciar botellas

de whisky barato

en una gran suite de Granada

y atiborrarme de ansiolíticos

y vomitarlo todo malamente y como si nada

mientras recibía llamadas de mamá

al móvil;

algún día tendría que coger

el puto móvil

al tiempo que mi corazón

late de pura vergüenza

e imagino el día

en que al fin devuelvo la peli al videoclub.

Hoy ese videoclub es una peluquería.

El deseo de querer cambiar las cosas

es más revolucionario que cambiarlas.

Hoy, de nuevo,

escribo versitos para Cecilia en pijama

para que ella los lea en pijama.

Dios santo, vaya par de locos,

ella es lo único que tengo.

La maldita película de los cojones

se olvidó sin rebobinar

en alguna estantería

en alguna mudanza

o algo así.

.

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