lunes

Cecilia o el sol mismo (y mi mente)


Es usted el sol mismo. La vida cobró sentido con la asunción de esta estrella. Era el año uno en la época donde yo, más o menos, estrenaba mis ya olvidados 35 años. Su reino me levantó hacia la vida que yo podía ser, con o sin usted, pero tiemblo al escribir esto, pues todo lo que no es usted le pertenece a una oscuridad donde ya he vivido.

Usted da cobijo y sombra a las lápidas que he de olvidar. Y sí, me acuerdo de ser hombre y, al tiempo, me acuerdo de ser niño. Concibo mi muerte a través de sus ojos y sé, gracias a ese gesto suyo de dar hacia mí (donde supuso una vida que quizá no haya), sé que vivo donde no hubo vida. Me entero que formo parte del descubrimiento de agua en Marte. O algo así. Todo sin querer. Todo por usted, Cecilia.

Perdone mis escritos (palabras son). Perdone que insista en una sola idea, en usted como idea, cuando son usted todas las ideas del mundo componiéndose en mi pantalla como un tetris nivel quince. Allí donde yo perdía. Donde la velocidad me eliminaba del juego. Tampoco una idea es un juego. Usted es todos los juegos. Todas las tramas. Usted es la fantasía ideal para construir mi vida. Y también el soporte, el paisaje, el tiempo. Usted lo significa todo y me congratula complacerme en la sola idea de que usted sólo tiene un cuerpo ¿Cómo será posible? He conocido gente que son cuerpos enteros vagando por la Gran Vía en días de lluvia. Sólo usted es una. Yo soy la palabra cero. Permitirme ser uno es lo que hago escribiéndote / escribiéndole.

No entiendo la vela que vive en mi cerebro, a veces apagada, a veces encendida, siempre supurando cera candente que cae sobre mis órganos dando vida a mi encuentro con lo que es importante para mí. Mentiría si dijese que conozco las flores. Mentiría si dijese que conozco la primavera. Hoy sé que la he conocido a usted y ello florece, me convierte en respiración, intuye mis sentidos, los hace verdad y asume aunque se pierdan, de vez en vez, por meros palcos de teatro para jóvenes promesas de esta nada que es, entre otras cosas, escribir, interpretar cantos presocráticos. ¿Cómo decirle que nunca llegaré a ser un hombre y que eso me privará de usted? Necesito rezar mucho para que eso ocurra. Necesito acabar mi decimocuarta novela y moverla como no hice con las otras obras. Necesito simplemente hacer caso a la vida que usted respira, que usted sabe porque respira, porque toca, porque en mí usted es el sentido y lo demás un cuento para dormir.

Hoy he soñado que usted me besaba por vez primera y despertado de la sensación, Cecilia. Un miedo ha venido a mi urgencia de ser hombre. De mantenerme así hasta que se acaben usted, que es luz y tiempo o yo, una componenda de órganos solamente.

A estas horas cuento 50 horas sin comer (lo último que comí lo vomité todo). Fue mi eterna celebración de un cumpleaños, que sirve para reunirme con amigos y olvidar que el tiempo se nos va a usted, a mí y al resto de la gente. Amo la vida si usted está en ella. Me gustan mis amigos. Pronto correrá el cava en nuestros respectivos entierros. Se tirarán cañas en el tanatorio de la M 30 y, pongamos, alguna que otra raya en los servicios.

Veo la vida pasar. En verdad creo que soy Gerard de Nerval a la edad de 83 años. La literatura me ha concedido ratos buenos, pero procuro viajar hacia una vida que sólo he concebido con usted al lado. Usted: todo pureza, belleza en lo llano. Yo, un rasguño aquí, otro allá. Sé que no he sabido hacerlo, y sé que mantendré la lucha. Seré persona. Enciérreme. Hágame sólo para sus ojos y todo aquello que necesite (quizá hasta aprenda a cocinar). Yo me como a mí mismo ¿Cómo decirle? A falta de usted una vela enciende y apaga los adentros de mi vida craneal y la confundo con la vida. Desde luego, el cerebro es el órgano más sobrevalorado de todos, de eso no hay duda. Me recuerdo en el cine con usted viendo Manhattan. Qué tristeza de película al verla con usted. Me vi en cada protagonista mientras usted jugaba a reírse y yo hallaba en su risa un motivo para la mía, por mucho que conozca de memoria ese guión. Pero era triste. Luego usted olvidó mi vida de provocador de feria y eso me acercó a una especie de vida interestelar. Sus palabras hacían eco en mis oídos. Sentí la dicha de saber que, de alguna manera, debido a este año de no dejarnos ni a rastras, jamás la perdería. Sé que otra mujer no me querrá, que yo no la querré y he buscado mujer, claro, afuera de usted una vez aproximada su esencia a un mundo de sueños, etéreos, efímeros. Pero eso es todo lo que la vida me dio y no lo olvido ni lo olvidaré. Sin usted seré la nada que siempre he sido e intento convencerme que en esa no-vida encontraré de nuevo una dicha de la que nadie, incluido yo, sabe.

Por fin he abierto nuestra tumba y he visto agarrados a los dos cadáveres, no se sabe si se mataron el uno al otro o simplemente se abrazaban. Eran dos enamorados de la vida porque la tenían a mano y nada más. Usted puede conseguir otro cadáver. Pero sé que yo moriré así. O al menos esa sería mi muerte si aspirase a una propia (yo, que no he tenido en absoluto una vida personal, parafraseando aquello de Rilke). De mis estudios no aprendí más que a grabar sobre zinc sumadas algunas lecturas de clásicos que dije amar ¿amar? Que le den a la literatura y con toda ella se pudra una vida entera dedicada a ello. Sólo quiero estar con usted. Poco me importa si en grandes galas o bajo el puente Vallekas. Usted hoy es mi ebriedad. No dejo el tabaco, adelgazo de mis kilos de más para bien de mi personal cura. Bien es cierto que tomo haloperidol, eso usted lo sabe, y que cuido sus efectos secundarios con benzodiacepinas. Si a día de hoy abriese mi cráneo se vería desde afuera que es la corteza de un erizo, el erizo que es usted, quizá. Está siempre cruzando una autopista. La autopista también es usted. Por eso sigo adicto a los antipsicóticos, porque, de vez en vez, veo luces en el interior de alguna gabardina anónima y me digo si será el repartidor de caramelos de mi infancia, aquel de quien yo había de huir por prescripción materna.

Escribo más lento esta tarde que por la mañana. Bebo cocacola. Me tienta tomarme un vodka en la plaza. Reconocer en el vómito de las diez de la noche aquello que por un año fue mi vida, su mirada, sus ojos, su sonrisa, sus senos de Venus de la Concha. Recostar en su hombro todos los pensamientos que traté de ordenar en mi mente cuando, inocente, me creí poseedor de una.

Lo cierto es que mi mente no está aquí. Mi mente vive con usted. Es un artista del hambre exhibiéndose en una plaza donde se ríen de ella los doctos y, de pronto, aparece usted. El sangrado es inevitable.
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